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El futbol cuenta un cuento - Relatos

Hace mucho tiempo, descubrí el programa "Todo con Afecto" de Alejandro Apo por Radio Continental. En el se escuchan relatos de viejas glorias futboleras, efemérides, anécdotas y cuentos. Cuentos del autor Eduardo Sacheri, que emocionan, que apasionan, que tocan el corazón. Todos sobre historias futboleras anónimas, mínimas, cálidas que nos explican lo que todos sentimos cuando jugamos "a la pelota" en ese futbol de barrio que pone la piel de gallina.

El futbol cuenta un cuento - Relatos


Esperándolo a Tito y otros cuentos de fútbol, editado en España como Los traidores y otros cuentos (2000)
Esperándolo a Tito
Me van a tener que disculpar
La promesa
Valla invicta
De chilena
El cuadro del Raulito
Jugar con una Tango es algo mucho más difícil de lo que a primera vista se podría suponer
Independiente, mi viejo y yo
Último hombre
Ángel cabeceador
La hipotética resurrección de Baltasar Quiñones
Decisiones
El sueño de Nicoletti
Los traidores
Epílogo (Oración con proyecto de Paraíso)

Esperándolo a Tito


link: http://www.youtube.com/watch?v=NJS8QVMOU_4


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=jFJiApVHzgo


Me van a tener que disculpar


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=C-4aw5xXtgs


La Promesa.


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=dArL_kCXUVg


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=KdOwvN_ID0k

De chilena


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=z9vZc3sua5o


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=CEpnE02BgBE

El cuadro del Raulito


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=DDZrI2gpghI


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=rszqPPowDo4

Independiente, mi viejo y yo


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=QYInAXgS63A


Último hombre


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=FUmehiJ4MHs


La Hipotetica Resurreccion de Baltazar Quiñones


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=2f8BTXazbWg


Los traidores


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=boLRstPJiUk


Oracion con proyecto de paraíso


link: http://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=1jtPXrI4zRM

Y los que no estan relatados...

Jugar con una Tango es algo mucho más difícil de lo que a primera vista se podría suponer

Tal vez para los grandes, con esa facilidad que suelen tener para las simplificaciones abusivas, los dos barrios eran uno solo. Tal vez para los grandes, con su indolencia, su falta de perspectiva, su desatención por los detalles esenciales, la cuadra nuestra, la ochava de nuestras felonías, formaba con las manzanas de alrededor un único barrio.

Pero para nosotros, con la claridad diáfana que tienen las cosas cuando uno es chico, los barrios eran dos, el nuestro y el de ellos: esos pibes que vivían a la vuelta. El nuestro eran cuatro cuadras, dos por una calle y dos por la otra. El barrio era esa cruz perfecta que formaban esas veredas simétricas y nuestras, absolutamente nuestras. A la vuelta estaban ellos, pero a la vuelta, y eso era muy lejos. Tan lejos que ese era el barrio de ellos.

Cuando teníamos ocho, nueve a lo sumo, la autonomía de nuestro vuelo aventurero era escasa. Las madres exigían, todavía, la molesta condición de poder vernos al asomarse a la vereda. De modo que la vuelta, o sea el mundo, el universo, quedaba todavía prohibitivamente lejos. Pero a los once, a los doce, las madres ya empiezan a resignarse a salir a la vereda y a no vernos, a confiar en el Espíritu Santo, a aceptar el dolor y la angustia de sabernos a la vuelta, o a la vuelta de la vuelta, o vaya a saber dónde. Como mucho pueden exigir el retorno a la hora de la leche, a más tardar. Pero no pueden pretender, Dios nos libre, que uno siga en la vereda propia, o en la cuadra de casa, habiendo tanto mundo más allá esperándonos. Cuando uno tiene ocho, o tiene nueve, vaya y pase. Pero a los once, la cosa cambia, y cambia para siempre.

En una de esas recorridas, bicicleta mediante, ahí nomás de nuestro propio mundo, aparecieron ellos. Estaban sentados en la vereda, contra una de esas casas que eran las de ellos, dejando pasar la vida. Eran seis o siete, como nosotros. Se repartían el fondo de una botella de agua. Se veían sudados y sedientos. En la calle perduraban los cascotes de los arcos. Evidentemente acababan de jugar al fútbol.

El ser humano es un bicho dado al desafío, a la competencia. Supongo que fue por eso que alguno de nosotros, alguno de los más osados y pendencieros (seguro que no fui yo, siempre tan tímido) frenó la bici, apoyó un pie en el cordón y se los quedó mirando. Los demás lo habremos imitado, obedeciendo a ese reflejo solidario que en la niñez funciona a la perfección y que con los años se va, tristemente, anquilosando.

Primero habrán sido unas preguntas tiradas al voleo y contestadas con evasivas. Que de dónde eran, que de dónde éramos. Que cuántos eran en su barrio, que cuántos en el nuestro. Que de qué cuadro éramos hinchas, que de qué cuadro eran ellos. Que si sabían jugar, que si nosotros sabíamos. Después uno de ellos se habrá ufanado de alguna victoria memorable, contra otro barrio tan distante como temible y misterioso. Algún lenguaraz de los nuestros habrá replicado con una hazaña aún más espeluznante. Habrá habido un cruce de miradas, alguna seña sólo perceptible para entendidos. Y el desafío habrá partido por fin de uno de los frentes, como una lanza en llamas, clavada ante la tribu rival y belicosa.

Ellos se miraron con cara de experimentados, de gente ducha en estos temas. Acordaron la fecha como dudando, como dando a entender que eran tipos muy ocupados. Supongo que, enroscados en sus propias mentiras y en sus respectivas alucinaciones, no notaron el temblor de algunas de nuestras voces, las caras de pánico de los más chicos, las miradas urgentes de los menos osados. Ellos pusieron una sola condición: ponían la cancha y la pelota. Nosotros, pobres ingenuos, torpes incautos, aceptamos.

El día fijado fuimos a pie: uno no puede jugar un desafío y mirar cada dos minutos la pila de bicis a ver si siguen donde uno las ha dejado: las distracciones pueden ser fatales, tanto porque te roben una bici como porque te metan un gol estúpido. La primera sorpresa fue la cancha. Ellos nos esperaban en la vereda de la vez pasada, pero no tenían armados los arcos en la calle. Cuando preguntamos, señalaron con calculada indolencia el paredón legendario de la canchita de la calle Buchardo. Nos miramos azorados. Decir en nuestra niñez “la canchita de Buchardo” era como decir “jugamos acá, en el Maracaná”, o “pasen, el desafío es en el estadio de Wembley”.

Era un baldío enorme, cerrado a la gilada por un paredón alto de ladrillo a la vista. El único acceso posible era a través del jardín del vecino. Vecino que se entretenía en golpear el vidrio de su ventana, en medio de agresivas gesticulaciones, las pocas veces que teníamos la valentía de pararnos siquiera a pispear un poco el asunto. Porque esa cancha, que tenía arcos de madera y todo, y que tenía hasta manchones de pasto en las esquinas, la usaban los grandes, jamás los chicos. Uno de esos grandes, que jugaban los fines de semana, era ese celoso cancerbero que nos echaba a las patadas. Lo que ignorábamos, y que descubrimos recién el día del desafío, era que el capitán de ellos era sobrino del terrible ogro de la casa contigua, y que los días de semana tenían libre acceso a ese estadio bellísimo.

