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Para los adultos jóvenes de hoy: Kepler y Cusa I

6 de febrero de 2007.



El descubrimiento de Kepler del principio físico universal de la gravitación nos da hoy la representación pedagógica necesaria del significado, no sólo de la expresión “principio físico universal”, sino que refuta el absurdo de todos esos supuestos físico-matemáticos y afines como los de los dogmas económicos ahora en boga, fundados en lo que se representa, y con razón, como una perspectiva euclidiana. He aquí la continuación esencial del crimen de Wenck y compañía en contra del hombre, la ciencia y el Creador.


Prólogo: Para aquellos de nosotros que queremos entender estas cosas como se debe, la inmortalidad de la personalidad humana individual soberana es, en primera aproximación, formalmente distinta al cuerpo mortal que moran las facultades creativas de la mente humana.1 Esto lo demuestra la función cognoscitiva humana, de la que carecen todas las especies vivientes conocidas aparte del hombre, pero que le es peculiar a la individualidad que expresa la biología de la persona humana. Esto se manifiesta en esos actos mentales creativos inmortales que, en efecto, son contrarios a las opiniones que expresan los británicos T.H. Huxley y Federico Engels, actos que distinguen el aumento deliberado de la densidad relativa potencial de población de la especie humana de modo absoluto, de las características de las especies de los simios superiores.
Sin embargo, el cuerpo humano mortal es, sin duda, específicamente apropiado en lo funcional para el trabajo de la cognición, como no podría serlo ninguna especie de organismo rival.
Éstos son datos esenciales de hasta la mera existencia de la sociedad secular, tanto como de la creencia de cualquier denominación religiosa en particular. Por desgracia, en las culturas europeas de hoy, en particular, a menudo se ha suprimido el conocimiento de esta facultad específica única del miembro individual de la especie humana, como vemos en la presente influencia de una nueva sofistería existencialista, persistente, de sello pro ludita.
Hoy esa supresión es una manifestación contemporánea de una sofistería que ha sido, del modo más notable, una influencia engendrada en la generalidad de esa generación especial de los “encorbatados”, la generación “sesentiochera” de Europa y las Américas. Ésta ha sido, en específico y de modo más concreto, una influencia filosófica pro existencialista que se instaló con amplitud en el estamento “de cuello blanco” de los que nacieron en las Américas y en Europa Occidental y Central más o menos entre 1945 y 1956. Este síndrome, de modo implícito “existencialista” de los sesentiocheros, como lo fomentó el Congreso a Favor de la Libertad Cultural (CFLC) en la Europa posterior a 1945, que había extraviado adrede el hecho de ese nexo real con ese sentido de inmortalidad implícito en el principio fundamental de nuestra Constitución federal de EU, el principio fundamental de su preámbulo.2

Para los adultos jóvenes de hoy:  Kepler y Cusa Iciencia
En su De docta ignorantia, Nicolás de Cusa (abajo) presentó su “programa proyectado para la creación y desarrollo de todo esfuerzo competente en la ciencia experimental moderna europea”. El más notable de entre los discípulos declarados de Cusa fue Johannes Kepler (arriba). En este diagrama de su La armonía del mundo (1619), Kepler muestra, por aproximación, que las órbitas planetarias con elípticas, y no circulares. Desde este punto de partida, él derivó las propiedades armónicas de las órbitas. (Fotos: www.arttoday.com y Biblioteca del Congreso de EU).tecnologia

Sin embargo, la corrupción general entre la clase “encorbatada” de la generación “sesentiochera” y otros, constituye una patología no del todo original a quienes nacieron en esos tiempos y circunstancias. Las corrientes existencialistas europeas pertinentes de la actualidad son una excrescencia de la herencia del antiguo “modelo oligárquico” de Babilonia, del imperio de los aqueménidas del culto al Apolo délfico, de Esparta y del Imperio Romano, de Bizancio, y de la tiranía medieval de la oligarquía financiera veneciana y sus aliados normandos. Es el legado del Zeus olímpico, que atacó el Prometeo encadenado de Esquilo, en donde su figura sirve como la representación del modo en que las sociedades oligárquicas y sus tradiciones bestializan adrede la cultura de esa gran mayoría de la humanidad dominada por la oligarquía hasta el día de hoy.
De manera notable, Estados Unidos de América fue consecuencia de la obra de los europeos que llevaron las mejores tradiciones culturales antioligárquicas de Europa a las Américas, con la esperanza de que a éstas se le permitiese prosperar a una distancia relativa segura de esa cultura oligárquica de tradición “antiamericana” que siguió dominando en Europa. La penetración permanente en EUA, en particular, de lo que ha sido, desde un principio y sobre todo, la influencia continua del liberalismo
angloholandés de la Compañía de las Indias Orientales británica del siglo 18 en la Norteamérica posterior a 1763, constituye, de cabo a rabo, la fuente principal de la corrupción política y moral que encontramos en las clases del mundillo financiero de la élite liberal angloamericana en EUA y otras partes de las Américas, aun hoy.3
De este modo, los “sesentiocheros” de la estirpe de “cuello blanco” que hoy encontramos tanto en las Américas como en Europa, expresan una variedad peculiar de deterioro funcional y moral de las facultades cognoscitivas humanas naturales, una variedad que también se encuentra, como en las sociedades antigua y medieval, como una suerte de tosquedad, una especie de “castración” intelectual, una pérdida de fecundidad intelectual; una pérdida inducida, por medio de la cual, las clases oligárquicas le imponen algo parecido a la idiota tosquedad liberal de alguien que emborracha con ginebra a sus víctimas de las clases dizque inferiores.
El “liberalismo” angloholandés moderno y formas afines, o lo que por otro lado con razón se identifica, en lo técnico, como sofistería del siglo 20, también constituye un modo de inducir una cualidad de irracionalidad deseada, una “idiotización” relativa de la población. Esta forma moderna de sofistería se emplea con liberalidad como “cadenas mentales” para clases sociales que, al parecer y de modo engañoso, están libres de formas de represión más obvias tales como la de los esclavos, siervos y judíos de la antigüedad y el medievo. Describimos a las víctimas de tal condicionamiento, en ese grado y con justicia, como más o menos deshumanizadas en sus hábitos cotidianos, los que a menudo incluyen sus toscas inclinaciones a las creencias religiosas.
Ese principio fundamental de la creatividad (al cual atacan, para tal efecto, nuestros sofistas liberales contemporáneos) cobra expresión en el mismo sentido de inmortalidad que el griego de Platón llama ágape, un sentido que refleja el gran principio del tratado de Westfalia de 1648. Este principio de la creatividad lo expresa el principio de la naturaleza específica antilockeana de “la búsqueda de la felicidad” de Godofredo Leibniz, un principio encarnado en la médula de la Declaración de Independencia de EU, y en el principio fundamental de Derecho natural que expresa el preámbulo de la Constitución federal estadounidense, y también en la restauración de la vigencia de dicho preámbulo que emprendió el presidente Franklin Delano Roosevelt en la conducción de los asuntos nacionales y mundiales.
La “búsqueda de la felicidad” expresa los motivos del alma inmortal que mora en el cuerpo mortal; la felicidad que incita la devoción a que la vida mortal de uno le sea de provecho a las generaciones por venir. Ésa es una devoción que era más bien emblemática del americano y europeo moral antes de la influencia regresiva del Congreso a Favor de la Libertad Cultural sobre la generación “encorbatada” nacida en el intervalo de 1945-1956, una devoción que, en gran parte, hoy han perdido de ese legado los “sesentiocheros”, quienes envejecen.
El asunto del conflicto entre la verdad y la sofistería, de una veracidad que casi le arrancaron a la niñez y la juventud de la mayoría del tipo pertinente de “encorbatados” de la generación de 1945-1956, tiene otro aspecto complementario. La sofistería es una especie de legado con frecuencia otorgado por ciertos teólogos, como muestra un debate ejemplar que abordamos en las páginas siguientes; un debate que ilustra la antigüedad de la cuestión de las tradiciones oligárquicas europeas de corrupción moral que se plantean a la sociedad trasatlántica, aun hoy.

