Ni apasionante ni competitivo x Bonadeo

Ni apasionante ni competitivo


Por Gonzalo Bonadeo



El pregón de buena parte de los voceros oficiosos del fútbol insiste en hablar del “apasionante Torneo Final”. Sin embargo, simplificar el concepto detrás de la incalificable idea de apasionante es, ya, una vieja costumbre. Llevamos más de veinte años escuchando hablar de apasionantes aperturas y clausuras. Y aunque unos cuantos voceros se empeñen en convencernos de los nuevos aires que sobrevuelan las pantallas, las voces que se desgañitan engañándonos al respecto son, en demasiados casos, las mismas. En el relato, en el comentario, en los prescindibles balbuceos desde los bancos y en estudios centrales. En alto porcentaje, los mismos muchachos.

Jamás se me ocurriría ignorar la lucidez que se impuso en la elección del término. Desde que hay gente haciendo cola en la puerta del teatro para sacarse una foto con Ricardo Fort, está claro que nadie debe cuestionar qué es lo que apasiona a un semejante; mucho menos, explicar por qué a uno le apasionan ciertas cosas.

De tal modo, podríamos decir que hablar de torneos apasionantes es algo abstracto.

El asunto se pone más complejo cuando lo califican como uno de los más competitivos del mundo. Sólo por debajo o a la altura de Italia, Inglaterra o Brasil, por ejemplo. Y algunos de los que insisten en esa idea de apasionante competitividad tienen el tupé de minimizar la liga española, porque Barcelona o Real Madrid le sacan decenas de puntos de ventaja a los demás demasiado pronto. Es decir que la virtud del fútbol debe reducirse ya no a cómo se juega sino al grado de equilibrio estadístico que comprima a todos los equipos en una estrecha franja de puntos y que nos permita calificar como apasionante algo que, en realidad, apenas se asemeja a una porción de ñoquis apelmazados.

Confieso mi incapacidad para establecer niveles de competitividad a partir de una comparación. Para empezar, imagino que una liga podría compararse con las más poderosas del mundo en tanto estuviese, por ejemplo, en condiciones de retener a sus principales figuras. En esa, perdemos por afano. Salvo que nos quieran hacer creer que Barcelona, Manchester City, el Inter y Alejandro Sabella eligen a los peores futbolistas argentinos, en tanto los buenos vegetan jugando en casa.

Tal vez haya que admitir de una buena vez que en nuestro certamen logramos retener a los mejores directores técnicos del mundo y disponemos de una brillantez estratégica y una variedad táctica que tampoco es bien comprendida más allá de nuestras fronteras. En alguna medida, tampoco dentro de nuestras fronteras. Por eso, algunos de los equipos más influyentes del mercado recurren a entrenadores históricos de gran trayectoria y espaldas bien anchas que, por cierto, no están dejando en claro ser portadores de propuestas que amenacen con renovar nada de lo ya establecido.

Debo entender que, al final del asunto, esto de apasionamientos y competitividades tienen mucho de slogan y un poco de gusto personal. Si se trata del pregón mediático, hay algo más: no han sido pocas las veces que escuché a los productores o a responsables de medios explicar a los periodistas que hay que ensalzar lo que se transmite aunque sea una porquería. La lógica de la idea sería algo así como que, si vos decís que el partido que estás transmitiendo es malo, el telespectador, que es un gil y no evalúa por cuenta propia, dejará de ver el espectáculo que eligió y ofrecerá su rating a Iúdica o a Guy Williams. No conozco a nadie que haya cambiado de canal sólo porque el que les habla les diga que la cosa está fea. Ni a nadie que se quede frente a la tele sólo porque le digan que la cosa está buena. De todos modos, por las dudas, digamos que Rocío Marengo es inteligente, que Mex es divertido, que yo soy simpático y que el bodrio es un auténtico espectáculo.

Si eventualmente coincidiéramos en que el anuncio pasa por una cuestión de gustos, entonces admito que gran parte del torneo local me parece pésimo. Mal jugado, turbio, con árbitros pusilánimes, con jugadores buenos demasiado inestables y jugadores malos demasiado parejos, con pocos entrenadores con sueños de trascendencia y, especialmente, con muy pocos partidos que puedan verse íntegramente sin hacer zapping. Si alguna vez el fútbol por televisión fue motivo de discordia familiar, hoy permite satisfacer a todos. Empezar la rotación por el partido, sobrevolar una receta de Narda Lepes, hacer un toque con Polino y, seguramente, quedarse viendo la octogésima repetición de Diario de una Princesa.

En algún momento, se me ocurrió que, para que el asunto no quedase exclusivamente en lo conceptual, valdría la pena establecer un puente entre lo que se valora del torneo local y cómo les va en la Libertadores a nuestros representantes.

Pese a admitir en que se trata más de un síntoma que de un diagnóstico, decidí rescatar algo de los apuntes primitivos.

Sólo para entender qué siente un argentino cincuentón cuando se habla de la Copa, aclaro que nací el mismo año en que por primera vez un conjunto argentino llegó a la final. Y que, hasta que cumplí 16 años, eso fue lo menos bueno que nos pasó. Repaso: 1963, Boca finalista; 1964 y 1965, Independiente campeón; 1966, River finalista; 1967, Racing campeón; 1968, 1969, 1970, Estudiantes campeón; 1971, Estudiantes finalista; 1972, 1973, 1974 y 1975, Independiente campeón; 1976, River finalista; 1977 y 1978, Boca campeón; 1979, Boca finalista. Una lista impresionante que califica indiscutiblemente a los equipos argentinos como líderes regionales. Ya no como un pregón, sino como la certeza de partidos jugados y partidos ganados.

En el otro extremo, vayamos a los números de los últimos diez años. Hubo dos títulos, Boca en 2007 y Estudiantes en 2009. Y dos finales, las de Boca en 2004 y 2012. Un par de semifinales de River, de Vélez y de Boca y muchas más malas que buenas. Desde 2007 hasta acá, 12 veces hubo equipos argentinos eliminados en la primera rueda; varias veces, se trató del último campeón local. Curiosidad extra (quizá, otro síntoma): representantes argentinos en las copas del 2007 y 2010, como Gimnasia y Banfield, hoy ni siquiera juegan en Primera.

Supongo que la mayor elocuencia al respecto la da el presente. Finalizada la primera rueda de la clasificación, sólo Vélez figura entre los dos primeros de su grupo. Y, sobre un total de 15 partidos, los equipos argentinos ganaron cinco, empataron uno y perdieron nueve.

En no pocos casos, se pierden puntos y se sufren goles a manos de futbolistas despreciados en el mercado local; futbolistas elegidos por entrenadores que, hasta hace poco, la parieron en casa teniendo que salir por la puerta de atrás.

Es un tanto maniqueo mi planteo. Elijo números y datos ciertos, pero que ayudan a mi teoría de que no es cierto que tengamos una liga ni apasionante ni especialmente competitiva. Asumo la culpa. Y me jacto de que, al menos, hice los deberes y fui al archivo. Como le gusta a Carlos Bianchi.

http://www.perfil.com/contenidos/2013/03/09/noticia_0083.html


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