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Julio Torres: escritor argentino, mucho gusto

Julio Torres: escritor argentino, mucho gusto

Julio Torres: escritor argentino, mucho gusto


Siguiendo con los posteos literarios que arranqué con Don Jorge Leonidas Escudero, el gran poeta sanjuanino http://www.taringa.net/posts/tv-peliculas-series/5029951/Documental-sobre-poeta---Oro-nestas-piedras-_links-nuevos_.html , es el turno de un escritor que promete mucho y que ya ha cumplido con su espectacular El oro de los Césares y con otras obras, pero me ha tocado leer la primera y diré que me sorprendió gratamente que aquí se escriba con esa calidad y desenfado. Me refiero a Julio Torres. Para quien le guste la novela histórica está de parabienes. Hay muchos consagrados argentinos en ese ámbito: Juan José Saer, Abelardo Arias, María Rosa Lojo, Belgrano Hudson, Cristina Bajo, Laura del Castillo, por nombrar algunos de los más contemporáneos. Torres se inscribe en esta rica tradición, rica y a la vez ignorada por muchos buenos lectores encandilados por las luminarias de las grandes editoriales.

literatura argentina


El sentido del post es promocionar nuestros artistas literarios, por eso les debo la novela, pero a partir de la ayuda del siguiente artículo – fuente de Rosalba Campra http://www.casa.cult.cu/publicaciones/revistacasa/252/notas.pdf voy a darles un poco de la obra de Julio para que los próximos $$$ los destinen a la compra de este excelente libro.

En las páginas de las librerías aparece esta Sinopsis de Oro de los Cesares:

«Ese día de marzo del otoño de 1574, en el otro extremo de la tierra, don Jerónimo Luis de Cabrera, Gobernador, Capitán General y Justicia Mayor de la Provincia del Tucumán, Fundador de la Villa de Ica, Corregidor de la Villa Imperial del Potosí, Fundador de Córdoba de la Nueva Andalucía, encomendero de dos mil indios y jefe de cien españoles de pelea, leía el decreto de Su Majestad don Felipe el rey de España que le había alcanzado un criado de Gonzalo de Abreu y Figueroa Ponce de León.
El papel del Rey revocaba su título de Gobernador otorgado por el virrey Toledo, lo nombraba a Abreu su reemplazante, y lo facultaba a tomarle residencia.
El Rey es el Rey, aunque te mezquine justicia oyó como en un eco a su madre, esa voz ronca que había amado tanto.
Y viéndole a Abreu los ojos helados de godo, la cara desencajada de odio, y el tajo que le cosía la oreja con el labio, supo que toda su vida de cabalgata sin fin y de lucha sin desesperanza había sido una huída hacia adelante sin refugio, y terminaba como si no hubiera empezado.
El tiempo entre aquella primavera y este otoño había durado lo que dura un lirio.
Los hombres que traía Abreu lo encadenaron casi con respeto.
Los cargos ni los oyó cuando se los leyeron.
Se sabía culpable de un único cargo hereditario, al cual había estado esquivándole el bulto durante medio siglo, y ahora veía que inútilmente.
Quizá con el oro de los Césares, millones de pesos, hubiera podido comprar a la Corona, eternamente endeudada, un abolengo retocado, un certificado trucho de limpieza, un título, un hábito.
Pero la cruz cabeza abajo, la Cruz del Sur, le había señalado bobamente la dirección de la nada.
En el arduo viaje a Santiago del Estero, capital de ninguna parte, asamblea de vinchucas, lugar de nadie, tuvo un corto tiempo para reconstruir penosamente las peripecias de su historia».