Caminamos la media cuadra dándonos valor con la mirada, ocultando celosamente que jamás en la vida habíamos jugado en una cancha en serio. Entramos al jardín del vecino como quien atraviesa a ciegas un campo minado, esperando el terrible momento del estallido, de la cortina corrida, de los golpes furiosos en el vidrio, del rajen de acá mocosos del demonio. Pero nada pasó. O no estaba, o su sobrino lo había puesto sobre aviso. Saltamos por fin la pared por la parte más baja, íbamos cayendo con un ruido seco en la tierra prometida, un ruido que jamás hube de olvidar, y que supongo que los demás tampoco olvidaron. Un ruido que sonaba a misterio, a iniciación, a ultraje y a aventura.

El miedo nos volvió a ganar cuando los vimos abrir las bolsas que traían bajo el brazo. Eran botines. Los sacaron con gesto displicente, pero a sabiendas de nuestro pasmo inevitable. Porque nosotros, más allá de nuestras bravuconadas, éramos gente de jugar en el asfalto. Y uno, en la calle, juega en zapatillas. Y encima con zapatillas viejas, con esas ‘Flecha’ que nuestra madre nos ha cedido para que las terminemos de deshilachar, de destruir y de enmugrecer en esas tareas inútiles. Esas que tienen la tela totalmente descosida de la puntera de goma. Esas con las que hay que tener cuidado de que no se salgan los dedos por el agujero, cuando uno le pega a la pelota. Y van estos tipos y sacan los botines negros, relucientes, con esos tapones amenazantes, tan útiles para pegar de puntín como para arruinarle la pantorrilla a un pobre contrario indefenso.

Yo, calentón como fui siempre, les hice notar que nosotros jugábamos todos en zapatillas, y que con los botines iban a lastimarnos. Pero con cara de inocencia dijeron que nadie les había dicho nada, y que ellos jugaban siempre así, como se juega de verdad, y que lo del otro día en la calle había sido un entrenamiento. Con la sensación de ser un cavernícola analfabeto me callé la boca y me volví hacia los míos, buscando algo de confianza. Pero todos estaban demasiado asustados.

Lo peor vino después. Traían la pelota en una bolsa grande de ‘Casa Tía’. Era una bolsa enorme, blanca, y no se veía nada adentro. La llevaba un gordito pecoso y flequilludo. Con gesto grandilocuente la levantaron, la tomaron por abajo y soltaron las manijas. La bolsa se inclinó, abrió su boca misteriosa, y escupió una pelota Tango. Aquello era demasiado: la cancha de tierra con arcos de madera vaya y pase. Eso de los rivales provistos de botines ya era todo un riesgo. Pero una Tango original, que picó tres veces hasta quedar mansita en el mediocampo, eso era inaceptable. Nosotros -que jugábamos con una número cinco chiquita, de gajos alargados blancos y negros, que tendía más al óvalo que a la esfera, que picaba para el demonio, a la que había que engrasar primorosamente con la grasa sobrante del churrasco-, habíamos visto la Tango por la tele, en el Mundial 78; y después en la vidriera de la Proveeduría Deportiva. Pero en nuestro barrio ése era un objeto desconocido. Y van estos tipos y la sacan ahí, como si tal cosa, como si fuera algo de todos los días.

Ahí Felipe protestó, que “cómo no la tenían el otro día, en la vereda, cuando los vimos la primera vez”. El capitán de ellos, Walter creo que se llamaba, se aproximó con la Tango entre las manos, y nos habló en un tono peyorativamente didáctico, como si se dirigiera a una manga de infradotados. Nos dijo que, como era evidente, esa pelota tenía un plástico recubriendo el cuero, que hacía imposible su uso en la calle salvo que uno quisiera arruinarla, y que como ellos jugaban siempre en canchas de pasto, o de tierra a lo sumo, no se habían imaginado que nosotros pensáramos jugar con una pelota común y corriente. Gustavo tuvo entonces el tino de esconder la nuestra, miserable, debajo de una campera.

Nosotros nos quedamos mirándola como tarados. Encima era naranja debido a que, según transigió en informarnos, el padre del chico se la había traído de Europa porque era piloto de Aerolíneas, y allá la pintaban de naranja para poder jugar en medio de la nieve sin perderla de vista.

Cuando empezó el partido corroboramos, con angustia, nuestro palpito que una Tango no tenía nada que ver con el resto de las pelotas existentes en el universo. Por empezar, picaba el doble. No conseguíamos bajarla ni a los tiros. Saltaba en cada piedrita de la cancha, cambiaba de rumbo y nos dejaba pagando. Aparte dolía de lo lindo. A mí me tiraron dos o tres pelotazos que me dejaron las manos rotas, y eso que jugaba con guantes (unos de lana, ya jubilados del colegio).

El que más sufría era Gustavo, nuestro crack, que en lugar de patear de puntín, como el resto de nosotros, lo hacía de chanfle, o acariciando el balón con el empeine. Al rato de empezar le dolían los pies hasta los tobillos. Esas zapatillas nuestras eran absolutamente inapropiadas para patear semejante cascote. Además estaba el tamaño. Nuestra número cinco era una especie de prima pobre y escuálida, que apenas debía superar la mitad de la circunferencia de aquella enormidad anaranjada y con lustrosos vivos negros. Lo dura que sería que Gustavo tuvo la inconciencia de cabecearla en un centro, y quedó medio tarado un buen rato hasta que se le pasó el mareo (si hasta me acuerdo que le quedó la frente toda colorada).

Lo que más bronca nos daba era que ellos eran tan burros como nosotros. Pero con los botines ponían pata fuerte, y nosotros sacábamos el pie por precaución, y perdíamos todos los balones divididos. Y con la Tango nos tenían a maltraer. No hilvanábamos dos pases seguidos como la gente. Nos metieron un gol estúpido: me tiraron un chumbazo a quemarropa, y la muñeca me dolió tanto que se me dobló la mano (para colmo yo no lograba hacerme a la idea de atajar con palos de verdad, a qué negarlo).

Nos iban ganando uno a cero con ese gol mugroso, y en cualquier momento iban a embocarnos otro, eso era seguro.

Pero gracias a Dios, y en medio de nuestra adversidad tumultuosa, Adrián tuvo un rapto de inspiración mística. Empezó a los gritos a llamarlo a Miguelito, que ya había pegado el estirón y nos llevaba como dos cabezas. Ese día andaba más caliente que nadie, porque todavía no se acostumbraba a sus nuevas dimensiones, y ese balón endemoniado lo tenía más mareado que al común de nosotros. Así que Adrián le habló algo al oído, y el otro sonrió con placer, como sopesando la idea, como paladeando por anticipado una venganza que se sabe tan justa como inolvidable.

