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(Filosofía) El epicureísmo moral

(Filosofía) El epicureísmo moral


El Epicureísmo

Después de la muerte de Alejandro Magno, su imperio se desmembró. A la crisis política de la época helenística siguió una profunda crisi económica.

A nivel cultural esto se tradujo por un mayor interés por los temas relacionados con el espíritu.

Eso significa en filosofía un retorno a los orígenes: un nuevo acercamiento a las religio-nes orientales:

EPICURO DE SAMOS (341-270 a.d.C.)

La filosofía y su objeto

El objeto de la filosofía, según Epicuro, es la búsqueda de la FELICIDAD, y ésta se ve siempre relacionada con la ‘libertad’. Para ello se postulan una serie de conocimientos liberadores (o CUADRIFÁRMACO):

Ningún temor a los dioses
Ningún temor a la muerte
Es fácil lograr y procurarse el límite de los bienes
El límite de los males tiene breve duración.
Autonomía del sabio.

La ‘canónica’ (criterios de verdad)

Una vez asumidos esos conocimientos liberadores, se puede empezar la investigación filosófica, excluyendo, por supuesto, todo lo sobrenatural. Quedan, pues, tres criterios:

Las sensaciones, fuente de conocimiento
Las prenociones (PROLEPSIS)
Los afectos (opiniones, previsiones, etc.)



Función liberadora y partes de la filosofía

Para Epicuro la filosofía tiene una misión de liberación del espíritu humano de las turbaciones que lo agitan.

"Debes servir a la filosofía sólo para alcanzar la verdadera libertad" o sea aquella serenidad en la cual el espíritu tiene conciencia que el dominio sobre sí le pertenece todo a él: "Lo esencial para nuestra felicidad es nuestra condición íntima, de la cual somos dueños nosotros"(frg. 109). Cuatro errores, sobre todo, lo impiden, en contra de los cuales la filosofía ofrece el cuadrifármaco, y todos son sujeción de la vida interior a males y bienes que nos dominan mientras creemos en la realidad de sus causas, y en cambio resultan inexistentes o dominables por nosotros en cuanto reconocemos que tienen su origen de nuestras falsas opiniones: temor a los dioses, miedo a la muerte, ansia de placeres, pesar por los dolores.

De manera que la conquista de la autonomía espiritual, que es el fin de la filosofía, reclaman que sean disipadas las falsas opiniones, y que para ello sea conquistado un conocimiento verdadero y seguro de la realidad universal y de nuestra posición en ella. Es decir, es necesario una ciencia adecuada de la naturaleza, que aleje el temor de lo sobrenatural, cuya sombra, ensombrece nuestra vida, y nos muestre las verdaderas condiciones de ésta; pero para confiarnos a semejante ciencia, nos es menester demostrar su validez. Y de esta manera, aparece como premisa necesaria de la ética, la física, y de ésta, la teoría del conocimiento (canónica): la primera es el fin, las otras dos son los medios necesarios.

Teoría del conocimiento (canónica)

La canónica epicúrea (teoría del canon del conocimiento) establece la experiencia sensible como fuente única de todo saber, y su evidencia corno criterio de verdad. Todas las nociones provienen de la experiencia y de las huellas que ella deja en la memoria: también los conceptos, que empleamos como prenociones o anticipaciones a toda nueva producción de sensaciones, para encuadrarlas y clasificarlas, no son sino memoria y registro de experiencias anticipadas.

Es cierto, como decía Platón, que sin prenociones no podríamos proponernos problemas e investigaciones, pero las prenociones no son innatas, sino más bien adquiridas con la experiencia. Y por eso, sólo de acuerdo con la experiencia es válido su empleo en los juicios y en todas las previsiones, hipótesis e inferencias nuestras, todas subordinadas a la espera de la verificación experimental, que nos de la confirmación o el desmentido. De esa manera, la sensación con su evidencia es fuente, guía y control de todos nuestros razonamientos.

El error puede hallarse sólo en el juicio, no en la sensación, irrefutable en sí misma. El fenómeno es inopugnable, porque es experimentado, en él está la base, en él la verificación de nuestras inferencias. Y éstas son de dos especies: pasaje a la previsión de otros fenómenos, de los cuales se espera, por lo tanto, la verificación experimental, y pasaje a la determinación de la causa oculta, sustraída a la percepción y a la experiencia directa. En este segundo caso, los fenómenos, adoptados como prueba, son únicamente signos de una realidad invisible; y la prueba se halla en que, aquellos fenómenos, innegables por haberlos recibido ya en la experiencia, se convertirían en inconcebibles (o sea que resultarían negados) si no se admitiese esa explicación determinada. Por eso la verdadera naturaleza de esta prueba no es experimenta¡, sino lógica: o sea, es el principio de contradicción. Por ello dice Epicuro: es cierto tanto lo que vernos con los ojos, como lo que aprehendernos necesariamente con la razón.