Y esta breve biografía:

Julio vive en su «San Antonio de Buena Vista» en Totoral desde hace muchos años.
De muy joven empezó escribiendo cuentos, publicados en La Nación, La Gaceta, La Voz del Interior. «El hongo», «El intruso», «Milicia», «La ruta de Maud» son de esa época.
Ediciones del Boulevard publicó Cuentos del Totoral algunos escuchados de narradores orales de la zona y otros «sucedidos en el trajín eterno de las vacas y las siembras», al decir del autor y luego ¡Tigre, tigre!, relatos casi biográficos de sus andanzas por la selva misionera, tierra hecha a la medida de él.
Con la publicación de su espléndida novela El oro de los Césares (1996) llamó la atención de varios ensayistas del exterior donde recogió elogios y estudios como uno de los «referentes más originales de la literatura argentina». Después publicó Quinoacorp y El Amor de la Ana Colque.
Su vida transcurre al ritmo particular de ese Totoral que es su lugar en el mundo, entre las siembras, las cosechas y las vacas, su huerta de especias de una increíble variedad de ajíes para conservas que regala a cocinar para sus amigos y a viajar por el mundo.
En la actualidad, trabaja en la continuación de la saga de los Cabrera iniciada con el El oro de los Césares.
Por carácter y convicción, se niega a dar entrevistas pues considera que su mejor voz es la de su obra.

http://www.tematika.com/libros/ficcion_y_literatura--1/novelas--1/argentina--3/oro_de_los_cesares--414368.htm

Y aquí fragmentos del artículo de Rosalba Campra:

Todo un período histórico desfila en sus esplendores y desastres ante los ojos del lector como si se tratara de una de esas cajas ópticas flamencas del siglo XVII en las que, gracias a los artificios de la perspectiva, el espectador veía desplegarse mágicamente un mundo en apariencia sin límites. En escenas de brevedad fulminante se agolpan los reyes que con actitudes de fulleros se reparten Europa a una mesa de juego, y los banqueros con que se endeudan, y las invenciones que ponen fin a una etapa de la historia, y Suleimán el Magnífico como una araña cuevera en su Topkapi, y el recorrido de la peste por el mapa, y los caminos del Incario, y los efectos nefastos de la conquista:

Ya el oro de Atahualpa fluía a chorros desde el continente de los lagartones y las sirenas feas para transitar por la economía castellana con su transcurrir fatídico y su inaprehensibilidad de anguila, y ésta lo dejaba pasar hacia las fábricas de Brabante, los astilleros de Holanda, las pañerías de Brístol y de Liverpool, las armerías de Brescia, los bancos de Génova, de Venecia y de Augsburgo, las minas de cobre del Japón y los mismísimos yacimientos de salitre del Gran Turco envenenando el reino de Castilla, su dueño, con la inflación y el déficit.


novela historica


La novela no se limita a su aventura americana de conquistador, también rastrea en España sus dudosos orígenes entre judíos y moros, la relación ilegítima de la que nace. Una marca indeleble oscurece así su niñez y sus transcursos adolescentes, lo señala en la navegación hacia el Nuevo Mundo y hasta en la sucesión de triunfos que lo encumbra. Triunfos inexorablemente pasajeros, pues las rivalidades, envidias y traiciones que hacen de la conquista "un desaforado entrevero de todos contra todos" (p. 95) transformarán el encumbramiento en derrumbe. Al optar por el respeto de la verosimilitud extratextual y dar el protagonismo a un personaje cuya aventura ya ha sido establecida por la historia, el autor renuncia a la posibilidad del final satisfactorio al que pueden aspirar los personajes de ficción: Jerónimo Luis de Cabrera muere en El oro de los Césares como murió en 1575 en la realidad, no ejecutado como correspondía a su rango y como él exige de sus verdugos, sino por garrote vil, miserablemente ajustado el torniquete en los barrotes de su cama. Titu Quispe, su fiel amigo indio, ya lo había precedido muriendo de manera igualmente miserable: le rompe la cabeza "un pedradón" (p. 327).
Ese adjetivo, "miserable", me parece el más adecuado para calificar la falta de grandeza en los manejos de los potentes, en las traiciones de los subalternos, y hasta en la gesta de descubrimientos y fundaciones. I. Leonard transcribe la anécdota atribuida a soldados de las Indias que, comparando las propias aventuras con las de los héroes de las novelas de caballería, se sienten disminuídos, y deciden redoblar sus esfuerzos para emularlos[20]. En implícita polémica con la estampita heroica de la conquista, los compañeros de Jerónimo se burlan de esos magníficos caballeros de novela que, habituados a combatir dragones y hechiceros, sucumbirían en el tembladeral de la realidad americana:

- ¿Qué gigantes, qué turcos, qué moros? Cuando Manco nos tenía encerrados en el Cuzco con doscientos mil cholos furibundos... ¡éramos doscientos y nos tenía acabados una diarrea de sangre!... ¡huy!... Habría que haberlo visto al Doncel del Mar, a Gandalín, al rey Perión, mascando maíz crudo y charqui apolillado y cagándose en los calzones al menor movimiento... (p. 228).


Despreocupado de la mimesis lingüística, El oro de los Césares desarrolla su narración a partir de la mirada desencantada de nuestra actualidad, dominada por la ironía, y al mismo tiempo por acentos de una poesía desgarradora.
El resultado es sorprendente, pero no es la mera sorpresa del lector el blanco al que se apunta. La trasgresión de las normas de coherencia lingüística - mezcla de registros, parodia de estilos, resurrección de arcaísmos, etc. - responde a la convicción de que existe una verdad, y que para transmitirla no basta el recuento de los hechos. Es decir, nos encontramos ante la presencia difusa de ese fenómeno ampliamente estudiado por la teoría literaria que es el extrañamiento[25]. Poner en acción el extrañamiento es, de por sí, una actividad crítica: al atacar el automatismo de la lengua se esfuma el automatismo de la percepción que, en palabras de Shklovski, "se come los objetos"[26]. El objeto - en este caso la historia - adquiere entonces una calidad inaugural, y al liberarse de la indiferenciación creada por la costumbre, se "desnaturaliza", revelando su carga ideológica.
Aquí me limito a señalar someramente algunos ejemplos del arsenal de procedimientos retóricos - merecedores de una atención más detallada - con que Julio Torres lleva a cabo esta empresa. De acuerdo con la voluntad de desmitificar la versión heroica de la historia, el discurso se ve constantemente tironeado hacia abajo, provocando una fractura en el interior de un mismo enunciado: en parlamentos castizos se entromete el lunfardo, las conversaciones de tono elevado se plagan de coloquialismos cuando no de groserías. El anacronismo, fuertemente politizado y al mismo tiempo humorístico, devela en el pasado una prefiguración del presente - o, si se prefiere, devela la supervivencia de ciertas malas costumbres: el primer papa Médicis es "cabeza de una multinacional con sucursales en cada pueblo" (p. 29), los curas enarbolan un "populismo indigenista" (p. 15). La denuncia se sirve del tono de la paradoja (en la lista de los resultados de la defensa de los indios por parte de Las Casas, además de "la importación forzada de doce millones de africanos", figuran "el tango, el quilombo, el merengue, la cumbia, el vudú, la tumbadora...", p. 137) o bien reduce visualmente el gesto principesco de conceder títulos a una casual distribución "a la manchancha" (p. 15).

En un artículo de La Nación, hay una jugosa referencia al libro y su autor que me parece interesante destacar:
"Hace unos años, el escritor Julio Torres presentó su libro "El oro de los Césares", novela basada en la vida de Jerónimo Luis de Cabrera, fundador de la ciudad de Córdoba, a una tradicional casa editora de Buenos Aires. El original le fue devuelto con el argumento de que, ese año, sólo editarían novelas históricas que tuvieran que ver con América Latina (sic!). Más tarde, el libro fue aceptado por otra editorial porteña, pero Torres, cuyo sentido del humor no es escaso, hizo enmarcar el rechazo firmado por la anterior y allí lo tiene, en un repisa de su casa de Totoral como si fuese el testimonio de una broma impensable, o el modesto monumento al equívoco."


Con esto creo que basta. Novelón, y seguiré tratando de acercar autores como éste en futuros post.

Comenten!!!!

2 comentarios - Julio Torres: escritor argentino, mucho gusto

BlitzAdler
por fin un post como la gente!
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