Yo, desde el arco, entendí poco y nada, hasta que vino un despeje desde el área de ellos, y Miguel se perfiló para pegarle de zurda. Miguel era, con la pelota en los pies, y como ya dije, un poco más espantoso que la mayoría de nosotros. Pero tenía la rara virtud de pegarle como con un fierro. La Tango venía picando casi mansita, como pidiendo permiso para seguir unos metros. Miguel se afirmó con la derecha, se inclinó levemente, y le pegó un chumbazo descomunal. La Tango salió como un bólido, como un meteorito en reversa rumbo al cielo. Pasó el paredón no por el lado de la calle (nuestro arco era el que daba a la vereda) sino por los fondos que daban a una casa vieja y sombría.

En los laterales, donde el paredón también era medianera, había un lindo alambrado como de dos metros de alto, porque estaba cerca de las líneas de la cancha, y el riesgo de tirarla afuera era evidente. Pero detrás del arco de ellos, del lado de la casa aquélla, quedaban todavía como treinta metros de terreno, lleno de malezas y arbustos y árboles petisos, que hacían suponer que la pelota jamás superaría el límite del predio por ese lado. De modo que cuando Miguelito le pegó ese chumbazo histórico la Tango subió a los cielos, superó por amplio margen el travesaño de ellos, sobrevoló dos limoneros apestados y unas cañas de esas que nunca faltan en los baldíos, planeó sobre el yuyal y sobre la hiedra, y se perdió en el misterio del más allá, con un ruido a chapas de lo más espeluznante.

El dueño de la pelota, que aparte de ser un gordito paliducho y pecoso nos había demostrado que de fútbol sabía lo que yo de astronomía, no pudo reprimir un grito de terror, y los suyos se miraron consternados. Nosotros pusimos cara de compungidos, atravesamos con ellos el yuyal, y hasta les hicimos pie para que se asomaran por encima de la tapia. No había caso: la pelota descansaba en un patio de lajas, y el ruido a chapa se había producido cuando la Tango había golpeado contra la puerta de hierro que desde la cocina daba a ese patio.

Por suerte para nosotros, eran las tres de la tarde. Tocarle el timbre a un extraño para pedirle una pelota es una tarea ardua y peligrosa a cualquier hora del día. Pero a la hora de la siesta, es directamente concurrir por propia voluntad al patíbulo. Nosotros lo sabíamos, y ellos también. El gordito traslúcido intentó despertar el espíritu de cuerpo de los suyos para que lo acompañaran, pero fue en vano. Contestaron, en medio de evasivas, que más tarde a lo mejor, pero que ahora, en plena siesta, ni mamados.

Con cara de circunstancia Alejandro declaró que era una lástima, una barbaridad, pero que íbamos a tener que seguir con otra pelota. Ellos se miraron y asintieron. Dijeron que no tenían ninguna otra a mano. Yo sabía que mentían, porque había visto de refilón la azul y roja, linda también, con la que habían jugado el otro día en la calle. Pero se ve que tenían un miedo atroz de que Miguelito, zapatazo mediante, la colgara en un vuelo sideral de la misma especie, y la enviara sin escalas a hacerle compañía a la Tango anaranjada. Alejandro, como si hubiese recordado súbitamente, se golpeó la frente y dijo que nosotros teníamos una. Aclaró, con tono de singular franqueza, que no tenía nada que ver con la que Miguelito acababa de colgar. Pero que, a falta de una mejor...

Ellos se apuraron a decirnos que sí. Alejandro mismo fue hasta detrás del arco y sacó nuestra pelota de abajo de la pila de camperas. Yo me acuerdo que nunca la vi tan linda, con sus gajos grises de tan despintados, con el olor rancio de la grasa cuidadosamente embadurnada, con ese par de protuberancias que la alejaban indefectiblemente de la esfericidad, con la marca indeleble en birome azul en el lugar de la válvula, entre las costuras, hecha para evitar chambonadas trágicas a la hora de inflarla. Porque ahí la cosa era distinta. Todo era cuestión de pegar unos cuantos puntinazos bien al ras del piso, de modo tal que entre las piedras que encontrara en el camino, y el azar de sus tumbos ovalados, a cualquier arquero se le escaparan dos o tres de ésas y a cobrar. Todo era cuestión de apretar los dientes y soportar a pie firme un par de taponazos en nuestras pantorrillas indefensas. Al fin y al cabo, uno a los doce tiene que ir aprendiendo a hacerse hombre.

Ganamos tres a dos, y fue una fiesta. Sobre todo porque ellos, humillados, nos pidieron la revancha para la semana siguiente. Nosotros pusimos cara de gente ocupada, de tipos abrumados por un montón de compromisos. Quedamos en volver a hablar recién el mes siguiente, porque argüimos estar tapados de desafíos contra los del Club Argentino, los de la canchita de “Tienda Presente”, los de la Triangular de Segunda Rivadavia, y otros cotejos tan severos como ineludibles. Después nos enteramos de que recuperaron la Tango, y de que lo hicieron a través de los buenos oficios que interpusieron dos de los padres de ellos ante el anciano propietario de la casa sombría, tan venerable como remiso a las devoluciones. Pese al hallazgo, no nos alarmamos. La revancha sería en el barrio nuestro. Y de locales, la cosa iba a ser en la calle. Y en la calle con los botines no podés jugar. Aparte, como los palos son dos cascotes, podés discutir de lo lindo cada pelotazo que pase cerca de los arcos, sobre todo si Miguelito juega de tu lado. Y sobre todo, en la calle la Tango no se usa porque se arruina, se moja en los charcos de los cordones, se le despelleja el plastiquito y te la puede aplastar cualquier colectivo. Y nadie va a correr semejante riesgo, ni siquiera siendo un gordito platudo con un padre en Aerolíneas.

Porque una Tango es muy linda y muy canchera, pero sale un ojo de la cara.



