Anécdotas del Superclásico: Daniel Onega
River Plate

Anécdotas del Superclásico

Hoy: Daniel Germán Onega


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RIVER 1966/1971 y 1973. Jugó 207 partidos, 87 goles.

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Anécdotas del Superclásico: Daniel Onega

Minibiografía

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Se consolidó en Primera como un excelso goleador. “Tengo el orgullo de ser el máximo goleador en la historia de la Copa Libertadores, con treinta y dos tantos”. Cuando transfirieron al gran Ermindo, asumió el rol de conductor y se convirtió en el armador del equipo. Era criterioso para el manejo del balón y para saber aprovechar las virtudes de sus compañeros. Explotaba como nadie los pelotazos para el pique vertiginoso de Pinino Mas. Es un caso curioso: aprendió a jugar al fútbol con el tiempo, poco a poco, y su notable evolución lo proyectó a la Selección Argentina. Era un excelente cabeceador, que aparecía imprevistamente en el área y definía. De ahí vino su apodo de “El Fantasma”. “Me lo puso el querido Gordo, José María Muñoz, después de hacerle un gol a Boca en Copa Libertadores”.
Fue un producto genuino de River, se inició en novena división. “Poco tiempo después de que Ermindo llegó a la Capital, mi padre decidió mudarse con toda la familia. Me fui a probar a River y me recibieron Ernesto Duchini y José Ramos, dos auténticos maestros. Les gusté y arranqué en novena. Llegué al Monumental en 1959”. Debutó en Primera siendo el sucesor de Luis Artime.
Nació en Las Parejas, provincia de Santa Fe, el 17 de marzo de 1945, era seis años menor que Ermindo. “Haber jugado al lado de mi hermano fue una de las satisfacciones más lindas que me dio el fútbol. Jugamos juntos desde el ’66 hasta el ’69, cuando lo vendieron a Peñarol de Montevideo. Ermindo fue un jugador sensacional, muy cerebral y con unas condiciones técnicas maravillosas. No quisiera ser exagerado, pero no volví a ver un tipo más completo que él. Nació sabiendo todo, en cambio yo tuve que sacrificarme mucho para progresar. Sólo yo sé lo que sufrió Ermindo por no haber podido salir campeón con esa camiseta que amaba”.
Como a su hermano le endosaron injustamente la responsabilidad de no haber conquistado campeonatos, fueron ambos resistidos por un sector de la hinchada. La huelga desatada en el año ’71, hizo que entrase en conflictos con los dirigentes y con el técnico Didí. Esos enfrentamientos produjeron que tuviera que ir a préstamo por un año a Racing Club. Volvió al equipo millonario en el ’72, pero discrepancias con el Beto Alonso provocaron su alejamiento.
“Finalmente River tuvo un gesto inolvidable conmigo: si bien se decidió por Alonso, me pagaron todo el año de contrato y me dieron el pase en blanco. Firmé para el Córdoba de España y pude hacer una importante diferencia económica”. Concluyó su fértil campaña en 1978, luego de coronarse campeón en Millonarios de Colombia.
A pesar de que le faltó ganar títulos, lo mismo que a su hermano, el apellido Onega quedó registrado para siempre en la galería de los grandes jugadores del fútbol argentino.

