El post que buscas se encuentra eliminado, pero este también te puede interesar

Los secretos de La Luna

Los secretos de La Luna

El ser humano ha conocido, por supuesto, la existencia de la Luna desde tiempo inmemorial: es imposible perdérsela en el firmamento, y no hay otro objeto más brillante y llamativo aparte del Sol. Todas las culturas primitivas le daban una gran importancia (generalmente religiosa, y en muchos casos se la consideraba una deidad), y casi todas la utilizaban para llevar la cuenta del tiempo. El propio nombre de Luna es el de la diosa romana, Selene para los griegos (cuyo nombre parece provenir de selas, luz), e hicieron falta milenios para que alguien fuera más allá de la mitología para tratar de explicar su existencia y comportamiento.
¿Por qué brillaba? ¿Por qué su luz era variable y presentaba fases con una regularidad extraordinaria? La mente preclara del griego Anaxágoras dio respuesta a estas preguntas sin recurrir a la religión (que sepamos, fue el primero en hacerlo de una manera tan coherente): tanto la Luna como el Sol, según él, eran de forma esférica y de algún material rocoso. El primero estaba incandescente, pero la segunda no — brillaba porque refleja la luz del Sol, y las fases se debían a la posición relativa del Sol, la Tierra y la Luna.

info

Una perogrullada… pero es una conclusión alcanzada en el siglo V antes de nuestra era, sin un maldito telescopio, mientras todo el mundo a su alrededor sostenía que la Luna era una diosa y que el propio Anaxágoras era un hereje por sugerir otra cosa: de hecho, estuvo en la cárcel y el exilio, en parte por su postura racionalista en éste y otros aspectos. La capacidad de los griegos de mirar a su alrededor y llegar a conclusiones así como si tal cosa me pone los pelos de punta.

http://eltamiz.com/wp-content/uploads/2008/08/fases-de-la-luna.png
Explicación de Anaxágoras de las fases lunares, desde la luna nueva (1) hasta la llena (5) y vuelta a empezar

En cualquier caso, nuestro conocimiento sobre el satélite no avanzó mucho en los siglos posteriores a Anaxágoras: por una parte, era imposible ver alrededor de un 40% de su superficie (luego veremos por qué), y por otra no es fácil distinguir mucho sin la ayuda de algún instrumento óptico, y éstos aún estaban por llegar. Estaba claro para los científicos que la Luna era una gran esfera como lo era la propia Tierra, y el astrónomo griego Aristarco de Samos fue capaz de realizar estimaciones sorprendentemente precisas sobre su tamaño y distancia a la Tierra comparada con el Sol, pero era difícil ir más allá.
Hubo que esperar hasta el desarrollo del telescopio, y a que Galileo se pusiera a mirar el firmamento con él, destruyendo el paradigma geocéntrico del Universo (como ya mencionamos al hablar de la Tierra). Aparte de otras observaciones, el italiano dirigió su mirada, como no podía ser de otra manera, hacia nuestro satélite, y fue capaz de discernir la causa de los diferentes tonos de gris de la Luna — no se trataba, como habían sostenido otros durante siglos, de una esfera lisa y perfecta. A pesar de que, desde Aristóteles, se suponía que la imperfección y el cambio se limitaban a la Tierra, y que los objetos del firmamento eran perfectos e inmutables (aunque Aristóteles, que no era tonto, admitía que la Luna podía estar ligeramente “contaminada” por la corrupción terrestre), los ojos de Galileo vislumbraron por primera vez montañas, cráteres, llanuras… la Luna era muy parecida a la Tierra.
El genial italiano realizó entonces el primer dibujo más o menos detallado de la superficie de la Luna, que publicó en 1609 en su libro Sidereus Nuncius (El mensajero de las estrellas) :

misterios
Mapa de la Luna de Galileo.



No voy a repetir aquí los escozores que produjo este dibujo (aparte de muchos otros), ni de los problemas que causaron sus observaciones al bueno de Galileo: lo importante en lo que concierne al artículo de hoy es que nuestro conocimiento del satélite había dado un paso de gigante. Se trataba, al fin y al cabo, de una especie de mini-planeta. El telescopio de Galileo no permitía discernir si había vegetación, agua o vida, de modo que aún faltaba mucho por descubrir, pero a partir de ese momento la cosa avanzaría bastante deprisa.
Lo que estaba claro es que la superficie lunar tenía regiones muy extensas, aparentemente lisas, que eran de color más oscuro, y que los astrónomos denominaban maria (mares), y otras regiones más abruptas y montañosas de color más claro que se llamaron terrae (continentes). Aunque hoy sabemos, por supuesto, que no son una cosa ni la otra, se siguen utilizando los nombres por razones históricas.

imagenes
Mare Imbrium (Mar de las Lluvias). Apolo 15, la cuarta misión en posarse en la Luna, alunizó en la zona inferior de la foto

Poco a poco, los astrónomos fueron catalogando y describiendo los accidentes geográficos de la Luna: Johannes Hevelius publicó su Selenographia en 1647, el primer libro dedicado exclusivamente a describir nuestro satélite, con el primer mapa propiamente dicho de la Luna, mucho más detallado que el de Galileo. Fue en 1753 cuando la mayor parte de la comunidad científica descartó la posibilidad de que hubiera vegetación y vida animal en la Luna: el croata Roger Joseph Boscovich, observando cuidadosamente el borde de la Luna y el paso de estrellas a través de él, determinó que carecía de atmósfera. Pero esto no descorazonó a los científicos, que seguían muy interesados en conocer más sobre el satélite, tuviera vida o no.

la luna
Mapa de la Luna de Johannes Hevelius en su Selenographia (1647).

Algunos, desde luego, no se resignaban a descartar la vida en la Luna. El alemán Franz von Gruithuisen, el primero en sugerir que los cráteres lunares eran el resultado del impacto de meteoritos, sostenía en 1824 que la Luna albergaba ciudades en su superficie. Con su telescopio afirmaba ver ciudades con calles y edificios — pero, como digo, desde mediados del siglo XVII la mayor parte de los astrónomos ya se habían dado cuenta de que la Luna era un lugar rocoso y sin formas de vida superiores, y las ideas de Gruithuisen fueron recibidas con escepticismo y hasta burla. Su explicación sobre los cráteres, por el contrario, le proporcionó el honor de tener un cráter en la Luna con su nombre, el cráter Gruithuisen.

Los secretos de La Luna
Cráter Gruithuisen (imagen tomada por la misión Apolo 15). Crédito: NASA.

