Hermosos cuentos rusos

CUENTOS POPULARES RUSOS


Buenas Taringuer@s!!Aca les dejo unos maravillosos cuentos de la lejana Rusia, que me acompañaron en mi infancia y tal vez, por lo fantásticos que son, tengan la culpa de mis desequilibrios
Ahi van

Hermosos cuentos rusos

EL AUTOR

cuentos
Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev


Fue educado en Vorónezh y cursó estudios de derecho en la universidad de Moscú, donde descubrió a los escritores Konstantín Kavélin y Timoféi Granovski. Su primer trabajo fue el de profesor de historia antigua, pero fue despedido por una falsa acusación de Sergéi Uvárov, otro escritor de la época.

Fue entonces cuando dedicó su vida al periodismo, escribiendo sus artículos sobre los principales escritores rusos del siglo pasado, algunos nombres tan célebres como Nikolái Novikov, Denís Fonvizin y Antioj Kantemir.

Fue en 1850 cuando Afanásiev se dedicó enteramente a su pasión de folclorista de la llamada Vieja Rusia, recorrió provincias enteras obteniendo relatos de todas partes de Moscovia. Sus primeros artículos causaron gran impresión en la escuela mitológica rusa de aquella época. Sus principales fuentes fueron los cuentos de la Académia de Geografía rusa y algunas contribuciones de Vladímir Dal.

Afanásiev murió pobre, desahauciado en Rusia. Sus obras no fueron publicadas allí debido a su amistad con Herzen. Murió de tuberculosis, obligado a vender su librería personal a la edad de 45 años.


