Los mongoles eran diestros jinetes nómadas que vivían del pastoreo, el comercio y la caza. Mientras que en otros pueblos solo un pequeño porcentaje de hombres estaba adiestrado y equipado para la guerra, prácticamente todo mongol con un caballo y un arco era un rudo y feroz soldado. Estaban agrupados en tribus, y cada tribu tenía un kan, o jefe, a quien rendían lealtad incondicional.
Tras veinte años de lucha, un jefe, Timuyin (c. 1162-1227), unificó a veintisiete tribus mongolas. Posteriormente se le unieron musulmanes de origen turco denominados tártaros. Cuando las arrolladoras fuerzas mongolas se dirigieron al oeste, los aterrados europeos llamaron tártaros a todos los invasores pensando que eran demonios salidos del “Tártaro” (2 Pedro 2:4). En 1206, con poco más de 40 años, Timuyin fue proclamado Gengis Kan, título que probablemente significa “Gran Soberano” o “Emperador todopoderoso”. También se le conoció como el Gran Kan.
Con sus expertos arqueros, el veloz ejército de caballería de Gengis Kan atacaba con furia desde múltiples frentes que abarcaban miles de kilómetros. Militarmente hablando, “estaba a la altura de Alejandro Magno o Napoleón I”, dice Encarta Encyclopedia. Un historiador contemporáneo, el persa Juzjani, dijo de él que “poseía gran energía, discernimiento, talento e inteligencia”; pero, además, lo tildó de “carnicero”.
Más allá de Mongolia
El norte de China estaba ocupado por el pueblo manchú, cuya dinastía se llamaba Jin, o “Dorada”. Para llegar a Manchuria, los mongoles cruzaron el imponente desierto de Gobi, algo que no supuso un gran obstáculo para estos nómadas, quienes podían sobrevivir con la leche y la sangre de sus caballos si era preciso. Pese a que Gengis Kan había extendido su imperio por China y Manchuria, siguió guerreando unos veinte años más. De sus enemigos vencidos reclutaba eruditos, artesanos y comerciantes, así como ingenieros capaces de construir máquinas de asedio, catapultas y bombas de pólvora.
En su avance hacia las tierras más occidentales y tras asegurarse el control de la ruta de la seda, Gengis Kan quiso entrar en relaciones comerciales con el vecino sultán turco Muhammad, quien gobernaba un vasto imperio que abarcaba los actuales territorios de Afganistán, Tayikistán, Turkmenistán, Uzbekistán y gran parte de Irán.
En 1218, Gengis envió una delegación de comerciantes al sultán. Pero al llegar a la frontera, el gobernador de la región los ejecutó, acción que provocó la primera invasión mongola de tierras musulmanas. Durante tres años, los mongoles, tan numerosos como las hormigas, saquearon e incendiaron sistemáticamente ciudades y campos y masacraron a los súbditos del sultán, dejando solo a los que podían serles útiles por sus habilidades.
Las hordas mongolas, con unos 20.000 jinetes, cruzaron Azerbaiyán y Georgia en dirección a las estepas del norte de Caucasia y derrotaron a todo ejército que les hizo frente, incluida una fuerza militar rusa de 80.000 unidades. En una expedición de 13.000 kilómetros (8.000 millas), considerada por algunos como una de las más grandes proezas a caballo de la historia, dieron la vuelta al mar Caspio. La sucesión de conquistas sentó un precedente para que los posteriores kanes mongoles invadieran Europa oriental.
Los sucesores de Gengis Kan
Ogoday, el tercero de los cuatro hijos de Gengis Kan y su esposa principal, fue elegido el siguiente gran kan. Reafirmó su control sobre los territorios conquistados, recibió tributo de los gobernantes vasallos y eliminó la última resistencia de la dinastía Jin en el norte de China.
Con el fin de mantener tanto su hegemonía como el lujoso estilo de vida al que se habían acostumbrado los mongoles, Ogoday se lanzó de nuevo al pillaje, pero esta vez de tierras que aún no habían invadido. Dirigió su maquinaria de guerra en dos direcciones: hacia Europa, al oeste, y hacia el sur de China, donde dominaba la dinastía Song. La primera campaña fue un éxito, mas no la segunda. A pesar de ganar algunas batallas, los mongoles no lograron conquistar el territorio principal de los Song.
Campaña occidental
Corría el año 1236, y un ejército de 150.000 jinetes cabalgaba en dirección oeste, hacia Europa. Primero atacaron las regiones adyacentes al río Volga. Luego les prometieron a los rusos no destruir sus ciudades si les entregaban el décimo de sus riquezas, pero como estos optaron por resistir, se lanzaron contra las ciudades estado rusas, como Kiev, la cual redujeron a cenizas. Los mongoles se valían de catapultas para arrojar contra el enemigo rocas, brea ardiente y salitre. En cuanto abrían brecha, entraban en los recintos amurallados y causaban tal mortandad que, según cierto historiador, “no quedaba ojo abierto que llorara a sus muertos”.
Las hordas mongolas saquearon Polonia y Hungría y llegaron casi hasta la frontera de la actual Alemania. Europa occidental se preparó para la invasión, pero esta nunca tuvo lugar. En diciembre de 1241, Ogoday Kan murió de una borrachera, según se dice, y sus generales se apresuraron a regresar a su capital, Karakorum, a 6.000 kilómetros (4.000 millas) de distancia, para elegir un nuevo emperador.
Guyuk, el hijo de Ogoday, lo sucedió. Uno de los testigos oculares de aquella coronación fue un fraile italiano que realizó un viaje de quince meses por territorio mongol para entregar una carta del papa Inocencio IV. Con ella, el Papa quería asegurarse de que no se volviera a invadir Europa y al mismo tiempo instaba a los mongoles a abrazar el cristianismo. Pero Guyuk no hizo ninguna promesa, sino que le pidió al Papa que se presentara ante él a rendirle pleitesía junto con una delegación de reyes