De modo que a comienzos del siglo XX conocíamos prácticamente todo lo que se puede conocer sobre la Luna sin llegar hasta ella: su distancia a la Tierra y su órbita, los movimientos que realiza alrededor de su eje, su tamaño y forma, su topografía (de la cara que podíamos ver, por supuesto)… Pueden parecer cosas básicas, pero seguro que alguna te sorprende.
La Luna se encuentra a unos 384 000 km de la Tierra, pero su órbita es una elipse, de modo que a veces se encuentra más cerca o más lejos de la Tierra. Esto era evidente para cualquier astrónomo que la observase con cuidado a lo largo del tiempo, puesto que su tamaño aparente varía, como puedes ver en la siguiente imagen:

info
Tamaño de la Luna en su perigeo (izquierda) y apogeo (derecha)

A partir del tamaño aparente de la Luna y de su distancia a la Tierra era posible también determinar con bastante precisión su tamaño: tiene un radio de unos 1 737 km, es decir, algo más de la cuarta parte que la Tierra. Puesto que el volumen de una esfera es proporcional al cubo del radio, esto significa que el volumen de la Luna es unas 50 veces más pequeño que el de la Tierra. Como veremos dentro de un momento, inevitablemente la Luna es bastante menos densa que la Tierra, de modo que su masa es aún menor comparada con la del planeta — es unas cien veces más ligera que la Tierra, con tan sólo 7,35·1022 kilos.
Sin embargo, aunque sea un objeto muy pequeño (astronómicamente hablando, se entiende), está tan cerca de nosotros que su influencia es bastante apreciable sobre nuestro planeta. Su efecto más conocido es el de provocar las mareas en los océanos terrestres y, aunque se trata de algo bien sabido por todos, no quiero dejar de mencionarlo porque hay algunas confusiones al respecto, sobre todo al considerar una explicación demasiado simplista de por qué se producen. Ya sé que el lema de El Tamiz es “antes simplista que incomprensible”, pero en este caso es posible explicar el fenómeno de forma relativamente sencilla sin inducir a error con una explicación incompleta.
Suele decirse que las mareas son movimientos de los océanos terrestres debido a la acción gravitatoria de la Luna, que “tira” hacia sí de la parte de la Tierra que mira hacia ella, de modo que la masa de agua de esa zona se eleva ligeramente, produciendo la marea alta. Sin embargo, como digo, esta explicación es incompleta: si sólo se tratase de eso, ¿por qué hay dos mareas altas y dos bajas cada día? ¿No debería haber una marea alta y una baja cada día, según nos encontremos mirando hacia la Luna o “de espaldas” a ella?
La cuestión está en que la Tierra y la Luna se mueven alrededor de su centro de masas común. Aunque la Luna es mucho más ligera que la Tierra, de modo que el centro de gravedad de los dos cuerpos está mucho más cerca del centro de la Tierra que del de la Luna (de hecho, está por debajo de la superficie terrestre), ambos cuerpos giran alrededor de ese punto común, como puedes ver en esta animación:

misterios

La Tierra y la Luna en su movimiento alrededor del centro de masas.
Es como si la Tierra y la Luna fueran dos niños cogidos por las manos y corriendo uno alrededor del otro, sólo que uno de los niños es gordo y rollizo y el otro es un delgaducho, de modo que el delgaducho recorre más distancia que el rollizo, que casi se queda en el sitio, pero los dos dan cada vuelta al mismo tiempo.
Pero imagina una situación algo diferente: en vez de dos niños, se trata de dos globos llenos de agua, uno grande y otro pequeño, unidos por una cuerda y girando alrededor de un punto común, con la cuerda tensa. Fíjate (en tu imaginación, claro) en el globo grande, es decir, la Tierra: la parte que mira al globo pequeño es la que tiene atada la cuerda, de modo que está “estirada” hacia el globo pequeño. Ahí hay una marea alta o pleamar, que es la más intuitiva y la que suele explicarse fácilmente.
Pero en el lado opuesto del globo también hay marea alta. Puesto que el globo está girando, la parte de fuera también está “estirada” debido a la inercia, igual que el pelo del niño que gira en el ejemplo anterior se va hacia su espalda según gira. De modo que hay marea alta en dos lados opuestos: el que mira hacia la Luna (porque ésta “tira” de él hacia sí) y en el que está de espaldas a ella (debido a la inercia en el movimiento alrededor del centro de gravedad común).
La marea baja o bajamar se produce en las direcciones perpendiculares a las anteriores: por lo tanto, a lo largo de un día hay más o menos dos pleamares y dos bajamares, según la Tierra gira sobre su eje y el lugar en el que te encuentras “mira” hacia la Luna, está de espaldas a ella, etc.
El Sol, por cierto, también tiene un efecto sobre las mareas, aunque se encuentra tan lejos de nosotros que su influencia no es tan grande como la de nuestro satélite. Cuando la influencia de ambos se suma se produce lo que se denominan mareas vivas, y cuando las influencias son opuestas se producen las mareas muertas.
Lo que era también evidente desde el principio era que la Luna siempre muestra (más o menos, luego veremos por qué esto no es exactamente cierto) la misma cara hacia la Tierra, de modo que una gran parte de su superficie era invisible: dicho de otro modo, la Luna tarda lo mismo en dar una vuelta alrededor de su eje que lo que tarda en dar una vuelta alrededor de la Tierra. Tampoco fue muy complicado descubrir la razón de esta “coincidencia” que, por supuesto, no lo era — sólo hacía falta emplear la Ley de Gravitación Universal de Isaac Newton para obtener la respuesta.
Al principio, la Luna probablemente giraba bastante más rápido que ahora alrededor de su propio eje, pero desde el principio fue frenándose debido, curiosamente, a las mareas. Aunque solemos pensar en las mareas que produce la Luna sobre la Tierra, nuestro planeta también “estira” y “achata” al satélite: la cara que mira hacia la Tierra se “estira” hacia el planeta… pero la Luna está girando, de modo que esa parte “estirada” pronto se mueve y deja de mirar exactamente hacia la Tierra — el “pico” se encuentra un poco adelantado a favor de la rotación lunar.
Naturalmente, la marea va cambiando y la zona estirada también, pero tarda en hacerlo, y mientras tanto el “pico estirado” está algo por delante de la cara que mira hacia la Tierra en el sentido de giro de la Luna. Pero nuestro planeta tira, mediante la atracción gravitatoria, de ese “pico estirado” hacia sí, frenando muy ligeramente la rotación lunar. Este efecto, por supuesto, es minúsculo, pero al cabo de millones de años ha producido una sincronía entre la traslación y la rotación lunares: de ahí que siempre veamos (más o menos) la misma cara de la Luna. Lo mismo sucede con casi todos los cuerpos pequeños que orbitan cerca de otro mucho más grande, como veremos en posteriores capítulos de la serie.
Pero, como digo, no vemos siempre exactamente la misma cara, aunque mucha gente desconoce este hecho. Como he mencionado antes, en total vemos alrededor del 60% de la superficie lunar, pero si siempre nos mostrarse la misma superficie sólo seríamos capaces de ver la mitad. ¿De dónde sale ese 10% “extra?” Es posible que, si eres especialmente avezado, ya te huelas la respuesta — la culpa la tiene el hecho de que la órbita no es circular, sino elíptica.
En primer lugar, puesto que la Luna no siempre está a igual distancia de la Tierra, su velocidad alrededor de nosotros no siempre es la misma: cuando está pasando cerca se mueve más rápido, y cuando está lejos lo hace más despacio. Pero su velocidad de rotación alrededor de su eje siempre es la misma… con lo que cuando está cerca va descubriendo a nuestros ojos un poquito de la superficie que normalmente oculta por un lado (pues se traslada más rápido de lo que rota), y cuando está lejos hace lo mismo por el otro lado (pues rota más rápido de lo que se traslada). Este fenómeno se conoce como libración longitudinal.
Además, la órbita de la Luna no se encuentra sobre el plano de la eclíptica, sino que forma unos 5° con ella. Por lo tanto, según se mueve alrededor de la Tierra nos parece que su eje se bambolea hacia arriba y hacia abajo, lo que se conoce con el nombre de libración latitudinal. También hay un tercer tipo de libración, la libración diurna, que es una consecuencia de la rotación de la Tierra: nuestro planeta gira sobre su eje bastante más rápido que la Luna (un día comparado con casi un mes), de modo que a lo largo del día nos movemos respecto a la Luna, atisbando un poquito de superficie “extra” en ese movimiento.
Aquí tienes una animación que te dará una idea del efecto combinado de todas las libraciones, y cómo nos descubren un 10% más de Luna del que veríamos de otro modo. De paso puedes ver las fases lunares “en acción”:

imagenes

Pero los efectos que producen la libración también tienen otra consecuencia muy interesante, que mencionamos de pasada al hablar sobre el período hadeico de la historia de la Tierra (¿recuerdas aquél dibujo del “infierno” con una Luna enorme en el cielo, que reproducimos de nuevo más abajo?): la Luna está ahora mucho más lejos de la Tierra de lo que estaba antes, y se aleja de nosotros todo el tiempo.
Si has entendido mi pobre explicación sobre la libración longitudinal, no deberías tener problemas para entender este segundo fenómeno. La Luna produce mareas sobre la Tierra, de modo que –por ejemplo– en el lugar de la Tierra que “mira hacia la Luna” hay marea alta (no sólo en el agua, la propia Tierra se estira ligeramente hacia el satélite). Pero, como en el caso de la Luna, la Tierra gira sobre sí misma antes de que la “parte estirada” pueda cambiar de sitio, de modo que esa “marea alta” se encuentra siempre algo adelantada en el giro terrestre… que es el mismo sentido de giro de la Luna alrededor de la Tierra.

la luna
El Nacimiento de la Tierra, de Chesley Bonestell. Esto sí que es una luna llena.

La consecuencia es que la Luna no “ve” una Tierra esférica: ve un “pico estirado” un poco por delante en su giro alrededor del planeta, y ese “pico estirado” la atrae debido a la gravedad, acelerando su movimiento alrededor de la Tierra. Y, como cualquier satélite que se mueve más rápido que antes, empieza a alejarse del objeto alrededor del cual orbita. Esto lleva sucediendo continuamente desde la formación del satélite, y seguirá sucediendo durante bastantes millones de años más. Por supuesto, está sucediendo según lees este artículo, aunque el efecto sea lento — la Luna se aleja de la Tierra unos 3,8 centímetros cada año (cuando Neil Armstrong la pisó estaba unos dos metros más cerca que ahora, ¡claro, así cualquiera!).
Por cierto, puede que te preguntes (si tienes una base sólida en física) de dónde diablos sale el momento angular adicional que hace que la Luna se mueva más rápido alrededor de la Tierra, pues el momento angular total debe conservarse. La respuesta también lleva a una consecuencia curiosa de este efecto — el momento angular que gana la Luna en su traslación lo pierde la Tierra en su rotación. Dicho de otro modo, la Tierra acelera a la Luna a costa de frenarse en su giro… y cada vez giramos más despacio. Sí, la Tierra está frenando mientras lees estas líneas, pero no corras a mirar tu reloj: el día se alarga sólo unos 0,000017 segundos cada año. Una vez más, esto puede parecer poco, pero cuando los dinosaurios retozaban en nuestro planeta el día duraba sólo 23 horas, y en el futuro un día llegará a ser realmente largo.
Pero para conocer más sobre la naturaleza de nuestro satélite (¿cuál es su estructura? ¿cómo se formó? ¿existe agua en él? ¿qué hay en la “cara oculta”?) hacía falta acercarse a la Luna: y era absolutamente imposible en el siglo XIX, a pesar de que Julio Verne (y otros, como Tsiolkovsky) ya anduvieran pensando en cosas por el estilo. La ciencia debía esperar a la tecnología… y tuvo que esperar bastante
Existen multitud de preguntas casi inmediatas (que no se escapaban a ningún astrónomo de principios del siglo XX) que surgen al mirar a nuestro satélite con un telescopio: ¿cuál es su estructura interna? ¿qué hay en la “cara oculta”? ¿cuál es su origen? ¿está cubierta de polvo o es roca sólida? ¿tiene campo magnético? ¿agua?

Los secretos de La Luna
El módulo lunar Intrepid, de la misión Apolo 12, descendiendo sobre la Luna. Versión a 950×955 px. Crédito: NASA.

Para seguir profundizando en nuestro conocimiento de la Luna hacía falta llegar hasta ella o, al menos, acercarnos bastante. Si has seguido la serie desde el principio ya sabes cuál suele ser el proceso al explorar un cuerpo celeste: enviar sondas robóticas que orbiten alrededor del objeto, lograr posar alguna de ellas sobre su superficie… y, en este caso (el único, hasta ahora, en la exploración del Sistema Solar) poner seres humanos en él.
Aunque la denominada carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos daría para una serie de artículos completa, el objetivo de esta entrada es la Luna, y la manera en la que fuimos conociéndola mejor durante la segunda mitad del siglo XX. Por lo tanto, simplemente quiero mostrar los retazos más importantes de la carrera espacial en lo que concierne a los paulatinos descubrimientos sobre nuestro satélite — tratando, como siempre, de intercalar algunas imágenes lo más bellas o significativas posibles.

info

Modelo de Mechta (Luna 1). Crédito: NASA.
En 1959 se lanzó al espacio la sonda espacial soviética Mechta, renombrada posteriormente (al formar parte de una serie de sondas) Luna 1. Esta maravilla de la tecnología (aunque hoy parezca un artilugio muy primitivo) logró varias cosas que un objeto de construcción humana nunca había conseguido antes.
Para empezar, se convirtió en el primer objeto humano en escapar totalmente del campo gravitatorio terrestre. Otras sondas anteriores habían logrado ponerse en órbita alrededor del planeta, pero Mechta fue la primera en moverse a una velocidad mayor que la de escape en su órbita; la primera en, como probablemente hubiera dicho Tsiolkovsky, escapar de la cuna de la humanidad. Por fin habíamos salido del cascarón.
Desgraciadamente, un error en el control de tierra hizo que Luna 1 no utilizara sus impulsores en los tiempos correctos, con lo que el objetivo que se había pretendido (estrellarla en la Luna) no se consiguió, pero aún así la sonda nos proporcionó valiosísima información: pasó a tan sólo unos 6 000 kilómetros de la superficie del satélite, y confirmó que la Luna no tiene un campo magnético apreciable — algo que muchos ya sospechaban, desde luego. También realizó diversas mediciones y experimentos en la alta atmósfera de la Tierra y fue el primer instrumento en medir el viento solar.
Además, debido a ese fallo en el control de la sonda, ésta escapó hacia el Sol y finalmente entró en una órbita estable a su alrededor, entre la Tierra y Marte, convirtiéndose en el primer objeto humano en orbitar directamente alrededor de nuestra estrella. Ahí sigue Mechta hoy, dando vueltas interminablemente, inerte y callada, según lees este artículo.
Ni qué decir tiene que pocas semanas tras el lanzamiento de Luna 1, los estadounidenses lograrían algo parecido con una de sus misiones Pioneer, pero el siguiente paso trascendental en la exploración de nuestro satélite lo dieron, una vez más, los soviéticos, y en el mismo año de 1959: su sonda Luna 2 se estrelló sobre la superficie en Septiembre de ese año.