Infantiles


EL PÁJARO DE FUEGO

populares


Tenía el zar Berendéi tres hijos. El menor se llamaba Iván.
Poseía el zar un hermoso jardín con un manzano que daba frutos de oro.
Alguien acudía al jardín a robar las manzanas de oro. El rey, que tenía mucha estima a su jardín, puso en él guardia. Pero nadie podía descubrir al ladrón. Triste, el zar dejó de comer y de beber. Sus hijos le decían, para consolarle:
—No te apenes, querido padre, nosotros mismos guardaremos el jardín.
El hijo mayor dijo:
—Hoy me toca a mí vigilar el jardín.
Al anochecer fue a cumplir su cometido, pero, por más vueltas que dio arriba y abajo, no descubrió a nadie y, cansado, se durmió sobre la blanda hierba.
A la mañana siguiente, el zar le preguntó:
—¿Me traes una buena noticia? ¿Has descubierto al ladrón?
—No, querido padre; en toda la noche no he dormido, no he pegado ojo, pero no he visto a nadie.
A la noche siguiente fue el mediano a guardar el jardín y también se durmió. A la mañana dijo que no había descubierto al ladrón.
Le tocó al hermano menor hacer su guardia en el jardín. Por miedo a dormirse, ni se atrevía a sentarse. En cuanto el sueño le acometía, se lavaba con el rocío que bañaba la hierba y se desvelaba.
A eso de la medianoche le pareció que en el jardín había luz. Era cada vez más intensa, y, por fin, todo el jardín se iluminó. El zarevitz vio que el pájaro de fuego estaba posado en una rama y picoteaba las manzanas de oro.
El zarevitz Iván se acercó sigiloso al manzano y asió de la cola al ave. El pájaro de fuego se estremeció y levantó el vuelo, dejando en la mano del zarevitz una pluma de su cola.
A la mañana siguiente, el zarevitz Iván se presentó ante su padre. El zar le preguntó:
—Di, querido Iván, ¿has visto al ladrón?
—No lo he atrapado, querido padre, pero sé ya quién comete fechorías en nuestro jardín. Aquí tienes un recuerdo del ladrón. Es el pájaro de fuego.
Tomó el zar la pluma y recobró el apetito y el buen humor. Pero he aquí que una buena mañana se levantó con el pensamiento puesto en el pájaro de fuego. Llamó a sus hijos y les dijo:
—Queridos hijos, no estaría de más que ensillarais briosos corceles y salierais por esos mundos en busca del pájaro de fuego.
Los hijos se inclinaron ante su padre, ensillaron briosos corceles y se pusieron en camino, cada uno en una dirección.
El zarevitz Iván, fatigado de tanto cabalgar en aquel largo día estival, echó pie a tierra, trabó al caballo y se tendió a descabezar un sueñecito.
No se sabe si durmió mucho o poco tiempo, lo que sí se sabe es que, al despertarse, no vio su caballo. Se puso a buscarlo y, después de mucho caminar, dio con los huesos del animal. Quedó el zarevitz Iván muy entristecido. ¿A dónde podría ir sin el caballo '?
«En fin -se dijo-, puesto a ello, iré a pie».
Caminó el zarevitz Iván hasta que se sintió invadido de un cansancio mortal. Se sentó muy triste en la blanda hierba. De pronto vio que corría hacia él un lobo gris.
—¿Por qué, zarevitz Iván, te veo tan triste, tan abatido? —preguntó el lobo.
—¿Cómo no voy a estarlo, lobo gris? Me he quedado sin mi buen caballo.
—Tu caballo me lo comí yo, zarevitz Iván… Me da pena verte tan cabizbajo. Dime ¿qué te lleva tan lejos?, ¿a dónde vas '?
—Mi padre me mandó recorrer el mundo en busca del pájaro de fuego.
—¡Vaya! En tu buen caballo no hubieras encontrado en tres años el pájaro de fuego. El único que sabe dónde vive soy yo. En fin, ya que me he comido tu caballo, te serviré fielmente. Monta encima de mí y sujétate con fuerza.
Montó el zarevitz Iván a lomos del lobo, y éste salió disparado, cruzando como una exhalación los bosques y los lagos. Por fin llegaron a una fortaleza de altas murallas. El lobo dijo:
—Escúchame, zarevitz Iván, y recuerda bien lo que te digo. Salta la muralla, y no tengas miedo, que toda la guardia está durmiendo. En un palacete verás una ventana en la que hay una jaula de oro con el pájaro de fuego. Toma el pájaro y guárdalo en el seno, pero ten buen cuidado de no tocar la jaula.
Saltó el zarevitz Iván la muralla y vio el palacete en cuya ventana descansaba la jaula de oro con el pájaro de fuego. Tomó el ave y la ocultó en el seno, pero quedó encandilado mirando la jaula. En su corazón se encendió la codicia. «¿Acaso puedo dejar aquí una jaula tan preciosa?», se dijo. Olvidó el zarevitz lo que le había dicho el lobo y tendió la mano hacia la jaula. Pero en cuanto sus dedos la rozaron, sonaron en toda la fortaleza clarines y tambores. La guardia se despertó, apresó al zarevitz Iván y lo llevó a presencia del zar Afrón.
El zar Afrón montó en cólera y preguntó al zarevitz Iván:
—¿Quién eres? ¿De dónde has venido?
—Soy el zarevitz Iván, hijo del zar Berendéi.
—¡Qué vergüenza! ¡El hijo de un zar metido a ladrón!
—¿Por qué no se acuerda usted de que su pájaro venía a picotear las manzanas de oro de nuestro jardín?
—Si hubieras venido honestamente y me lo hubieras pedido, te lo habría dado, movido de mi aprecio a tu padre, el zar Berendéi. Ahora haré que tengáis mala fama en todas las ciudades. Aunque, mira, si me prestas un servicio, te perdonaré. Tiene en su reino el zar Kusmán un caballo de crines de oro. Si me lo traes, te daré el pájaro de fuego.
Muy triste regresó el zarevitz Iván a dónde le estaba esperando el lobo gris. El lobo le reprochó:
—¡No te dije que no tocaras la jaula! ¿Por qué no me hiciste caso?
—Perdona, perdóname, lobo gris.
—¡Ea, monta! ¡Enganchado al carro, no te quejes de la carga!…
De nuevo corrió el lobo llevando encima al zarevitz Iván. Por fin llegaron a la fortaleza en que se hallaba el caballo de crines de oro.
—Salta el muro, zarevitz Iván. La guardia está durmiendo. Ve a la cuadra y saca de allí el caballo, pero ten buen cuidado de no tocar el bocado.
Saltó el zarevitz Iván el muro, aprovechando que la guardia estaba durmiendo, se introdujo en la cuadra y atrapó el caballo de crines de oro, pero no pudo resistir la tentación de llevarse también el bocado, que era de oro puro cuajado de piedras preciosas. ¡Qué hermoso estaría el caballo con él!
Tocó el zarevitz el bocado y al instante sonaron en la fortaleza clarines y tambores. La guardia se despertó, apresó al zarevitz y lo llevó a presencia del zar Kusmán.
—¿Quien eres? ¿De dónde has venido?, preguntó el zar.
—Soy el zarevitz Iván.
—¿Y no se te ha ocurrido nada mejor que robar un caballo? ¡Pero si eso no lo haría ni un simple mujik! En fin, zarevitz Iván, te perdonaré si me prestas un servicio. El zar Dalmat tiene una hija que se llama Elena la Hermosa. Ráptala, tráela aquí y te daré el caballo de crines de oro con su bocado.
Más triste todavía que antes regresó el zarevitz Iván a donde le estaba esperando el lobo.
—¿No te dije, zarevitz Iván —le reprochó el lobo-, que no tocaras el bocado? Otra vez no me has hecho caso.
—Perdona, perdóname, lobo gris.
—En fin, ¡monta!
De nuevo corrió el lobo llevando encima al zarevitz Iván. Llegaron al reino del zar Dalmat. En el jardín de la fortaleza paseaba Elena la Hermosa, acompañada de sus ayas y criadas. El lobo gris dijo:
—Esta vez no te dejaré entrar, iré yo mismo. Tú emprende el regreso, que pronto te daré alcance.
Emprendió el zarevitz Iván el regreso, y el lobo gris salvó de un salto el muro y se introdujo en el jardín. Se agazapó al pie de un arbusto y vio que Elena la Hermosa salía al jardín acompañada de sus ayas y criadas. Elena estuvo un buen rato paseando, y, en cuanto quedó un poco a la zaga de sus ayas y sirvientas, el lobo la asió de sus ropas, se la echó al lomo y huyó con ella.
Iba el zarevitz Iván por el camino y de pronto vio que el lobo, llevando a Elena la Hermosa, le daba alcance. El zarevitz Iván se puso muy contento. El lobo le dijo:
—Monta sin pérdida de tiempo, no sea que nos persigan.
El lobo corría veloz, cruzando como una exhalación bosques, ríos y lagos. Por fin, llegó con Elena la Hermosa y el zarevitz Iván al reino del zar Kusmán. Preguntó el lobo:
—¿Por qué te veo tan triste y abatido, zarevitz Iván?
—¿Cómo quieres que no esté triste, lobo gris? ¿Acaso puedo separarme de tal beldad? ¿Acaso puedo cambiar a Elena la Hermosa por un caballo?
El lobo gris le respondió:
—No te separaré de Elena la Hermosa. La ocultaremos en algún escondrijo, yo adoptaré su imagen y tú me llevarás a presencia del zar.
Escondieron a Elena en una cabaña que había en medio del bosque. El lobo dio una voltereta y quedó convertido en Elena la Hermosa. El zarevitz Iván lo llevó a presencia del zar Kusmán. El zar se alegró mucho y dio las gracias al zarevitz, diciéndole:
—Te agradezco mucho, zarevitz Iván, que me hayas traído la novia. Toma el caballo de crines de oro con su bocado.
Montó el zarevitz Iván a lomos del caballo y fue en busca de Elena la Hermosa. La sentó a la grupa del corcel y se dirigió hacia el reino de su padre.
Mientras, el zar Kusmán se casaba. El festín se prolongó hasta las tantas de la noche. Cuando se hizo hora de dormir el zar llevó a Elena la Hermosa a su habitación, pero en cuanto se acostó al lado vio que el lugar de su joven esposa lo ocupaba un lobo. El zar, espantado, se cayó de la cama, y el lobo huyó. Dio el lobo gris alcance al zarevitz Iván y le preguntó:
—¿Por qué te veo tan pensativo, zarevitz Iván?
—¿Cómo quieres que no lo esté? Me da pena separarme de un tesoro como el caballo de crines de oro, me da pena cambiarlo por el pájaro de fuego.
—No te apenes, yo te ayudaré.
Llegaron al reino del zar Afrón, y el lobo dijo:
—Oculta a Elena la Hermosa y al caballo, yo me convertiré en el corcel de crines de oro y tú me llevarás a presencia del zar Afrón.
En fin, ocultaron a Elena la Hermosa y al bruto en el bosque. El lobo gris dio una voltereta y se convirtió en el caballo de crines de oro. El zarevitz Iván lo llevó a presencia del zar Afrón. El zar se puso muy contento y le dio el pájaro de fuego en su jaula de oro.
El zarevitz Iván regresó al bosque, montó a Elena la Hermosa en el caballo de crines de oro, tomó la preciosa jaula con el pájaro de fuego y se dirigió al reino de su padre.
Mientras, el zar Afrón hizo que le trajeran el caballo, y se disponía ya a montarlo, cuando el corcel se convirtió en un lobo gris. Asustado, el zar se desplomó sin poder dar siquiera un paso. El lobo huyó y, al poco, daba alcance al zarevitz Iván, a quien dijo:
—¡Ea, despidámonos, yo no puedo ir más allá!
El zarevitz Iván echó pie a tierra, hizo tres profundas reverencias al lobo gris y le dio las gracias con mucho respeto. El lobo gris le dijo:
—No te despidas de mí para siempre, que todavía he de serte útil.
«¿Cuándo vas a serme útil, si ya se han cumplido todos mis deseos?», pensó el zarevitz Iván. Luego, montó a lomos del caballo de crines de oro y prosiguió su camino, con Elena la Hermosa y el pájaro de fuego.
Habían llegado ya al reino del zar Berendéi cuando al zarevitz se le ocurrió descansar un rato. Llevaban consigo un poco de pan, lo comieron, bebieron agua de un manantial y se tendieron a descansar.
En cuanto el zarevitz Iván se quedó dormido, llegaron al paraje aquel sus hermanos. Habían cabalgado por tierras extrañas buscando el pájaro de fuego, pero regresaban con las manos vacías.
Vieron los hermanos que el zarevitz Iván lo había conseguido todo y se confabularon.
—Matemos a Iván y todo será nuestro.
Se hicieron el ánimo y mataron al zarevitz Iván. Montaron a lomos del caballo de crines de oro, tomaron consigo el pájaro de fuego, sentaron en la grupa del corcel a Elena la Hermosa y la amenazaron:
—¡No se te ocurra decir una palabra!
El zarevitz Iván yacía muerto, y los cuervos revoloteaban ya sobre su cuerpo. De pronto llegó corriendo el lobo y apresó a un cuervo y a su corvato.
—Vuela, cuervo, en busca de agua de la vida y agua de la muerte. Si las traes, soltaré a tu corvato.
Viendo que no tenía otra salida, el cuervo levantó el vuelo, y el lobo quedó sujetando al corvato. No se sabe si fue mucho o poco el tiempo que estuvo volando el cuervo. Lo que sí se sabe es que trajo el agua de la vida y el agua de la muerte. El lobo gris roció de agua de la muerte las heridas del zarevitz Iván, que cicatrizaron al instante; luego roció el cuerpo muerto con agua de la vida, y el zarevitz resucitó.
—¡Cuán profundamente dormía!
—Tan profundamente —le dijo el lobo gris—, que de no ser por mí no te hubieras despertado nunca. Tus hermanos te mataron y se llevaron todo lo que conseguiste. Monta encima de mí sin pérdida de tiempo.
Volaron en pos de los hermanos y no tardaron en darles alcance. El lobo gris los mató a dentelladas y esparció sus restos por el campo.
El zarevitz Iván se inclinó profundamente ante el lobo gris y se despidió de él para siempre.
Regresó a casa el zarevitz Iván montado en el caballo de crines de oro llevando consigo el pájaro de fuego, para su padre, y acompañado de Elena la Hermosa, con quien había resuelto casarse.
El zar Berendéi se alegró mucho de ver a su hijo y le hizo mil preguntas. Iván le contó que el lobo gris le había ayudado a conseguirlo todo y luego le dijo que sus hermanos lo habían matado cuando estaba durmiendo y que el lobo los había hecho pedazos.
El zar Berendéi se apenó, pero no tardó en consolarse. El zarevitz Iván se casó con Elena la Hermosa y fue muy feliz con ella.