Decisiones

Mañana.
–Volvélos a contar, si querés. Pero te garantizo que te lo descuento.
El muchacho resopló. Se incorporó con tal violencia que estuvo a punto de
derribar el banquito metálico en el que había estado sentado.
–Veinticuatro.
–El de la noche rindió veinticinco. ¿Estamos? Si no tenés la guita en la cajita,
sonaste, pibe.
–No vendí ninguna media. Y ya le dije que no me curraron. Me habrá tumbado
el de la noche.
–¡A llorar a la iglesia, pibe! Ah, y otra cosa: el martes pasé a las cuatro y el
puesto estaba vacío. ¿Dónde carajo te habías metido?
El muchacho dudó.
–Habré ido al baño, yo qué sé.–El chico había vuelto a derrumbarse en el
banquito. Hablaba con la cabeza hundida entre los hombros. Los brazos le caían en
el hueco que dejaban sus piernas estiradas.
–¡La próxima vez hacéte encima, me cacho! ¡Te agarro en una más y te
mando al mismísimo carajo! ¿Entendés, flaquito?
El hombre gordo acomodó unos relojes, hizo ademán de alejarse. Volvió sobre
sus pasos. Enderezó un par de carteles de precios. Echó una mirada rabiosa y
despectiva sobre el chico, que tampoco entonces levantó la vista del piso. Se subió
a un Taunus destartalado y partió en medio de un ruido ensordecedor.
–¿Por qué no lo mandás a la mierda, Beto? –Había hablado otro chico, desde el
puesto inmediato de la izquierda. El muchacho alzó por fin la mirada.
–¿Qué querés que haga? Me lo tengo que aguantar. El marido de mi vieja,
Cariucho, ya me dijo: o laburás y traés un mango a la casa o te saco a patadas en
el traste.
–Buen tipo, el marido de tu vieja.
–Y ¿qué querés? Si es amigo de este malparido...
–Che, ¿en serio te faltaron unas medias?
–No, si va a ser chiste. Pero seguro que me las «hizo» el Pololo. ¿No viste que
esta mañana me daba charla, y charla, y no paraba de hablar por nada? Me vacunó
cuando rindió la planilla, el muy cornudo.
–Mirá que te lo tengo dicho, Beto. «Ojo con Pololo, mira que es un tipo jodido.
Donde le das un metro te acuesta.» ¿Te dije o no te dije?
–Cortála, Pablo. Ya sé. Pero esta noche alguna le voy a mandar guardar. ¿Así
que la va de piola? Ya va a ver el infeliz. Ya va a ver.
–Che, Betito. Ayer fue miércoles y tuve franco, así que no me contaste: ¿cómo
te fue el martes?
–¿Con qué?
–¿Cómo con qué, boludo? ¿No fuiste al club?
–Ah, con eso.
–¡Pero sí, mamerto!
–Yo que sé. Bien. Va, no. Más o menos.
–¿Sos o te hacés?
–No, tarado. Lo que pasa es que salí tarde de acá, ¿sabés? Y cuando llegué el
entrenamiento estaba empezado.
–Mira que sos, eh. ¡Mira que sos! ¿Cómo se te ocurre llegar tarde a semejante
cosa? Si serás boludo, Beto.
–¿Y qué querés? Esperé que pasara el Gordo. Viste que siempre pasa al
mediodía. Pero no pasó. ¿No te fijaste que me escrachó más tarde? ¿Viste que
recién me preguntó? Y andaban mal los trenes. Qué querés. Cuando llegué, igual
me le acerqué al técnico, pero casi no me pasó pelota.
–¿Cómo que no te dio bola?
–Te digo que no. Miraba todo el tiempo el partido. De vez en cuando gritaba.
Ni me miró, con eso te digo todo.
–¿Pero vos le explicaste?
–Sí, más bien. Le dije que había salido tarde del laburo.
–¿Y qué te dijo?
–Que ese también era un laburo.
–¡A la flauta! ¿Y vos?
–Y yo nada. Me quedé. No sabés la cara de ese tipo. Te mete miedo. Cada uno
que pasaba «Don» de acá, «Don» de allá. ¿Te acordás de Bolita, ese que jugó para
nosotros en el campeonato de Neumáticos Anzzione?
–¿El que jugaba de seis? Sí, me acuerdo. Es un caníbal, ése. Un asesino. ¿Te
acordás la de piñas que puso cuando se armó contra los de la Texico?
–Bueno, ése. No sabés. Parecía un angelito. El Don este lo cagaba a pedos.
«Vení para acá, dormido. Cortá por allá. ¿No ves que quedás enganchado, perejil?»
Todo eso le decía. Y el Bolita nada. Hacía que sí con la cabeza y dale para acá, dale
para allá, como un chupaculo.
–Se ve que le tienen miedo al tipo, ¿no?
–Se ve que sí. Cuando vi eso me quedé callado, ¿qué iba a decirle?
–¡Pero qué mala leche, Beto! ¿Así que no jugaste ni cinco minutos?
–No. Pero me mandó probar a los arqueros.
–¿Por?
–¿Y yo qué sé? Vos hacés cada pregunta, también. Me quedé ahí sentado
mirando el partido. Total ya estaba ahí, ¿viste? Y al rato este tipo me dice «ya que
viniste al pedo andá a tirarle unos tiros a los arqueros».
–Y fuiste.
–Y claro, ¿cómo no voy a ir? Así que me calcé los botines y fui.
–¿Y?
–Y me pasé una hora dale que dale tirándole a los arqueros.
–¿Y cómo te fue?
–Y yo qué sé.
–¿Cómo, yo qué sé? Metiste algún gol, supongo.
–Sí, más bien. Al principio arranqué mal. Uno de esos guachitos me alcanzó
una bola que estaba desinflada. Yo de entrada no dije nada, viste. Pero me salían
unos tintos de porquería.
–¿Pero no pediste otra, chambón?
–¡Pero me cacho! ¿Por qué no fuiste vos, Pablo? Tardé en apiolarme. El
arquerito me tiraba siempre la misma. Aparte yo estaba nervioso. ¿Qué querés que
le haga?
–¿Y entonces?
–Me apiolé porque junto conmigo pateaba otro flaquito que le daba con un
fierro. Y yo pensaba: «¿Cómo hace para pegarle así semejante flaquito?». Y ahí caí
en lo del balón, sabés. Porque a mí no me pasaban nunca las bolas que pateaba el
otro.
–¿Y qué hiciste?
–Le pregunté al arquerito si me atajaba un penal.
–¿Y?
–Y me dijo que sí, que bárbaro. Tomé bastante carrera. Lo medí. Y le pegué un
puntinazo de novela directo a las pelotas.
–¡Qué grande, Betito! ¿Y después?
–Me acerqué haciéndome el preocupado, y cuando lo tuve a tiro le dije que si
me volvía a joder le partía el bocho a patadas.
–¿Y qué hizo?–
–Nada. Se la aguantó. Después me empezó a tirar balones bien inflados.
–¿Y ahí?
–Y ahí anduve mejor. No te digo bárbaro, pero mejor. Lo que pasa es que yo
quería jugar, sabés. ¡Justo que consigo que me prueben y llego tarde!
–¿Y por qué no rajaste temprano de acá, me querés decir?
–Porque este gordo malparido de Cosme me va a rajar a la primera de cambio,
Pablo. Ya te dije. ¿No ves las ganas que me tiene?
–¿Ah, sí? ¿Y si te tomaban? ¿Si te decían que volvieras? Entrenando todos los
días no podrías trabajar en el puesto.
–No. Pero si no era seguro. ¿Qué iba a hacer? Aparte ya te dije que el marido
de mi vieja me tiene repodrido. Y no quiero que se la agarre con ella, ¿sabés?
–Ta bien, Beto, pero me da bronca. Con las condiciones que tenés...
–Ahora sos técnico, vos. Déjate de joder, Pablo. Y cuidáme el puesto que voy a
comprar factura para el mate.
–¡Grande, Betito! Andá tranquilo, que el Pololo me dejó encargado que te
tumbe dos o tres pares de medias más.