misterios
Luna 2, el primer objeto humano en tocar la Luna. Crédito: NASA.

La verdad es que Luna 2 no obtuvo información novedosa, aunque confirmó los datos obtenidos por su hermana mayor (la ausencia de campo magnético, el viento solar…). Ni siquiera disponía de sistemas de propulsión: simplemente fue lanzada hacia el satélite para estrellarse de manera incontrolada sobre su superficie — y, entre otras cosas, dejar allí enseñas de la Unión Soviética y restregar el logro en la cara de los Estados Unidos, en una actitud común a ambas potencias. La exploración espacial avanza, pero la naturaleza humana, al parecer, no cambia.

imagenes

La sucesora de Luna 2, Luna 3, sí logró algo realmente significativo: durante miles de años, el ser humano se había preguntado qué había en la cara oculta de la Luna, y si era igual que la que nos mira o no. Luna 3. El 7 de Octubre de 1959, Luna 3 orbitaba alrededor de la Luna y sus cámaras miraban, por primera vez en la historia de la humanidad, la cara oculta de la Luna. La sonda tomó un total de veintinueve fotografías de la superficie del satélite — son de una calidad bastante mala, pero me siguen poniendo la carne de gallina:

la luna

Naturalmente, a lo largo de los años hemos obtenido imágenes mucho mejores de la cara oculta, pero todas muestran lo que los científicos de 1959 pudieron ver al estudiar cuidadosamente las primitivas imágenes de Luna 3: mientras que la cara que mira hacia la Tierra es relativamente lisa (casi una tercera parte está cubierta por mares), la cara oculta es rugosa, abrupta y apenas tiene mares. Observa estas dos imágenes de las dos “caras”, la visible y la oculta (los maria son las zonas oscuras) :

Los secretos de La Luna
La cara visible de la Luna. Versión a 1719×1719 px. Crédito: NASA.

info
La cara oculta de la Luna. Versión a 1719×1719 px. Crédito: NASA.

Existen varias razones que contribuyen a esta diferencia: por un lado, los mares son coladas basálticas procedentes de actividad volcánica, y al parecer hay una mayor concentración de elementos productores de calor (más pesados y radiactivos, como el uranio) en la mitad más cercana a la Tierra. Esto se debe probablemente a la atracción gravitatoria de nuestro planeta, que hace que la distribución interna de elementos dentro de la Luna no sea simétrica — la Tierra “tira” hacia sí de la Luna, de modo que hay un cierto desplazamiento de elementos pesados hacia nosotros y ligeros hacia el otro lado.
Además, piensa que la Luna lleva ahí miles de millones de años, recibiendo impactos de todo tipo… pero no por todas partes igual. Una de sus caras (más o menos, como ya mencionamos en la primera parte del artículo) mira hacia la Tierra, con lo que está bastante protegida de impactos, mientras que la otra cara está “mirando hacia fuera”, expuesta en mucha mayor medida a lo que pueda venir. De modo que tal vez algunos mares primitivos hayan sido ocultados, a lo largo del tiempo, por cráteres más modernos.
El siguiente paso en la exploración de la Luna era evidente: hacía falta posarse sobre ella de manera controlada, no estrellándose. Los científicos no sabían cuál sería la textura y consistencia de la superficie lunar: algunos sospechaban que estaba cubierta de una gruesa capa de polvo muy fino, y que cualquier cosa que tratase de posarse sobre ella se hundiría irreversiblemente en el polvo. Otros pensaban que apenas habría polvo, y que más bien se trataría de roca más o menos disgregada.
La respuesta la dieron, una vez más, los soviéticos (que, como puedes ver, llevaron la iniciativa durante la primera etapa de la exploración del satélite). Su sonda Luna 9 consiguió alunizar suavemente y tomar la primera fotografía desde la superficie de la Luna, el 3 de Febrero de 1966. Una vez más, sí, es una foto espantosa, pero recuerda el contexto histórico y su relevancia:

misterios
La superficie Lunar fotografiada por Luna 9. Crédito: Jodrell Bank Observatory (University of Manchester)

Los dos descubrimientos más importantes de Luna 9 fueron ambos esenciales para una futura misión tripulada al satélite (y había ya varias planeadas, estamos a sólo tres años del primer alunizaje tripulado): por un lado, el regolito lunar (la capa de roca desmenuzada que cubría su superficie) tenía la consistencia suficiente como para sostener un objeto pesado, y los miedos de hundirse en el polvo podían desaparecer. Por otro lado, las dosis de radiación ionizante en la superficie lunar eran de unos 0,3 miligrays cada día, lo cual era una muy buena noticia: para que te hagas una idea, una radiografía del abdomen te somete a 1,4 miligrays. Desde luego, había que proteger a los futuros astronautas (y hay otros lugares del viaje donde la radiación es más intensa), pero la Luna no era un infierno de rayos X y gamma ni nada parecido.
En cualquier caso, 1968 vio el siguiente hito en la exploración del satélite, aunque sólo fuera algo simbólico: los astronautas de la misión Apolo 8 orbitaron la Luna, y sus ojos fueron los primeros ojos humanos que se posaron directamente en la cara oculta de la Luna. Sin embargo, el reto era, naturalmente, depositar un ser humano en la Luna… ¡y devolverlo entero a la superficie terrestre sin que se friese en la reentrada!
Los estadounidenses, en este caso, fueron los que se llevaron el gato al agua: como los soviéticos en el caso de Luna 2, ahora fueron ellos quienes restregaron a los soviéticos este logro en los morros, igualando el nivel de madurez de sus oponentes — aunque, también hay que decirlo, entre los objetos que dejaron en la Luna en la primera misión tripulada había medallas conmemorativas de cosmonautas soviéticos. El 20 de Julio de 1969, los astronautas de la misión Apolo 11 lograban posarse sobre la superficie lunar.

imagenes
Buzz Aldrin en la Luna (puede verse a Neil Armstrong reflejado en el casco). Versión a 2700×2700 px. Crédito: NASA.

