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El pasado 11 de septiembre nos dejó el actor Andy Whitfield víctima de un linfoma. Este era el protagonista principal de la serie Spartacus. Una serie que cuenta con millones de seguidores en todo el mundo. En ella se nos cuenta en clave fantástica (y sangrienta, muy sangrienta) las andanzas del gladiador tracio sobre la arena del circo. Pero Spartacus no fue un personaje de ficción, este fue un personaje real y durante unos años una auténtica pesadilla para Roma. Su rebelión puso contra las cuerdas a la entonces ya postrera república romana. Muchos de vosotros lo conoceréis por Espartaco, pero como uno es muy moderno y friki, y no quiere confundir a sus estimados lectores con el torero sevillano, en este artículo lo llamaremos por su nombre en latín, Spartacus. Sirva este artículo como homenaje a Andy Whitfield y como no, al Spartacus más famoso e inolvidable de la pantalla, el gran Kirk Douglas. Sin más nos vamos rumbo a la Roma del siglo I a.c.
De la infancia de Spartacus se sabe más bien poco. Varios historiadores romanos sitúan su nacimiento en la provincia romana de la Tracia, los actuales Balcanes, allá por el 113 A.c. Su nombre real se desconoce, pero por su apodo, Spartacus, se cree que podría descender de las dinastías espartácidas. Estos gobernantes estaban sometidos a la todopoderosa República de Roma, así que muchos de sus hombres era enviados a servir en las legiones auxiliares romanas. Todas las fuentes lo describen como un hombre inteligente y culto, dentro de lo que cabe para la época y su lugar de nacimiento, que era más bien poquito, la verdad sea dicha.
Al parecer algo tuvo que ocurrir para que Spartacus rompiera su palabra de fidelidad a Roma y desertara, pero son unos hechos que desconocemos a día de hoy. El caso es que abandonó las legiones auxiliares y se convirtió en un proscrito. Pero esta primera escapada duró bastante poco. Fue capturado y enviado como esclavo a unas canteras. Fue allí donde, gracias a su poderosísimo físico, fue comprado por el lanista de gladiadores, Lentulo Batiato, que por cierto, nada tiene que ver con el cantante italiano del mismo apellido.

Spartacus fue trasladado a Capua, una vez allí soportó un durísimo entrenamiento para convertirse en gladiador. En la arena del circo se mostró intratable. Sus enemigos le temían y el resultado siempre era el mismo, cuerpos desmembrados, sangre en la arena y la plebe enfervorecida gritando el nombre de Spartacus. Pero ese no era el futuro que quería para sí el tracio. Por encima de todo quería ser un hombre libre. Odiaba a Roma y lo que representaba, quería perderla de vista tan pronto como fuera posible. Junto a su amigo y antes rival, el galo Crixo y uno de sus entrenadores, Enomao, planearon un motín. Pero como suele ocurrir en estos casos, alguien a cambio de dinero se fue de la lengua y supieron que sus planes iban a llegar a oídos de Lentulo Batiato. A toda prisa hubo que improvisar y finalmente fueron poco más de un centenar los que pudieron escapar. Eso si, dejando en el lodus de Batiato un verdadero baño de sangre. Entre las víctimas se encontraban obviamente Batiato y su familia.

En plena huida, los forajidos se cruzaron con un convoy repleto de armas para gladiadores, como podréis imaginar les vino de perlas para sus fines. Una vez armados se ubicaron en las inmediaciones del Vesubio y durante un tiempo sobrevivieron del pillaje y del saqueo en las poblaciones cercanas. El número de seguidores de Spartacus iba en aumento. Los esclavos huían de las explotaciones agrícolas y se unían a la revuelta. Muchos de estos esclavos eran soldados que habían sido capturados en las muchas guerras libradas por Roma. Por lo que no eran una panda de campesinos sino que se estaba gestando un ejercito de antiguos soldados bien formados y adiestrados. Aun Roma no se daba cuenta de la magnitud del problema que se estaba gestando.

Las quejas de la aristocracia, que se estaba viendo perjudicada por las andanzas de Spartacus y los suyos, llegaron hasta el Senado de Roma. Así que se decidió enviar a cinco cohortes de legionarios auxiliares, unos tres mil hombres en total, para terminar con esa “banda “ de forajidos. No tenían ni idea de lo que se iban a encontrar.

