MATECITO



Los mosaicos húmedos del patio mojan el gastado brin de mis pantalones cortos, los cantos de mi traste se marcan con su cuadriculado como un tablero de ajedrez.
Los changos esperamos ansiosos. Me entretengo tironeando los bigotes de mis alpargatas, por el agujero de su la lona rota asoman mis dedos gordos. Con las canillas cruzadas contra el piso pellizco el cascarón seco de mi rodilla, resultado de un raspón cuando rodé en una gambeta jugando a los choros detrás de los siempreverdes de la escuela.
Amontonados, codo a codo nos apoyamos contra la pared que da al zaguán, la arena del descascarado revoque cae al refregar nuestro lomo contra él. Quietitos y sin chistar, de lo contrario nos sacan carpiendo.
Por las tardecitas, cuando cae la oración, la muchachada mayor se viene para el café del Gordo Moya. Se reúnen en el patio embaldosado, rodeado de macetones con geranios, con un viejo aljibe y un aromático naranjo florecido. De la tupida parra cuelgan oscuros racimos de uva chinche donde las abejas zumban a su alrededor libando sus dulces jugos. Dos por tres alguna nos ataca sin motivo y liga flor de cachetazo, y la pobre queda pedaleando en el medio del patio.
Por debajo de la visera de mi gorra carpeteo el movimiento de los más grandotes en sus preparativos para la noche. El jetón Figueroa, haciendo equilibrio en una silla de chapa, ata con alambre un cable que tiene un cachuzo portalámparas en la punta. Paciente, retuerce los pelos de cobre de la otra punta y cerrando un ojo los mete en los agujeros de un enchufe destartalado. Coloca con cuidado una lámpara de cien y se hace la luz. Corta unas hojas de la parra que hacen sombra y relojea a su alrededor comprobando que todo esté bien iluminado. Su primo, el Rubén Aguiar, con una escoba apichanada y una pala ancha recoge algunas uvas estrelladas en el piso que han dejado varias escarapelas violáceas.
Dos changos comedidos buscan una piola que está arrollada en el cuartito del fondo. La atan en la columna del aljibe, la enganchan con un par de vueltas en el picaporte del dormitorio del gordo, pasan detrás del naranjo y terminan atando la otra punta en la pata de la mesa, en la que hay servidos dos vasos de espumoso chopp acompañados de manises, pickles y las aceitunas de rigor.
El precario ring está listo. De una retorcida rama de la parra, cuelgan dos pares de pelajeados guantes de boxeo que alguna vez fueron rojos. Abultados y pesados de once onzas según dicen, esperan bamboleantes que alguien se los calce.
Cuando te dan con ellos en la quijada ves estrellitas y te dejan tonto por un largo rato. Como las ocho y media de la noche, los espectadores estamos apretujados, el entusiasmo por ver aquellas prácticas, nos alborota. El box es un deporte que en el pueblo no tenemos muchas oportunidades de ver o practicar.
El Rubén se saca la camisa, se arremanga los pantalones y se pone a hacer fintas con su petisa sombra contra la pared de la cocina. El jetón, fue al excusado y se puso unos pantaloncitos de fútbol, se los sujetó con un piolín haciéndole un nudo ciego cerca del pupo. Le quedan medios sueltos y las caramañolas bailan al compás de su danza alrededor de una bolsa de lona llena de aserrín que cuelga de un fierro de la parra. La pobre se balancea pesadamente al recibir el frenético aporreo.
Otros, en el pasillo que da al salón del café, dan saltos desacompasados con la deshilachada soga que le afanaron al balde del aljibe. Cerca de nosotros se contonea resoplando un flaco que con sus nudillos, pega y pega en la palma de la mano de su “entrenador”, un negrazón con una toallita al cuello y el pucho apagado entre los labios.
Todos sudan la gota gorda, un olor a gimnasio barato flota en el ambiente. Se mezclan el olor a sudor forzado por los ejercicios, el tufo a patas y a algún que otro gas intestinal.
El tuerto Bidone regentea el patio y hace de referí. Baja la soga con la pata y entra al deformado ring. Con el pito en la boca pega estridente chiflo llamando a la contienda. Todos se preparan, no hay nada programado. Algunas parejas que se arman suelen dar decoroso espectáculo, otras, sin tener en cuenta ni peso o altura, son un descuajaringue total. La mayoría se conocen y repiten noche a noche las mismas fintas, los mismos tortazos, pero cuando a algún chichipío se le escapa un puñetazo que duele, la sangre se alborota y se arma una trifulca padre.
Entonces, ni el tuerto con el pito, ni los que rodean el ring pueden separar aquellas trenzadas. El sordo eco de los guantazos, el griterío de los pibes y el chiflido de los mayores, caldean el ambiente de este popular reducto del box pueblerino.
