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La luz fantastica-parte 4

pone sus dos Arcanos Mayores con los Elefantes?
Era una voz húmeda, jadeante, prácticamente contagiosa por sí misma.
— Ah, entonces habría podido sacarla a la mesa y tener una limpia, aunque no oculta. Pero tenía que haberlo hecho antes de cerrar -explicó Dosflores con entusiasmo.
— ¿Y si Guerra pone sus Arcanos con los Elefantes de Hambre? Son pareja, ¿hacen una limpia?
— ¡Exacto!
— Eso no lo entiendo muy bien. Vuelve a explicarme lo de las ocultas, que ya casi lo he cogido.
Era una voz pesada, hueca, como el choque entre dos grandes trozos de plomo.
— Es cuando consigues una con lo que tienes en la mano, sin haber cogido el Pozo y sin apoyarte en las de tu compañero. Puntúan más alto, pero siempre son más difíciles de conseguir...
La voz de Dosflores siguió discurriendo como un torrente de entusiasmo. Rincewind miró inexpresivo a Ysabell mientras a través del terciopelo se filtraban expresiones como «puntos de salida», «Pozo premiado» y «negativos sobre la mesa».
— ¿Entiendes algo de eso? -preguntó la chica.
— Ni una palabra.
— Parece horriblemente complicado.
Al otro lado de la puerta, la voz pesada decía:
— ¿Y dices que los humanos juegan a esto por diversión?
— Hay gente que llega a hacerlo muy bien. Me temo que yo soy un simple aficionado.
— ¡Pero si sólo viven ochenta o noventa años!
— Tú lo sabes mejor que nadie, Mort -intervino una voz que Rincewind no había oído hasta entonces, y que desde luego no quería volver a oír jamás, menos aún en un sitio oscuro.
— La verdad es que resulta muy... intrigante.
— Da otra vez, a ver si le he cogido el truco.
— ¿Crees que deberíamos entrar? -preguntó Ysabell.
— El pozo es la sota de terrapenes. Me lo llevo.
— No, me parece que no tienes puntos. Espera, echare un vistazo a tus...
Ysabell abrió la puerta.
De hecho, la habitación era un estudio bastante agradable, quizá tirando a sombrío, posiblemente creado en un mal día por un decorador de interiores que tenía dolor de cabeza y obsesión por poner relojes de arena en toda superficie plana, así como un montón de velas grandes, gruesas, amarillas y chorreantes de las que quería librarse.
La Muerte del Disco era una tradicionalista que se enorgullecía de prestar un servicio personalizado, y se deprimía a menudo porque nadie lo valoraba. Señalaba que la gente no tenía miedo de la muerte en sí, sólo del dolor, la separación y la nada, y que no era nada razonable tomarla con alguien sólo porque tiene las cuencas de los ojos vacías y pasión por cl trabajo bien hecho. Todavía usaba guadaña, decía, mientras que las Muertes de otros mundos habían invertido hacía tiempo en cosechadoras automáticas.
Muerte estaba sentada a un lado de la gran mesa de juego situada en el centro de la habitación, y discutía con Hambre, Guerra y Peste. Dosflores fue el único que alzó la vista y advirtió la presencia de Rincewind.
— ¡Eh! ¿Cómo has llegado aquí? -se asombró.
— Bueno, algunos dicen que el Creador tomó un puñado de..., ah, ya entiendo. Bueno, es un poco difícil de explicar, pero...
— ¿Tienes al Equipaje?
La caja de madera empujó a Rincewind para pasar y se situó ante su propietario, quien abrió la tapa y hurgó en el interior hasta extraer un librito encuadernado en piel. Se lo tendió a Guerra, que aporreaba la mesa con un puño metido en un guantelete.
— Un resumen de las reglas -dijo-. Es bastante bueno, explica muy bien lo de la puntuación y como...
Muerte le arrebató el libro con una mano huesuda y fue pasando las páginas, haciendo caso omiso de la presencia de los dos hombres.
— De acuerdo -dijo-. Peste, abre otro mazo de cartas, voy a llegar al fondo de esto aunque muera en el intento, metafóricamente hablando, claro.
Rincewind agarró a Dosflores y lo sacó de la habitación. Echaron a correr pasillo abajo, con el equipaje trotando tras ellos.
— ¿Qué estabais haciendo? -preguntó el mago.
— Bueno, tienen mucho tiempo libre, y pense que les gustaría -jadeó Dosflores.
— ¿El qué, jugar a las cartas?
— Es un juego especial. Se llama... -Titubeó. Los idiomas no eran su punto fuerte-. En vuestro lenguaje es un recipiente, generalmente de paja o mimbre, con dos asas, por ejemplo -concluyó-. Creo.
— ¿Cesta? -aventuró Rincewind-. ¿Capazo?
— Sí, posiblemente.
Llegaron al vestíbulo, donde el gran reloj seguía afeitando segundos a las vidas del mundo.
— ¿Y cuánto tiempo crees que los mantendrá ocupados?
— No estoy seguro -dijo pensativo-. Hasta que alguno llegue a los cinco mil puntos, supongo... ¡Qué reloj tan sorprendente!
— No intentes comprarlo -recomendó Rincewind-. No creo que les hiciera gracia en este lugar.
— ¿Y qué lugar es éste, exactamente? -pregunto Dosflores, llamando al Equipaje y abriendo la tapa.
Rincewind miró alrededor. El vestíbulo estaba oscuro y desierto, las estrechas ventanas tenían hielo. Miró hacia abajo. El tenue cordón azul todavía estaba unido a su tobillo. Advirtió que Dosflores también tenía uno.
— Estamos, más o menos... informalmente muertos -dijo.
Fue la mejor explicación que se le ocurrió.
— Oh.
Dosflores siguió rebuscando.
— ¿Eso no te preocupa?
— Bueno, las cosas se arreglarán al final, ¿no crees? Además, creo firmemente en la reencarnación. ¿En qué forma te gustaría volver?
— No quiero irme -replicó Rincewind con firmeza-. Venga, salgamos de... oh, no. Eso no.
Dosflores había sacado una caja de las profundidades del Equipaje. Era grande y negra, tenía un asa a un lado, una ventanita redonda en la parte delantera y una tira para que Dosflores pudiera colgársela del cuello, cosa que hizo.
Hubo un tiempo en que a Rincewind le había gustado mucho el iconoscopio. Contra toda experiencia, creía que el mundo era esencialmente comprensible, que si conseguía equiparse con las necesarias herramientas mentales podría quitarle la tapa y ver cómo funcionaba. Por supuesto, estaba completamente equivocado. El iconoscopio no captaba imágenes mediante el sistema de dejar que la luz cayera sobre papel especialmente tratado, como él había supuesto, sino gracias al método mucho más sencillo de encerrar dentro a un pequeño demonio con buen ojo para el color y mano rápida con el pincel. A Rincewind le había molestado mucho cuando se enteró.
— ¡No hay tiempo para tomar imágenes! -siseó.
— No tardaré nada -replicó Dosflores con firmeza.
Dio unos golpecitos en el costado de la caja. Una puertecita se abrió y el duende asomó la cabeza.
— ¡Infiernos! -exclamó-. ¿Dónde estamos?
— No importa -respondió Dosflores-. Me parece que lo primero es el reloj.
El demonio entrecerró los ojos.
— Mala luz -señaló-. Tres malditos años a f8, si quieres saber mi opinión.
