El último rey de Escocia

Hay fiesta en Escocia. En la Princes St. los trabajadores dejan su habitual rutina de sonreír y atender a los turistas. El Fuerte de Eidyn vive un festival más intenso que el que se ofrece cada año en agosto.

Edimburgo celebra sin pausa. Glasgow está más iluminada que nunca, brilla por la algarabía expresada en cada uno de los pubs. A orillas del río Clyde hay más ruido que en cualquier parque de niños en el mundo. Las campanas de Queen`s Cross tienen un sonido especial y los comercios de la calle Glassford ofrecen la mejor de sus imágenes.

Escocia celebra. El chico que estudió en la Dunblane Primary School y en la Dunblane High School lleva el nombre de su país al sitio más alto que se le pueda pedir a un deportista. No se precisa estar ahí para comprender lo que se vive en las tierras altas, ni siquiera ser escocés para comprender que no hay orgullo mayor para toda esa comunidad que ver como del cuello de Andy Murray cuelga una medalla de oro.

Ganó Murray, victoria para el Reino Unido, felicidad inmensa para los escoceses. No hay gaita que se quede sin sonar en la tierra de William Wallace, aquel valiente guerrero que combatió contra la ocupación inglesa y el Rey Eduardo I. Ganó Murray, nada menos que ante el fenómeno de todos los tiempos.

El último rey de Escocia

Ganó Murray, y la patria de David McCallum, Gerard Butler y Alexander Graham Bell, está en la cúspide del mundo. Cómo no estarlo si acaba de pasar lo que pocos creían posible. Salvo todos los que colmaron el Court Central de Wimbledon o los que cruzaron los dedos bebiendo una cerveza en la verde Escocia.

Ganó Murray y la fiesta es completa. Porque la imposición llegó de manera contundente. Sorpresiva, sí, porque Federer no tuvo ni un poquito del "Expreso Suizo", pero sumamente disfrutable para los británicos porque Murray superó todas las barreras. La psicológica contra el número uno, la de sus miedos por no poder concretar lo que tantas veces quiso, y la del juego.

Pesto total. Supremacía con su saque y también ante el de un Federer que estuvo lejos del que venció a Del Potro. De no haber sido así, jamás una final olímpica entre estos dos jugadores hubiese durado apenas y 1 hora 56 minutos.

A Roger le duró cinco games la paridad, porque al sexto empezó el show de Murray. Con una impresionante exhibición de concentración, tiros certeros y poquísimos errores no forzados, llevó a Federer de un lado al otro y lo sacudió con disparos ganadores.

Eso le permitió ganar ocho games seguidos. Desde el 4-2 con quiebre incluido, del primer set, hasta el 5-0 del segundo, Federer lo único que hizo fue observar con lujo de detalles el mejor rendimiento de su rival.

Con el público eufórico, activo de principio a fin para respaldarlo, el escocés liquidó la final a lo grande, metiendo un saque ganador para terminar arrodillándose, emocionado.

La música gaélica suena en las calles. Algunos cantan el "Scotland the Brave", otros prefieren el "Flower of Scotland" y no es noviembre, pero parece que lo fuera. Porque hay una fiesta nacional como el día de "San Andrés".

Ganó Murray y no se precisa estar en Escocia para comprender que el país entero delira de felicidad. Uno de sus gallardos chicos acaba de convertirse en campeón olímpico.
LAS CIFRAS
80

por ciento de efectividad tuvo Murray con su primer servicio; con el segundo, el 63%.
46

minutos duró el set más largo de la final: el segundo; los otros: 37 y 33 minutos.