El propósito de este artículo no es argumentar las razones por las que sabemos que hemos llegado a la Luna, ni tampoco mostrar los agujeros en los argumentos conspiranoicos en el sentido de que no hemos llegado nunca al satélite — si quieres leer (o discutir) sobre ese asunto, te recomiendo que te dirijas al artículo correspondiente a ese tema.http://eltamiz.com/2007/07/03/falacias-el-hombre-nunca-ha-llegado-a-la-luna/
Los astronautas de Apolo 11 llevaron a cabo varios experimentos, pero el hecho más importante era, sin duda, el haber logrado situar a un ser humano sobre la superficie de otro cuerpo celeste — algo que, hasta el momento, sólo han logrado los Estados Unidos. En los años posteriores, tanto la Unión Soviética (con misiones robóticas) como los Estados Unidos (con misiones tanto robóticas como tripuladas) continuaron visitando la Luna con asiduidad.
Los estadounidenses, después de la misión Apolo 11 en Julio de 1969, volvieron en Noviembre del mismo año con Apolo 12, en 1971 con Apolo 14, de nuevo en 1971 con Apolo 15, y otras dos veces en 1972 con Apolo 16 y Apolo 17. En total, doce personas han puesto el pie en nuestro satélite hasta el momento, y han realizado multitud de experimentos que nos han permitido conocer bastante bien la estructura y las propiedades de la Luna.

la luna
El astronauta Harrison Schmitt durante Apolo 17. Versión a 900×932 px. Crédito: NASA.

Sin embargo, los soviéticos también continuaron, a finales de los 60 y comienzos de los 70, enviando misiones no tripuladas a la luna, y algunas de ellas incluso trajeron de vuelta a la tierra muestras del regolito lunar. Entre 1966 y 1976 se habían posado en la Luna 65 misiones diferentes, entre tripuladas y no tripuladas. La última fue la Luna 24 soviética de 1976 — ambas potencias tenían ya sus miras puestas en objetivos más importantes. Los soviéticos giraron sus ojos hacia Venus, y obtuvieron logros impresionantes de los que ya hemos hablado en el artículo sobre ese planeta, mientras que los estadounidenses fijaron su mirada en Marte (del que hablaremos cuando acabemos con la Luna).
Tras la enorme cantidad de información obtenida por las misiones Luna y Apolo, por fin teníamos una idea bastante buena de la estructura de nuestro satélite: la Luna es el satélite más denso del Sistema Solar después de Io (un satélite de Júpiter, del que hablaremos en su momento), aunque no tiene tanta densidad como la Tierra. Su núcleo es muy pequeño en comparación con su tamaño, debido probablemente –como veremos en la tercera parte de este artículo– a su origen a partir de nuestro planeta.
Esto no quiere decir que la Luna no tenga una estructura interna bien definida o que sea homogénea: tiene corteza, manto y núcleo, y el manto interno y el núcleo externo son aún líquidos y están bastante calientes. Sin embargo, las proporciones de las zonas internas y las temperaturas son mucho más pequeñas, en comparación con el tamaño de la propia Luna, que en el caso de los planetas “de verdad”.
Pero, aunque parezca mentira, la Luna sigue teniendo hoy en día actividad sísmica: no está “geológicamente muerta”. Gran parte de la culpa la tienen las mareas: como mencionamos en la primera parte del artículo, la Luna se deforma continuamente de maneras variadas debido a la acción gravitatoria de la Tierra y su órbita elíptica, lo cual la calienta por dentro del mismo modo que una pelota de goma se calienta si la aprietas y la sueltas muchas veces. De hecho, los terremotos –o, más bien, “lunamotos”– que se producen en su interior lo suelen hacer cada mes más o menos en el mismo momento del ciclo lunar.
Puesto que la Luna no tiene, como sucede en el caso de la Tierra, una dinamo interna (ya hablamos de ella al estudiar nuestro planeta) debido al pequeño tamaño de su núcleo, su campo magnético es minúsculo, algo que ya habían detectado las primeras sondas soviéticas y estadounidenses al acercarse al satélite: es unas cien veces más pequeño que el de nuestro planeta.
Lo mismo sucede con su atmósfera: en total tiene unas diez toneladas, un valor prácticamente despreciable. Aparte de la ausencia de un campo magnético, la gravedad lunar es tan pequeña (una sexta parte que la de la Tierra) que estos gases escapan continuamente al espacio, lo cual indica que se deben estar produciendo todo el tiempo. Algunos se producen en el interior de la Luna como resultado de la desintegración de elementos radiactivos, mientras que otros provienen de impactos de meteoritos y del viento solar sobre la superficie. En cualquier caso, la densidad atmosférica es tan pequeña que, a efectos prácticos, se trata del vacío.
El agua también es escasa en Selene. La temperatura en las zonas expuestas al Sol alcanza valores de más de 100 °C, y la radiación solar no sólo haría hervir el agua, sino que la disociaría en hidrógeno y oxígeno, de existir brevemente sobre la superficie, de modo que en cualquier región expuesta a la luz del Sol no puede haber agua ni hielo en cantidades apreciables (aunque algunas pequeñas cantidades se han detectado en rocas traídas por las misiones Apolo). Eso sí, estamos bastante seguros de que muchos de los impactos recibidos por el satélite han sido de cuerpos que contenían hielo, de modo que es perfectamente posible que, sabiendo buscar, encontremos agua congelada en la Luna del mismo modo que pretendemos encontrarla en Mercurio.

Los secretos de La Luna
Cráter Shackleton, en el Polo Sur lunar. Crédito: ESA.

Los lugares más obvios son los cráteres profundos cerca de los polos, en zonas de permanente oscuridad. Uno que nos intriga bastante es el cráter Shackleton, cerca del Polo Sur lunar: la temperatura en su interior no supera, en algunos lugares, los -170 °C en ningún momento, de modo que podría haber enormes cantidades de hielo allí… o no. Cuando hablemos, en la tercera y última parte, de las futuras misiones a la Luna y su posible colonización, veremos cómo y cuándo trataremos de saberlo.

info
Apolo 17: la última misión tripulada a la Luna… por ahora. Versión a 3000×3000 px. Crédito: NASA.