Las legiones estaban comandadas por el Pretor Claudio Glabro, que por cierto, vaya apellido complicado de decir. Este, con buen criterio, al ver que sería muy peligroso para sus tropas el escalar las laderas del Vesubio, decidió sitiar al enemigo y dejar que el hambre y la sed hicieran su terrible trabajo. Era cuestión de paciencia y todo sería coser y cantar. Pero cometió un gran error al subestimar las fuerzas y la capacidad táctica de Spartacus, le costaría bien caro. Desde el punto de vista táctico era la opción más lógica, pero siempre que el cerco fuera bien seguro, cosa que no ocurrió. Un flanco no estaba debidamente protegido y esa debilidad fue muy bien aprovechada por los esclavos. La cuestión era o aprovechar la oportunidad o morir de hambre y sed.

Los esclavos construyeron escalas con las que descolgarían hasta el valle. Ocultos en las sombras de la noche, con el máximo silencio, descendieron uno tras otro hasta el pie de la montaña. El último de ellos arrojó las armas y después descendió uniéndose a sus compañeros. Pero el pensamiento de Spartacus era que el asunto no se limitara a una fuga, eso sería algo deshonroso para él. Haría pagar al Pretor, del que al parecer era viejo conocido y con cuentas pendientes, lo que él y los suyos habían sufrido aunque muriera en el intento. Por lo tanto, su pequeño ejército rodeó el monte en un rápido movimiento. La pequeña fuerza dirigida por el tracio se aproximó con sigilo y cayó sobre el campamento de los romanos. A estos los pillaron durmiendo como benditos y desde la dirección que menos se esperaban. Se produjo una matanza terrible, el campamento fue saqueado y los supervivientes se dieron a la fuga. Espartaco mató con su propia mano el caballo de Glabro, pero este, protegido por sus centuriones pudo escapar como se dice por los pelos, en su caso por las plumas del casco.

Ahora, aparte de las armas que poseían, habían capturado material bélico de los romanos. Espadas, cascos, escudos, cotas de malla, etc., servirían para equipar perfectamente a los sublevados. Había que seguir, solo era el principio. La lucha por la libertad no había hecho más que comenzar.

Con las cohortes derrotadas, los hombres de Spartacus camparon a sus anchas por el sur de la península itálica. Spartacus, Crixo y Enomao comandaban sus respectivos grupos y ciudades como Cora, Nuceria y Nola fueron saqueadas y los esclavos liberados se unían a sus filas. Una de las bases de Roma era su economía esclavista y esta se les estaba viniendo abajo de una manera realmente preocupante. Algo había que hacer.

Esta vez el Senado no enviaría unas cohortes sino dos legiones mandadas por el experimentado Pretor Varinio. Obtuvieron el mismo resultado que su predecesor, una derrota total. Este también escapó de milagro y a pié, perdió hasta el caballo.

La rebelión de los esclavos era prácticamente total en el sur de la península. Los efectivos del ejército de Spartacus ascendían ya a setenta mil hombres. El tracio, que de tonto no tenía un pelo, sabía que tarde o temprano el poderoso ejército romano caería sobre ellos si la guerra se alargaba en demasía. El invierno serviría para adiestrar y preparar el ejército para acometer la salida de Roma hacia territorios no conquistados y buscar un lugar donde volver a sentirse hombres libres.

Roma no podía consentir tal humillación, había que tomar medidas drásticas. La derrota de Varinio fue muy dolorosa. Las legiones de los Cónsules Lucio Gelio Publícola y Cneo Cornelio Léntulo Clodiano fueron las elegidas. El objetivo era aniquilar a Spartacus y sus hombres. No habría excusas si se fallaba.
El galo Crixo junto un grupo de veinte mil hombres provocó una escisión en el ejército de Spartacus. La tensiones en el liderazgo y quizás el agrupamiento étnico de galos y germanos fue la posible causa de la ruptura. Crixo y los galos se habían negado a marchar bajo la dirección de Espartaco. Parece que Crixo quería quedarse en Italia, seducido por la perspectiva del saqueo. Espartaco quería continuar hacia el norte hasta la Galia. Esto representó un fuerte revés para las posibilidades de éxito de los sublevados pero no había tiempo para lamentaciones, había que seguir luchando.

