Quién fue el verdadero Marqués de Sade


Marqués de Sade
Review de "Letras prohibidas"

El auténtico Marqués de Sade nació el 2 de junio de 1740 en París, bajo el nombre Donatien-Alphonse-Francoise de Sade. Vivió durante uno de los periodos más tumultuosos de la historia francesa, cuando siglos de monarquía terminaron violentamente y el estado moderno nació. Hoy en día es mejor conocido por la palabra inglesa cuya creación inspiró: sadismo, que se refiere a los placeres sexuales derivados del dolor.

Pero el Marqués era mucho más que un investigador sexual. Fue un escritor perseguido a lo largo de toda su vida, un hombre que pasó casi 30 años en reclusión, principalmente por el crimen de escribir acerca del lado más siniestro de la lujuria y la carnalidad humana.

En 1772 fue sentenciado a muerte por crímenes sexuales y apenas logró escapar. Más tarde, se convirtió en revolucionario y nuevamente de manera milagrosa se salvó de la guillotina durante el Reinado del Terror, donde miles de personas fueron asesinadas por ser enemigos del gobierno. Liberado inmediatamente después de la exitosa revolución, sería nuevamente arrestado por publicar novelas eróticas. Desterrado por la administración de Napoleón, pasó la última década de su vida encerrado en un asilo de Charenton.

Aunque su vida ha sido convertida en un mito, su legado como defensor de los extremos permanece. Como Neil Schaeffer, biógrafo de Sade, indicó en el New York Times: "Sade le puso lo más bajo a la literatura...lo peor imaginable. Es bueno conocer al enemigo: conocer el resultado de la naturaleza humana es una muy buena señal de salud al final de este violento siglo".

Sade estaba lleno de las contradicciones más humanas. En su libro At Home With the Marquis de Sade, Francine Du Plessix Gray señala que los historiadores lo han llamado tanto "el héroe más lucido del pensamiento occidental", como "una combinación frenética y abominable de todos los crímenes y obscenidades". Que haya podido ser ambos al mismo tiempo lo hace un irresistible personaje de estudio.

Sus novelas más famosas incluyen Justine, Juliette, The 120 Days of Sodom, Aline and Valcour, Philosophy in the Boudoir y Crimes of Love. Los eruditos lo reconocen por su estilo confesional y picaresco que mezcla el horror y la obsesión sexual-y por ser el pionero de la idea que la auto-censura va en contra de la verdad de la naturaleza humana. A pesar de que "Letras prohibidas: la leyenda del Marqués de Sade" convierte en ficción los últimos días del Marqués de Sade, muchos de los elementos intrigantes de la historia están basados en hechos reales. Entre las verdades conocidas acerca del Marqués y su época se encuentran las siguientes:

Sade fue encerrado en la Cárcel Picpus durante los últimos días de la Revolución Francesa (junto a compañeros tales como Choderlos de Laclos, autor de Les Liaisons Dangereuses), donde presenció miles de muertes en la guillotina desde la ventana de su celda, incluyendo la decapitación de María Antonieta. Le escribió a un amigo: "Mi arresto ciudadano y la guillotina bajo mis ojos me hizo mil veces más daño que todo lo que la Bastilla imaginable pudo hacer."

La esposa de Sade, Renee Pelagie o la Marquesa de Sade, era una adinerada mujer de sociedad y persona devotamente religiosa que, sin embargo, alentó los talentos literarios de su esposo y luchó la mayor parte de su vida por su libertad. En alguna ocasión le escribió a Sade, cuando éste se encontraba recluido: "Entre más te amo, todo se torna más difícil". Lo apoyó mientras se encontraba en Charenton, muriendo en 1810, cuatro años antes que él.

A la edad de 61 años, después de un breve periodo de libertad, el Marqués de Sade fue arrestado por la infame fuerza policíaca de Napoleón Bonaparte a fin de prevenir que publicase su próxima novela, Juliette. Nunca fue juzgado: a cambio, para prevenir un escándalo público, fue encerrado en asilos hasta su muerte.

El Asilo Charenton era considerado una institución modelo en su época. Alguna vez un convento, el lugar había sido transformado por Francois Simonet De Coulmier, un ex-sacerdote, que se hizo cargo del mismo para crear un refugio dedicado al tratamiento de enfermos mentales con métodos humanos y progresivos, haciendo énfasis en los novedosos "tratamientos psicológicos". El verdadero Abad Coulmier era un jorobado de 1 mt. 20 cms. de altura.

El Abad Coulmier trabó amistad con el Marqués de Sade y le permitió supervisar el teatro de Charenton que, como forma de terapia, regularmente montaba obras protagonizadas por los enfermos, algunas de ellas escritas por el mismo Marqués-aunque siempre en un estilo más conservador que sus famosos escritos.

