Una Rana Y Un Sapo
Cuentos Hermosos!




Belinda era una rana muy bonita y por sobre todas las cosas, muy soñadora. Gran lectora, pasaba sus horas a la orilla de la laguna, leyendo historias de amor. Sus favoritas eran las historias de princesas. Las leía una y otra vez. En la mayoría de ellas, las princesas se enamoraban de sapos, quienes luego de un mágico beso de amor, se convertían en apuestos príncipes. Precisamente ése era el mayor sueño de Belinda, tener un novio que no fuese un verde sapo con ojos saltones, sino un joven alto y bien parecido.

Su familia y amigos le decían que ello era imposible, pero la ranita siempre contestaba que, en materia de sueños, nunca estaba todo dicho.

Su madre trataba de hacerla entrar en razones, sin éxito alguno.

– Hija, no es bueno que sigas pensando en que un apuesto príncipe se fijará en ti. Mírate, por bonita que seas, no dejas de ser una rana.

– El amor todo lo puede – Contestó disgustada Belinda.

– El amor no te transformará en algo que jamás podrás ser – Replicó la madre.

Del otro lado de la laguna vivía Edmundo, un sapo muy apuesto que cantaba todo el día. Edmundo era alegre, bueno y gentil. Todas las ranitas jóvenes y las que no lo eran tanto, estaban enamoradas de él. Sin embargo, Edmundo tenía ojos sólo para Belinda.

Sabía perfectamente que Belinda esperaba un joven apuesto y no un sapo cantor, pero no se desanimaba.

– El amor todo lo puede – Decía Edmundo a sus amigos.

– El amor no te transformará en un ser humano – Contestaban ellos.

Laguna por medio, sapo y rana soñaban con el verdadero amor, sólo que de manera diferente. Para Edmundo el amor ya tenía nombre, para Belinda –en cambio- era sólo una fantasía.

Edmundo no tomaba coraje para cruzar la laguna y declararle su amor a la bella rana.

– Ya llegará el momento oportuno, mi corazón me lo dirá – Pensó el sapo y siguió cantando.

Una tarde, al terminar de leer por décima vez la misma historia de amor, la ranita tomó una decisión.

– El secreto está en el beso … – Pensó – Entonces sólo es cuestión de repartir besos y de ese modo, quien sea mi amor, se transformará en un príncipe – Dijo decidida.

Desde ese día, dejó los libros de lado y comenzó una afanosa búsqueda de los sapos jóvenes del lugar.

Con tristeza, vio que ninguno de los que se le cruzaban por el camino le gustaba.

– No importa – Dijo para sí – Seguro que luego del beso, alguno de ellos se transformará, me enamoraré y seré feliz por siempre.

Y así fue que Belinda empezó a repartir besos a diestra y siniestra. Como era tan bonita, ningún sapo se negaba, muy por el contrario, hacían cola y esperaban pacientemente a ser besados.

Un sapo y nada. Dos sapos y nada. Treinta y cuatro sapos y nada. Todos seguían siendo sapos.

– Algo anda mal – Pensó Belinda – Los libros no pueden estar tan equivocados.

– No son los libros los que están equivocados, sino tu concepto de cómo encontrar al amor de tu vida – Dijo su madre. Edmundo, por su parte, estaba al tanto de los besos que Belinda seguía repartiendo y las largas filas para recibirlos. El no quería ser de la partida. No conquistaría al amor de su vida haciendo una larga cola para recibir un beso, que –como único efecto- tendría una desilusión.

Tomó una flor, la más bella que encontró, ensayó su mejor canción y fue en búsqueda de su amor.

El sonido era tan hermoso que Belinda no podía concentrarse más que en la música y ya no sabía si besaba a un sapo, un tronco o un gusano.

Algo especial sintió en su corazón cuando escuchó la voz de Edmundo y la melodía que cantaba, algo que desconocía por completo.

Se dio vuelta esperando ver un apuesto joven cantando y lo único que encontró fue un apuesto sapo que cantaba en forma dulce y afinada.

Para su sorpresa, no se desilusionó al ver que Edmundo era sapo hecho y derecho: con ojos saltones y varias verrugas.

El sapo extendió la flor a la ranita y ésta la tomó agradecida.

– ¿Y si lo beso? – Pensó Belinda – ¿Se transformará?

