Sartre y Marcel

Gabriel Marcel (Francia, 1889-1973)
Sartre y Marcel

El pensamiento filosófico de Gabriel Marcel es influenciado por su vida. Gabriel Marcel nació el 7 de Diciembre de 1889 en París. Era hijo único y a muy temprana edad perdió a su madre.
La infancia de Gabriel Marcel es caracterizada por la soledad "no hay mayor sufrimiento que estar solo". Su vida será un esfuerzo de comunión con todo, todos y el todo. Gabriel Marcel en su pensamiento filosófico adquiere dimensiones de compromiso; lo que es inalcanzable por el pensamiento "El misterio del ser" se nos revela, cuando nos acercamos a "un ser", uniéndonos a él por el don y la receptibilidad, o sea, por la fidelidad, la admiración. Sin embargo, mi ser no se confunde con mi vida, ésta me ha sido dada, yo soy antes de vivir; mi ser está amenazado por mi vida, mi ser está en juego y aquí reside el sentido de mi vida.
La presencia en la guerra, fue una experiencia decisiva en su pensamiento filosófico, porque le hizo sentir dolorosamente el drama de la existencia humana. Después de las dos guerras mundiales, Gabriel Marcel viene a decir: ¿En qué mundo vivimos? ¿Tú no tienes algunas veces la impresión de que vivimos...si a esto se puede llamar vivir...en un mundo destrozado?
"SÍ, destrozado, como un reloj destrozado. El resorte no funciona. Aparentemente, nada ha cambiado. Todo está en su lugar. Pero, si te acercas al reloj en el oído no se oye nada ¿comprendes? El mundo, el mundo de los hombres...debía tener antes un corazón, pero pareciera que ese corazón ha dejado de latir"...
Las razones para que Gabriel Marcel ve que este mundo está destrozado son: la falta de fraternidad, de imaginación, sumisión frente a las técnicas científicas y al poder de las palabras vacías de su contenido auténtico.
A la pregunta ¿Qué es el Ser? Responde: "El ser entendido desde la filosofía, es existencia, esencia, lo que no se identifica con la nada y es apto para existir, es decir, el Ser supremo, Dios". Gabriel Marcel señala, que la única manera de aprehender el ser tiene que ser por un conocimiento intransmisible, es decir, a través de la realidad (vida real). Donde quiera que hay ser hay presencia y donde no hay presencia no hay el ser, el ser diferencia del objeto porque éste puede ser considerado como ausencia o como presencia.
Por lo tanto: "El ser es lo que tiene el existir"
Sin embargo, no se puede confundir el ser con el tener, pues se correría el riesgo de objetivar al ser y perder su significado y su esencia. Una manera de alcanzar el ser es por medio de la participación, que son tres:
a).- El nivel de la encarnación: el hombre es espíritu encarnado, porque posee un cuerpo.
b).- El nivel de la comunión con los demás seres, a la que Gabriel Marcel denomina la intersubjetividad.
c).- El nivel de la experiencia de la trascendencia. Este nivel sería el más elevado, porque la participación con el ser trascendente otorga un ensamblaje con lo real en grado sumo.
Por lo tanto, su participación en ser trascendente se dará por medio de la fe, la esperanza y el amor. De esta manera, el hombre cuanto más capaz es de reconocer el ser individual, más se orientará y se dirigirá hacia la aprehensión del ser en cuanto ser. Gabriel Marcel, da un ejemplo claro: que hoy en día, todo contribuye a arrancar al hombre su sentido de ser de ese su contacto viviente con lo inagotable que existe dentro de él y que además es la única fuente de plenitud y de alegría.
"No soy nada y no puedo nada por mí mismo sino en tanto soy, no sólo asistido, sino promovido al ser por aquel que es todo y lo puede todo".
El ser trascendente es el modo de participación más elevado, por lo tanto el hombre es un ser relacionado con la trascendencia divina, con el tú absoluto. Tal vez, ahora se puede responder a la pregunta ¿Qué soy yo?:
"Tú sólo, en verdad, me conoces y me juzgas; dudar de ti no es liberarme, es aniquilarme, pero sería dudar de Ti, aún más sería negarte considerar Tu realidad como problemática; ya que estos problemas no son más que para mí y para mí que los planteo y que aquí soy yo mismo quien estoy en tela de juicio en el acto sin retorno por el cual me borro y me someto".
Sin dudarlo, nuestra existencia se sostiene en la presencia de un ser trascendente, del cual sólo participamos de su existencia. Pues, nuestra esperanza sea de vivir en la fe, esperanza y amor, en la presencia de cierto absoluto que debemos reconocer, aunque sea muy fuerte la tentación de rechazarlo.

