Liberalismo social y liberalismo conservador
El liberalismo social constituye un constante y prolongado esfuerzo por confirgurar un nuevo liberalismo que, a pesar de sus innegables diferencias internas, comparte un conjunto de ideas y supuestos nucleares en torno a la defensa de:
El individualismo social.
La revuelta contra la exclusividad de la libertad negativa y la apuesta por complementarla con la libertad positiva.
El establecimiento de ciertos límites a los derechos de la propiedad.
La promoción de igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades.
Una mayor y mejor redistribución de la riqueza a través de procedimientos de justicia social.
Un amplio grado de intervencionismo estatal y ciertos aspectos del Estado del bienestar.
La democracia representativa y la potenciación de la participación política de la ciudadanía.
Por su parte, el liberalismo conservador ha aportado otra revisión del programa liberal cuyo objetivo ha sido recuperar el individualismo posesivo y los principios básicos de la sociedad de mercado defendidos por buena parte del primer liberalismo. Un nuevo liberalismo clásico que se muestra claramente despreocupado por las desigualdades e injusticias sociales y unido por la defensa de:
El individualismo posesivo.
La propiedad privada como derecho cuasi absoluto y de amplio alcance.
La libertad entendida en sentido exclusivamente negativo.
La reducción de la igualdad ante la ley y, en contados casos, a la igualdad de oportunidades entendida como “carrera de abierta de los talentos”.
Rechazo de casi toda forma de redistribución de la riqueza y la renuncia a la justicia social.
Reducción al mínimo o, incluso, la desaparición de las tareas del Estado.
La democracia protectora y elitista.
El liberalismo conservador frente al liberalismo social
En el mismo tiempo en que el liberalismo social comienza a gestar su redefinición del liberalismo, también los “nuevos liberales clásicos” estaban haciendo lo propio. Y lo hiceron a partir de una valoración radicalmente crítica de la realidad sociopolítica que la que se vieron inmersos y que se puede recordar aquí. En la interpretación de los primerlos liberales conservadores, dicha realidad sociopolítica estaba determinada por la “sobrelegislación“, que constituía una enorme e injustificada proliferación de regulaciones que no hacía más que ampliar constantemente el alcance y los fines de la acción del Estado.
Estos nuevos liberales clásicos perciben como un terrible error la creciente intervención reguladora y asistencial y exigen el control del funcionamiento de la economía de mercado y el establecimiento de las condiciones propicias para el logro de la libertad positiva. Se había incurrido en la fatal arrogancia (como caracterizó F. von Hayek) de tener la osadía intelectual racionalista de creer que es posible planificar y controlar el desarrollo de la vida social y económica.
La primera y decisiva consecuencia de tan importante actividad estatal fue la de fomentar la pasividad de los individuos, anular su iniciativa, extender la idea de que el Estado es el responsable de poner remedios y convertir a los individuos en sujetos, que como adictos, dependen de sus ayudas. Ese modelo de actuación gubernamental acostumbra a los ciudadanos a pedir cada día más. En definitiva, ayuda al individuo a convencerse de que lo que en algún momento no fue más que compasión, caridad o benevolencia políticas se han convertido en derechos.
El liberalismo conservador intenta recuperar el individualismo radical que creyeron propio del liberalismo clásico y para el cual los individuos únicamente existen como “vidas separadas” cuyos derechos no sólo tienen un fundamento prepolítico o presocial. Derechos que, por lo demás, son tan amplios y de tan largo alcance que convierten en ilegítima toda actividad del Estado que vaya más allá de sus funciones protectoras.
Para el liberalismo conservador la propiedad privada es el primero y más importante de los derechos individuales. y el derecho a la propiedad privada constituye la más importante garantía de la libertad individual. Es más, para los ultraliberales, el más mínimo impuesto representa un robo y un atentado contra la propiedad privada. Esta perspectiva fundamenta una concepción de la sociedad que se considera como un orden espontáneo alentado por una suerte de darwinismo social que cobra realidad a través de la libre competencia entre individuos por la supervivencia y los recursos.
La libertad, entre tanto, consiste única y exclusivamente en la posibilidad de decidir y de actuar dentro de un ámbito en el que la coacción o interferencia externa queda reducida al mínimo. Un ámbito qiue, sin embargo, exige la existencia del Estado en tanto que sólo éste puede protegerlo y preservarlo.
La esencia característica de la propiedad… es la desigualdad (Burke) pero ese es un mal necesario (L. von Mises). El liberalismo conservador solventa la cuestión de la igualdad mediante el recurso a la mera igualdad ante la ley y, en todo caso, a la igualdad de oportunidades, entendiendo ésta como el igual reconocimiento de los méritos y capacidades de cada uno de los individuos. Esta concepción de la igualdad de oportunidades adquiere su verdadero sentido cuando se la interpreta como una lucha por los recursos y posiciones en la que “ningún obstáculo arbitrario debe impedir que las personas puedan lograr aquellas posiciones acordes con sus talentos y que sus valores les llevan a buscar” (M. Friedman y R. Friedman).
Está excluído, por tanto, cualquier tipo de procedimiento de justicia social o de redistribución de la riqueza a fin de asegurar a todos aquellas condiciones sociales relacionadas con el acceso a la eduación, la sanidad, la vivienda o el trabajo ya que de alguna manera esto sería un intento de corregir el resultado del mercado. Es más, conducirían al paternalismo y la omnipotencia estatales, asó como al intento por parte del gobierno de fijar fines y metas sociales que los individuos deben perseguir.
