Biografia:

Nicolino Felipe Locche (2 de septiembre de 1939 - 7 de septiembre de2005, Tunuyán, Mendoza, Argentina), fue un boxeador argentino. Se consagró campeón mundial en la categoría welter junior ante Paul Fuji el 12 de diciembre de 1968, en Tokio.

Hijo de inmigrantes italianos que escapaban de la 2º guerra mundial, Nicolino comienza su carrera como amateur a los 9 años en el Mocoroa Boxing Club con quién fue su primer maestro Francisco Paco Bermúdez. Como aficionado ganó 122 peleas, con apenas 5 derrotas. Debuta como profesional el 11 de diciembre de 1958 ganándole por nocaut en el segundo round a Luis García, luego sería campeón mendocino, argentino y sudamericano liviano. En 1966 ingresa a la categoría welter junior y también conquista las coronas nacional y continental.
La popularidad del “Intocable” como lo apodaban comenzó a crecer, llenando el Luna Park en cada una de sus presentaciones. En el año 1968 llega al auge de su carrera deportiva y se consagra campeón mundial venciendo a Paul Fuji, en Tokio. Defendió su título 6 veces ante Manuel Jack Hernández, Carlos Hernández, Joao Henrique, Adolph Pruitt, Antonio Cervantes y Domingo Barrera Corpas, pero el 10 de marzo de 1972 pierde la corona por puntos en Panamá contra Alfonzo Frazer. Un año después intenta recuperarla sin éxitos y decide retirarse en 1975. En el año 2003 ingresa al Salón Internacional de la Fama del Boxeo junto a George Foreman y el jamaiquino Mike McCallum.
El miércoles 7 de septiembre de 2005 debido a su precaria salud muere en Las Heras, Mendoza. Su última aparición pública fue el 24 de agosto de 2004, cuando recibe en su domicilio el cinturón de campeón mundial que había ganado en Japón, ya que esa vez le habían dado una réplica.
Deportivamente Nicolino Locche se caracterizó por su gran defensa la cual le adjudicó su apodo y sus ataques efectivos e inesperados. Fue el primer boxeador de su país que logró llevar público femenino a sus combates, hoy en día es considerado un símbolo del boxeo argentino junto a Carlos Monzón y Pascual Perez.



El ex campeón mundial de los welter juniors (AMB), el Intocable Nicolino Locche, murió en la noche del miércoles 7 de septiembre como consecuencia de un paro cardio respiratorio en su domicilio de Las Heras, en su Mendoza natal, a los 66 años.
Locche fue protagonista de noches gloriosas en el Luna Park y fue uno de los ídolos más grandes que dio el boxeo argentino.
Es más, se sostiene que en el país fue todavía más querido que el gran Carlos Monzón, otro pugilista estelar ya fallecido.
Locche una semana antes de morir había recibido de las autoridades de la AMB el cinturón de campeón mundial que nunca había poseído.
El legendario boxeador fue declarado "Ciudadano Ilustre de Mendoza", el 29 de abril de 2004 en un acto en que cual participó de la presentación del libro autobiográfico que se titula "La Leyenda del Intocable", de un vino que lleva su nombre y de un documental sobre su vida.
De este modo, el Concejo Deliberante de la Ciudad de Mendoza y del departamento provincial de Tunuyán cumplieron con una asignatura pendiente con uno sus hijos dilectos, el más célebre en el boxeo.
Locche acababa por entonces de mejorarse de una afección cardio respiratoria, a raíz de una angina de pecho, por la que permaneció internado cinco días. Esa fue una noche de múltiples emociones para la finta mayor en la historia del pugilismo argentino.



UN ESTILO DISTINTIVO
Muchos sostienen que más que un boxeador, Nicolino fue algo así como un showman del ring, capaz de cruzar palabras con algún reportero gráfico mientras bloqueaba golpes entre el encordado. Por eso, también lo apodaron Chaplin y cuando peleaba, los aficionados decían que el Luna Park tenía un encanto especial.
El ídolo tuvo un récord profesional de 103 victorias (14 antes de límite), cuatro derrotas y una sin decisión.
El ex monarca mundial welter juniors de la AMB fue quien le quitó dramatismo a una de las más duras disciplinas deportivas.
Esa fue una noche de múltiples emociones para la finta mayor en la historia del pugilismo argentino.
"Total esta noche, minga de yirar, si hoy pelea Locche en el Luna Park", reza un pasaje del tango de Chico Novarro, que inmortalizó su nombre. Si hasta parecía que se burlaba de sus oponentes cuando les ponía la cara, para luego hacerles errar ráfagas de cuatro o cinco golpes. Después, les palmeaba la cabeza como excusándose. Un artista, un genio, un mago del cuadrilátero.



