Fragmentos de "Espejos" (libro de Galeano)


Fragmentos de "Espejos" (Eduardo Galeano)

Hola acá les dejo algunos fragmentos del libro "Espejos", que la verdad me gustó mucho...

Guerras mentidas

Lanzamientos publicitarios, operaciones de marketing. La opinión pública es
el target. Las guerras se venden mintiendo, como se venden los autos.
En agosto de 1964, el presidente Lyndon Johnson denunció que los
vietnamitas habían atacado dos buques de los Estados Unidos en el golfo de
Tonkin.
Entonces, el presidente invadió Vietnam, lanzó aviones y tropas y su
popularidad subió a las nubes y fue aclamado por los periodistas y por los
políticos, y el gobierno demócrata y la oposición republicana fueron un partido
único contra la agresión comunista.
Cuando ya la guerra había destripado a una multitud de vietnamitas, en su
mayoría mujeres y niños, Robert McNamara, ministro de Defensa de Johnson,
confesó que el ataque del golfo de Tonkin no había existido.
Los muertos no resucitaron.
En marzo del año 2003, el presidente George W. Bush denunció que Irak
estaba a punto de aniquilar el mundo con sus armas de destrucción masiva, las
armas más letales jamás inventadas.
Entonces, el presidente invadió Irak, lanzó aviones y tropas y su
popularidad subió a las nubes y fue aclamado por los periodistas y por los
políticos, y el gobierno republicano y la oposición demócrata fueron un partido
único contra la agresión terrorista.
Cuando ya la guerra había destripado a una multitud de iraquíes, en su
mayoría mujeres y niños, Bush confesó que las armas de destrucción masiva no
habían existido. Las armas más letales jamás inventadas habían sido inventadas
por él.
En las elecciones siguientes, el pueblo lo recompensó reeligiéndolo.
Allá en la infancia, mi mamá me había dicho que la mentira tiene patas
cortas. Estaba mal informada.

Fundación de la publicidad


El médico ruso Iván Pavlov descubrió los reflejos condicionados.
Él llamó aprendizaje a este proceso de estímulos y respuestas:
la campanilla suena, el perro recibe comida, el perro segrega saliva;
horas después, la campanilla suena, el perro recibe comida, el perro segrega
saliva;
al día siguiente, la campanilla suena, el perro recibe comida, el perro
segrega saliva;
y se repite la operación, horas tras horas, día tras día, hasta que la
campanilla suena, el perro no recibe comida pero segrega saliva.
Horas después, días después, el perro sigue segregando saliva, cuando la
campanilla suena, ante el plato vacío.

Dos traidores


Domingo Faustino Sarmiento odió a José Artigas. A nadie odió tanto.
Traidor a su raza, lo llamó, y era verdad. Siendo blanco y de ojos claros,
Artigas se batió junto a los gauchos mestizos y a los negros y a los indios. Y fue
vencido y marchó al exilio y murió en la soledad y el olvido.
Sarmiento también era traidor a su raza. No hay más que ver sus retratos.
En guerra contra el espejo, predicó y practicó el exterminio de los argentinos de
piel oscura, para sustituirlos por europeos blancos y de ojos claros. Y fue
presidente de su país y egregio prócer, gloria y loor, héroe inmortal.

Mengele

Por razones de higiene, a la entrada de las cámaras de gas había rejillas de
hierro. Ahí los funcionarios limpiaban el barro de sus botas.
Los condenados, en cambio, entraban descalzos. Entraban por la puerta y
salían por las chimeneas, después de ser despojados de los dientes de oro, la
grasa, el pelo y todo lo que pudiera tener valor.
Allí, en Auschwitz, el doctor Josef Mengele hacía sus experimentos.
Como otros sabios nazis, él soñaba con criaderos capaces de generar la
súper raza del futuro. Para estudiar y evitar las taras hereditarias, trabajaba con
moscas de cuatro alas, ratones sin patas, enanos y judíos. Pero nada excitaba
tanto su pasión científica como los niños gemelos.
Mengele repartía chocolatines y afectuosas palmadas entre sus cobayos
infantiles, aunque en la mayoría de los casos no resultaron útiles al progreso de
la Ciencia.
Intentó convertir a algunos gemelos en hermanos siameses, y les abrió las
espaldas para conectarles las venas: murieron despegados y aullando de dolor.
A otros trató de cambiarles el sexo: murieron mutilados.
A otros les operó las cuerdas vocales, para cambiarles la voz: murieron
mudos.
Para embellecer la especie, inyectó tintura azul en gemelos de ojos oscuros:
murieron ciegos.