Mediodía.
–¡Mirá que estás callado, Beto! Será posible.
–Cortála Pablo, no jodás.
–Dale, chabón. Poné algo de música, yo qué sé. Hablando de música. ¿Te
enteraste que al Chiquito, el que tenía el puesto con casetes del otro lado de la
estación le cayó la cana y le levantó toda la merca?
–¿No digas?
–Sí, parece que el trompa no arregló a tiempo y lo sacudieron con todo. Aparte
no sabés: lo tuvieron demorado como veinticuatro horas en la comisaría.
–¿Ves? Para que no te quejés del gordo Cosme. De este lado con la cana no
pasa nada.
–¡Ufa, Beto! Me tenés cansado con esa cara de culo. Poné música. Dale.
–Cortála, que estoy pensando. Con la música no puedo.
–Ah, caray. ¡Muchachos! ¡Muchachos! ¡No se me pongan a hablar fuerte que el
Betito está pensando y lo distraemos! Por qué no te vas un poquito a la...
–¡Sssshhh! en serio, Pablo, cortála.
–¿Y ahora sos profesor, o algo, que pensás tanto?
–No, boludo. Lo que pasa que me faltó contarte un cacho.
–¿Un cacho de qué?
–De lo del otro día.
–¿Cómo no me contaste? ¿Qué pasó?
–Que el fulano ése me dijo que volviera hoy.
–¿Cómo? ¿Que volvieras?
–Sí, ¿sos sordo?
–¿Y vos sos boludo? ¿Y por qué no me dijiste?
–Para que no escorcharas, ¿para qué va a ser? Pasó que cuando ya estaba
podrido de patearle al turrito ese del arquero se acercó el tipo y me preguntó de
qué jugaba. «Al medio», le dije. «De ocho», le dije. Me preguntó si por izquierda
también jugaba. Le dije que poco y nada. Me dijo que le pegaba bien con la zurda,
así que tenía que probar.
–¿Y?
–Y nada. Que si podía jugar de diez, y le pegaba así al balón, a lo mejor le
servía.
–¿Y te dijo sin verte jugar?
–¿Pero sos o te hacés? ¿No te digo que al partido no entré?
–¡Por eso pescado, por eso! ¿Te dijo así nomás de verte probar al arquero?
–Sí, yo qué sé.
–Pero entonces estás salvado, Betito. ¡Si lo que mejor hacés es gambetear y
jugar cortito! Si al Don éste le gustó cómo le pegás de lejos estás hecho,
hermanito. ¡Muchachos, muchachos!
–¡Calláte, boludo! No hagás kilombo, que no me voy a ningún lado.
–¿Me estás cargando?
–¿Vos me escuchaste lo que te dije esta mañana?
–¿De qué?
–¿Cómo de qué? Del marido de mi vieja y todo eso. ¿Y no lo oíste al gordo
guanaco éste? Seguro que pasa después. Y si no me ve me raja. Ya lo dijo.
–¿Y qué te calienta?
–¿Cómo qué me calienta? Necesito la guita, Pablo, ¿no entendés?
–Pero si quedás ahí en el club te parás para todo el viaje, Betito. Ponéle que
este año y el otro no ganés nada. Pero después seguro que mojás, Betito.
–Sí, ¿y mientras tanto?
–Y mientras tanto que te banquen un poco, yo que sé. El club, ¿tiene pensión?
–No sé, Pablo. Vos hacés cada pregunta.
–¿Y qué vas a esperar? ¿Que el Gordo te aumente el sueldo? Si con el asco
que te tiene, alguna te va a encontrar, y te va a mandar al carajo. ¿O no te das
cuenta?
–Y bueno, que me mande, ¿qué querés que haga?
–¡Que vayás, infeliz! ¡Que vayás! Oíme un poco: si yo supiera jugar como
vos... ¿te pensás que me quedo vendiendo despertadores y remeras? Ni mamado,
hermano. Me rajo y listo.
–Oíme, Pablo. ¿Sos o te hacés? ¿Qué te acabo de decir de mi vieja y el fulano
éste?
–¡Pero yo te aguanto, pescado! Te venís a casa un par de meses, yo qué sé.
Después te meto un voleo en el culo y te mandás mudar, Betito.
–No jodás que esto es en serio.
–Y ya sé, chabón, ya sé. Por eso. Me nombras representante. ¡Ahí tenés! En
cinco años empiezo a juntar la guita en pala. ¿De qué te reís, boludo? En serio.
Arranco con vos, así aprendo. Y después empiezo en serio. Me compro un Movicom
y me hago garca.
–Ah, así que aprendés conmigo, pedazo de pelotudo. –Por primera vez el
muchacho sonrió.
–Sí, Beto. Si te arruinan en el club no me caliento. Igual aprendo. Y después
me dedico a jugadores en serio. Para, che, no pegués. No, no, en serio. ¡Me estás
tirando el puesto, boludo!
–Entonces, cortála. Cortála en serio, Pablo. No me llenés la cabeza al pedo.
–¡Y dale con eso, Beto! En serio. ¿Te conté alguna vez lo que me decía mi
abuelo del tren? ¿Querés que te cuente?
–No.
–Bueno, igual te voy a contar porque viene al caso. El nono me decía siempre:
«Mirá pibe, el tren pasa una vez, sabés. Y si no te lo tomás, cagaste». Así me
decía.
–¿Y qué tiene que ver el tren?
–¿Pero vos sos boludo o te hacés? ¿No te das cuenta? Es una manera de decir.
Como que si no aprovechás, sonaste. ¿Viste como esos partidos que van cero a
cero y te quedá una bola servida en el área? Vos lo medís al arquero. Y mientras le
pegás pensás (¿viste qué rápido que se piensa, Betito?, es un segundo, pero lo
pensás enterito): «Si la emboco listo, se acabó el partido. Pero si no la emboco,
seguro nos van a terminar llenando la canasta. Y me voy a pasar una semana sin
dormir chupando la amargura de haberme comido este gol hecho». ¿Nunca te
pasó? ¿Viste? Bueno, mi abuelo decía eso.
–Pablo. –La voz del chico sonaba fatigada.
–¿Qué?
–Calláte, ¿querés?
–¡Mira que sos pendejo, me cacho!
Nochecita.
–¿Qué dice, Don Cosme?
–¿Qué pasa?
–¿Cómo qué pasa?
–¿Pero sos o te hacés? Y el flaquito... ¿dónde se metió?
–¡Ah... Beto! No, no está. Se tuvo que ir.
–¿Cómo que se fue?
–Sí. A tomarse el tren.
–¿Me estás tomando de boludo, pendejo?
–No, Don Cosme, nada que ver. Pero dijo que se tenía que ir.
–¿Ah, sí? ¡Cuando lo veás decile que se quedó sin laburo! Ah, y decíle que se
cuide porque Cariucho lo va a fajar de lo lindo.
–Yo le digo, Don Cosme. Pero dijo que ya sabía, que no se haga problema.
–¡Ah, encima se hizo el gracioso!
–No, Don Cosme. Lo dijo bien. Y dejó dicho que tenga cuidado con el del turno
noche. Con el Pololo, ahora que no va a estar él; porque ése es chorro en serio y le
va a tumbar mercadería de lo lindo.
–Lo único que me falta: que el boludo ése me venga a dar consejos.
–Seguro, Don Cosme. Pero dijo que le dé otro mensaje, Don Cosme. Me pidió
por favor, que no me olvide.
–Pero... ¿vos qué sos, el secretario?
–No, Don Cosme. Yo soy el representante.
–¿El qué? La verdad que no te entiendo. ¿Y qué te dijo, el infeliz?
–Me dijo: «Seguro que más tarde viene Don Cosme».
–¿Y?
–«Y cuando lo veás decíle que me fui a tomar el tren.»
–Ya me dijiste, ¿y?
– «Y que se cuide del Pololo, porque ése lo va a tumbar.»
–¡Ufa, pibe, ya te oí! ¿Y?
–«Y que le diga a Cariucho que no va a volver a la casa.»
–¡No me jodás, que ya te escuché! ¿Y dijo algo más?
–Sí, dijo una cosa más. Lo último.
–¡¿Qué?! ¡¿Qué dijo?!
–«Decíle a Don Cosme que se vaya bien a la mierda.»




