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El libro del fantasma (de A. Dolina) 10

    

Sigo con la decima entrega, las dos anteriores pueden verlas en
http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1323351/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-1.html
http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1326107/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-2.html
http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1328747/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-3.html
http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1331498/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-4.html
http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1333742/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-5.html
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http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1340363/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-8.html
http://www.taringa.net/posts/ebooks-tutoriales/1342593/El-libro-del-fantasma-(de-A_-Dolina)-9.html

Les repito que si quieren descargar el libro completo pueden hacerlo en
http://rapidshare.com/files/128017944/Dolina__Alejandro_El_libro_del_fantasma.doc.html
http://www.megaupload.com/es/?d=OG1LAMT0


Agencia de aventuras
El poeta Jorge Allen tenía por costumbre emplearse como ama nuense en casas de comercio, menos para prosperar que para asegu rarse la vecindad de señoritas de las que se enamoraba. Allá por sus treinta y tres años consiguió colocarse en una compañía de seguros en la que trabajaba Susana Ayerbe, una rubia de amplia pechuga y estrecho criterio que lo había rechazado en un bailongo. Después de algunos meses de insistencia, Allen se hizo novio de Susana.
Vencida su terquedad, la rubia perdió su virtud más estimulan te. Pero Allen, como muchos hombres, persistía en amoríos sin valor por la sola razón de haber perdido mucho tiempo en con cretarlos. Como no se atrevía a admitir que estaba aburrido, se arrastraba entre lastimosos conflictos cotidianos a los que procu raba inútilmente disfrazar de tragedias. Sin darse cuenta, había si do atrapado por los horarios y los escalafones. Llevaba una vida ordenada, en el peor de los sentidos. A veces, percibía el rumbo humillante de sus días. Entonces se justificaba hablando del mi lagro del amor.
La oficina le permitía además, el placer de ser cruel con una pobre muchacha que le andaba atrás. Margarita, secretaria sin no vio, tímida y feúcha, jugaba con entusiasmo a la tragedia del amor imposible. Así transcurrían los días de Jorge Allen.
Una tarde un hombre lo abordó al salir de la oficina. Era un in dividuo dotado de una desagradable simpatía. Dijo llamarse Gil berto. Se acreditó como vendedor de la Agencia Tritón y le ofreció al poeta sacarlo del infierno de la vulgaridad. Le habló de las ven tajas de lo incierto.
—Los cobardes pagan para que nada raro les suceda. Contratan seguros e instalan cerraduras. Yo lo convido a pagar para librarse de la protección del tedio.
—Dígame qué vende —lo apuró Allen—. Así voy pensando cómo negarme.
Vendo aventuras. Vendo recuerdos para su futuro. Por una módica suma, la agencia que represento hará que su vida se llene de episodios emocionantes.
Jorge Allen declaró que las aventuras del amor eran las más fan tásticas, que no tenía dinero y que no existían dichas mayores que la suya.
—¿De dónde saca usted que vengo a ofrecerle dichas? Deje el optimismo para los timoratos. Yo le estoy vendiendo algo perni cioso, incompatible con la molicie de la vida mezquina. La gran deza es preferible a la felicidad. Si usted quiere, puedo mostrarle nuestros folletos.
Allen lo despidió prometiendo que su amor por la señorita Su sana Ayerbe era al mismo tiempo generador de felicidad y gran deza.
El vendedor, antes de irse, le dijo que pronto iba a acercarle unas muestras gratuitas.
Pasó algún tiempo. Una noche, cuando el poeta llegaba a su ca sa, unos hombres de traje negro lo obligaron a subir a un auto y lo llevaron a una especie de casino gigantesco. Allí tuvo que apos tar todo su patrimonio a una baraja. Perdió. Inmediatamente se le acercó una muchacha y le propuso que se revolcaran sobre una mesa de ruleta. Allen estaba por aceptar cuando apareció Gilber to, el vendedor aceitoso, para advertirle que todo aquello no era más que una mera demostración de los servicios que prestaba la agencia.
Esto no es nada, caballero. Con nuestro plan "Ruinas Glorio sas" usted podrá perder lo que no tiene y pudrirse en una cárcel turca acusado de estafa.