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Anécdotas

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¡En River al Toto no le fue bien!
Después del Mundial de Inglaterra, Juan Carlos Lorenzo estuvo cuatro meses dirigiendo a River y no alcanzó el nivel esperado. Pensar que lo echó Labruna; porque se despidió al término de un partido contra Platense y el técnico Calamar era justamente Angelito –que después vino a River por su excelente campaña en Platense–. Nos dieron un peludo bárbaro, perdimos 4 a 0. En River estaba Juan Carlos Lallana, un cabeceador sensacional que tenía gran olfato para el gol. Le decían “El Loco”, porque siempre iba al frente y no se callaba nunca.
A los cinco minutos de juego, penal para River. Lo pateó El Loco y la mandó a las nubes. El martes Lorenzo hizo la charla técnica analizando el partido. Nosotros estábamos sentados y él parado en el medio, marcando los errores cometidos. En un momento dado dijo: “Lo que hizo el jugador Lallana es inconcebible en un profesional, con la cantidad de plata que cobra de premio. Puso la pelota, no armó la montañita para patear, no se concentró y la tiró a la tribuna. Por actuar de esa manera será sancionado”.
El Loco Lallana, que estaba tirado en el suelo atrás de todo, gritó:
–¿Cómo dijo Maestro?
–Que va a ser sancionado…
–Mire, si usted me llega a sacar un mango del bolsillo y me suspende por errar un penal, le arranco la cabeza… Nada más que eso quería decirle y téngalo presente.
Hubo un silencio sepulcral… El Toto miró hacia el cielo y mordiendo las palabras murmuró: “Esto ya es imbancable…”. Suspendió el entrenamiento y el Loco encorvando los hombros, silbando, se fue hacia los vestuarios. ¡Un personaje!

¡No me olvido más!
Debuté en el Monumental contra Boca, la noche de un día de semana, en febrero del ’66, por Copa Libertadores. ¡No me olvido más! Eran las cinco de la tarde, estábamos concentrados y no sabía que sería titular. Renato Cesarini dio el equipo y me nombró, él me conocía desde chico, de Las Parejas, por Ermindo. Cuando dijo mi nombre no sé la cara que habré puesto, porque me preguntó:
–Escuchame Tito, si estás cagado no te pongo…
–No, don Renato, para nada. Me sorprendió, por fin llegó el día que tanto esperaba. Le juro que la voy a romper…
–Está bien, pero cambiate los calzoncillos para entrar a la cancha.
Jugué un buen partido, ganamos 2 a 1, con goles del Nene Sarnari y Bayo. El de Boca lo hizo Rojitas.
Ermindo, Lallana y Mas estaban afectados al seleccionado nacional, concentrados en el Colegio Ward en Ramos Mejía y Osvaldo Zubeldía, que era el técnico, no los dejaba jugar la Libertadores. ¡Fue un milagro que haya debutado tan pronto!

Te laburaban de boquilla…
Ese debut fue inolvidable por varios motivos. Recuerdo que Boca tenía grandes jugadores y todos consagrados. La defensa era bravísima. Silvero jugaba de dos y Silveira de seis. ¡¡Qué nenes!! A los diez minutos de juego, tiro libre de costado a favor nuestro, vine corriendo para formar la barrera y cuando pasé por al lado de Cacho Silveira gritó:
–José, atendemelo… y me señaló con la cabeza.
–No te preocupes Cacho, a éste en su debut le pongo los huevos de moñito…
Eran tipos pesados, con experiencia, que conocían bien su oficio y te laburaban de boquilla; y yo tenía el miedo lógico del debutante…

¡Las hice todas!
Jugué diecisiete Superclásicos, uno menos que Ermindo. Todos fueron muy emotivos, y algunos me quedaron más grabados que otros. Creo que fue el primero que jugué con mi hermano. La delantera formó: Cubilla, Sarnari, yo, Ermindo y Pinino. Ganamos 2 a 0 en el Monumental. El primero lo hice yo y el segundo el Mono, con un pase mío. Uno siempre se acuerda más de los triunfos, pero la verdad es que ese día las hice todas. Amadeo sacó dos pelotas increíbles y mantuvo la valla invicta. No voy a olvidar nunca el festejo de Ermindo cuando convertí el gol, me abrazó y me levantó por el aire, mientras decía: ¡Bien pendejo!

Vino el Mayor…
No recuerdo el partido, pero era un Superclásico que íbamos perdiendo cuando finalizó la primera etapa. Llegamos al vestuario con caras largas y muy preocupados. Labruna era el único que estaba de buen humor y muy tranquilo. Sinceramente nadie de nosotros entendía su actitud. Era la época de los militares y antes de salir a jugar el segundo tiempo dijo:
–Vino el Mayor –y todos miramos para la puerta esperando ver un milico–.
Volvió a decir:
–Vino el Mayor… Vino el Mayor de los cagazos que tienen ustedes. ¡Vamos muchachos! Este partido está ganado. ¡Déjense de joder!
Salimos y ganamos el partido. Ángel era un sabio, no conocía el miedo, para él no podíamos perder nunca. Le sobraba calle, vestuario y cancha. Con esa estampa de ganador se ganó el respeto de todos. ¡Un fenómeno!

