Historias filosoficas

Hola amigos de T!
Hoy les traigo algunas historias filosoficas que me han gustado mucho y quiero compartirlas con ustedes... ahí les van.


EL RITO

Las leyendas chinas más milenarias hablan a menudo de la desaparecida ciudad de Yinin y de sus belicosos habitantes. Estaba supuestamente situada en el centro del antiguo imperio, prácticamente bordeada por una inmensa cadena montañosa. Una de las historias más curiosas que se cuentan sobre Yinin en la de su Rito de invierno, celebrando con gran devoción por todos sus habitantes.
El Rito de invierno servía para rendir tributo y homenaje a los guerreros muertos en combate por su patria. Se celebraba en pleno invierno porque, según la mitología del lugar, esta estación del año representaba la agonía y muerte de la naturaleza, que era enterrada por mantos de nieve, y no resucitaba con todo su esplendor hasta la primavera. Dentro de estas creencias religiosas panteístas (que sitúan la presencia divina en todas las manifestaciones naturales), los héroes mártires de la patria eran encumbrados, pues se proclamaran que su alma se fundía con lo divino, es decir, con la naturaleza misma. Por ello, a mediados del invierno los habitantes de Yinin realizaban un rito, mediante el cual se despedían de sus guerreros, ya que suponían que el alma de estos se extinguía junto con la naturaleza.
El punto culminante de este complejo rito, que duraba varios días, consistía en depositar una flor de la montaña en cada una de las tumbas de los guerreros. Esto estaba cargado de significado, pues la flor de la montaña crecía en las cumbres de los alrededores, resistía granizos y nevadas, y florecían el final del otoño, principios del invierno. Esta extraordinaria flor simbolizaba la esencia de lo eterno, era un resquicio de la naturaleza que no moría con los rigores otoñales ni invernales. Dejar una flor de la montaña sobre la tumba de un guerrero suponía el deseo que su alma sobreviviera a la muerte y se hiciera eterna.
Pero las flores de la montaña crecían fuera de los dominios de Yinin, y eran además muy escasas y difíciles de encontrar. Todos los años, según empezaba el otoño, se organizaban tremendas expediciones para rastrear las cumbres en busca de las flores. Las montañas estaban habitadas por numerosas tribus nómadas, que principalmente vivían del pastoreo. Era gente muy ruda, hecha a las inclemencias del tiempo y al accidentado paisaje de peñascos y riscos. Para los montaraces pastores, la flor de la montaña también era sagrada, simbolizaba la fuerza y vitalidad de las gentes que ahí habitaban, eran consideradas por ellos intocables. Por todo esto, los expedicionarios de Yinin, ávidos de arrancar flores, nunca eran bien recibidos en las montañas; al contrario, los pastores les tendían emboscadas y les presentaban batalla.
Toda expedición se componía de unos cuantos sacerdotes (pues eran los únicos autorizados a arrancar las flores) y de un nutrido grupo de guerreros, imprescindibles para protegerles de los ataques que invariablemente se producían. Cuando regresaban a Yinin, junto a las flores llevaban un buen número de cadáveres de guerreros muertos. Estos eran enterrados con todos los honres, como auténticos mártires de la patria. Y así aumentaba la cantidad de heroicas tumbas a las cuales rendir tributo en invierno, y para conseguir más flores se armaban nuevas expediciones en las que morían más guerreros.
No recuerdan las leyendas milenarias cuándo y por qué desapareció la ciudad de Yinin. Tal vez cuando llegó un momento en el que hubo más héroes que personas, o que por mantener la tradición absurda se perdieron a los mejores guerreros primero, y después a cualquier hombre capaz de empuñar un arma…
Todo presente, basado en el pasado, carece de futuro.

ERIC JALAIN.

LA FUERZA DE LA HUMILDAD.