Jorge Allen juró que lo pensaría y se fue corriendo a ver a su novia.
Desde entonces no pasaba una semana sin que los empleados de la agencia se presentaran con una muestra gratis de sus aven turas: mujeres desnudas escondidas en la heladera, jaurías de pe rros enloquecidos, asesinos coreanos que le perdonaban la vida en el último instante, padres sicilianos que exigían un casamien to perentorio con una hija deshonrada. Gilberto insistía, pero Allen no estaba interesado. Comentó el caso con Susana y, mien tras miraban televisión, le aseguró que ella era su más grande aventura.
Es indispensable decir ahora que Allen odiaba la rutina, los es calafones y las seguridades. Pero para él, la última de las mujeres valía más que cualquier convicción. Así, por puro capricho, se hundía cada vez más en estúpidas intrigas de oficina, en odios mi serables, en delaciones burocráticas.
Manuel Mandeb, Ives Castagnino y el ruso Salzman, sus ami gos del barrio de Flores, trataban de rescatarlo de aquel mundo vergonzoso para llevarlo por los viejos y nobles caminos de la hol ganza, la especulación filosófica, la música y la polifonía amoro sa. Margarita, la feúcha, también hacía su patético esfuerzo por cambiar el destino.
El poeta apenas si le hablaba alguna vez.
Margarita... ¿Ha visto a la señorita Susana?
Una tarde de verano, la chica resolvió jugar de una sola vez sus fichas escasas.
Señor Allen, usted sólo parece tener ojos para la señorita Su sana.
Bueno... Sucede que ella y yo... Usted comprenderá...
Yo sí comprendo, pero usted no.
Allen sintió el peligro de una confesión, pero invadido por una maldad forastera, la alentó.
—Explíqueme entonces.
Margarita empezó a hablar de alguien que oculto en las som bras esperaba. De alguien que velaba en secreto. De alguien que se reservaba deseos ardorosos. En resumen, hizo una explícita de claración fingidamente embozada.
Por suerte, en el mejor momento se presentó la mismísima Su sana acompañando al señor Gilberto. Allen los hizo pasar inme diatamente a su escritorio.
El vendedor aceitoso se peinó las cejas con saliva.
Señor Allen, he sabido que nuestros empleados le han acerca do algunas pequeñas muestras. Ahora ya conoce el poder de Tri tón. Le traje unos formularios por si desea firmar ya.
Lo siento, creo que no firmaré.
Gilberto manifestó una cósmica sorpresa ante el inexplicable rechazo de un destino extravagante. El poeta lo frenó en seco.
—Yo ya tengo mi propia aventura... O mejor dicho, nuestra propia aventura. ¿No es cierto, Susana?
—No exactamente —dijo la rubia y bajó la vista.
Gilberto borró por un momento su sonrisa.
—No sé cómo decírselo, señor Allen, pero la señorita Susana fue parte de una de nuestras demostraciones.
Allen no podía creerlo.
¿Muestra gratis? ¿El más grande amor de mi vida una mues tra gratis? Por favor, díganme que todo esto es una broma.
Gilberto aseguró que la Agencia de Aventuras Tritón procedía siempre con seriedad proverbial.
Entonces el poeta empezó a maldecir en voz alta del modo más soez. Después de pegar algunos golpes sobre el escritorio, declaró que no quería saber más nada de aventuras, de vendedores, ni de putas de cuatro pesos.
Sin perder la calma, Gilberto habló con acento de profeta.
Señor Allen, nadie, absolutamente nadie puede dejar de con tratar nuestros servicios. Todo lo que sucede en el mundo es obra nuestra. Si nosotros no existiéramos la historia permanecería in
móvil... Nadie amaría... nadie moriría... Decídase. ¿Qué plan quiere?
Susana Ayerbe se creyó en el caso de intervenir.
—Podría ser nuestro plan ejecutivo: países exóticos, premios, distinciones, honores.
Allen la fulminó con la mirada.
Muéstreme lo más barato que tenga.
Gilberto sacó un formulario.
Acertada elección. Si bien se mira, todas las aventuras son igua les: vivir sin esperar mucho y un día morirse. Son treinta pesos;
Allen firmó, pagó con billetes arrugados y adoptando un aire digno llamó a Margarita.
Hágame el favor... Acompañe al señor Gilberto hasta la puer ta. La señorita Susana creo que sale con él. Ah, otra cosa, Marga rita... hoy cenaremos juntos. Usted tiene razón: a veces no nos damos cuenta de los afectos que tenemos cerca.
Gilberto intervino rápidamente.
—No se gaste, mi amigo. Margarita es también una de nuestras demostraciones.
Jorge Allen renunció a la oficina y arrastró sus penas por mejo res rumbos. En el barrio de Flores, algunos empezaron a creer en la existencia de una empresa que vendía aventuras y que era el motor del mundo. Otros prefirieron pensar en una sencilla estafa de treinta pesos.

