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Deseos de pelele (poema propio)

DESEOS DE PELELE

Los años irán pasando, sumergidos en el formato
que más le convenga a la clásica y dura monotonía,
y yo andaré por ahí, saldando viejos sordos arrebatos,
de esos que le daban color y sentido a las fotografías.

Los meses irán siendo tan iguales que generarán hastío,
al punto que mi diciembre será agosto tan seguido,
y yo en un bosque bajo la helada mirándome en el río
congelado por el silencio de ser todo eso que no he sido.

Todo será luz artificial y barcos degollados por tormentas,
escucharé en la lejanía la premeditación de los murmullos
que me hablarán en varios idiomas de vicios y de afrentas,
y en el cajón de lo imposible deberé ir guardando el orgullo.

Y vos no estarás ahí a mi lado
para verme envejecer tan obstinado
como nunca, para sentir crujir
mis huesos y oírme maldecir
por mis dolores de cintura...
La vida será un gallo que no cante
en las mañanas en que me levante
preguntándome por que huelen
a calle sucia los deseos de pelele
de cambiar todo por tu cintura.

Mis pulmones empezarán a enemistarse con el aire puro,
tendré cita más a menudo con las orillas de mis miedos,
cada tanto me sentaré sobre los charcos de un futuro
con mucho de pasado, observando sombras señalarme con el dedo.

Mi memoria será tan furtiva que no podré completar mis desvaríos,
las estrellas serán nostálgicos alfileres en el indiferente cielo,
me olvidaré de cantar, de reír, restaré espacio entre el gentío,
se nublarán las tardes, será arena el asfalto hundiéndome en desconsuelo.

Las primaveras pasarán a ser solo curiosidades del vocabulario,
lo inútil y lo valioso aterrarán por verse cada vez más parecidos,
cualquier sentimiento estorbará llegando a esconderlo en el armario
para que no observe como sin enterarme de existir he prescindido.

Y vos, se exactamente en donde
no estarás, en mi vida que se esconde,
en los días de lluvia en forma
de ametralladora, en la norma
de respirar sin perfume y sin azar...
Y yo, con tanta humedad bajo el puente,
con los hombros nublados e impotentes,
con más ojeras que paciencia,
en la enredadera de la conciencia
jamás me llamarás para almorzar.

Tendré más costumbre que constancia, demasiado dolor para mi piel,
un andar de hombre vencido, un silbido rengo y sin lustrar,
quizá hasta me quede pelado, repitiendo el viejo verso del arancel
que nos cobra la experiencia por enseñarnos como se debe llorar.

Y los buenos momentos a medias
tendrán tintes de comedia,
de aforismo en el desierto,
del suplicio de vivir muerto
sin tu bandera en el mástil de mis mañanas.
Y así marchará la vida
con su prosa comprometida
en el arte de arañar soledad,
embistiendo mi ingenuidad
de esperarte aunque sangren las ventanas.

Mariano






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