Rusia


LA PRINCESITA RANA

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En un reino muy lejano reinaban un zar y una zarina que tenían tres hijos. Los tres eran solteros, jóvenes y tan valientes que su valor y audacia eran envidiados por todos los hombres del país. El menor se llamaba el zarevich Iván.

Un día les dijo el zar:

-Queridos hijos: Tomad cada uno una flecha, tended vuestros fuertes arcos y disparadla al acaso, y dondequiera que caiga, allí iréis a escoger novia para casaros.

Lanzó su flecha el hermano mayor y cayó en el patio de un boyardo, frente al torreón donde vivían las mujeres; disparó la suya el segundo hermano y fue a caer en el patio de un comerciante, clavándose en la puerta principal, donde a la sazón se hallaba la hija, que era una joven hermosa. Soltó la flecha el hermano menor y cayó en un pantano sucio al lado de una rana.

El atribulado zarevich Iván dijo entonces a su padre:

-¿Cómo podré, padre mío, casarme con una rana? No creo que sea ésa la pareja que me esté destinada.

-¡Cásate -le contestó el zar-, puesto que tal ha sido tu suerte!

Y al poco tiempo se casaron los tres hermanos: el mayor, con la hija del boyardo; el segundo, con la hija del comerciante, e Iván, con la rana.

Algún tiempo después el zar les ordenó:

-Que vuestras mujeres me hagan, para la comida, un pan blanco y tierno.

Volvió a su palacio el zarevich Iván muy disgustado y pensativo.

-¡Kwa, kwa, Iván Zarevich! ¿Por qué estás tan triste? -le preguntó la Rana-. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?

-¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre te ha mandado hacerle, para la comida, un pan blanco y tierno.

-¡No te apures, zarevich! Vete, acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche -le dijo la Rana.

Acostose el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó la piel y se transformó en una hermosa joven llamada la Sabia Basilisa, salió al patio y exclamó en alta voz:

-¡Criadas! ¡Preparadme un pan blanco y tierno como el que comía en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó el zarevich Iván, la Rana tenía ya el pan hecho, y era tan blanco y delicioso que no podía imaginarse nada igual. Por los lados estaba adornado con dibujos que representaban las poblaciones del reino, con sus palacios y sus iglesias.

El zarevich Iván presentó el pan al zar; éste quedó muy satisfecho y le dio las gracias; pero en seguida ordenó a sus tres hijos:

-Que vuestras mujeres me tejan en una sola noche una alfombra cada una.

Volvió el zarevich Iván muy triste a su palacio, y se dejó caer con gran desaliento en un sillón.

-¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás tan triste? -le preguntó la Rana-. ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?

-¿Cómo quieres que no esté triste cuando mi señor padre te ha ordenado que tejas en una sola noche una alfombra de seda?

-¡No te apures, zarevich! Acuéstate y duerme tranquilo. Por la mañana se es más sabio que por la noche.

