Mundial de 1990: la increíble historia de Roger Milla

Un futbolista de treinta y ocho años, prácticamente desconocido, que está ya retirado y que acude como suplente a un Mundial porque se lo pide como favor personal el presidente de su país, un futbolista que está fuera de forma y sólo puede jugar media hora por partido… y que aun así revoluciona el campeonato llevando a su modesta selección casi hasta las semifinales y asombrando al mundo entero, convirtiéndose en una estrella y abriendo las puertas para el fútbol africano. ¿Es el guión de una película dirigida por Clint Eastwood? No: es un suceso real de los que ya no suceden en el fútbol.
Estas precisiones son siempre cuestión de gustos —supongo— pero si me preguntan ustedes a mí, diría que Italia 90 fue el último Mundial con sabor a Historia o, si lo prefieren, el último Mundial con marchamo de clásico. Fue uno de aquellos campeonatos en los que por decirlo de manera simple, pasaban cosas. Incluso entonces tenía uno la sensación de que se estaba forjando la leyenda en directo; sensación que no he vuelto a experimentar no sé si por el endurecimiento de la edad o por la progresiva descafeinización de los Mundiales subsiguientes. Una cosa es cierta y decididamente innegable: si consideramos los campeonatos del mundo como películas, los guiones de los últimos tres o cuatro han sido bastante más flojos, pero al guión de aquel Italia 90 no le faltó de nada.
Era por descontado el Mundial del retorno de Diego Armando Maradona (¿qué hará? ¿Cuándo lo hará? ¿CÓMO lo hará?) y el de una inesperada historia de la Cenicienta personificada en el italiano Totó Schilacchi, aquel delantero —suplente y de circunstancias— que contra todo pronóstico se convirtió en el héroe local, en revulsivo de Italia y en máximo goleador del torneo. Fue el torneo en que Lothar Matthäus, la versión alemana de Robocop, ejerció su dominio mostrando que no le temía a nada ni a nadie, incluyendo al divino “Pelusa”. Y fue el Mundial en que por primera vez en la historia un equipo africano llegaba a los cuartos de final… y por poco no se planta en las semifinales. Todo por obra y gracia de un jugador que debería haber visto el torneo por televisión pero que al parecer no podía despedirse del fútbol sin hacer historia: Roger Milla.
Lo que resultó de su participación en aquel Mundial es una historia increíble y los aficionados de entonces, a lo largo y ancho del planeta, la vivimos con una tremenda intensidad. Un jugador camerunés, ya retirado y desconocido para casi todos, se convirtió de la noche a la mañana en una leyenda inmortal del fútbol.
Un potencial inmenso, un fútbol brillante, una carrera en la sombra
Situémonos: durante los años 70 el fútbol africano era completamente ignorado por los medios y, lo que es más grave, por los ojeadores europeos. En Camerún jugaba un joven delantero llamado Roger Miller (aunque después cambió su apellido para que sonase más africano) con hechuras de genio y que mercaba dos goles cada tres partidos temporada tras temporada, pero eso era algo que no importaba ni al Madrid, ni al Barcelona, ni a Juventus, ni al Manchester United. A lo máximo que podía aspirar un jugador del África negra era a militar en la liga francesa —por entonces una liga de poco relumbrón mediático— o en algún equipo modesto de España o Inglaterra.

Pese a estar ya retirado, su hambre de gol y su instinto asesino pusieron el mundo del fútbol patas arriba.
Por hacernos una idea, aquel joven Roger Milla era un delantero al modo de Marco Van Basten: larga zancada, regate económico —casi quirúrgico—, jugadas directas y cerebrales, un instinto asesino que le hacía estar siempre acechando al mínimo fallo de las defensas rivales y pocas ganas de complicarse la vida con florituras innecesarias. No era meramente un rematador, sino lo que se dice un depredador del área. Parecía disfrutar más apareciendo entre líneas como un tiburón entre las olas para fabricarse su propio gol que simplemente finalizando las jugadas de otros. Un ariete creador: esa rareza que no tiene precio.