Introducción

Lo que aquí digo expresa una misión que tuve la intención de elaborar para su publicación a mediados de los 1980. Intervinieron sucesos conocidos. Aunque he tocado con frecuencia aspectos decisivos de la misma materia del método científico de forma reiterada en los 1990 y después, el tema del comentario siguiente sobre la obra de Jasper Hopkins, Nicholas of Cusa’s Debate with John Wenck (El debate de Nicolás de Cusa con John Wenck),4 ha tenido que esperar, una y otra vez, el momento oportuno para su divulgación. La reciente publicación del informe del Movimiento de Juventudes Larouchistas (LYM) sobre los descubrimientos que presenta Johannes Kepler en La armonía del mundo, ha proporcionado la ocasión.5
Mi contribución especial a esta materia aquí es, hasta donde yo sé, predominantemente única. No obstante, esta contribución en sí descansa sobre los cimientos de descubrimientos respecto a los principios del conocimiento humano que han hecho muchos otros que han vivido en épocas anteriores, incluso más allá de todo cálculo histórico conocido. Estos descubrimientos provienen, del modo más notable, de aquellos cuya obra resumen las contribuciones de los pitagóricos, Sócrates, Platón, los apóstoles cristianos Juan y Pablo, y, en la era moderna, Nicolás de Cusa, Kepler, Pierre de Fermat, Godofredo Leibniz y el gran sucesor de Carl F. Gauss, Bernhard Riemann, y también el gran académico Vladimir I. Vernadsky. Mi contribución esencial, como aparece aquí, debe presentarse, como lo hago, en el marco de aquellos sobre cuyos hombros reposa mi descubrimiento.
La pertinencia especial de la presentación de este material en este momento atañe a su relación con la labor de investigación especial en marcha que llevan a cabo los grupos de estudio científico del LYM internacional. Mi función al respecto es sentar las bases sobre las cuales esos actores independientes en la investigación científica puedan desarrollar y darle rienda suelta a sus propias facultades de desempeño creativo.
En materia de los asuntos fundamentales que plantea la ciencia misma de Cusa, Hopkins, en su introducción, que, de otro modo le da un tratamiento adecuado al debate, no aborda la cuestión de la sustancia de la creatividad humana científica y artística como tal. Como lo hará patente mi trabajo aquí, la introducción de Hopkins es, por tanto, débil en el lado científico como tal; en ese aspecto, se aparta de la cuestión más decisiva y pertinente del método científico, la cuestión medular sobre la que Cusa funda los preceptos más decisivos para el inicio de la ciencia física moderna. Al respecto, para llenar el vacío, es necesario considerar el asunto de la fundación efectiva de un método competente para la ciencia física moderna, en sus propios términos, como lo hago aquí.

politicacultura
El trabajo de Kepler en la música y la astrofísica pone el acento en la unidad de la ciencia y la composición artística clásica. “Esta última consideración es esencial para una comprensión cabal de la actividad de practicar una ciencia económica competente como rama de la ciencia física”. Las científicas del LYM, Tarranja Dorsey (izq.) y Megan Beets (der.), participan en una clase sobre La armonía del mundo de Kepler. Abajo, un octaedro truncado. (Fotos: EIRNS).


El marco de esa cuestión es, en resumen, el que sigue.
La obra de marras es la De docta ignorantia de Cusa, a la que Hopkins con justicia defiende en general, y la que en esencia es la primera de una serie de obras publicadas que definen lo que ha sido, en realidad, el programa proyectado para la creación y desarrollo de todo esfuerzo competente en la ciencia experimental moderna europea. Por tanto, esa serie de escritos de Cusa sobre la ciencia no puede estudiarse de modo competente desde ningún punto de vista que no sea el de considerarla como la fundación de la práctica de la ciencia física moderna, en tanto que esa práctica la avanzaron, sobre los cimientos que él aportó, prestantes seguidores declarados de Cusa tales como Luca Pacioli, Leonardo da Vinci y, del modo más notable, Johannes Kepler, y de ahí en adelante, los seguidores de Kepler, como lo reflejan las obras de tales como Pierre de Fermat, Godofredo Leibniz, Carl F. Gauss y Bernhard Riemann.
El tema que trato aquí, por tanto, es el aspecto especial más alto de la ciencia experimental en su conjunto: el papel de las funciones creativas de las facultades cognoscitivas humanas en generar el aumento de la densidad demográfica relativa de la humanidad, per cápita y por kilómetro cuadrado; la función de las propias facultades cognoscitivas humanas individuales en forjar la evolución del planeta, del sistema solar y más allá. Por otra parte, éstas pueden identificarse con validez como la pura esencia espiritual que sustenta todas las nociones competentes de la ciencia física y la economía.
Permítaseme subrayar, una vez más, que Hopkins me decepcionó, no por lo que dice, sino por lo que no trata en esto que acabo de señalar; pero mi querella al respecto se modera al reconocer que los auspicios bajo los cuales compuso la obra de marras, hubiesen tendido a advertirle del riesgo que enfrentaba de distintas fuentes de hacer ciertos ataques, un riesgo que se requiere para tratar de modo competente el papel explícito de Cusa en la fundación de la ciencia moderna de Johannes Kepler y demás.
La amenaza latente que restringe a Hopkins de modo implícito, al igual que a otros, es la bruta enemiga política en contra de Cusa y tales de sus seguidores como Kepler, no sólo por parte de los antiguos partidos oligárquicos europeos, sino, y en específico de las instituciones liberales modernas establecidas bajo la conducción de Paolo Sarpi y fomentadas por quienes odian a Kepler y a sus seguidores científicos, en particular, como los notorios Robert Fludd y Galileo Galilei, y los liberales angloholandeses modernos en general.
Por tanto, mi razonamiento aquí es, en esencia, el siguiente.