Aquella fría mañana de invierno los rudos samuráis del castillo de Iwa Saga no estaban precisamente contentos. Su joven Daymio (señor feudal) Naohusa Ukon No Daigu Sakai, vasallo del príncipe Kano de la provincia de Mina, les había convocado en la sala de armas. Aunque habían sido educados para acatar cualquier orden de un superior, siguiendo el código del Bushido, estos samuráis curtidos en mil batallas se dirigieron a regañadientes hacia la reunión: ¿acaso había algo más insultante que el hecho de que el pusilánime de su nuevo Daymio les obligara a levantarse antes del amanecer para darles lecciones sobre estrategia bélica? La tención se podía palpar en el ambiente mientras esperaban la llegada de Naohusa.
Pero el código del Bushido era claro: todo samuráis debía de obedecer sin vacilaciones las órdenes de su Daymio y, mal que les pesara, Naohusa era, desde la reciente muerte de su padre Soeno, el nuevo señor de Iwa Saga, y como tal le debían fidelidad y respeto. Sin embargo, hasta el último de aquellos temibles guerreros añoraban más que nunca la viril presencia y firme autoridad del difunto Soeno. Mientras vivió, este rudo Daymio encarnó para sus samuráis los más formidables valores del guerrero: era valiente hasta la temeridad, astuto como un zorro y un gran vividor. En las batallas siempre era el primero en atacar y el último en retirarse; en tiempos de paz no cesaba de organizar caserías y torneos y en las fiestas y banquetes comía como un lobo, bebía sake como si fuera agua y cantaba pícaras canciones con una gracia sin igual. A pesar de sus violentos accesos de cólera, era querido por sus amigos como temido por sus enemigos.
Su hijo Naohusa, el nuevo Daymio, parecía sin embargo su antítesis: de aspecto endeble, incluso afeminado, nunca participaba en las caserías y en más de una ocasión había expresado su desacuerdo con los torneos, duelos y otras pruebas de fuerza. Prefería dedicarse al estudio de la filosofía, la literatura y la poesía, o perfeccionar sus habilidades en pintura y caligrafía, antes de practicar las actividades bélicas y deportivas propias de un señor de la guerra. Ni siquiera solía acudir a las fiestas y, cuando lo hacía, bastaba un dedal de sake para tumbarlo. Nadie lo había visto jamás practicar la esgrima o combatir, a pesar de que acostumbraba a encerrarse en la biblioteca con un viejo maestro de armas con el cual tenía mucha amistad. Para colmo, en el trato era parco en palabras y reservado en gestos, prefería escuchar antes que hablar, algo nada propio de un señor feudal.
El difunto Daymio Soeno era un luchador temible, tenía su propia teoría en lo que respectaba a la esgrima: el único secreto residía en la potencia y rapidez en las estocadas, más allá de estrategias técnicas, su sistema consistía en desencadenar un torbellino de tremendos mandobles que agotaban al adversario, destrozan su armadura, seccionan sus huesos y finalmente tomaran su vida. Evidentemente, para poner en práctica tal sistema había que estar dotado de un físico tan extraordinario como el suyo, era algo que no podía aprenderse en libros ni en tratados de esgrima. En una ocasión en la que Soeno se jactaba de su particular concepción del combate, su hijo Naohusa le contradijo confirmando que el ideal consistía en esquivar, observar y ganar el combate con un solo golpe certero y mortal. Ante tal observación, Soeno montó en cólera tratando de inepto y cobarde a su hijo, sus más allegados tuvieron que desarmarlo para que no cometiera una desgracia.