En Francia lo descubrieron, como solía suceder casi siempre con los grandes diamantes en bruto del fútbol africano. La estrecha vinculación entre Francia y África permitió que Roger Milla —entonces con veinticinco años y en lo mejor de su carrera— fuese fichado por el Valenciennes. No cuajó en el equipo. Tampoco cuajó en el Mónaco. Tardó en adaptarse al fútbol francés y el fútbol francés tardó en adaptarse a él. No gozaba de las facilidades de un Eto’o: Milla estaba acostumbrado a ser considerado poco menos que un genio en Camerún, pero en Francia tenía que empezar a demostrar desde cero. Y cada temporada que pasaba se acercaba más a la treintena sin haberse establecido como una figura.
Fue en el Bastia donde empezaron a entenderle y otorgarle confianza. Aunque sus años de explosión habían pasado, allí pudo mejorar sus números: no espectacularmente, pero sí lo bastante como para asentarse en el equipo. Marcó un magnífico gol en la final que le valió al Bastia una Copa de Francia y se hizo un nombre en Francia. Pero nunca llegó a romper los moldes. Cuando los años le empezaron a hacer menos interesante para los entrenadores, empezó a jugar en segunda división: primero en el Saint Etienne y más tarde, en el Montpellier, al que ayudó a ascender marcando —con treinta y cuatro años de edad— dieciocho goles en una temporada, transformándose en un héroe local. Muy poco después, en 1989 decidió retirarse del fútbol. En Camerún había jugado casi una década promediando unos veinte goles por temporada. En la liga francesa había jugado doce años, con una media de nueve goles por temporada en primera y dieciséis en segunda.
Milla había participado también en el Mundial 82 pero aquel Camerún, que jugó muy dignamente, fue pasto de las injusticias arbitrales y quedó eliminado en la primera fase pese a no perder ningún partido. Milla no marcó por entonces, salió del Mundial 82 sin dejar huella y hasta su retirada fue un jugador prácticamente desconocido en Europa: la liga francesa no tenía la proyección que tiene hoy y se prestaba poca atención a los jugadores africanos, como demuestra el que George Weah campase durante siete temporadas en Francia, incluido el PSG, hasta que el Milan decidió “descubrirle”.
La llamada del presidente
A sus treinta y ocho años (aunque siempre se dijo que había falseado su edad y que en realidad podían ser más: desde luego, aparentaba más) y habiendo colgado ya las botas, se suponía que Roger Milla iba a gozar de un tranquilo y anónimo retiro en la apacible isla de Reunión.
Entonces sonó el teléfono: al otro lado de la línea, el presidente de Camerún.

Tommy N'Kono, portero del Español y uno de los jugadores africanos que abrieron puertas en Europa.
La selección camerunesa se había clasificado para el Mundial de Italia, pero el combinado sufría las inseguridades propias de un equipo cuyos jugadores aún no estaban familiarizados con las grandes competiciones europeas. Lo más parecido que tenían a una estrella era el carismático Tommy N’kono, que como Milla fue uno de los pioneros del fútbol camerunés en Europa y que era muy conocido en nuestro país por ser el portero del Español. El presidente camerunés pensaba que la selección necesitaba el apoyo moral de un veterano como Roger Milla y rogó al futbolista que volviera a calzarse las botas y aceptase formar parte de aquella selección aunque sólo fuese como referente y guía espiritual para los jugadores más jóvenes. Estaba claro que acudiría como suplente porque ya no estaba en condiciones de jugar partidos enteros, pero su sola presencia y su considerable experiencia serían un acicate para los “Leones Indomables”. Camerún se jugaba mucho en aquel campeonato: tenían un buen equipo, pero muy poca experiencia mundialista. Si conseguían hacerse notar, algo extraordinariamente difícil para un equipo africano, podrían dar un salto histórico.