educacion
Tras descubrir que las órbitas planetarias eran excéntricas, Kepler trató de develar un “principio más fundamental” que explicara la razón de las excentricidades particulares que presentaban. Midió la velocidad máxima de cada planeta cuando estaba más cerca del Sol (el perihelio), y la mínima en el punto más alejado (el afelio), como si observase su movimiento desde el propio Sol. Luego, al comparar las velocidades de los planetas vecinos, descubrió que las proporciones de estos intervalos correspondían a las de los que los humanos consideraban armónicos en las composiciones musicales. Tabla de las proporciones en el perihelio y el afelio (arriba), y sus representaciones en tanto intervalos musicales (abajo), tomadas de la versión en inglés de La armonía del mundo.


Sociedad

La importancia de Cusa para la ciencia

La cuestión es que la perspectiva de, en particular, la doctrina de la ciencia de Nicolás de Cusa, no podría presentarse de modo competente sin incluir un enfoque, en esencia, de modo predominante, de lo que he identificado arriba como los principios medulares de una ciencia física moderna competente en sí. La perspectiva necesaria tiene que desarrollarse enfocando en las diferencias entre la realidad y la mera descripción de la ciencia, por un lado, y por otro, el examen de las definiciones fraudulentas de esa materia que han expresado como afirmaciones a priori teólogos en general ignorantes o que incluso sienten una hostilidad apasionada contra la disciplina esencial que se requiere de una dinámica escogida de modo competente en el progreso de la ciencia física.
Por ejemplo, en la cuestión de la ciencia, muchos teólogos han tendido a hacer lo mismo que ese sofista, el notorio apriorístico Euclides, el de los Elementos, en su mutilación de la obra original que parodió, de modo destructivo, sobre todo, de los pitagóricos y del entorno de Sócrates y Platón. Considera los ejemplos de quienes han cometido el terrible error de escoger entre dos conceptos fraudulentos del universo: la farsa desvergonzada del sofista Claudio Ptolomeo, por un lado, y la del lacayo de Paolo Sarpi, Galileo Galilei, por el otro.
La ignorancia general en materia de ciencia entre los teólogos, en particular, atañe de modo decisivo a los problemas del riesgo intrínseco en el modo en que, como demostraré aquí, Hopkins, en su introducción, evitó las cuestiones pertinentes más decisivas que sustentan a la ciencia misma.
Para el cristiano que sigue la tradición del apóstol Pablo o de Cusa, en especial, la nueva visión de la relación entre el Creador y la humanidad que se refleja y encarna en la personalidad y la misión de Jesucristo, eleva a la humanidad, en lo teológico y lo científico, por encima del miope infantilismo espiritual, a una nueva cualidad de responsabilidad personal, una cualidad de verdad congruente en la práctica con los preceptos verificables en lo científico que se plantean en el Génesis I:26-31.6 No podríamos tan sólo educir una descripción de principios verdaderos del universo sobre el cual quisiéramos actuar, dentro de los límites de supuestos a priori. Somos responsables de mucho más que una doctrina apenas descriptiva; somos responsables de las consecuencias prácticas eficaces de nuestra opción de método, al igual que de las consecuencias prácticas de dichas creencias para la humanidad y, aun más, por el bienestar del universo del Creador en el que habitamos y a cuyo servicio estamos.
A consecuencia, como en el caso particular de los cristianos que siguen los pasos de los apóstoles Juan y Pablo, ya no tenemos permiso para seguir en una condición previa de la historia, una como la de niños crédulos. Esos apóstoles nos han bendecido con el privilegio de asumir, cuando menos de modo implícito, la responsabilidad plena de un adulto por el cuidado de toda la humanidad pasada, presente y futura, y del universo que habita esa humanidad. Sería entonces, por tanto, hora de que nosotros también egresemos agradecidos del primitivismo de la conducta infantil crédula, y alcancemos la madurez moral de una humanidad adulta presente y futura que sirva esa intención de manera idónea.
En ese respecto, por tanto, debiera desprenderse de ahí que, si Cusa estuviere en lo correcto en términos del resultado manifiesto de su fundación de una ciencia europea de cualidad veraz, ese hecho, en y de por sí, constituye el desafío decisivo a transmitírsele a esos teólogos despistados que, en un grado u otro, trataron de desacreditar el principio central del razonamiento planteado por él en tales escritos como su De docta ignorantia.
Después de todo, el examen de la validez de una opinión sobre la composición del universo del Creador es una muestra de las pruebas de la misma, las cuales tienen que extraerse de las pruebas decisivas aportadas por la expresión más esencial de la ciencia física: una comprensión sistemática de nada menos que la astrofísica. Es sólo examinando el conjunto de las obras de Cusa asociadas con De docta ignorantia y las que siguen en esa perspectiva, que tenemos las bases en la ciencia moderna para educir si las implicaciones teológicas de De docta ignorantia corresponden o no a la naturaleza de los poderes que rigen ese universo real en el cual ha de ubicarse el tratamiento que Cusa le da a la materia de la ciencia y la teología.
Finalmente, a manera de introducción, debo referirme a mi propia autoridad especial en estas cuestiones científicas.
Mi gran logro al respecto es doble. Lo más fácil de reconocer es el trabajo original que he realizado en lo que respecta a la posición ontológica especial de la ciencia de la economía física en el dominio de la ciencia física en su conjunto. Aquí está la cuestión de los principios de la economía física, como han de reconocerse en tanto expresión de la dinámica riemanniana, contrario a la confianza popular de los estadísticos en los métodos estadísticos mecanicistas de las excrecencias reduccionistas en grado radical del cartesianismo. La consideración más sutil, aunque más esencial, es el énfasis que pongo en la unidad de la ciencia física y la composición artística clásica, como ya lo ilustraba en conjunto la obra de Kepler sobre la música y la astrofísica. Esta última consideración es esencial para una comprensión cabal de la actividad de practicar una ciencia económica competente como rama de la ciencia física.

