El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

La Política Del Cuerpo 2ºp.(C.Barker)

La Política Del Cuerpo 2ºp.(C.Barker)


LA POLÍTICA DEL CUERPO

Clive Barker

(2ºparte)



Intentó alcanzar la alarma de incendios: era lo único que se le ocurrió hacer en tan extraña situación. Antes de que lograra llegar al pulsador, su otra mano, sin que él se lo ordenara, se dirigió al cajón superior del escritorio y lo abrió. El interior del cajón era un modelo de organización: allí estaban sus llaves, su libreta, la hoja de los horarios y —oculto en el fondo— el cuchillo Kukri, que un gurkha le había regalado durante la guerra. Siempre lo guardaba allí, por si los nativos se ponían nerviosos. El Kukri era un arma soberbia; en su opinión no había otra mejor. Los gurkhas contaban siempre una anécdota sobre el filo de la hoja: se podía cortar el cuello de un hombre con tanta pulcritud que el enemigo tendía a creer que el golpe había fallado, hasta que la víctima movía la cabeza.

Su mano levantó el Kukri por el mango grabado y, rápidamente, demasiado como para que el coronel le adivinara las intenciones antes de que el hecho se hubiera producido, dejó caer la cuchilla sobre su muñeca, cercenándole la otra mano con un golpe elegante y sencillo. El coronel palideció cuando la sangre le salió a borbotones del extremo del brazo. Tambaleándose, retrocedió, tropezó con la silla giratoria y golpeó con fuerza la pared de su diminuto despacho. Junto a él, el retrato de la reina cayó de su clavo y se estrelló.

El resto fue un sueño de muerte: impotente, observó cómo las dos manos —una, la suya propia, y la otra, la bestia que había inspirado aquella ruina— levantaban el Kukri como si fuera el hacha de un gigante; vio a su otra mano surgir entre sus piernas y prepararse para la liberación; vio el cuchillo en el aire y cuando cayó; vio la muñeca casi cortada y vio luego cómo manipulaban con su mano y separaban la carne para aserrar el hueso. En el último instante, cuando la muerte fue en su busca, percibió cómo retozaban a sus pies los tres animales de cabezas heridas, mientras los muñones le sangraban como grifos y el calor del charco perlaba de sudor su frente, a pesar del frío asentado en sus entrañas. Gracias y buenas noches, coronel Christie.

Eso de la revolución era fácil, pensó Izquierda mientras el trío subía la escalera de la Asociación de Jóvenes Cristianos. A cada hora que pasaba se iban haciendo más fuertes. En el primer piso estaban las celdas; en cada una había un par de prisioneros. Los déspotas yacían indefensos, con las manos sobre el pecho o sobre la almohada, o cruzadas sobre el rostro mientras soñaban, o colgando cerca del suelo. En silencio, las luchadoras por la libertad traspusieron las puertas que habían quedado entreabiertas y se izaron por las sábanas, tocando los dedos de las palmas expectantes, despertando resentimientos ocultos, dando vida a la rebelión con sus caricias...

Boswell se sentía fatal. Se inclinó sobre el lavabo del baño, ubicado al final de su corredor, e intentó vomitar. Pero ya no le quedaba nada que echar, sólo cierto nerviosismo en la boca del estómago. Tenía el abdomen blando por los esfuerzos y la cabeza abotargada. ¿Porqué no aprendía nunca la lección de su propia debilidad? El vino y él eran malos compañeros y siempre lo serían. La próxima vez, se prometió, no probaría ni gota. Le dio otra arcada. Otra vez nada, pensó mientras la convulsión le subía hasta la garganta. Puso la cabeza sobre el lavabo y boqueó; tal como había previsto: nada. Esperó a que se le pasaran las náuseas y luego se incorporó; se quedó mirando la cara grisácea reflejada en el espejo mugriento. «Tienes aspecto de enfermo, chico», se dijo. En el momento en que le sacaba la lengua a sus rasgos menos simétricos, en el corredor empezaron los aullidos. En sus veinte años y dos meses, Boswell jamás había oído un sonido como aquél.

Despacio, cruzó el baño y fue hasta la puerta. Antes de abrir se lo pensó dos veces. Fuera lo que fuese lo que ocurría al otro lado de la puerta, no parecía una fiesta en la que se sintiera deseoso de participar. Pero aquellos eran sus amigos, ¿no?, hermanos en la adversidad. Si se había producido una pelea o un incendio, tenía que echar una mano.

Descorrió el cerrojo y abrió. El panorama con el que se encontraron sus ojos lo golpeó como un martillazo. El corredor se encontraba pobremente iluminado —unas cuantas bombillas mugrientas estaban encendidas a intervalos irregulares, y aquí y allá un haz de luz se proyectaba sobre el pasillo desde uno de los dormitorios—, pero en su mayor parte estaba a oscuras. Boswell dio las gracias mentalmente a Jah por los pequeños favores. No tenía deseo alguno de presenciar los detalles de los acontecimientos del pasillo: la impresión general ya era bastante acongojante de por sí. El corredor era una olla de grillos; todos se revolvían presa del pánico, al tiempo que se cortajeaban con cuanto instrumento afilado habían logrado encontrar. A casi todos los conocía, si no de nombre, al menos de vista. Eran hombres cuerdos, o al menos lo habían sido. Ahora eran presa de un ataque de automutilación, y casi todos se encontraban lastimados más allá de toda esperanza de reparación. Hacia donde Boswell mirara, veía el mismo horror. Cuchillos aplicados a las muñecas y antebrazos, la sangre en el aire como si fuera lluvia. Alguien —¿sería Jesús?— tenía la mano puesta entre la puerta y el mareo y no paraba de darse portazos sobre su carne y sus huesos, al tiempo que aullaba pidiendo que alguien lo detuviera. Uno de los chicos blancos había encontrado el cuchillo del coronel y se estaba amputando la mano. La cercenó justo cuando Boswell miraba; cayó sobre el dorso, con la raíz irregular y los cinco miembros pedaleando en el aire para poder enderezarse. No estaba muerta, ni siquiera se estaba muriendo.

Unos pocos no habían sucumbido a aquella locura; los pobres diablos fueron carne de cañón. Los enloquecidos les pusieron las manos asesinas encima y los cortaron a trocitos. Uno de ellos, Savarino, fue estrangulado por un muchacho del que Boswell no sabía el nombre; el punk se deshacía en disculpas al tiempo que se miraba incrédulo las manos rebeldes.

Alguien salió de uno de los dormitorios con una mano que no le pertenecía apretándole el gaznate; se tambaleó en dirección al baño, corredor abajo. Era Macnamara, un hombre delgadísimo, que siempre iba tan colocado que era conocido por el mote de «fideo sonriente». Boswell se apartó cuando Macnamara tropezó; ahogándose suplicó ayuda en el quicio de la puerta abierta y se desplomó en el suelo del baño. Pateó y tiró del asesino de cinco dedos que llevaba prendido del cuello, pero antes de que Boswell lograra intervenir para ayudarlo, el pataleo disminuyó y cesó del todo, igual que sus protestas.