Los miércoles como a las tres de la tarde, cuando el lejano silbato del tren anuncia su llegada a la estación. Los más fanáticos corremos a comprarle El Gráfico al Negro Hurtado, el diariero estable del tren, un morocho dientudo remacanudo. Cuando nos falta alguna chirola nos fía ya que nos ve todos los días a la mañana y a la tarde en la ida y vuelta del tren. De esta manera nos anticipamos un día, jodiéndolo al pobre Don Sosita, el diariero del pueblo que se queda sin su venta.
En la tapa de “El Grafico” salen las espectaculares fotos en colores de los ídolos del momento. La cara lustradita, el pelo ondeado a la Glostora y con guantes rojos, lucen su guardia más característica. Esto pasa cuando se aproxima algún esperado enfrentamiento en la lejana y anhelada catedral del box, el emblemático estadio Luna Park. Es la oportunidad en que un boxeador desplaza con su foto a la de los ídolos del fútbol.
Apilados, leemos la revista sobre una mesa del café, nuestra imaginación vuela. Oímos el seco chasquido de los puñetazos y nos invade el bramido de la multitud que grita round tras round. Mirando las fotos color sepia revivimos aquellas vibrantes peleas. A las dos o tres semanas las vemos en el noticiero Sucesos Argentinos en el pobretón cine del pueblo. Por desgracia solo pasan un cachito y no se saborea nada.
Es tiempo en que el fervor boxístico está en la cima, vaya no, con las hazañas del Zurdo Lausse, de Pascualito Pérez, el Mono Gatica, de Pradita, del Cordobés Jaime Giné, y de nuestro pollo de Villa Maria, Cesar Brion y muchos otros.
Hasta en la escuela no se habla de otra cosa, a pesar de la constante protesta de las maestras, los más grandulones andan a los sopapos todo el día. En mi grado tenemos dos ejemplares de colección. El Turco Musa, un bestiún que ya tiene como dieciocho años, bruto como un arado, y el Roberto Pratto, algo menor de edad, alto, estilizado y pintón. Roberto suele ir a hacer fintas al café del Gordo, donde muestra una cintura y una vista envidiable. A ambos les gusta trenzarse y lo hacen casi a diario. Algunos nos dedicamos a enfundarles las manos con nuestras bufandas y les tenemos sus guardapolvos. Mientras los preparamos, el resto se encarga de correr los bancos contra las paredes. El centro del aula se transforma en un ring de rojos mosaicos. Cuando está todo listo, los largamos al ruedo y se dan sin asco. La fuerza bruta y el estilismo están frente a frente. No hay rounds, debemos aprovechar el cien por cien del tiempo, así que le meten duro y parejo hasta que el sordo López toca la campana, señal que el recreo ha terminado. Todos a acomodar los bancos antes de que vuelva la maestra. Generalmente no hay vencedor ni vencido, o el turco lo arrincona y le muele las costillas con sus zarpazos o el Roberto le llena la cara de bollos cuando puede esquivar al animal.
El entusiasmo es tal, que en el café se ha formado una comisión para promover este deporte. En poco tiempo han pensado en llevar adelante un programa boxístico. Se ha hablado con la comisión de la Sociedad Italiana para alquilarles el salón, quieren hacer un festival con alguna figura de renombre. Los organizadores dicen que el público estará como en un teatro todos sentados en la sala y el ring en el escenario. El programa prospera día a día, ya tienen algunos nombres de púgiles que pueden venir, pero sin duda, habrá que rellenar el espectáculo con “boxeadores” locales. Después de muchos cabildeos queda conformado el programa definitivo. Varios de los muchachos que practican en lo del Gordo Moya, tendrán que comprarse pantaloncitos para debutar pues habrá como diez peleas cortas previas a la exhibición.
El plato fuerte es un lujo, lograron la contratación del campeón Sudamericano peso liviano, Luis Federico Thompson, maravilloso negro centroamericano nacionalizado argentino. Es un estilista que hace las delicias de los seguidores del boxeo. Su limpieza, técnica, justeza en sus envíos y su porte sobre el cuadrilátero, lo hacen un ejemplo de caballerosidad en este deporte. Traerá su propio sparring para cumplir con una buena exhibición. Con semejante presencia, todo el pueblo compró entradas por anticipado. También se terminaron los números de la rifa que se organizó para juntar más guita. El negro, seguro, no debe salir barato. Se han impreso afiches en colores en la imprenta del turco Zayat y el pueblo está empapelado. Con letras de molde hay muchos nombres que jamás hubieran salido del anonimato. En la última línea se lee, entre los debutantes