Valla invicta

Rómulo Lisandro Benítez: un nombre que dicho fuera de mi pueblo tal vez no
signifique nada. Pero en mis pagos esas tres palabras tienen una resonancia casi
mágica. Los ancianos, al oírlas, asienten silenciosa y repetidamente, con los ojos
perdidos en la nebulosa del tiempo. Los chicos adoptan el aire artificioso y solemne
que suponen adecuado para las ocasiones sublimes, como cuando suenan las
estrofas del Himno, o se iza la bandera. Basta mencionar ese nombre en cualquier
reunión para que los presentes se lancen a una competencia desenfrenada por
demostrar que cada cual es casi un amigo íntimo del héroe. Todo detalle
intrascendente vale en esas ocasiones. Desde haber sido vecinos en la infancia,
hasta estar casado con una prima segunda de su mujer, pasando por haber
compartido la fiesta de casamiento de un ignoto conocido en común, o haber
enviado a los chicos al mismo colegio en el que estudiaron los suyos.
El lector podrá preguntarse el motivo de semejante orgullo. La causa es
sencilla. Rómulo Lisandro Benítez es, según nuestras estadísticas, nada menos que
el arquero que posee el récord mundial de valla invicta en partidos oficiales.
Cualquiera de nuestros niños puede recitar la cifra pasmosa: tres mil ciento
veintidós minutos sin recibir tantos en contra, defendiendo la valla del Atlético
Fútbol Club. En la confitería del club, en el atrio de la iglesia, en el salón de actos
de la delegación municipal, perduran al amparo de los siglos tres idénticas placas
de bronce que celebran la memoria del evento. En grandes letras se lee: «A
RÓMULO LISANDRO BENÍTEZ, SU PUEBLO AGRADECIDO». Inmediatamente debajo,
la cifra de su récord, en números y en letras. Por último, la fecha inolvidable: 4 de
diciembre de 1942.
Ahora que ya voy ingresando en los vericuetos de la vejez, de vez en cuando
se me da por acordarme de cómo fueron las cosas. Y cuanto más me las acuerdo,
más increíble me parece el modo en que Rómulo cruzó el umbral de la historia. La
peculiar concatenación de circunstancias, azares, confabulaciones y mentiras que lo
fueron poniendo de cara a la posteridad. Esto que voy a relatar quedará escrito
aquí, en mi estudio, entre tantos y tantos papeles inútiles. Jamás osaría darlo a
publicidad, Dios me libre y guarde. En mi pueblo sería tomado por una traición
insoslayable, que terminaría pesando con un manto de oprobio sobre mi
descendencia. Se me acusaría de mentiroso, de artero, de dañino, de envidioso. Se
diría que me he vendido, que he sido corrompido para mancillar los lauros
indelebles de mi raza. Por eso le pido a aquel de mis hijos que luego de mi muerte
emprenda la tórrida tarea de revisar mis escritos que, por amor a su padre, tenga
la prudencia de mantener éste en secreto, o al menos cambie a su antojo las
fechas, los nombres, los lugares.
Lo primero que debe ser dicho es que hay un fondo de verdad en el mito de
Rómulo. Es absolutamente cierto que el arco del Atlético Fútbol Club permaneció
invicto durante tres mil ciento veintidós minutos, más o menos. Y digo más o
menos porque de entrada nadie supuso que había que empezar a contar los
minutos, de modo que ninguno supo nunca a ciencia cierta cuánto duraron los
primeros quince o dieciséis partidos. El Atlético jugaba en un torneo regional de
diez equipos, con partidos de ida y vuelta. Todos ellos eran endemoniadamente
pésimos, y la única excepción –el Club Esperanza, de la cabecera del municipio–
había ascendido tras el campeonato 1940.
En 1941 nuestro team consiguió el título sin derrotas y, por añadidura, sin
recibir goles en contra. En el júbilo del campeonato obtenido nadie se detuvo
demasiado a considerar que se habían jugado unos mil seiscientos veinte minutos
sin tantos del adversario. Se lo mencionó como un dato más entre otros que
hablaban de nuestra superioridad manifiesta. Pero fue entonces cuando desde la
capital llegó la noticia de que el gobernador había suspendido los descensos en el
torneo provincial «por única vez y como medida de excepción» y con el objeto de
«evitar males mayores». Los males mayores eran que descendiese al torneo local el
Esperanza, el club del pueblo del que era oriundo, precisamente, el citado
gobernador. De modo que en 1941 no hubo descensos, pero tampoco ascensos.
La desolación hizo presa de nuestras gentes. La rabia y el dolor se mezclaron
con fuerza explosiva, y hasta el jefe de policía debió intervenir en persona para
disuadir a los miembros de una logia secreta que planeaba el magnicidio del
insolente mandatario provincial.
Fue entonces cuando algún iluminado, en medio de la desolación y el
tormento, llamó la atención sobre el récord incipiente de nuestro guardavalla. En
aquellos años, cuando no había pasado más de una década desde la creación de
una liga profesional en el país, la estadística no interesaba demasiado. Pero mi
compinche Lito Gutiérrez, que hacía por entonces sus primeras armas en un diario
de Buenos Aires, demostrando una ejemplar capacidad de anticipación a los
tiempos futuros, insistió en que había que machacar con la consumación de un
récord histórico. En arengas memorables porfió que la marca de «valla invicta»,
como la denominó desde entonces, sería un galardón indeleble que los otros clubes
argentinos envidiarían por los siglos de los siglos.
Convocado por nuestros prohombres más esclarecidos –el párroco, el delegado
municipal, el comisario, el presidente del club, el dueño de la acopiadora y el de la
tienda– Lito consideró que los mil seiscientos minutos acumulados eran una marca
notable. Y añadió que si el club podía doblar esa cantidad, mediante otra
performance similar en 1942, era asunto liquidado. En un panorama de creciente
emparejamiento de las potencias futbolísticas de unos y otros (y en este
diagnóstico mi amigo del alma era casi profético), el Atlético Fútbol Club de Loma
Baja se pondría a salvo de cualquier impugnación futura.
Rápidos cálculos hicieron pensar que otra ronda similar, teniendo enfrente a
una manga semejante de matungos como los que abundaban en el regional, no era
cosa de otro mundo. En la tranquilidad de estar sembrando para futuras
abundancias, mi pueblo durmió dulcemente el sopor del verano.
No obstante, al llegar marzo se planteó el problema del arquero. Esta es la
primera de las trampas hechas a la historia. Rómulo no fue el arquero durante todo
el tiempo de la racha. De hecho, durante 1941 ni siquiera integró el banco de los
suplentes. El guardameta era Diego Pórtela, un hijo de portugueses calladito y ágil
que a principios del 42 se cayó de la moto y se lastimó una rodilla. No lo sabía,
pero el porrazo le costaría que las puertas de la inmortalidad se le cerrasen en las
narices. Tres meses de yeso, varios más de rehabilitación, asunto terminado. Podrá
el lector sospechar que entonces sí apareció en escena nuestro prócer. Pero no, aún
