Evidencias del “trauma” de dirigentes y periodistas ingleses con el fútbol uruguayo



Como ya lo hemos dicho, distintos episodios históricos, incluso de antes de la independencia del Uruguay y por supuesto mucho antes de los desafíos en las canchas de fútbol entre equipos uruguayos e ingleses, las diferencias enormes en cuanto a aspectos demográficos y peso económico y político entre ambas naciones, así como los preconceptos eurocentristas de los gobernantes y políticos del Reino Unido, jugaron y juegan aún su papel en las relaciones bilaterales. Y eso se ha dado también en el caso Suárez, en perjuicio de éste, claro está.

En cuanto al panorama (el panodrama, según decía el genial Peloduro) en lo puramente deportivo, es probable que los ingleses tengan algo así como un trauma con el fútbol uruguayo. Y eso también puede haber influido en el linchamiento mediático del delantero uruguayo del Liverpool.

Con su mentalidad de dueño de la pelota, la FA se afilió muy a desgano en 1905 a la FIFA, fundada un año antes; en 1920 se desafilió; en 1924 se afilió de nuevo; en 1928 volvió a desafiliarse y en 1946 se afilió otra vez.
En 1924, en Colombes, París, cuando se disputaron los Juegos Olímpicos, que la FIFA consideró entonces Campeonatos Mundiales, Inglaterra no participó y sí, en cambio, lo hizo por primera vez un equipo sudamericano, Uruguay, que ganó y asombró por su fantástica interpretación moderna del juego y por presentar por primera vez en la historia del fútbol un equipo multirracial con futbolistas negros, entre ellos José Leandro Andrade, “La merveille noire”, como lo llamaron entonces. En 1928 en Ámsterdam Uruguay volvió a ganar y a dictar cátedra, esta vez en una final ante el otro país rioplatense, Argentina. Tampoco estuvo Inglaterra, que también faltó en 1930, cuando Uruguay, doble campeón olímpico-mundial, organizó la primera Copa del Mundo. Si bien Inglaterra tiene la excusa de que estaba desafiliado de la FIFA, es más que posible que tampoco hubiera venido a Montevideo. Muy probablemente habría utilizado la misma excusa de los demás europeos que desairaron a Uruguay y faltaron a la cita: el viaje en barco era muy largo. Como si de Uruguay a Europa fuera más corto…

En 1953 se enfrentaron en el Estadio Centenario Uruguay e Inglaterra. O sea los alumnos con los maestros. Porque habían sido los ingleses –dirigentes, empleados y obreros de distintas empresas británicas que abundaban en Uruguay a fines del siglo XIX y principios del XX – eran dueños desde los ferrocarriles, a la energía eléctrica, los tranvías y el agua corriente- los que introdujeron el fútbol en el Uruguay. Los nombres de los ingleses William Leslie Poole y Henry Stanley Bowles y del escocés John Harley (sería bueno que lo supiera Ferguson), entre otros, fueron los primeros modelos para los criollos que se fueron incorporando al nuevo juego y que terminaron por superar a sus maestros y a “uruguayizar” el deporte con clubes y técnicas de juego propias.

Eso fue precisamente lo que se vio en el Estadio Centenario en 1953. Los celestes con fenómenos como José Emilio Santamaría, William Martínez, “El Pardo” (¿será políticamente correcto este sobrenombre? Preguntémosle a la FA) Julio César Abbadie, Oscar Omar Miguez y otros notables futbolistas (Obdulio no jugó por estar lesionado) le dieron un baile a los ingleses, que vinieron con jugadores de fama mundial como Finney y Ramsey. Uruguay ganó 2-1 con goles de Abbadie y Míguez, pero de no haberse engolosinado y divertido con moñas de todo tipo, pudieron haber ganado por cuatro o cinco goles de diferencia.