Amadeo me enseñó a hacer goles
Tuve el orgullo de compartir la habitación con el más grande arquero que conocí: Amadeo Carrizo. Nos quedábamos largas horas conversando. Me llevaba veinte años, por lo tanto lo escuchaba con atención. En los entrenamientos jugaba de mediocampista y hacía brillar a toda la defensa. A veces, se ubicaba de arquero en el equipo de tercera y enseñaba a los delanteros en qué momento debían patear al arco; nos decía: “Tirá ahora… por arriba… al palo izquierdo… Pateá, no gambetees…”. Fueron indicaciones que me sirvieron mucho en toda mi trayectoria. Gracias a las recomendaciones de Carrizo pude hacer cerca de noventa goles en River. ¡Sabía todo!

Piquete de ojos…
Esto sucedió en un partido por las semifinales de la Copa Libertadores de América, en cancha de River. Jugaban River y Estudiantes. Antes de comenzar se hizo el sorteo entre los dos capitanes, Cacho Malbernat y yo. Con Labruna teníamos por cábala no saludar a los rivales. Había perdido el sorteo, por lo tanto estaba avisando a mis compañeros que debían cambiar de arco. Me encontraba totalmente distraído, cuando siento que me llaman; me de vuelta y vino caminando Bilardo con la mano extendida, diciendo:
–Que tengas mucha suerte…
Cuando lo quiero saludar, se acercó y me metió un fuerte piquete de ojos. No pude jugar el partido. A pesar de refregarme los ojos, no veía. Lo llamé a Ángel y lo primero que me dijo fue:
–¿Para qué mierda lo saludaste…? ¡Boludo…!
Con bronca tuve que dejar el campo de juego. No era una anécdota de Superclásicos pero merecía ser contada. Así jugaba al fútbol el doctor Carlos Salvador Bilardo, técnico campeón del mundo.

19 de diciembre de 1979: ¡Murió Ermindo!
Viajábamos para dar clase al Renato Cesarini. Eran las nueve de la mañana y Ermindo manejaba su auto, un Ford Taunus. Adelante iba su señora y mi sobrina y yo atrás, durmiendo. Nos despertaron los gritos y el auto dando tumbos. Fue en la autopista Buenos Aires-Rosario; aparentemente Ermindo esquivó a un auto que venía de contramano y se tiró a la banquina, cuando quiso volver a la ruta, volcó. Empezó a dar vueltas y quedamos con las ruedas hacia arriba. Mi cuñada sufrió fractura de tobillo y por el impacto reventó el termo del mate y se quemó toda. Tuvo que soportar varias operaciones. Ermindo salió despedido, adelante del auto. Casualmente el primero que llegó fue el médico de al lado de casa. Con él le hicimos respiración boca a boca y reaccionó. Abrió los ojos y me dijo: “¡Daniel estoy reventado!”. Lo cargamos en una camioneta hasta el Hospital de Zárate, que quedaba a diez kilómetros. En el trayecto me dijo: “¡No aguanto más Dani…!”. Inmediatamente lo atendieron los médicos y diagnosticaron: hundimiento de tórax. Lo quisieron operar pero no llegó. ¡Quise recordarlo y rendirle un homenaje a mi querido hermano!