Acostose el zarevich y se durmió profundamente; entonces la Rana se quitó su piel y se transformó en la Sabia Basilisa; salió al patio y exclamó:

-¡Viento impetuoso! ¡Tráeme aquí la misma alfombra sobre la cual solía sentarme en casa de mi querido padre!

Por la mañana, cuando despertó Iván, la Rana tenía ya la alfombra tejida, y era tan maravillosa que es imposible imaginar nada semejante. Estaba adornada con oro y plata y tenía dibujos admirables.

Al recibirla el zar se quedó asombrado y dio las gracias a Iván; pero no contento con esto ordenó a sus tres hijos que se presentasen con sus mujeres ante él.

Otra vez volvió triste a su palacio Iván Zarevich; se dejó caer en un sillón y apoyó en su mano su cabeza.

-¡Kwa, kwa, zarevich Iván! ¿Por qué estás triste? ¿Acaso te ha dicho tu padre algo desagradable o se ha enfadado contigo?

-¿Cómo quieres que no esté triste? Mi señor padre me ha ordenado que te lleve conmigo ante él. ¿Cómo podré presentarte a ti?

-No te apures, zarevich. Ve tú solo a visitar al zar, que yo iré más tarde; en cuanto oigas truenos y veas temblar la tierra, diles a todos: «Es mi Rana, que viene en su cajita».

Iván se fue solo a palacio. Llegaron sus hermanos mayores con sus mujeres engalanadas, y al ver a Iván solo empezaron a burlarse de él, diciéndole:

-¿Cómo es que has venido sin tu mujer?

-¿Por qué no la has traído envuelta en un pañuelo mojado?

-¿Cómo hiciste para encontrar una novia tan hermosa?

-¿Tuviste que rondar por muchos pantanos?

De repente retumbó un trueno formidable, que hizo temblar todo el palacio; los convidados se asustaron y saltaron de sus asientos sin saber qué hacer; pero Iván les dijo:

-No tengáis miedo: es mi Rana, que viene en su cajita.

Llegó al palacio un carruaje dorado tirado por seis caballos, y de él se apeó la Sabia Basilisa, tan hermosísima, que sería imposible imaginar una belleza semejante. Acercose al zarevich Iván, se cogió a su brazo y se dirigió con él hacia la mesa, que estaba dispuesta para la comida. Todos los demás convidados se sentaron también a la mesa; bebieron, comieron y se divirtieron mucho durante la comida.

Basilisa la Sabia bebió un poquito de su vaso y el resto se lo echó en la manga izquierda; comió un poquito de cisne y los huesos los escondió en la manga derecha. Las mujeres de los hermanos de Iván, que sorprendieron estos manejos, hicieron lo mismo.

Más tarde, cuando Basilisa la Sabia se puso a bailar con su marido, sacudió su mano izquierda y se formó un lago; sacudió la derecha y aparecieron nadando en el agua unos preciosísimos cisnes blancos; el zar y sus convidados quedaron asombrados al ver tal milagro. Cuando se pusieron a bailar las otras dos nueras del zar quisieron imitar a Basilisa: sacudieron la mano izquierda y salpicaron con agua a los convidados; sacudieron la derecha y con un hueso dieron al zar un golpe en un ojo. El zar se enfadó y las expulsó de palacio.

Entretanto, Iván Zarevich, escogiendo un momento propicio, se fue corriendo a casa, buscó la piel de la Rana y, encontrándola, la quemó. Al volver Basilisa la Sabia buscó la piel, y al comprobar su desaparición quedó anonadada, se entristeció y dijo al zarevich:

-¡Oh Iván Zarevich! ¿Qué has hecho, desgraciado? Si hubieses aguardado un poquitín más habría sido tuya para siempre; pero ahora, ¡adiós! Búscame a mil leguas de aquí; antes de encontrarme tendrás que gastar andando tres pares de botas de hierro y comerte tres panes de hierro. Si no, no me encontrarás.

Y diciendo esto se transformó en un cisne blanco y salió volando por la ventana.

Iván Zarevich rompió en un llanto desconsolador, rezó, se puso unas botas de hierro y se marchó en busca de su mujer. Anduvo largo tiempo y al fin encontró a un viejecito que le preguntó:

-¡Valeroso joven! ¿Adónde vas y qué buscas?

El zarevich le contó su desdicha.

-¡Oh Iván Zarevich! -exclamó el viejo-. ¿Por qué quemaste la piel de la Rana? ¡Si no eras tú quien se la había puesto, no eras tú quien tenía que quitársela! El padre de Basilisa, al ver que ésta desde su nacimiento le excedía en astucia y sabiduría, se enfadó con ella y la condenó a vivir transformada en rana durante tres años. Aquí tienes una pelota -continuó-; tómala, tírala y síguela sin temor por donde vaya.

Iván Zarevich dio las gracias al anciano, tomó la pelota, la tiró y se fue siguiéndola.

Transcurrió mucho tiempo y al fin se acercó la pelota a una cabaña que estaba colocada sobre tres patas de gallina y giraba sobre ellas sin cesar. Iván Zarevich dijo:

-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña obedeció; el zarevich entró en ella y se encontró a la bruja Baba-Yaga, con sus piernas huesosas y su nariz que le colgaba hasta el pecho, ocupada en afilar sus dientes. Al oír entrar a Iván Zarevich gruñó y salió enfadada a su encuentro:

-¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora aquí ni se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! ¡Ea, Iván Zarevich! ¿Por qué has venido?

-¡Oh tú, vieja bruja! En vez de gruñirme, harías mejor en darme de comer y de beber y ofrecerme un baño, y ya después de esto preguntarme por mis asuntos.

Baba-Yaga le dio de comer y de beber y le preparó el baño. Después de haberse bañado, el zarevich le contó que iba en busca de su mujer, Basilisa la Sabia.

-¡Oh cuánto has tardado en venir! Los primeros años se acordaba mucho de ti, pero ahora ya no te nombra nunca. Ve a casa de mi segunda hermana, pues ella está más enterada que yo de tu mujer.

Iván Zarevich se puso de nuevo en camino detrás de la pelota; anduvo, anduvo hasta que encontró ante sí otra cabaña, también sobre patas de gallina.

-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte como estabas antes, con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí! -dijo el zarevich.