1. Conoce la ciencia moderna

Para la civilización actual, la primera prueba experimental decisiva del principio de Cusa para la práctica moderna de la ciencia física como un todo, llegó con el descubrimiento único original de Johannes Kepler del principio de la gravitación universal.7 El significado del descubrimiento de Kepler de este principio de método experimental, y el que hizo después, de la composición armónica de las órbitas planetarias, representa la noción de principio universal por la que la ciencia europea moderna debió guiarse a partir de entonces. La opinión contraria expresada por un teólogo respecto a esos descubrimientos a menudo se manifiesta como un sofismo mañoso escondido en el método adoptado por dicho teólogo.8
Esto fue un cambio moderno en el contexto de la ciencia física. En la civilización europea antes conocida, por ejemplo, la tarea prevaleciente era el desarrollo del poder de una agrupación de algunos de los individuos de toda la sociedad. Esta limitación frecuente se manifestaba en la baja productividad física, per cápita, de la población, de los sistemas imperantes oligárquicos y afines, como el llamado “modelo asiático”. Lo que significó la erupción de la civilización europea moderna en el siglo 15, centrada en el gran concilio ecuménico de Florencia, como lo había expresado en lo político antes la De monarchía de Dante Alighieri y, luego, Concordantia cathólica y De docta ignorantia de Cusa, fue un viraje cualitativo que puso el acento en la idea de la república, de la que son ejemplo la Francia de Luis XI y la Inglaterra de Enrique VII, en vez de las ventajas deseadas concedidas a una oligarquía gobernante. Esto significó que necesitábamos un cambio de énfasis, de hombres y mujeres que se desarrollaban dentro de los confines de las condiciones existentes en nuestro planeta, al avance de la humanidad entera que desarrolla su función creciente en la evolución de ese mismo universo que habitamos: arribar a la adolescencia moral de la humanidad y al anhelo de que logre la madurez adulta verdadera que aún no alcanza, una madurez al servicio de las intenciones, que pueden descubrirse, del Creador.
La oposición acostumbrada a tal avance necesario de ese autoconcepto de la humanidad para la práctica ha sido, por lo general, brutal.
Por ejemplo, el escrutinio científico moderno ha presentado pruebas decisivas de que la obra de Claudio Ptolomeo siempre fue un fraude intencional total. No se trata sólo de que Ptolomeo enterró bajo sus mentiras intencionales las pruebas veraces conocidas que presentaron Aristarco de Samos y también, de modo similar, la obra de los pitagóricos antes, sino que, al pergeñar los datos ficticios para sustentar su razonamiento, Ptolomeo se ponía a sí mismo al descubierto, por tanto, como el autor de un claro fraude deliberado. De otro modo, la prueba es que Copérnico en verdad no entendió el asunto; y aunque Tico Brahe hizo un trabajo mucho mejor, él también falló, en tanto que Kepler tuvo éxito con singular originalidad. Así que, como Kepler fue el primero de los seguidores declarados de los preceptos de Cusa que en verdad comprobó un conjunto de principios del universo como tal, es la obra de Kepler, y la de quienes siguieron fielmente su línea de investigación, la que presenta la clase de métrica con la cual poner a prueba la previsión con la que Cusa definió la ciencia moderna, como en De docta ignorantia.
Por tanto, como lo planteó el físico matemático Albert Einstein, la esencia de los verdaderos logros de la ciencia física europea moderna yace en el concepto eficiente de la relación de la mente humana con el desarrollo del universo mismo, lo astrofísico, a diferencia de un simple universo astronómico. La interrogante es: ¿es el universo físico, como lo resume Einstein, finito y, no obstante, sin límites externos, y es ése, como tal, un concepto de lo que es ese universo, como insiste Einstein? ¿Es la característica de ese universo, como lo define Einstein de modo implícito, antientrópica, y no entrópica?9
El concepto de Einstein es uno que una ciencia moderna honesta ha obtenido de sus logros; la esencia de una forma válida de ciencia moderna ha de ubicarse en un proceso de desarrollo del conocimiento de verdaderos universales, desde los orígenes prácticos de la obra de Kepler y más allá, a través de las consecuencias expresadas de modo singular, como Godofredo Leibniz definió el concepto matemático de lo que el descubrimiento de la gravitación de Kepler determinó como el infinitesimal, y como también lo especificó Einstein de resultas de la obra de Bernhard Riemann.

Einstein
“‘Universo’ es —al iniciar nuestras indagaciones, como la esférica que los pitagóricos adoptaron de sus predecesores egipcios— la imagen para la mente del hombre, cuando observa hacia fuera, como hacia arriba, lo que envuelve toda la existencia ante nuestra vista. Significa el viajero oceánico que navega, a través de mares y estaciones, por medio de las estrellas”. El astrónomo, de Johannes Vermeer, se pintó en 1619, el mismo año en que Kepler publicó La armonía del mundo.