Han existido, a lo largo del tiempo, multitud de teorías que trataban de explicar el origen de la Luna, del mismo modo que existen acerca de los demás satélites del Sistema Solar. Sin embargo, procesos que explican bastante bien la existencia y posición de otros satélites (recuerda que la Luna es el primero del que hablamos hasta ahora en la serie) no sirven para justificar las propiedades de la Luna demasiado bien.
Por ejemplo, una teoría que ya no tiene demasiados apoyos es la de la fisión: según ella, la Luna era originalmente parte de la Tierra, pero nuestro planeta giraba tan deprisa que una parte de él, cuando aún estaba muy caliente en la superficie y era bastante plástico, salió despedida y formó la Luna. Sin embargo, de ser así, nuestro satélite giraría alrededor de la Tierra en el plano ecuatorial (el plano en el que salió despedida), pero la Luna está inclinada un ángulo considerable sobre ese plano. Además, la velocidad angular de la Tierra para “lanzar” una parte de sí de ese modo debería haber sido tremenda — mucho más grande que la que todos los modelos actuales consideran, teniendo en cuenta su velocidad de rotación actual y el tiempo que ha pasado.
Algo parecido sucede con un proceso que sí explica muy bien las órbitas y naturalezas de otros satélites de nuestro sistema, la captura. Existen multitud de cuerpos pequeños en el Sistema Solar que no orbitan alrededor del Sol, sino que han sido “capturados” por la atracción gravitatoria de un cuerpo más grande. Llegaremos a ellos a su tiempo, pero los leviatanes del Sistema Solar, como Júpiter, tienen verdaderas hordas de pequeños cuerpos girando a su alrededor como un enjambre de mosquitos.
Sin embargo, los modelos estudiados por los científicos parecen indicar que esto no ha podido suceder con la Tierra y la Luna: nuestro planeta no tiene la suficiente masa como para “amarrar” a un cuerpo tan enorme (para ser un satélite de la Tierra) como la Luna, y hubiera hecho falta una serie de coincidencias extraordinarias para frenarla en el momento y lugar precisos de modo que tuviera una órbita estable alrededor de la Tierra.
De hecho, durante mucho tiempo los astrónomos no tenían un consenso sobre qué diablos podría explicar tantas cosas peculiares del satélite: su minúsculo núcleo, su composición muy similar al manto de la propia Tierra, su gran tamaño en comparación con nuestro planeta, su elevación sobre el plano ecuatorial, la casi total ausencia de elementos volátiles… Hasta muy recientemente (la década de los 80) las teorías más dispares se postulaban y descartaban continuamente, y no existía una posición común.
Pero en los 70 surgió una teoría nueva, que poco a poco fue ganando aceptación hasta que, en una conferencia sobre el origen de la Luna en 1984, se mostró sin lugar a dudas como la favorita de la comunidad científica, y sigue siéndolo hoy, a pesar de que tiene también algunos problemas: la Teoría del Gran Impacto, de la que ya hablamos brevemente en la entrada sobre la Tierra ya que, de ser cierta esta teoría, la formación de la Luna afectó seriamente al desarrollo inicial de nuestro propio planeta.

misterios
Impacto entre Theia y la Tierra (visión artística). Crédito: NASA.

La esencia de esta teoría es que poco después de la formación del Sistema Solar (tras tan sólo unas cuantas decenas de millones de años), cuando la Tierra aún era una inmensa bola de roca fundida, otro planeta impactó contra ella. Este segundo planeta suele recibir el nombre de Theia (puesto que esa diosa era la madre de Selene), y debía de tener una masa parecida a la de Marte. La Tierra, por aquel entonces, todavía no tenía el tamaño actual, sino más o menos el 90% de su masa de hoy en día — en parte porque seguía capturando planetesimales, y en parte porque tras el impacto absorbió parte de la masa de Theia.

imagenes
Animación del movimiento de Theia hasta el impacto con la Tierra. Crédito: Wikipedia/GPL

La cuestión es que es difícil que dos cuerpos de tamaño considerable orbiten el Sol a una distancia parecida de forma estable: normalmente, la órbita de uno de ellos acabará volviéndose inestable de modo que escape a otra diferente, o bien impacte contra el otro, como sucedió en este caso (si esta teoría es cierta, por supuesto). De hecho, pensamos haber visto los restos de impactos similares alrededor de otras estrellas: tanto en HD 23514 (en las Pléyades) como BD+20 307 hay anillos de restos rocosos orbitando alrededor de la estrella que tienen toda la pinta de ser todo lo que queda de pares de protoplanetas que han chocado uno con el otro, como sucedió aquí.
La “suerte” en el caso de la Tierra y Theia fue que el impacto probablemente no se produjo “de lleno”, disminuyendo así su violencia de modo que no aniquiló completamente a los dos planetas nacientes como en el caso de esos otros sistemas estelares. Eso sí, debió de ser algo cataclísmico: se estima que la temperatura en la superficie de la Tierra llegó a alcanzar más de 10 000 °C, casi el doble que la temperatura en la superficie del Sol. Miles de millones de toneladas de roca se vaporizaron instantáneamente, y cantidades inimaginables de material fueron desprendidas al espacio a velocidades tremendas.


link: http://www.youtube.com/watch?v=rSR4NHw2CM4&feature=player_embedded


Casi todo el núcleo de Theia, con los elementos más pesados, se fundió con el de la primitiva Tierra, lo cual explicaría la gran cantidad de hierro en nuestro planeta (el más denso del Sistema Solar). Sin embargo, gran parte del manto de Theia se vaporizó o fue expulsado al espacio; aunque la animación del vídeo no lo muestra demasiado bien, durante un tiempo los restos de Theia (y parte de la Tierra, claro) formaron una especie de “cinturón de asteroides” alrededor de nuestro planeta, pero aquello no podía durar. Tal densidad de pequeños cuerpos en un campo gravitatorio, moviéndose a gran velocidad, supuso una cantidad terrible de impactos entre ellos, como puedes ver en este otro vídeo de animación (cuyo sonido es, desgraciadamente, algo desagradable) :


link: http://www.youtube.com/watch?v=OY_5h5iPA8k&feature=player_embedded

Algunos trozos, tras impactar contra otros, acabaron cayendo a la Tierra de nuevo. Otros fueron despedidos a velocidades mayores que la de escape, y desaparecieron en el espacio interplanetario… pero, poco a poco, los impactos fueron agrupando la masa de modo que, al cabo del tiempo, un satélite realmente grande orbitaba la Tierra. Como mencionamos en el artículo sobre nuestro planeta, ambos cuerpos eran aún (en gran parte debido a la energía liberada en el impacto) bolas incandescentes, y estaban muy cerca uno del otro — no voy a repetir aquí las razones de su continuo alejamiento, porque ya lo explicamos en la segunda parte de este artículo, pero es un efecto significativo en la evolución de la Tierra y la Luna.
Aunque la Teoría del Gran Impacto tiene que limar algunos detalles (la composición exacta de la Luna no coincide con la que debería ser de acuerdo con el modelo), no tenemos hasta ahora otra que explique mejor su órbita y estructura interna. Desde luego, parte de la grandeza de la ciencia es que, de desarrollarse una teoría nueva –o una modificación de ésta– que no presente estas incongruencias, nos pasamos a ella y listo.
En cualquier caso, tras el impacto una especie de “océano de magma” cubría el satélite, que poco a poco se fue enfriando. Según la roca se fue solidificando, se formó la corteza de la Luna. Las muestras de roca tomadas por las diversas misiones a la Luna que mencionamos el artículo pasado (una de las cuales llevó un geólogo a la superficie lunar precisamente con este propósito) muestran que la corteza estaba formada ya hace unos 4 000 millones de años, y ya entonces aparecen los primeros cráteres en la superficie Lunar (hubo impactos anteriores, por supuesto, pero tuvieron el mismo efecto que un guisante cayendo… en un puré de guisantes).

la luna
Harrison Schmitt, el único geólogo (y el último humano) sobre la Luna, tomando muestras de mineral durante Apolo 17.

