Era una noche fría y lluviosa, todos los discípulos cual soldados inmóviles, escuchábamos atentamente al catedrático, nos hablaba sobre derecho penal, mis ojos se comienzan a nublar y las lágrimas incontenibles comienzan a fluir, mi corazón parece que va a estallar, trato de disimular pero no puedo, el dolor es intenso y la rabia muy fuerte, es algo que no puedo evitar de sentir. A la mente se me ha venido la cara de mi esposo, él es la razón por la cual he tenido que ponerme a estudiar derecho en esta etapa de mi vida, no sé cómo puedo aguantar tanto y mantenerme de pie, firme; es como luego de llorar y llorar me hubiera salido una coraza que me protege pero que hoy cedía.
Familiares y amigos me han dado la espalda, eso duele mucho al principio, pero hay una fuerza divina invisible que me levanta y me pone en pie para seguir.
Ayer por la madrugada fui hacer la gigantesca cola para visitarlo, gente de toda condición se arremolinaba en la entrada peleando por hacer valer su lugar en la fila para ver a los suyos. Comienza a avanzar la línea y luego de pasar una serie de vejámenes me pongo la ropa ante la inhumana revisión de los gendarmes, paso finalmente a un gigantesco y apestoso patio, se respira dolor y sufrimiento, a un lado sentado lo puedo ver esta cabizbajo, tengo que contener mi frustración porque él está más débil que yo; me acerco hacia él, me toma de la mano “ya no aguanto más” me dice, nos ponemos a llorar, nos abrazamos y tratamos de darnos fuerzas. “Hoy entendí que la justicia es realmente ciega, tú no deberías estar aquí” le digo al despedirme. Como todos los martes llegue tarde al estudio jurídico donde trabajo.
Por la noche, ya muy tarde después de clases, casi desfalleciendo llego a casa, no he tenido tiempo de probar bocado, mis dos hijos están durmiendo, mi pobre madre con sus achaques incondicional los cuida, en puntillas entro a su cuarto y les doy un beso en la frente.
Como todas las noches, reviso el expediente judicial de mi marido, hay algo que pasaron por alto, mañana le estoy sugiriendo al abogado pedir la declaración de testigos que no fueron considerados inicialmente, si todo sale bien podría salir en libertad y finalmente hacerse justicia. “Dios mío dame fuerzas”.