Retrato de familia en Argentina


El poeta argentino Leopoldo Lugones proclamó:
—¡Ha sonado, para bien del mundo, la hora de la espada!
Y así aplaudió, en 1930, el golpe de estado que instauró una dictadura
militar.
Al servicio de esa dictadura, el hijo del poeta, el comisario Polo Lugones,
inventó la picana eléctrica y otros convincentes instrumentos que él ensayaba en
los cuerpos de los desobedientes.
Cuarenta y pico de años después, una desobediente llamada Pirí Lugones,
nieta del poeta, hija del comisario, sufrió en carne propia los inventos de su
papá, en las cámaras de torturas de otra dictadura.
Esa dictadura desapareció a treinta mil argentinos.
Entre ellos, ella.

El río y los peces

Un viejo proverbio dice que enseñar a pescar es mejor que dar pescado.
El obispo Pedro Casaldáliga, que vive en la región amazónica, dice que sí,
que eso está muy bien, muy buena idea, pero ¿qué pasa si alguien compra el río,
que era de todos, y nos prohíbe pescar? ¿O si el río se envenena, y envenena a
sus peces, por los desperdicios tóxicos que le echan? O sea: ¿qué pasa si pasa lo
que está pasando?

El peligroso vicio de preguntar

¿Qué vale más? ¿La experiencia o la doctrina?
Dejando caer piedras y piedritas y bolas y bolitas, Galileo Galilei comprobó
que la velocidad es la misma aunque el peso de los objetos sea diferente.
Aristóteles estaba equivocado, y durante diecinueve siglos nadie se había dado
cuenta.
Johannes Kepler, otro curioso, descubrió que las plantas no giraban en
círculos cuando perseguían la luz a lo largo del día. ¿Acaso no era el círculo el
camino perfecto de todo lo que gira? ¿No era el universo la perfecta obra de
Dios?
—Este mundo no es perfecto, ni mucho menos —concluía Kepler—. ¿Por qué
habrían de ser perfectos sus caminos?
Sus razonamientos resultaban sospechosos para los luteranos y para los
católicos también. La madre de Kepler había estado cuatro años presa, acusada
de practicar brujerías. Por algo sería.
Pero él vio y ayudó a ver, en aquellos tiempos de oscuridad obligatoria:
adivinó que el sol giraba en torno de su eje,
descubrió una estrella desconocida,
inventó la unidad de medida que llamó dioptría y fundó la óptica moderna.
Y cuando ya se estaba arrimando al fin de sus días, se le dio por
decir que así como el sol decidía el viaje de las plantas, las mareas
obedecían a la luna.
—Demencia senil—opinaron los colegas.

Tu futuro te condena

Siglos antes de que naciera la cocaína, ya la coca fue hoja del Diablo.
Como los indios andinos la mascaban en sus ceremonias paganas, la Iglesia
incluyó la coca entre las idolatrías a extirpar. Pero las plantaciones, lejos de
desaparecer, se multiplicaron por cincuenta desde que se descubrió que la coca
era imprescindible. Ella enmascaraba la extenuación y el hambre de la multitud
de indios que arrancaban plata a las tripas del Cerro Rico de Potosí.
Algún tiempo después, también los señores de la colonia se acostumbraron
a la coca. Convertida en té, curaba indigestiones y resfríos, aliviaba dolores,
daba bríos y evitaba el mal de altura.
Hoy en día, la coca sigue siendo sagrada para los indios de los Andes y
buen remedio para cualquiera. Pero los aviones exterminan los plantíos, para
que la coca no se convierta en cocaína.
Sin embargo, los automóviles matan mucha más gente que la cocaína y a
nadie se le ocurre prohibir la rueda.

Muchas veces murió la esclavitud


Consulte cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país que
abolió la esclavitud. La enciclopedia responderá: Inglaterra.
Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio británico,
campeón mundial del tráfico negrero, cuando haciendo números advirtió que
ya no era tan rentable la venta de carne humana. Pero Londres descubrió que la
esclavitud era mala en 1807, y tan poco convincente resultó la noticia, que
treinta años después tuvo que repetirla dos veces.
También es verdad que la revolución francesa había liberado a los esclavos
de las colonias, pero el decreto libertador, que se llamó inmortal, murió poco
después, asesinado por Napoleón Bonaparte.
El primer país libre, de veras libre, fue Haití. Abolió la esclavitud tres años
antes que Inglaterra, en una noche iluminada por el sol de las hogueras,
mientras celebraba su recién ganada independencia y recuperaba su olvidado
nombre indígena.

