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Natalia estaba haciendo la colimba

Este cuento, de Eduardo de la Puente, esta en el libro "El día mas féliz de mi vida y otros cuentos igual de estúpidos". No es un libro brillante, pero este cuento tiene "algo"...en fin a este texto lo necesite una vez, no lo encontre en la red y tube que transcribirlo....asique perdon Eduardito, es para T!



(los pies de pagina (*) estan entre parentesis porque sino seria un problema leerlos de otra forma)

Enjoy It!



Natalia estaba haciendo la colimba



Natalia estaba haciendo la colimba


cuento
*Mujer soldado israelita


Nota previa: esta es una historia absolutamente real que no pudo entrar, dadas algunas cuestiones de espacio, en mi libro Por qué tarde tanto en casarme. Era este un trabajo en el cual me dedique a repasar mi vida junto a diversas parejas que tuve antes de llegar, finalmente, al matrimonio. Natalia fue una de las últimas antes de este magno acontecimiento y consideré justo darle una segunda oportunidad ya que fue tan importante -o más, por cuestiones geográficas que se detallan más adelante- como aquellas que hice públicas. Sepan, pues, que este relato escapa a la ficción que domina a los demás para adentrarse en el íntimo terreno de lo autobiográfico. EL AUTOR.




Hay algo que tiene la mayor parte de los hombres de mi generación, e incluso aquellos que nacieron algunos años más tarde, y que yo no poseo: una experiencia que, en muchos casos, suena enriquecedora a la distancia; un sinfín de anécdotas a cual más graciosa. Si bien en su momento se gestaron como lecciones de vida. Estoy hablando de la colimba.

Me perdí un montón de de historias que podrían haberme transformado en el eventual centro de atención de un montón de charlas y es el día de hoy que doy gracias a la vida que no me ha dado eso, voto a Violeta Parra.
Por voluntad de Dios o más bien del azar, aquel día del sorteo en el cual la AM contaba con una audiencia adolescente más nutrida que la FM, la nefasta voz que anunciaba “orden” y “sorteo” me cantó el 153.

-Todavía podes entrar en el ejército- dijo mi papá en un desborde de optimismo que, lamentablemente, aún llevo en mis genes; es el mismo que me lleva a estar seguro que en ese penal que nos puede posicionar en la punta de la tabla va a ser pifiado aunque lo patee un clon de Maradona, el arquero rival sufra un ataque repentino de poliomielitis y la valla a vencer tenga las dimensiones del arco iris. (Es en serio; no puedo ver un partido entero de boca o de la selección sin sufrir como un perro, mientras siento que lo que sea que haya comido me quema las paredes del estomago.)

Pero no; el mínimo para ingresar al maravilloso mundo del ejército con el rango de sorete fue decretado en 300 y pico, con lo cual los planes para escapar a Alaska y buscar trabajo pintando iglús se descartaron inmediatamente.

Tuve, eso sí, un sustito de nada: apenas estalló la Guerra de Malvinas me hice una escapadita a la oficina de las fuerzas armadas más cercana a mi domicilio para que me firmaran la baja. Me atendió un cabo que, tras examinar minuciosamente mi DNI, saco la mano por un huequito que tenia la ventanilla de vidrio, me palmeo la mejilla izquierda con ternura militar y me espetó: -estás en la reserva, papi.

Los borrachos de turno por suerte detuvieron su demencial gesta antes de que muriéramos todos los argentinos que teníamos pito y tuvieran que ir a pelear ellos mismos. Guardaron lo recaudado en las 24 horas por Malvinas para poder garparle a sus abogados cuando llegara el momento y esperaron –no en vano- que algún presidente elegido en forma democrática y lo suficientemente pelotudo avalara el asunto de dejarlo en libertad.

La cosa es que me quede sin saber que se siente cuando te despiertan en invierno a las tres de la mañana para hacerte bailar en pelotas, o cómo es eso de descubrir que hay una cola de rata en la mitad del plato del guiso que te quedaba. No pude experimentar la anécdota del general don José de San Martín intentando entrar en el polvorín después de dar órdenes expresas de que no ingresara nadie –el mismo incluido- y que todo milico de rango bajo se empeñaba en revivir cada vez que tenía ganas de practicar un poco de boxeo aplastándole la cara a un recluta.

Pero qué lástima, che.