Cerró la puertecilla de golpe. Un segundo más tarde oyeron el sonido del diminuto taburete arrastrado hacia el caballete.
Rincewind apretó los dientes.
— ¡No necesitas tomar imágenes! ¡Puedes recordarlo de memoria! -gritó.
— No es lo mismo -respondió Dosflores con tranquilidad.
— ¡Es mejor! ¡Es más real!
— No, de verdad. En los años venideros, cuando esté sentado junto al fuego...
— ¡Si no salimos de aquí, te sentarás en el fuego eternamente!
— Oh, espero que no os vayáis.
Los dos se volvieron. Ysabell estaba de pie bajo el arco, con una leve sonrisa. Llevaba en la mano una guadaña, una guadaña cuya hoja tenía un filo de todos conocido. Rincewind trató de no mirarse el cordón azul del tobillo. Una chica que tuviera una guadaña no debería sonreír de aquella manera tan desagradable, sagaz y ligeramente trastornada.
— Mami está un poco ocupada ahora mismo, pero estoy segura de que ni se le ocurriría dejaros partir así -añadió-. Además, no tengo a nadie con quien hablar.
— ¿Quién es ésta? -quiso saber Dosflores.
— Pues, más o menos, vive aquí -murmuró Rincewind-. Más o menos, es una chica -añadió.
Agarró a Dosflores por el hombro e intentó deslizarse imperceptiblemente hacia la puerta que daba al frío y oscuro jardín. No lo consiguió, sobre todo porque Dosflores no era el tipo de persona que capta las sutilezas del lenguaje, y además nunca comprendía que una amenaza pudiera estar dirigida a él.
— Encantado, mucho gusto -dijo-. Tenéis una casa muy bonita. El efecto barroco es muy interesante, con tantos huesos y cráneos.
Ysabell sonrió. Si la Muerte se retira alguna vez del negocio familiar, pensó Rincewind, esta chica lo hará aun mejor que ella..., está como una cabra.
— Sí, pero tenemos que irnos -dijo en voz alta.
— No, no, ni hablar -insistió Ysabell. Tenéis que quedaros y contarme cosas sobre vosotros. Hay mucho tiempo, y esto es tan aburrido...
Se lanzó hacia un lado y blandió la guadaña contra las brillantes hebras. El instrumento chilló en el aire como un gato castrado... y se detuvo bruscamente.
Se oyó un crujido de madera. El Equipaje había cerrado su tapa de golpe sobre la hoja.
Dosflores miró atónito a Rincewind. Y el mago, con deliberación y una cierta satisfacción, le dio un puñetazo en la mandíbula. Recogió al hombrecillo cuando cayó hacia atrás, se lo echó a un hombro y salió corriendo.
Las ramas le azotaron en el jardín iluminado por las estrellas, cosas pequeñas, peludas y probablemente horribles se espantaron cuando corrió desesperadamente a lo largo del tenue cordón de fuerza vital que brillaba de manera escalofriante sobre la hierba helada.
Tras él, en el edificio, resonó un chillido estridente de disgusto y rabia. Esquivó como pudo un árbol y aceleró.
Recordaba que, en algún lugar, había un camino. Pero en aquel laberinto de sombras y luz plateada, teñido ahora de rojo a medida que la terrible estrella nueva dejaba sentir su presencia incluso en el mundo de ultratumba, nada tenía una apariencia normal. De todos modos, el cordón de fuerza vital parecía ir en dirección equivocada.
Oyó un sonido de pasos tras él. Rincewind jadeaba por el esfuerzo. Los pasos parecían pertenecer al Equipaje, y en aquel momento no quería enfrentarse con el maldito baúl: éste podía haber interpretado mal el hecho de que golpeara a su amo, y por lo general mordía a la gente que no le gustaba. Rincewind nunca había tenido valor para preguntar adónde iban cuando la pesada tapa se cerraba sobre ellos, pero lo que sabía con seguridad era que no estaban allí cuando volvía a abrirse.
En realidad, no tenía motivos para preocuparse. El Equipaje le adelantó con facilidad, sus patitas un borrón de movimiento. Le pareció que el trasto se concentraba intensamente en correr, como si tuviera alguna noción de lo que le perseguía y no le gustara la idea en absoluto.
No mires atrás, se recordó Rincewind. A lo mejor las vistas no son buenas.
El Equipaje se precipitó contra unos arbustos y desapareció.
Un momento más tarde, Rincewind comprendió por qué. Se había precipitado por el borde del saliente, y caía hacia el gran agujero de abajo, al fondo del cual había una tenue luz roja. Los dos brillantes cordones azules que partían de Rincewind y Dosflores se dirigían hacia allí.
Se detuvo, inseguro, aunque esto no es del todo exacto, porque tenía una certeza absoluta sobre muchas cosas, como por ejemplo de que no quería saltar, de que no quería enfrentarse con lo que les perseguía, de que en el mundo espiritual Dosflores era muy pesado, y de que había cosas peores que estar muerto.
— Nombra dos -murmuró.
Y saltó.
Unos segundos más tarde, los jinetes llegaron y no se detuvieron en el borde rocoso, sino que siguieron cabalgando sobre la nada.
La Muerte miró hacia abajo.
— Esto siempre me molesta -dijo-. Tendría que instalar una puerta giratoria.
— ¿Qué querrían? -se preguntó Peste.
— A mí que me registren -replicó Guerra-. Pero no está mal el jueguecito.
— Cierto -asintió Hambre-. Muy absorbente.
— Tenemos tiempo para otra ronda -señaló la Muerte.
— Partida -corrigió Guerra.
— ¿Qué cosa está partida?
— Digo que se llaman partidas.
— Eso, partida -asintió la Muerte. Alzó la vista hacia la nueva estrella, como si no comprendiera muy bien lo que significaba-. Creo que tenemos tiempo -repitió, algo insegura.


En otro punto de esta narración se ha mencionado ya el pequeño intento efectuado en el Disco de inyectar un poco de fidedignidad a las narraciones, y el hecho de que los poetas debían abstenerse bajo pena de..., bueno, de severas penas..., de ir por ahí parloteando acerca de riachuelos cantarines y amaneceres aterciopelados. Sólo podían hablar de rostros capaces de botar mil barcos en caso de que estuvieran en condiciones de presentar los correspondientes certificados portuarios.
Por tanto, en señal de respeto a esta tradición, no diremos que Rincewind y Dosflores se precipitaron del cielo como rayos en la oscuridad surcando las dimensiones, ni que se oyó un sonido como el tañir de una gigantesca campana, ni que todas sus vidas les pasaron ante los ojos (en cualquier caso, la vida de Rincewind le había pasado ante los ojos tantas veces que podía echarse una siestecita durante los trozos aburridos), ni que el universo se cerró sobre ellos como una gigantesca gelatina.
En cambio, dado que ha sido comprobado experimentalmente, diremos que se oyó un ruido como el de una regla de madera al ser golpeada fuertemente con un diapasón do sostenido, posiblemente si bemol, y que hubo una repentina sensación de quietud absoluta.
Eso es porque estaban absolutamente quietos, y porque estaba absolutamente oscuro.
Rincewind se dio cuenta de que algo había ido mal.
En aquel momento vio el tenue rastro azulado frente a él.
Volvía a estar dentro del Octavo. Se preguntó qué sucedería si alguien abría el libro. ¿Aparecerían Dosflores y él como una ilustración en color?