La cabaña obedeció y se puso con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia Iván, quien penetró en ella y encontró a otra hermana Baba-Yaga sentada sobre sus piernas huesosas, la cual al verle exclamó:

-¡Fiú, fiú! ¡Hasta ahora por aquí nunca se vio ni se olió a ningún hombre, y he aquí uno que se ha atrevido a presentarse delante de mí y a molestarme con su olor! Qué, Iván Zarevich, ¿has venido a verme por tu voluntad o contra ella?

Iván Zarevich le contestó que más bien venía contra su voluntad.

-Voy -dijo- en busca de mi mujer, Basilisa la Sabia.

-¡Qué pena me das, Iván Zarevich! -le dijo entonces Baba-Yaga-. ¿Por qué has tardado tanto en venir? Basilisa la Sabia te ha olvidado por completo y quiere casarse con otro. Ahora vive en casa de mi hermana mayor, donde tienes que ir muy de prisa si quieres llegar a tiempo. Acuérdate del consejo que te doy: Cuando entres en la cabaña de Baba-Yaga, Basilisa la Sabia se transformará en un huso y mi hermana empezará a hilar unos finísimos hilos de oro que devanará sobre el huso; procura aprovechar algún momento propicio para robar el huso y luego rómpelo por la mitad, tira la punta detrás de ti y la otra mitad échala hacia delante, y entonces Basilisa la Sabia aparecerá ante tus ojos.

Iván Zarevich dio a Baba-Yaga las gracias por tan preciosos consejos y se dirigió otra vez tras la pelota.

No se sabe cuánto tiempo anduvo ni por qué tierras, pero rompió tres pares de botas de hierro en su largo camino y se comió tres panes de hierro.

Al fin llegó a una tercera cabaña, puesta, como las anteriores, sobre tres patas de gallina.

-¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la puerta hacia mí!

La cabaña le obedeció y el zarevich penetró en ella y encontró a la Baba-Yaga mayor sentada en un banco hilando, con el huso en la mano, hilos de oro; cuando hubo devanado todo el huso, lo metió en un cofre y cerró con llave. Iván Zarevich, aprovechando un descuido de la bruja, le robó la llave, abrió el cofrecito, sacó el huso y lo rompió por la mitad; la punta aguda la echó tras de sí y la otra mitad hacia delante, y en el mismo momento apareció ante él su mujer, Basilisa la Sabia.

-¡Hola, maridito mío! ¡Cuánto tiempo has tardado en venir! ¡Estaba ya dispuesta a casarme con otro!

Se cogieron de las manos, se sentaron en una alfombra volante y volaron hacia el reino de Iván.

Al cuarto día de viaje descendió la alfombra en el patio del palacio del zar. Éste acogió a su hijo y nuera con gran júbilo, hizo celebrar grandes fiestas, y antes de morir legó todo su reino a su querido hijo el zarevich Iván.

Hermosos cuentos rusos


BASILISA LA HERMOSA

cuentos

En un reino vivía una vez un comerciante con su mujer y su única hija, llamada Basilisa la Hermosa. Al cumplir la niña los ocho años se puso enferma su madre, y presintiendo su próxima muerte llamó a Basilisa, le dio una muñeca y le dijo:

-Escúchame, hijita mía, y acuérdate bien de mis últimas palabras. Yo me muero y con mi bendición te dejo esta muñeca; guárdala siempre con cuidado, sin mostrarla a nadie, y cuando te suceda alguna desdicha, pídele consejo.

Después de haber dicho estas palabras, la madre besó a su hija, suspiró y se murió.

El comerciante, al quedarse viudo, se entristeció mucho; pero pasó tiempo, se fue consolando y decidió volver a casarse. Era un hombre bueno y muchas mujeres lo deseaban por marido; pero entre todas eligió una viuda que tenía dos hijas de la edad de Basilisa y que en toda la comarca tenía fama de ser buena madre y ama de casa ejemplar.

El comerciante se casó con ella, pero pronto comprendió que se había equivocado, pues no encontró la buena madre que para su hija deseaba. Basilisa era la joven más hermosa de la aldea; la madrastra y sus hijas, envidiosas de su belleza, la mortificaban continuamente y le imponían toda clase de trabajos para ajar su hermosura a fuerza de cansancio y para que el aire y el sol quemaran su cutis delicado. Basilisa soportaba todo con resignación y cada día crecía su hermosura, mientras que las hijas de la madrastra, a pesar de estar siempre ociosas, se afeaban por la envidia que tenían a su hermana. La causa de esto no era ni más ni menos que la buena Muñeca, sin la ayuda de la cual Basilisa nunca hubiera podido cumplir con todas sus obligaciones. La Muñeca la consolaba en sus desdichas, dándole buenos consejos y trabajando con ella.

Así pasaron algunos años y las muchachas llegaron a la edad de casarse. Todos los jóvenes de la ciudad solicitaban casarse con Basilisa, sin hacer caso alguno de las hijas de la madrastra. Ésta, cada vez más enfadada, contestaba a todos:

-No casaré a la menor antes de que se casen las mayores.

Y después de haber despedido a los pretendientes, se vengaba de la pobre Basilisa con golpes e injurias.

Un día el comerciante tuvo necesidad de hacer un viaje y se marchó. Entretanto, la madrastra se mudó a una casa que se hallaba cerca de un espeso bosque en el que, según decía la gente, aunque nadie lo había visto, vivía la terrible bruja Baba-Yaga; nadie osaba acercarse a aquellos lugares, porque Baba-Yaga se comía a los hombres como si fueran pollos.

Después de instaladas en el nuevo alojamiento, la madrastra, con diferentes pretextos, enviaba a Basilisa al bosque con frecuencia; pero a pesar de todas sus astucias la joven volvía siempre a casa, guiada por la Muñeca, que no permitía que Basilisa se acercase a la cabaña de la temible bruja.

Llegó el otoño, y un día la madrastra dio a cada una de las tres muchachas una labor: a una le ordenó que hiciese encaje; a otra, que hiciese medias, y a Basilisa le mandó hilar, obligándolas a presentarle cada día una cierta cantidad de trabajo hecho. Apagó todas las luces de la casa, excepto una vela que dejó encendida en la habitación donde trabajaban sus hijas, y se acostó. Poco a poco, mientras las muchachas estaban trabajando, se formó en la vela un pabilo, y una de las hijas de la madrastra, con el pretexto de cortarlo, apagó la luz con las tijeras.

-¿Qué haremos ahora? -dijeron las jóvenes-. No había más luz que ésta en toda la casa y nuestras labores no están aún terminadas. ¡Habrá que ir en busca de luz a la cabaña de Baba-Yaga!

-Yo tengo luz de mis alfileres -dijo la que hacía el encaje-. No iré yo.

