Cuentos de Brujas.


Mi primer contacto con vos, fue tal vez, en los relatos de papa. Ese relato que hablaba de noches, copas y brujas. Hoy en día, podría pensar que eran noches de mala junta. Pero no.

Cuando escuchaba al viejo hablar de copas, había una palabra que no podía faltar en ningún cuento: Mística. Que la Mística ésto, que la Mística lo otro. Que el equipo tiene Mística y por eso dio tantas vueltas, que son una barbaridad para aquel club fundado en una zapatería de calle 7. Un club que surgió del deseo de jugar foot ball de sus fundadores. Unos estudiantes que no tuvieron cabida en el club más antiguo de la ciudad.

Y justamente por la calidad de estudiantes de la mayoría de esos visionarios, fue que mi club tomó ese nombre para representar al país en todo el mundo: Club Estudiantes de La Plata.

Aquel club que se codeaba con los grandes del futbol argentino al poco tiempo de ser creado, y que luego de ocho años, pudo gritar por primera vez “¡Campeón!”

Un club donde brillaron jugadores de la talla del “Nolo” Ferreyra junto a los Profesores de los años 30, el “Pichón” Negri, el “Beto” Infante, el “Payo” Pelegrina. Todos ellos, tapa de la revista “El Grafico”, en una época donde dominaban los llamados 5 grandes.

Pero un día, la grandeza del club, se hizo realidad. Y esas noches de copas y brujas que hablaba mi viejo, llegaron a la ciudad.

En una época donde la televisión se veía en blanco y negro, supimos ser los mejores del mundo, y por mucho tiempo “no hubo en la tierra, ciudad mas feliz que La Plata” según tituló el diario El Día el 17 de octubre de 1968. Porque el Pincha había conquistado al país, mas tarde a América y después al mundo, derrotando al poderoso Manchester United.

Y luego lograría dar un sinnúmero de vueltas olímpicas que solo conocía por el relato del viejo. Y comencé a crecer, y a darme cuenta lo que era el fútbol. Pero la realidad de mi querido club, no coincidía con las historias de hazañas y Mística que había escuchado desde chiquito. Estudiantes andaba a los tropezones por cuanto campeonato jugaba. Hasta que una tarde fría de agosto de 1994, lloré por primera vez por el Pincha. Me sentí el peor. Me sentí derrotado. Me sentí estafado por esas historias que no se acercaban a la realidad.

Pero allí estábamos. Había que jugar un último partido en Primera División, donde demostramos que tropezamos, sí, pero que nos levantaríamos con la fuerza de los mejores. Y así lo hicimos.

Con dos protagonistas de lujo, de aquellas historias que contaba mi viejo, y un grupo de jugadores que supieron entender lo que es Estudiantes de La Plata, logramos romper todos los récords y volver al lugar que nunca debimos dejar. Volvimos como los grandes, como la historia del club se merecía. Ya no me sentía el peor. Sabía que no había sido estafado. Y ahí empecé a creer en las historias del viejo, de las noches y de las vueltas olímpicas. Sabia que esa famosa Bruja existía, y que había más de una.

Pero nada fue fácil. Todo parecía costar el doble de esfuerzo. Tropezamos un par de veces, pero sin caer. Porque la lección ya estaba aprendida, y comenzamos a caminar por un largo y difícil camino de la mano de otro héroe de esos cuentos. Un tal Narigón. Ese que era más zorro que el Viejo Zorro. Y también llevo de la mano a un grupo de jóvenes que apoyó ante cada derrota, hasta que fueron hombres. Hombres formados por y para Estudiantes, y eso no es poco.

Y comenzaron a llegar los buenos momentos, pero todavía faltaba un poco mas. Necesitábamos de alguien que tenga el cuchillo entre los dientes para poder ganar algo. Y llegó El Diego de la selección. No el mas famoso, sino el otro. Y ahí nomás, unos pasitos mas atrás, vino otra vez la Brujita. El que nos había prometido hacia apenas unos años que volvería. Y así lo hizo.

Y aunque todo empezó con una dura caída, en tierras donde conocemos de hazañas, todo mejoró por un tiempo, pero nos encontramos con algunas piedras en el camino, hasta que todo volvió a la normalidad. Veía como cada día, cada partido, se parecía a los cuentos de mi Viejo. Y empezaron a hablar de nosotros, y algunos se ponían nerviosos. Y llego ese partido tan duro, tan difícil que pensábamos que debíamos esperar otro año mas. ¡Pero no! Esos dos gritos casi en el final, nos permitieron jugar una final. ¡¡¡La Mística existía!!! Y vaya si existía.