“Amar a alguien es decirle: tú no morirás jamás, porque si yo consintiese en tu aniquilación traicionaría nuestro amor”. Marcel

“Cuando uno no vive como piensa, acaba pensando como vive”. Marcel

Jean Paul Sartre (Francia, 1905-1980)
ciencia

Jean-Paul Sartre fue el principal representante del existencialismo francés. Nació en París en 1905. En 1924 ingresó en la Escuela Normal Superior. Allí se graduó en Filosofía en 1927. Ejerció como docente de nivel medio. Entre 1933 y 1934 se estableció en Berlín. Durante la Segunda Guerra Mundial se enroló en el ejército y cayó prisionero de los alemanes (1940 y 1941). Luego de recuperar la libertad, colaboró activamente con la resistencia francesa, mientras retomaba la labor docente y comenzaba a publicar sus obras literarias y filosóficas. Sartre fue un pensador comprometido con las cuestiones sociales y políticas de su tiempo, desde una postura socialista crítica del sistema soviético (al comienzo de los cincuenta adhería públicamente al marxismo, pero luego de la invasión de Rusia a Hungría, en 1956, rompió relaciones con el Partido Comunista). Esta participación lo convirtió en un hombre público, conocido mundialmente. En 1964 ganó el premio Nobel de literatura, aunque se negó a recibirlo. En 1973, ya casi ciego, se retiró de la vida pública. Murió en París el 15 de abril de 1980. Algunas de sus obras: La náusea (1938), El ser y la nada. El existencialismo es un humanismo (1946). Según Sartre el "yo" no es la conciencia trascendental, sino el conjunto unitario de la intencionalidad de la conciencia que está "fuera, en el mundo", porque "es un ente del mundo, igual que el ‘yo’ de otro". Las cosas no están en la conciencia, como imagen o como representación, las cosas están en el mundo. "La conciencia es conciencia posicional del mundo", es apertura al mundo, no es el mundo. Mediante este giro reintrodujo a la conciencia en el mundo de la existencia, permitiendo que los sufrimientos y las angustias de los hombres reales recuperaran todo su peso. A su vez, Sartre afirmaba que hay mundo porque hay hombre. En sí mismo el mundo carece de sentido. Cuando el hombre descubre lo absurdo de lo real, su esencial contingencia y gratuidad, lo invade el sentimiento de la náusea. En su novela La náusea, el personaje Antoine Roquentin dice: «Lo esencial es la contingencia. Quiero decir que, por definición, la existencia no es la necesidad. Existir es ‘estar ahí’, simplemente; los seres aparecen, se dejan encontrar, pero jamás se les puede deducir […] No hay ningún ser necesario que pueda explicar la existencia: la contingencia no es una imagen falsa, una apariencia que pueda desvanecerse; es lo absoluto y, por consiguiente, la perfecta gratuidad. […] Todo es gratuito, este parque, esta ciudad, yo mismo. Y cuando uno cae en la cuenta de ello, el estómago da vueltas y todo se pone a flotar. He aquí la náusea.» La experiencia nos muestra que la conciencia, que es conciencia del mundo, es al mismo tiempo distinta del mundo. La ontología sartreana distingue dos tipos de ser: en sí y para sí. Las cosas son "en sí", idénticas a sí mismas (cada una es "lo que es". Lo "en sí" es absolutamente contingente y gratuito. Por su parte, la conciencia, que es "para sí", es "una nada de ser y, al mismo tiempo, un poder anonadador, la nada"; es "el ser para el cual en su ser está en cuestión su ser"; es "carencia de ser", que se evidencia en el deseo. La conciencia, que está en el mundo, siendo esencialmente diferente de él, no se halla vinculada al mundo y por lo tanto es absolutamente