Una luz en el infierno

Olé vivió el triunfo de Brasil en Rocinha, la favela más grande de Río. Un lugar con bancos y negocios al que no entra la Policía y al que el Scratch le acercó una alegría.

Una luz en el infierno


Vocé nao é brasileiro. O cabelo entrega”. Si alguien cree que la camiseta verdeamarela puede actuar como salvoconducto, está equivocacado. Dos mulatas sentadas en una escalera, en el medio de un laberinto indescifrable de pasillos que no superan el metro de ancho, lo desactivan con una rápida mirada al pelo largo del cronista que va detrás del guía. Es la una de la tarde, faltan poco más de dos horas para el partido entre Brasil y Costa de Marfil y los 34 grados se sienten mucho más caminando entre el cemento apretado de Rocinha, la favela más grande de Río de Janeiro, una verdadera ciudad de entre 150 mil y 200 mil habitantes (nadie sabe realmente cuántos viven) dentro de la misma ciudad.

Pasar cuatro horas allí es una experiencia inolvidable para los sentidos. El partido es apenas una excusa: en definitiva, los brasileños festejan en el restaurante Vía Apia, en plena villa, igual que en el centro de Copacabana. Con gritos, abrazos y cornetas. Acaso el principal contraste esté en los fuegos artificiales que suenan con un estruendo que mueve las paredes. Pero hay otras imágenes que son irrepetibles. Algunas confirman lo que se dice. Otras pulverizan los mitos.

Es difícil, por caso, encontrar en cualquier esquina de Río un puesto de venta de las más variadas drogas como el que hay enfrente de este bar repleto, en el que unos 100 brasileños deliran con los goles de Luis Fabiano frente a dos plasmas de 42 pulgadas. A diferencia del resto de la ciudad, Rocinha casi no para durante el partido. Las motos-taxi (hay unas 3.000) suben y bajan por el morro a toda velocidad. Y en el camino se cruzan con otras en las que van, de a dos, muchachos armados con fusiles, ametralladoras y otras armas de guerra, que llevan anteojos negros, chaleco antibalas y un cartel invisible que advierte “no me mires”. Ellos son la ley en una favela a la que no entra la Policía. Y esto, claramente, traza una línea de fuego entre esta comunidad y el resto de la ciudad.

Librados de todo mal por esas patrullas, dos jóvenes que no llegan a los 30 años simplemente despachan: la bolsa en la que tienen la recaudación, transparente, está apoyada sobre un cajón de manzanas que sirve de mostrador y es más grande que la que guarda la mercadería. De lejos y en una mirada fugaz, se ven papeles de todos los colores, incluso verde dólar. Diez metros más allá, un cliente duerme, se sobresalta y vuelve a dormirse. Tiene el torso desnudo y los pantalones a medio bajar. En la entrada al morro, dos chicos hacen un negocio mucho más turístico: uno vende cuadros, se llama Alex y tiene una gorrita de Boca. El otro ofrece souvenirs junto a un cartel que marca cómo el tour a la favela se transformó en algo habitual: “Welcome to Rocinha”. Hay una sola calle que llega hasta lo más alto y después desciende por otra ladera. Las construcciones son todas de ladrillo, la mayoría tiene revoque y por las pocas ventanas abiertas se espía la presencia de plasmas enormes. Tres tablas de surf conviven en un living de dos por dos con una olla de agua que ya hierve sobre un calentador (hay luz y cloacas, pero no gas natural). Muchas no tienen puerta: “No hace falta, acá nadie toca nada. Los autos también quedan abiertos”, explica el guía. Por fuera, las paredes están llenas de pintadas. Algunas son previas al Mundial anterior, como una que dice “La fiesta del Hexa” que todavía sigue esperando y un dibujo de Maradona con la camiseta de Brasil en la que lo tratan de “barrigudo y traidor”, por aquella publicidad que hizo, vestido con la verdeamarela, para una marca de cerveza. Cada tanto se ve un basural, sectores perfectamente delimitados que son vaciados varias veces por día.

Raúl, el guía, es un argentino que está radicado en Río desde hace 28 años y vivió en Rocinha. En su volante publicitario tiene anotado un mail que lo distingue de otros Raúles: este es rauldafavela@yahoo.com.br. Muchos lo conocen. El saluda y avisa: “Vamos a pasar a tomar una cerveza”. El chico, apenas salido de la adolescencia, lo escucha mientras acomoda una moto. “Siéntanse como en su casa”, dice, y sonríe con amabilidad. Está en cueros y de frente sólo se le ve el short. Visto desde la retaguardia, el mismo short le sostiene una nueve milímetros. Son las dos caras de la favela, donde hay negocios de todo tipo: desde la venta de droga a cielo abierto hasta mercados, casas de ropa, peluquerías y agencias de viaje. Y bancos. Y escuelas. Y un gimnasio. Y un hospital. Y una pileta olímpica. Y una cancha de césped sintético. Hay Ray Ban originales y truchos, Johnnie Walker puro o rebajado, y...

Y hay una selección brasileña que juega y gana. Y desata la fiesta. Por eso suenan los petardos. Un bebé llora, asustado, hasta que una mamadera lo calma. Para su madre sale otra porción de pollo frito. Y cerveza bien helada. Los pobres, entonces, parecen menos pobres. O l son. Gritan, saltan, bailan, se ríen. ¿Y cuánto vale acá una sonrisa?




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13 comentarios - Una luz en el infierno

@rolanga69
jajajaj
muy buen avatar
y buen post vieja !!!
son impenetrables esas favelas jojo
lo q debe ser mamita