Los derechos civiles en el fútbol

El pasto crecía en los estadios vacíos.
Pie de obra en pie de lucha: los jugadores uruguayos, esclavos de sus
clubes, simplemente exigían que los dirigentes reconocieran que su sindicato
existía y tenía el derecho de existir. La causa era tan escandalosamente justa que
la gente apoyó a los huelguistas, aunque el tiempo pasaba y cada domingo sin
fútbol era un insoportable bostezo.
Los dirigentes no daban el brazo a torcer, y sentados esperaban la rendición
por hambre. Pero los jugadores no aflojaban. Mucho los ayudó el ejemplo de un
hombre de frente alta y pocas palabras, que se crecía en el castigo y levantaba a
los caídos y empujaba a los cansados: Obdulio Varela, negro, casi analfabeto,
jugador de fútbol y peón de albañil.
Y así, al cabo de siete meses, los jugadores uruguayos ganaron la huelga de
las piernas cruzadas.
Un año después, también ganaron el campeonato mundial de fútbol.
Brasil, el dueño de casa, era el favorito indiscutible. Venía de golear a
España 6 a 1 y 7 a 1 a Suecia. Por veredicto del destino, Uruguay iba a ser la
víctima sacrificada en sus altares en la ceremonia final. Y así estaba ocurriendo,
y Uruguay iba perdiendo, y doscientas mil personas rugían en las tribunas,
cuando Obdulio, que estaba jugando con un tobillo inflamado, apretó los
dientes. Y el que había sido capitán de la huelga fue entonces capitán de una
victoria imposible.

La sal de esta tierra

En 1947, la India se convirtió en país independiente.
Entonces cambiaron de opinión los grandes diarios hindúes, escritos en
inglés, que se habían burlado de Mahatma Gandhi, personajito ridículo, cuando
lanzó, en 1930, la marcha de la sal.
El imperio británico había alzado una muralla de troncos de cuatro mil
seiscientos kilómetros de largo, entre el Himalaya y la costa de Orissa, para
impedir el paso de la sal de esta tierra. La libre competencia prohibía la libertad:
la India no era libre de consumir su propia sal, aunque era mejor y más barata
que la sal importada desde Liverpool.
A la larga, la muralla envejeció y murió. Pero la prohibición continuó, y
contra ella lanzó su marcha un hombre chiquito, huesudo, miope, que andaba
medio desnudo y caminaba apoyado en un bastón de bambú.
A la cabeza de unos pocos peregrinos, Mahatma Gandhi inició una
caminata hacia la mar. Al cabo de un mes, tras mucho andar, una multitud lo
acompañaba. Cuando llegaron a la playa, cada uno recogió un puñado de sal.
Así, cada uno violó la ley. Era la desobediencia civil contra el imperio británico.
Unos cuantos desobedientes cayeron ametrallados y más de cien mil
marcharon presos.
Presa estaba, también, su nación.
Diecisiete años después, la desobediencia la liberó.

Fundación del jazz

Corría el año 1906. La gente iba y venía, como cualquier día, a lo largo de la
calle Perdido, en un barrio pobre de Nueva Orleans. Un niño de cinco años,
asomado a la ventana, contemplaba aquel aburrimiento, con los ojos y los oídos
muy abiertos, como esperando algo que iba a ocurrir.
Y ocurrió. La música estalló desde la esquina y ocupó toda la calle. Un
hombre soplaba su corneta, alzada al cielo, y a su alrededor la multitud batía
palmas y cantaba y bailaba. Y Louis Armstrong, el niño de la ventana, se
meneaba tanto que por poco no se cayó desde allá arriba.
Unos días después, el hombre de la corneta fue a parar al manicomio. Lo
encerraron en el sector reservado a los negros.
Ésa fue la única vez que su nombre, Buddy Bolden, apareció en los diarios.
Murió un cuarto de siglo después, en ese mismo manicomio, y los diarios ni se
enteraron. Pero su música, nunca escrita ni grabada, siguió sonando dentro de
quienes la habían gozado en fiestas o funerales.
Según dicen los que saben, ese fantasma fue el fundador del jazz.