-Tampoco iré yo -añadió la que hacía las medias-. Tengo luz de mis agujas.

-¡Tienes que ir tú en busca de luz! -exclamaron ambas-. ¡Anda! ¡Ve a casa de Baba-Yaga!

Y al decir esto echaron a Basilisa de la habitación. Basilisa se dirigió sin luz a su cuarto, puso la cena delante de la Muñeca y le dijo:

-Come, Muñeca mía, y escucha mi desdicha. Me mandan a buscar luz a la cabaña de Baba-Yaga y ésta me comerá. ¡Pobre de mí!

-No tengas miedo -le contestó la Muñeca-; ve donde te manden, pero no te olvides de llevarme contigo; ya sabes que no te abandonaré en ninguna ocasión.

Basilisa se metió la Muñeca en el bolsillo, se persignó y se fue al bosque. La pobrecita iba temblando, cuando de repente pasó rápidamente por delante de ella un jinete blanco como la nieve, vestido de blanco, montado en un caballo blanco y con un arnés blanco; en seguida empezó a amanecer. Siguió su camino y vio pasar otro jinete rojo, vestido de rojo y montado en un corcel rojo, y en seguida empezó a levantarse el sol. Durante todo el día y toda la noche anduvo Basilisa, y sólo al atardecer del día siguiente llegó al claro donde se hallaba la cabaña de Baba-Yaga; la cerca que la rodeaba estaba hecha de huesos humanos rematados por calaveras; las puertas eran piernas humanas; los cerrojos, manos, y la cerradura, una boca con dientes. Basilisa se llenó de espanto. De pronto apareció un jinete todo negro, vestido de negro y montando un caballo negro, que al aproximarse a las puertas de la cabaña de Baba-Yaga desapareció como si se lo hubiese tragado la tierra; en seguida se hizo de noche. No duró mucho la oscuridad: de las cuencas de los ojos de todas las calaveras salió una luz que alumbró el claro del bosque como si fuese de día. Basilisa temblaba de miedo y no sabiendo dónde esconderse, permanecía quieta.

De pronto se oyó un tremendo alboroto: los árboles crujían, las hojas secas estallaban y la espantosa bruja Baba-Yaga apareció saliendo del bosque, sentada en su mortero, arreando con el mazo y barriendo sus huellas con la escoba. Se acercó a la puerta, se paró, y husmeando el aire, gritó:

-¡Huele a carne humana! ¿Quién está ahí?

Basilisa se acercó a la vieja, la saludó con mucho respeto y le dijo:

-Soy yo, abuelita; las hijas de mi madrastra me han mandado que venga a pedirte luz.

-Bueno -contestó la bruja-, las conozco bien; quédate en mi casa y si me sirves a mi gusto te daré la luz.

Luego, dirigiéndose a las puertas, exclamó:

-¡Ea!, mis fuertes cerrojos, ¡ábranse! ¡Ea!, mis anchas puertas, ¡déjenme pasar!

Las puertas se abrieron; Baba-Yaga entró silbando, acompañada de Basilisa, y las puertas se volvieron a cerrar solas. Una vez dentro de la cabaña, la bruja se echó en un banco y dijo:

-¡Quiero cenar! ¡Sirve toda la comida que está en el horno!

Basilisa encendió una tea acercándola a una calavera, y se puso a sacar la comida del horno y a servírsela a Baba-Yaga; la comida era tan abundante que habría podido satisfacer el hambre de diez hombres; después trajo de la bodega vinos, cerveza, aguardiente y otras bebidas. Todo se lo comió y se lo bebió la bruja, y a Basilisa le dejó tan sólo un poquitín de sopa de coles y una cortecita de pan.

Se preparó para acostarse y dijo a la nueva doncella:

-Mañana tempranito, después que me marche, tienes que barrer el patio, limpiar la cabaña, preparar la comida y lavar la ropa; luego tomarás del granero un celemín de trigo y lo expurgarás del maíz que tiene mezclado. Procura hacerlo todo, porque si no te comeré a ti.

Después de esto, Baba-Yaga se puso a roncar, mientras que Basilisa, poniendo ante la Muñeca las sobras de la comida y vertiendo amargas lágrimas, dijo:

-Toma, Muñeca mía, come y escúchame. ¡Qué desgraciada soy! La bruja me ha encargado que haga un trabajo para el que harían falta cuatro personas y me amenazó con comerme si no lo hago todo.

La Muñeca contestó:

-No temas nada, Basilisa; come, y después de rezar, acuéstate; mañana arreglaremos todo.

Al día siguiente se despertó Basilisa muy tempranito, miró por la ventana y vio que se apagaban ya los ojos de las calaveras. Vio pasar y desaparecer al jinete blanco, y en seguida amaneció. Baba-Yaga salió al patio, silbó, y ante ella apareció el mortero con el mazo y la escoba. Pasó a todo galope el jinete rojo, e inmediatamente salió el sol. La bruja se sentó en el mortero y salió del patio arreando con el mazo y barriendo con la escoba.

Basilisa se quedó sola, recorrió la cabaña, se admiró al ver las riquezas que allí había y se quedó indecisa sin saber por cuál trabajo empezar. Miró a su alrededor y vio que de pronto todo el trabajo aparecía hecho; la Muñeca estaba separando los últimos granos de trigo de los de maíz.

-¡Oh mi salvadora! -exclamó Basilisa-. Me has librado de ser comida por Baba-Yaga.

-No te queda más que preparar la comida -le contestó la Muñeca al mismo tiempo que se metía en el bolsillo de Basilisa-. Prepárala y descansa luego de tu labor.

Al anochecer, Basilisa puso la mesa, esperando la llegada de Baba-Yaga. Ya anochecía cuando pasó rápidamente el jinete negro, e inmediatamente obscureció por completo; sólo lucieron los ojos de las calaveras. Luego crujieron los árboles, estallaron las hojas y apareció Baba-Yaga, que fue recibida por Basilisa.

-¿Está todo hecho? -preguntó la bruja.

-Examínalo todo tú misma, abuelita.

Baba-Yaga recorrió toda la casa y se puso de mal humor por no encontrar un solo motivo para regañar a Basilisa.

-Bien -dijo al fin, y se sentó a la mesa; luego exclamó-: ¡Mis fieles servidores, vengan a moler mi trigo!

En seguida se presentaron tres pares de manos, cogieron el trigo y desaparecieron. Baba-Yaga, después de comer hasta saciarse, se acostó y ordenó a Basilisa:

-Mañana harás lo mismo que hoy, y además tomarás del granero un montón de semillas de adormidera y las escogerás una a una para separar los granos de tierra.

