Fragmento cachondo, y sin embargo literatura pura, tomado de un libro indispensable que todos conocen, ¡qué lo disfruten!






El amante de lady Chatterley - erótico





El se deslizó de la cama de espaldas a ella, desnudo, blanco y delgado, y fue hacia la ventana, deteniéndose un momento, corriendo las cortinas y mirando al exterior un instante. La espalda era blanca y fina, las pequeñas nalgas hermosas, con una virilidad exquisita y delicada; la nuca rojiza, delicada y sin embargo fuerte.
Había una fuerza interior, no exterior, en aquel cuerpo delicadamente fino.
-¡Qué hermoso eres! -dijo ella-. ¡Tan puro, tan fino! ¡Ven!
Y extendió los brazos hacia él.
Le daba vergüenza volverse hacia ella a causa de su desnudez erecta. Cogió su camisa del suelo y se cubrió para acercarse a ella.
-¡No! -dijo ella, extendiendo aún los brazos hermosos y esbeltos desde sus pechos descendentes-. ¡Déjame verte!
El dejó caer la camisa y se quedó quieto frente a ella. El sol, a través de la ventana baja, emitía un rayo que iluminaba sus muslos, su esbelto vientre y el falo erecto, que se alzaba oscuro y caliente de entre la pequeña nube de pelo de un rojo vivo dorado. Ella estaba admirada y asustada.
-¡Qué extraño! -dijo lentamente-. ¡Qué extraño parece! ¡Tan grande, tan oscuro, con su seguridad de polla! ¿Es de verdad así?
El hombre echó una mirada hacia la parte baja de su cuerpo blanco y esbelto y se rió. Entre los hombros estrechos su pelo era oscuro, casi negro. Pero en la raíz del vientre, donde surgía el falo rígido y en arco, era de un dorado rojizo, formando una pequeña nube brillante.
-¡Tan orgulloso! -murmuró ella inquieta-. ¡Y tan señorial! ¡Ahora sé por qué son los hombres tan jactanciosos! ¡Pero es realmente encantador! ¡Como un ser aparte! ¡Un tanto aterrador! ¡Pero encantador realmente! ¡Y viene a mí!
Se mordió el labio inferior entre los dientes con miedo y excitación.
El hombre miró en silencio al falo tenso, invaria¬blemente erecto.
-¡Sí! -dijo al fin con voz baja en el más cerrado dialecto-. ¡Sí, muchacho! Ahí estás muy bien. ¡Sí, puedes ir con la frente bien alta! Eres tu propio dueño, ¿eh?, y no debes nada a nadie. Eres mi jefe, John Thomas. ¿Jefe mío? Bueno, tienes más cojones que yo y hablas menos. ¡John Thomas! ¿La quieres para ti? ¿Te quieres quedar con mi Lady Jane? Eres tú quien me ha hecho caer de nuevo, tú. Ah, ¿y te ríes? ¡Cógela! ¡Coge a Lady Jane! Di: dejad libres los dinteles de vuestras puertas y que entre el rey de la gloria. ¡Ah, descarado! ¡Coño es lo que estás buscando! Dile a Lady Jane que quieres coño, John Thomas, el coño de Lady Jane.
-Oh, no le tomes el pelo -dijo Connie, reptando de rodillas sobre la cama hacia él y echando los brazos 'en torno a sus tiernas caderas, atrayéndolo hacia sí de modo que sus pechos colgados y oscilantes tocaron la punta del falo vibrante y erecto y captaron la gota de humedad. Se apretó contra el hombre.
-¡Échate! -dijo-. ¡Échate! ¡Quiero correrme! También él tenía prisa ahora.
Y luego, tras el reposo de la pausa, la mujer tuvo que destapar de nuevo al hombre para observar el misterio del falo.
-¡Y ahora es chiquitito y suave como un capullito de vida! -dijo, cogiendo en su mano el pene suave y pequeño-: ¿No es encantador? ¡Tan suyo, tan extraño! ¡Y tan inocente! ¡Y entra tanto dentro de mí! No debes insultarle nunca, ya lo sabes. Es mío también. No es sólo tuyo. ¡Es mío! ¡Y tan hermoso y tan inocente!
Y mantenía delicadamente el pene en la mano. El reía.
-Bendito el lazo que une nuestros corazones en un solo amor -dijo él.
-¡Desde luego! -dijo ella-. Incluso cuando está suave y pequeño siento mi corazón unido sencillamente a él. ¡Y qué hermoso es aquí tu pelo! ¡Muy, muy diferente!
-¡Ese es el pelo de John Thomas, no el mío! -dijo Mellors.
-¡John Thomas! ¡John Thomas! -y besó rápidamente el suave pene, que comenzaba a excitarse de nuevo.
-¡Sí! -dijo el hombre, estirándose casi con dolor-. Tiene sus raíces en mi alma este caballero. Hay momentos en que no sé qué hacer con él. Es testarudo y a veces es difícil de contentar, pero no me gustaría verle muerto.
-¡No me extraña que los hombres siempre le hayan tenido miedo! -dijo ella-. Es un tanto terrible.
Un estremecimiento recorría el cuerpo del hombre y el flujo de la consciencia volvió a cambiar de nuevo de dirección, dirigiéndose hacia abajo. Y él no podía hacer nada mientras el pene, con ondulaciones suaves y lentas, se iba llenando, emergía y se elevaba, endureciéndose y quedando en alto, duro y victorioso, de manera curiosamente dominante. La mujer temblaba también ligeramente al observarlo.
-¡Ahora! ¡Tómalo ahora! ¡Es tuyo! -dijo el hombre.
Y ella se estremeció y sintió cómo se diluía su mente. Olas cortantes y suaves de un placer indecible parecían recubrirla mientras él entraba en ella y comenzaba el curioso frote fundente que se ampliaba y ampliaba y la llevaba al último extremo con el empuje último y ciego.












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