Roger Milla escuchó las razones del presidente y aceptó. Era una cuestión de orgullo nacional: la selección de fútbol era la única manera en que Camerún podía alzar la voz, decir “estamos aquí y servimos para algo”. Su decisión de acudir al Mundial marcaría un antes y un después en la historia del fútbol africano y en el modo en que éste sería percibido por el resto del mundo en adelante. Aquí es donde empieza la increíble historia del jugador retirado que cambió la historia del fútbol de todo un continente.
Un momento, ¿cómo has dicho que se llama este tipo?
Camerún no había tenido suerte en el reparto de grupos; le tocó un grupo más bien complicado. Estaban los vigentes campeones del mundo, la Argentina de Maradona, junto con Rumanía (en la que jugaba por entonces el peligrosísimo Lacatus) y la Unión Soviética. Malos compañeros de viaje para una selección modesta. Pero contra todo pronóstico, el vacilante inicio de los argentinos y el caótico vaivén de resultados propiciaron que Camerún terminase encabezando la clasificación.

Salta la sorpresa: con un magnífico cabezazo (que Pumpido se comió con patatas, todo sea dicho) Omam-Biyik marca el gol de la victoria frente a Argentina, vigente campeona mundial.
Los africanos, con Milla en el banquillo de inicio, empezaron dando la campanada y venciendo a Argentina por 1-0 en el partido inaugural con gol de Omam-Biyik, punzante delantero que jugó un magnífico Mundial y fue el otro nombre más pronunciado de aquel Camerún. Aunque hay que decir, nobleza obliga, que los cameruneses anularon a Maradona con un marcaje no demasiado limpio (hoy, hubiesen terminado con ocho jugadores si llegan a hacerle algo parecido a Messi). Con todo, una victoria sobre Argentina demostraba que el equipo camerunés no era una broma. Eso se confirmó en el segundo partido frente a Rumanía. Los cameruneses no lo tenían fácil: el equipo rumano se había deshecho de los soviéticos con dos goles del venenoso Lacatus.
Pero fue entonces cuando, a ojos de la historia, un Roger Milla que saltaba desde el banquillo empezó a labrar su propia leyenda.
Cuando en el minuto 14 del segundo tiempo una selección como Camerún saca al campo a un jugador de treinta y ocho años retirado y que por su edad y estado de forma sólo puede jugar media hora por partido, la reacción lógica es de perplejidad y escepticismo. El rumor que circulaba sobre la llamada del presidente camerunés a Milla no hacía más que terminar de darle a todo el asunto un aire surrealista. Si este jugador fuese tan bueno como para que, habiendo colgado ya las botas, todo un Presidente requiera su presencia, lo sabríamos en Europa. Miremos los archivos: sí, ya lo vemos, el tipo jugó bastantes años en Francia. Ah, estuvo en el Mundial 82 y aun así no nos suena. Bueno, bien, no es Michel Platini. Pero siempre es curioso el ver saltar al campo a un “abuelo”, da algo de lo que hablar. Vamos a reírnos un poco de él.
Minuto 76. Un balón muy alto cae a la izquierda de la defensa rumana. Da un bote considerable, de unos cinco metros, mientras un defensor cubre el lugar con el cuerpo y salta para intentar despejarlo de cabeza. Pero con el instinto depredador que ni la edad ni el retiro duermen, Roger Milla —sí, ese abuelo del que nos íbamos a reír— pega una veloz carrera hasta allí, salta con la fiereza de una pantera desplazando al defensor con el cuerpo, se hace con el balón, encara al portero y busca el ángulo perfecto para marcar con la izquierda. El portero no puede hacer nada. Uno a cero. Milla corre hacia la esquina y empieza a bailar con el banderín de corner: una celebración de gol que se hará célebre durante el campeonato, que será imitada multitud de veces en años posteriores y que es la responsable de que ahora muchos jugadores busquen una celebración “con marca de fábrica”.
El abuelo ha marcado al poco de salir con el oportunismo y la fiereza de un Mario Alberto Kempes. Nos ha dejado a todos un tanto anonadados. Pero veamos qué más ocurre.