Decidió que, probablemente, no. El Octavo en que se encontraban era algo bastante diferente del simple libro encadenado a su atril de la Universidad Invisible, el cual no era más que una representación tridimensional de una realidad multidimensional y...
Alto ahí, pensó. Yo no pienso así. ¿Quién está pensando por mí?
— Rincewind -susurró una voz como el crepitar de páginas antiguas.
— ¿Quién? ¿Yo?
— Claro que tú, maldito imbécil.
Una chispa de desafío brilló por un instante en el maltratado corazón de Rincewind.
— ¿Qué, os habéis acordado ya de cómo comenzó el universo? -dijo con tono antipático-. ¿Fue el Carraspeo, o el Aliento Contenido, o el Rascarse la Cabeza Intentando Recordarlo, Lo Tenía en la Punta de la Lengua?
— Hazte un favor, recuerda dónde te encuentras -siseó otra voz, seca como la leña.
Parecía imposible sisear toda una frase en la que sólo había una s, pero la voz hizo un buen trabajo.
— ¿Recordar dónde me encuentro? ¿Recordar dónde me encuentro? -gritó Rincewind-. Claro que recuerdo dónde me encuentro, me encuentro dentro de un maldito libro hablando con un montón de voces que no veo, ¿por qué crees que grito?
— Supongo que te estarás preguntando por qué te hemos traído aquí otra vez -dijo una voz junto a su oreja.
— No.
— ¿No?
— ¿Qué ha dicho? -preguntó otra voz incorpórea.
— Ha dicho que no.
— ¿De verdad ha dicho que no?
— Sí.
— Oh.
— ¿Por qué?
— Esta clase de cosas me pasan constantemente -explicó Rincewind-. En un momento dado me estoy cayendo por el borde del mundo, al siguiente estoy dentro de un libro, luego volando sobre una roca, después viendo cómo la Muerte aprende a jugar a la Cesta o al Capazo o a lo que sea, ¿por que demonios me voy a preguntar nada?
— Bueno, al menos te preguntarás por qué no queremos que nadie nos pronuncie -dijo la primera voz, consciente de que estaba perdiendo la iniciativa.
Rincewind titubeó. La idea le había pasado por la cabeza, sólo que muy deprisa y mirando nerviosa a todos lados por si a alguien se le escapaba un golpe y ella se lo encontraba.
— ¿Y por qué iba a querer nadie pronunciaros?
— Por la estrella -explicó el hechizo-. La estrella roja. Los magos ya te están buscando. Cuando te encuentren, querrán pronunciar los Ocho Hechizos juntos para cambiar el futuro. Piensan que el Disco va a chocar contra la estrella.
Rincewind consideró la cuestión.
— ¿Va a chocar contra la estrella?
— No exactamente, sino en un..., ¿qué es eso?
El mago miró hacia abajo. El Equipaje venía trotando en la oscuridad. De su tapa sobresalía un largo trozo de guadaña.
— No es más que el Equipaje.
— ¡Pero si no lo hemos llamado!
— Nadie lo llama a ninguna parte -dijo Rincewind-. Sencillamente, aparece. No os preocupéis por él.
— Oh. ¿De qué estábamos hablando?
— Ese asunto de la estrella roja.
— Cierto. Es muy importante que tú...
— ¿Hola? ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Era una vocecilla débil y chillona, y venía de la caja de imágenes que aún colgaba del cuello inerte de Dosflores.
El duende pintor abrió su escotilla y miró a Rincewind.
— ¿Qué sitio es éste, jefe?
— No estoy seguro.
— ¿Seguimos muertos?
— A lo mejor.
— Bueno, espero que no vayamos a ningún sitio con mucho negro, porque estoy sin nada.
La escotilla se cerró de golpe.
Rincewind imaginó por un momento a Dosflores enseñando sus imágenes y diciendo cosas como «Éste soy yo cuando me estaban torturando un millón de demonios» y «Éste soy yo con aquella pareja tan rara que conocimos en las colinas del Ultratumba». Rincewind no estaba muy seguro de lo que te sucedía tras la muerte, las autoridades no eran muy claras al respecto. Un atezado marinero de las tierras Periféricas le dijo en cierta ocasión que creía en un paraíso lleno de sorbetes y huríes. Rincewind no sabía muy bien qué era una hurí, pero tras meditarlo un tiempo dedujo que se trataba de una pajita para beber el sorbete. En cualquier caso, los sorbetes le daban dolor de muelas.
— Ahora que la interrupción ha terminado -dijo una voz seca con firmeza-, quizá podamos continuar. Es de la mayor importancia que no permitas que los magos te quiten el Hechizo. Si los Ocho Hechizos se pronuncian demasiado pronto, sucederán cosas terribles.
— Yo sólo quiero que me dejen en paz -replicó Rincewind.
— Perfecto, perfecto. Desde el día en que abriste el Octavo, supimos que podíamos confiar en ti.
Rincewind titubeó.
— Alto ahí -dijo al final. ¿Queréis que impida que los magos reúnan todos los hechizos?
— Exacto.
— ¿Y por eso uno de vosotros se metió en mi cabeza?
— Precisamente.
— Destruisteis mi vida por completo, ¿lo sabíais? -se acaloró Rincewind-. Podría habérmelas apañado como mago si no hubierais decidido usarme como grimorio portátil. Ahora no hay manera de que memorice otros hechizos, ¡a todos les da miedo estar en la misma cabeza que vosotros!
— Lo sentimos.
— ¡Yo sólo quiero volver a casa! Quiero volver a donde... -Un rastro de humedad apareció en los ojos de Rincewind-. Donde uno siente guijarros bajo los pies, y a veces la cerveza no es demasiado mala, y por las noches se puede conseguir un buen trozo de pescado frito, a lo mejor con un par de pepinillos grandes, y hasta un pastel de anguila y un plato de caracoles, y donde siempre hay un establo caliente en el que dormir y por la mañana te despiertas en el mismo sitio donde te acostaste, y donde no siempre hace un tiempo de perros. De verdad, no me importa la magia, probablemente ni siquiera tengo madera de mago, ¡sólo quiero volver a casa!
— Pero tienes que... -empezó uno de los hechizos.
Era demasiado tarde. La nostalgia, esa pequeña banda elástica del subconsciente que puede dar cuerda a un salmón y hacerlo viajar cinco mil kilómetros por mares desconocidos, o enviar a un millón de lemmings corriendo alegremente de vuelta a un hogar ancestral que, debido a un pequeño capricho de las placas continentales, ya no está en su sitio..., la nostalgia se alzó en Rincewind como un saltamontes enloquecido, fluyó por la tenue hebra que unía su alma a su cuerpo, clavó los talones y dio un tirón...
Los hechizos se encontraron solos dentro de su Octavo.
Solos si no contamos al Equipaje, claro.
Lo miraron, no con ojos, sino con conciencias tan viejas como el mismísimo Disco.
— Y tú también te puedes ir a hacer gárgaras -le dijeron.


— ...Mal.
Rincewind supo que era él mismo quien hablaba, reconocía la voz. Por un momento se sintió como si mirase a través de sus propios ojos, pero no de la manera normal, sino como un espía que atisbase por agujeros practicados en el rostro de un retrato. Luego, regresó.
— ¿Eztáz bien, Dincewind? -preguntó Cohen-. Padecíaz un poco ido.
— Parecías un poco blanco -asintió Bethan-. Como si alguien hubiera caminado sobre tu tumba.