Boswell se apartó del cadáver y echó otro vistazo al corredor. Los muertos o los moribundos obstruían el estrecho pasillo; en algunas partes incluso estaban apilados, mientras las mismas manos que una vez habían pertenecido a estos hombres se escabullían sobre las pilas, furiosamente agitadas, para ayudar a concluir una amputación allí donde hiciera falta, o simplemente para bailar sobre las caras muertas. Cuando volvió a mirar lo que ocurría en el baño, una segunda mano había hallado a Macnamara y, armada con un cortaplumas, había comenzado a aserrarle la muñeca. Había dejado huellas ensangrentadas en la distancia que separaba el corredor del cuerpo. Boswell se apresuró a cerrar de un portazo antes de que el lavabo se llenara de ellas. Al hacerlo, el asesino de Savarino, el punk todo disculpas, se abalanzó por el pasillo en dirección al baño, conducido por sus manos letales como si fueran las de un sonámbulo.

— ¡Ayúdame! —aulló.

Le cerró la puerta en la cara y echó el cerrojo. Enfurecidas, las manos golpearon una llamada a la batalla sobre la puerta, mientras los labios del punk apretados contra el agujero de la cerradura, continuaban suplicando:

— ¡Ayúdame! No quiero hacerlo, hombre, ayúdame.

«Y un cuerno te voy a ayudar», pensó Boswell, intentando no oír las súplicas mientras sopesaba las opciones que tenía.

Sintió algo en el pie. Bajó la mirada, y antes de que sus ojos se encontraran con ella, ya sabía de qué se trataba. Una de las manos, la izquierda del coronel Christie —lo supo por el tatuaje descolorido—, estaba subiéndosele por la pierna. Como un niño perseguido por una abeja, Boswell enloqueció; mientras la mano trepaba hacia el torso, el muchacho se retorció, pero se sentía demasiado aterrado como para arrancársela de encima. Por el rabillo del ojo logró ver que la otra mano, la que había utilizado el cortaplumas con tanta presteza en Macnamara, había abandonado la tarea y atravesaba el suelo para reunirse con su camarada. Sus uñas chocaban contra las baldosas produciendo el mismo ruido que las patas de un cangrejo. Incluso tenía el andar lateral de los cangrejos; aún no dominaba el movimiento hacia adelante.

Boswell todavía conservaba el dominio de sus propias manos; al igual que las manos de unos pocos de sus amigos (difuntos amigos) que estaban fuera, sus miembros se sentían felices en su nicho, despreocupados como su dueño. Le había caído la bendición de poder sobrevivir. Tenía que mostrarse a la altura de la oportunidad que se le brindaba.

Se hizo a un lado y pisoteó la mano que había en el suelo. Oyó crujir los dedos debajo de la suela; la cosa se retorció como una víbora, pero al menos así la tenía localizada mientras se encargaba de su otra asaltante. Sin quitarle el pie de encima a la bestia, Boswell se inclinó hacia adelante, levantó el cortaplumas que yacía junto a la muñeca de Macnamara y hundió la punta de la cuchilla en el dorso de la mano de Christie que trepaba ya por su barriga. Al verse atacada, se agarró de las carnes de Boswell y le hundió las uñas en el estómago. Boswell era delgado y resultaba difícil aferrar los músculos lisos como una tabla de lavar ropa. Arriesgándose a que lo destripara, Boswell hundió más el cuchillo. La mano de Christie intentó seguir aferrándolo, pero un golpe más de cuchillo acabó con ella. Se aflojó y Boswell la arrancó de su barriga de un manotazo. Estaba crucificada en el cortaplumas, pero sin intenciones de morirse, y Boswell lo sabía. La sostuvo con el brazo tendido; los dedos arañaron el aire. Entonces, clavó el cuchillo en la pared, inmovilizando efectivamente a la bestia, para que no hiciera daño a nadie. Centró su atención en el enemigo que tenía bajo los pies; apretó hacia abajo con todas sus fuerzas y sintió crujir otro dedo, y otro. Pero continuaba retorciéndose, implacable. Levantó el pie y pateó la mano con todas sus fuerzas, lanzándola hacia la pared opuesta. Se estrelló en el espejo, encima de los lavabos, dejando una marca como si hubieran arrojado un tomate, y cayó al suelo.

No esperó a comprobar si había sobrevivido. Ahora había otro peligro. Había más puños que aporreaban la puerta, más gritos, más disculpas. Querían entrar; no tardarían en lograrlo. Saltó por encima de Macnamara y se dirigió a la ventana. No era muy grande, pero él tampoco lo era. Descorrió el pestillo, empujó, y la ventana se abrió sobre unos goznes excesivamente pintados. Se metió por ella. Con medio cuerpo fuera recordó que se encontraba en un primer piso. Pero una caída, incluso una mala caída, era mejor que quedarse a la fiesta de allí dentro. Los invitados empujaban la puerta, que comenzó a ceder bajo la presión de su entusiasmo. Boswell se retorció y terminó de salir; abajo, la calzada empezó a dar vueltas. En el momento en que la puerta se rompía, Boswell saltó, golpeándose contra el cemento. Se puso en pie de un salto, se miró los miembros y, ¡aleluya!, no tenía nada roto. «Jah adora a los cobardes», pensó. Arriba, el punk se asomó a la ventana y miró hacia abajo anhelosamente.

—Ayúdame —le pidió—. No sé lo que hago.

Pero entonces un par de manos le alcanzaron la garganta y las disculpas cesaron de inmediato.

Boswell se preguntó a quién le contaría lo ocurrido, y que le contaría, al tiempo que se alejaba de la Asociación de Jóvenes Cristianos vestido con unos pantalones cortos de gimnasia y un calcetín de cada color; en su vida se había sentido tan agradecido de tener frío. Tenía las piernas debilitadas, pero sin duda eso era de esperar.

Charlie despertó con una idea de lo más ridícula. Creía que había asesinado a Ellen y que luego se había cortado la mano. ¡Qué semillero de tonterías era su subconsciente, cuántas ficciones inventaba! Intentó restregarse los ojos pero no encontró la mano para hacerlo. Se sentó de golpe en la cama y comenzó a gritar a voz en cuello.

Yapper había dejado al joven Rafferty para que vigilara a la víctima de la brutal mutilación, con órdenes estrictas de que le avisara en cuanto Charlie George volviera en sí. Rafferty se había dormido y el griterío lo despertó. Charlie observó la cara del muchacho, tan asombrada, tan pasmada. Al verle, dejó de gritar; estaba asustando al pobre muchacho.

—Está despierto —le dijo Rafferty—; iré a buscar a alguien, ¿quiere?

Charlie lo miró con expresión ausente.

—No se mueva de ahí —añadió Rafferty—. Buscaré a una enfermera.