A modo de contraste, la incompetencia de la obra de los enemigos de Leibniz, tales como De Moivre, D’Alembert, Euler, Lagrange y demás, con respecto al teorema fundamental del álgebra, fue puesta al descubierto por Carl F. Gauss en su disertación doctoral de 1799. Este caso ejemplifica los fraudes que con probabilidad se generan al excluir la norma de los verdaderos universales, como lo hicieron Euler y Lagrange.10
Después de todo, “universal” significa, ora, “universo” funcional que existe en lo empírico, o el uso del término mismo sería sólo un galimatías pretencioso, ya sea por parte de aquellos clasificados como teólogos o por cualquier otro. “Universo” es —al iniciar nuestras indagaciones, como la esférica que los pitagóricos adoptaron de sus predecesores egipcios— la imagen para la mente del hombre, cuando observa hacia fuera, como hacia arriba, lo que envuelve toda la existencia ante nuestra vista. Significa el viajero oceánico que navega, a través de mares y estaciones, por medio de las estrellas.
Quiere decir más que eso. Significa el descubrimiento de lo que es, de modo eficiente, invisible a nuestros sentidos, pero que, no obstante, es manifiesto de modo innegable en los efectos experimentados, como un poder de cambio universal (es decir, dúnamis) en el universo. Significa “cambio”, en el sentido del famoso aforismo de Heráclito y cómo Platón captó las implicaciones de ese aforismo en su propio diálogo Parménides, y en el sentido de las definiciones sucesivas de Leibniz y de Bernhard Riemann sobre la función del principio de dúnamis de los pitagóricos y de Platón, como el concepto del universo físico, cual en la forma de la dinámica física moderna del cálculo de Leibniz y la dinámica de las hipergeometrías físicas de Riemann.
De este modo, antes de hablar de cuestiones de astrofísica, la teología está obligada a entrar en este dominio práctico universal de la esférica, el dominio del dúnamis, ya que la noción misma del alma humana, en tanto refleja el concepto del hombre que ofrece Génesis I:26-31, define una distinción ontológica absoluta, una distinción de poderes (dúnamis) que aparta al individuo humano, no sólo de procesos no vivientes, sino de toda forma de vida inferior.
La capacidad de la especie humana para aumentar a voluntad su densidad relativa potencial de población en el transcurso de generaciones sucesivas, es la prueba empírica de la proposición de que el individuo humano expresa una distinción que se manifiesta como una facultad de la persona individual. Éste es un individuo que posee una cualidad esencial, un poder de ser que es de algún modo inmortal de modo eficiente, como se le distingue con un poder a semejanza del Creador para cambiar al universo en el que la humanidad existe; hacer tales cambios cualitativos en la relación de la especie humana con el universo, e incluso cambiar la cualidad del universo en el que habita nuestra especie, de hacerlo con creatividad, al servicio fiel de la obra continua del Creador.
Por tanto, es desde esta perspectiva que debemos definir lo que queremos decir con el uso del término “principio físico universal”. Esta cuestión se nos plantea, de manera emblemática, del modo que Kepler, seguidor de Cusa, nos revela la existencia eficaz de un poder universal de modo eficiente invisible (dúnamis) de gravitación en su Nueva astronomía, primero, y en La armonía del mundo, las implicaciones del cuadro más inclusivo del ordenamiento armónico del sistema solar.
Kepler, el seguidor de Cusa, logró esto en oposición al legado de los que adversaron a éste último durante su vida, y a tales contrarios posteriores al método de ambos como los seguidores de Fludd y Paolo Sarpi, entre ellos el lacayo de éste último, Galileo Galilei. En la lista de defectuosos están los empiristas, positivistas y existencialistas modernos que en común han adoptado esos métodos filosóficos indiferentistas de ese Guillermo de Occam, al que Sarpi y sus seguidores en extremo reduccionistas —como John Locke, René Descartes, el sin duda malvado Bernard Mandeville, François Quesnay, David Hume, Adam Smith, Leonhard Euler, Emanuel Kant, Joseph Lagrange y Jeremías Bentham— introdujeron en la práctica europea moderna hasta el día de hoy.

El concepto de Albert Einstein

Cabe señalar que, para entender las conclusiones de marras de Albert Einstein sobre la importancia de los logros generales de la práctica de la ciencia moderna, desde Kepler hasta Riemann, tenemos que reconocer la prueba de que el principio de la gravitación, como lo descubrió Kepler, es “invisible” a la simple percepción sensorial. Esto es así, porque es, de modo eficiente, tan grande como el universo y, de este modo, como todo verdadero principio físico universal, le aporta a ese universo una cualidad de finitud sin límite como totalidad, pero es también, por tanto, tan grande, por así decirlo, que su manifestación local eficiente es, en apariencia, infinitesimal en lo ontológico.11

dinamica
La pasión de Albert Einstein, el físico, para descubrir principios científicos fundamentales, también lo inspiró como músico clásico, del modo que LaRouche hace hincapié en la unidad de la ciencia física y la composición artística clásica.

Esta implicación de los descubrimientos de Kepler luego adquiere una mayor eficiencia de comprensión mediante la hipergeometría física de modo explícita antieuclidiana, dinámica, de Bernhard Riemann, en tanto se contrasta con el simplón universo mítico neoeuclidiano, mecánico-estadístico, que admiran los incautos empiristas modernos que han seguido el método de Descartes, tales como Emanuel Kant y compañía.12
Éste era ya el concepto esencial de la ciencia y también de cuestiones relacionadas, de los practicantes de la ciencia de la esférica, tales como los antiguos pitagóricos y sus aliados en los círculos de Sócrates y Platón. Esto, en oposición al concepto incompetente aristotélico de la astronomía que representaban el sofista romano y farsante manifiesto, Claudio Ptolomeo, y el sofista declarado Euclides.13

¿Se muere nuestro universo?