De hecho, una cantidad gigantesca de cráteres tienen edades muy similares: entre 3 850 y 4 000 millones de años. Durante esos brevísimos 150 millones de años la Luna fue bombardeada por una cantidad ingente de objetos; de ahí que ese período se denomine intenso bombardeo tardío, y hablaremos de él en la siguiente entrega de la serie, antes de zambullirnos en Marte, ya que la superficie lunar es uno de los signos más claros de su posible existencia.
Incluso tras la solidificación de la corteza, el interior de la Luna seguía estando muy caliente, y la actividad volcánica era intensa. Lo que algunos de los primeros astrónomos pensaban que eran océanos son en realidad enormes coladas de lava basáltica, relativamente lisas y homogéneas (aunque también tienen cráteres, por supuesto). Al principio, cuando el interior se encontraba todavía a una temperatura muy elevada, las erupciones eran constantes y de gran envergadura, pero poco a poco fueron disminuyendo en frecuencia y volumen: las últimas de las que tenemos noticia tienen algo más de mil millones de años de antigüedad.
Sin embargo, todavía pueden verse en la Luna multitud de testigos de esa época convulsa: aparte de los propios maria, existen antiguos ríos de lava solidificada, que suelen llevar (si se siguen “hacia atrás”) hasta chimeneas volcánicas apagadas hace eones, y montes cuyo origen no deja lugar a dudas, ya que tienen cráteres volcánicos en la superficie de los que parten algunos de estos “ríos” ancestrales:

Los secretos de La Luna

Mons Rümker, en el Mar de las Tormentas (Oceanus Procellarum), de más de 1 km de altura sobre la planicie. Cada pequeño cono tiene su propia chimenea. Versión a 2373×2406 px. Crédito: NASA.
Pero claro, al cabo del tiempo la actividad volcánica fue cesando, mientras que los impactos de meteoritos se siguieron produciendo (aunque ya no con la misma intensidad que durante el “bombardeo” de tiempos pasados). Poco a poco, incluso los maria inmaculados y lisos fueron sufriendo cicatrices debidas a estos impactos; la mayor parte de estos impactos, por supuesto, fueron de cuerpos relativamente pequeños, pero otros son realmente impresionantes:

info
El Mar de las Lluvias (Mare Imbrium), con el imponente cráter Copérnico en medio (de más de 100 km de diámetro). Versión a 1082×971 px. Crédito: NASA.

En muchos de estos cráteres puede verse aún claramente el lugar del impacto como una elevación del terreno aproximadamente en el centro del cráter, como puedes ver en esta imagen del cráter King tomada durante la misión Apolo 16:

misterios

Además de crear cráteres, los continuos impactos fueron creando lo que denominamos regolito: la capa de roca más o menos triturada que cubre la superficie de la Luna (y de muchos otros cuerpos del Sistema Solar). Desde luego, no es el terrible polvo profundísimo que algunos temían que existiera, pero tiene un espesor considerable: desde unos dos metros en las regiones más “nuevas” (es decir, las que sufrieron las últimas coladas de lava, como muchos maria) hasta unos veinte metros en las más antiguas. Como mencionamos en la entrada anterior, puede soportar el peso de naves y astronautas sin problemas, y los fragmentos de roca tienen tamaños muy diferentes.
El principal problema del regolito a largo plazo es que parte de la roca está triturada muy finamente por el continuo impacto de micrometeoritos (meteoritos de muy pequeño tamaño): en la Tierra, el continuo movimiento de los trozos y la erosión por el agua y el aire van redondeando los fragmentos de cualquier roca, ¡pero en la Luna no pasa nada de esto! Como resultado, estos pequeños fragmentos tienen bordes afilados y puntas muy finas, lo que habrá que tener en cuenta al planear una futura base o colonia lunar, ya que puede suponer una pesadilla en el mantenimiento de mecanismos que funcionen durante años en ese ambiente, si levantan el polvo del regolito lunar.
Las misiones Apolo trajeron a la Tierra, en total, casi 400 kg de rocas de diferentes tamaños, que permitieron a los científicos conocer mucho sobre la composición de la Luna y la edad de las diversas muestras, a partir de la abundancia relativa de distintos isótopos. Hoy conocemos bastante bien la composición química de sus rocas (no en todas partes, por supuesto) y parecería que no tiene mucho sentido invertir millones en volver a ir, ya que se trata simplemente de una roca inerte.
Ah, pero sí tiene mucho sentido volver a ir (aunque, desde luego, la conveniencia de utilizar el dinero en esto y no en otra cosa está sujeta a distintas opiniones), por varias razones diferentes. En primer lugar, es indudable que en un futuro relativamente cercano nos enfrentaremos a un desafío aún mayor que llegar a la Luna: poner los pies en otro planeta del Sistema Solar. Las misiones lunares son pruebas excelentes del equipo nuevo y la tecnología que se ha ido desarrollando en esa dirección.
Pero, además, no debemos despreciar la Luna en sí misma como un objetivo práctico a corto plazo: en primer lugar, sería un lugar absolutamente único para construir telescopios ópticos gigantes, algo que ya mencionamos hace más de un año en El Tamiz. Pero, además, un radiotelescopio tendría enormes ventajas, de construirse sobre la superficie de nuestro satélite (en la cara oculta, por supuesto).
Piensa que los radiotelescopios actuales tienen que luchar contra un “ruido” infernal creado por nuestras propias emisiones, y cada año emitimos más. Naturalmente, se filtra este “ruido” para que no influya en las observaciones, pero esto disminuye la sensibilidad de nuestros instrumentos y está siendo, cada vez más, un problema. Para que te hagas una idea, es como tratar de ver las estrellas en luz visible cuando a nuestro alrededor las ciudades cada vez emiten más luz por la noche: con software se puede eliminar, hasta cierto punto, la luz de la ciudad, pero llega un momento en el que los detalles más sutiles del cielo nocturno se harían prácticamente imposibles de ver. Lo mismo sucede con los radiotelescopios.
Pero uno construido en la Luna, “a espaldas” de nuestro planeta, estaría protegido por un escudo de 7,35·1022 kg de las emisiones de radiación electromagnética terrestre, y podría mirar ahí fuera sin apenas interferencia, y después –utilizando unos cuantos satélites para repetir la señal– enviarnos los resultados a la Tierra. ¡Ay, lo que podríamos ver!
Claro, algunos visionarios llegaron más lejos de la simple idea de construir un telescopio, y mucho antes de que se construyera el primer cohete… incluso antes de que volara el primer aeroplano, el genial Konstantin Tsiolkovsky ya planteó la posibilidad de colonizar permanentemente la Luna, entre otras muchas cosas. Durante los años 50 y 60, la idea tuvo cierto auge, pero luego el entusiasmo fue enfriandose… pero ahora la cosa vuelve a tomar fuerza otra vez, y varios gobiernos ya tienen planes más o menos concretos de establecer bases permanentes allí en las décadas de 2020-2030, entre ellos los EE.UU, China, la Unión Europea, Japón y la India.
El objetivo no es, en principio, establecer colonias de gran tamaño para expandir nuestra población: existen otros lugares en el Sistema Solar que, probablemente, serían mucho más aceptables en este aspecto. La idea sería tener bases de pequeño tamaño y carácter permanente, pero con tripulaciones que se vayan relevando a lo largo del tiempo — es decir, algo parecido a lo que sucede con la Estación Espacial Internacional. Pero ¿para qué puede servir una base en la Luna?
En primer lugar, como sucede en el caso de los telescopios, porque las posibilidades de experimentos científicos son múltiples, y mantener la base sería probablemente más barato que la ISS, pues estaría “en el suelo”, aunque no fuera nuestro suelo. Además, recuerda lo muchísimo que nos costó escapar del campo gravitatorio de nuestro planeta y de su densa atmósfera: es muy difícil lograrlo, e incluso hoy en día es un coste económico inmenso para las misiones espaciales… pero en la Luna, la gravedad es la sexta parte que en la Tierra, no hay atmósfera, y hay una cantidad de materias primas ingente y sin explotar.
Si algún día nos extendemos de verdad por el Sistema Solar, no sabemos dónde se realizará la construcción de las naves espaciales que lo logren, pero lo que sí sabemos es dónde no se realizará: en la Tierra. Sería completamente absurdo. La Luna sí es un candidato posible a este fin, porque una nave construida en la Luna necesitaría para ser lanzada una fracción minúscula de la energía que requeriría hacer lo mismo desde la Tierra. De modo que la Luna tal vez no sea nuestro destino final, sino el trampolín para abandonar nuestra “cuna”.
La propia explotación de los recursos naturales de la Luna (que son muchos) puede convertirla algún día en un objetivo comercial, aunque pensarlo pueda revolverte un poco las tripas — la escasa gravedad y ausencia de atmósfera harían, una vez más, bastante fácil establecer explotaciones mineras allí. En un futuro cercano, por supuesto, esto no sería viable económicamente, pero según los costes de ir y volver vayan descendiendo (especialmente con naves no tripuladas) y los recursos en la Tierra vayan disminuyendo, la posibilidad puede volverse muy real.
De hecho, alguno de ellos ya lo tenemos “en el punto de mira”. Puesto que en la Luna no hay atmósfera ni campo magnético apreciables, el viento solar (que en la Tierra no llega al suelo ni de guasa) alcanza la superficie lunar sin problemas. El viento solar que lleva “lloviendo” sobre la superficie lunar durante miles de millones de años, compuesto por diversos tipos de partículas que acaban en el regolito, mezclados con las sustancias que lo componen e interaccionando con ellas, acumulándose poco a poco todo el tiempo. Como resultado, en la luna existen cantidades mucho mayores que en la Tierra de helio-3, un isótopo que puede ser fundamental si logramos desarrollar reactores de fusión.
El único problema es que las regiones en las que más helio-3 puede haber son aquéllas en las que la incidencia del viento solar es más perpendicular al suelo, es decir, cerca del ecuador lunar; dado el valor de este isótopo, puede resultar muy beneficioso establecer, al menos, explotaciones robóticas allí, pero las bases permanentes probablemente no se encuentren cerca del ecuador.
La razón es que hay otra región que tiene ventajas muy claras para establecer bases habitadas. Si recuerdas la entrada sobre Mercurio y la anterior sobre la propia Luna, ya deberías ser capaz de anticipar de qué zona estamos hablando: los polos.
En los polos lunares se dan dos características cruciales para el posible establecimiento de una base, aunque parezcan contradictorias al principio: permiten disponer de luz solar prácticamente todo el tiempo, y permiten zonas de oscuridad permanente. La clave es que la Luna rota sobre su eje de manera que su ecuador es prácticamente paralelo al plano de la eclíptica (la trayectoria aparente del Sol), de modo que la inclinación de los rayos solares apenas cambia a lo largo del tiempo.