Charlie volvió a posar la cabeza vendada sobre la fresca almohada y se miró la mano derecha; la flexionó, hizo trabajar los músculos en una y otra dirección. Fuera cual fuese el delirio que había hecho presa de él en su casa, había terminado. La mano ubicada al extremo de su brazo era suya, probablemente siempre lo había sido. Jeudwine le había hablado del síndrome del cuerpo en rebeldía: el asesino que sostiene que sus miembros tienen vida propia para no aceptar la responsabilidad de sus actos; el violador que se mutila porque cree que la causa de todo es su miembro descarriado, y no la mente que está tras el miembro.

Pues bien, él no fingiría. Estaba loco, ésa era la pura y sencilla verdad. Que le hicieran lo que tenían que hacerle con sus drogas y medicamentos, con las cuchillas y los electrodos; consentiría a todo antes que volver a pasar por otra noche de horrores como la anterior.

Una enfermera había hecho acto de presencia; lo espiaba como sorprendida de que hubiera sobrevivido. Un rostro encantador, pensó; una mano amorosa y fresca posada sobre su frente.

— ¿Está en condiciones de ser interrogado? —inquirió tímidamente Rafferty.

—Tendré que consultar con el doctor Manson y el doctor Jeudwine —replicó el rostro encantador, al tiempo que sonreía a Charlie para infundirle ánimos.

La sonrisa salió un tanto torcida, como forzada. Sin duda sabía que estaba loco, sería por eso. Probablemente le tenía miedo, ¿quien podía culparla? Se separó de su lado para ir a buscar al médico de turno y dejó a Charlie bajo la nerviosa mirada de Rafferty.

— ¿...Ellen? inquirió Charlie al cabo de un rato.

— ¿Su esposa? —preguntó a su vez el joven.

—Sí. Me pregunto si...

Rafferty se inquietó; jugueteó con los dedos sobre el regazo y repuso:

—Ha muerto.

Charlie asintió. Lo sabía, por supuesto, pero necesitaba asegurarse. Entonces inquirió:

— ¿Y ahora qué va a pasar conmigo?

—Está bajo vigilancia.

— ¿Qué significa eso?

—Significa que yo lo vigilo —repuso Rafferty.

El muchacho hacía lo que estaba a su alcance para ayudar, pero todas aquellas preguntas lo confundían. Charlie lo volvió a intentar:

—Quiero decir, ¿qué pasará después de la vigilancia? ¿Cuándo van a juzgarme?

— ¿Por qué iban a juzgarlo?

— ¿Cómo que por qué? —insistió Charlie. ¿Habría oído bien?

—Es usted una víctima... —dijo Rafferty, con una expresión confundida en el rostro—. ¿O no? Usted no ha sido... Lo obligaron. Alguien le cortó la... mano.

—Sí —dijo Charlie—. Fui yo.

Rafferty tragó saliva antes de preguntar:

— ¿Cómo ha dicho?

—Yo lo hice. Yo asesiné a mi esposa y luego me corté la mano.

El pobre muchacho no logró entenderlo. Pensó durante medio minuto antes de contestar.

—Pero ¿por qué?

Charlie se encogió de hombros.

—No tiene sentido —dijo Rafferty—. Suponiendo que hubiese sido usted, ¿adónde ha ido la otra mano?

Lillian detuvo el coche. En el camino, frente a ella, había algo, pero no lograba discernir qué era. Lillian era una vegetariana estricta (a excepción de las cenas masónicas con Theodore) y una conservacionista dedicada de los animales; pensó que tal vez se tratara de un animal herido, echado en la carretera, un poco más allá de la luz de sus faros. Quizá fuera un zorro; había leído que volvían a acercarse a las zonas urbanizadas de las afueras para buscar en la basura. Pero algo la inquietó; tal vez la débil luz del amanecer, tan esquiva. No estaba segura de si debía bajar o no del coche. Theodore le hubiera ordenado que continuara su camino, por supuesto, pero Theodore la había abandonado. ¿no? Tamborileó con lo dedos en el volante, irritada ante su propia indecisión. «Supón que fuera un zorro herido»; no había tantos en pleno Londres como para que se permitiera el lujo de seguir su camino. Tenía que actuar de samaritana, aunque se sintiera como un fariseo.

Cautelosamente salió del coche y, por supuesto, después de tanto cavilar no logró ver nada. Se dirigió a la parte frontal del coche para asegurarse. Le sudaban las palmas de las manos y unos espasmos de excitación como descargas eléctricas las recorrían.

Y el ruido: el susurro de cientos de pies diminutos. Había oído historias —historias absurdas, en su opinión— de manadas de ratas migratorias que atravesaban la ciudad por las noches y devoraban hasta los huesos a todo ser viviente que se interpusiera en su camino. Al imaginarse a las ratas, se sintió más como un fariseo que nunca, y retrocedió en dirección al coche. Cuando su larga sombra, proyectada hacia adelante por las luces del coche, se movió, reveló a las primeras de la manada. No eran ratas.

Una mano, una mano de largos dedos, deambuló hacia la luz amarillenta y señaló hacia arriba, en su dirección. Su llegada fue seguida inmediatamente por otra de las imposibles criaturas, y luego una docena más, y otra docena más. Estaban apelotonadas como cangrejos en la pescadería, sus dorsos brillantes muy juntos, y las piernas golpeteaban al formar fila. La mera multiplicación de su número no las hizo más creíbles; pero mientras ella rechazaba la visión, comenzaron a avanzar hacia ella. Lillian retrocedió un paso.

Sintió el costado del coche a su espalda, se volvió y tendió la mano para alcanzar la puerta. Estaba entreabierta, gracias a Dios. Los espasmos de sus propias manos habían empeorado, pero seguía dominándolos. Cuando sus dedos tantearon el coche para encontrar la puerta, soltó un gritito. Un puño negro y regordete ocupaba el picaporte; su muñeca abierta era un trozo de carne seca.

Espontánea y atrozmente, sus propias manos comenzaron a aplaudir. De pronto no lograba controlar su comportamiento; aplaudían como enloquecidas para aprobar el golpe. Resultaba ridículo lo que estaba haciendo, pelo Lillian no podía evitarlo.

— ¡Basta! —les ordenó a sus manos—. ¡Basta ya! ¡Basta!

Pararon abruptamente y se volvieron a mirarla. Lillian sabia que la miraban a su manera, sin ojos, y presintió que estaban hastiadas de la forma en que las trataba. Sin previo aviso se abalanzaron sobre su cara. Sus uñas, otrora su orgullo y su alegría, encontraron los ojos: de inmediato el milagro de la vista se convirtió en una húmeda inmundicia que le bajó por las mejillas. Ya ciega, perdió la orientación y cayó hacia atrás, pero había manos más que suficientes para agarrarla. Se sintió elevada por un mar de dedos.

Cuando arrojaron su cuerpo ultrajado a la cuneta, perdió la peluca, que tanto le había costado a Theodore en Viena. Después de un mínimo de persuasión, lo mismo les ocurrió a sus manos.