La aventura en solitario de Crixo y sus seguidores duró bien poco, no pudieron hacer frente al furibundo ataque del ejército romano y fueron aniquilados por el Pretor Quinto Arrio, el ayudante del Cónsul Gelio, en las faldas del monte Gorgano, en Apulia. Los galos pagaron un precio terrible y veinte mil de ellos fueron asesinados.
Mientras tanto, Spartacus inflingió una serie de derrotas consecutivas a los Cónsules y su avance hacia el norte era ya imparable. Sus efectivos ya ascendían a ciento veinte mil hombres y su número aumentaba día a día. Algo que les dolió verdaderamente en el alma a los romanos fue el que con los prisioneros capturados se organizaron luchas de gladiadores para solaz de los sublevados. Como veis se estaba organizando una muy gorda.
Los obstáculos caían uno tras otro. En Roma el nerviosismo era realmente palpable. Eran ya tres años de derrotas constantes y nadie era capaz atajar el problema. El Gobernador de la Galia Cisalpina, el Procónsul Casio Longino, reunió todas sus fuerzas en un desesperado intento de detener a Spartacus, el resultado fue el mismo, una nueva derrota y vía libre para escapar a través de los Alpes. Pero he aquí que los sublevados cometieron un error que quizás cambió el rumbo de la historia tal y como la conocemos. Los sublevados, con el ánimo por las nubes por la serie de victorias y en contra de la opinión de su líder tracio, decidieron que regresaban al sur y su venganza se culminaría tomando la ciudad de las Siete Colinas, casi nada.

En Roma ya nadie se atrevía a tomar el mando para evitar la catástrofe, solo uno fue el que dio el paso adelante. Marco Licinio Craso, quizás la mayor fortuna de Roma se encargaría de frenar a los esclavos. Tras ser nombrado Pretor reunió dos legiones y añadió otras seis por el procedimiento de reclutamiento forzoso y voluntariado digamos que también forzoso. Una vez metidos en faena, Mummio, uno de los legados de Craso, en una alocada e innecesaria acción sufrió una dolorosa derrota. Muchos legionarios huyeron a causa del miedo que sentían de las fuerzas enemigas. Esta fue la gota que colmo el vaso de la paciencia del Pretor. Ni corto ni perezoso instauró un castigo brutal que no se utilizaba desde hacía muchas décadas, la “decimatio” o diezma. Si una cohorte o centuria no luchaba con el valor y arrojo suficiente, o sus órdenes no eran interpretadas y cumplidas tal y como ordenaba Craso, las consecuencias eran terribles. Por sorteo, uno de cada diez hombres de esa unidad moriría apaleado por sus propios compañeros. El cuerpo de los elegidos era golpeado hasta dejarlo hecho prácticamente un amasijo de carne y huesos triturados. Pues así fueron ejecutados más de cuatro mil hombres, que ya hay que ser bestias. El efecto consecuente fue, con toda la lógica del mundo, que lo legionarios temieran más a Craso que a Spartacus, como para no temerle.

Spartacus, que seguía con la intención de escapar, dirigió su ejercito al sur, a Reggio, en la punta de la bota de la península itálica. El plan era conseguir transporte para su ejército hacia Sicilia y de allí a la ansiada libertad. Para ello y con algún que otro intermediario llevándoselo calentito, llegaron a un acuerdo con piratas de Cilicia, ellos les llevarían a cambio de una cuantiosa cantidad. Pero dicha cantidad no fue lo suficientemente elevada. Los romanos se rascaron el bolsillo y sobornaron a los piratas por una cantidad superior. Así que Spartacus y los suyos se quedaron atrapados en un callejón sin salida. Un foso y una valla fortificada de decenas de kilómetros les mantenía acorralados. Pero como ya hicieron con Claudio Glabro y tras varios intentos que costaron la vida a más de doce mil hombres, consiguieron romper el cerco y escapar. Los esclavos volvían a Lucania. Esto era un ir y venir que tenía a los romanos con el corazón en un puño.
Roma tuvo que tirar de su último recurso. Cneo Pompeyo fue reclamado de Hispania, donde sofocaba la revuelta de Sartorio. El Pretor al mando de las legiones de Macedonia, Licinio Lúculo también fue llamado a acudir en la defensa de la República, la situación era límite. Entre los tres altos mandos sumaban la friolera de veinte legiones, más de ciento veinte mil hombres armados hasta los dientes.