Soeno era sin duda el brazo fuerte del príncipe Kano por lo que, poco después de su muerte, el príncipe rival Asai quiso aprovechar el debilitamiento de su vecino Kano y le declaró la guerra. Naohusa, como legítimo sucesor de su padre, debía dirigir las tropas del castillo de Iwa Saga durante la batalla que se avecinaba. En la corte del príncipe Kano estaba en boca de todos la ineptitud del joven Daymio por lo que el prudente príncipe decidió relegarle a él y a sus tropas a puestos de retaguardia y apoyo, de manera que apenas si entraran en combate. Aquella fría mañana de invierno Naohusa reunió pues a sus hombres para formular sus últimos concejos antes del enfrentamiento. Esto fue lo que dijo:
´´ Hasta ahora siempre habéis combatido en primera fila, bajo la bandera de mi familia, buscando siempre los honores de la victoria. Ahora el príncipe Kano nos pide de nuevo ayuda, y nos confía una posición delicada dentro del campo de batalla: la de apoyar desde las últimas filas a las tropas de elite que lucharán en primera fila. La humildad es siempre preferible al afán de gloria y a la vanidad. Dejad que los héroes se entre masacren, nosotros seremos la base que dará fuerza a la avanzadilla. Sé que no es una labor muy lucida pero la eficiencia de un ejército depende tanto de la primera fila como de la última. ’’
Un irreprimible murmullo de indignación y desaprobación recorrió la fila de sus hombres pero Naohusa no se inmutó, dio media vuelta y regresó a la biblioteca.
La batalla tuvo lugar en Anekawa; los aguerridos samuráis de Iwa Saga permanecían expectantes en la última fila del ejército de Kano esperando la orden de su Daymio para pasar el ataque. Tal era la rabia y la impotencia que les embargaba que muy pocos podían contener las lágrimas mientras observaban el estremecedor de los ejércitos. Se sentían avergonzados, humillados; ¡ellos, que bajo la dirección de Soeno siempre habían brillado en primera fila de batalla! Para colmo, el ejército de Kano parecía doblegarse y perdía terreno ante la tremenda acometida de las tropas de Asai. De repente Naohusa que hasta ahora había estado observando atentamente el transcurrir de la contienda, lanzó con inesperado arrojo la orden de ataque. Encabezando a sus samuráis, Naohusa realizó las proezas más prodigiosas que estos habían visto nunca en el campo de batalla. Con endiablada habilidad, el joven Daymio utilizaba cualquier ataque y de un solo tajo se deshacía del adversario. Los soldados enemigos iban cayendo como peleles a su alrededor mientras él se abría paso hacia el corazón de la batalla. Sus samuráis, que en un primer momento eran incapaces de dar crédito a sus ojos, reaccionaron en seguida y se desencadenaron enseguida y se desencadenaron con inusitado furia contra las tropas enemigas abriendo una tremenda brecha en las mismas. El ejército de Asai comenzó a batirse en retirada ante el inesperado e imparable empuje de Naohusa y sus hombres. El mismo príncipe Kano y sus tropas de elite, diezmadas y agotadas por una batalla que estaban perdiendo, no salían de su asombro: ¡las tropas de reserva y apoyo estaban ahora en primera fila y avanzaban con decisión hacia el príncipe Asai y su guardia personal! Las tropas de elite enemigas fueron barridas mientras que el grueso del ejercito huía despavoridos. La armadura erizada de flechas y la katana de Naohusa brillaban como un sol terrible, en el fragor de la contienda. El príncipe Asai, temiendo por su integridad física, mandó contra el meteoro de Naohusa y sus samuráis los mejores hombres de su guardia personal; aquellos que jamás habían sido vencidos en mil batallas, duelos y torneos. Fue en vano, al joven Daymio le bastaba un solo tajo para deshacerse de cada uno de ellos y pronto sus samuráis se apoderaron de los estandartes e insignias de los vencidos; a duras penas pudo el príncipe Asai huir del lugar.