El doctor Jeudwine bajó la escalera de la casa de los George preguntándose (sólo preguntándose) si el abuelo de su sagrada profesión, Freud, no se habría equivocado. Las paradojas del comportamiento humano no encajaban en aquellos compartimientos pulcros y clásicos que les había asignado; tal vez el intentar ser racional con respecto a la mente humana era una contradicción en sí misma. Melancólico, se detuvo al pie de la escalera; no tenía ganas de volver ni al comedor ni a la cocina, pero se sentía obligado a contemplar una vez más las escenas de los crímenes. La casa deshabitada le daba grima; estaba solo, y el hecho de que en la puerta principal hubiera un policía montando guardia no contribuía a la paz de su espíritu. Se sentía culpable, sentía que había fallado a Charlie. Estaba claro que no había sondeado en la psiquis de éste con la profundidad suficiente como para desenterrar la verdadera trampa, el verdadero motivo que se ocultaba tras los asombrosos actos cometidos. Asesinar a su propia mujer, a la que había dicho amar tanto, en su lecho conyugal y luego cortarse la propia mano: era inconcebible. Jeudwine se miró las manos durante un momento: las marcas de los tendones y las venas azul—purpúreas de las muñecas. La policía sostenía la teoría del intruso, pero a él no le cabía duda de que Charlie había sido el autor de los hechos: el asesinato, la mutilación y demás. El único hecho que asombraba a Jeudwine era que no había logrado descubrir en su paciente la más ligera tendencia a cometer tales actos.

Entró en el comedor. El equipo forense había terminado con su trabajo; sobre una serie de superficies había una ligera película de polvo para las huellas. Era un milagro la forma en que difería una mano humana de otra. Sus líneas eran tan únicas como las caras o el tono de la voz. Bostezó. La llamada de Charlie lo había despertado en mitad de la noche y desde ese momento no había vuelto a dormir. Se había quedado a ver cómo envolvían a Charlie y se lo llevaban, y cómo cumplían con sus obligaciones los investigadores; había visto el amanecer blanco como un bacalao elevar su cabeza hacia el río; había bebido café, se había abatido, había pensado mucho en renunciar a su puesto como consultor psiquiátrico antes de que toda aquella historia saltara a las páginas de la prensa; había bebido mas café y se había pensado mejor lo de renunciar, y ahora, perdida toda fe en Freud o en cualquier otro gurú, consideraba seriamente la posibilidad de publicar un libro sobre su relación con Charles George, el uxoricida. De esa forma, aunque perdiera su empleo, le quedaría algo por rescatar de todo aquel lamentable episodio. ¿Y Freud? Charlatán vienés. ¿Qué podía enseñarle el viejo comeopio?

Se dejó caer sobre una de las sillas del comedor; se puso a escuchar el silencio que había descendido sobre la casa, como si las paredes, aleladas por lo que habían presenciado, estuvieran conteniendo el aliento. Tal vez dormitara un poco. En sueños, oyó un chasquido, vio un perro y despertó encontrándose con un gato en la cocina: un gato gordo, blanco y negro. Charlie había mencionado de pasada a este animalito doméstico. ¿Como se llamaba? Celoso. eso era: lo llamaban así por las dos manchas negras que tenía sobre los ojos y que le daban una expresión perpetuamente irritada. El gato miraba la sangre derramada sobre el suelo de la cocina; quería encontrar la forma de evitar el charco y llegar hasta su plato sin tener que mancharse las patas con el desorden que su amo había dejado. Jeudwine observó al melindroso animal avanzar con tiento por la cocina para olisquear el plato vacío. No se le ocurrió darle de comer: odiaba a los animales.

Finalmente, decidió que no tenía sentido quedarse más rato en la casa. Ya había realizado todos los actos de contrición que tenía en mente y se había sentido tan culpable como era capaz. Echaría otra rápida mirada en el piso de arriba, por si había pasado por alto alguna pista, y luego se marcharía.

Al bajar otra vez, al pie de la escalera oyó chillar al gato. ¿Chillar? No, más bien aullar. Al oírlo, la espina dorsal le pareció una columna helada en mitad de la espalda: fría como el hielo e igual de frágil. A toda prisa, volvió sobre sus pasos por el vestíbulo y entró en el comedor. La cabeza del gato estaba sobre la alfombra, y... dos..., dos (dilo, Jeudwine) manos la hacían avanzar rodando.

Miró mas alía de la presa, hacia la cocina, allí, una docena más de bestias se escabullían de un lado a otro por el suelo. Algunas estaban en la parte superior del armario, oteando en derredor; otras trepaban por la pared, imitación ladrillo, para alcanzar los cuchillos de la rejilla.

—Oh, Charlie... —dijo en voz baja, reprendiendo al maniaco ausente— ¿Qué has hecho?

Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas; no por Charlie, sino por las generaciones que vendrían cuando él, Jeudwine, fuera silenciado. Generaciones confiadas, de mentalidades sencillas, que depositarían su fe en la eficacia de Freud y la Sagrada Escritura de la Razón. Sintió que las rodillas empezaban a temblarle y se dejó caer sobre la alfombra del comedor, con los ojos demasiado anegados como para ver claramente a las rebeldes que se agolpaban a su alrededor. Cuando sintió que una cosa extraña se le sentaba en el regazo, bajó la vista y allí vio sus propias manos. Sus índices se tocaban apenas, con las uñas bien arregladas apoyadas una contra la otra. Lentamente, con una determinación horrenda en sus movimientos, los índices levantaron sus cabezas y comenzaron a trepar por su pecho, sujetándose en cada pliegue de su chaqueta italiana, en cada ojal. La escalada terminó abruptamente en el cuello, igual que Jeudwine.

La mano izquierda de Charlie tenía miedo. Necesitaba confianza, necesitaba aliento: en una palabra, necesitaba a Derecha. Al fin y al cabo, Derecha había sido el Mesías de esta nueva era, la única con una visión de futuro sin el cuerpo. El ejército que había reunido Izquierda debía captar esa visión, o pronto degeneraría transformándose en una chusma asesina. Si eso ocurría, la derrota no tardaría en producirse: ésa era la sabiduría convencional de las revoluciones.

Por eso Izquierda las había conducido de vuelta a la casa, buscando a Charlie en el último sitio donde lo había visto. Vana esperanza suponer que volvería allí; pero se trataba de un acto de desesperación.

Sin embargo, las circunstancias no desfavorecieron a las insurgentes. Aunque Charlie no estaba allí, se habían encontrado con el doctor Jeudwine, y las manos de éste no sólo sabían adónde habían conducido a Charlie, sino el camino para llegar hasta allí; conocían incluso la cama en que yacía.

