Crónicas de un cumpleaños infantil - Cuento propio


La Odisea.
Por Eliseo García.
Este relato dista mucho de aquel héroe griego que contra todas las posibilidades desafió a su propio destino para volver a Ithaca y coronarse rey nuevamente, luego de 20 años de interminables aventuras. Es más bien todo lo contrario.
Lo que están a punto de leer, cuenta la terrible experiencia de un padre acompañando a su hija al cumpleaños de 3 de un compañerito del jardín. Trataré de no omitir detalles, por supuesto, la travesía de dos horas y media es completamente verídica y sin exageraciones.
Llegamos alrededor de las 19:00 horas del sábado a un pintoresco salón de fiestas que otrora hiciera las veces de garaje para tres o cuatro autos.
Ni bien entramos, una señorita con una voz completamente molesta y por demás aguda me pregunta gritando “SI, NOMBRE?”, inmediatamente y casi sin pensar respondí “Eliseo” ante la falta de datos en la consulta. La señorita (evidentemente no estaba casada) retrucó “NO, DE LA NENA”; “ah, Camila” le respondí. Anotando en una planilla con clarísima letra de maestra jardinera, me pidió el teléfono y dirección de correo electrónico. Esas fueron las últimas palabras que dije durante algo más de una hora y media… “@gmail.com” todavía resonaba en mi cabeza. En ese momento, Camila me soltó la mano y se fue corriendo adentro del pelotero como si estuvieran cayendo meteoritos a la tierra y ese pelotero fuera el único lugar para estar a salvo. Por supuesto, cuando se me ocurrió descalzarla para obedecer las políticas del lugar (y algunos códigos éticos) ella ya estaba nadando en el mar de pelotas de colores. Para mi sorpresa estaba ya descalza. El problema era donde se encontrarían sus flamantes zapatillas negras (de esas que tienen el dedo pulgar separado, imitando las comodidades de un ninja). Me asomé a través de la reja de redes y le pregunté dónde estaría el calzado. A lo que me contestó “Las dejé donde las dejaron los otros nenes” evidentemente me estaba tratando de pelotudo.
Tranquilo ya al conocer el paradero de las zapatillas me dispuse a fumar un cigarrillo en la vereda para amortizar el trago amargo que vendría en las próximas horas. En la calle se encontraban 3 señores que ya había visto dentro del festivo establecimiento. Los 3 eran gordos y con voz ronca, dos de ellos cincuentones que fácilmente nos recordarán al protagonista de Los Sopranos. No solamente por lo gordo, sino que por lo mafioso. No me sentí demasiado seguro y al ver que la brasa de mi cigarrillo estaba llegando al filtro toqué timbre y volví adentro de nuevo.
Me percaté de que había máquinas de videojuegos (también llamadas Arcade) con clásicos inmortales como King of Fighters, Sunset Riders y Tumble Pop. Un sentimiento de paz y amor por la vida recorrió mi cuerpo, al darme cuenta que había algo que iba a ayudarme a evitar el aburrimiento durante ese rato. Por desgracia, estaba completamente equivocado, esa parsimonia que había dentro mío se confundió con un miedo y tal vez síndrome de abstinencia, cuando las horrorosas palabras aparecieron… más arriba de las máquinas decía “Las máquinas de videjuegos son de exclusivo uso de los niños. No comprometa al personal.” Esa fue la percepción más próxima que tuve de mi propio infierno: Tener máquinas de juegos y no poder usarlas, madres, maestras jardineras, niños, gordos mafiosos y más madres.

Ante mi desesperación e indecisión por agarrar a la nena de las medias y salir corriendo con ella en un brazo y las zapatillas en la otra mano, una de las animadoras dijo “INVITAMOS A LOS PAPIS A SENTARSE EN LAS MESAS PARA BALSLFKJAGLASKGHASGLASKHGLVCASH”. Eso les entendí, el parlante estaba desconado. Pero entendí la parte más importante: Ir a sentarse.
Me acerqué a una mesa que estaba vacía (a pesar de los vasos y de la botella de gaseosa) y me senté. Pasaron alrededor de 15 minutos en los cuales estuve completamente solo mandándome mensajes de texto con mi mujer y jugando al Block’D en el celular, hasta que la gloria se hizo presente. Estaban repartiendo platos con sánguches de matambre en las mesas. Por supuesto, que ateniéndome a ciertos modales, no fui el primero en atacar la montaña de pan y carne enrollada, sino que esperé que de otras mesas empiecen a saborearlos primero. Nadie tocaba los platos y el estómago se me estaba disolviendo en sí mismo, acompañado por exóticos sonidos. Si, era el hambre que atacaba. Y hablando de atacar, me percato que en una mesa de enfrente estaban masticando y faltaban un par de sánguches en su plato. Preparándome para dejar el plato completamente blanco, como salió de la fábrica, me serví un vaso de gaseosa y mientras tenía las manos ocupadas y la vista concentrada en el vaso (Siempre hay uno que los vuelca en los cumpleaños, pero quería desligarme de esa responsabilidad), el plato desapareció mágicamente, haciéndome imposible masticar algo.
La mujer encargada de la cocina (de unos 60 años, pero con un paso ligero) iba de aquí para allá con platos rellenos de sánguches, y yo trataba de intimidarla siguiéndola con la mirada, para ver si se daba cuenta que había una mesa que no estaba agraciada con los manjares que estaba distribuyendo.