— Uh... sí, probablemente fui yo mismo -respondió.
Alzó la mano y se contó los dedos. Parecía tener el número acostumbrado.
— Ehhh... ¿me he movido de aquí?
— No, sólo mirabas el fuego como si hubieras visto un fantasma -le explicó Bethan.
Se oyó un gemido tras ellos. Dosflores se había incorporado, y se sostenía la cabeza con las manos.
Con un esfuerzo, consiguió mirarlos. Sus labios se movieron sin emitir ningún sonido.
— Ha sido un sueño... muy extraño -dijo-. ¿Qué lugar es éste? ¿Por qué estoy aquí?
— Bueno -le explicó Cohen-, algunoz pienzan que el Cdeadod del univedzo tomó un puñado de adcilla y...
— No, quiero decir «aquí» -insistió Dosflores-. ¿Eres tú, Rincewind?
— Sí -replicó el aludido, concediéndose el beneficio de la duda.
— Había... un reloj que... y esa gente tan... -siguió Dosflores. Sacudió la cabeza-. ¿Por qué huele todo a caballos?
— Has estado enfermo -le dijo Rincewind-. Tenias alucinaciones.
— Si... supongo que sí. -Dosflores bajó la vista para mirarse el pecho-. Pero, en ese caso, ¿por qué tengo...?
Rincewind se puso en pie de un salto.
— Perdonad, esto está muy cerrado, salgo a respirar un poco de aire fresco -dijo.
Cogió la caja de imágenes que colgaba del cuello del turista y se dirigió hacia la salida de la tienda.
— Cuando le trajimos, no llevaba eso -señaló Bethan.
Cohen se encogió de hombros.
Rincewind consiguió alejarse unos metros de la yurta antes de que la ranura de la caja empezara a tintinear. Muy despacio, surgió la última imagen que el duende había captado.
Rincewind se apoderó de ella.
Lo que aparecía dibujado habría sido espantoso incluso a plena luz del día. Al resplandor gélido de las estrellas, teñido de rojo por los fuegos del maligno astro nuevo, resultaba mucho peor.
— No -dijo Rincewind con voz suave-, no era así. Había una casa, y una chica, y...
— Tú ves lo que ves y yo pinto lo que veo -le replicó el duende desde su ventanuco-. Lo que yo veo es real. Me criaron para eso. Sólo veo lo que hay.
Una forma oscura trotó por la capa de nieve en dirección a Rincewind. Era el Equipaje. Rincewind, que por regla general lo detestaba y no le tenía la menor confianza, sintió de repente que era la cosa más tranquilizadoramente normal que había visto en su vida.
— Vaya, así que lograste salir de allí -dijo.
El Equipaje chasqueó la tapa.
— De acuerdo, pero... ¿qué viste? -preguntó el mago-. ¿Miraste hacia atrás?
El Equipaje no dijo nada. Por un momento, guardaron silencio, como dos guerreros que hubieran escapado de una carnicería y se hubieran detenido para recuperar el aliento y la cordura.
Rincewind rompió el silencio.
— Vamos, hay un fuego ahí dentro.
Se inclinó para palmear la tapa del Equipaje. Éste le lanzó un mordisco de irritación que casi le atrapa los dedos. La vida volvía a la normalidad.


El día siguiente amaneció claro, brillante y frío. El cielo se había convertido en una cúpula azul pegada sobre la blanca sábana del mundo, y el efecto general habría sido fresco y brillante como un anuncio de pasta dentífrica de no ser por el punto rosado que brillaba en el horizonte.
— Ahoda también ze ve dudante el día -dijo Cohen-. ¿Qué ez?
Miró fijamente a Rincewind, quien enrojeció.
— ¿Por qué me mira todo el mundo? -replicó
— No tengo ni idea, quizá se trate de un cometa, o algo así.
— ¿Arderemos todos? -preguntó Bethan.
— ¿Cómo quieres que lo sepa? Nunca he chocado contra un cometa.
Cabalgaban en fila por la brillante llanura nevada. El Pueblo Caballo, que parecía tener una elevada opinión de Cohen, les había proporcionado monturas e instrucciones para llegar hasta el río Smarl, a unos ciento cincuenta kilómetros en dirección Eje, donde, según Cohen, Rincewind y Dosflores podrían encontrar un barco que los llevara al Mar Circular. Había anunciado que los acompañaría por el bien de sus almorranas.
Bethan anunció rápidamente que ella también iría, por si Cohen quería que le untara algo.
Rincewind tenía la vaga sensación de que una especie de química estaba en marcha. Para empezar, Cohen había intentado peinarse la barba.
— Creo que está colada por ti -dijo.
Cohen suspiró.
— ¡Zi yo tuvieda veinte añoz menoz!
— ¿Sí?
— Tenddía zezenta y ziete.
— ¿Y qué tiene que ver eso?
— Bueno..., ¿cómo puedo explicádtelo? Cuando eda joven, cuando me eztaba haciendo un nombde en el mundo, bueno, me guztaban laz mujedez peliddojaz y zalvajez.
— Ah.
— Luego me hice un poco mayod, y pdefedía a una mujed con el pelo dubio y el bdillo del mundo en zuz ojoz.
— Ah, ¿Sí?
— Pedo al hacedme aún máz viejo, le encontdé el guzto a laz mujedez modenaz y zenzualez.
Hizo una pausa. Rincewind aguardó.
— ¿Y? -dijo al final-. ¿Qué buscas ahora en una mujer?
Cohen volvió hacia él un nublado ojo azul.
— Paciencia -respondió.
— ¡No me lo puedo creer! -exclamó una voz tras ellos-. ¡Yo, cabalgando con Cohen el Bárbaro!
Era Dosflores. Desde por la mañana temprano había estado como un mono con la llave de una plantación de plátanos, tras descubrir que estaba respirando el mismo aire que el más grande héroe de todos los tiempos.
— ¿Pod cazualidad me eztá tomando el pelo? -preguntó Cohen a Rincewind.
— No. Siempre es así.
Cohen se volvió en su silla. Dosflores le vio e hizo una profunda reverencia. Cohen se dio media vuelta con un gruñido.
— Tiene ojoz, ¿no?
— Sí, pero no le funcionan como al resto de la gente. Puedes creerme. Mira... bueno, sabes cómo era la yurta del Pueblo Caballo, donde estuvimos anoche ,¿no?
— Zí.
— ¿No dirías que era un poco lóbrega, grasienta, y que olía como un caballo muy enfermo?
— Me padece una dezcdipción muy acedtada.
— Pues él no estaría de acuerdo. Diría que era una magnífica tienda bárbara, con trofeos de grandes bestias cazadas por guerreros de ojos torvos, y procedentes de los límites de la civilización y que olía a raras resinas y aceites robados de las caravanas que cruzaban los valles..., bueno, y así seguiría un rato. Lo digo en serio -añadió.
— ¿Eztá loco?
— En cierto modo. Pero es un loco con mucho dinero.
— Ah, entoncez no eztá loco. Yo he vizto mucho mundo. Zi un hombde tiene mucho dinedo, no eztá loco, zólo ez excéntdico.
Cohen se volvió en su silla de nuevo. Dosflores le estaba contando a Bethan cómo el Bárbaro había derrotado él solo a los guerreros serpiente del señor brujo de S'Belinde, para después robar el diamante sagrado de la estatua gigante de Offler, el Dios Cocodrilo.
