¿Quién diría no?

Ayer, hojeando un libro de acertijos que ya casi tenía olvidado en uno de los anaqueles de mis estanterías descubrí dos pequeñas perlas que me ayudarán a mostrar el tema que quisiera plantear ahora.
Empecemos.



¿Alguno de ustedes sabe cómo se adiestran las pulgas? No, no se me rían, va en serio.

Cuando aún están sin domesticar se las pone dentro de un frasco que se tapa cuidadosamente. Las pobres pulgas intentan escapar a base de grandes saltos, dándose de coscorrones con la tapa.

Supongo que muchos sabrán que la pulga puede saltar 350 veces la longitud de su cuerpo (1 metro aproximadamente)
Así que pasado un tiempo las pulgas siguen saltando pero se comportan como nosotros cuando nos agachamos para no darnos de cabeza con una viga en un desván. Al final lo que sucede es que la pulga memoriza la fuerza de su salto de tal forma que se graba a fuego en su minúsculo sistema nervioso que «¡ojo!, como saltes más te comes la tapa». Llegados a este punto, si uno retira la tapa del frasco las pulgas jamás, repito, jamás saltarán más allá de donde antes estuvo la tapa.
¿Porqué?
Porque han asumido que es imposible (y duele) y se conforman con saltar sin salirse del frasco aunque éste esté abierto. No se dan ni cuenta de que ya no hay tapa. Limitadas que son las pobres.

Este ejemplo de domesticación me sirve para aplicarlo también (son multitud los que lo aplican) a los seres humanos.
Tomemos a un ser humano, sobre todo si es niño, y en cuanto que podamos digámosle con fuerza “no puedes”, “no lo intentes”, “siempre te portas mal”, “así no llegarás a ningún sitio”, “eres tonto”, “me tienes hasta el gorro con tus meteduras de pata y tus errores”. Todos estas expresiones equivalen a golpes virtuales en su coco, en su afán por explorar, por querer hacer cosas o por ser un rebelde. Si los oye con fuerza y con frecuencia o delante de gente, esos educadores conseguirán en poco tiempo que el niño no se atreva a tomar la iniciativa o resolver algún problema, a explorar en su vida o a ser él mismo a su manera.
El miedo a tanto golpe, que cree le está esperando, le hará quedar inhibido, aplastado, bloqueado, frenado en sus intentos y con rabia contenida. Sencillamente quedará domesticado, impidiéndole el miedo ser creativo, resolutivo tomar iniciativas en todos los sentidos de su vida. Mucha gente circula por la calle con la cabeza aplastada por los golpes que sufrió su autoestima, aunque en su aspecto exterior parezcan muy normales. Su cabeza aplastada de tantos mazazos recibidos y su capacidad de decisión disminuida. Y es que cuando alguien se cree a pie juntillas que no vale o no puede, podemos afirmar que tiene la autoestima en los talones.

Segundo ejemplo:

¿Alguno de ustedes sabe cómo se consigue que un elefante no intente arrancar el árbol al que se le ata cuando se le amaestra? Pues de un modo similar al de las pulgas. Cuando el elefante es poco más que un bebé se le ata con una gruesa cadena a un árbol fuerte. El pobre animalillo intenta tirar para librarse pero no tiene aún fuerza suficiente para romper la cadena y menos aún para partir el tronco del árbol. En poco tiempo el pobre cachorro ya no intenta tirar. Él sabe que no puede liberarse y su cerebro asume que es imposible.



A partir de aquí bastará una simple cuerda atada a un árbol o a una simple y endeble estaca para que el elefante, ya adulto y con la fuerza descomunal propia de su especie, ni tan siquiera intente tirar de la cuerda a ver si puede liberarse. De pequeño aprendió que no se puede, que no hay nada que hacer, que es imposible, y de adulto ni se plantea volver a intentarlo. ¿Para qué hacerlo si todo elefante sabe que no se puede romper una cuerda y además duele si lo intentas? ¿Nunca han oído ustedes hablar de la memoria de elefante? Aquí tienen un ejemplo de que la memoria por sí sola sirve de poco.

Dejando a un margen el maltrato animal, contra el que me rebelaré toda mi vida, lo que quiero ilustrar es que nosotros sufrimos de las mismas autolimitaciones, más sutiles, pero igual de absurdas. Y aquí es donde entran en juego los dos acertijos que comentaba al principio. Vamos con el primero.

El acertijo de los 9 puntos

Aquí se trata de unir los nueve puntos con tan sólo tres líneas rectas y sin levantar el bolígrafo.
Sí, se puede, pero se debe pensar como un ser humano inteligente y creativo, no como una pulga ni como un elefante.
Lea bien la regla resaltada en negrita, ésa es la UNICA regla, repito, la UNICA. No añada reglas que no se especifican. No dé nada más por supuesto ni por entendido. Sólo existe esa regla.



Y ahora el segundo.

Este es un clásico. Para que surja el efecto adecuado debe proponerse de palabra y no por escrito, así que plantéeselo a algún amigo (que esté de buen humor, el que avisa…).

Dice así:

Pedro sale con el autobús de la línea 3.
En la primera parada suben 2 pasajeros.
En la segunda parada suben 3 y baja uno.
En la siguiente suben 15.
En la siguiente suben 3 y bajan 7.
En la siguiente suben 3 y bajan 2.
En la siguiente suben 13 y bajan 10.
En la siguiente suben 3 y bajan 5.
La pregunta es…..... ¿de quién es el autobús?

Vamos, vamos, ¿no me diga que ya estaba usted sumando y restando?

Si se lo plantea de palabra a algún amigo verá como enseguida empieza a sumar y restar pasajeros. Todos asumen que la pregunta será ésa. Incluso los ves sonreír mientras calculan como diciéndote «a mí no me vas a pillar tú». Dan por supuesto cosas, tal como lo hacen las pulgas en un frasco.
Pero lo mejor de todo viene después. Se creen que es una broma y no caen en que realmente es un acertijo.

Dígame, ¿sabe usted la respuesta? En el fondo es muy fácil, casi ridículo.



Aquí viene el tercer acertijo:



Un yate amarrado en el puerto deportivo tiene en la popa una de esas escalerillas que están en parte sumergidas.
Ahora mismo tiene tres peldaños sumergidos y dos fuera del agua.
Entre peldaño y peldaño hay 20 centímetros.
Si la marea baja 50 centímetros ¿cuántos peldaños habrá fuera del agua?


Le daré una pista: nunca, nunca, piense como una pulga o como el elefante.

Una conclusión válida a todo esto:
Seamos conscientes que vivimos creyendo que un montón de cosas "no podemos" simplemente porque alguna vez, cuando éramos niños, alguna vez probamos y no pudimos. Hicimos entonces, lo del elefante : grabamos en nuestro recuerdo: NO PUEDO....NO PUEDO Y NUNCA PODRE.
Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos o quizás otros nos lo impusieron y nunca más lo volvimos a intentar.

Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma : " NO PUEDO Y NUNCA PODRE ".

No debemos permitirnos ser víctimas de estos condicionamientos, ya sean impuestos por el medio o las circunstancias que nos rodean o nos formaron.