no.
El arco fue ocupado por Ernesto «Tito» Lorenzo, cuyas proezas en el fútbol
sobre pista lo condujeron casi en andas a la titularidad. Ahí sí, al menos, Rómulo
Benítez accedió al banco de suplentes. Lorenzo tuvo poco trabajo en los catorce
partidos que debió jugar, pero cuando lo exigieron respondió con suficiencia. No
obstante, en su camino (y en el de nuestro sino glorioso) se interpusieron
problemas de índole bien disímil. En los carnavales conoció a la hija menor de los
Pastuzzi, los de la ferretería. En abril empezaron a afilar casi en secreto, ya que don
Pastuzzi se negaba de plano a casar a su niña con un nada próspero ayudante de
gomero. El temperamental italiano era insensible, por lo visto, a la fastuosidad de
ganar un yerno estadísticamente irreprochable. De modo que en septiembre, con
cuatro partidos por delante, Ernesto Lorenzo y su furtiva prometida huyeron del
pueblo con el firme propósito de casarse lejos de allí, y dejar que el tiempo
ablandase los resquemores del belicoso ferretero.
Ni las redadas del comisario (más interesado en volver a colocar a Lorenzo
bajo los tres palos que en castigar el ultraje) ni las que encabezó el propio Pastuzzi
(firmemente decidido a ultimar a escopetazos al insolente) dieron resultado alguno.
La feliz pareja habría de volver al pueblo sólo cuatro años después, con dos
hermosos hijos a bordo de un Ford destartalado. Enternecido, Pastuzzi acabaría
perdonándolos, y ascendiendo a Ernesto «Tito» Lorenzo al preciado rango de
habilitado en la ferretería. Lo cierto es que con su huida Lorenzo había ganado la
felicidad doméstica, pero había dado la espalda para siempre a la oportunidad única
de vivir eternamente en el recuerdo de sus coterráneos.
Entonces sí, por fin, llegó la oportunidad de Rómulo Lisandro Benítez. La foto
futbolera más antigua que de él se conserva –la única, por otra parte– lo
inmortaliza con una gorra echada sobre los ojos, un buzo estrecho, los pantalones
cortos y anchos, las medias bajas, el balón oscuro bajo el brazo. La pinta esperable
del arquero nato. La mirada confiada, el gesto firme, la apostura segura. De nuevo
aquí el tiempo ha torcido las cosas. En septiembre de 1942 Rómulo era un yuyo
mal germinado: las espaldas estrechas, el rostro enjuto, las patas chuecas, el
espanto de la responsabilidad dibujado en su cara de pibe. Cuando se plantó bajo
los tres palos, en su debut, parecía una mosca posada en un mar de leche: el arco
le quedaba inmenso, le sobraba por todos lados. La famosa fotografía, de hecho, la
tomarían recién el día de su consagración definitiva como recordman inalcanzable,
cuando la historia ya estuviese borrada y escrita de nuevo, e hiciera falta un
Rómulo gallardo y arrogante, capaz de atajarle pelotazos al destino mismo.
Por suerte o por desgracia, los defensores del Atlético eran una mezcla
inestable de virtuosos futbolistas y feroces carniceros. Ellos, los verdaderos héroes
anónimos de la saga legendaria, hacían su trabajo con la parsimonia natural de los
de su oficio, al cobijo de una lógica de hierro: si pasa el hombre, no pasa el balón;
si pasa el balón, no pasa el hombre. A otra cosa. Tal vez árbitros más solícitos para
con las estipulaciones reglamentarias hubiesen diezmado nuestras filas. Pero los
dirigentes del Atlético sabían hacerse entender: ¿quién sería capaz de echar a
perder semejante fiesta popular? De modo que en los dos primeros partidos ni se le
acercaron al área. Rómulo tocó dos veces la pelota, y fue para sacar del arco.
Pero allí no terminaron las complicaciones. Lito vino desde la capital con la
terrible novedad de que le habían dicho que en España había un equipo de segunda
división con un «récord conjunto» de más de tres mil quinientos minutos. No era
una versión confirmada, pero de todos modos sembró el pánico. ¿Cuánto podía
aguantar el alfeñique ese que se las daba de arquero? A duras penas pasaría el
resto del campeonato. Pero... ¿y el año siguiente, en el provincial?
En la reunión de comisión directiva al párroco se le ocurrió preguntar qué
quería decir eso de «récord conjunto», concepto que hasta entonces se había
repetido hasta el hartazgo en boca de los apesadumbrados coterráneos sin
entender muy bien su significado. Lito aclaró que se trataba de un récord por
equipo, que incluía cambios sucesivos –tres o cuatro, creía–en el puesto de arquero
titular.
Fue entonces cuando se decidió torcer la historia. Rómulo Lisandro Benítez fue
titularizado desde el antepenúltimo partido de la campaña de 1940. Portela y
Lorenzo fueron sepultados en la negritud del silencio eterno. Se enmendaron
planillas, se adornaron veedores, se injertaron crónicas de atajadas memorables en
las reseñas deportivas de los diarios de los lunes. Lito, mi amigo del alma, se
desentendió del asunto para siempre, asqueado de la voluptuosa hipocresía de los
nuestros. Desde entonces se desahogó conmigo, refiriéndome los pormenores del
engaño tal como aquí los vuelco.
En medio del torbellino, Rómulo Lisandro Benítez se dejaba llevar sin
resistencias por la senda de la gloria prometida. Mejoró su vestimenta, se hizo pulir
la dentadura, compró una motoneta. El codo de los tres mil cien minutos se dobló
sin estridencias en noviembre, con el título asegurado, y con dos partidos
pendientes.
En la penúltima fecha Rómulo debió embolsar un cabezazo. Fue un centro
intrascendente, mal conectado por un centroforward carente de convicciones. El
recordman dio dos pasos y abrigó el balón en su pecho. Yo estaba en la tribuna, y
aún hoy recuerdo el quejido de alivio que, como una brisa súbita, recorrió a la
concurrencia. Después del match Rómulo aseguró que pensaba retirarse al finalizar
la temporada. Era entendible: le habían prometido un puesto en la delegación
municipal, mucho mejor remunerado que su antigua y sacrificada profesión de
cadete en la tienda Los Constituyentes. En aquel entonces no comprendí muy bien
los motivos que llevaron a nuestros prohombres a proponerle tan veloz retiro. Fue
Lito, por supuesto, quien me sacó de mi ignorancia. Cuanto más durase el tole tole,
me dijo, más chances había de que saltara la liebre. De modo que una vez sellado
el récord, lo más aconsejable era fijarlo para siempre en el bronce y salvarlo así de
futuras impugnaciones.
La última fecha del campeonato fue inolvidable. Éramos locales ante el Sport
Cañada y ellos, que estaban al tanto de nuestro milagro doméstico, vinieron
dispuestos a cortar la racha. El cálculo era sencillo. Nuestro pueblo entraba en la
historia, pero el de ellos también, como la cuna de los comehombres que habían
puesto fin a tanta hazaña. Decididos a penetrar en el bronce aunque fuese a los
codazos, los energúmenos suplían con tesón lo que les faltaba de condiciones, y si