Pasan otros diez minutos. Pelea por otro balón aéreo en la frontal del área rumana. Ni defensor ni atacante se hacen con el cuero, que cae mansamente hacia la parte derecha del ataque africano completamente vacía de defensores. De la nada, otra vez como una exhalación, aparece Roger Milla. Finta a un defensa y sin pensárselo dos veces, con uno de esos chutes que suenan duros hasta a distancia, clava el balón por la escuadra sin que el portero rumano lo huela siquiera. Milla vuelve a bailar con el banderín. Después cae de rodillas y deja que sus compañeros le abracen.
Un futbolista jubilado que raya la cuarentena ha finiquitado él solito al peligroso equipo rumano. Tras ganar a Argentina y a Rumanía, los africanos están prácticamente clasificados. La gente empieza a sospechar que la llamada telefónica a la desesperada del presidente de Camerún tenía más sentido del que les había parecido en un principio.
Un día para la historia
En octavos de final esperaba Colombia, un equipo muy respetable que había conseguido sacarle un empate a la poderosísima Alemania —una de las mejores Alemanias que hayamos visto, lo cual es mucho decir— y sobre el que había bastante expectación. En el cuadro colombiano jugaban futbolistas de peso como Valderrama, Fajardo, etc. El equipo sudamericano tenía además a uno de los mejores porteros del momento, René Higuita, conocido por sus excentricidades y por su afición a salir de la portería para jugar el balón como un futbolista de campo más. Era un portero que sabía jugar con los pies magníficamente bien, incluyendo una gran habilidad para tirar faltas: de hecho durante su carrera marcó varios preciosos goles de tiro libre. Pero esa peculiaridad le iba a costar el ser puesto en ridículo delante de todo el planeta, a manos de Roger Milla. Y es que más sabe el diablo por viejo que por diablo.
De nuevo iniciando el partido con Milla en el banquillo, los cameruneses no pudieron romper el cerrojo colombiano. El empate a cero era inmutable, el tiempo reglamentario terminó y se procedió a jugar la prórroga. Había mucha tensión sobre el campo y ambas selecciones se jugaban un hito histórico: pasar a unos cuartos de final que para ambos países habían resultado impensables. Nadie imagina que el show de Roger Milla, que ya ha saltado al campo, va a alcanzar nuevas e inesperadas cotas.
Minuto 106. Nervios, presión y la insoportable incertidumbre propia de una prórroga mundialista. Los colombianos son un equipo valiente y no se arredran; atacan y quieren marcar. Camerún sigue sin tenerlo fácil. Pero por la banda izquierda aparece Omam-Biyik, quien presionado por dos defensores habilita a Roger Milla. Milla recibe de espaldas al área y gira sobre sí mismo: como decía un locutor argentino en una de esas frases gloriosas por su rotunda sencillez que de vez en cuando tienen: “Milla… ¡atención, que sabe! ¡Milla sabe!”. Y sí, le daremos la razón: Milla sabe. Con un único regate dribla a un marcador y despista a un perseguidor con esa pasmosa facilidad tan característica suya, tan sencilla y tan geométrica, tan a lo Van Basten. Entra por la esquina del área y chuta con potencia ante un Higuita que sale del arco intentando detener lo inevitable. Uno a cero. Baile ante el banderín. Milla lo ha vuelto a hacer.

Jugada para la historia: Higuita intenta engañar a Milla, quien le roba el balón y corre hacia la puerta vacía sin que el portero colombiano consiga alcanzarle. El camerunés lo celebra e Higuita queda muerto en el suelo. Un gol mítico.