A principios del siglo XIX, los tratamientos acostumbrados para los enfermos mentales incluían inmersiones en baños de hielo, sangrados, camisas de fuerza y purgaciones. Muchos asilos albergaron no solamente a aquellos con enfermedades mentales, sino también a epilépticos, retrasados mentales, criminales y a otros que la sociedad había rechazado.

El Marqués de Sade vivió en una suite de dos recámaras en Charenton con vista al río Marne, que fue detalladamente amueblada y decorada con su propia colección de arte. Mantuvo una librería en su "celda" de más de 250 libros. Por estos privilegios, su familia pagaba al asilo 3000 libras al año.

Antoine Royer-Collard, un doctor conservador y moralista vinculado al régimen Napoleónico, llegó a Charenton en 1806. Indignado después de encontrar a Sade escribiendo manuscritos en su celda y sosteniendo discusiones literarias con otros pacientes, tomó medidas para que la policía hiciera un allanamiento, en el que gran parte de su trabajo fue confiscado y considerado como "una serie de obscenidades, blasfemias y malvadas atrocidades".

En sus memorias, Napoleón Bonaparte menciona que ha "hojeado el libro más abominable que una imaginación depravada pudo haber concebido, una novela que...provocó tal perturbación a la moral pública que su autor fue encarcelado".

En 1810, cuatro años antes de su muerte, Sade fue removido de su relativamente lujosa residencia y expulsado por el Ministerio del Interior de Napoleón por tener lápices, plumas, tinta o cualquier tipo de instrumento para escribir. La comisión carcelaria de Napoleón escribió en su reporte que Sade "exhorta el crimen en su discurso y en sus escritos" y "deberá de permanecer en detención y privado de toda comunicación". Sin embargo, el Abad Coulmier protestó y, eventualmente, la cuarentena del Marqués finalizó.

Se dice que Sade se enamoró en Charenton de una lavandera de 17 años de edad llamada Magdeleine Leclerc, de quien se conoce muy poco, sólo que regularmente lo visitaba en su alcoba y de que tomaba clases de lectura y escritura con él. Ella lo visitó por última vez una semana antes de que muriera, en cuyo momento Sade escribió en su diario que Magdeleine estuvo "dos horas y me dio mucho gusto".

El Marqués de Sade murió en Charenton el 3 de diciembre de 1814, debido a una insuficiencia respiratoria. Fue sepultado en el cementerio de Charenton a pesar de sus explícitas instrucciones de que no fuera así.

Los trabajos escritos del Marqués de Sade permanecieron prohibidos en Francia hasta los años 60's. Sus libros aún permanecen en listas de material de lectura que en la actualidad se encuentra prohibido.



Cuentos:

El Marqués de Sade y la niña bonita

El mismísimo Marqués de Sade estaba en su presencia, aunque es difícil responder cómo Julita había llegado hasta él.

Julita era una niña de quince años muy siglo veintiuno. Sus ocupaciones favoritas tenían una mediadora llena de encanto: su computadora, a la que incluso le había puesto nombre.

Mayra era una computadora de imponente presencia, no por el tamaño -todo lo contrario, era pequeñísima- sino por hermosa, moderna, lustrosa, cuidada.

Julita limpiaba con precisión a Mayra día por medio; antes, cuando tenía un cachorro de fox terrier en lugar de a Mayra, ella lo bañaba una vez por semana. Pero ahora con la computadora todo era más simple y más limpio, y aparte percibía que había ganado mucho con el cambio cuando se vino a la ciudad y dejó el fox terrier en manos de sus primos, allá en el campo.

Tal vez su corazón no había ganado mucho, pero su inteligencia, su comprensión de las cosas, sí. Y eso la llevaría nuevamente al lugar de los afectos, sospechaba. Tal vez conocer el nombre y la situación de los países como ella estaba aprendiendo a hacerlo no, pero intuía que podía conocer y amar gente a través de su Mayra además de ser sabia a través de su Mayra, si se lo proponía. Juguetes como Mayra todo lo revelaban del mundo.

Su Mamá, claro que más chica que ella, había tenido muñecas que todavía adornaban la salita de estar, donde se alojaba su computadora. Bellas momias de exquisita porcelana, “boquitas pintadas de rojo carmesí”.

-Yo hablaba con mis muñecas, las llamaba cuando estaba triste, las vestía, a veces mi abuelita le hacía vestidos iguales a los míos -solía contarle a Julia.

¿Pero qué podría hablarse con una muñeca?, se preguntaba Julia. Mayra podía no sólo hablar sino contestar concretamente casi todas las preguntas, y sus paisajes competían con cualquier belleza inclusive la de la porcelana de Sevres o la de las puntillas de Holanda.