ISAAC “EL TURCO” MUSA Vs. JORGE “EL FINO” PRATTO

Todo el mundo le da fuerte a sus entrenamientos, la fecha está próxima y nadie quiere hacer papelones.-
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En las tardes de verano, por las polvorientas calles del pueblo se pasea un conocido gauchito, con indumentaria clásica de un ducho boyero de campo. Montado en un azulejo de larga cola y prolijas crines, con el apero bien armado, se lo ve pasar sacando pecho y con el talero apoyado en la encimera y un trenzado bien arrollado sobre las ancas de su pingo. Luce alpargatas negras, bombachas batarazas con puño desabrochado, camisa blanca y una ancha rastra con brillantes monedas. Su pañuelo negro al cuello y la boina vasca bien encasquetada en su cabeza erguida. Lo más llamativo de su atuendo es un gran facón plateado, que lleva cruzado en la cintura algo desproporcionado con su corta talla.
Normalmente no desmonta, es un muchachón joven que nunca hizo muy buenas migas con los del pueblo, tiene fama de mal llevado y algo engreído. Al parecer, poco le interesa cambiar las cualidades que le han endosado. Haciendo gala de ello y sabiéndolo, impone respeto manteniendo poco roce con la muchachada. Tiene un parecido asombroso con el personaje de una historieta que aparece en el Mundo Infantil, Matecito, gauchito noble y servicial que hace las delicias de grandes y chicos con sus aventuras. De ahí le quedó el apodo. Cuando aparece Matecito, todo el mundo se cuida de hablar porque es de pocas pulgas el muchacho.
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Ha llegado el día tan esperado. El negro Thompson viajó temprano y está descansando en la casa de un directivo de la Sociedad Italiana. Los preparativos tienen a todo el mundo nervioso y a pesar de haber numerado las sillas, hay algunos guasos que a las tres de la tarde insisten en entrar y sentarse. Para las nueve de la noche me toca sufrir los apretones de la enloquecida turba. De pedo que conseguí permiso y plata para la entrada, no pienso abandonar ahora. El salón se llena en menos que canta un gallo. Los palcos de los costados parecen venirse abajo con tanta gente. Después de un rato, el humo de los cigarrillos, el zapateo, los chiflidos y la gritería, es el ámbito donde se desarrollará el festival deportivo.
El Didio Martínez fue contratado con su propaladora, ha instalado los mismos parlantes que usa en su camioneta cuando hace publicidad por la calle. La conocida voz del Pepe Galíndez suena armoniosa en preparada y larga perorata sobre el programa y los valores del ilustre visitante, su trayectoria y sus futuras presentaciones.-
Anuncia a continuación las peleas previas que se llevarán a cabo, el consabido abucheo o aplausos para cada uno de los participantes interrumpe la presentación unas cuantas veces. Sin más demora se corre el cortinado y se encienden las luces del escenario, el ring queda a la vista, un oooh..! de asombro inunda el salón. Al momento en que la luz de la sala se apaga, la vos impostada de Pepe sale por los parlantes:
Señorassss yyyy Señoressss
Para comenzar este memorable festival boxístico, la comisión del Chañares Box, se complace en presentarrrr……
-En la primera pelea de la nocheeee……., ambos de Chañaresssss ……

