“Si duele es porque trabajó”, sentenciaba mi entrenador con una inexplicable sonrisa en el rostro que a veces llegaba a ser odiosa. No fue sino hasta años más tarde que comprendí lo que realmente intentaba decirme.

Para quienes alguna vez entrenaron y sintieron el rigor de un día de alta intensidad durante la pre-temporada (período preparatorio), saben perfectamente de lo que estoy hablando. Para quienes nunca compitieron, quisiera aclarar que me refiero al dolor “natural” que se presenta después de entrenar y que es producto de un entrenamiento planeado, dirigido y sistemático. No se trata, como se pudiera llegar a interpretar, de un dolor producido por una lesión.

Este dolor, muchas veces asociado con el ácido láctico, tiene un origen muy diferente. Su génesis está en el catabolismo muscular, es decir, la ruptura del tejido muscular. En otras palabras: el ácido láctico no produce dolor, el microdesgarro sí.

El entrenamiento moderno basado en la periodización toma en cuenta el proceso adaptativo del organismo y busca, a través de la carga de trabajo, “lastimar” al organismo para que luego éste se recupere y alcance un nivel mayor: la famosa supercompensación. Cuando al día siguiente el deportista siente ese dolor producto del entrenamiento de alta intensidad, no esta experimentando otra cosa más que un proceso adaptativo que mejorará su estado de forma.

Eso es, en pocas palabras, lo que intentaba decirme mi entrenador.