Una extraña sonrisa se dibujó entre las arrugas del rostro de Cohen.
— Si quieres, le digo que se calle -ofreció Rincewind.
— ¿Ze calladía?
— La verdad, no.
— Puez déjale decid tontediaz -señaló Cohen.
Dejó caer la mano sobre la empuñadura de su espada, pulimentada por la garra de las décadas.
— Ademáz, me guztan zuz ojoz -añadió-. Tienen un campo de vizión de cincuenta añoz.
A un centenar de metros tras ellos, trotando con dificultades sobre la nieve blanda, iba el Equipaje. A él nadie le preguntaba nunca su opinión.
Al anochecer llegaron junto a unas extensas llanuras, y cabalgaron bajando por sombríos bosques de pinos a los que la tormenta de nieve sólo había llegado en forma de un fino polvillo. Era un paisaje de enormes rocas agrietadas, y valles tan estrechos y profundos que los días sólo duraban del orden de los veinte minutos. Una zona salvaje, azotada por el viento, de esas en las que uno espera encontrar...
— Tdollz -dijo Cohen olisqueando el aire.
Rincewind miró a su alrededor a la luz rojiza del anochecer. De pronto, rocas que hasta entonces le habían parecido completamente normales cobraron un sospechoso aspecto de vida. Sombras a las que no habría dedicado dos miradas empezaron a parecerle espantosamente habitadas.
— A mí me gustan los trolls -intervino Dosflores.
— No puede ser -replicó Rincewind con firmeza-. No te pueden gustar. Son grandes, llenos de bultos y se comen a la gente.
— En abzoluto -le corrigió Cohen, bajando con dificultades del caballo y masajeándose las rodillas-. Ez una zupedztición, ni máz ni menoz. Loz tdollz nunca ze comen a nadie.
— ¿No?
— No, ziempde ezcupen loz pedazoz. No pueden digedid a la gente, ¿zabez? El tdoll coddiente no quiede de la vida nada máz que un buen tdozo de gdanito, todo lo máz un bocado de lodo como poztde. Alguien me dijo que ez podque zon fodmaz de vida zilice..., zilico... -Cohen se detuvo y se mesó la barba-. Podque eztán hechoz de piedda.
Rincewind asintió. Los trolls no eran desconocidos en Ankh-Morpork, por supuesto, allí siempre conseguían empleo como guardaespaldas. Resultaban un poco caros de mantener hasta que aprendían el funcionamiento de las puertas y dejaban de salir de casa por el sistema de atravesar la pared más cercana.
— Loz dientez de loz tdollz, éze ez el azunto -siguió Cohen mientras recogían leña para el fuego.
— ¿Por qué? -quiso saber Bethan.
— Diamantez. Tienen que zed diamantez. Ez lo único que puede domped laz pieddaz y laz docaz, y aun azí tienen que echad nuevoz dientez cada año.
— Hablando de dientes... -intervino Dosflores-. No he podido evitar darme cuenta de que...
— Oh, nada -tartamudeó Dosflores.
— ¿Zí? Oh. Bueno, encendamoz el fuego antez de que noz quedemoz zin luz. Y luego -Cohen puso cara larga-, zupongo que tenddemos que haced zopa.
— A Rincewind se le da muy bien -señaló Dosflores con entusiasmo-. Sabe todo lo que hay que saber sobre hierbas, raíces y cosas de ésas.
Cohen lanzó a Rincewind una mirada cargada de desconfianza.
— Bueno, el Pueblo Caballo noz dio un poco de cecina de yegua -dijo-. Zi encuentdaz unaz cebollaz zilveztdez y cozaz azí, quizáz zepa mejod.
— Pero si yo... -protestó Rincewind.
Se rindió antes de terminar la frase. De todos modos, razonó, sé qué aspecto tiene una cebolla, es una cosa blanca y redonda con un trozo verde que le sale por arriba. No será difícil encontrar alguna, saltarán a la vista.
— Tendré que ir a buscar ¿no? -preguntó.
— Zí.
— ¿Tal vez allí, en aquel matorral espeso y sombrío?
— Buen lugad, zí.
— ¿Te refieres al que está junto a esos barrancos profundos?
— Me padece un lugad idóneo, dezde luego.
— Ya me lo temía -asintió Rincewind con amargura.
Echó a andar, preguntándose cuál sería el sistema adecuado para atraer a las cebollas. Después de todo, se dijo, aunque en los puestos del mercado están colgadas en ristras, es poco probable que crezcan así. Quizá los campesinos usen perros o algo por el estilo para localizarlas, tal vez canten canciones para hacer que las cebollas vayan a ellos.
Ya había en el cielo unas cuantas estrellas madrugadoras cuando empezó a escudriñar entre las hierbas y hojas. Sus pies aplastaron setas, desagradables sustancias orgánicas y cosas que parecían suspensorios para gnomos. Le picaron pequeños seres voladores. Otras cosas, por fortuna invisibles, saltaban o se deslizaban para esquivarle entre los arbustos, al tiempo que gemían en tono de reproche.
— ¿Cebollas? -susurró Rincewind-. ¿Hay alguna cebolla por ahí?
— Encontrarás un montón bajo ese tejo -dijo una voz junto a él.
— Ah -dijo Rincewind-. Gracias.
Hubo un largo silencio durante el cual sólo se oyó el zumbido de los mosquitos junto a las orejas del mago.
Se quedó absolutamente quieto. Ni siquiera movió los ojos.
— Disculpa -se atrevió a decir al final.
— ¿Sí?
— ¿Cuál es el tejo?
— Aquel pequeño y retorcido, el que tiene agujitas color verde oscuro.
— Ah, sí. Ya lo veo. Gracias otra vez.
No se movió. Fue la voz la que reanudó amistosamente la conversación.
— ¿Puedo hacer algo más por ti?
— No eres un árbol, ¿verdad? -se atrevió a preguntar Rincewind, mirando testarudamente hacia adelante.
— No digas tonterías. Los árboles no hablan.
— Lo siento. Es que, últimamente, he tenido algunas dificultades con árboles. Ya me entiendes.
— La verdad, no. Yo soy una roca.
La voz de Rincewind apenas cambió.
— Bien, bien -dijo con lentitud-. Bueno, pues me voy a por esas cebollas.
— Que aproveche.
Echó a andar con toda la cautela y dignidad que le fue posible, divisó una serie de cosas blancas y alargadas que brotaban del suelo, las arranco cuidadosamente y se dio media vuelta. Había una roca a poca distancia. Pero también era cierto que había rocas por todas partes, en aquel lugar los huesos del Disco estaban muy cerca de la superficie.
Miró fijamente al tejo, sólo por si se le ocurría hablar. Pero el tejo, que era un árbol bastante solitario, no había oído hablar de Rincewind el mesías arbóreo, y además estaba dormido.
— Si eras tú, Dosflores, no me has engañado ni por un momento -dijo Rincewind.
De repente su voz le sonó muy clara y solitaria en la creciente oscuridad del crepúsculo.
Rincewind recordó lo único que sabía con seguridad acerca de los trolls: que la luz del sol los convertía en piedra, de modo que cualquiera que los contratase tenía que gastarse una fortuna en crema protectora.
Pero, ahora que se le ocurría pensarlo, nadie le había dicho lo que pasaba con ellos cuando el sol se ponía de nuevo...
El ultimo rayo de luz desapareció del paisaje, y de repente le pareció que allí había muchísimas rocas.