Boswell no sabía a ciencia cierta por qué había echado a correr, ni hacia dónde iba. Tenía las facultades críticas mermadas y el sentido de la orientación completamente confundido. Pero una parte de él parecía saber adónde se dirigía, aunque él mismo lo ignorara, porque comenzó a reunir impulso al llegar al puente, y el trote se convirtió en carrera acelerada que no tenía absolutamente en cuenta cómo le quemaban los pulmones ni cómo le latía la cabeza. Desposeído de toda intención excepto de la huida, notó que rodeaba la estación y que corría paralelo a las vías del tren; simplemente iba hacia donde lo llevaban las piernas, aquél era el comienzo y el fin de la cuestión.

El tren surgió de repente, en la oscuridad. No silbó, no avisó. Tal vez el conductor notara su presencia, tal vez no. Y aunque la hubiera notado, el hombre no podía ser considerado responsable de los hechos que acontecieron luego. No, la culpa fue enteramente de Boswell: la forma en que sus pies viraron repentinamente hacia las vías y cómo se le doblaron las rodillas para quedar tendido sobre los durmientes. El último pensamiento coherente de Boswell, cuando las ruedas pasaron por encima de él, fue que el tren no hacía más que pasar de A a B y que, al hacerlo, le cortaría limpiamente las piernas entre la ingle y la rodilla. Entonces se encontró debajo de las ruedas —los vagones pasaron pesadamente por encima de él— y el tren soltó un silbido (tan parecido a un grito) que lo arrastró en la oscuridad.

El muchacho negro fue conducido al hospital poco después de las seis; allí la jornada comenzaba temprano, los pacientes dormilones eran despertados de sus sueños para enfrentarse a otro largo y aburrido día. Se entregaban unas tazas de desvaído té gris a unas manos resentidas; se tomaban las temperaturas y se distribuía la medicación. El muchacho y su terrible accidente apenas lograron conmocionar el ambiente.

Charlie volvía a soñar. Pero no con el Alto Nilo, cortesía de las Colinas de Hollywood, ni con la Roma Imperial, ni con los barcos de esclavos de Fenicia. Era un sueño en blanco y negro. Soñaba que yacía en su ataúd. Ellen estaba allí (su subconsciente no se había hecho a la idea de su muerte), y también sus padres. Toda su vida se encontraba allí presente. Se acercó alguien (¿sería Jeudwine?; su voz consoladora le sonaba familiar) para atornillar suavemente la tapa del ataúd, y Charlie intentaba avisar a los miembros de la comitiva fúnebre de que seguía con vida. Al ver que no lo oían, el pánico se apoderó de él, pero por más que gritara, sus palabras no producían reacción alguna; lo único que podía hacer era permanecer allí tendido y dejar que lo encerraran en aquel dormitorio definitivo.

El sueño avanzó unas cuantas escenas más. Desde arriba le llegó la voz de la persona que oficiaba el servicio: «El hombre tiene poco tiempo para vivir...»; oyó el roce de las cuerdas, y la sombra de la tumba pareció oscurecer la oscuridad. Lo bajaban a la fosa, y él seguía protestando cuanto podía. Pero en la fosa el aire se había vuelto pesado; le costaba cada vez más respirar, y más aún aullar sus protestas. Logro inspirar una ligera bocanada de aire viciado a través de los doloridos senos nasales, pero al parecer tenía la boca llena de algo, flores quizá, y no lograba mover la cabeza para escupirlas. Oía el ruido seco de los terrones de tierra sobre el ataúd, y por Cristo que también lograba oír el ruido de los gusanos que lamían sus costillas. El corazón le latía tanto que parecía a punto de estallarle; la cara, estaba seguro, tendría un tono negro azulado por el esfuerzo.

Entonces, milagrosamente, tuvo compañía en el ataúd, alguien que luchaba por quitarle lo que le obstruía la boca.

— ¡Señor George! —le gritaba aquel ángel piadoso.

Abrió los ojos en la oscuridad. Era la enfermera del hospital en el que había estado internado; ella también se hallaba en el ataúd.

— ¡Señor George!

El pánico se estaba apoderando de la mujer, aquel modelo de calma y paciencia; al borde de las lágrimas, luchó por arrancarle la mano de la cara.

— ¡Se está usted ahogando! —le gritó.

Otros brazos ayudaban en la lucha, y estaban ganando. Tuvieron que intervenir tres enfermeras para quitarle la mano de la cara; por fin lo lograron. Charlie volvió a respirar, ávido de aire.

— ¿Se encuentra bien, señor George?

Abrió la boca para tranquilizar al ángel, pero se había quedado momentáneamente sin voz. Fue vagamente consciente de que su mano seguía luchando al extremo del brazo.

— ¿Dónde está Jeudwine? —inquirió jadeando—. Por favor, que venga.

—El doctor no está en estos momentos, pero vendrá a verlo más tarde.

—Quiero que venga ahora.

—No se preocupe, señor George —repuso la enfermera, tras recuperar su trato atento y gentil—, le daremos un sedante suave y así podrá dormir un rato.

— ¡No!

—Sí, señor George —repuso ella con firmeza—. No se preocupe. Está usted en buenas manos.

—No quiero dormir más. ¿Es que no lo ve? Ellas me controlan cuando estoy dormido.

—Aquí está usted seguro.

No era tan tonto. Sabía que no estaba seguro en ninguna parte, ya no. No mientras tuviera una mano. Ya no estaba bajo su control, si alguna vez lo había estado; quizá fuera simplemente una ilusión de servidumbre que había creado durante esos cuarenta y pico de años, una actuación para acallarlo y hundirlo en un falso sentido de autocracia. Quería explicar todas estas cosas, pero no le salían las palabras. Se limitó a decir:

—No quiero dormir más.

Pero la enfermera tenía sus procedimientos. La sala estaba atestada de pacientes, y a cada hora llegaban más (acababa de enterarse de que en la Asociación de Jóvenes Cristianos se habían producido terribles escenas: docenas de heridos, un intento de suicidio colectivo); lo único que podía hacer era administrar un sedante a los nerviosos y continuar con las tareas del día.

—Sólo un sedante suave —repitió.

Y acto seguido enarboló en la mano una aguja que escupía sueños.

—Escúcheme un momento —le dijo Charlie, intentado razonar con ella.

Pero la mujer no estaba dispuesta a las argumentaciones.

—Deje de portarse como un niño —le riñó, con los ojos llenos de lágrimas.

—Es que no lo entiende —le explico él mientras la enfermera buscaba la vena en el brazo.

—Se lo contará todo al doctor Jeudwine cuando venga a verlo.

La aguja se había clavado en el brazo y el émbolo ya comenzaba a bajar.

— ¡No! —gritó George, y retiró el brazo.

La enfermera no esperaba semejante violencia. El paciente se había levantado y había saltado de la cama antes de que ella terminara de colocarle la inyección, y le había quedado la jeringuilla colgada del brazo.

—Señor George —le dijo severamente—. ¡Vuelva inmediatamente a la cama!

Charlie la señaló con el muñón.

—No se me acerque.

—Los demás pacientes se portan bien —intentó avergonzarlo— ¿Es que no puede hacer lo mismo?

