El Idioma Mas Antiguo Del Mundo



Cualquiera puede observar que el español, el italiano y el portugués se parecen mucho, y es lógico: tienen un origen común en el latín (junto al francés, el catalán, el rumano y otros). También son obvias las semejanzas entre el inglés, el alemán y el sueco. No fue tan simple, sin embargo, la observación de William Jones, un juez inglés residente en la India a fines del siglo XVII, que se entretenía estudiando sánscrito. Jones vio que muchas de las palabras de esta lengua clásica india se parecían sospechosamente a palabras latinas y griegas y lanzó la hipótesis, aventurada y luego confirmada, de que el sánscrito, el latín y el griego tenían un origen común. Desde la obra pionera de Jones, la lingüistica se ha enriquecido hasta el punto de que, hoy en día, está casi completo –pese a las lagunas y a las dudas- el árbol genealógico de los lenguajes que el hombre habló desde su historia más temprana.

Y es que, para desgracia de los racistas, toda la humanidad desciende de un grupo específico originario del este de Africa: del lenguaje que hablaron aquellos remotos antecesores hace cien mil años descienden todos los lenguajes humanos. Ese lenguaje originario ha sido llamado “protomundo”, y se han descubierto los grandes rasgos de su evolución hasta las múltiples lenguas que se hablan hoy en día a lo largo del planeta.
Parece un árbol que se ramifica. El protomundo se dividió en dos ramas: de la rama “khoisiana”, la más antigua, salieron algunos lenguajes hablados al sur de Africa. La otra rama, la “congosaharaui”, se bifurcó a su vez: por un lado dio origen a idiomas del centro y norafricanos, y por el otro a las tres protolenguas que habló mas tarde el resto de la humanidad: el “amerindio” (de donde derivan la mayoría de los lenguajes americanos), el “denecaucásico” (de él vienen, entre otros, el sinotibetano, raíz del chino, el vasco, el etrusco e incluso algunos lenguajes originarios de América del Norte, llevados a cuestas de migraciones a través del estrecho de Behring) y el “nostrático”.

Hace trece mil años, el “nostrático” empezó a fragmentarse en familias, lenguas y dialectos: el “afroasiático”, el “altaico” y el “indoeuropeo”, idiomas que se hablaron hace unos diez u ocho mil años. Hace nueve mil años, del “afroasiático” se generó el “semítico”, raíz del árabe y el hebreo. Del “altaico” dio origen al turco, el japonés, el coreano y otras lenguas de Oriente. El “indoeuropeo”, por su parte, se dividió en varias grandes lenguas: el “celta”, el “teutónico”, el “báltico”, el “eslavo”, el “iranio” (raíz del sánscrito), el “índico” y el “itálico” (de donde viene el latín y luego las lenguas romances como el español, el francés o el italiano). Del celta descienden idiomas como el galés y el irlandés. Del teutónico, el alemán, el inglés, el sueco, el islandés, el danés y otras lenguas nórdicas. Del eslavo, el ruso y el polaco.

Pero lo más interesante de todo es que un cuidadoso estudio de las reglas de transformación lingüística en los idiomas conocidos (por ejemplo, siguiendo con cuidado la manera con que las vocales y consonantes se transforman del pasar del latín al castellano, italiano y otras lenguas derivadas de aquel) permitió reconstruir partes de las protolenguas originarias; y así tenemos una colección de algunos centenares de palabras del indoeuropeo, por ejemplo. En los años sesenta las cosas fueron mucho mas allá: se reconstruyó en parte el “nostrático”, antecesor del indoeuropeo: “yo”, por ejemplo, en nostrático se decía “mi”, y “majra” significaba “hombre joven”. Palabras como “mari” (“marido”, en francés), “marido” en español y “marry” (casarse, en inglés) son rastros de aquel remoto término. La palabra nostrática “luba” (sediento) aún perdura en el “love” (amor) del inglés.

Esto no es todo; en los últimos cinco años se dio un paso más: la reconstrucción de alrededor de doscientas palabras del protomundo, el lenguaje original. Hace cien mil años, en aquel lejano idioma “lengua” se decía “tel”: el término inglés “tell”, decir, contar, es un tataranieto reconocible. “Yo” se decía “ngai”; “changa” significaba “naríz” y también “olor”.

¿Pero cual es el valor de estas reconstrucciones teóricas? La comparación con los datos que proporcionan la arqueología, la antropología y aun los análisis basados en el ADN las confirman. El derrotero de las migraciones, tal como lo pintan los restos arqueológicos, corresponde al árbol de lenguajes; el fechado de huesos y utensilios encaja con los tiempos necesarios para la transformación de las lenguas; las distancias genéticas, medidas por las diferencias entre el material hereditario de distintas poblaciones, coinciden entre raíces lingüísticas.