El fantasma III

Durante todos aquellos meses trabajé como nunca. La esperan za de conseguir la flor prodigiosa me había devuelto la energía. En agosto, el fantasma me preguntó por la Mujer Más Amada.
¿La ha visto últimamente?
Muy poco. Me han dicho que sale con un hombre vulgar y que se esfuerza por merecerlo.

El espectro sonrió con discreción y empezó a hablarme del pa raíso musulmán.
Por el Profeta sabemos que hay siete cielos. El primero es de pla ta y las estrellas cuelgan de la bóveda sostenidas por cadenas de oro.
El segundo cielo es de acero bruñido y Mahoma pudo conversar allí con Noé.
El tercero está hecho de piedras preciosas. Allí está el ángel de la muerte. Se trata de una criatura enorme. Sus ojos están separados por setenta mil jornadas de camino. Se ocupa de mantener al día un li bro en el cual se anotan los nombres de quienes nacen y se borran los de quienes mueren.
El cuarto cielo es de plata fina. Un ángel, cuya altura es de qui nientos días de camino, derrama ríos de lágrimas causadas, sin du da, por la maldad de los hombres.
En el quinto cielo, que es de oro, vive el ángel de la venganza, cu yo aspecto es adecuadamente horroroso.

El fantasma se puso de pie. Yo miraba la flor milagrosa.
El sexto cielo es de piedra transparente. El ángel que atiende allí es mitad de nieve y mitad de fuego. Al parecer, se ocupa de tareas de vigilancia.
En el séptimo cielo Mahoma se encontró con una criatura angéli ca de increíble dimensión. Era más grande que la tierra. Tenía 70.000 cabezas. En cada una de ellas había 70.000 bocas y cada bo ca hablaba 70.000 lenguas que cantaban la gloria de Dios.

Yo me atreví a objetar que el número de idiomas que presupo nía esa cosmología era 70.000 al cubo, lo que implicaba suponer que había más lenguajes que criaturas parlantes. El espectro ni se mosqueó.
—A la derecha del trono divino crece el árbol Cedrat. Sus ramas son más extensas que el espacio que separa el sol de la tierra. Multi tud de ángeles se recrean a su sombra y unos pájaros inmortales repi ten versículos del Corán.
Sus frutos son suaves y dulces. Uno solo de ellos podría alimentar a todos los seres vivientes.
De sus semillas provienen las Huríes, unas jóvenes de altos senos, destinadas a complacer a los creyentes. Se dice que su virginidad se restaura después de cada acto amoroso. Otros sostienen que una sola gota de su saliva podría endulzar el agua del mar.

Por un instante, me pareció verlo suspendido en el aire.
—Hay también otro árbol que tiene tantas hojas como habitantes hay en el mundo. En cada una de ellas hay escrito un nombre. En la noche del Kadir el árbol se agita y caen algunas hojas. Las personas cuyos nombres estén escritos en tales hojas morirán durante el siguien te año.
Un detalle más: en el paraíso islámico todos visten de verde.
—¿Qué sucede con los enamorados rechazados?¿Alcanzan su amor en el cielo?