Naohusa fue proclamado el héroe de la batalla, fue loado y aclamado por todos y cada uno de los supervivientes del terrible enfrentamiento, pero con especial algarabía por parte de sus samuráis henchidos de orgullo. El joven Daymio, en vez de encumbrarse y disfrutar de la merecida gloria que todos le ofrecían, simplemente atribuyó su victoria a un golpe de suerte. Rechazó cortésmente todos los honores que el príncipe Kano le ofreció arguyendo que aún tenía mucho que aprender antes de poder considerarse un gran guerrero. Su modestia y humildad sorprendió a todos y no hizo sino que acrecentar su prestigio. Aquellos que antes lo criticaban y despreciaban se convirtieron en sus mayores defensores. En las fiestas que se organizaron aquella misma noche para celebrar la victoria, Naohusa fiel a su estilo, cayó redondo tras beber su primera copa de sake.
Sorprendentemente, esta proeza marcial y las sucesivas que protagonizó Naohusa en innumerables batallas, no alteraron en ninguna forma su carácter y comportamiento. Seguía siendo una persona extremadamente sensible que prefería la poesía a la katana, filosofar a montar a caballo y estar entre sabios y poetas a estar entre generales; siempre evitaba en sus conversaciones hablar de hechos bélicos o de política y seguía siendo reservado y muy humilde. Cuando loaban en su presencia su habilidad marcial y su astucia estratégica, Naohusa simplemente esgrimía una ligera sonrisa para concluir que por muy fuerte o hábil que fueras siempre habría alguien más fuerte que tú. Nunca aprobó que exageraran sus proezas y tuvo que aplicar sendos correctivos a más de uno de sus samuráis por jactarse públicamente de las hazañas de su señor. Prefería desde luego la tranquilidad doméstica o el calor de una biblioteca al fragor y los honores del campo de batalla o de las frenéticas cacerías.
Su astucia bélica y su valentía empuñando un arma se hicieron legendarias casi a su pesar pues él vivía como Daymio en una época tan turbulenta como la del Japón feudal suponía enfundarse cada dos por tres la armadura de combate. A pesar de ello, siempre aseguraba que detestaba guerrear y que sólo lo hacía una vez que había agotado todas las demás soluciones alternativas pacíficas. Si el precio de evitar un conflicto armado era el de parecer un cobarde, Naohusa no titubeaba en evitar el derramamiento de sangre. Varios nobles del lugar lo desafiaban a batirse en duelo, celosos por su prestigio y popularidad; el joven Daymio no respondió a sus provocaciones y nunca se sintió humillado sino crecido por su autocontrol. Sus enemigos tanto internos como externos (integrantes del palacio) no perdían una oportunidad para criticar su falta de belicosidad y su endeble espíritu guerrero; Naohusa sonreía ante estos reproches y afirmaba humildemente su deseo de vivir sin sobresaltos y con tranquilidad, sin grandes pretensiones de conquista u honores. Siempre afirmó que el mejor lugar para el filo de un sable era la funda del mismo.