— Está tardando mucho en encontrar esas cebollas -dijo Dosflores-. ¿No sería mejor que fuésemos a buscarle?
— Loz magoz zaben cuidadze zoloz -dijo Cohen.
Se estremeció. Bethan le estaba cortando las uñas.
— La verdad es que no es un mago lo que se dice muy bueno -dijo Dosflores, acercándose más al fuego-. No se lo diría a la cara, pero... -Se inclinó hacia Cohen-. En realidad, nunca le he visto hacer nada mágico.
— Bien, vamos a por el otro -dijo Bethan.
— Edez muy amable.
— Tienes unos pies bonitos, deberías cuidártelos mas.
— Ya no puedo inclinadme hazta elloz como en otdoz tiempoz -dijo Cohen con tristeza-. Ademáz, con mi tdabajo, uno no conoce a muchoz calliztaz. Una coza muy extdaña. Conozco a zaceddotez zedpiente, a diozez locoz, a gueddedoz, pedo nunca he vizto a un callizta. Zupongo que no quedadía muy bien... Cohen Contda loz Calliztaz...
— O Cohen y los Pedicuros Malditos -sugirió Bethan.
Cohen se atragantó de risa.
— ¡O Cohen y los Dentistas Locos! -rió Dosflores.
Cohen cerró la boca de golpe.
— ¿Y qué tiene ezo de gdaciozo? -preguntó con una voz llena de nudillos.
— Oh..., eh.., bien... -dijo Dosflores-. Ya sabes, tus dientes...
— ¿Qué lez paza? -le espetó Cohen.
— No he podido evitar darme cuenta de que... mmm... no tienen la misma ubicación geográfica que tu boca.
Cohen le miró. Luego se encorvó, y pareció muy menudo, muy viejo.
— Ez ciedto, dado -suspiró-. No te culpo. Ez difícil zed un hédoe zin dientez. No impodta zí pieddez otdaz cozaz, hazta puedez tidad pada alante zin un ojo..., en cambio, enzeñaz una boca llena de encíaz y nadie te dezpeta.
— Yo sí -dijo Bethan lealmente.
— ¿Y por qué no te pones otros? -preguntó Dosflores con animación.
— Tienez dazón, zi fueda un tibudón o algo azí me cdecedían otdoz dientez -replicó Cohen con sarcasmo.
— No, no, sólo tienes que comprarlos -insistió Dosflores-. Mira, te lo enseñaré... Eh... ¿te importa darte la vuelta, Bethan?
Esperó hasta que la chica se hubo vuelto antes de llevarse la mano a la boca.
— ¿Lo vez? -dijo.
Bethan oyó la exclamación de asombro de Cohen.
— ¿Te puedez quitad loz tuyoz?
— Oh, zí, tengo vadioz de depuezto. Peddona un momento... -Se oyó un sonido de succión, y luego Dosflores siguió hablando en su tono habitual. -Resulta muy útil, ¿sabes?
La voz de Cohen irradiaba asombro, o al menos tanto asombro como se puede irradiar sin dientes, que es aproximadamente el mismo que con dientes pero suena mucho menos impresionante.
— Ze me tenddía que habed ocuddido -dijo- Cuando te duelen, te loz quitaz y loz dejaz a zu aide, ¿no? ¡Lez daz una lección a loz pequeñoz canallaz, que apdendan lo que ez doled elloz zoloz!
— Bueno, no es así exactamente -le interrumpió Dosflores con cautela-. No son míos. Sólo me pertenecen.
— ¿Te ponez loz dientez de otda pedzona en la boca?
— No, me los fabricaron. En el sitio de donde vengo hay mucha gente que los lleva, es un...
Pero la conferencia de Dosflores sobre prótesis dentales quedó en el aire, porque alguien le golpeó.


La pequeña luna del Disco se abrió camino trabajosamente por el cielo. Brillaba con luz propia, debido a los arreglos estrictos y bastante imprecisos dispuestos por el Creador, y estaba algo superpoblada de diosas, que en aquel momento concreto no prestaban demasiada atención a lo que sucedía en el Disco, sino que se disponían a presentar una demanda contra los Gigantes del Hielo.
De mirar para abajo, habrían visto a Rincewind hablando ansiosamente con un montón de rocas.
Los trolls son unos de los seres más antiguos del multiverso, datan de un primer intento de poner en marcha la vida sin todo ese protoplasma tan pringoso. Como individuos, los trolls viven mucho tiempo, hibernan durante el verano y duermen durante el día, dado que el calor los afecta y ralentiza. Tienen una geología fascinante. Se puede hablar de tribología, se pueden mencionar los efectos semiconductores de las impurezas en el silicio, se puede meditar sobre los trolls gigantes de la prehistoria que constituyen la mayor parte de las cadenas montañosas del Disco y que causarán auténticos problemas si algún día les da por despertarse, pero la verdad pura y dura es que, sin el poderoso campo mágico del Disco, tan penetrante él, los trolls habrían muerto hace mucho tiempo.
En el Disco, nadie había inventado la psiquiatría. Nadie había puesto una mancha de tinta bajo las narices de Rincewind para averiguar si éste tenía algún tornillo flojo. Así que, para él, la única manera de describir cómo las rocas se transformaron en trolls fue una vaga metáfora sobre esas nubes que de pronto parecen caras o cosas cuando las miras fijamente mucho rato.
En un momento dado había una roca completamente normal, y de pronto unas cuantas grietas que siempre habían estado allí resultaron ser sin lugar a dudas una boca, o una oreja puntiaguda. Un instante después, y sin que nada cambiara realmente, se encontró con que lo que tenía delante era un troll sentado que le sonreía con una boca llena de diamantes.
No son capaces de digerirme, se dijo. Se pondrían muy enfermos.
La idea no le consoló demasiado.
— Así que tú eres el mago Rincewind -dijo el troll más cercano. Su voz sonaba como si alguien corriera sobre gravilla-. No sé, te imaginaba más alto.
— Quizá se haya erosionado un poco -aportó otro-. La leyenda es muy antigua.
Rincewind se removió, inquieto. Estaba casi seguro de que la roca sobre la que se había sentado cambiaba de forma en aquel momento, y un diminuto troll -poco más que un guijarro- se sentaba amistosamente en su pie, mirándole con gran interés.
— ¿Leyenda? -preguntó. ¿Qué leyenda?
— Ha sido transmitida de montaña a guijarro desde el ocaso3 de los tiempos -le explicó el primer troll. «Cuando la estrella roja brille en el cielo, Rincewind el mago vendrá a buscar cebollas. No le mordáis. Es muy importante que le ayudéis a seguir con vida.»
Hubo una pausa.
— ¿Eso es todo? -dijo Rincewind.
— Sí -respondió el troll-. Siempre nos ha extrañado. La mayoría de nuestras leyendas son mucho más apasionantes. En los viejos tiempos sí que era interesante ser una roca.
— ¿De veras? -murmuró Rincewind.
— Oh, sí. Diversión constante. Volcanes por todas partes. Entonces, significaba algo ser una roca. Nada de tantas tonterías sedimentarias, o eras ígneo o no eras nada. Pero claro, todo eso quedó atrás. Hoy en día cualquiera se atreve a llamarse troll, y a veces son poco más que esquistos. O peor aún, tizas. Si a mí se me pudiera usar para dibujar no iría por ahí dándome aires, ¿y tú?