En directo y en vivo


Toda Argentina asiste.
Un espectáculo en tiempo real.
La televisión no pierde detalle, desde el momento en que el toro, negro
tenía que ser, aparece en alguna calle de los suburbios de Buenos Aires, una
mañana del año 2004.
Los periodistas van contando lo que ocurre como si fuera una mezcla de
lidia y de guerra, la emoción rompecorazones de una corrida en la Plaza de
Sevilla narrada en el tono epicotrágico de la caída de Berlín.
Pasa la mañana y la policía no llega.
La bestia, amenazante, pasta.
La población, temerosa, mira de lejos.
Cuidado, advierte un periodista que pasea entre la multitud, micrófono en
mano: Cuidado, que puede ponerse nervioso.
El salvaje rumia pasto, ajeno a todos, concentrado en ese pedacito de campo
que ha encontrado entre los grises edificios.
Por fin, llegan los patrulleros, cargados de agentes que se despliegan a su
alrededor y lo miran sin saber qué hacer.
Entonces unos espontáneos se desprenden del gentío y, dando muestras de
valor y de destreza, se abalanzan sobre el toro bravo, lo arrojan al suelo, lo
golpean a puñetazos y patadas y lo atan con cadenas. Los cámaras registran el
momento en que uno de ellos, triunfante, pone un pie encima del trofeo.
Se lo llevan en una carretilla. La cabeza le cuelga afuera. Cuando la levanta,
le llueven golpes. Las voces denuncian:
—¡Quiere escaparse! ¡Quiere escaparse de nuevo!
Y así acaba este ternero, este adolescente de cuernos recién despuntados,
que se había fugado del matadero.
El plato era su destino.
Él nunca había soñado con ser estrella de la tele.

En vivo y en directo

Todo Brasil asiste.
Un espectáculo en tiempo real.
La televisión no pierde detalle, desde el momento en que el criminal, negro
tenía que ser, convierte en rehenes a los pasajeros de un ómnibus de Río de
Janeiro, una mañana del año 2000.
Los periodistas van contando lo que ocurre como si fuera una mezcla de
fútbol y de guerra, la emoción rompecorazones de una final de la Copa del
Mundo narrada en el tono epicotrágico del desembarco de Normandía.
La policía ha puesto sitio al ómnibus.
En el largo tiroteo, muere una muchacha. El público vocifera maldiciones
contra la fiera salvaje que no vacila en sacrificar inocentes vidas humanas.
Por fin, al cabo de cuatro horas de mucho tiro y mucha ópera, una bala del
orden derriba al peligro público. Los policías exhiben su trofeo, el criminal
malherido, bañado en sangre, ante las cámaras.
Todos quieren lincharlo, los miles que están allí y los millones que no están
pero miran.
Los policías lo arrancan de manos de la multitud enardecida.
Entra vivo al patrullero. Sale estrangulado.
En su breve paso por el mundo, se llamó Sandro do Nascimento. Él era uno
de los muchos niños de la calle que dormían en las escalinatas de la iglesia de la
Candelaria, una noche de 1993, cuando llovió metralla. Ocho murieron.
De los que sobrevivieron, casi todos fueron matados poco después.
Sandro tuvo suerte, pero era un muerto en uso de licencia.
Siete años después, cumple la sentencia.
Él siempre había soñado con ser estrella de la tele.

Peligro en las cárceles


En 1998, la Dirección Nacional del Régimen Penitenciario de la República
de Bolivia recibió una carta firmada por todos los presos de una cárcel del valle
de Cochabamba.
Los presos pedían a las autoridades que tuvieran a bien elevar la altura del
muro de la prisión, porque los vecinos lo saltaban fácilmente y les robaban la
ropa que ellos colgaban a secar en el patio.
Como no había presupuesto disponible, no hubo respuesta. Y como no
hubo respuesta, los presos no tuvieron más remedio que poner manos a la obra.
Y alzaron bien alto el muro, con ladrillos de barro y paja, para protegerse de los
ciudadanos que vivían en los alrededores de la prisión.

El arte oficial en Argentina


25 de mayo de 1810: llueve en Buenos Aires. Bajo los paraguas, hay una
multitud de sombreros de copa. Se reparten escarapelas celestes y blancas.
Reunidos en la que hoy se llama Plaza de Mayo, los señores de levita claman
que viva la patria y exigen que se vaya el virrey.
En la realidad real, no maquillada por las litografías escolares, no hubo
sombreros de copa, ni escarapelas, ni levitas, y parece que ni siquiera hubo
lluvia ni paraguas. Hubo un coro de gente reclutada para apoyar, desde afuera,
a los pocos que dentro del Cabildo discutían la independencia.
Esos pocos, tenderos, contrabandistas, ilustrados doctores y jefes militares,
fueron los próceres que dieron nombre a las avenidas y a las calles principales.
No bien declararon la independencia, implantaron el comercio libre.
Así el puerto de Buenos Aires asesinó en el huevo a la industria nacional,
que estaba naciendo en las hilanderías, tejedurías, destilerías, talabarterías y
demás talleres artesanales de Córdoba, Catamarca, Tucumán, Santiago del
Estero, Corrientes, Salta, Mendoza, San Juan...
Pocos años después, el canciller británico George Canning brindó
celebrando la libertad de las colonias españolas en América:
—Hispanoamérica es inglesa —comprobó, alzando la copa.
Inglesas eran hasta las piedras de las veredas.

Fuente: "Espejos, una historia casi universal" (Eduardo Galeano)