libre. Las cosas son lo que son; la conciencia, por el contrario, no es nada, está vacía de ser, es posibilidad, es libertad. El hombre está obligado a hacerse, no tiene alternativa, está "condenado a ser libre". El ser del hombre es su "hacerse" a sí mismo. Por ello nadie llega a ser nada que no haya elegido ser. No valen las excusas, recurrir a ellas es de mala fe, es presentar lo querido como inevitable, es pretender acomodarse al modo de ser propio de las cosas y no al de las conciencias. Siempre queda una opción, aunque más no sea el suicidio. El hombre se da a sí mismo su proyecto y puede cambiarlo cuando quiera. Ahora bien, siendo las cosas gratuitas y absurdas, no puede elegir en base a una escala de valores "natural", dada. El mundo carece de sentido y de valor. El hombre es "el ser por el cual existen todos los valores", él es su fundamento. La elección no sólo es inevitable sino también absurda. «El hombre es una pasión inútil.» La experiencia metafísica del absurdo del mundo es la náusea; la experiencia metafísica de esta libertad para nada, de esta libertad inevitable y absurda, es la angustia. Sartre realiza una descripción descarnada de las relaciones humanas, mostrando su carácter complejo, conflictivo y ambivalente. "La mirada" es la experiencia en la que el otro se hace presente. Ella establece una relación entre un sujeto que mira a un objeto que es mirado. Respecto de las cosas, esta relación es siempre unidireccional y no reversible, pero cuando el que es observado es otro sujeto, otro ser humano, la situación se torna más compleja. Aquél que es mirado como objeto es, a su vez, un sujeto. Quien mira degrada al otro a mero objeto, lo ve como algo más entre todo lo que constituye su mundo, le asigna un lugar en su proyecto. Al hacerlo, le otorga su "ser objeto", algo que aquél no lograría sin su mediación. El sujeto, al sentirse observado, se siente mero objeto, se siente "degradado, dependiente y fijo", y ello le provoca vergüenza. No sólo es un ser "para sí", es también un ser "para otro" que lo convierte en un ser "en sí". En su relación con el otro, el hombre busca siempre imponer su voluntad, su proyecto. Por ello las relaciones siempre son conflictivas, tanto las de amor como las de odio. Amar es intentar dominar la voluntad del otro. Odiar es reconocer la libertad del otro como opuesta a la propia y tratar de anularla. El amor conduce al fracaso, porque sólo se logra la posesión del otro siendo uno a su vez poseído por él. Y el odio también conduce al fracaso, porque es expresión extrema, el homicidio, degrada al homicida a asesino. No podemos vivir sin relaciones humanas y no podemos evitar que éstas sean conflictivas y ambivalentes. Desde esta perspectiva no debe extrañarnos que Sartre termine una de sus obras literarias afirmando que «El infierno son los otros».
"Porque queremos decir que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir. El hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente, en lugar de ser un musgo, una prodredumbre o una coliflor; nada existe previamente a esto proyecto; nada hay en el cielo inteligible, y el hombre será ante todo lo que haya proyectado ser."

”Felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”. Sartre

“Quien es auténtico, asume la responsabilidad por ser lo que es y se reconoce libre de ser lo que ser”. Sartre

“El hombre está condenado a ser libre”. Sartre

“Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren”. Sartre

“No hay necesidad de fuego, el infierno son los otros”. Sartre

0 comentarios - Sartre y Marcel