Generaciones posteriores pudieron eliminar esta preocupación de sus vidas gracias al caso Carrasco, un pibe que pago con su vida el precio de ascender a la categoría militar (cuota única para estos menesteres, según parece) y que demostró, entre otras cosas, que eso de que “la colimba te hace hombre” era una soberana, infame, criminal y puta mentira.

Aun así aprendí mucho del servicio militar obligatorio. Ninguno de los que conozco y que si cumplieron con la Patria supo decirme como se desarma, se limpia y se vuelve a armar un Fal, pero me enseñaron que si un sargento te obliga a comer bosta tenés que rebelarte y dejar que te rompa media dentadura a las trompadas para ganarte respeto y que no te joda más.

Tiempo después también aprendí que son muchas las diferencias que tenia nuestra colimba respecto del servicio israelí.

Mientras allá te explicaban como detectar y desactivar una mina personal, acá descubrías mil y un métodos para extirparte las espinas de las ortigas. Allá un medico te instruía en el arte de suturar una herida sin anestesia y acá aprendías a aprovechar cuarenta y cinco segundos de siesta en un semáforo en rojo, mientras piloteabas el auto de un coronel que se rajaba a ver a su amante, un gato que salía en la tele y trabajaba con Porcel, por poner un ejemplo ficticio.

Está bien; supongo yo que semejante instrucción tiene que ver con ese problemita que el pueblo judío tiene con sus vecinos de barba desde hace una pila de años. Si acá ocurriera lo mismo con, pongamos por caso, Bolivia, el asunto sería diferente.

¿Cómo fue que supe todo esto? ¿A qué viene un relato con ribetes bélicos en un escrito que solo intenta hablar del amor?

Ya llegaremos a eso.

Resulta que en una época trabaje en la frecuencia modulada de Radio Municipal (la “Metro” por aquel entonces, que no es la misma que ahora) haciendo un programa con Beto Sanabria, Eduardo Gallo Campos y Tuqui. Creo recordar que Marcelo Figueras comentaba cine, además. El engendro se llamaba “Crash” y, que sin ser un magazine, los temas que tocaba eran variadísimos; claro que los tópicos abordados tenían que ver con el tipo y la cantidad de droga que algunos de nosotros (nunca todos) habíamos consumido previamente, pero en fin.

Fue toda una experiencia. Eso de meterse de lleno en el universo del trabajo municipal puede transformarse en una caja de sorpresas; es internarse en una lógica completamente distinta de la del ser humano promedio.

Por ejemplo: podrías estar haciendo una nota telefónica con el mismísimo George Bush Jr. que a las diecinueve en punto el operador cortaba el hibrido, cerraba los micrófonos, ponía un separador de la radio y se iba a la casa porque ya había cumplido el turno. Y si el operador que seguía no había llegado no era su problema, desde ya.

Gracias a eso la gente al menos tenía trabajo, aunque ganara una miseria. Es comprensible. Pero si alguien se afanaba un aparato de teléfono, había que elevar un memo que pasaba por diecisiete oficinas, incluida la del presupuesto, antes de que la producción pudiera volver a comunicarse con el mundo exterior.

Tenía su onda. Horrible, pero la tenia.

Y hablando de los teléfonos, era precisamente esa zona donde se desempeñaba Natalia Pressgetz como asistente. Natalia era más chica que yo (yo andaba por los veintiséis y ella por los dieciocho recién cumplidos) y estaba buenísima. Rubia de ojitos claros, labios carnosos en permanente pucherito, y del cuello para abajo provista de todo lo que una mujer debe tener, en proporciones que a esta altura de la investigación genética ya tendrían que haberse transformado en el estándar del género femenino para que todo hombre tenga su oportunidad de ser feliz.

En las cosas que no se ven de movida sino que se van descubriendo con el trato, Natalia resulto ser una pendeja con hambre de trabajo; era muy eficiente y no cometía el mismo error dos veces, convirtiéndose en una de esas piezas de la maquinaria que laburan sin hacer ruido, casi en un sector invisible, pero que terminan siendo indispensables.

Recuerdo que era demás muy callada y que cuando le hablaba respondía a mis palabras con una inusual timidez. No devolvía ninguna de las indirectas de Tuqui (cuyas sutilezas incluían frases del tipo de “¿cómo que nunca te garcharon entre cuatro?” o “a vos lo que te vendría bien es un tratamiento facial a base de esmegma”), esas que a mí me incomodaban tanto, y con el tiempo me acostumbre a su actitud apocada.