Tres minutos después Colombia ya está saliendo al ataque buscando con desesperación el empate. Encierran a Camerún en su campo y adelantan muchísimo las líneas. En uno de esos trances, la defensa camerunesa despeja un balón al patadón. El balón cae en mitad de un vacío campo colombiano. Higuita, siempre adelantado, sale de la portería para jugarlo. Se lo pasa a un defensa que está a su derecha. El defensa recibe el balón pero ve con el rabillo del ojo que Roger Milla viene hacia él como un cohete y, con perdón, se acojona vivo. Devuelve el balón a Higuita, pese a que están muy fuera del área y el portero no puede cogerlo con las manos. Higuita lo controla no muy bien mientras el tiburón Milla ha variado de dirección, ha cambiado de presa y ya está buscándole a él. Milla huele la sangre.
Higuita, que siempre ha tenido mucha frialdad en esos trances, peca de demasiada sangre fría. En vez de despejar el balón, intenta valiente e insensatamente engañar a Milla pisando el balón y llevándoselo hacia atrás. Un gesto de jogo bonito que podría haberle funcionado con delanteros menos astutos, pero que es una temeridad en unos octavos de final del campeonato del mundo y más frente a un jugador que ha demostrado ya dos cosas: una, que es experimentado. Y dos: que es condenadamente listo.
Milla “sabe”. Milla es más viejo. Milla es el diablo. Ni siquiera deja de correr mientras le lee las intenciones a Higuita, le roba el balón de entre las piernas con travieso descaro y, ya con la pelota en su poder, sigue corriendo hacia la portería vacía. Los colombianos creen ver una aleta sobresalir del agua: el tiburón les ha atrapado en sus fauces. Higuita persigue a Milla con desesperación y se lanza con los pies por delante, intentando pararle aun a costa de la inevitable tarjeta roja… pero Milla ya está muy lejos. Milla está en la antesala de la leyenda. Milla está marcando, está bailando ante el banderín por cuarta vez en el campeonato, está labrando un aura mítica en torno a él. A esas alturas de campeonato, ya es —sentimentalmente— el jugador favorito de todo el mundo.
El futbolista retirado que sólo sale del banquillo para jugar media hora. Ver para creer.
No pudo ser, pero no hizo falta que fuese
Los cuatro goles de Roger Milla en el Mundial 90 tienen una característica común: son goles de astucia y goles de hambre. Goles de depredador. Un mal control de balón en defensa, un bote demasiado alto, una indecisión de los rivales… y Milla aparece de repente, siempre desde atrás y a la carrera, siempre por sorpresa, siempre con una increíble determinación. Parecía tener la brújula de la portería rival en su cabeza, como la luz de un faro, y parecía siempre encontrar la vía más rápida para alcanzar aquella luz. Y eso, saliendo del banquillo con el partido ya muy avanzado. La gente empezó a preguntarse qué hubiese hecho un Roger Milla más joven de haber estado en un equipo grande. Una carrera en Francia parecía insuficiente para alguien con ese talento, como era insuficiente para George Weah, quien terminó de consagrarse en el Milan, donde pudimos comprobar su verdadera estatura. Oportunidad, la de jugar en un grande europeo, que Roger Milla no tuvo.

El legendario baile de Milla ante el banderín puso de moda las celebraciones "personalizadas" entre los jugadores.
Los cuartos de final emparejaron a Camerún con la poderosa Inglaterra del genial Gascoigne y de Lineker. Un partido perdido de antemano. Inglaterra empieza marcando en el minuto 25, como para reforzar esa idea. Los cameruneses, con Milla en el banco, no logran empatar; de hecho están resultando inofensivos en ataque y fallan alguna ocasión clara. Pintan mal las cosas. Pero un partido entre Inglaterra y Camerún, que en otro tiempo hubiese sido considerado un mero trámite para los ingleses, entra en una nueva fase cuando Roger Milla salta al campo. Todo el mundo contiene la respiración. Saliendo como suplente le hizo dos goles a Rumanía y saliendo como suplente le hizo otros dos a Colombia. Los ingleses, que hasta ese momento parecían haber infravalorado el juego de Camerún, tienen de repente motivos para ponerse nerviosos.