ERIC JALAIN

LOS HERMANOS LIN


Coc Lin y Zet Lin eran dos hermanos mellizos que habitaban la pequeña ciudad de Lanoy, por aquel entonces un próspero puerto al sur de Indochina. Un tío de ambos muchachos, llamado Chi Tie, era un gran maestro de Viet- Vo- Dao, arte marcial vietnamita muy influenciado por el Kung- Fu de Shaolin. Se contaba de hacho que Chi había viajado numerosas veces a China para perfeccionar su habilidad marcial.
Siendo Coc y Zet aún chiquillos, se pudieron bajo la tutela de su tío para formarse en las artes de lucha. Chi, además de ser maestro de Viet- Vo- Dao, era artista y poeta, y de vez en cuando paraba el entrenamiento para relatar a sus sobrinos todo tipo de leyendas y cuentos, y así educar también su espíritu. Zet, soñador e imaginativo, disfrutaba enormemente escuchando las fábulas de su entrañable tío Chi; Coc, en cambio, no las apreciaba tanto. “¡Vaya sarta de tonterías! ¿Para qué sirven todas esas historietas increíbles? ¡Yo lo que quiero es entrenar!”, solía susurrar irritado cuando su tío no podía oírle. Pero Chi era conciente del escaso interés de Coc hacia sus enseñanzas trascendentales, así que cuando le preguntaba al muchacho por lo que había aprendido ese día y éste sólo le relataba sus progresos técnicos y físicos, Chi replicaba con cierta tristeza: “¡Poco has aprendido entonces…!”
Los dos hermanos fueron creciendo y progresando en fuerza y habilidad. Pero el reflexivo Zet también progresó en su comprensión de la filosofía y de la dimensión trascendente y existencial de las artes marciales, mientras que el impulsivo Coc se inclinaba hacia el cultivo de la fuerza física y del combate. Ya desde adolescente, Coc era un pequeño presuntuoso que se pavoneaba ante todos exhibiendo sus habilidades marciales y su eficacia en combate. Era realmente un buen luchador, y no perdía ocasión de demostrarlo provocando y humillando a todo muchacho de su edad que se le cruzara. El único con el que no metía era su hermano Zet. Su tío Chi estaba ya bastante desesperado por su actitud pendenciera e irrespetuosa, razón por la cual lo había expulsado un par de veces de sus clases; pero las presiones de su hermana, la madre de Coc y Zet, le obligaron siempre a readmitirlo.
Por esta época se instalaron en frente de la familia Lin unos nuevos vecinos, los cuales tenían una hija de la edad de los hermanos mellizos. Se llamaba Lu Pai. La adolescente estaba dotada de una belleza radiante, sin igual, hasta tal punto que fue pronto conocida en toda la ciudad. La familia Lin y la familia Pai pronto se hicieron amigas, así que los dos hermanos Coc y Zet tuvieron oportunidad de trabar amistad con la hermosa Lu. Como era de esperar, ambos se enamoraron de la joven, pero por razones bastantes dispares: Coc sabía que Lu era famosa en toda la ciudad, por lo que sería admirado y envidiado por todos si lograba conquistarla; Zet, por su parte, tras conversar largo y tendido con Lu, descubrió que la joven, además de bella, era muy sensible e inteligente.
Pero Coc supo adelantarse a su soñador hermano, y deslumbró a Lu con su fuerte personalidad y con los relatos de sus proezas marciales. A primera vista Coc resultaba además muy atractivo, pues cultivaba cuidadosamente su imagen de conquistador. Así que Coc y Lu comenzaron a verse con frecuencia, para desgracia del desconsolado Zet. La joven pareja daba largos paseos durante los cuales Coc no paraba de hablar de sí mismo, de sus hazañas, de su habilidad, y un largísimo etcétera. Si algún joven se cruzaba por el camino de ambos. Coc lo retaba y humillaba para impresionar a Lu: su eficacia en combate era tan temida en el barrio que nadie se atrevía a hacerle frente. Cuando a la chiquilla se le ocurría comentar sus preocupaciones o pensamientos, Coc enseguida ponía cara de aburrimiento y desviaba la conversación para volver a hablar de su tema favorito: él mismo.
En aquel tiempo Lu tan sólo coincidía con Zet cuando ambos salían de la escuela (lugar que Coc no frecuentaba demasiado) y lo primero que hacía Zet era preguntarle sobre su vida, preocupaciones y problemas. Iniciaban largas conversaciones muy agradables hasta que llegaba Coc a recoger a “su novia”. Al cabo de unos meses, para sorpresa de todos, Lu decidió de repente cortar la relación con el “deslumbrante y popular” Coc y comenzó a salir con el discreto Zet. El enfado de Coc fue tremendo, pero respetaba a su hermano. Una lluviosa tarde otoñal los dos hermanos conversaban tras el entrenamiento cuando Coc, movido más por la curiosidad que por el enfado, le preguntó: “Hermano, no te enojes pero no acabo de entender… ¿Por qué Lu me abandonó de un día para otro, siendo yo el chico más popular y atractivo del barrio?” A lo que Zet respondió: “Porqué Lu no se sentía tratada como una persona, sino como un espejo en el cual tú te admirabas.” Entonces Coc, pensativo, dijo: “¿Y qué tiene de malo? Siempre he actuado así, y he salido con muchas chicas, muchas más que tú…” Zet replicó, con una media sonrisa: “¡Poco has aprendido entonces…!”