Charlie negó con la cabeza. La jeringuilla se le salió de la vena y cayó al suelo, llena en sus tres cuartas partes.

—No se lo volveré a repetir —dijo la enfermera.

—Claro que no, maldita sea —repuso Charlie.

Salió de la sala como disparado; a ambos lados, los pacientes alentaban su huida. «Vete, muchacho» gritó alguien. La enfermera se lanzó en su persecución, pero al llegar a la puerta un cómplice instantáneo intervino arrojándose literalmente delante de ella. Charlie se perdió de vista por los corredores antes de que la mujer lograra levantarse y continuar la persecución.

Era fácil perderse en aquel lugar. No tardó en advertirlo. El hospital había sido construido a finales del siglo XIX y posteriormente, a medida que las donaciones lo permitieron, había sufrido diversas ampliaciones: un ala en 1911, otra después de la primera guerra mundial, más salas en la década de los cincuenta, y el Ala Chaney Memorial en 1973. Aquel lugar era un laberinto. Tardarían siglos en encontrarlo.

El problema era que no se sentía tan bien. El muñón del brazo izquierdo comenzó a dolerle a medida que los calmantes fueron perdiendo su efecto, y tuvo la impresión de que sangraba debajo de las vendas. Además, el cuarto de jeringa de sedante que le habían inyectado lo estaba obnubilando. Se sentía ligeramente atontado, tenía la certeza de que se le notaba en la cara. Pero no permitiría que lo obligasen a volver a la cama, a dormir, hasta que se hubiera sentado en un sitio tranquilo a meditar sobre todo aquel asunto.

Encontró refugio en un cuarto diminuto, cerca de uno de los corredores; estaba tapizado de archivadores y de pilas de informes, y olía ligeramente a humedad. Había logrado llegar hasta el Ala Chaney Memorial, aunque no lo sabía. Se trataba de un monolito de siete pisos construido con un legado del millonario Frank Chaney; la empresa constructora del magnate se había encargado de erigirlo, tal como estipulaba el testamento del anciano. Había utilizado materiales de segunda y aprovechado el sistema de desagües anterior, razón por la cual Chaney había muerto millonario, y el Ala se estaba cayendo a pedazos del sótano para arriba. Se deslizó en un hueco apretado que había entre dos archivadores, bien apartado de la vista, por si entraba alguien, se agachó y comenzó a interrogar a su mano derecha.

— ¿Y bien? —exigió en un tono razonable—. Explícate.

La mano se hizo la sorda.

—No te servirá de nada, te tengo calada —le dijo.

Continuó sentada al extremo de su brazo, inocente como un niño.

—Has intentado matarme... —la acusó.

La mano se abrió un poco, sin que él se lo ordenara, y le echó una ojeada.

—Podrías intentarlo otra vez, ¿verdad?

Comenzó a flexionar los dedos ominosamente, como un pianista que se prepara para un solo particularmente difícil.

—Sí, podría intentarlo en cualquier momento —afirmó.

—De hecho, poco puedo hacer para impedirlo, ¿no? –Prosiguió Charlie—. Tarde o temprano me cogerás desprevenido. No puedo poner alguien para que me vigile el resto de mi vida. Me pregunto qué me queda entonces por hacer. Estar así y estar muerto es más o menos la misma cosa, ¿no te parece?

La mano se cerró un poco; la carne mullida de la palma se arrugó de placer.

—Así es, estás acabado, pobre imbécil, y no podrás hacer nada –le dijo.

—Mataste a Ellen.

—Sí.

La mano sonrió.

—Y me cortaste la otra mano para que huyera. ¿Estoy en lo cierto?

—Sí —repuso.

—Me di cuenta —le comento Charlie—, presentí lo que se avecinaba. Y ahora quieres hacer lo mismo, ¿me equivoco? Quieres separarte de mí e irte.

—Exactamente.

—No me dejarás en paz, ¿verdad? No te quedaras tranquila hasta que hayas logrado tu libertad.

—Eso es.

—De acuerdo —asintió Charlie—. Creo que nos entendemos, y estoy dispuesto a hacer un trato contigo.

La mano se acercó a su rostro, subiendo por la chaqueta del pijama con aire conspirador.

—Te dejaré libre —le informó.

Ahora estaba apoyada sobre su cuello; no lo apretaba, pero se encontraba lo suficientemente cerca como para ponerlo nervioso.

—Encontraré la forma, te lo prometo. Una guillotina, un escalpelo, no sé qué.

Se restregó contra él como un gato y lo acarició.

—Pero has de hacerlo a mi manera, y cuando yo lo diga. Porque si me matas no podrás sobrevivir, ¿verdad? Te enterrarán conmigo, igual que enterraron las manos de papá.

La mano dejó de acariciarlo y se subió por el costado del archivador.

— ¿Trato hecho? —inquirió Charlie.

La mano no le hacía el menor caso. De repente había perdido todo interés en la negociación. De haber tenido nariz, habría estado olisqueando el aire. En unos pocos instantes, las cosas habían cambiado: ya no había trato.

Charlie se incorporó torpemente y fue hasta la ventana. Por dentro, el cristal estaba sucio, y por fuera estaba cubierto de varias capas de excrementos de pájaros, pero a pesar de todo logró divisar el jardín que había abajo. Había sido diseñado de conformidad con los términos del legado del millonario: un jardín formal que serviría de glorioso monumento a su buen gusto, tal como el edificio lo era de su pragmatismo. Pero cuando el edificio había comenzado a deteriorarse, el jardín había sido abandonado a sus propios recursos. Sus escasos árboles estaban muertos o bien se doblaban bajo el peso de las ramas no podadas; los bordes estaban llenos de maleza; los bancos volcados sobre los respaldos, con las patas cuadrangulares al aire. Sólo el césped estaba cortado y constituía una pequeña concesión al cuidado. Alguien, un médico que había salido un momento a fumar, se paseaba por los estrechos senderos. No había nadie más allí.

Pero la mano de Charlie se había posado en el cristal y lo raspaba, hundiendo en él las uñas, en un vano intento por llegar al mundo exterior. Al parecer, allí fuera había algo más que el caos.

—Quieres salir —comentó Charlie.

La mano quedó aplanada contra la ventana y comenzó a golpear con la palma, rítmicamente, contra el cristal: era el tambor de un ejército invisible. La apartó de la ventana, sin saber qué hacer. Si se negaba a sus exigencias, podría herirlo. Si las consentía, e intentaba salir al jardín, ¿qué iba a encontrar? Por otra parte, ¿qué alternativa le quedaba?

—Está bien —dijo—, ya vamos.