El fantasma pensó un poco y luego murmuró:
—No lo creo.

Tratado de música y afines
Es el título con que se conoce el método de enseñanza musical elaborado por Ives Castagnino. La obra debió tener una extensión desmesurada. Lo que hoy conocemos de ella es, seguramente, me nos de la mitad.
El hallazgo del manuscrito es mérito de Manuel Mandeb, co mo también es suya la culpa del extravío de numerosos capítulos. Se sospecha que muchos fragmentos de importancia decisiva han sido utilizados por el polígrafo de Flores para encender la estufa, para realizar anotaciones del juego del chinchón, o para transmi tir instrucciones al sifonero.
El libro comienza con una serie de amenazas destinadas a di suadir a los aspirantes, señalando las innumerables dificultades y las nulas alegrías que el estudio de la música depara. Transcribi mos algunos párrafos:
• Capítulo I "Nociones Preliminares"
Es necesario evitar que el arte caiga en manos de los canallas. No hay peor desgracia para la humanidad que un artista perverso. Yo he conocido a algunos de ellos. Poseen la técnica y los secretos de la mú sica. Son diestros, pero la maldad contamina toda su obra. Observe el alumno lo que voy a señalarle: la obra no puede ser mejor que el artista. Nuestros valsecitos se nos parecen. Una milonga tocada por un canalla es siempre canallesca, por más acordes que tuviere.

• Capítulo XV "Afinación de la Guitarra"
Tómese la guitarra y afínesela del siguiente modo: la primera cuer da será un mi, la segunda, un si y luego un sol, un re, un la y un mi.
Ahora deje la guitarra y salga a la calle. Empiece a mirar las cosas que suceden y trate de hallar un significado o una emoción en ellas. Há gase contar algunas historias del pasado. Después, enamórese. Incurra en ilusiones, padezca desengaños. Si se actúa con paciencia, no tarda rá en llegar la soledad y la melancolía. No se apresure. Al principio se rá un poco difícil, pero al cabo de un número indeterminado de años, se estará en condiciones de pasar al ejercicio siguiente.

•Capitulo XVI "Ejercicio Siguiente"
Cumplido el ejercicio anterior, vuelva donde dejó la guitarra, re vise la afinación y con los dedos índice y mayor toque las cuerdas al aire hasta que se pudra.
• Capítulo V "Teoría de la Música"
a)¿Qué es música?
Música es el arte de combinar los sonidos. Bueno, algunos sonidos. Si usted combina el ladrido de un perro con el estruendo de una api sonadora de tierra, el resultado no tendrá mucho que ver con la mú sica.
Alguien podría interpretar la definición del comienzo según un criterio restringido y protestar que los sonidos mentados deben ser no tas musicales. Música es el arte de combinar notas: veamos. Combi nemos las notas do, mi, do, do, re, re, mi. Hemos quedado en las puertas mismas de "Sobre el puente de Avignon". Pues bien, eso no es música.
b)¿Qué es ritmo?
Son sonidos que ocurren a intervalos regulares. El alumno pensa rá: "tocar el timbre de una casa todos los domingos es ritmo". "Qui zá", es mi respuesta.
Haga el siguiente ejercicio. Tome un palo y comience a golpearlo sobre una mesa a intervalos regulares. "¿Estoy haciendo ritmo?", se pregunta el alumno mientras pega ferozmente. Quizá.

