El adolescente, rebelde sin causa

El adolescente, rebelde sin causa

El adolescente, rebelde sin causa

Si hay un estereotipo sobre adolescencia incluso podríamos decir, excesivamente, es aquel que muestra a los adolescentes como “rebeldes sin causa”; estereotipo que se nutre de las certezas ideológicas que derivan de los prejuicios que muestran a los adolescentes como careciendo de una capacidad crítica, incapacitados para sostener una causa que les resulte propia y por las que estén dispuesto a involucrarse; prejuicios que son tributarios de aquel otro prejuicio que sostiene que “los adolescentes no saben lo que quieren” pero también de la certeza instalada en la cultura de que “los adolescentes son los hombres del futuro” y por tanto, “no-hombres” en la actualidad, en el sentido que se le confiere, en este contexto, a la palabra hombre, esto es, a la posición activa respecto de generar y desarrollar una capacidad crítica, volitiva, y por decirlo con todas las letras, una verdadera capacidad política en el riguroso sentido de la palabra.

Si entendemos este entramado de “certezas” y “prejuicios” en los que se sostiene el estereotipo de adolescente como un “rebelde sin causas” podemos comprender también cual es la función de esta construcción imaginaria, vigorizada por cientos de miles guiones de un cine muy nefasto, de programas de TV de baja catadura, pero también, por el runrun de los dichos por nadie, repetidos por todos.

Sería interesante, que en la cultura pudiéramos ponernos a reflexionar con total honestidad, a qué le llamamos “rebelde sin causa” y por qué existe una suerte de necesidad imperiosa de signar al adolescente con este rótulo-condena.

¿Qué es un “rebelde sin causa”?

La pregunta exige hablar con honestidad y más allá de toda consciencia pacata: un rebelde sin causa –mal que le pese a James Dean– no es otra cosa que un imberbe.

Argumentos sobre el porqué prejuzgar a un adolescente como “rebelde sin causa”

No hay manera de enmascarar esta definición por más que se quiera hacerlo desde discursos suaves y falsamente comprensivos en los que se sostiene que el adolescente es un “rebelde sin causas” porque en esta época “uno adhiere a cuanta causa ande por ahí” puesto que se vive por la pasión y no por la razón.

Otros de los argumentos, en los cuales recae también en más de un sentido, la ciencia, nos muestra a los adolescentes como “rebeldes sin causa” dado que está atravesando una época de “revuelta afectiva” propia de su incipiente constitución psico-bio-sexual.

Ahora bien, estos pobres argumentos expuestos para explicar por qué se le llama al “adolescente” como “rebelde sin causa” enmascaran elementos que justifican de la necesidad de la construcción de este estereotipo y sobre todo, encubren la incidencia de este estereotipo en la salud psíquica de los adolescentes y una poderos



¿Qué del adolescente
molesta al adulto y a la cultura?


causa

Si hay una fibra sensible en la historia de las relaciones sociales es la relación tirante y ambivalente entre el adolescente y los adultos, relación que tiende a polarizarse constituyendo un antagonismo más o menos velado, que es la simiente de todo un conjunto de juicios con los que los adultos estigmatizan a los adolescente y viceversa.

Este fenómeno no puede ser un fenómeno casual ni tampoco un fenómeno natural por más que así se nos quiera mostrar. No puede ser un fenómeno natural puesto que, en la vida de las sociedades pasa lo mismo que en la vida individual: todo fenómeno natural –por más que aparezca como intolerable– se termina asimilando de una forma más o menos lograda, insumiendo más o menos esfuerzo y gasto psíquico.

En el caso de la relación adulto-adolescente vemos que este antagonismo se expresa siempre con un mismo nivel de intensidad tal como si no sufriera ningún “desgaste” afectivo al expresarse una vez, tras otra. Basta con que un determinado sector más o menos mayoritario esté más o menos angustiado para que exprese su fastidio para con los adolescentes, sindicándolos, como el origen de todos los problemas o al menos, como partícipes activos del mismo.

Así, los adolescentes se presentan –desde el juicio adulto– como si fuesen una suerte de predadores de todos los logros de los adultos, unos sujetos crueles que no se detienen a considerar, en su acto devastador, el esfuerzo mancomunado de los adultos para conquistar aquello que los adolescentes consumen, literalmente, arrogándose, sin ningún tipo de ética o moral, el derecho a no reconocer a aquellos proveedores de su realidad y sobre todo y muy especialmente, el derecho a juzgar caprichosamente a los artífices de la realidad en la que viven, cuestionando y poniendo en evidencia todo los errores, ambages y faltas tanto de la cultura construida como de las personas adultas.