Racha negra
River parecía que tenía hecho un maleficio que nos impedía salir campeones. ¡Seguro que lo había hecho Boca! Nos sacaban el título de las manos. En el ’66 hicimos una campaña fantástica y Racing nos dejó segundos. Después, en el ’68, vino la famosa mano de Gallo interceptando el remate de Jorge Recio y nos robó el campeonato, que merecíamos largamente. Recuerdo el último partido frente a Racing, en Avellaneda –antes de ir a la definición por el triple empate en el primer puesto– empatamos 1 a 1, con gol de Basile para ellos y otro mío. Terminaba el encuentro y robé una pelota cerca del área grande, pateé al arco, pegó en los dos postes y le cayó en las manos a Cejas. Si hubiese entrado, éramos campeones…
En el ’70 fue ese raro partido entre Racing e Independiente, en el que a Tarabini le hicieron patear tres veces el mismo penal. Nosotros le habíamos ganado el viernes 6 a 0 a Unión de Santa Fe y esperábamos ese resultado para salir campeones. Independiente necesitaba al menos tres goles para lograr el título, y con ese penal lograron la diferencia. No hay nada que hacer, estábamos meados por los elefantes.

Mote de Gallinas
Todos se la agarraron con Amadeo porque paró la pelota con el pecho. Lo hacía siempre, era su forma de jugar. He jugado pocas veces en un equipo con tanta superioridad sobre el rival. Esa fue mi sensación en aquel recordado partido con Peñarol. Terminamos el primer tiempo ganando 2 a 0, pensando cómo lo íbamos a festejar a la noche. Estábamos convencidos de que nos llevábamos una goleada, sabíamos que después teníamos que jugar contra el campeón de Europa: Real Madrid y la fe en todos nosotros era enorme… Entró Liberti a los vestuarios, que no regalaba nada, y nos dijo: “Muchachos ya tienen cada uno de ustedes quince días en la Costa Azul de vacaciones”.
En el segundo tiempo se nos vino la noche. Si la gente hubiese visto el partido, nadie nos hubiera llamado “Gallinas”. Ese encuentro fue un jueves y el domingo contra Banfield, nos tiraron una gallina pintada de rojo y blanco. A partir de allí cada vez que perdíamos nos gritaban: ¡Gallinas! Sinceramente, fue una injusticia. ¡Yo nunca me sentí Gallina…!

Me la llevé con la mano
Otro Superclásico que siempre tengo presente es el que empatamos 1 a 1 en cancha de Boca y los eliminamos de la Copa Libertadores, fueron las semifinales del ’70. Habíamos ganado 1 a 0 en el Monumental. El gol lo hice yo y me la llevé con la mano, empató Rojitas faltando diez minutos. Pocas veces vi festejar tanto a la hinchada de River. El micro fue a paso de hombre desde La Boca hasta la cancha de River. ¡Labruna festejaba en forma delirante! Estoy seguro de que el hincha riverplatense no olvidará jamás ese partido.
El gol llegó por una pelota larga, entre los dos centrales de ellos, que eran Nicolau y Rogel. El balón me quedó alto y lo bajé con la mano. El linesman no la vio porque lo tapaba Nicolau. La jugada se produjo en el arco de la tribuna popular, cerca de túnel de Boca. Roma salió corriendo y la toqué hacia un costado. De reojo miré al línea y cuando vi que fue corriendo hacia la mitad de la cancha, lo grité con toda mi alma. La hinchada popular de Boca vio todo lo que pasó y me querían matar. Los mayores insultos fueron para el juez de línea, para el árbitro Roberto Barreiro y –por supuesto– para mí. Fue una puñalada por la espalda de los bosteros, tenían un veneno tremendo. ¿Te imaginás lo que significa haber quedado afuera y por un gol con la mano? ¡Estaban destruidos! La guerra era contra Barreiro por no haberlo visto. Yo era el capitán del equipo, y en todos los reportajes dije que no había sido con la mano. ¡Se habló como un mes del tema!
Al poco tiempo nos volvió a dirigir Barreiro. Cuando estábamos haciendo el sorteo me dijo:
–El día que larguemos esta profesión vamos a ir a cenar, tengo que sacarme una duda.
–Roberto, usted habrá escuchado lo que yo declaré…
–No me diga nada ahora, en su momento lo vamos a conversar.
Pasaron los años y una vez nos encontramos en la calle. Desde la vereda de enfrente le grité: “Me debe una comida”.
Nunca pudimos encontrarnos y aclarar las cosas.