— Tampoco -se apresuró a responder Rincewind-. Ni por lo más remoto. Oye, esa... esa leyenda... ¿dice que no me mordáis?
— Exacto -asintió el diminuto troll de su pie-. ¡Fui yo quien te dijo dónde estaban las cebollas!
— Nos alegramos de que hayas venido -dijo el primer troll. Rincewind no pudo evitar advertir que se trataba del más grande-. Estamos un poco preocupados con esa nueva estrella. ¿Qué significa?
— No lo sé -replicó-. Todo el mundo parece creer que tengo alguna idea, pero no...
— No es que nos importara mucho fundirnos -le interrumpió el troll grande-. De cualquier manera, así fue como empezamos. Pero pensamos que quizá la estrella significara el fin de todo, y eso no parece buena cosa.
— Y sigue creciendo -intervino otro-. Mírala ahora. Es más grande que la noche anterior.
Rincewind la miró. Desde luego, era más grande que la noche anterior.
— ¿Qué, tienes alguna sugerencia? -preguntó el troll jefe con una voz tan suave como se puede permitir una garganta de granito.
— Podéis saltar por el Borde -dijo Rincewind
Debe de haber montones de lugares en el universo donde necesiten unas cuantas rocas más.
— Ya habíamos oído algo por el estilo -suspiro el troll-. Conocemos a rocas que lo intentaron. Nos contaron que flotas durante millones de años, luego te pones muy caliente, ardes, y acabas en el fondo de un gran agujero. No parece muy agradable.
Se levantó con un ruido como de carbones bajando por un tobogán, y estiró sus gruesos brazos.
— Bueno, se supone que debemos ayudarte -dijo-. ¿Quieres que hagamos alguna cosa?
— Tengo que preparar sopa -respondió Rincewind.
Señaló las cebollas con gesto vago. Probablemente no fue el gesto más heroico y decidido del mundo.
— ¿Sopa? -se asombró el troll-. ¿Nada más?
— Bueno..., quizá también unos bizcochos.
Los trolls se miraron unos a otros, dejando al descubierto joyería dental suficiente como para comprar una ciudad de tamaño medio.
Al final, el troll más grande se encogió de hombros.
— De acuerdo, sopa. Aunque, la verdad, imaginábamos que la leyenda sería..., como te diría yo..., un poco más..., bueno, no importa.
Extendió una mano que parecía un racimo de plátanos fosilizados.
— Yo soy Kuarzo, aquél es Krystalino, y Brecha, y Jaspe, y mi esposa, Berilia... Es un poco metamórfica, pero ¿quién no lo es, en estos tiempos que corren? Haz el favor de bajarte de su pie, Jaspe.
Rincewind aceptó la mano que le tendía, preparándose para el crujido de los huesos aplastados. No lo oyó. La mano del troll era áspera y un poco musgosa alrededor de las uñas.
— Lo siento -dijo el mago-. La verdad es que nunca había conocido a un troll.
— Somos una raza moribunda -suspiró Kuarzo con tristeza, mientras el grupo se ponía en marcha bajo las estrellas-. El pequeño Jaspe es el único guijarro de nuestra tribu. Padecemos una epidemia de filosofía, ¿sabes?
— ¿Sí? -respondió Rincewind tratando de mantener el paso.
El grupo de trolls avanzaba muy deprisa, pero también en silencio, enormes formas redondeadas que se movían como espectros en la noche. Sólo se oía de cuando en cuando el chillido de alguna criatura nocturna que no los había sentido acercarse.
— Oh, sí. Somos mártires de ella. Al final, nos ataca a todos. Cuentan que una tarde cualquiera empiezas a despertar y piensas: «¿Para qué molestarse?», y nada, no te despiertas. ¿Ves esas piedras grandes de allí?
Rincewind divisó unas formas enormes sobre la hierba.
— La del final es mi tía. No sé en qué estará pensando, pero hace doscientos años que no se mueve.
— Vaya, cuánto lo siento.
— Oh, no pasa nada, cuidamos de ella -dijo Kuarzo-. Por aquí no pasan muchos humanos, ¿sabes? Sé que no tenéis la culpa, pero parece que no distinguís entre un troll pensante y una roca corriente. A mi tío abuelo lo tallaron.
— ¡Es terrible!
— Sí, en un momento era una roca, y al siguiente lo habían convertido en un marco de chimenea.
Hicieron una pausa frente a un desfiladero que a Rincewind le pareció familiar.
— Se diría que aquí ha habido una pelea -señaló Berilia.
— ¡Han desaparecido todos! -gritó Rincewind. Corrió hacia el otro extremo del claro-. ¡Incluso los caballos! ¡Hasta el Equipaje!
— Uno de ellos tenía un escape -dijo Kuarzo arrodillándose-. Esa agua roja que lleváis dentro. Mira.
— ¡Sangre!
— ¿Así se llama? Nunca he sabido para qué servía.
Rincewind recorrió el claro como quien no tiene la menor idea de qué hacer, escudriñando entre los arbustos por si había alguien entre ellos. Así fue como tropezó con una botellita verde.
— ¡El linimento de Cohen! -gimió-. ¡Nunca va a ninguna parte sin él!
— Bueno... -empezó Kuarzo-, hay una cosa que hacéis los humanos, ya sabes, como cuando empiezas a ir más lento y te da un ataque de filosofía, sólo que vosotros os hacéis trocitos...
— ¡Se llama «morir»! -aulló Rincewind.
— Exacto. Pues no han hecho eso, porque no están aquí.
— ¡A menos que hayan sido devorados! -sugirió Jaspe con emoción.
— Mmm -fue la respuesta de Kuarzo.
— ¿Lobos? -fue la respuesta de Rincewind.
— Hace años que aplastamos a todos los lobos de esta zona. En realidad, lo hizo el Abuelo.
— ¿No le gustaban los lobos?
— No, es que nunca miraba dónde ponía los pies. Mmm.
Los trolls volvieron a observar el terreno.
— Hay un rastro -dijo al final Kuarzo-. Muchos caballos.
Alzó la vista hacia las colinas cercanas, donde acantilados escarpados y peligrosas grietas pendían sobre los bosques iluminados por la luna.
— El Abuelo vive ahí arriba -dijo en voz baja.
En su voz había algo que hizo que Rincewind deseara no conocer jamás al Abuelo.
— ¿Es peligroso? -aventuró.
— Es muy viejo, muy grande y muy bestia. Hace años que no le vemos.
— Siglos -le corrigió Berilia.
— ¡Los aplastará a todos! -añadió Jaspe saltando sobre los pies de Rincewind.
— En ocasiones, un troll muy viejo y corpulento se retira a las colinas y... mmm... la roca le domina, no se si me entiendes.
— No.
Kuarzo suspiró.
— Las personas a veces se portan como animales, ¿verdad? A veces, un troll empieza a pensar como una roca, y a las rocas no les gusta la gente.
Brecha, un troll flacucho con acabado de arenisca, tocó a Kuarzo en el hombro.
— Entonces, ¿vamos a seguirlos? -preguntó-. La leyenda dice que debemos ayudar a este Rincewind esponjoso.
Kuarzo se levantó, meditó un instante, cogió a Rincewind por el pellejo del cogote y, con un rápido movimiento, lo sentó sobre sus hombros.
— Iremos -dijo con firmeza-. Si nos encontramos con el Abuelo, intentaré explicárselo...