Llegaba sobre la hora y en pocos segundos tenía todo armado. Cuando cerrábamos la emisión, desarmaba y guardaba todo en lo que dura un parpadeo, saludaba y desaparecía.

Viéndolo a la distancia, todo en Natalia era un gran misterio, pero en ese momento solo podíamos pensar que era una estudiante de Comunicación que se mataba por hacer sus primera armas y que el hecho de estar rodeada de tipos sacados, sexópatas y perversos no era más que un derecho de piso común y corriente que estaba dispuesta a pagar en el mayor de los silencios.

Como seria que ni siquiera se me había pasado por la cabeza el tema de entrarle como quien arremete contra un bife de chorizo. Si dije mis cositas al pasar y tire un par de tanzas viendo si picaba, pero su falta de reacción me hacía pensar en que jamás podría tomar en serio alguna de mis propuestas, que creía que yo decía lo mío en forma artística, metido en el personaje que desarrollaba al aire.

Personalidad nefasta al momento del levante, si las hay.

Pero es cierto que jamás me acordaba de Natalia en las otras veintidós horas que tenía el día. Y mucho menos en las cuarenta y ocho del fin de semana. Habiendo tanta atorranta suelta dispuesta a vivir a pleno la década del ochenta, tanto de Halley y tanto amigo fiestero como el Tuqui, intentarlo con ella por más que cumpliera los requisitos mínimos (36,6 grados de temperatura) era perder el tiempo.
Aun así una noche, terminado el programa, se vino conmigo a casa.

No recuerdo que le dije; sí recuerdo que yo estaba con la realidad un tanto desfasada y el asunto no debe de hacer sido más complejo que un:
-¿Me acompañas a casa?
-Bueno, dale

También creo recordar que, una vez en el departamento, no tenía claro que método utilizar para seducirla y hasta llegue a pensar que había cometido un error garrafal de puro bardo. Tarado de mi; Natalia tenía todo armado.

¿Vieron esas minas que tienen un swich escondido? Es como una perillita de on/off que cuando es activada le abre la puerta a una personalidad completamente distinta a la conocida. Generalmente actúa como un catalizador del desenfreno en aquellas personas que son, en apariencia, tímidas y sumisas.

Porque la rubiecita insulsa, la modosita que había hecho un arte del callar y mirar al suelo, de buenas a primeras se había transformado en una perra avasallante, un huracán del sexo dispuesto a no dejar nada sin hacer, una experta envuelta en llamas que solo daba importancia a lo sensorial sin fijarse en que alguien podía salir lastimado de aquella experiencia.

Hizo cosas que hubieran avergonzado a una veterana del Moulin Rouge; me obligo a llevar adelante actividades que hubieran hecho decir “eehh… ¿por quién me tomas? ¿Sos loca vos?” al mismísimo Márquez de Sade.
Me exigió que visitara lugares a los que solo se entra después de muchos años de amor intenso, desinterés extremo o simple autismo.

Como habrá sido que, fuese lo que fuese aquello que yo había ingerido para intoxicarme, mi organismo lo metabolizo completamente, dejándome exhausto, dolorido, sin aire, pero absolutamente despejado.
Había cambiado todo. La Natalia tímida y callada no volvió a aparecer más.

Natalia me enseño que es imposible conocer a la gente en toda su dimensión y mucho menos con un simple vistazo. Uno hace suposiciones a partir del aspecto físico o de determinadas actitudes, suma de pequeñeces, que no llegan a ser ni siquiera el tráiler de la película. Quienes aseguran que pueden dar un perfil cabal de una persona a partir de cómo se viste o peina, con qué tipo de letra escribe, como firma, que dibuja cuando dibuja o que tics tiene son unos ladris, tal vez la suma de todos esos informes brinde una tosca aproximación a la realidad, pero nada más.

Aunque después de aquella noche se volvió un tanto más transparente, ella no dejo de sorprenderme hasta el final.