Y dada esta orden se volvió del otro lado y se puso a roncar, mientras Basilisa pedía consejo a la Muñeca. Ésta repitió la misma contestación de la víspera:

-Acuéstate tranquila después de haber rezado. Por la mañana se es más sabio que por la noche; ya veremos cómo lo hacemos todo.

Por la mañana la bruja se marchó otra vez, y la muchacha, ayudada por su Muñeca, cumplió todas sus obligaciones. Al anochecer volvió Baba-Yaga a casa, visitó todo y exclamó:

-¡Mis fieles servidores, mis queridos amigos, vengan a prensar mi simiente de adormidera!

Se presentaron los tres pares de manos, cogieron las semillas de adormidera y se las llevaron. La bruja se sentó a la mesa y se puso a cenar.

-¿Por qué no me cuentas algo? -preguntó a Basilisa, que estaba silenciosa-. ¿Eres muda?

-Si me lo permites, te preguntaré una cosa.

-Pregunta; pero ten en cuenta que no todas las preguntas redundan en bien del que las hace. Cuanto más sabio se es, se es más viejo.

-Quiero preguntarte, abuelita, lo que he visto mientras caminaba por el bosque. Me adelantó un jinete todo blanco, vestido de blanco y montado sobre un caballo blanco. ¿Quién era?

-Es mi Día Claro -contestó la bruja.

-Más allá me alcanzó otro jinete todo rojo, vestido de rojo y montando un corcel rojo. ¿Quién era éste?

-Es mi Sol Radiante.

-¿Y el jinete negro que me encontré ya junto a tu puerta?

-Es mi Noche Oscura.

Basilisa se acordó de los tres pares de manos, pero no quiso preguntar más y se calló.

-¿Por qué no preguntas más? -dijo Baba-Yaga.

-Esto me basta; me has recordado tú misma, abuelita, que cuanto más sepa seré más vieja.

-Bien -repuso la bruja-; bien haces en preguntar sólo lo que has visto fuera de la cabaña y no en la cabaña misma, pues no me gusta que los demás se enteren de mis asuntos. Y ahora te preguntaré yo también. ¿Cómo consigues cumplir con todas las obligaciones que te impongo?

-La bendición de mi madre me ayuda -contestó la joven.

-¡Oh lo que has dicho! ¡Vete en seguida, hija bendita! ¡No necesito almas benditas en mi casa! ¡Fuera!

Y expulsó a Basilisa de la cabaña, la empujó también fuera del patio; luego, tomando de la cerca una calavera con los ojos encendidos, la clavó en la punta de un palo, se la dio a Basilisa y le dijo:

-He aquí la luz para las hijas de tu madrastra; tómala y llévatela a casa.

La muchacha echó a correr alumbrando su camino con la calavera, que se apagó ella sola al amanecer; al fin, a la caída de la tarde del día siguiente llegó a su casa. Se acercó a la puerta y tuvo intención de tirar la calavera pensando que ya no necesitarían luz en casa; pero oyó una voz sorda que salía de aquella boca sin dientes, que decía: «No me tires, llévame contigo.» Miró entonces a la casa de su madrastra, y no viendo brillar luz en ninguna ventana, decidió llevar la calavera consigo.

La acogieron con cariño y le contaron que desde el momento en que se había marchado no tenían luz, no habían podido encender el fuego y las luces que traían de las casas de los vecinos se apagaban apenas entraban en casa.

-Acaso la luz que has traído no se apague -dijo la madrastra.

Trajeron la calavera a la habitación y sus ojos se clavaron en la madrastra y sus dos hijas, quemándolas sin piedad. Intentaban esconderse, pero los ojos ardientes las perseguían por todas partes; al amanecer estaban ya las tres completamente abrasadas; sólo Basilisa permaneció intacta.

Por la mañana la joven enterró la calavera en el bosque, cerró la casa con llave, se dirigió a la ciudad, pidió alojamiento en casa de una pobre anciana y se instaló allí esperando que volviese su padre. Un día dijo Basilisa a la anciana:

-Me aburro sin trabajo, abuelita. Cómprame del mejor lino e hilaré, para matar el tiempo.

La anciana compró el lino y la muchacha se puso a hilar. El trabajo avanzaba con rapidez y el hilo salía igualito y finito como un cabello. Pronto tuvo un gran montón, suficiente para ponerse a tejer; pero era imposible encontrar un peine tan fino que sirviese para tejer el hilo de Basilisa y nadie se comprometía a hacerlo. La muchacha pidió ayuda a su Muñeca, y ésta en una sola noche le preparó un buen telar.

A fines del invierno el lienzo estaba ya tejido y era tan fino que se hubiera podido enhebrar en una aguja. En la primavera lo blanquearon, y entonces dijo Basilisa a la anciana:

-Vende el lienzo, abuelita, y guárdate el dinero.

La anciana miró la tela y exclamó:

-No, hijita; ese lienzo, salvo el zar, no puede llevarlo nadie. Lo enseñaré en palacio.

Se dirigió a la residencia del zar y se puso a pasear por delante de las ventanas de palacio.

El zar la vio y le preguntó:

-¿Qué quieres, viejecita?

-Majestad -contestó ésta-, he traído conmigo una mercancía preciosa que no quiero mostrar a nadie más que a ti.

El zar ordenó que la hiciesen entrar, y al ver el lienzo se quedó admirado.

-¿Qué quieres por él? -preguntó.

-No tiene precio, padre y señor; te lo he traído como regalo.

El zar le dio las gracias y la colmó de regalos. Empezaron a cortar el lienzo para hacerle al zar unas camisas; cortaron la tela, pero no pudieron encontrar lencera que se encargase de coserlas. La buscaron largo tiempo, y al fin el zar llamó a la anciana y le dijo:

-Ya que has sabido hilar y tejer un lienzo tan fino, por fuerza tienes que saber coserme las camisas.

-No soy yo, majestad, quien ha hilado y tejido esta tela; es labor de una hermosa joven que vive conmigo.

-Bien; pues que me cosa ella las camisas.

Volvió la anciana a su casa y contó a Basilisa lo sucedido y ésta repuso:

-Ya sabía yo que me llamarían para hacer este trabajo.

Se encerró en su habitación y se puso a trabajar. Cosió sin descanso y pronto tuvo hecha una docena de camisas. La anciana las llevó a palacio, y mientras tanto Basilisa se lavó, se peinó, se vistió y se sentó a la ventana esperando lo que sucediera.