Cuando estaba a punto de empezar a masticar el mantel y las servilletas de papel, milagrosamente el padre del niño homenajeado me dice “Eeeehhh… no tenés sanguchitos? Pasate a esta mesa que está llena, vení vení, sentate acá”. Le hice caso y me cambié de mesa. Nuevamente, con las mismas características que la anterior, pero repleta de comida y un poco más alejada de donde estaban los niños con la animadora, por tanto, apenas más silenciosa.
Terminé de ingerir la primer pieza de los ansiados sánguches, cuando sentí que algo se movió a mi lado… era alguien que se había sentado, o mejor dicho, habían sentado. Por un momento pensé que el salón era también un depósito de algún museo, habiendo arrojado a mi lado una antigua momia egipcia, pero como era ya costumbre, estaba equivocado. Se movía (apenas) y hablaba (balbuceaba en realidad). “Amalia” me dice – “Eliseo, encantado” le dije mientras me levantaba y me iba a otra mesa vacía.
Estuve solo no por mucho tiempo. De pronto me vi rodeado por los gordos mafiosos de afuera, haciéndoseme imposible salir de ahí en caso de emergencia, salvo que saltara por sobre la mesa, pero tengo ciertos principios de educación, que dicen que la mesa es para apoyar la comida, no los pies.
El señor que tenía a la derecha me dice “Tomás cerrrrveza?” e instintivamente para romper el hielo le dije “No, no tomo alcohol… pero hoy voy a hacer una excepción, je!” y mientras me servía cerveza se me quedó mirando con cara de nada, con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido, como si le hubiera dicho “Anoche me garché a tu hija”. Para evitar problemas y/o mi propia muerte, le agradecí, agarré el vaso con la bebida fresca y me alejé lo más que pude de la mesa, pero sin perder de vista los rulos de mi hija… nunca se sabe con esta gente.
Siguiendo mi olfato, encontré un patio descubierto donde estaba la persona que pagó el agasajo, el padre de Joaquín. Me vio cara de perdido, cuando en realidad estaba tratando de ocultar el miedo que sentía, y me dijo “Eeeehhh, flaco, vení, tomate un ferrrrnet “. Le agradecí y me senté a un lado de la mesa que allí se encontraba, y me prendí un cigarrillo, que fue cuyo aroma (irónicamente) me salvó de dormir con los peces, o de despertarme con una cabeza de caballo a mi lado (que a menos que fuese un pequeño potro, no hubiera entrado en mi cama).
Allí pasé la última hora del cumpleaños del niño, completamente en silencio, con la mirada perdida hacia el pelotero, con un fernet en una mano y un cigarrillo en la otra. Sentía que el aburrimiento iba a llevarme a la muerte, cuando de pronto, por arte de magia, voluntad divina o lo que fuere, aparece mi hija en el patio con la campera diciéndome “Papi, ya nos vamos”. No pude contener la sonrisa de lado a lado de la cara y le dije “Si mi amor, vamos”.
Ya creía que todo era demasiado fácil, cuando cruzamos por enfrente del pelotero y se me suelta de la mano e ingresa al maldito laberinto. Traté de persuadirla diciéndole “Camila, tenés las zapatillas puestas y la campera…” como para que saliera y se diera por vencida. No podría haber hecho algo peor, ni bien terminé la oración un par de zapatillas de ninja y una campera salieron volando hacia la parte interior de la puerta del pelotero, y a los pocos segundos, Camila ya estaba en los toboganes, puentes colgantes, y coloridas pelotitas de plástico.
Yo pensé que iban a ser unos últimos 10 minutos en silencio antes de romper la red de tela y sacarla de los pelos del pelotero, pero por última vez, estaba equivocado.
Se me acercó un boludo igualito al Ogro Fabbiani y no me dio un pronóstico peor del que ya suponía “Uff, no la sacas más de ahí”. Hice caso omiso del comentario, porque con todo lo que tenía acumulado, de un solo grito podía llegar a separarle la columna vertebral del cuerpo, como si fuera un Depredador.
Y hablando de gritos, llegó el grito que tanto estaba esperando… nunca me hizo sentir tan bien el hecho de que mi hija llorara… a causa del cansancio físico, no podía salir del pelotero. Le di un par de indicaciones que obedeció al pie de la letra y finalmente pudo salir. Más rápido que un rayo, le calcé las zapatillas, le puse y cerré la campera y le dije “Vamos a casa, gordita”. Asintió con la cabeza y nos dirigimos a la salida.
Todavía quedaba un obstáculo más: Una animadora repartiendo regalitos. Y qué regalitos! Una toalla roja con el nombre de la nena, una bolsita de pochoclos, y un librito para colorear de los Backyardigans. Nos fuimos del lugar y el amable taxista nos llevó a casa, donde mi odisea había concluido. Me sentía en Ithaca nuevamente con mi esposa, habiendo pasado la flecha por los trece mangos de las hachas.
De todas formas, es cierto que la pasé mal, que me aburrí, que no comí bien, que no bebí lo que me hubiera gustado beber, pero me olvidé de todo eso cuando ví la sonrisa en la cara de Camila y de lo contenta que estaba por lo lindo que la había pasado con sus amigos. La pasé mal, es cierto, pero lo volvería a hacer 1000 veces más solamente para verla feliz a Camila.