Es de notar que, si adoptamos una noción reduccionista como la de Aristóteles, habremos adoptado de modo implícito el mismo concepto que subyace en la consigna de Friedrich Nietzsche: “Dios ha muerto”. Porque si viéremos la creación como algo terminado, en el sentido de “perfeccionada”, estaríamos suponiendo que el Creador mismo sería incapaz de intervenir a voluntad para alterar su composición. Sin embargo, si definimos el universo como antientrópico, como un proceso que manifiesta un ordenamiento coherente en estados sucesivos de existencia superior mediante el desarrollo, tenemos un universo en el que nuestro Sol, en su juventud, era un objeto solitario que giraba con rapidez en su esquina del espacio sideral, pero que generaba esos estados superiores de la tabla periódica de los elementos a partir de los cuales se compusieron en su mayor parte los planetas y otros cuerpos de nuestro sistema solar: un universo que representa un principio antientrópico universal. Éste es un universo como el del aforismo de Heráclito, en el que el Creador y el hombre colaboran en un proceso deliberado de desarrollo del universo hacia estados superiores; un universo en el que nada es permanente, excepto un principio universal de cambio antientrópico. El proceso ilimitado de actos sucesivos de creación a voluntad realizados por individuos hechos a semejanza del Creador, nunca termina.
El principio fundamental del reduccionismo, que domina el reino sofista de los Elementos de Euclides, al igual que el principio universal arbitrario de la farsa de Claudio Ptolomeo, es el mismo “principio” que expresa el satánico Zeus olímpico del Prometeo encadenado de Esquilo. El Zeus que acusó a Prometeo del delito de permitirles a los hombres y mujeres mortales descubrir el uso del “fuego” o, como quizás diríamos hoy, el destino de la humanidad de descubrir y usar el principio de la fisión nuclear controlada. Bajo el gobierno de ese Zeus, todos los hombres y mujeres son tratados apenas como semejantes en términos específicos al ganado, ora como hatos de ganado manso criado y podado al gusto del dueño, o como ganado salvaje para cazarlo como deporte, hasta el exterminio incluso, como hacían a menudo las legiones de una antigua Roma malvada o como los jóvenes de la Esparta de Licurgo, que cazaban hilotas por deporte.
Así, el Imperio Romano impuso la doctrina del Prometeo encadenado del Zeus olímpico como ley universal. Ésta no sólo fue la doctrina de la Roma imperial, sino que ha sido la doctrina elemental de la práctica de todas las manifestaciones de lo que se conocía, de modo explícito desde la época de Filipo de Macedonia, como el “principio oligárquico”, misma que domina las culturas de Europa de pe a pa y, de modo axiomático, aun hoy.14
Ésta era también la doctrina principal implícita de los antiguos sofistas y de su expresión moderna, los maltusianos y los “luditas” de hoy, conocidos como “ambientistas”. El mismo dogmatismo del “Zeus olímpico” caracteriza de modo sistemático la ley imperial de la antigua Roma y Bizancio, el sistema medieval ultramontano bajo la égida de la oligarquía financiera veneciana y sus carniceros cruzados normandos, y lo que ha surgido como el modelo monetarista, de modo intrínseco lineal, del Imperio Británico de los financieros liberales angloholandeses neovenecianos en sus diversas fases, hasta la fecha.15
Aunque poseemos elementos decisivos de información que reflejan actos creativos de descubrimiento científico de principios físicos en épocas anteriores a las obras científicas de la antigua Grecia clásica, y como lo expresan cepas culturales viejas que no tendría sentido clasificar como europeas, sabemos, a partir de las pruebas de la existencia de facultades cognoscitivas humanas ausentes en las especies inferiores en general, y, de modo más preciso, en relación con los grandes simios, que las facultades creativas que se muestran en los confines de la civilización europea son las mismas que siempre han situado a la especie humana aparte de las formas inferiores de vida, y ello en los términos exactos que expresan los célebres versículos del Génesis I:26-31. Con ese trasfondo, el estudio de la evolución de la ciencia física y los modos clásicos de composición artística, nos presenta un conjunto de pruebas que demuestra que todas las formas de progreso fundadas en principios de la civilización europea, tanto en la ciencia como en la función de la composición artística clásica, conforman un cuerpo de conocimientos unificado a sabiendas, coherente; un cuerpo de conocimientos congruente con la distinción fundamental, con el principio físico universal, de la diferencia entre el hombre y las bestias.

2. ‘¿Quién soy?’: ciencia y teología

En la sección que acabó de escribir de este informe ya recalqué la importancia de reconocer el papel nocivo que desempeñan ciertas capas de supuestos apriorísticos y afines, como las que representan las definiciones, teoremas y postulados de una geometría euclidiana u otras reduccionistas; una geometría con la cual la gente por lo común evade sus propias dudas cartesianas sobre la realidad de su existencia en tanto personas conscientes. La manifestación central de tales impulsos patológicos es la noción de lo que a menudo denominamos “certeza sensorial”.
A diferencia de lo que es el caso para las generaciones nacidas antes de la Segunda Guerra Mundial, ese problema está muy agravado hoy, y en especial desde mediados de los 1960. Tal ha sido el efecto de las olas sucesivas de degeneración de la educación pública y universitaria en la posguerra, y también de la pérdida de racionalidad en la cultura popular en comparación con la era en que el presidente Franklin Roosevelt estaba al frente. Por ejemplo: hoy, desde fines de los 1940 y 1950, ya casi no existe una educación honesta en materia de historia, en comparación con lo que era la norma hasta en las escuelas públicas respetables durante la juventud de la generación de la preguerra. Así que la ciencia que de común se enseña bajo la influencia de los sesentiocheros hoy día, es una monserga articulada de puras fórmulas matemáticas para la mayoría o una forma de educación superior profesional saturada de las atrocidades que piden los seguidores del hombre más malvado del siglo 20, el Bertrand Russell cuyos partidarios incluían no sólo a Aldous y Julian Huxley, sino también al profesor Norbert Wiener (el autor putativo de la farsa de la “teoría de la información”) y al John von Neumann que complementó la insensatez de Wiener con la noción mecanicista de la “inteligencia artificial”.16
Más que nada como subproducto de dichas sectas irracionalistas en lo axiomático como la de la “teoría de la información”, la cultura popular de hoy se ha contaminado en grande por los efectos que ha tenido sobre las generaciones aun más jóvenes el lavado cerebral colectivo al estilo “sesentiochero”, del resurgimiento del “ambientismo” dionisíaco anticientífico del culto délfico a Gaia, de los luditas modernos de la generación del 68. La destrucción de la pauta de conducta racional por la influencia de sectas tales como la de la “teoría de la información”, ha fomentado la proliferación de modas existencialistas depravadas contemporáneas como esas que se encuentra entre los académicos seguidores de la secta ACTA (Consejo Estadounidense de Fiduciarios y Ex Alumnos) neofabiana de la “nueva derecha” internacional de la señora Lynne Cheney. Esa secta y sus semejantes andan desatadas en el mundillo académico trasatlántico, complementando a las formas paganas de sectas religiosas rabiosas en la sociedad en general. La mente del joven adulto típico de hoy, incluso en las profesiones relativamente mejor pagadas, es agredida por avalanchas de creencias fragmentarias impulsivas más o menos populares. Dante Alighieri vería, por tanto, un mundo que espera en la antesala de una nueva Era de Tinieblas que arremete.
Ésa es la situación general en la que las cuestiones que trata la obra referida de Hopkins podrían atraer la atención del estrato en apariencia mejor educado de hoy día. No obstante, las cuestiones mismas, como las aborda Hopkins en la obra de marras, existen, así como también las más de fondo con las que yo complemento lo que dice la misma. A pesar de las recientes fuentes adicionales de dificultad que presenta la mayoría del público ahora, incluso el educado sólo de nombre, las cuestiones son aun más importantes y urgentes que lo que eran antes. Son cuestiones que deben tratarse con el mismo rigor, y tal vez hasta más, que lo que hubieran requerido hace dos generaciones o más.17