Ese “pesto” no les gustó para nada a los ingleses, que al año siguiente, en la Copa del Mundo de Suiza, con la sangre en el ojo, buscaron vengarse. No tuvieron suerte. Otra vez Uruguay dominó totalmente y sólo una lesión de Obdulio al convertir uno de los goles, lo que dejó a los celestes en inferioridad numérica, impidió que el triunfo por 4-2, que eliminó a los ingleses del torneo, fuera aún más amplio. Previamente, en la primera ronda, Uruguay le había propinado una derrota histórica a Escocia: 7-0. Ni escoceses ni ingleses se olvidaron de estas derrotas.

Esas espinitas que, como dice el bolero, les quedaron clavadas a los ingleses en el corazón, no fueron las únicas. En el partido inaugural de la Copa del Mundo de 1966, disputado en Wembley, Inglaterra no pudo ganarle a Uruguay y el 0-0 fue amargo para los locales, que buscaban arrasar de entrada con el torneo, fuera como fuera (y lo lograron en la final con un “gol fantasma” de Hurst). A la prensa deportiva, a los dirigentes y a los aficionados ingleses le cayó muy mal ese empate ante los uruguayos.

La prensa inglesa, con sus escandalosos tabloides, fue especialmente dura con uruguayos y argentinos, ambos tratados, con grandes titulares, de ¡animals!. Sospechosamente, un árbitro inglés fue designado para el partido Uruguay-Alemania y uno alemán para Argentina-Inglaterra. En el partido de Uruguay, el defensa alemán Schnellinger se mandó una atajada fenomenal (la de Suárez en Sudáfrica fue un poroto al lado de ésta) vista por todo el estadio e inmortalizada en una notable fotografía, pero el juez inglés no cobró el penal que correspondía. En cambio echó a dos jugadores uruguayos. En el partido de Argentina también hubo un arbitraje parcial, con expulsión de argentinos. Claro que después le tocó a Alemania, en la final, sufrir fallos destinados a darle a Inglaterra su primer y único triunfo absoluto en una Copa del Mundo.

Cuando la AUF organizó en 1980 la Copa de Oro, o Mundialito, con la participación de todos los seleccionados ganadores de Copas del Mundo, Inglaterra fue el único que faltó. Y el desaire no fue porque los ingleses quisieran de ese modo poner en evidencia el hecho de que la dictadura militar –que se había plegado a la iniciativa de los dirigentes futbolísticos uruguayos- intentaba aprovechar el certamen para limpiar su deteriorada imagen (dicho sea de paso a la dictadura le salió el tiro por la culata, porque el Mundialito sirvió para que en el Estadio Centenario muchos pudieran manifestar su repudio a los golpistas). No, Inglaterra faltó a la cita simplemente por sus prejuicios contra el fútbol uruguayo, también manifestados en ocasión de partidos por la Copa Intercontinental.

Y finalmente, una anécdota ilustrativa. En una agotadora y absurda gira previa del seleccionado uruguayo que iba a participar en la Copa del Mundo de 1990 en Italia, se jugó en Wembley un partido amistoso con Inglaterra. Uruguay ganó 2-1 con golazos de Perdomo y Ostolaza que, confieso, grité con ganas en el viejo y famoso estadio londinense. Como es deber de todo periodista que cubra un partido internacional de esa jerarquía, tenía al otro día que informar acerca de las repercusiones de prensa. Compré todos los diarios locales. El caso es que en pocos de ellos se informaba del resultado del partido, y si en alguno se señalaba muy brevemente que Inglaterra había perdido, no se decía con quién había perdido –el nombre de Uruguay no aparecía en la mayoría de los diarios- ni quienes habían hecho los goles, ni cual había sido la integración del equipo ganador. Solo aparecían algunos breves comentarios críticos acerca del equipo inglés. El equipo de Uruguay prácticamente no existía. Sintomático. Lo del trauma de los ingleses, por lo menos de los dirigentes y periodistas deportivos (salvo excepciones) con el fútbol uruguayo quedaba en evidencia una vez más. Y Luis Suárez, por más que haya macaneado en alguna oportunidad, es también una víctima de esa situación.Ángel V. Ruocco