Por lo pronto se había vuelto más extrovertida en el ámbito laboral, siendo capaz de responder con ingenio a las barbaridades del Tuqui, por ejemplo, y, sin llegar a su altura, dar un buen remate que impidiera el desarrollo de la guarangada. Tarea nada fácil tratándose de un mariscal de la palabra como lo es el Tucán, de más esta decirlo.

Ojo, tampoco es que se había transformado en Bettina, otra novia que tuve que, de tan extrovertida, me termino haciendo sentir un inepto social, una de esas minas capaces de forjar carcajadas ensordecedoras en los ámbitos más silenciosos, ávida por ser el centro de atención hasta en los velorios*(No es joda: una vez tuvimos una pelea feroz porque no quería entender que en esos casos la estrella es el muerto.) y desinhibida al punto de merecer un piadoso tiro en la frente.

Para que se den una idea: una vez una prima suya de no sé qué pueblo del interior andaba de visita por Buenos Aires y hete aquí que Bettina me pidió que llevara algún amigo para que le hiciera la gamba en una salida de a cuatro. Solo por no remover viejas heridas voy a omitir el nombre real de mi amigo, a quien llamaré Ricardo; porque, apenas los presentamos, ella dijo:
-no me digas que mi prima no esta buena. Mira lo que es, Ricky… pura carne de campo.
-si es muy linda- dijo él, pidiéndome auxilio desesperadamente con su mirada.
Y Bettina, señalándose la entrepierna, comento:
-si sólo fuera linda no se te estaría parando la pija.
Y, codeándome, agregó: - mira, Edu… se le está parando.

Resultado: la prima de Bettina no volvió a pisar Buenos Aires, Ricardo paso la noche más incomoda de su vida y yo no la mas incomoda porque he tenido peores, pero casi, casi. Eso sí: ella la pasó bárbaro.
Y ese era solo su costado más camionero, pero no el único; tenia uno mucho mas turro. Cuando en algún evento social, por caso un cumpleaños, otro era el foco de la atención, ella tenía siempre a mano el proyectil dialéctico que lo corría de lugar.

Vaya una cosita corta como ejemplo. Cierta vez estábamos en una fiesta típica del amigo de ella, en un departamento de esos edificios muy viejos que están por Santa Fe y Ayacucho, más o menos, una reunión a todo culo pero muy lejos de ser careta. Entre otras curiosidades pinto un mago. Pero no un mago de esos que viran su show hacia gente adulta, metiendo comentarios pícaros y haciendo desaparecer tarjetas de crédito; era un mago para chicos, de los usan varitas mágicas, galeras, conejos y vasos con líquidos azules que desaparecen en un cono de papel de diario.

Tenía, además, un asistente: un pibe que debía de andar por los quince, dieciséis años y que oficiaba de partenaire vestido de payaso. Era un buen toque naif en un lugar en el cual la mitad de la gente que estornudaba desparramaba una fortuna.

La cosa es que terminan el show con un cuento tipo Caperucita, que no es más que una excusa para mostrar los últimos tres o cuatro trucos. Y el último de todos incluyo la aparición de una paloma de la nada, del aire. Yo lo vi: no había nada y el tipo materializo una paloma en la mano.

Sería que entre el champagne y otras cosas todos estábamos medio del moño, pero creo que, al menos un poquito, nos habíamos emocionado. Habíamos vuelto a sentir eso de la magia que tanto te pega desde los tres años, esa prestidigitación que tomamos como mágica porque hace temblar las bases de lo posible, de lo lógico.

Tras los aplausos se escucha la voz de Bettina.
-Ustedes dos son pareja ¿no?
El mago y el payaso miraron con curiosidad al grupo reunido, esperando ver a alguien que se hiciera cargo de la respuesta. Pero pronto se dieron cuenta de que la pregunta era para ellos, porque a ellos los miraba el grupo.
-…es mi tío- dijo el payasito sin darse cuenta de que, por más que fuera verdad, con esas palabras estaba embarrándose un poco. Pero ella no quería destruirlos sino cambiar el ángulo de las miradas. Nunca sabrán lo afortunados que fueron.
-yo tuve un novio que estudiaba magia- continuó-. Me enteré de que no hace mucho se voló la mano haciendo un truco nuevo.
-¿En serio?- pregunto alguien.
-Sí. Igual esto fue en la cárcel, porque lo acusaron de manosear a un chiquito en un cumpleaños, creo.