ISAAC “EL TURCO” MUSA versus JORGE “EL FINO” PRATO

Por poco no vuelan sillas, todo es algarabía, desde el fondo, donde el cuartucho de la boletería se ha transformado en precario vestuario, aparece dando saltitos el Jorge, con sus championcitos azules, el pantaloncito blanco con elástico en la cintura y una toallita anaranjada sobre sus hombros. Corre por el pasillo entre el publico recibiendo palmadas y vítores de sus compañeros de grado. Con agilidad sube la escalerita del escenario y de allí al cuadrilátero haciendo unas fintas veloces recibe una ovación que hace temblar el salón. Sentado en el banquito espera a su contrincante. Interminables resultan los dos o tres minutos que pasan sin que “El Turco” aparezca. La inquietud del público crece al límite que se expresa con un prolongado abucheo y zapateo por la demora.
Cuando los de la comisión organizadora confirman que el tío no está en las inmediaciones, Pepe retoma el micrófono, pide disculpas y promete una rápida salida para que el espectáculo no comience con un fracaso. Inteligente, inventa “ipso pucho” una excusa y de inmediato incita a ver si entre los espectadores hay algún aficionado que quiera prestarse para una exhibición con Jorge, que bastante inquieto se pasea sobre el cuadrilátero. Un silencio espectral recorre la sala, cuando desde el fondo, se escucha un fuerte talerazo sobre la mesa donde cobran las entradas.
-Yo voy!
Se oye una voz potente. Se prenden las luces y al unísono todos los parroquianos se dan vuelta, allí, parado con las piernas abiertas, con el porte de siempre está Matecito. Quitándose el facón de la cintura y desabrochándose la rastra enfila decidido hacia el precario vestuario. Aplausos, chiflidos y gritería hacen temblar nuevamente a salón. En cinco minutos sale por la puertita que da al salón mostrando sus musculosos brazos y el torso tostado por el sol del campo. Viste un pantaloncito negro que le prestaron de apuro y calzando sus alpargatas, trota canchero hacia el escenario haciendo fintas y dando golpes al aire. El público enloquecido acompaña su trayecto hacia el ring coreando con voz al cuello:

CAMPEÓN... CAMPEÓN… CAMPEÓN... CAMPEÓN..!

Un poco más bajo que Jorge, pero bastante más fornido, incita a algunos timberos a apostar unos pesos a la cabeza de Matecito, y del otro lado del salón otros que gritan…tomo….No hay demasiado tiempo para las apuestas, el árbitro, dada la demora da las indicaciones, y con el sonido del cencerro de la vaca lechera de Don Julián, da comienzo a la pelea. Los dos en guardia se miran fijo girando en redondo, Matecito ensaya un gancho que el Fino esquiva con paso atrás, El Fino prueba con un directo que Matecito recibe en plena frente dejándole un circulo enrojecido, continúa estudiándolo con dos o tres golpes en los brazos que no le hacen ni mella al guapo gauchito. Transcurrido el primer minuto Jorge coloca un viandazo en la oreja, el gaucho atontado casi no se mueve, entonces Jorge se anima a una seguidilla de ganchos, uper cups, directos y con un cross en la pera manda al gaucho contra las cuerdas.
Matecito, con los ojos desorbitados mira hacia afuera y con la misma agilidad y rapidez que cuando cruza los alambrados, volea la pata por sobre la segunda cuerda y sale rajando hacia la boletería. Mientras el desaforado público corea a morir

CAGÓN…CAGÓN...CAGÓN..CAGÓN...!

Y así, en menos de un minuto cayó del pedestal este ídolo matrero de a caballo.-