Dicho de otra manera: el adulto padece de una insoportable e imperiosa necesidad de quejarse del adolescente, de sus desplantes, de su falta de interés sobre el esfuerzo invertido por los adultos.

Es decir, hay algo compulsivo que hace que el adulto, que se expresa particularmente en condición de impotencia y angustia bajo la forma de una queja interminable respecto del adolescente; ese componente compulsivo es claro y evidente cuando consideramos lo absurdamente irracional del reclamo generalizado:

en efecto, se dice que el adolescente carece de un discurso propio y que es incapaz por manifestar interés por cosa alguna de forma decidida y consistente; a un mismo tiempo -a este ser inacabado, inexpresivo, e incapaz de manifestar interés- se le demanda que actúe tal como si fuese un ser íntegro, dueño de sus expresiones y capaz de sostener un interés genuino; se lo condena por no actuar de esta manera y se le tiene a menos por no tener esas capacidades.

Más irracional que estos argumentos incluso, es la pasión invertida en sostenerlos como válidos y la ingenua predisposición a utilizar un mismo acontecimiento para mostrar que el adolescente no se interesa por nada, que solo tiene interés en sus propios deseos y que no tiene deseo alguno.

Es como aquel chiste que relata Freud en uno de sus libros en el que un amigo devuelve una vasija rota a otro, y antes de que pudiera reclamarle el primero le dice:

Yo no la rompí
la vasija ya estaba rota
yo no te conozco.





La identificación con el agresor temido
o ¿a dónde va a parar la “adolescencia” del adulto?


rebelde

La pregunta no deja de ser ingenua; de hecho, tampoco por ser ingenua deja de ser valiosa: ¿a dónde va a parar la “adolescencia” del adulto?

El tránsito por ese peculiar período más bien funcional que cronológico (la edad no pasa por el documento de identidad) a pesar de todo, no deja de ser efímero. Si el adolescente de hoy, reconoce que sufre, de manera más o menos intensa, por el solo hecho de ser adolescente todo un conjunto de acciones que podríamos llamar sin eufemismos “extralimitaciones de la cultura”, sería lógico pensar que ese adolescente, tras convertirse en adulto, haría todo lo posible para solidarizarse con los adolescentes, allanándoles el camino en la medida de lo posible, y defendiéndolo eventualmente, del maltrato que él mismo hubo de sufrir... sin embargo, esto no se da con excesiva frecuencia. Por el contrario, al adolescente de ayer, lo vemos hoy, devenido en adulto y protestando contra los adolescentes, empuñando los mismos prejuicios y ejerciendo el mismo trato arbitrario que hubo de padecer de forma más o menos pasiva.

Algo tiene que haber obrado en la vida de un sujeto para que se produzca en éste un viraje tan considerable, de manera tal que pueda cortar una natural empatía casi de cuajo con aquellos que son tratados como éste fue tratado.

La identificación con el agresor temido.

La cultura en general, se mueve aún, con mecanismos que -al ponerse al descubierto- resultan aborrecibles para muchos actores sociales, pero que, mientras logran funcionar en las penumbras, son legitimados día tras día, en la vida cotidiana.

Uno de esos mecanismos nefastos, consiste en fomentar como manera de consolidar y preservar un status quo cultural, (una identidad de pertenencia, por ejemplo), a través de lo que Anna Freud llamaba la “identificación con el agresor temido”.

La identificación con el agresor temido es un mecanismo que consiste simplemente en lo siguiente:

un sujeto sometido de forma continua a una posición pasiva, (desestimado en su capacidad de acción, su discurso, su historia, etc.), acobardado y llegando al límites de sus fuerzas, se entrega al único recurso defensivo posible (no ya contra la agresión misma sino contra el temor a la agresión previsible y esperable por la reiteración del acto agresivo): identificarse con la persona del agresor temido; lo cual le permite al menos pasar de la posición pasiva a la posición activa, tal como si dijera: ya no temo lo que puedas hacer de mí, puesto que yo soy como tú y por tanto, lo haré con otros.