De más esta decir que, aprovechando esos segundos de distracción de la masa, mago y payasito hicieron su mejor truco de desaparición, y tengo entendido que les quedaron debiendo la mitad de la guita porque jamás pasaron a cobrarla.

Bueno, gracias al cielo Natalia nunca llego a ser así. O al menos no tuve la pésima suerte de comprobarlo; no sé cómo será hoy en día si es que aun camina pisando el suelo de los vivos.

La cosa es que aquella noche fue el inicio de una gran amistad, como bien dijo Humphrey Bogart entre la niebla del aeropuerto de Casablanca, eligiendo quedarse con el cana antes que con Ingrid Bergman.*(Excelente final, por cierto, pero siempre me quedo la duda de si lo hizo de macho que era nomás o por motivos más… gay. Tal vez el despertar de su conciencia social no era más que una excusa para descontrolarse un poquito ahí en Marruecos, lo cual no estaba nada mal después de todo lo que había pasado.)

Cuando digo “gran amistad” me refiero a esas relaciones cero compromisos que a veces se sostienen con el sexo opuesto y que no dejan de ser un gran paliativo para ciertos momentos de la vida. Esto es: verse muy de vez en cuando, darse como si un asteroide descomunal fuera a chocar con la Tierra, charlar con mucha sinceridad y volver a darse aprovechando que el vuelo del asteroide descomunal viene un tanto demorado.

También es una “gran amistad” en cuanto a la duración; estas cosas suelen extenderse durante un rato largo –hablo de años- hasta que finalmente uno de los dos encuentra a quien merezca fidelidad en el sentido cabal y occidental del término, da por terminada la cosa y el otro lo entiende porque es el amigo. Claro que, de mediar una ruptura, el del amigo será el primer número telefónico en marcar.

Eso sí: mientras dura tu pareja nunca te volves a encontrar ni siquiera para tomar una cerveza y ver cómo anda todo porque siempre queda latente el roce del colchón y eso implica peligro de bardo o, por lo menos, incomodarse al pedo.

Claro que, además de lo dicho, puede terminarse por otros motivos; en nuestro caso fue la religión la que puso distancia entre nosotros, y ya llegaremos a eso. Aunque a esta altura habrán notado que para mí el tema religioso no hace la diferencia con nadie y menos cuando de minas se trata, no está de más aclarar que Natalia Pressgetz era judía, si bien solo practicaba en fechas como Rosh Hashanah o Yom Kippur, más que nada por una cuestión de convivencia y respeto familiar.

A pesar de que nos veíamos de lunes a viernes solo una, a los sumo dos veces por semana despegábamos juntos; estaba implícito que una mayor frecuencia era arriesgarse a arruinar lo bueno que teníamos. Y una vez que dejamos de hacer “Crash” nos empezamos a encontrar cada dos o tres meses. No hacía falta más para pasarla bien.

Y tampoco hacía falta saber demasiado de la vida del otro; no me quedaba claro si Natalia tenía hermanos o si papá y mamá estaban vivos. Tampoco si le gustaba Motörhead, las películas de terror o los especiales sin corteza de salame, tomate y manteca. Nunca pregunte donde vivía, ni siquiera a que barrio correspondía la característica de su teléfono.
Alguno lo llamaba al otro, nos encontrábamos, la pasábamos bomba y nos dedicábamos a esperar que los astros se alinearan para un próximo encuentro. That’s it.
Por suerte en esa época mi vida estaba salpicada de ese tipo de relaciones, con lo cual los sesenta o noventa días que mediaban entre cada nuevo encuentro se hacían más llevaderos; además de Natalia solía encontrarme con una chica que había conocido en Halley y que era fanática de Stephen King, con una estudiante de Comunicación que después anduvo un tiempo con Guillermo Andino y con una cantante de rock que empezó haciendo punk y termino siendo una de las estrellas de la canción melódica latina, mudándose a México y poniéndose tetas nuevas.
A comienzos de los noventa me mudé a Mar del Plata, en una de esas movidas que a la larga van a servir para llenarte de experiencia a fuerza de mandarte una cagada atrás de otra y acumular una buena cantidad de errores que jamás volverás a cometer. Por lo pronto me tope con una ciudad que hablaba permanentemente de crecimiento, que anhelaba transformarse en una urbe progresista como parecía ser Buenos Aires pero que se la daba de trompa contra sus propios prejuicios, acotada en forma constante por una moralina ridícula y desfasada.
Geografía nueva, trabajo nuevo, nueva gente. Y todo para atrás a excepción de Charly, un tipazo que termino siendo un gran amigo, más un viejo amigo de acá que se había instalado allá y una profesora de aerobics que estaba buenísima y le gustaba que la fajasen. Pero no mucho más.