Afuera, en el corredor, había una actividad febril; casi nadie se molestó en mirar en su dirección, a pesar de que era el único que vestía el pijama de paciente e iba descalzo. Sonaban timbres, los altavoces pedían por este o aquel médico, los ingresados eran llevados a la morgue o al lavabo; se hablaba de las terribles escenas en la sala de Urgencias: decenas de muchachos sin manos. Charlie se movió entre la multitud demasiado de prisa como para captar una frase coherente. Creyó más conveniente mostrarse concentrado, fingir que tenía un propósito y un destino. Tardó un rato en ubicar la salida al jardín; sabia que la mano se impacientaba. Al costado de su cuerpo, flexionaba y estiraba los dedos, urgiéndole a continuar. Entonces vio el cartel: A los jardines del Legado Chaney Memorial.

En una esquina giró hacia un corredor apartado, carente de tráfico urgente, en cuyo extremo opuesto había una puerta que conducía al aire libre.

Afuera todo estaba muy tranquilo. En el aire y en el césped no se veía ni un pájaro; ni una abeja zumbaba entre las flores. Hasta el médico se había marchado, probablemente a reanudar sus tareas quirúrgicas.

La mano de Charlie estaba extasiada. Sudaba tanto que goteaba, y la sangre la había abandonado, por lo que la cubría una blanca palidez. Al parecer, ya no era suya. Era otro ser al que él, por alguna desafortunada argucia de la anatomía, se encontraba pegado. No veía la hora de deshacerse de ella.

El césped estaba húmedo de rocío, y en la sombra proyectada por el edificio de siete plantas hacía frío. Todavía eran las seis y media de la mañana. Quizá los pájaros siguieran dormidos y las abejas se hubieran demorado en sus colmenas. Tal vez en aquel jardín no había nada que temer: unas cuantas rosas de capullos podridos y gusanos tempraneros haciendo volteretas en el rocío. Tal vez su mano estuviera equivocada, y allí no hubiera más que la mañana.

Mientras vagaba, se fue adentrando en el jardín y notó las huellas del médico, más oscuras sobre el césped verde plateado. Al llegar al árbol y ver que la hierba se tornaba roja, advirtió que las pisadas iban, pero no volvían.

Boswell se encontraba en un coma voluntario; no sentía nada y se alegraba. Su mente reconoció apenas la posibilidad de despertar, pero el pensamiento era tan vago que no le costó trabajo negarse. De vez en cuando, una tajada del mundo real (del dolor, del poder) se deslizaba por entre sus párpados, se detenía un instante y se alejaba al vuelo. Boswell no quería saber nada de eso. No quería volver a recuperar la conciencia. Presentía ligeramente lo que encontraría al despertar, lo que le esperaba allí fuera, taconeando sin cesar.

Charlie levantó la vista y miró hacia las ramas. El árbol tenía dos extraordinarias clases de fruta.

Una era un ser humano: el cirujano que fumaba el cigarrillo. Había muerto con el cuello alojado en el ángulo que formaban dos ramas. Le faltaban las manos. Sus brazos acababan en dos heridas redondeadas de las que todavía manaban pesados coágulos de color brillante que caían al césped. Por encima de su cabeza, el árbol se encontraba abarrotado de otros frutos, todavía menos naturales. Las manos estaban en todas partes: cientos de ellas charlaban como un parlamento manual mientras debatían las tácticas. Las había de todas las formas y colores; subían y bajaban por las ramas bamboleantes.

Al verlas así reunidas, las metáforas se volvían inutiles. Eran lo que eran: manos humanas. Y en eso residía el horror.

Charlie quiso huir, pero su mano derecha no quería saber nada. Aquéllas eran sus discípulas; se habían reunido allí en tanta abundancia para esperar sus parábolas y sus profecías. Charlie miro al médico muerto y luego a las manos asesinas y pensó en Ellen, su Ellen, que había muerto sin culpa alguna y que ya estaría fría en la tumba. Pagarían por el crimen, todas ellas. Siempre y cuando el resto de su cuerpo le respondiera, las haría pagar. Había sido una cobardía intentar negociar con aquel cáncer que colgaba de su muñeca, ahora lo comprendía. Ella y las de su calaña eran una peste. No tenían derecho a vivir.

El ejército lo había avistado, y la nueva de su presencia se desparramó por las filas como un fuego incontrolado. Se agolparon en el tronco para bajar; algunas se tiraban como manzanas maduras de las ramas más bajas, ansiosas por abrazarse al Mesías. No tardarían en abalanzarse sobre él, y entonces habría perdido toda ventaja. Era ahora o nunca. Se alejó del árbol antes de que su mano derecha lograra asir una rama, y levantó la vista hacia el Ala Chaney Memorial, buscando inspiración. La torre se elevaba por encima del jardín; las ventanas cegadas por el cielo, las puertas cerradas. Allí no habría solaz.

A sus espaldas, oyó el susurro de la hierba cuando incontables cantidades de dedos la pisotearon. Las tenía ya pegadas a los talones; entusiasmadas, seguían a su líder.

Charlie se dio cuenta de que lo seguirían adondequiera que se dirigiese. Tal vez esa ciega adoración por la mano que le quedaba era una debilidad que podría explotar. Exploró el edificio por segunda vez y su desesperada mirada descubrió la escalera de incendios; subía por el costado del edificio zigzagueando en dirección al tejado. A la carrera, se lanzó hacia ella, sorprendido de la velocidad de que era capaz. No había tiempo para volverse a mirar si lo seguían; debía confiar en la devoción de las manos. Después de unos cuantos pasos, su enfurecida mano se le abalanzó sobre el cuello, amenazando con arrancarle la garganta, pero él continuó la carrera, indiferente a los zarpazos. Llegó al pie de la escalera de incendios y, agilizado por la adrenalina, subió los peldaños metálicos de dos en dos, de tres en tres. No mantenía bien el equilibrio sin una mano para aferrarse de la barandilla de seguridad, pero ¿qué importaba si se lastimaba? No era más que su cuerpo.

En el tercer descansillo se arriesgó a echar un vistazo hacia abajo, a través del enrejado de los escalones. Al pie de la escalera de incendios, una cosecha de flores de carne alfombraba el suelo y se extendía en dirección a él. Subían a centenares, hambrientas, llenas de uñas y odio. «Déjalas que vengan —pensó—, deja que las malditas me sigan. Yo empecé esto y yo lo acabaré.»

Una infinidad de rostros se habían asomado a las ventanas del Ala Chaney Memorial. De los pisos inferiores le llegaban voces incrédulas y aterradas. Ya era demasiado tarde para contarles la historia de su vida: tendrían que reconstruir los retazos por sí mismas. ¡Y vaya rompecabezas sería! Tal vez, en su esfuerzo por comprender lo ocurrido esa mañana, encontrarían una solución creíble, la explicación del levantamiento que él no había logrado hallar; pero lo dudaba.

Estaba ya en el cuarto piso y se disponía a subir al quinto. La mano derecha se le hundía en el cuello. Tal vez sangrara, aunque tal vez fuera la lluvia, lluvia cálida que le chorreaba por el pecho y le bajaba por las piernas. Dos pisos más y llegaría al tejado. Debajo de él, en la estructura metálica, se produjo un zumbido: el ruido de la miríada de dedos que subían hacia él. El tejado se encontraba a una docena de peldaños, y se arriesgó a echar una segunda mirada hacia abajo, más allá de su cuerpo (no era lluvia lo que lo bañaba). Vio la escalera de incendios completamente cubierta de manos, como pulgones apiñados en el tallo de una flor. No, era otra metáfora. Las metáforas tenían que acabar.