En fin, que Mayra en una página de chat le había presentado hacía unos días a Julita al mismísimo Marqués de Sade, o al menos ese era el disfraz de un magnífico joven de dieciséis años cuya foto mostraba, para mayor placer, melancolía: nostálgicos ojos grises cubiertos de pestañas muy espesas.

Pero su nombre tenía alguna tumultuosa resonancia: en su memoria los cuentos de hadas estaban llenos de marqueses, como el del Gato con Botas con su Marqués de Calatrava. Aunque claro, de ningún modo permitiría que sus deseos de conocer el mundo a través de Mayra se mezclaran con tales ingenuidades superadas ya hacía mucho tiempo; si fuera así, era preferible coleccionar frías pero tangibles Marilús de porcelana.

Le preguntó a su Mamá:

“¿No te ’suena’ el Marqués de Sade de algún lado?

Notó la palidez de su Mamá, y vino enseguida una pregunta alarmada:

“¿Leíste al Marqués de Sade, Julia?”

“No lo leí, lo conozco”, contestó.

Mamá suspiró aliviada; eran las fantasías de su niña, habría escuchado ese nombre sonoro y lo habría incorporado al día de primavera.

Aventura incomprensible.
Donatien Alphonse François de Sade, Marqués de Sade (1740-1814)

Hace menos de cien años, en varios lugares de Francia perduraba aún la absurda tradición de que, entregando el alma al demonio, con ciertas ceremonias tan crueles como fanáticas, se conseguía de ese espíritu infernal todo lo que se deseara, y no ha pasado un siglo desde que la aventura que vamos a narrar tuvo lugar en una de nuestras provincias meridionales. El lector puede creerla o no, hablamos solamente después de haberla verificado; por supuesto no le garantizamos el hecho, pero le certificamos que más de cien mil almas lo creyeron y que más de cincuenta mil pueden corroborar en nuestros días la autenticidad con que está consignada en registros solventes. Nos dará permiso para disfrazar la provincia y los nombres.

El Barón de Vaujour combinaba desde su juventud el desenfrenado libertinaje con el cultivo de las ciencias y muy especialmente el de aquellas que inducen al hombre al error y le hacen perder un tiempo precioso que podría emplear de alguna otra manera infinitamente mejor; era alquimista, astrólogo, brujo, nigromante, astrónomo -bastante notable, por cierto- y físico mediocre; a la edad de veinticinco años, el barón, dueño ya de su patrimonio y de sus actos, descubrió en sus libros -según afirmaba- que inmolando un niño al demonio, empleando determinadas palabras y contorsiones durante la execrable ceremonia, se conseguía que el demonio se apareciera y se obtenía de él todo lo que se deseaba, siempre que se le prometiera el alma, y entonces se decidió a perpetrar esa monstruosidad con el único propósito de vivir felizmente su duodécimo lustro, de que nunca le faltara dinero y de conservar asimismo en el más alto grado de potencia sus facultades prolíficas hasta esa edad.

Cometida la infamia y firmado el pacto, ocurrió lo siguiente:

Hasta la edad de sesenta años, el Barón, que disponía tan sólo de quince mil libras de renta, había gastado regularmente doscientas mil y jamás debió un céntimo. En lo que respecta a sus proezas amorosas, hasta esa misma edad fue capaz de gozar a una mujer quince o veinte veces en una noche, y a los cuarenta y cinco ganó cien luises en una apuesta con unos amigos suyos que habían afirmado que no podría satisfacer a veinticinco mujeres, una después de otra; lo hizo y entregó los cien luises a las mujeres. En otra cena, tras la que se inició un juego de azar, el Barón advirtió al empezar que no podía participar, pues no tenía un céntimo. Le ofrecieron dinero, pero lo rechazó; mientras que jugaban, dio dos o tres vueltas por la sala, volvió, se hizo hacer un sitio y apostó diez mil luises a una carta, luises que fue sacando en diez o doce fajos de su bolsillo; el envite no fue aceptado, el Barón preguntó el motivo y uno de sus amigos le contestó bromeando que la carta no iba lo bastante bien servida y el Barón añadió otros diez mil. Todo esto está registrado en dos ayuntamientos respetables y lo hemos podido leer.