Un malentendido
Cuando terminó el préstamo en Racing, me llamó el técnico Urriolabeitía y regresé a River a fines del ’72. Hacemos la pretemporada en Necochea y la revista “El Gráfico” nos hace un reportaje al Beto Alonso y a mí. “Dos diez para River” se titulaba la nota. El periodista nos preguntó quién era el 10 de River. Yo respondí que podía jugar de ocho o nueve, lo importante era jugar. El Beto contestó que la camiseta número diez era suya, que se la había ganado. ¡La verdad es que esa declaración no me gustó!
Empezó el campeonato y por primera vez en la historia se enfrentaron River-Boca en la fecha inicial; yo fui al banco. Terminó el primer tiempo y perdíamos 1 a 0 con gol de Curioni. El Vasco Urriolabeitía lo sacó al Negro López y me puso a mí. Ganamos 2 a 1. Ahí comienzo a jugar de titular. El Beto de nueve u once y yo de diez. Alonso estaba muy caliente y le empezaron a llenar la cabeza. Era un jugador brillante pero muy influenciable y, muchas veces, inseguro.
Estando todavía en actividad, le hicieron otra nota al Beto y le preguntaron si tenía algo que arrepentirse, él expresó: “Sí, en un momento hablé mal de Daniel Onega y hoy estoy arrepentido”. Después me lo dijo a mí personalmente. Hubo un reconocimiento público que quiero destacar. No cualquiera tiene esa actitud y menos siendo un ídolo como él.

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Apostillas

Anécdotas del Superclásico: Daniel Onega

• A Luis Artime lo lesionó sin intención Pipo Ferreiro, en el ’65. Lo operaron del tobillo y el doctor Covaro, luego de observar los estudios realizados puso en duda su absoluta recuperación física y lo transfirieron a Independiente. Fue el día en que tuvo el accidente el boxeador José María Gatica. Cuando se fue Luis, vino a River Pedro Prospitti y Juan Carlos Guzmán. Yo lo reemplacé a Artime, un gran amigo. Hoy es mi socio.
• Amadeo Carrizo estaba todos los días tratando de inventar juegos porque a él le resultaban muy fáciles. Inventó jugar al billar utilizando los dedos como taco. Nosotros jugábamos con el taco, él con los dedos y nos ganaba. Era un fenómeno a las bochas, al tenis, al básquet, no perdía ni jugando al sapo. Un tipo que nació para el deporte. Tenía facilidad natural para desarrollarlos. Tanto Labruna como Renato Cesarini, me dijeron que cuando Amadeo llegó a River ya sabía todo.
• A Santiago Solari lo llevé a River Plate, del Renato Cesarini, lo decidimos con Eduardo y el Indio Solari. Hablé con Busti y Delem de las inferiores. Me dijeron que había muchos en su puesto y que no podían pagarle viáticos. Por los viáticos no se hagan problemas, bajo mi responsabilidad quiero que lo fichen por un año. Si no funciona me lo llevo de nuevo a Rosario, les respondí. A Santiago le tenía una fe bárbara, es un crack; un chico único en estos tiempos: disciplinado, obediente, estudioso y muy sensato. Hoy es una realidad, juega en el Real Madrid, nada menos, estaba convencido de que iba a llegar. Jamás impulsé tanto a un chico, lo hice por él, su calidad humana justificaba cualquier esfuerzo. Sufrí terriblemente cuando se fue de River.
• Me hubiera gustado terminar mi carrera en River, el fanatismo por ese club lo llevo en la sangre. Yo digo que River es como la Casa Blanca, distinto a todo.
• Los que tuvimos la suerte de jugar Superclásicos, fuimos privilegiados. Es algo difícil de explicar. El sentimiento es diferente en un jugador que se inició en el club. El anhelo por ganar esos partidos va creciendo con uno. Podés perder con cualquiera, menos con Boca.

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