El viento azotaba las alturas; hacia frío, pero Charlie no tenía tiempo de apreciarlo. Rebasó el parapeto de sesenta centímetros y saltó al tejado cubierto de grava. En los charcos yacían los cuerpos muertos de unas palomas; las grietas serpenteaban a través del cemento; un cubo con la inscripción «Vendajes sucios» estaba caído de lado y su contenido había adquirido una tonalidad verdosa. Atravesó aquella locura al tiempo que la primera del ejército indicaba al resto que subieran por el parapeto.

El dolor de la garganta se abrió paso hacia su cerebro desbocado cuando sus dedos traicioneros se le enterraron en la tráquea. Le quedaban pocas fuerzas después de la carrera ascendente por la escalera de incendios, y con dificultad cruzó al lado opuesto, que supondría una caída vertical hacia el cemento. Tropezó una vez, y otra. Ya no le quedaban fuerzas en las piernas, y en lugar de pensamientos coherentes la cabeza se le llenó de tonterías. Un koan, acertijo budista que había visto en una ocasión en la cubierta de un libro, le punzaba la memoria.

« ¿Cuál es el sonido...?», comenzaba, pero no lograba completar la pregunta, por más esfuerzos que hiciera.

« ¿Cuál es el sonido...?»

«Olvida los acertijos», se ordenó a si mismo, conminando a sus piernas a que dieran un paso mas, y luego otro. Estuvo a punto de caer contra el parapeto, en el lado opuesto del tejado, y se quedó mirando hacia abajo. Era una caída vertical. Abajo había un aparcamiento de coches, frente al edificio. Estaba vacío. Se asomó un poco más y de su cuello lacerado cayeron gotas de sangre que, rápidamente, se fueron haciendo más y más pequeñas hasta humedecer el suelo. «Allá voy», le dijo a la gravedad y a Ellen, y pensó qué bonito sería morir y no tener que preocuparse nunca más de si le sangraban las encías al cepillarse los dientes o si se le había ensanchado la cintura, o si alguna belleza pasaba junto a él, en la calle, y le asaltaba el deseo de besarle los labios sin poder hacerlo jamás.

De pronto, el ejército se abalanzó sobre él, trepándole por las piernas, presa de una fiebre victoriosa.

—Podéis venir —les dijo, al tiempo que oscurecían su cuerpo de la cabeza a los pies, necias en su entusiasmo—, podéis venir adonde yo vaya.

« ¿Cuál es el sonido...?» Tenía la frase en la punta de la lengua.

Ya, ya la recordaba. « ¿Cuál es el sonido de una mano que aplaude?» Qué satisfacción recordar algo rescatado del subconsciente con tanto esfuerzo... Era como encontrar una pequeña alhaja que se tenía por perdida para siempre. La emoción que le produjo el recordarlo endulzó sus últimos instantes. Se lanzó al espacio vacío, cayó y cayó hasta que la higiene dental y la belleza de las jóvenes mujeres concluyeron de repente. Las manos fueron tras él como una lluvia, destrozándose sobre el cemento, alrededor de su cuerpo, en oleadas; se lanzaron a su propia muerte en busca del Mesías.

Para los pacientes y enfermeras apiñados en las ventanas fue una escena de un mundo fantástico; comparado con aquello, una lluvia de sapos habría sido un hecho cotidiano. Les inspiró más admiración reverencial que terror: era fabuloso. Terminó demasiado pronto, y al cabo de un minuto unas cuantas manos valientes se aventuraron a deambular entre los desechos para ver lo más posible. Había bastante y, a pesar de ello, nada. Obviamente era un raro espectáculo: horrible, inolvidable. Pero en él no podía descubrirse significado alguno, simplemente la parafernalia de un apocalipsis menor. No restaba más que limpiarlo todo; las propias manos se mostraron dóciles a regañadientes, mientras los cadáveres eran catalogados y metidos en cajas para un futuro examen. Algunas de las personas que participaron en la operación encontraron un momento a solas para rezar pidiendo explicaciones o al menos el poder dormir sin soñar. Entre el personal, hasta los agnósticos de conocimientos fragmentarios se sorprendieron al descubrir cuán fácil resultaba juntar las manos.

En su cuarto privado, en Cuidados Intensivos, Boswell volvió en sí. Tendió la mano hasta alcanzar el timbre que había junto a su cama y lo pulsó, pero nadie acudió a su llamada. En el cuarto había alguien que se ocultaba en el rincón detrás del biombo. Había oído como el intruso arrastraba los pies.

Volvió a pulsar el timbre, pero en el edificio sonaban muchos otros timbres y, al parecer, nadie se molestaba en contestarlos. Apoyándose en la mesita de noche que había junto a la cama, se acerco al borde de la misma para ver mejor al bromista.

—Sal de ahí —murmuró con los labios secos. Pero el desgraciado se tomaba su tiempo—. Sal..., se que estás ahí.

Tiró un poco más y de repente notó que se había alterado radicalmente su centro de equilibrio, que no tenía piernas y que estaba a punto de caerse de la cama. Con los brazos se cubrió la cabeza para que no golpeara el suelo, y lo logró. Sin embargo, se quedó sin aliento. Mareado, permaneció tirado donde había caído, intentando orientarse. ¿Que había ocurrido? ¿Dónde estaban sus piernas, en nombre de Jah?

Sus ojos enrojecidos exploraron la habitación y se posaron sobre unos pies desnudos que se encontraban a un metro escaso de su nariz. Del tobillo les colgaba una etiqueta en la que se indicaba que iban destinados al incinerador. Levantó la vista y supo que eran sus piernas; estaban allí de pie, amputadas entre la ingle y la rodilla, pero seguían vivas y pateaban. Por un momento creyó que pretendían hacerle daño, pero no. Después de haberle revelado su presencia, lo dejaron allí tendido, contentas de estar libres.

¿Acaso sus ojos no envidiaron su libertad, y su lengua no se sintió ansiosa por abandonar la boca y salir? ¿Acaso cada parte de él, en su forma sutil, no se preparaba para abandonarlo? Era una alianza que se mantenía unida gracias a la más tenue de las treguas. Y ahora que ya se había sentado un precedente, ¿cuánto tardaría en producirse el siguiente levantamiento? ¿Minutos? ¿Años?

Con el corazón en la boca, Boswell esperó la caída del Imperio.




FIN




Literaturasangre
política
manos
cuerpo
gore
ficcion
libro
terror
cuento
clive
barker
La Política Del Cuerpo 2ºp.(C.Barker)Literaturasangre

2 comentarios - La Política Del Cuerpo 2ºp.(C.Barker)