Cuando cumplió cincuenta años, el Barón decidió casarse; lo hizo con una joven de su provincia con la que siempre ha vivido en los mejores términos, sin que las infidelidades tan propias de su temperamento provocaran nunca el menor roce; tuvo siete hijos de esa esposa y desde hacía algún tiempo los encantos de su mujer habían ido volviéndole más sedentario; habitualmente vivía con su familia en el castillo donde en su juventud había hecho la espantosa promesa que hemos mencionado, invitando a hombres de letras, apreciando su trato y cultivando su amistad. Sin embargo, a medida que se aproximaba al término de los sesenta años, se acordaba de su desdichado pacto y como ignoraba si el demonio iba a contentarse con retirarle sus favores o le quitaría entonces la vida, su humor cambiaba por completo, se ponía triste y meditabundo y ya casi no salía de su casa.

El día señalado, a la hora exacta en que el barón cumplía sesenta años, un criado le anuncia a un desconocido que había oído hablar de sus conocimientos y solicita el honor de entrevistarse con él; el Barón, que en ese momento no estaba pensando en aquello que no había dejado de preocuparle desde hacía varios años, contesta que le haga pasar a su gabinete. Sube allí y encuentra a un forastero que, por su manera de hablar, le parece que es de París, un hombre bien vestido, con una figura hermosísima y que en seguida se pone a discutir con él sobre las ciencias más elevadas; el Barón le va contestando a todo y la conversación se anima.

El señor de Vaujour propone a su huésped ir a dar un pequeño paseo, él acepta y nuestros dos filósofos salen del castillo; era época de faenas y todos los labradores estaban en el campo; algunos, al ver gesticular a solas al señor de Vaujour, piensan que se ha vuelto loco y corren a avisar a la señora pero nadie contesta en el castillo; aquella buena gente vuelve a su sitio y siguen observando a su señor, que, creyendo que está conversando con alguien animadamente, agitaba las manos como es habitual en esos casos; por fin, nuestros dos sabios llegan a una especie de paseo cerrado al otro extremo y del que no se podía salir más que dando media vuelta. Treinta campesinos pudieron verlo, treinta fueron interrogados y treinta contestaron que el señor de Vaujour había entrado solo, sin dejar de gesticular en aquella especie de alameda cubierta.

Al cabo de una hora, la persona con la que cree estar, le dice:

-Y bien, Barón, ¿no me reconoces?, ¿has olvidado acaso la promesa? ¿has olvidado cómo yo la he cumplido?

El Barón se estremece.

-No temas- le dice el espíritu-, no soy dueño de tu vida, pero sí lo soy de retirarte todos mis favores y arrebatarte todo lo que te es querido; vuelve a tu casa y verás en qué estado la encuentras, en ello reconocerás el justo castigo a tu imprudencia y a tus crímenes... A mí me gustan los crímenes, Barón, incluso los deseo, pero mi destino me obliga a castigarlos; vuelve a tu casa, repito, y conviértete, aún te queda un lustro de vida, morirás dentro de cinco años, pero sin que la esperanza de poder estar un día con Dios te haya sido negada... Adiós.

Y el Barón, que sólo entonces se da cuenta de que está solo y que no ha visto que nadie se despidiera de él, vuelve a toda prisa sobre sus pasos y pregunta a todos los campesinos que encuentra si no le han visto entrar en la alameda con un hombre; todos le contestan que había entrado solo, que asustados al verle gesticular de aquella manera incluso habían ido a avisar a la señora, pero que no había nadie en el castillo.

-¿Que no hay nadie? -exclama el Barón terriblemente turbado- ¡Pero si he dejado dentro a diez criados, a siete niños y a mi mujer!
-Pues no hay nadie, señor -le contestan.

Cada vez más asustado corre hacia su casa, llama, nadie le contesta, fuerza una puerta, entra, y la sangre que inunda los escalones le está ya anunciando la catástrofe que se ha abatido sobre él; abre una gran sala y descubre a su mujer, a sus siete hijos y a sus diez sirvientes desparramados por el suelo en diferentes posturas, en medio de un mar de sangre, todos ellos decapitados.

Se desmaya, varios campesinos, cuyas declaraciones constan, entran y tienen ocasión de contemplar el mismo espectáculo; ayudan a su señor, que poco a poco va volviendo en sí, les ruega que faciliten los últimos auxilios a la desdichada familia, y sin pérdida de tiempo se encamina hacia la Gran Cartuja, donde falleció al cabo de cinco años en el ejercicio de la más elevada piedad.

No emitimos ningún juicio sobre este incomprensible suceso. Existe, no se puede negar, pero es incomprensible.

Hay que andar con cuidado y no creer sin duda en quimeras, pero cuando una cosa es atestiguada por todo el mundo y pertenece como ésta a un género tan singular, hay que bajar la cabeza, cerrar los ojos y decir: así como no entiendo cómo los orbes flotan en el espacio, así también pueden existir cosas sobre la tierra que no acierte a comprender.

Marqués de Sade (1740-1814)