Pasajes de este género - de los fenómenos (signos) a la realidad invisible que lógicamente debemos suponer detrás de ellos - son las teorías esenciales de la física (átomos, vacío, movimientos atómicos) y la misma teoría de la sensación que Epicuro toma de Demócrito. Las sensaciones (colores, sonidos, olores, etc.) son signos de formas, combinaciones y, variados movimientos de los elementos de los cuales constan los cuerpos (átomos), y corresponden a ellos en cuanto de los objetos se irradian continuamente en el espacio - y vienen así a herir nuestros sentidos -pequeñas imágenes (eidola), que reproducen formas y caracteres de ellos.

amor


Las explicaciones naturalistas: ciertas y probables.

En estas teorías recordadas, como en todas las de Epicuro, domina una preocupación constante: dar explicaciones naturalistas de los fenómenos, que excluyan del mundo natural y humano cualquier intervención sobrenatural. Contra tal intervención él aduce también la prueba negativa del principio de contradicción: ya que son inconciliables la eterna bienaventuranza divina con la preocupación de las cosas del mundo, y la perfección divina con la impotencia o mala voluntad de la cual la acusaría la existencia del mal.

Pero a estas razones negativas, la física añade la confirmación positiva de las explicaciones sugeridas y confirmadas por los hechos, las cuales son de dos tipos: las ciertas, o sea lógicamente necesarias (concepciones de la universal naturaleza invisible, recordadas más arriba), y las simplemente probables (explicaciones de los fenómenos particulares, por ejemplo de los meteorológicos, derivadas por analogía de otras experiencias fenoménicas). Por eso estas últimas admiten múltiples posibilidades diversas, y Epicuro insiste sobre la obligación, para un naturalismo coherente, de admitir la variedad de las posibilidades, que disipa también el angustioso mito de una Fatalidad ineluctable; pero cuando se trata de la concepción universal de lo invisible, que debe responder a una necesidad racional, no hay lugar sino para una sola concepción, como es el caso de la teoría atómica.

Filosofía


El atomismo

Así, todas las explicaciones naturalistas particulares para Epicuro tienen que estar encuadradas y fundadas en la forma de naturalismo que a él le parece más coherente, que es el atomismo mecanicista de Demócrito, que excluye toda finalidad y acción divina. Epicuro lo considera sugerido y constantemente confirmado por la experiencia misma, a pesar de que la sensación no nos puede dar directamente ni los átomos ni el vacío. Pero la sensación nos testimonia la realidad de los cuerpos y de su movimiento (que implica el vacío para verificarse), de su permeabilidad al calor, al frío, a los sonidos, a la humedad, etc. (que implica un vacío interno); de su divisibilidad, que por otra parte no puede proseguir al infinito sin disolver su solidez. Existen entonces los átomos y existe el vacío; y ésta es la realidad esencial de las cosas.

Infinitos de número, y distintos únicamente por forma, magnitud y peso, los átomos son arrastrados ab eterno por su peso a una caída o lluvia en el espacio infinito, la cual únicamente por choques puede transformarse en movimiento torbellinoso, del cual nacen las combinaciones atómicas y se forman los mundos.

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Mecanicismo y finalismo

Ahora, para la posibilidad de semejantes choques, es necesario admitir en los átomos (que caen en el vacío todos con igual velocidad) una facultad de desviación (clinamen) de la caída vertical: espontaneidad intrínseca al átomo, que ciertamente rompe el mecanicismo de toda la concepción naturalista, pero que responde a una triple necesidad: explicar el origen de Ios mundos; destruir la oprimente visión de una ineluctable fatalidad al substituirla por la contingencia; en fin, hacer posible en el alma (también ella, como el resto del organismo, agregado temporal de átomos) la espontaneidad y, en el hombre, la libertad de la voluntad y la autonomía a la cual aspira el sabio.

La finalidad vuelve a entrar de esta manera en el sistema: vuelve a entrar en la ética como en su dominio propio, pero está preparada ya en la física que debe dar las premisas a la ética. Sin embargo, en la física, esta teoría, que es preludio a la finalidad, sirve para reducir todo a causas naturales y para dar después al mecanicismo la posibilidad de dominar incontrastablemente en la explicación de todo: formación y disolución de los mundos (infinitos en el espacio infinito), formación y disolución del orden de las cosas en ellos y de las mismas especies vivientes, resultantes de la infinitud de los choques y encuentros casuales por la supervivencia de los organismos adaptados en medio de las innumerables disoluciones de aquellos no vitales.

También aquí, como ya se ha señalado, la construcción sobrepasa evidentemente el criterio de verdad dado por la sensación y por la espera de la verificación experimental; pero responde a la exigencia de Epicuro de aceptar la mis simple y naturalista de las concepciones posibles, eliminando todo recurso arbitrario o factores ajenos a la naturaleza.


Placer

Los dioses y la muerte

El naturalismo debe liberarnos del temor de los dioses y del miedo de la muerte.