La amenaza del apriorismo

El problema que Hopkins en esencia no toca en su tratamiento de la polémica entre Wenck y Cusa, son las implicaciones decisivas pertinentes para la vida real, profundísimas en lo ontológico, de la noción de la certeza sensorial. Éste es un problema de método científico que no puede tratarse de modo adecuado con sólo cambiar el enfoque para subrayar las implicaciones de la ciencia para la teología. Tenemos que hacer a un lado a Wenck y sus simpatizantes de modo eficiente, si hemos de cumplir con los requisitos implícitos en la elaboración competente de una doctrina cristiana adoptada, que ataña a la organización de una noción de ley natural necesaria para la sociedad.
El carácter patológico del uso de la certeza sensorial en los programas educativos y relacionados, coincide con las implicaciones del ataque de Wenck a Cusa del modo siguiente. Para ello, hay que tomar en consideración ciertos antecedentes esenciales sobre cuestiones de método científico.
El universo funciona en realidad en base de los que se clasifican de modo estricto como principios físicos universales, como lo ilustra el descubrimiento original de Kepler de un principio universal de la gravitación. El número de dichos principios es ilimitado, del modo en que la obra de Bernhard Riemann lo ha aclarado para la ciencia moderna, al establecer los principios de la dinámica de una hipergeometría física. La obra de Mendeléiev, del modo más notable, al abrir el dominio de la física nuclear, la obra de Luis Pasteur y de sus seguidores hasta Vernadsky, al definir la distinción de principio del fenómeno de los procesos vivientes, y el planteamiento de Vernadsky sobre el carácter de la cognición humana en tanto categoría que va más allá de los procesos no vivientes y los físico-químicos vivos, nos presentan con la imagen de una pauta de acumulación sin fin de descubrimientos de principios físicos universales. La ciencia debe proceder siempre con respeto a su propia ignorancia de tales principios universales aún por descubrir. Aquí, el genio de la obra de Cusa sobre la De docta ignorantia, se nos muestra de este modo hoy.
A partir de la obra fragmentaria aplicable de Carl F. Gauss sobre el tema de las hipergeometrías, y del desarrollo más amplio de Riemann de este campo, la ciencia física moderna competente hoy se ubica en lo fundamental en la obra sucesiva de, sobre todo, Godofredo Leibniz, Gauss y Riemann, al develar los métodos estadístico-mecanicistas incompetentes del empirista Descartes; esto, resultado de la reintroducción que hace Leibniz del antiguo concepto pitagórico-platónico de la dinámica. A partir de los ataques de Leibniz contra el método cartesiano en este respecto, toda ciencia competente se fundamenta en el uso amplio del principio leibniziano de la dinámica como lo muestra Gauss, pero, como lo desarrolla Riemann sobre todo. Hoy todas las definiciones competentes de los sistemas económicos se basan en los principios de la dinámica riemanniana, en oposición a los residuos actuales de los sistemas estadístico-mecanicistas cartesianos de suyo incompetentes como los de Mach, Boltzmann, y los de los analistas y pronosticadores económicos actuales.
Este concepto de la dinámica lo introdujo a la ciencia física moderna, como ya he señalado antes, sobre todo el cardenal Nicolás de Cusa, del modo más relevante, a partir de su De docta ignorantia. El método de Cusa fue el que adoptó de forma explícita Johannes Kepler para su fundación de originalidad señera de la astrofísica moderna, obra que sirvió de fundamento para el desarrollo de pautas competentes de descubrimiento y práctica en la ciencia física moderna. En la economía, en particular, los métodos de prognosis y análisis afines de suyo incompetentes que por lo general se emplean, son los de la prognosis estadística-mecanicista cartesiana, como ilustra la calamidad fomentada por la obra de Morton Scholes y sus asociados que desembocó en la célebre crisis monetaria de 1998. De allí que la mayoría de los principales pronósticos contemporáneos públicos y privados, sean producidos por métodos en esencia incompetentes, que tarde o temprano llevan a resultados de suyo terribles.
De este modo, entre sus otros defectos relevantes, el razonamiento de Wenck expresa la misma charca de incompetencia estancada inherente a los métodos reduccionistas, lo cual consiste en el mismo error de origen que luego, y aún hoy, caracteriza los métodos estadístico-mecanicistas cartesianos en general. Así, el resultado de adoptar nociones de principios apriorísticos es que la fe ciega en la realidad de la experiencia de la percepción sensorial como tal, conduce a los problemas que subyacen a los motivos de toda esa opinión que tiende a caer en el mismo nicho del ataque de Wenck a la De docta ignorantia de Cusa.18 He ahí la importancia de desenmascarar el fraude de Wenck y sus seguidores hoy día.

Donde caben los métodos a priori

Si tratamos a la especie humana como si fuese otra especie animal, comparada a los simios superiores, debiera chocarnos hoy comparar la densidad relativa potencial de la población relativamente fija de los simios que habitan en los ambientes apropiados para su especie, con el aumento de la densidad relativa potencial de la población humana actual. Para resumir: lo que logra la especie humana mediante las mejoras revolucionarias en la tecnología de la cultura, sin ningún grado de cambio relevante en la genética humana, define a la humanidad como una especie cuyo modo de existencia característico expresa un nuevo tipo de principio de “genética”, ausente en todas las formas de vida sólo animal.

kepler
Desde la labor de los pitagóricos en el campo de la esférica, “toda obra científica competente en la llamada ‘ciencia física’ y demás, se fundamenta en la noción de principios universales eficientes en lo físico, de la calidad que esos griegos asociaban con el concepto de dúnamis”. Este detalle de la Escuela de Atenas de Rafael (1509) muestra a Pitágoras rodeado por sus estudiantes, entre ellos Arquitas, quien está sentado detrás de él tomando notas. La tablilla que sostiene el joven muestra las armonías musicales de Pitágoras.