SECRETOS DE MAESTRO


En la ciudad okinawense de Naha vivió un maestro de Naha-Te (arte marcial antecesor de Kárate) llamado Mijun Akiuara. Mijun era uno de los pioneros en la creación del Naha- Te y de hecho había fundado un estilo propio, fruto de sus frecuentes viajes al sur de China.
Él y sus alumnos eran reputados por sus habilidades en los desplazamientos y barridos: se movían como auténticos demonios. Pero existían sin embargo una gran diferencia en cuanto a calidad entre Mijun y sus alumnos más aventajados: esto se debía a que, fiel a la tradición, el maestro nunca había enseñado todo su arte, sino que se reservaba las técnicas superiores.
Esta costumbre de secretismo marcial se debía estaba antaño muy extendida por toda Asia y respondía principalmente a una lógica de supervivencia: si un maestro enseñaba todos sus conocimientos a su alumno, éste podía vencerle y hasta superarle y sustituirle, algo que no era infrecuente en el turbulento Oriente del pasado, bueno… tampoco lo es en los tiempo actuales. Así Mijun Akiuara guardaba celosamente unas cuantas técnicas y conceptos secretos que le aseguraban su superioridad sobre sus alumnos. El pupilo más aventajado se llamaba Misei Tashoki, el cual había hecho prueba de una fidelidad y constancia intachables a lo largo de casi dos décadas que llevaba bajo la férula de Mijun. A pesar de ello, este no tenía de momento ninguna intención de desvelar los secretos definitivos de su arte.
Mijun iba envejeciendo y el fiel Misei comenzaba a desesperar por poder conocer algún día la totalidad del sistema marcial. Cuando hacía alusiones indirectas a este sistema en presencia del maestro, éste fruncía el ceño y callaba.
Un día, tras el duro entrenamiento diario, Misei marchó al bosque a buscar leña para calentar la humilde morada familiar. Cuando empezó a anochecer emprendió el camino de vuelta a casa y según pasaba de un pequeño claro vio un tenue resplandor filtrado por el follaje y escuchó unos extraños sonidos. Misei se aproximó prudentemente y descubrió que, frente a una pequeña fogata, su maestro Mijun se quedó estupefacto cuando observó que estaba ejecutando un kata que él desconocía por completo. Era un kata respiratorio, de movimientos lentos pero potentes. Después siguió otro kata también desconocido, mucho más rápido y sinuoso, y acto seguido comenzó a ejecutar novedosas combinaciones técnicas contra un árbol.
Misei había descubierto pues el lugar donde entrenaba su maestro las técnicas secretas, era un pequeño claro perdido en el bosque, para que nadie lo viera. Así, noche tras noche el alumno se dirigía al bosque para aprender de manera clandestina aquello que su maestro le negaba. Al cabo de unos pocos años Misei ya dominaba las técnicas secretas de su arte.
Un día Mijun pidió a Misei que le acompañara a una exhibición que iba a dar en una ciudad vecina. Así fue como el maestro y su familia, acompañados por el fiel Misei, tomaron el camino al norte. Era una fría mañana de otoño y una espesa capa de niebla cubría la ruta. La zona era temida por la gran cantidad de salteadores de caminos que merodeaban por las proximidades. Apenas llevaban un par de horas de viaje cuando surgió de la niebla un personaje de aspecto patibulario armado con una espada de hoja ancha, el cual con una desdentada sonrisa invitó a los caminantes a entregarle todo el dinero y bienes que portaran consigo. El maestro Mijun, tremendamente indignado, hizo un gesto a Misei para que protegiera a su familia, avanzó unos pasos y gritó al asaltante: “Apártate de nuestra ruta o recibirás tú merecido”. El malhechor estalló en carcajadas y respondió: “¡Escuchad a este divertido viejo!” Mientras, iban surgiendo alrededor de los viajeros, quienes de pronto se encontraron rodeados por una docena de atacadores: “Excúsanos si no temblamos ante tu raquítico bastón, viejo.”
Los asaltantes, fuertemente armados, se acercaron al maestro, que comenzó a repartir bastonazos y patadas a diestra y siniestra. Pero Mijun no tenía ya edad para hacer frente a tantos enemigos, y apenas si lograba mantenerlos a distancia. Uno de los bandidos se abalanzó blandiendo una robusta maza de combate; aunque Mijun logró evitar el golpe y asestar un bastonazo en la nuca del agresor, salió desequilibrado y acabó rodando por el suelo hasta las botas de los asaltantes. El maestro ya se creía perdido cuando escuchó un terrible kivi y vio a Misei abalanzarse sobre los bandidos. Con una rapidez endiablada, el alumno comenzó a lanzar golpes fluidos y directos atacando a rodillas y gargantas, combinados con luxaciones y barridos. En escasos segundos yacía en el suelo la mitad de los bandidos mientras la otra mitad huía cojeando y gruñendo.
Mijun se levantó estupefacto y dijo en tono de reproche: “Misei, has aplicado mis técnicas secretas, las que no he enseñado nunca a nadie. ¿Cómo es posible?”. “Maestro, llevo años espiando tus entrenamientos nocturnos… Gracias a esto no sólo te he salvado a ti y a tu familia, sino que he salvado al mismo arte marcial, que se hubiera ido a la tumba contigo”. Mijun bajó la cabeza y dijo: “Sin duda eres un buen heredero del arte, pues no sólo me has superado a nivel marcial sino también en sabiduría…”

ERIC JALAIN

Eso es todo... Gracias!!!

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