De más esta decir que en ese entonces mi cabeza no funcionaba del todo bien y para un tipo como yo establecer nuevas relaciones en una sociedad como esa no era nada fácil. Mi vida sexual funcionaba como los comercios marplatenses: la cosa se hacía más lisa en la temporada, cuando llegaban mujeres de todo el país dispuestas a todo sin importar las consecuencias. Después de marzo mejor que me gustaran las viejitas de más de sesenta (he conocido un par pero no daré detalles para no sentirme tan humillado), y entrados ya en mayo volvía la sequia, que se prolongaba hasta diciembre.

Por eso la llegada de alguna de mis amigas a esa zona de la costa era como la llegada de la Navidad, como el arribo de una caja PAN*(La caja PAN era, ni más ni menos, una caja con víveres para personas carenciadas. La sigla respondía al nombre de “Plan Alimentario Nacional” y era algo similar a lo que hoy se hace con los “Planes Trabajar” o el subsidio para Jefas y Jefes de Familia. Es decir: los punteros encargados de repartirlos entre los necesitados se quedan con una buena parte y el resto lo distribuyen entre los amigos, parientes o verdaderos necesitados que estén dispuestos a resignar una comisión o hacer un favor, que generalmente se traduce en presencia física durante un acto político. No, si para salir de las emergencias los argentinos somos los mejores del mundo.) justo cuando se acabara el último paquete de fideos.

La cosa es que cuando apareció Natalia fue como ver la luz. Yo estaba atravesando un momento francamente de mierda; la miseria económica, profesional y espiritual se había instalado en mi vida como un cáncer y había repercutido en mi aspecto físico. Había engordado ocho o nueve kilos, el pelo me llegaba casi hasta la mitad de la espalda y, como no me había afeitado en meses, una barba desprolija invadía mi rostro confiriéndome un look mezcla bohemio de los setenta y ciruja de los noventa.

Se ve que la alegría por el reencuentro mejoro en algo mi imagen general porque Natalia actuó como si nada hubiese cambiado. Ella en realidad estaba parando en Gesell, pero se escapo tres días completos solo para visitarme y esto habla de su generosidad afectiva porque, en tren de ser sincero, si yo me encuentro con un tipo como yo en esa época lo primero que hago es inventar una excusa cualquiera y salir corriendo hacia el lado del mar, tirarme al agua y no parar de nadar hasta ver la primera jirafa comiendo hojitas de un árbol.

La situación, si bien placentera, no dejaba de ser un tanto rara. Una cosa era verse un par de horas cada tres meses y otra muy distinta convivir bajo el mismo techo setenta y dos horas completas, con cada uno de sus minutos. Está bien que se convirtió en una intensa maratón de sexo en la que los tiempos muertos solo se usaban para juntar fuerzas y arrancar de nuevo; apenas salimos del departamento dos veces: una a comprar víveres y otra para dejar una bolsita de residuos en el palier. Pero esos tiempos muertos sirvieron para charlar, explorar un poco la parte de su mundo que para mí era desconocida y enterarme de un par de cosas; entre ellas, eso que les contaba al principio sobre el servicio militar israelí.

Resulta que estábamos viendo una película –no sé si de Stallone, Arnold, Van Damme o alguna otra de estas bolsas de anabólicos- en la que, como corresponde, se estaban cagando a tiros. Natalia mientras tanto estaba comiendo una manzana y, entre un bocado y otro, con el índice de la mano en la que sostenía la fruta apunta a la pantalla y dice:
-Error. Ya tendría que haber cambiado el clip. La UZI dispara diecisiete balas por segundo y hace por lo menos cinco que tendría que haber recargado.
Este tipo de gaffe es muy frecuente excepto en las películas de John Woo, donde la cosa esta hecha a propósito; cada cargador parece tener espacio para cuatro mil proyectiles a menos que bueno y malo estén enfrentados cara a cara y encañonándose mutuamente, en cuyo caso ambas armas estarán vacías. Pero, lejos de subrayarle esta situación, lo único que pude responderle fue:
-¿te regalaron una UZI para tu cumple?-

Porque el detalle técnico de la relación tiempo/disparos y el uso de la palabra “clip” en vez de “cargador” me hicieron obviar la explicación de los terribles errores de continuidad que cualquier buena producción de Hollywood debe tener para que resulte entretenida.
-No…- respondió sin inmutarse- pero era la que usábamos con más frecuencia después del AKG 47.
-Ahá- dije como quien acaba de escuchar la explicación de por qué es mejor el aceite de oliva que el de maíz.