Si nos remontamos a la relación histórica de la existencia humana, y en especial a su autodesarrollo durante las decenas de miles de años de prehistoria e historia reciente, desde la perspectiva de los efectos sociales del progreso científico moderno, y si lo examinamos en términos de cambios en la densidad relativa potencial de población, hallamos el prototipo de la cualidad de cambio que distingue al hombre de la bestia en los efectos de los descubrimientos de principios físicos universales puestos en práctica. Una vez que tomamos en cuenta esos descubrimientos, tenemos a mano las pruebas del avance en la densidad relativa potencial de población, tal como el cambio, a partir de una sociedad feudal, a la forma de sistema sociopolítico nacional de la república bien ordenada como la proponían, de modo sucesivo, Dante Alighieri y Nicolás de Cusa, como en la De monarchía de Dante y la Concordantia cathólica de Cusa y su De docta ignorantia. Ésta es la forma de república que en realidad introdujo Luis XI de Francia, y de quien la copió Enrique VII de Inglaterra y santo Tomás Moro. Asimismo, tomamos en cuenta los efectos de esos cambios revolucionarios en la cultura artística que la civilización europea llegó a considerar como clásicos, que tienen una cualidad similar de utilidad para fomentar mejoras en la capacidad de la población para cooperar con promover las que podrían denominarse con claridad como mejoras “físicas” en la densidad relativa potencial de población.
Todos estos factores inherentes a las formas cualitativas de aumento en la densidad relativa potencial de población de la sociedad tienen el tipo de efecto neto que, por otra parte, es emblemático en los descubrimientos válidos de principio físico universal. En realidad, hemos demostrado de modo experimental que los principios de las modalidades del bel canto florentino de la composición coral e interpretación, de acuerdo con el legado de J.S. Bach, tienen, como lo muestra la obra de Johannes Kepler, un significado fundamental en tanto son, en efecto, principios físicos universales en el dominio de la astrofísica. Las matemáticas parecen indispensables en la física, pero sin los principios del contrapunto coral que define la obra de Bach y la generación de Leonardo da Vinci antes, les falta la pasión necesaria para convertir los principios descubiertos de lo que en cierto modo se mal llama “ciencia física”, en acción eficaz, y todo científico de veras cuerdo sabe esto por experiencia.
Tengo una imagen de Albert Einstein, el físico, tocando su violín en los oficios religiosos que se llevaban a cabo en el gran sitio de culto judío en Berlín, antes de la dictadura de Hitler.
Lo que desarrollo en esta coyuntura del informe es, en esencia, lo siguiente.
Desde la obra de los pitagóricos, en el campo que ellos y los del entorno de Platón identificaban como la esférica, toda obra científica competente en la llamada “ciencia física” y demás se fundamenta en la noción de principios universales eficientes en lo físico, de la calidad que esos griegos asociaban con el concepto de dúnamis, el concepto que Leibniz y Riemann, más que nadie, asociaban con el término moderno de dinámica. Éste fue, a su vez, un concepto que los griegos de marras obtuvieron de la astrofísica egipcia, una ciencia establecida en Egipto mucho antes de erigirse las grandes pirámides, y cuyas características se remontan a las funciones de la navegación astronómica empleada por una cultura marítima en el período de la última gran glaciación del hemisferio septentrional de la Tierra.
Lo que demuestra de la manera más sencilla lo que distingue la geometría física por lo común empleada por los pitagóricos, tales como Arquitas y el entorno de Sócrates y Platón, es que la relación entre el punto, la línea y el sólido de ningún modo es “autoevidente”. Tal como la solución de Arquitas para doblar el cubo por construcción ilustra el concepto de dúnamis asociado con la esférica, las relaciones de acción en el espacio-tiempo físico las define una fuerza de acción sobre ese espacio al parecer “externa”: la noción moderna de espacio-tiempo físico que evoluciona a partir de la obra del seguidor de Cusa, Kepler, y la perspectiva posterior que desarrolla Albert Einstein. El trazar una línea en la arena, y el generar una línea de desplazamiento físico en el espacio-tiempo físico, no son acciones mentales equivalentes. Contrario a lo planteado por el sofista moderno Descartes, el espacio y el tiempo, por sí mismos, no tienen una existencia real independiente en las acciones del universo verdadero.
El sistema euclidiano del sofista, que fue un fraude creado a despecho de toda la ciencia física anterior de los egipcios y los griegos, destruyó en efecto la ciencia verdadera dondequiera que se le dio cabida. La destruyó al acabar con el respeto a la existencia de la acción física eficiente para el cambio de estado, como materia de la práctica humana cognoscible. De este modo, los métodos reduccionistas como los de Euclides efectuaron un cambio que degradó la cultura de la Grecia clásica; de los niveles alcanzados en la Magna Grecia y su Atenas antes, retrocedió al ideal representado por la Esparta licurga del culto délfico a Gaia y Apolo. El efecto fue que la civilización griega reculara hacia el estado mental perverso ordenado por el Zeus olímpico del Prometeo encadenado de Esquilo, un estado en que la sociedad (al menos la mayoría de la población), el grueso de los hombres y mujeres, eran tratados como ganado de cría o de caza, a quienes se les negaba, mediante una política malvada de “cero crecimiento tecnológico” como la de nuestros “ambientistas” contemporáneos, el derecho a cambiar la práctica acostumbrada que los tiranos gobernantes le habían asignado a los antepasados de esa población en general. Incluso, como en el caso de los “ambientistas” lunáticos de hoy, los obligaban a reducir el nivel de la práctica cultural y las relaciones humanas a un estado de brutalidad relativa peor que la acostumbrada, como han impuesto este tipo de depravación moral general de nuevo, por influencia de los “sesentiocheros”, durante las últimas casi tres décadas. La esperanza del futuro de la humanidad descansa ahora en las manos voluntariosas de los que la liberarán de ese maldito “neomaltusianismo” lunático difundido por los tantos “luditas” en las filas de la llamada generación “sesentiochera” de la actualidad.


Y para aquellos que deseen ahorrarse la fatiga visual y que se convierta el texto en audio, solamente lo copian y lo pegan aquí. Se generará un mp3 del texto.

4 comentarios - Para los adultos jóvenes de hoy: Kepler y Cusa I