UNA CARRERA EXITOSA
Cuentan las crónicas de aquella época que antes de subir al ring para pegarle la paliza de su vida al hawaino Paul Fuji y arrebatarle la corona mundial en aquel epopéyico 12 de diciembre del '68 en Tokio, Japón, alguien le preguntó a Locche: "¿Qué sintió antes de semejante pelea?". A lo que Nicolino, con gesto sobrador, respondió: "¿Qué pelea?"
Niño mimado del gran maestro Francisco Paco Bermúdez, El Intocable fue el boxeador más exquisito y talentoso en el arte de la defensa. No necesitaba pegar para adjudicarse el round, simplemente marcaba los golpes. Alguien que desconcertaba arriba y abajo del ring. Parecía desinteresado de todo y de todos.
En su extensa campaña profesional, que se inició el 11 de diciembre del '58 cuando doblegó por nocaut en el segundo asalto a Luis García, Ncolino fue campeón mendocino ligero, argentino y sudamericano liviano y mundial welter juniors de la Asociación Mundial de Boxeo (AMB).



Luego de defender exitosamente el título ante el Morocho Hernández, Joao Henrique, Adolph Pruitt, Domingo Barrera y Antonio Kid Pambelé Cervantes, el 20 de marzo del '72 lo resignó por puntos ante a Alfonso Peppermint Frazer.
Un año más tarde trató de recuperarlo en Maracay, pero cayó por nocaut en la novena vuelta frente a Kid Pambelé. El 7 de agosto del '76 en el Hotel Llao Llao de San Carlos de Bariloche, frente al chileno Ricardo Molina Ortíz, colgó definitivamente los guantes.



SU RIVAL MÁS DIFÍCIL
El cigarrillo fue su peor rival, el que le venía aguantando algunos rounds en los últimos tiempos. En setiembre del '94 fue sometido a una operación de triple by pass debido a una insuficiencia cardíaca por su gran adicción al tabaco.
En julio del '98, y enero de 2000, una insuficiencia cardiopulmonar descompensada debido a su enfermedad pulmonar obstructiva crónica lo tuvo al borde del nocaut. Locche está considerado como un prócer del boxeo argentino, algo así como una atracción turística mendocina, puesto que todo aquel que visita la tierra del sol y del buen vino quería verlo y estrecharle la mano. Se podrán discutir algunos matices de su vida privada, pero sobre un ring fue único, incomparable, irrepetible.
Un año más tarde trató de recuperarlo en Maracay, pero cayó por nocaut en la novena vuelta frente a Kid Pambelé. El 7 de agosto del '76 en el Hotel Llao Llao de San Carlos de Bariloche, frente al chileno Ricardo Molina Ortíz, colgó definitivamente los guantes.

Locche está considerado como un prócer del boxeo argentino, algo así como una atracción turística mendocina, puesto que todo aquel que visita la tierra del sol y del buen vino quería verlo y estrecharle la mano. Se podrán discutir algunos matices de su vida privada, pero sobre un ring fue único, incomparable, irrepetible.



Locche segun Ismael A. Canaparo (periodista)

La fugacidad es un rasgo de la vida que nos cuesta aceptar. Uno transita por este mundo como si fuera a ser eterno. O, al menos, durar bastante. Pero no: somos como la máquina de escribir antes y la computadora ahora.

Para hablar de Nicolino no he tomado la precaución que sí tuve para otras evocaciones: traer a mi mesa un “borrador” con algunos sesgos de su personalidad, a modo de inventario, dentro de ideas específicas sobre el enigmático encuentro del boxeo que él interpretó y su público. Una relación que asumió la magia de lo increíble, de lo bello, de lo picaresco, de la complicidad que solamente se puede contagiar a través de inocentes “travesuras”. Me resultó imposible sintetizar, a modo de anotaciones breves, trazos del misterio que definió la relación que entabló con la gente en general. Locche fue uno de los mejores boxeadores argentinos de la segunda mitad del siglo pasado. Un verdadero maestro sin alumnos, porque nadie siguió su escuela. Pero, ¿hubiese sido posible?

Entre tantas cosas irreemplazables que uno aprisiona para siempre en el corazón, siempre hay matices distintos para distinguir esas sensaciones. Nada es igual, aunque en el fondo tengan “hilitos” similares. Y no son emociones ocasionales, porque uno las vive como si fueran eternas, como si no se murieran nunca. La fugacidad es un rasgo de la vida que nos cuesta aceptar. Uno transita por este mundo como si fuera a ser eterno. O, al menos, durar bastante. Pero no: somos como la máquina de escribir antes y la computadora ahora. En todos los órdenes, es un calco. Es lo mismo. Inventos fugaces. Sólo que en el caso de Nicolino Locche, lo suyo no fue un boxeo efímero. Fue un molde irreemplazable, inmortal, perpetuo.