En el bando de los esclavos las disensiones eran continuas y un grupo de treinta mil hombres decidió hacer la guerra por su cuenta comandados por dos germanos. Estos fueron masacrados por Craso en los alrededores de la ciudad de Crotona. Pero la alegría les duró bien poco a los romanos. Spartacus volvía por sus fueros y derrotaba las fuerzas de Quinto Tremelio Scrofa. Este hombre tenía la malísima costumbre de no dejarse matar por Roma y eso era imperdonable.

Spartacus, en su foro interno estaba ya cansado de batallar, ya solo quería huir de Roma y vivir en paz. El objetivo era llegar a Brindisi y desde allí cruzar el Adriático en dirección a Grecia o Iliria. El problema era que los altos mandos romanos supieron leer sus intenciones y Lúculo y sus legiones les esperaban como comité de bienvenida. Al otro lado les esperaba Craso. Su suerte puede que se estuviera acabando. La única opción que les iba quedando era el combate a campo abierto, algo que el tracio sabía que no les sería en absoluto propicio. Tomo incluso la desesperada decisión de enviar emisarios para negociar, pero como era de esperar los romanos jamás negociarían con esclavos. La suerte estaba echada, en los campos de Apulia se decidiría el futuro de Spartacus y los suyos. En un gesto esclarecedor de la clase de hombre que era, el tracio ordenó que le trajeran su caballo y delante de sus hombres lo sacrificó. Les demostró que el no huiría por muy mal que se pusieran las cosas. Si vencían tendrían caballos de sobra y si eran derrotados…. Se podían hacer una idea. Vencer o morir juntos en la batalla era su inexorable destino.Las legiones hicieron bien, esta vez si, su trabajo. Las fuerzas de Spartacus fueron aniquiladas y este, en último intento por dar la vuelta a la casi definitiva situación, se lanzó en solitario a por Craso en un ataque suicida. El historiador Plutarco lo narraba así: “… Y así, dirigiéndose directamente hacia el propio Craso por entre las armas y los heridos, acabó por pederlo de vista, matando no obstante a dos centuriones que le atacaron a la vez. Al final, cuando todos los hombres que había a su alrededor yacían muertos en el suelo, también él encontró su final” y el historiador Apio nos describe la escena de esta manera: "Espartaco fue herido en el muslo con un arpón y hundió su rodilla, manteniendo su escudo frente a él y protegiéndose así contra sus agresores hasta que él y la gran masa de los que estaban con él fueron rodeados y asesinados". (Apio. Las guerras civiles).

La sangre de sesenta mil esclavos, incluyendo la de Spartacus, y de mil romanos tiñó de rojo el suelo de los campos de Apulia. Algunos de los pocos esclavos que sobrevivieron, los menos, consiguieron huir y escapar del yugo romano. Otros se unieron a los piratas de Sicilia. El resto, unos cinco mil, retomaron el plan inicial de Spartacus de huir a través de los Alpes. Cneo Pompeyo se los encontró por pura casualidad en su regreso de Hispania a orillas del río Silarus en Lucania y los aniquiló sin piedad alguna. Esto le vino de maravilla para adjudicarse lo que se dice por la cara el mérito de las guerras serviles. Pompeyo fue honrado por un magnífico triunfo por su victoria contra Sartorio y la finalización de la sublevación de los esclavos, mientras que a Craso se le negaba el honor del triunfo que tan ardientemente deseaba. En su lugar, tuvo que aceptar un honor menor, recibió una ovación del Senado. De esta manera fue Pompeyo "el grande" quién fue recibido como un héroe en Roma, mientras que Craso no recibió ningún reconocimiento ni gloria por salvar a la República de Espartaco.

Más de seis mil esclavos capturados pasaron a formar parte de un bosque de crucificados que recorría la Vía Appia entre Roma y Capua. La rebelión de Spartacus había llegado a su fin. Craso nunca dio la orden de quitar los cadáveres, años después de la batalla final, todo aquel que viajaba por ese camino se encontraba con este macabro espectáculo. Craso, un grande de Roma, dijo lo siguiente de él: “ Cuando luchaba con sus propios brazos, era una furia, una cólera.."

La mujer de Spartacus, Varinia, y su hijo fueron capturados por Craso. Pero este, en un dignísimo gesto y en contra de lo que se pudiera esperar, les liberó y envió a la Galia Cisalpina con una suculenta cantidad de dinero. A pesar de todo Craso admiraba y respetaba a su adversario, el esclavo que puso a Roma contra las cuerdas y que con el paso del tiempo se convirtió en un símbolo de la lucha por la libertad.


El Octavo Pasajero