Y lo están. Nada más salir al campo, Milla hace una pared con un compañero, de espaldas al arco (¡siempre de espaldas al arco!), se gira hacia la portería rival y corre hacia la esquina del área para que le habiliten. Se adentra en el área mientras recibe de sus compañeros un pase de tiralíneas. El depredador ataca de nuevo. Un defensa inglés, palmariamente abrumado ante la presencia de la Fiera, le hace la zancadilla. Penalti. Una vez más, Roger Milla ha saltado al césped y la ha liado. Una vez más, ha salido del banquillo y ha transformado el partido a su antojo. No le importa tener enfrente a toda una Inglaterra. Es un león y todos los demás, para él, son gacelas. Su compañero Kunde marca la pena máxima y Camerún empata el partido. Los ingleses tragan saliva. Todos tragamos saliva. No esperábamos que fuera capaz de hacerle esto a Inglaterra “también”.
Sólo cuatro minutos después, Roger Milla recoge un balón a unos quince metros del área. De espaldas a la portería y mirando a sus compañeros, como de costumbre. Tiene la portería en la cabeza, no necesita mirarla.
Se gira. Da unos pasos con el balón. Mira a su alrededor. Ekeke, el jugador que había empezado la jugada, está ya corriendo hacia el área, hacia donde hay un hueco defensivo porque los ingleses están demasiado pendientes de lo que Milla pueda hacer (ya es, después de Maradona, el futbolista que más defensores atrae). Pero Milla no finta ni regatea. No sólo sabe rematar la jugada él, también sabe asistir para que rematen otros. Ve acercarse a su compañero por el rabillo del ojo y con toda tranquilidad, a lo Pelé, le coloca un balón perfectamente domesticado que rueda hacia el punto de penalti. Ekeke sólo tiene que seguir corriendo como una bala y empujarlo para superar la salida del portero. Gol. Camerún va ganando. A Inglaterra. En cinco minutos, ¡en sólo cinco minutos! Roger Milla ha revolucionado el partido y ha puesto a los ingleses contra las cuerdas.
Mientras el comentarista de TVE casi pide disculpas por haber menospreciado las posibilidades de Camerún, a punto están los Leones Indomables de marcar el tercero cuando Milla (¡otra vez él!) hace una de sus paredes con Omam-Biyik devolviéndole un afiladísimo pase de primer toque al interior del área que descoloca a toda la defensa y que Biyik no convierte en gol (¡de tacón!) por muy poco.
Pero los ingleses no se rinden y siguen luchando. También tienen sus opciones: un pase genial de Gascoigne está a punto de ser convertido por Platt. En otra ocasión, los cameruneses, algo torpemente, terminan cometiendo un penalti. Inglaterra marca y empata el partido. Habrá prórroga.
En el tiempo suplementario, Milla sigue haciendo de las suyas pero no hay suerte. Fulmina a un defensor inglés con un sombrero dentro del área pero el chut posterior se va a las nubes mientras Milla, sonriendo, pide un córner que no le conceden. Mientras tanto, otro pase increíble de Gascoigne deja a Lineker solo ante el portero y la jugada, una vez más, termina en penalti (los africanos tienen fútbol pero, excepto a Milla, les falta oficio y astucia). Los ingleses marcan y se ponen por delante. Quedan aún quince minutos de prórroga pero todos en Camerún —salvo, cómo no, Milla— parecen desesperados. Como prueba, Pagal desaprovecha una ocasión chutando de lejos en vez de pasar el balón a Milla, que se había desmarcado muy inteligentemente en la frontal del área. De haberla recibido el “abuelo”, la ocasión de gol hubiese sido clara. No habrá más ocasiones: Inglaterra está crecida y sigue atacando también, pese a ir ganando.
El partido termina y Camerún, por muy poco, queda eliminada del Mundial.
Una historia que no se volverá a repetir

Sello de Camerún con la efigie de Milla y una representación de su mítica jugada ante Higuita.