Ahora que se produjo el inesperado rescate del Luna Park para el boxeo, es toda una tristeza que ya no esté “El intocable” produciendo esos “derechazos” directos al corazón, aunque él representó el revés de la trama: tocar, no pegar. Malabarismo de la más pura esencia. Acariciar, bailar, escapar y, de improviso, irse a las barbas de su oponente, poniéndole la cara para que le “peguen” y desaparecer de la escena, casi
como un fantasma. Eso era Locche. Fantasía genuina, magia traviesa, enigma puro.
Durante un montón de años, el sábado a la noche fue casi una religiosa “obligación” ir al Luna. Nadie podía faltar. “Hoy pelea Locche”, era la consigna que se pasaba de boca en boca. Y el coliseo de Corrientes y Bouchard, repleto hasta por los codos, moría ante cada finta de Nicolino, ante cada esquive, ante cada gambeta, ante cada conejo que salía de su galera burlona, casi infantil. El imán de su figura convocó a muchas generaciones. No había límites para la alegría. Nadie iba a ver “sangre”, todos querían ver al mito que ganaba sin un golpe.

Se habló mucho de la influencia del “arte de Nicolino” en la evolución, o no, del boxeo argentino. Y con razón, porque es evidente que el mendocino representó toda una etapa “científica” en la concepción “filosófica” del rudo deporte. Se habló menos, claro, de su apego a “no dejarse pegar”. Eso no vendía a futuro, pese a que en ese momento llenaba estadios. Es decir, no convenía que hubiesen otros Locche. Al menos, con ese estilo. Los periodistas de obediencia positiva, únicamente argumentaban que “no pega”, para enseñarnos que en tiempos pasados, la única filosofía valida del boxeo tenía sus raíces en una costumbre antigua y medieval: la destrucción del adversario. Pero “Nico” se reveló contra la tiranía de aquellos que preferían ver “fiambres en el ring” y transformó el espectáculo en una suerte de liberación progresiva de la belleza, de la sutileza.

Uno tiene la costumbre de dudar de noticias e informes de los diarios y revistas (ni hablar de aquellas que proceden de la radio y televisión), pero nunca del diccionario de la Real Academia Española. ¿Por qué se piensa que este tesoro de la lengua es infalible? En la última edición, surgen 83.500 nuevas palabras y más de 12.000
acepciones añadidas y definiciones modificadas. Y sin embargo, a pesar de algunos agregados modernizadores, como estalinismo, fax, sida, pálida, movida, puentear, visceral, tele, comunicador y otros etcéteras, sigue notándose una equivocación con respecto a la palabra “intocable”. De ella se dice que “no puede ser tocado”. Nada más inexacto. Debería subrayar, en todo caso, la siguiente puntualización: “creación exclusiva del boxeador argentino Nicolino Locche, inventor de la acción y efecto de no dejarse pegar; percepción clara, íntima e instantánea de una idea y una verdad, con prescindencia de la violencia”.

Nicolino Locche fue un boxeador entrañable no sólo porque su personalidad irradiaba ternura, sino porque su estilo tan singular alimento la imaginación de casi tres generaciones. El mendocino estuvo lejos, sin embargo, de ser un “púgil argentino autóctono”. El público en general, al que le costó aceptar a Cirilo Gil, otro estilista de enorme talento, prefería a peleadores explosivos: Gatica, Bonavena, Saldaño..... Pero el arte de Nicolino pudo más y enseguida se transformó en el preferido de la muchedumbre, inaugurando - hace más de 30 años - el “ole, ole, ole”, que mucho después se popularizó como un desdén dedicado a aquellos que la “ven pasar”.
Indudablemente, Locche reivindicó la necesidad de volcarse a la frescura y a la inocencia en un deporte tan destructivo, apelando tan sólo a las fantasías, a los garabatos de sus alocados esquives. Lo suyo fue la adjudicación de una mirada estética al boxeo universal, donde se movieron imágenes, libres de toda culpa.
Cualquiera que busque una vía de escape hacia la realidad (la tan cotidiana de hambre, miseria, desocupación, secuestro y violencia) y ansía que le hablen con letra concreta, tiene que buscar la proximidad de una voz que le cuente sobre Locche. El único e irrepetible boxeador que siempre le escapó a la solemnidad.

Nicolino fue, en síntesis, quien inventó la ficción en el boxeo. Le quitó dramatismo. Le agregó belleza. Le impuso el ritmo perfecto de los paisajes dibujados en el aire. Fue, en todo caso, el arquitecto más perfecto para diseñar a la autenticidad.






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