imagenes

Ya hablamos acerca del cráter Shackleton, cuyas profundidades no han visto jamás la luz del Sol. Allí podría haber cantidades considerables de hielo, con lo que el suministro de agua a la base o colonia estaría asegurado. Pero, claro, al mismo tiempo hace falta la suficiente energía para derretir el hielo, además de hacer funcionar los sistemas de la base… y aquí está lo curioso del asunto. El mismo cráter Shackleton lo puedes ver en la siguiente imagen, más alejada:

la luna

Fíjate en la montaña de Malapert en el tercio superior de la imagen: está situada a unos 116 km del cráter. Mientras que el fondo del cráter nunca ve la luz, la cima del Malapert, que tiene unos 5 km de altura, está bañada por los rayos solares prácticamente todo el tiempo, incluso cuando en el ecuador lunar es de noche. Situando paneles solares en la cima del Malapert, una base dispondría de energía abundante a una distancia muy pequeña de un suministro de agua constante.
Además, recuerda que esto es la Luna: una de las desventajas de la energía solar en la Tierra es su irregularidad e impredecibilidad. Pero en la Luna el cielo nunca jamás va a estar cubierto (qué diablos, ni siquiera hay atmósfera que absorba radiación de ningún tipo), y el flujo de energía va a ser prácticamente constante y se puede depender de él sin problema alguno. Existen energía a mansalva, materias primas y –probable, pero no ciertamente– agua en cantidades más que suficientes para nutrir a una base.
Incluso el problema del oxígeno es de relativamente fácil solución, al disponer de tal cantidad de energía: enormes piscinas de algas o, mejor aún, algún sistema de fotosíntesis artificial pueden “reciclar” el dióxido de carbono producido para obtener de nuevo oxígeno.
Como digo, no es probable que la Luna se convierta en el segundo hogar de la humanidad en el Sistema Solar: la ausencia de atmósfera y la escasa gravedad, además del extraño ciclo de días y noches de 15 días terrestres de duración, hacen que no sea un lugar muy hospitalario. Pero es muy probable que se convierta en un suministro de recursos, una fuente de descubrimientos científicos y, tal vez, el “muelle espacial” donde se construyan las naves que colonicen nuestro segundo hogar, si algún día damos ese paso. La Luna sí puede ser el trampolín para escapar de nuestro cascarón.



Bueno espero que les haya gustado , Saludos

7 comentarios - Los secretos de La Luna

@sebaslok06 +1
che, guarda testamentos no secretos! Digo, con toda la info que pusiste!


@picku
se me rompio la ruedita del mouse
@titacho
Una nueva teoría propone que en algún momento la tierra tuvo dos lunas. Una mayor y una menor, la menor impactó a la mayor y se fusionaron en una. Esta teoría surge de las nuevas muestras tomadas de la luna que muestran que las composición de esta es muy diferente en sus dos hemisferios. Y ademas de que el modelo de simulación de la colisión que dio origen al satélite casi siempre da como resultado dos lunas en lugar de solo una
@meca97
me da wueba leer tanto, ya es noche, lo leere mañana. buen aporte