A tres kilómetros de allí, una caravana de caballos trotaba en la noche. Tres de ellos cargaban con cautivos expertamente atados y amordazados. Un cuarto tiraba de unas rudas rastras sobre las que el Equipaje yacía tendido, atado con una red y silencioso.
Herrena dio la orden de alto a la columna en voz baja, e hizo un gesto a uno de sus hombres para que se acercase.
— ¿Estás seguro? -le preguntó-. Yo no oigo nada.
— Vi formas de trolls -se limitó a insistir el otro.
Ella miró alrededor. Allí los árboles eran menos espesos, había muchas piedrecillas, y el sendero que se extendía ante ellos llevaba a una colina pelada, rocosa, que parecía especialmente antipática a la luz de la estrella roja.
Aquel sendero le preocupaba. Era muy antiguo, pero algo había tenido que crearlo, y cuesta mucho matar a un troll.
Suspiró. De repente, le parecía que aquella profesión de secretaria no habría estado tan mal.
Reflexionó, y no por primera vez, en que ser espadachina tenía muchos inconvenientes, quizá uno de los peores el hecho de que los hombres no te tomaban en serio hasta que los matabas, momento en el cual la cosa ya no tenía demasiada importancia.
Luego estaba todo el asunto del cuero, que le daba dentera pero parecía parte inseparable de la tradición. Y la cerveza. Eso de pasarse toda la noche acodado en la barra no estaba mal para gente como Hrun el Bárbaro o Cimbar el Asesino, pero Herrena se negaba a entrar en uno de esos lugares a menos que sirvieran bebidas adecuadas en vasos pequeños, preferentemente con una aceituna dentro. Y en cuanto a los retretes...
Pero ella era demasiado genial para ser ladrona, demasiado importante para ser asesina, demasiado inteligente para ser esposa, y desde luego demasiado orgullosa para ejercer la única profesión restante disponible para una mujer.
Así que se hizo espadachina, y lo había hecho muy bien, llegando a amasar una pequeña fortuna, que administraba cuidadosamente para un futuro que todavía no tenía muy pensado, pero que desde luego incluía un bidet.
Se oyó el ruido lejano de la madera al astillarse. Los trolls nunca habían comprendido la utilidad de esquivar los árboles.
Herrena volvió a alzar la vista hacia la colina. Dos franjas de terreno elevado discurrían a derecha e izquierda, y arriba había un gran saliente con..., entrecerró los ojos..., ¿algunas cavernas?
Cavernas de trolls. Pero quizá eran mejor opción que seguir vagando toda la noche. Y cuando amaneciera, ya no habría problemas.
Se inclinó hacia Gancia, jefe del grupo de mercenarios de Morpork. Herrena no estaba precisamente encantada con su presencia. Cierto que tenía los músculos de un toro y la vitalidad de un toro, pero también parecía tener los sesos de un toro. Y la crueldad de un hurón. Como la mayoría de los muchachos criados en los arrabales de Morpork, habría vendido gustosamente a su abuelita por un tubo de pegamento, y probablemente lo había hecho.
— Nos dirigiremos hacia esas cuevas y encenderemos una gran hoguera en la entrada -dijo-. A los trolls no les gusta el fuego.
Gancia le lanzó una mirada que sugería que él tenía sus propias ideas sobre quién debería dar las órdenes.
— Tú mandas -dijeron en cambio sus labios.
— Exacto.
Herrena volvió la vista hacia los tres cautivos. Aquélla era la caja, desde luego..., la descripción de Trymon había sido muy precisa. Pero ninguno de los hombres tenía aspecto de mago. Ni siquiera de mago fracasado.


— Oh, cielos -dijo Kuarzo.
Los trolls se detuvieron. La noche era cerrada como un manto de terciopelo. Un búho ululaba de manera escalofriante..., al menos, Rincewind supuso que era un búho. Estaba un poco flojo en ornitología. Quizá un ruiseñor ululaba, a menos que fuera un tordo. Un murciélago aleteó sobre su cabeza. De eso sí estaba bastante seguro.
También estaba muy cansado y lleno de magulladuras.
— ¿Por qué oh cielos? -preguntó.
Escudriñó en la oscuridad. En las colinas había un punto lejano que quizá fuera una hoguera.
— Oh -asintió-. No os gusta el fuego, ¿verdad?
Kuarzo le dio la razón.
— Destruye la superconductividad de nuestros cerebros -dijo-, pero una hoguera tan pequeña como ésa no tendrá mucho efecto sobre el Abuelo.
Rincewind miró a su alrededor cautelosamente, tratando de captar el sonido de un troll enloquecido. Ya había visto lo que los trolls normales podían hacer con un bosque. No es que fueran destructivos por naturaleza, simplemente trataban a la materia orgánica como a una niebla molesta.
— Entonces, esperemos que no se entere -dijo en tono fervoroso.
Kuarzo suspiró.
— Es bastante improbable que no se entere -dijo-. La han encendido en su boca.


— ¡Yo zoy el culpable de todo ezto! -gimió Cohen, luchando inútilmente contra sus ataduras.
Dosflores le miró con ojos nublados. La honda de Gancia le había hecho crecer un bonito bulto en la nuca, y había algunas cosas de las que no estaba demasiado seguro, empezando por su propio nombre y de ahí para arriba.
— Debí ezcuchad con máz atención -dijo Cohen-. Debí haced cazo y no dejadme diztdaed pod tu chadla zobde eza comozellame pada mazticad. Me eztoy haciendo viejo.
Consiguió incorporarse sobre los codos. Herrena y el resto de la banda estaban de pie alrededor del fuego, en la entrada de la cueva. En un rincón, bajo su red, el Equipaje seguía quieto, silencioso.
— Esta cueva tiene algo raro -dijo Bethan.
— ¿Qué? -preguntó Cohen.
— Bueno... mírala. ¿Habías visto alguna vez rocas como ésas?
Cohen tuvo que aceptar que el semicírculo de piedras distribuidas en la entrada de la cueva eran bastante inusuales. Cada una de ellas era más alta que un hombre, estaban muy desgastadas y sorprendentemente brillantes. En el techo había otro semicírculo que parecía una reproducción exacta del primero. El efecto general era el de una computadora de piedra construida por un druida que tuviera una vaga idea de la geometría y ni el menor sentido de la gravedad.
— Y no te pierdas las paredes.
Cohen se las arregló para mirar de soslayo hacia el muro más cercano. Estaba cubierto de venillas de cristal rojizo. No podía estar seguro, pero era casi como si unos pequeños puntos de luz relampaguearan sin cesar en lo más profundo de la roca.
Además, la cueva estaba llena de corrientes. Una brisa constante soplaba procedente de sus negras profundidades.
— Estoy segura de que, cuando entramos, la brisa soplaba en dirección contraria -susurró Bethan-. ¿Qué opinas tú, Dosflores?
— Bueno, no soy experto en cavernas -respondió el turista-. Pero estaba pensando que esa estalacloquesea que cuelga del techo es muy interesante. Un poco bulbosa, ¿no?
Todos la miraron.
— No sabría decir por qué -siguió Dosflores-, pero tengo la sensación de que lo mejor sería salir de aquí.
— Oh, zí -asintió Cohen, sarcástico-. Zupongo que debedíamoz pedid a ezta gente que noz dezate y noz deje madchadnoz, ¿eh?

2 comentarios - La luz fantastica-parte 4

Mach3
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