Sin que pudiese seguir pensando demasiado, Edmundo tomó por sorpresa a la ranita y la besó él.

Fue el beso más largo y hermoso que Belinda había recibido en su vida.

Cuando abrió los ojos siguió viendo un sapo hecho y derecho que por supuesto, en nada se parecía a los jóvenes con los que siempre había soñado.

No le importó.

– ¿Aunque no sea un príncipe, tendré alguna posibilidad? – Preguntó tímido Edmundo.

– Todas las que no están en los libros – Contestó feliz Belinda.

Y aunque sapo y rana, fueron felices para siempre. Belinda se dio cuenta que los sueños no siempre resultan como uno los soñó y que su madre tenía razón.

Aunque, a decir verdad, la bella rana no estaba del todo equivocada. En los sueños todo es posible y en éste dos animalitos se enamoraron como dos príncipes de cuentos. Descubrió, además, que si bien el amor no transforma sapos en seres humanos, sí transforma los corazones y el interior de cada uno de nosotros y nos hace ver al ser amado, tenga la forma que tenga, como el más apuesto de los príncipes.

El Bosque Encantado
Niños




Hace muchos muchos años, existía un bosque que estaba situado justo en el corazón de lo que era -en ese entonces- un pueblo pequeño. En esos tiempos el bosque se erguía firme y orgulloso, brindando sombra y un cálido refugio a muchos animalitos. Sus árboles eran fuertes, altos, sanos.

Aves, reptiles, ardillas, lechuzas, ciervos y muchos animalitos pasaban sus días en armonía, se alimentaban de la hierva siempre fresca, tomaban el agua limpia de los arroyitos y dormían bajo la sombra generosa de la copas de los árboles.

Así fue por mucho tiempo, tanto que ni siquiera el abuelito más viejo recuerda.

Era un bosque “encantado”, pero no porque allí ocurriesen cosas mágicas o extrañas, simplemente era “encantado” pues estaba encantado de ser un bosque tal y como era.

Pasaron los años y con ellos muchas cosas cambiaron. El pueblito que rodeaba al bosque ya no era tal, se había convertido en una ciudad. Había más casas, más fábricas, más gente y sobre todo mucha, pero mucha más basura.

Casi sin darse cuenta, el bosque fue cambiando su paisaje. El agua ya no era transparente y limpia. Los animalitos muchas veces enfermaban por tragar bolsas de plástico o basura que la gente dejaba luego de hacer un picnic.

La hierba ya no crecía feliz, pues en muchos sectores del bosque el fuego había dejado su marca para siempre. Los árboles no respiraban igual, porque el aire estaba contaminado y tampoco podían alimentarse bien, el suelo ya no era el mismo. Es más, no había la misma cantidad de árboles que antes, muchos habían sido talados para utilizar su madera.

Todos los animalitos se asombraban cuando escuchaban los relatos de los añosos árboles que les contaban cómo era la vida antes que el pueblito fuese lo que era hoy en día.

Les costaba creer que antes el agua podía tomarse sin que a nadie le doliese la barriga y que no hubiese peligro de tragar algo que no fuese un rico fruto.

– ¡Esto no es vida! – Dijo un buen día un ciervo cansado ya de comer pasto quemado.

– ¿Hasta cuándo viviremos así? – preguntó un pino mientras tocía y su copa se mecía.

– Habrá que pensar algo amigos – contestó un conejo que se agarraba su pancita con sus cuatro patas y sus dos grandes orejas – el agua del arroyo no se puede tomar.

– Bosques encantados eran los de antes. Miren nuestro aspecto ahora, más que encantado, parecemos un bosque enfadado – Comentó el árbol más viejito de todos.

No eran ellos en realidad quienes debían tomar cartas en el asunto, sino las personas que habitaban la ciudad y no cuidaban la naturaleza como debían.

Aún cuando los animalitos del pobre bosque enfadado nada habían pensando, la fuerza de la naturaleza se hizo sentir solita, sin ayuda de nadie.

El estado en que el bosque se encontraba, no era triste sólo por su aspecto, sino por sus consecuencias.

Al haber talado tantos árboles, ya la ciudad no tenía la sombra fresquita de antes, el clima estaba enrarecido y el calor era mayor del que la gente podía aguantar.

