El amor, el arte y la eternidad





Mediante el tiempo, el presente se convierte en pasado y los sueños del futuro en imperfectas y muertas realizaciones. La vida es lo relativo, ya que es lo temporal por excelencia.
El amor ansia lo absoluto, causa por la cual todos los grandes amores son trágicos y de alguna manera terminan con la muerte.
En Chéjov y en Anouilh, simplemente, cruel y melancólicamente, todo consiste en dejar pasar el tiempo. Frente a Orfeo y Eurídice que se enamoran, Anouilh coloca la pareja de la madre con su amante. La grotesca disonancia mide la relatividad de la vida.
¿Qué podría ser más siniestro, pues, que la inmortalidad? Lo inmortal es lo inverso de lo eterno. La eternidad es un presente absoluto: el tiempo no existe. El amor de Romeo y Julieta está eternizado en la obra de arte como en una estatua: para siempre será él mismo, inmune al Tiempo y a sus poderes trágicamente destructivos. La inmortalidad, por el contrario, es el paso del tiempo, la conversión del futuro en pasado, la impurificación y el horror.
En el éxtasis amoroso o religioso nos ponemos fuera del tiempo, convertimos el instante en absoluto. En ese momento teopático entramos en contacto con la eternidad, con lo que suele llamarse Dios.
Una de las raíces metafísicas de la obra de arte es la necesidad que el hombre tiene de eternizar: un amor, una ilusión, una niñez, un recuerdo. Proust intenta eternizar el pasado, el melancólico pasado que alguna vez fue futuro, es decir, ilusión.
El arte nace de la necesidad de expresar y comunicar; pero expresar y comunicar una añoranza de eternidad. Esto se ve bien en La náusea, cuando el protagonista, angustiado por la contingencia, pretende refugiarse en la melodía —eterna— de un blue.

Fragmento de Heterodoxia, de Ernesto Sabato.



Éxitos!