Recién ahí Natalia comprendió que me estaban faltando datos. Se rio con una de esas risas en las que no se abre la boca y en las que interviene mas la nariz que la garganta.
-Hice un año de servicio militar en Israel. Todavía me falta otro año entero.
-¿Y qué paso? ¿Desertaste? ¿No te está buscando el Mossad?

Me entere entonces de que, cuando uno está en edad de hacer la colimba en Israel, entra en una especie de “reserva pasiva”. Acostumbrados como están a desparramarse por el mundo, solo exigen que se cumpla con las actividades militares durante su estancia en ese país.

Y, a través de unas cuantas anécdotas, también supe que el entrenamiento era en serio, como corresponde a una nación que vive en constante peligro de guerra por una razón u otra.

De paso les cuento que es muy raro escuchar a una mujer hablar de su paso por la colimba. Mi experiencia es poca al respecto pero básicamente la diferencia es que, mientras un tipo que la hizo acá te cuenta de qué forma le provocaron a un alcahuete una bruta erupción metiéndole un puñado de ortigas en el culo, ella te explicaba como allá disecaba alimentos con una lupa para pasar veinte días haciendo maniobras en el desierto.

O que tipos y minas se bañaban juntos y que el jabón se te podía caer con total tranquilidad ya que lo único que había que hacer era agacharse y recogerlo, cuando alguien no lo hacía por vos.

La contra: mientras el hombre te aburre con sus historias pretendidamente divertidas –casi todas involucrando sangre, moretones, fracturas o intoxicaciones-, ellas te pueden aburrir con un maremoto de destalles técnicos que incluyen desmantelamiento de minas personales, química anti bacteriológica y desactivación de células terroristas.

Pero en el caso de Natalia la cosa era exagerada; más que haber recibido un año de entrenamiento parecía haberse criado en un asentamiento militar. Si efectivamente en solo doce meses estos pibes aprendían todo eso, mejor que no se les ocurriera reclamar la Patagonia porque estábamos hasta las pelotas.

Yendo a otro tema, eso de que aun estuviera en activo me despertaba cierta cuestión simpática: me estaba acostando con un soldado. Y cuando mucho después dije frente a algún amigo “y yo me cogí a un soldado del ejército israelí”, el tiempo que paso entre la asimilación de la frase y su posterior explicación fue de lo más divertido. En la Argentina todavía no tenemos incorporada la figura de las mujeres soldado. Apenas si las vemos en las publicidades de “enrólate, joven” en las que, invariablemente, laburan en la parte de comunicaciones o enfermería.

Pero era lo único que contaba de mi relación con Natalia. El final no fue tan gracioso, más bien deprimente. Y fue precisamente ahí, en Mar del Plata, en el tercero y último día de los días que había venido a visitarme.

Era obvio que entre nosotros había onda, porque recuerdo mi imagen en esos días y era francamente despreciable. Si bien ella jamás había hecho referencia a esto, si se había dado cuenta, y no como pensé en un principio. Pero antes de irse había decidido hacer algo por mí y toco el tema con toda naturalidad de la que fue capaz, en un alarde de delicadeza.
-El pelo largo no te queda mal, pero no sabes cuidarlo.
Habíamos terminado con el combate de semifondo y todavía quedaban unas cuatro o cinco horas para que partiera su micro a Gesell. Se ve que prefería llevarse un recuerdo menos fulero de la pelea principal, la de la despedida, porque dijo:
-Te tendrías que hacer un baño de crema.
¿Y no te quedas todo pegoteado?
-Crema para el pelo.
-Ah.
-Mirá, es fácil; te lleva veinte minutos. –Dando por hecho que yo iba a someterme al tratamiento capilar salto de la cama, reviso entre las mil setecientas cosas que había en su bolso y saco un frasco de plástico verde: -savia vegetal. Es mágica. Date una buena ducha, lávate bien la cabeza, enjuagate, ponete una buena cantidad de esto y déjatelo puesto quince minutos envuelto en la toalla. Después enjuágate de nuevo.
-¿Algo más?
-Sí, avísame cuando te enjuagues por última vez que voy a secarte.