La identificación con el agresor temido y la cultura



En el artículo precedente de nuestra revista Ayúdame Freud hablamos de un concepto de Anna Freud “la identificación con el agresor temido” en el marco de nuestras reflexiones sobre los prejuicios que caen sobre el adolescente y nos preguntamos qué sucede con ese adolescente al crecer y convertirse en adulto... es decir, porqué él mismo recae en hacer a los “adolescentes” aquello que hubo de padecer y contra lo que se hubo de rebelar imaginaria o realmente.

Llegamos así a la siguiente idea:

el adolescente en el transcurso del período entre “crecer y convertirse en adulto” va consolidando una tal identificación con el agresor temido (los adultos) y por este intermedio adquiere sus rasgos, entre estos, la actitud contra los adolescentes; superando por medio de este mecanismo la posición pasiva (de quien padece un maltrato más o menos intenso) y alcanzando una posición activa (haciendo padecer a un otro).

Es decir, mediante este mecanismo de la identificación con el agresor temido, el adolescente devenido en adulto, se identifica y adquiere los rasgos de un adulto no cualquiera (estereotipo del adulto agresor) rasgos que se integran en su carácter, suprimiendo por yuxtaposición, los rasgos propios (que lo llevarían a desarrollar empatía con aquellos que padecen lo que este ha padecido).
¿De qué manera?
Tratemos de describirlo.

1. Una persona, en este caso un adolescente, genera lazos de empatía con aquellos que viven una situación más o menos análoga, por ejemplo, un padecer similar (otros adolescentes pero también, con otros actores sociales igualmente discriminados: excéntricos, marginales, etc.).

2. Al sufrir un maltrato continuo (de diversa índole) esa persona se rebela de una forma u otra contra el maltrato pero al estar en condición de impotencia (no reconocimiento de su capacidad de ser un actor social en el presente con su propio discurso, historia, etc.) no logra imponerse o superar ese maltrato por parte de un agresor.

3. El temor aparece primeramente en referencia a la persona del agresor pero luego se propaga a la posición activa en general en contraste con la pasividad que hace a su posición.
4. Se instala en el adolescente una certeza: la posición activa es la del agresor y la posición pasiva es la del agredido.

5. Por temor a que se perpetúe lo intolerable de la posición pasiva se identifica con la posición activa, para lo cual, el adolescente debe suprimir todo aquello que lo vincula con lo pasivo, sus rasgos de carácter, sus maneras de pensar y concebir el mundo y junto a esto, su empatía frente a otros en posición pasiva. Así se sustituye una identificación con aquellos que padecen lo mismo (identificación leída –mediante el filtro de la certeza ya instalada; padecimiento = posición pasiva=debilidad e impotencia– como posición pasiva) por una identificación con la posición activa.

6. Pero, al identificarse con la posición activa (leída esta desde la certeza que equipara la actividad a la agresión y la pasividad al padecimiento y la impotencia) adquiere la máscara del agresor.

Si nos detenemos a reflexionar sobre estos puntos en los que hemos descripto “la identificación con el agresor temido” veremos que, más allá del caso de los adolescentes, se trata de un mecanismo que se aplica a diversos sectores de la cultura.

De pronto nos podemos explicar el porqué de los adiestramientos del tipo castrense en el que el maltrato recibido se orienta a otros en similar posición ni bien uno asciende un escalón en la escala de escalafones; pero también podemos explicarnos ciertos fenómenos de la educación tanto escolar como paternal así como otros fenómenos que en apariencia son muy diversos tales como la discriminación prejuiciosa entre dos de la misma clase, contexto y cultura, por ejemplo.

6 comentarios - El adolescente, rebelde sin causa

@gran_inkicillof -13
adolescente= ateo

adolescente= anti-k

nomas para hacerse ver les gusta tomar esos bandos aca en taringa como para aparentar ser inteligentes
@RaptorQ -5
Los anti-Messi.
@matorp +1
te los ganaste porque nadie comento jajjajaja soy un forever alon
@paranovatos
gran_inkicillof dijo:adolescente= ateo

adolescente= anti-k

nomas para hacerse ver les gusta tomar esos bandos aca en taringa como para aparentar ser inteligentes

Yo ni soy ateo ni soy anti k parece que estos giles toman como boludos a la mayoría de los adolecentes pero algunos somo mas vivos que pelotudos como vos +10