Cuando con el concepto de justicia social se alude a la obligación social de reducir o eliminar las desigualdades que genera el mercado, se olvida que en una sociedad de este tipo la distribución de los recursos y de la riqueza no es producto de un proceso deliberado sino, por el contrario, de aquella mano invisible de Smith, es decir, una multiplicidad de interacciones libres que desconocemos tanto en su origen e intenciones como en sus concretos efectos.
En relación al ámbito de actuación del Estado nos encontramos con cierta diversidad interna, a saber:
Los ultraliberales, que creen preciso vender el Estado en pequeñas piezas y devolver todas sus tareas y funciones al mercado, esto es, dejarlas en manos de la iniciativa pivada y avanzar de este modo hacia una sociedad sin Estado. (M. Rothbard, D. Friedman).
Otras posociones más templadas (como las de Nozick, H. Spencer o F. Bastiat), que opinan que las funciones del Estado deben ser mínimas y exclusivamente protectoras, esto es, limitarse a defender los derechos naturales del hombre como son la persona y la propiedad.
En la posición liberal conservadora más representativa (la de F. Hayek o J. Buchanan) creen que además de las funciones de protección, el Estado debe ser capaz de realizar otras “funciones de producción” absolutamente imprescindibles para el buen funcionamiento de una sociedad libre y para el desarrollo y crecimiento económicos.
¿Cómo tomar decisiones colectivas que se deben tomar si se debe tender a que cuantas menos mejor? El liberalismo conservador aboga por modelos representativos y protectores de democracia que cabe aglutinar en la denominación de “elitismo democrático“, que consiste en reducir la participación política de los ciudadanos, fomentar su pasividad y despolitización, exigirles deferencia y comprensión para con las élites o, finalmente, formentar que autolimiten su participación política a poco más que a la selección de los líderes que habrán de gobernarles.
Para el liberalismo conservador la democracia es un sistema de gobierno que se caracteriza por la existencia de una pluralidad de grupos de interés y presión que se han convertido en auténticos centros de poder que han suplantado a los ciudadano y trtan de determinar la toma de decisiones políticas buscando satisfacer sus propios intereses.
El liberalismo social frente al liberalismo clásico
El individualismo propio del liberalismo clásico buscaba ofrecer un amplio campo de actuación para la satisfacción de los deseos e intereses individuales como medio para que cada cual, a través de sus energías e iniciativa privada, encontrase el trabajo que mejor cuadrase con sus habilidades individuales y obtuviese la recompensa y posición que por capacidad y méritos le correspondiese. Dichas energías y esfuerzos de unos y otros se verían complementadas y todos ellos promoverían, sin proponérselo, la armonía social y el bienestar general, como quería Adam Smith.
A finales del siglo XIX era ya más que evidente que dicho individualismo estaba fundado en un conjunto de principios y supuestos metafísicos carentes de todo fundamento. También era notorio que había dejado de ser aplicable, si alguna vez lo fue, en las nuevas condiciones sociales y económicas. El “viejo individualismo” debía ser sustituido por un “nuevo individualismo”.
Ese nuevo individualismo propone a un ser social y autónomo, además de racional. Un ser cuya naturaleza podría ser capaz de alcanzar su realización personal únicamente bajo unas condiciones adecuadas. El nuevo liberalismo promueve un individualismo que es social en este doble sentido: la existencia de individualidad del sujeto está condicionada socialmente y su desarrollo depende de factores y condiciones sociales. En consecuencia emerge la idea de una sociedad según la cual ésta ya no constituye un mero agregado de individuos egoístas sino, por el contrario, una suerte de entidad colectiva conformada por individuos racionales y autónomos pero igualmente interdependientes, cooperadores y capaces de ayuda o asistencia mutua.
El nuevo liberalismo social percibe al Estado como una condición necesaria para el ejercicio de la libertad por parte de todos, y no sólo de algunos. La libertad no sólo hace referencia a la ausencia de coacción externa (“libertad negativa“), sino que alude también a la “libertad positiva“, a aquella “facultad o capacidad positiva de hacer o disfrutar” (T. H. Green). La libertad sólo debía ser restringida en aquellos casos en que pusiera en peligro el desarrollo físico, intelectual o moral de otros o del bienestar social.
Respecto a las enormes desigualdades existentes en la sociedad, el liberalismo social sostiene que son en buena medida producto de las diferentes circunstancias sociales y personales de los individuos, así como del modo en que son tratadas por las instituciones sociales. Alcanzar la igualdad de oportunidades es la vía para asegurar a los individuos, y en especial a los miembros de los sectores sociales peor situados, una libertad más efectiva y un acercamiento a la igualdad. Para ello se deben plantear un plan de reformas sociales que estableciese diversas políticas públicas relacionadas con la salud, el trabajo, la educación, la vivienda o el transporte.
Esta igualdad de oportunidades exige una importante amplicación del alcance, fines y funciones del Estado y éste debe concebirse más bien como un Estado social, un Estado interventor y asistencial que debía, además de atender a la regulación del proceso económico capitalista, alcanzar el pleno empleo y poner fin a la probreza, las enfermedades y las carencias educativas. Así, lejos del viejo liberalismo del laissez faire, el liberalismo social concibe ahora al Estado como un instrumento para la organización y dirección de la propia economía capitalista, así como para la consecución de la igualdad de oportunidades y ciertas formas de justicia social.
Por último, otro aspecto importante a reflejar del nuevo liberalismo social es la necesidad de extender los derechos políticos hasta el establecimiento del sufragio universal, reconociendo los derechos políticos de la mujer. Defendían una democracia representativa en una ciudadanía activa y participativa, en la conformación de la voluntad colectiva a través de la discusión pública o, en fin, en la existencia de organismos intermedios que vincularan al individuo con la colectividad.
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