Había sonado el gong y los primeros rounds iban a ser lentos.

Hice lo indicado. Me di una ducha caliente y súper relajante, aunque estábamos en pleno verano (si bien mucho no había visto el sol en los últimos días), y me inunde el pelo con el liquido viscoso del frasquito.

Después de todo el tiempo que llevaba instalado en Mar del Plata, sentía que había podido asomar la cabeza entre la mierda y me permití ser un poquito feliz. La vida, después de todo, eventualmente garpaba alguno que otro retroactivo.

Me seque y envolví mi cabeza en una toalla seca. Parado frente al espejo asumí que tenía que hacer algo para mejorar mi aspecto. Para los ocho o nueve kilos abajo había que esperar un poco, pero esa imagen de barbudo dejado con una toalla devorándole la cabeza podía cambiar pronto. Abrí la canilla del lavatorio y empecé a buscar la crema de afeitar; estaba dispuesto, aunque nunca fue gran cosa, a recuperar mi cara.

Fue entonces cuando escuche el ruido. Un estruendoso crujir y partirse de madera. Era la puerta de entrada, sin duda. Gritos de hombres y el inconfundible sonido metálico de armas martillándose.

En un acto impulsivo de estupidez total agarre una toalla usada y me la envolví en la cintura, mientras escuchaba la voz de Natalia gritando en hebreo. Hasta que después de un chasquido seco, un ruido como el que puede provocar el hacha de un carnicero al cortar un espinazo, se calló. En ese momento abrí la puerta del baño y vi a cuatro árabes en el pasillo; un quinto decía algo indescifrable desde la habitación.

Ocurrió en un instante: los cuatro giraron hacia mí, apuntándome con armas militares largas. Cuando pensé que iban a cargarme a balazos el que estaba en el cuarto dio una orden y los cuatro tipos, enfundados en ropa de fajina verde y con turbantes, apuntaron hacia el piso.

El quinto tipo se abrió paso entre los otros, sonrió y me dijo algo en un idioma incompresible lleno de consonantes, en especial jotas y emes.

Yo solo atine a sonreír. El tipo largo una carcajada, me abrazo y me dio dos besos, uno en cada mejilla.

Y así como habían entrado se fueron, cargando el cuerpo de Natalia en una sabana.

Me quede shockeado, transpirando frio. Sentí que el piso se me empezaba a mover y tuve que agarrarme de los bordes del lavatorio para no desvanecer. Como una revelación comprendí que lo desaliñado de mi aspecto me había salvado la vida; entre los rasgos heredados de antepasados moros, la barba de mierda, que había estado a punto de afeitar, la toalla en la cabeza y un poco de confusión momentánea, capaz que los tipos me confundieron con un agente musulmán. El que les pasó el dato del paradero de Natalia, sin ir más lejos.

Y hablando de Natalia… cuando creí que empezaba a saber un poco más de ella vine a descubrir que no sabía nada. Ya me parecía raro que supiera tanto del arte de la guerra y la guerrilla. Por más buena que fuera la colimba israelí, en un año no podes aprender todo eso.
¿Qué por que dije antes que el final fue “deprimente”? ¿Por qué no me referí a él como “terrorífico”? Ah. Si, terror tuvo. Estuve encerrado en el departamento, temblando durante quince días y si sobreviví es porque mi amigo Charly me pasaba Criollitas y porciones de fainá por debajo de la puerta. Después, al no denunciar nada de lo que había pasado, me tuve que hacer cargo de mi cobardía.
No saben lo deprimente que es eso.






Eduardo De La Puente en El día más feliz de mi vida y otros cuentos igual de estúpidos. - 1a ed. - Buenos Aires: Sudamericana, 2004.



eduardo de la puente

4 comentarios - Natalia estaba haciendo la colimba

@Skiny
natalia estaba haciendo la colim


HERMOSOS OJOS !!!