El método de Castagnino es arbitrario. Aspectos sin mayor importancia son examinados con insoportable minuciosidad. Y hay por el contrario puntos fundamentales que apenas se rozan. El sencillo concepto del silencio le demanda al autor noventa y dos carillas, asoladas de salvedades, arrepentimientos y contradiccio nes. En cambio, no es posible encontrar sobre el arte de la fuga otra cosa que una llamada en la página 15 que nos remite a la pá gina 69. Desde allí se nos envía a la página 806, donde encontra mos la indicación de regresar a la página 15.
Los estados de ánimo de Castagnino influyen poderosamente en sus explicaciones. El capítulo XXIV es repetido seis veces, por sospechar el autor que los lectores no lo han entendido. En la pá gina 1040 hallamos una amarga queja en la que se expresa la sen sación de la inutilidad de todo trabajo didáctico, para desembocar inmediatamente en el relato de un episodio sentimental con una alumna.
El tratado no sirve evidentemente para aprender música. Pero nos permite conocer los extravagantes pensamientos de Castagnino.
• Capítulo CXVI "Inexistencia del Melómano"
Casi todas las personas garantizan, al ser interrogadas, su gusto por la música. Resulta muy difícil, por no decir imposible, dar con alguien que aborrezca cualquier expresión musical. Sin embargo, me atrevo a asegurar al alumno que la humanidad miente. La música no le gusta a casi nadie. Lo que en verdad gusta es aquello de lo que suele venir acompañada, las atracciones anexas de las que se vale pa ra cautivar a las muchedumbres.
Estamos hablando de las luces que iluminan a los cantantes, de los trajes que éstos usan, de su apariencia seductora. Estamos hablando del efecto hipnótico del baile y de cualquier repetición de movimien tos. Estamos hablando de las letras de las canciones, de la doctrina que suele acompañar a los géneros, de su simbolismo político. Estamos hablando de las mujeres que es posible conocer en los conciertos, de la fama que consiguen los que cantan, de los escándalos que protagoni
zan, del deseo que surge en nosotros de irnos a la cama con una estre lla. Pues bien, son estas cosas y no la música lo que la gente ama.
Los maestros suelen enseñarnos a disfrutar de las grandes obras ex plicando el significado de ciertos efectos musicales. Esas notas graves en mitad de la Polonesa son en verdad los soldados rusos. En la ober tura 1812, algunos críticos ven un parte de guerra de la batalla de Borodino. El tango El amanecer está lleno de violines que imitan a los pajaritos. Tengo malas noticias, la música no consiste en relatos ruidosos. La música no alude a nada. Puede existir aun sin el Uni verso, no necesita nombrarlo ni dibujarlo. Puede existir sin espacio (¿quién puede señalar el costado izquierdo de un vals?). En realidad, sólo necesita tiempo.
Adivino que el alumno lector ya se habrá puesto a la defensiva y pretenderá ocupar un lugar entre los escasísimos melómanos que exis ten. ¡No mienta, alumno! A usted tampoco le importa la música. Me imagino que el despecho habrá de despertar en el discípulo el deseo de acusar al autor de estas líneas de pertenecer él también a la oceánica legión de indiferentes. Pues es verdad, no me importa la música.
Amo, eso sí, el dulce llanto que me provoca. Los delicados razona mientos que me inspira. Amo la forma en que rima con mi tristeza. Amo la hermandad de los acordes y el aparente litigio entre escalas si multáneas. Amo leer como cartas de amigos muertos las antiguas par tituras. Estas cosas, claro, no son la música.
Capítulo XXX "De la velocidad"
Las personas poco avisadas dan en creer que los mejores músicos son también los más veloces. Esta misma idea es mantenida por al gunos músicos, quienes pasan la vida adiestrándose para tocar ligeri to. Personalmente detesto la acrobacia musical. Sin embargo, el alumno deberá someterse a los más arduos rigores durante su apren dizaje. Y así ensayará complicadísimas escalas y arpegios, que después no tocará nunca.
El Tratado de Música y Afines no se publicó nunca. Es posible que Ives Castagnino haya copiado algunos capítulos para sus alumnos. En el original que llegó hasta nosotros, el texto se inte rrumpe bruscamente (no se sabe si por culpa de Castagnino o de Mandeb) en la página 2.159. La última entrada es sencilla y pin toresca.
• Capítulo DXI "De los Adornos"
Los adornos son como firuletes que tiene la música.






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Creado el: 03.07.2008 a las 00:42:13 hs.
Categoría: E-books y Tutoriales
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#1 - KaiserW | 03.07.2008 02:05:08 dijo:
Esta genial el libro... me faltara un cuarto para terminarlo, a mi me lo regalaron pa mi cumple.
Saludos!

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