Los Dioses existen (y lo prueban las visiones que los hombres tienen), pero en su divinidad no pueden ser mezclados a las tumultuosas vicisitudes de los mundos y de los hombres: viven en una perfecta serenidad en los espacios que separan a los mundos entre ellos (intermundos), nutridos por el infinito aflujo de átomos que equilibra constantemente el infinito eflujo. A la perfección de los Dioses, que realiza el supremo ideal del sabio, debe ser dirigido un culto desinteresado de admiración, no el culto servil de la imploración y de los conjuros, constituido por el interés y el temor.

Y en cuanto a la muerte, que es disolución de la combinación corpórea a la que pertenece la sensibilidad, ella no existe para nosotros mientras nosotros vivimos, como no existimos nosotros para ella cuando ella sobreviene, porque ya no existe más sensibilidad o capacidad de sufrimiento. Y de esta manera queda eliminado también todo temor a la ultratumba.


(Filosofía) El epicureísmo moral

Placer, dolor, necesidades

Aún quedan por domar, por lo tanto, los otros dos enemigos de la serenidad humana: el ansia de los placeres, el pesar por los dolores. Placeres y dolores, son ciertamente, el primer criterio de valoración del bien y del mal, pero al concepto cirenaico del placer en movimiento debe substituirlo el del placer en reposo y estable, que es la ausencia de turbación (ataraxia) y de dolor (aponía). Y ésta puede pertenecer al dominio del hombre, en la medida en que él se transforma en capaz de renunciar a un placer si debe ser fuente de aflicción y de aceptar un dolor que sea portador de bien. Hay que hacer siempre un cálculo utilitario, pero se lo debe aplicar especialmente a los deseos y a las necesidades distinguiendo los naturales y necesarios, que son fáciles de satisfacer, de los otros, de los cuales al sabio le es fácil disipar el impulso.

La naturaleza, que no desea sino alejamiento del dolor y serenidad, enseña al sabio a moderar los deseos y bastarse a sí mismo: menos necesidades, menos afanes y más alegría en el goce de los placeres fácilmente alcanzables y en la contemplación mental de los bienes ya gozados, que, impresos en la memoria, constituyen una posesión no sujeta ya a pérdida.

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El placer espiritual

El placer espiritual, siempre a nuestra disposición, puede así cubrir y compensar cualquier sufrimiento físico, y sobre todo cuando es más puro y nace de la contemplación de la verdad, que nos hace penetrar a nosotros, mortales, en el seno de lo infinito y de lo eterno. Por eso el anciano puede ser más feliz y envidiable que el joven, y el sabio sabe y quiere más conceder con liberalidad que recibir: lo que implica el concepto - que más tarde los místicos hicieron explícito - que el bien espiritual concedido no se pierde, sino que se acrecienta por la satisfacción del goce común.

Filosofía

La virtud

La prudencia, madre de la felicidad, es, de esta manera, la madre de la virtud también: de una virtud que es capaz de ampliar el horizonte del individuo, comprendiendo también a los otros hombres en el círculo de su fin.

No solo por lo que se refiere a las relaciones de justicia, nacidas del contrato social para la recíproca utilidad de los hombres, necesitados de la sociedad y de la paz para la protección y el perfeccionamiento de su vida; sino más aún por las relaciones de amistad, nacidas también ellas de la conveniencia mutua, pero que se transforman en sincera simpatía y en capacidad de altruismo y de sacrificio: la amistad es la cosa más grande que la sabiduría ofrece a la felicidad de la vida.

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Del individualismo al universalismo

Ciertamente que con esto se permanece en el ámbito de las relaciones individuales, excluyendo Epicuro todo interés activo en la vida del Estado, y predicando el sabio la vida apartada como condición de serenidad. Pero el vínculo que une al hombre con el hombre está afirmado, además que en la amistad desinteresada y dispuesta al sacrificio, también en la concepción del espectador y juez interno, que cada uno debe formarse sobre el modelo de alguna persona que más estime, para vivir corno si él lo observase y obrar como si nos viese.

La conciencia moral, que ya había señalado Demócrito como el juez inflexible que el hombre, aun cuando está solo, debe tener siempre en él, con Epicuro se transforma así en presencia continua y vigilante del otro en el yo: de otro, que es un modelo que el mismo yo se crea a si mismo, pero que justamente por ello expresa la exigencia interior de una referencia continua a los otros hombres y de una norma superior a la propia individualidad. Por eso la ética epicúrea (tan a menudo mal comprendida) tiende a elevarse desde el individualismo hacia el universalismo.

Mondolfo, R., El pensamiento antiguo. T. II. Desde Aristóteles hasta los neoplatónicos.

La importancia de este concepto de la infinitud del universo y del infinito número de los mundos por el cual el atomismo se opone al concepto aceptado por Platón y por Aristóteles (y después por el pensamiento medieval) de la limitación del mundo, ya fue destacada a propósito de Demócrito.

Esto excluye que, aún en la hipótesis de una segura impunidad, el sabio pueda cometer injusticia, que sería turbación de su conciencia, o sea infelicidad.

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