no llegaban a posiciones de peligro se debía a la peculiar combinación de energía en
la marca y comprensión en el arbitraje que tan buenos resultados nos había
deparado en esas dos temporadas.
Pese a todos los recaudos, a dos minutos del final se escapó el win izquierdo.
Era un gurí chiquito, veloz, entrometido, que dejó pagando sucesivamente a los dos
centrales y encaró al desprevenido Rómulo, que para entonces ya estaba pensando
en cómo sería la vida detrás de la gloria. El pibe lo midió, esperando que saliese a
achicar, pero Rómulo al verlo quedó estático sobre la línea de cal. Nadie le había
dicho que podía ocurrir semejante percance, y ese chiquitín era, a juzgar por el rojo
gastado de la camiseta, un contrario, el primero que pisaba su área con
posibilidades ciertas de mandarla a guardar.
Rómulo intento pensar rápido, pero ni aún la promesa de la fama podía
ponerlo a salvo de sí mismo. Era un paquete. No había caso. Jugaba al arco porque
con las piernas era aún más torpe que con las manos. Hubiera querido echarse a
llorar, pero no había tiempo ni para eso. El win lo medía con delectación, listo para
sacudirlo. Rómulo avanzó un par de pasos, tropezando, con los brazos en alto,
contra toda la ortodoxia escrita a lo largo de las centurias para el buen arte del
golero, y se quedó de nuevo tieso y con cara de bobo.
El delantero sacó el zapatazo al palo izquierdo. Rómulo se lanzó tras el balón,
más persuadido por la fuerza del deber que por el consejo de su intuición. Llegó
tarde, por supuesto. Cuando aterrizó, sus manos se cerraron sobre la nube de
polvo dejada por la pelota. En la tribuna muchos cerraron los ojos. Yo los mantuve
abiertos. Y vi con ellos cómo la bola pegaba en la base del poste y volvía a la
cancha. Cualquier arquero mediocre hubiese seguido la trayectoria del balón con la
cabeza vuelta hacia el arco, aún desde el suelo, y lo habría atrapado en su camino
de retorno. Pero Rómulo no sabía ni hacia dónde quedaba su propio arco, de modo
que permaneció tirado en el área chica, con los ojos apretados y la boca abierta. Al
instante siguiente la pelota le pegaba en la nuca y volvía hacia la valla, dispuesta a
enmendar el aparente error de la Providencia. En medio de una tribuna aterrada,
contemplé el instante histórico en el que el balón detenía su marcha sobre la propia
línea de cal bajo los tres palos, y ahí quedaba mansito.
El win, sin poder creer su mala suerte, emprendió veloz carrera desde el punto
penal para terminar con el suplicio de una vez por todas. Si en primera instancia
Rómulo desconocía para qué lado quedaba su arco, a esta altura ignoraba para qué
lado quedaba el mundo. En medio del pánico, atinó a advertir que lo que tenía
debajo era el piso, y que debía ponerse de pie cuanto antes, como para orientarse
mínimamente. Con la fanática esperanza de que, si se apuraba, todo volvería a
estar en orden, dio un brinco rápido y quedó de espaldas a la cancha, de cara a la
red de su propio arco. Después diría que todo fue premeditado. Pero yo puedo jurar
que fue pura chiripa. Aún conservo recortes de La Verdad en los que afirma que vio
el balón sobre la línea y que, advirtiendo la carrera del win por el rabillo del ojo
izquierdo, se lanzó en palomita para atesorar la pelota antes de que el delantero lo
sobrepasara. Todo eso es mentira. Simplemente sucedió que Rómulo se puso de pie
en el instante mismo en que su adversario se disponía a saltar por sobre su cuerpo
para abreviar camino. De modo que cuando el otro se levantó, el delantero se lo
llevó puesto en velocidad, y ambos rodaron hacia el arco.
Ni aún entonces Rómulo tomó cabal conciencia de lo que estaba pasando. Tal
vez pensase que se trataba de un castigo celestial por participar en la impostura,
por el cual se lo condenaba a vivir el resto de su vida en medio una tormenta de
polvo. O quizá intuyó erróneamente que el delantero era parte de la conjura, y que
simplemente porfiaba con el gol por un exceso de celo en guardar las apariencias.
Lo cierto es que la pelota la terminó sacando el gordo García, uno de los famosos
backs sanguinarios, que para cumplir su cometido tuvo que meterse dentro del arco
y despejar desde allí, tan sobre la línea había quedado la pelota. Ahí terminó todo.
El arbitro, asustado tal vez por el imprevisto cariz que habían tomado los
acontecimientos, pitó tres veces y concluyó el asunto. Rómulo fue subido en andas,
y paseado en torno de la cancha por una multitud fervorosa que coreaba su nombre
y festejaba el ingreso definitivo del pueblo en la historia del fútbol moderno.
Nuestros dirigentes se regocijaron al comprobar el modo en el que habían
conducido el asunto: el gobernador había vuelto ese año a suspender los
descensos, con lo que ellos, sabiamente, habían sabido trocar una nueva
frustración en una hazaña inolvidable.
Recuerdo todo aquello con la precisión con la que atesoramos las cosas de la
juventud. Pero entre todas las imágenes que puedo evocar se destaca por sobre
todas las demás la de las primeras palabras que escuché de boca de Rómulo una
vez consumada la fábula. Era casi de noche. Recuerdo unas grandes nubes
encendidas de fuego sobre la inmensidad del horizonte. Entramos al campo de
juego con Lito, quien, libreta en mano, se disponía a realizar el reportaje de rigor a
regañadientes. El héroe, con la cara aún pintada de polvo, estrechaba algunas
manos, posaba para las últimas fotos, esas que con los años se han constituido en
la prueba indiscutible del milagro consumado, y en las cuales Rómulo sonríe a la
cámara desde el promontorio de la gloria.
Lito avanzó hacia él y yo lo seguí. Ellos se conocían desde tiempo antes, a
través de una o dos amistades comunes. Se saludaron, y Lito, con naturalidad,
intentó iniciar la charla medio en broma, como le habían enseñado en la redacción
de la capital en la que hacía sus primeras armas. «Qué suerte esa salvada sobre el
final, ¿no, Rómulo?», dijo.
El otro lo observó con una mirada extraña. Era una mezcla de sorpresa, de
profunda perplejidad, de cierta conmiseración. Terminó por sonreír
compasivamente. Sacudió la cabeza, carraspeó un par de veces y escupió a un
costado, como meditando una respuesta. Al final nos miró a ambos y luego levantó
los ojos más allá de nosotros, hacia el campo de juego que empezaba a sumirse en
las tinieblas.
«La pucha», empezó, y volvió a sacudir la cabeza. «Al saber lo llaman suerte»,
concluyó. Después nos dio la espalda, y nos olvidó para siempre. La última imagen
que me viene a la memoria es la de Rómulo Lisandro Benítez, con la gorra
estrujada en la mano derecha, la ropa sucia y el paso confiado, alejándose de
nosotros, perdiéndose en las sombras de la noche junto al banderín del córner,
escalando sin prisa los peldaños de la eternidad.



FIN

2 comentarios - El futbol cuenta un cuento - Relatos

@Gestern +1
El cuento cuenta un fútbol