Pero para entonces Roger Milla ya ha dejado una huella imborrable en nuestra memoria. Nunca antes y nunca después un futbolista ha sido tan determinante jugando tan pocos minutos. Un futbolista de treinta y ocho años, retirado de la profesión. La mayoría no habíamos escuchado su nombre antes de que comenzase el campeonato, pero acaba de terminar el Camerún-Inglaterra y ya sabemos que es definitivamente un grande de la historia del fútbol. Todos estamos con la boca abierta y los ojos como platos. Lo poco que ha jugado, lo ha jugado como los dioses. Ha roto completamente tres partidos que cambiaron del día a la noche en cuanto él salió del banquillo.
Como dijimos al principio del artículo, esta mágica actuación de Milla y la consiguiente clasificación de Camerún para cuartos de final puso al fútbol africano en el mapa. Por primera vez, todo el planeta futbolístico reconoció que en África había una mina de talento por explotar. Nos quedó una cierta sensación agridulce: la de pensar que el fútbol africano iba a dar mucho de sí en el futuro pero que nos habíamos perdido los mejores años de Roger Milla. ¿Hubiese conseguido explotar en el Milán, en el Manchester, en el Madrid?
Milla volvió a jugar con Camerún en el Mundial del 94, ya con cuarenta y dos años, pero con la única intención de usar su fama para convertirse en símbolo reivindicativo del fútbol del tercer mundo. Quería ser un embajador del fútbol africano aprovechando su condición de estrella mediática. Camerún no pudo pasar de la fase de grupos: empató con Suecia, perdió holgadamente con Brasil y fue goleada por Rusia en aquel partido en que Oleg Salenko metió cinco goles. Aun así, Roger Milla se permitió el pequeño lujo de marcar contra los rusos —uno más de sus goles de depredador— y convertirse en el futbolista de más edad que haya marcado nunca en la fase final de un Mundial.
Hoy en día, Milla es una auténtica leyenda viva en Camerún y también en otros países del África negra que, pese a ser rivales futbolísticos, entienden lo mucho que el fútbol africano le debe.
Los aficionados de todo el mundo también le debemos algo: el haber vivido una de las últimas grandes epopeyas del fútbol. Vibramos con el equipo camerunés como si fuese el nuestro… y de hecho era el nuestro, porque Milla nos representaba un poco a todos nosotros. Logró el estrellato cuando todo parecía haber acabado para él. Su coraje, su empuje y el desparpajo con el que quizá sólo un jugador ya retirado y que no tiene nada que perder puede jugar se convirtieron en un ejemplo. No sé si en las escuelas de fútbol le hablan a los chavales de Roger Milla, pero deberían. La lección es sencilla: nunca sabes cuándo podrás emplear todo lo que has aprendido. A él, más de dos décadas de carrera le permitieron aprender todo lo necesario para convertirse en una leyenda del fútbol cuando rayaba la cuarentena. Quizá necesitó todos aquellos años de relativo anonimato para saber cómo convertirse en una estrella mundial. Sea como sea, hoy es una leyenda y no se puede hacer la crónica del Mundial 90 sin nombrar a Roger Milla: no se me ocurre mayor logro que pueda obtener un futbolista.

En la actualidad Roger Milla es embajador de Unicef y trabaja por la mejora de las escuelas de fútbol en África, un medio de motivar y orientar a los niños de zonas deprimidas.
FUENTE: http://www.jotdown.es/2011/08/mundial-de-1990-la-increible-historia-de-roger-milla/
(la pongo aca porque no me dejaba ponerla en la opcion "Fuente", me dice "la URL no pudo ser comprobada..."


Abrazo!
Fuentes de Información
-
0Seguidores
-
258Visitas
-
1Favoritos
¿Seguro que deseas bloquear a este usuario?
¿Seguro deseas procesar este post?
Global
Argentina
Chile
Colombia
España
México
Perú
Uruguay
Venezuela
8 comentarios
Gracias!
Primero gracias, jaja y 2do, donde quieras
Gracias!