Llegó el gran día. Mi Estudiantes, el de los jóvenes cansados de escuchar cuentos, estaba a punto de hacer historia. Y así fue. En un histórico partido, vencimos al mas grande del país, y los brazos levantados de Pezzota señalando al cielo, parecían querer descubrir donde estábamos todos los Pinchas. Sí, porque estábamos en el cielo. ¡¡¡Éramos Campeones!!! ¡Y la puta madre que éramos campeones! Batimos al mejor de todos gracias a esos jóvenes que el Narigón de los cuentos había hecho hombres. Y me abracé a mi Viejo con el sol pegando en cada uno de los afortunados que estábamos en esa tribuna. Y lo mire a los ojos, y sin decirle nada le dije “ahora si te creo, la Mística existe”.

Y ya no quedó nada de aquella tarde de Agosto de 1994. No me sentía el peor, sino el mejor de todos. El más afortunado hincha del futbol. Me sentía en el cielo. Creí ver en cada hincha que abracé una luz en sus ojos que supuse que era la famosa Mística. La misma que nos había llevado a la cima del mundo, y que ahora nos llevo a ser los mejores de Argentina. Y creí en las Brujas y en las Brujitas, en los Narigones, en las noches de copa, en los Profesores de la década del 30, en los grandes artilleros que vistieron la casaca albirroja. Y creí en mi Viejo.

Y estábamos en la cima, pero todavia faltaba mas. Mi Viejo me había contado sobre una copa, donde cada partido de local era una fiesta, y cada partido de visitante era poco menos que una guerra. Y como todo en la vida de Estudiantes, costó mucho esfuerzo.

Debíamos ratificar que éramos de los mejores equipos del país, y así lo hicimos. Y fueron unos años de duras batallas, donde cualquier cualunque deseaba hacernos morder el polvo de la derrota. Y no pudieron.

Y volvimos a salir de copas. Volvieron las noches mágicas, esas que mi Viejo me contaba como un cuento fantástico y que yo apenas había vivido por unos instantes. Y cada partido de local fue una fiesta. Y cada partido de visitante fue una guerra. Pero la Mística estaba vigente, y aunque no estaba la Bruja, estaba la Brujita. Y aquellos nombres que escuche de chiquito como Bilardo, Manera, Malbernat, Poletti, Conigliaro, Pachamé, estaban muy bien representados por otros. Por algunos hombres que saben lo que es Estudiantes y por otros, que lo aprendieron ni bien llegaron al club. Y así nos unimos por la misma causa, cada hincha con el equipo, ese equipo formado por hombres, guerreros. Andujar, Cellay, Angeleri, Desábato, Alayes, Schiavi, Re, Pérez, Braña, Verón, Benítez, Boselli, Fernández, Calderón, Salgueiro y tantos otros.

Y fuimos contra todo y contra todos, como fue siempre. Y cada noche de copa era una fiesta. De local o de visitante. Porque Estudiantes era Estudiantes, como aquel de los años 60. Y el estandarte rojo y blanco era llevado con hidalguía por cada guerrero dentro del campo de juego.

Así comenzamos a soñar con un final feliz. Empezamos a creer que se podía, que los cuentos de los Viejos se podían hacer realidad. Y de la mano de otro protagonista de esos cuentos, un tal Alejandro Sabella, llegamos a la final. Y todo costó el doble, pero Estudiantes es Estudiantes. Y sabe de hazañas y de proezas.

Y fueron dos semanas que no sabíamos como se vivían, que se hacía, porque era la primera vez que estábamos allí. Entonces fue tiempo de pedirle consejos a los experimentados, a los que habían vivido aquellas noches de copa. ¡Pero estaban mas nerviosos que nosotros!

Y hubo que esperar. Hasta que llegó el gran día. Ya no había tiempo de nada. La final estaba a la vuelta de la esquina, y el árbitro, por fin, comenzó el partido. Fue duro, pero lo mejor estaba por venir.

Y esos negritos que no habían hecho mucho, de pronto se encontraron arriba en el marcador. Y no había otra posibilidad que salir a ganar. Buscar un nuevo Maracanazo, pero esta vez, argentino.

Y Estudiantes es Estudiantes. Es Mística, es hazaña, es actitud, es valentía, es Copa Libertadores. Y llegaron los héroes, y los goles. Y estábamos tan cerca. Toda una vida esperando este momento. Esperando la revancha de aquella tarde de Agosto de 1994, cuando sentimos ser los peores.

Y faltaban tan solo ocho segundos para cumplir el adicional cuando un chileno, que tantas decepciones nos dieron en el pasado, nos hizo ser los hombres más felices de America. Y conseguimos el Mineirazo.

Chandía dijo que se terminó el partido. ¡¡¡¡¡Éramos Campeones de América!!!!! Como en la década del sesenta, como en los viejos cuentos de Papa que tantas veces había escuchado. Otra vez éramos los mejores, pero esta vez, de todo el continente.

Y me sentí mejor. Hasta estuve orgulloso de ese descenso en los noventa, porque eso era Estudiantes. Era caerse y volver a levantarse con más fuerza. Eran noches de Copa Libertadores. Era Mística. Era hazaña. Eran Once Leones demostrando que se deja la piel por los colores. ¡¡¡Era Estudiantes de La Plata, Campeón de la Copa Libertadores de América 2009!!!

Venenito



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