Ya no había tantas copas generosas que taparan la fuerza con la que el sol se hacía sentir. Abundaban las gorras en la cabeza y la gente empezó a salir menos de su casa.

El agua enfermó también a los habitantes de la ciudad, no sólo a los animalitos.

Los cultivos y las flores comenzaron a escasear y con ellos sobrevino el hambre y la tristeza.

Parecía una pesadilla, donde los habitantes de la ciudad veían en el bosque una especie de monstruo enojado que mostraba su furia y la hacía sentir.

Y, como en una pesadilla, la realidad no era la que se cree ver. Aún así, sin que el bosque hubiese querido asustar a nadie, ni se hubiese convertido en un monstruo, la gente comenzó a tener miedo por primera vez.

Los animalitos que muchas veces se hacían una escapadita a la ciudad, que no eran todos por cierto, se enteraron que la gente estaba muy asustada y más preocupada todavía.

– Escuché que la gente piensa que todo el bosque está muy enojado con ellos– comentaba una ardillita que venía de una feria donde había comido todas las nueces posibles.

– Yo escuché que creen que los estamos castigando – Decía un pino muy alto que movía su copa a su antojo para escuchar conversaciones lejanas y ajenas.

– ¡Eso no es verdad! No estaremos de lujo, pero no queremos hacerle daño a nadie – contestó el conejo que seguía agarrándose su pobre barriga.

– Déjenlos que crean lo que quieran, ellos han sido los responsables de este desastre. Un buen susto no les vendrá nada mal – Sentenció el árbol más añoso y al cual todos escuchaban y respetaban.

El viejo árbol continuó:

– Es más, cuando alguien venga a pasear lo ayudaremos un poquito más a tomar conciencia.

El ciervo empezó a preocuparse, tenía miedo que los años hubiesen echado a volar el buen tino que siempre había tenido el árbol.

El viejo árbol decidió que por primera vez en su vida, se daría el gusto de hacer una travesura, que en definitiva, sólo tenía un buen fin.

Les pidió a las ardillas que a cada persona que pisase el bosque le arrojasen en la cabeza cuanto fruto encontrasen.

– ¿Es necesario? – Preguntaba dudoso el ciervo que ya estaba seguro que el árbol había perdido la cordura.

– Será divertido y voy por más – contestó seguro el viejo árbol.

– ¡Ay no ¡qué alguien detenga a este anciano por favor! – gritaba el ciervo sin agarrarse los cuernos porque no le era posible, nada más.

El árbol ordenó a todos los búhos que vivían en las ramas de los árboles del bosque que, cada vez que alguien quiera cobijarse bajo la sombra ya escasa de alguno de ellos, empezaran a hacer “buhhhh” o el sonido que pudiesen, pero que provocase miedo.

– ¿No será demasiado? – Preguntaba el ciervo ya en forma de súplica.

– No será la mejor forma, reconozco, pero creo que los ayudará a cuidarnos y cuidarse un poquito más.

El bosque entero se puso en marcha, bajo la constante queja y duda del pobre ciervo.

No hubo persona que entrase al bosque, que no notase algo extraño, y como ninguno tenía la conciencia tranquila, entendieron lo que la naturaleza solita había tratado de explicarles antes.

La voz corrió muy rápido en la ciudad, ya nadie tenía dudas que el bosque –de una u otra manera- se estaba quejando, sonidos extraños, frutos lanzados, ramas que asustaban. Todo esto sin contar lo que venían notando hace tiempo en la ciudad, la temperatura, el agua intomable, la poca vegetación.

Muchas veces, a las personas nos cuesta entender cosas que, en realidad, son muy sencillas y que saltan a la vista. Fue necesario que el bosque tomara cartas en el asunto, para que la gente, ahora sí consciente del daño que le estaba haciendo, lo cuidara un poco más y en definitiva se cuidara a ella misma.

Todos comenzaron a cambiar su actitud y si bien el daño causado ya no podía revertirse, sí podían evitar daños mayores.

Así fue que la gente de la ciudad comenzó por no cortar más árboles, siguió por plantar nuevos, no usó más bolsas de plástico, no hizo fuego en el bosque y muchas más cosas que protegieron no sólo al bosque, sino a todos. De esa manera vivieron mucho más tranquilos y felices, sobre todo el ciervo que ya no tuvo que preocuparse por las ideas del viejo árbol.

Fin