Al poco rato vio entrar en la casa a un lacayo del zar, que dirigiéndose a la joven dijo:

-Su Majestad el zar quiere ver a la hábil lencera que le ha cosido las camisas, para recompensarla según merece.

Basilisa la Hermosa se encaminó a palacio y se presentó al zar. Apenas éste la vio se enamoró perdidamente de ella.

-Hermosa joven -le dijo-, no me separaré de ti, porque serás mi esposa.

Entonces tomó a Basilisa la Hermosa de la mano, la sentó a su lado y aquel mismo día celebraron la boda.

Cuando volvió el padre de Basilisa tuvo una gran alegría al conocer la suerte de su hija y se fue a vivir con ella. En cuanto a la anciana, la joven zarina la acogió también en su palacio y a la Muñeca la guardó consigo hasta los últimos días de su vida, que fue toda ella muy feliz.

Infantiles


EL SOLLO MAGO


populares


Érase un viejo que tenía tres hijos. Dos de ellos eran listos y hacendosos; el menor, Emelia, era tonto y perezoso.

Los hermanos mayores trabajaban, pero Emelia se pasaba el día tumbado a la bartola en lo alto del horno y no quería saber nada de nada.

En cierta ocasión, los hermanos mayores se fueron al bazar, y sus esposas, las cuñadas de Emelia, dijeron a éste:

—Ve por agua, Emelia.

El tonto les respondió desde arriba del horno:

—No tengo ganas.

—Ve, Emelia, si no tus hermanos, cuando regresen del bazar, no te harán ningún regalo.

—Bien, iré —accedió Emelia.

Bajó Emelia del horno, se calzó, se puso el abrigo, tomó dos cubos y se puso a mirar por el boquete. De pronto, vio un sollo, Emelia lo atrapó y dijo:

—¡Buena sopa de pescado va a salir!

El sollo habló con voz humana:

—Suéltame, Emelia, que algún día te seré útil.

—¿En qué puedes serme útil? —rió Emelia—. No; te llevaré a casa y les diré a mis cuñadas que hagan una sopa de pescado. ¡Saldrá estupenda!

El sollo dijo implorante:

—Suéltame, Emelia, y haré por ti todo lo que me pidas.

—Está bien, te soltaré, pero antes demuéstrame que no me engañas.

—Dime, Emelia —preguntó el sollo—, ¿qué deseas en este momento?

—Quiero —contestó Emelia— que los cubos vayan solos a casa y que el agua no se vierta por el camino.

—No te olvides de lo que voy a decirte —aconsejó a Emelia el sollo—. Siempre que quieras algo, di: «Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo»… y expresas a continuación tu deseo.

Emelia se apresuró a pronunciar:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, id a casa vosotros mismos, cubos.

En cuanto lo hubo dicho, los cubos salieron solos del cauce del río. Emelia echó el sollo al agua y corrió en pos de los cubos.

Los cubos iban solos por la aldea, la gente los miraba llena de asombro, y Emelia los seguía, riéndose para su capote. Los cubos entraron en la casa y ellos mismos se subieron al banco. Emelia trepó a lo alto del horno.

Al cabo de un rato, las cuñadas le dijeron:

—¿Qué haces ahí tumbado, Emelia? ¿Por qué no partes leña?

—No tengo ganas —respondió el tonto.

—Si no partes leña, tus hermanos no te harán ningún regalo cuando regresen del bazar.

Emelia bajó muy a disgusto del horno. Se acordó de lo que le había dicho el sollo y pronunció muy quedo:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, ve, hacha, a partir leña; una vez partida, que la leña venga a la isba y se meta ella misma en el horno.

Al cabo de un buen rato, las cuñadas dijeron:

Emelia, no tenemos ya leña. Ve al bosque por ella.

Emelia les respondió desde lo alto del horno:

—¿Y para qué estáis vosotras?

—¿Cómo que para qué? ¿Crees que es cosa de mujeres ir por leña al bosque?

—Yo no tengo ganas de ir.

—Pues te quedarás sin regalos.

En fin, Emelia bajó del horno, se calzó, se puso el abrigo, tomó una cuerda y el hacha, salió al patio y se montó en el trineo.

—¡Mujeres —gritó—, abrid el portón!

Las cuñadas le dijeron:

—¿Por qué, tontilón, has montado en el trineo y no has enganchado el caballo?

—No lo necesito —respondió Emelia.

Las cuñadas abrieron el portón, y Emelia dijo muy bajo:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, vamos al bosque, trineo.

El trineo se deslizó tan rápido, que ni el mejor caballo hubiera podido darle alcance.

Para ir al bosque había que cruzar la ciudad, y el trineo atropelló ahí a mucha gente. Los ciudadanos gritaban: «¡Paradle! ¡Detenedle!», pero Emelia no hizo caso de los gritos y al poco llegaba al bosque.

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo —dijo—, corta, hacha, troncos secos, y vosotros, troncos, cargaos en el trineo y ataos vosotros mismos…

El hacha se puso a talar árboles secos, y los leños saltaban al trineo y ellos mismos se sujetaban con la cuerda. Luego, al trineo y ellos mismos se sujetaban con la cuerda. Luego, Emelia ordenó al hacha que le cortara una estaca que apenas pudiese levantar. Hecho todo esto, montó en el trineo y dijo:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, vamos a casa, trineo.

El trineo corrió hacia la casa. Emelia volvió a cruzar la ciudad en la que había atropellado a tanta gente, pero allí estaban ya esperándole. Le hicieron bajar del trineo y se pusieron a prodigarle insultos y golpes.

Viendo que las cosas tomaban mal cariz, Emelia musitó muy bajito:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, mídeles las costillas, estaca.

La estaca saltó del trineo y se puso a descargar golpes a diestro y siniestro. La gente huyó espantada, y Emelia llegó a casa y se tendió en lo alto del horno.

Al cabo de cierto tiempo se enteró el zar de las trastadas que había hecho Emelia y mandó a un oficial que lo encontrara y lo llevara a palacio.

Llegó el oficial a la alda en que vivía Emelia, entró en la casa y dijo:

—¿Eres tú Emelia el tonto?

Emelia respondió desde lo alto del horno:

—¿Qué quieres de mí?

—Ponte en seguida el abrigo, que tengo que llevarte a presencia del zar.

—No tengo ganas de ir.

El oficial montó en cólera y propinó a Emelia una bofetada. Emelia dijo para su capote:

—Porque así lo manda l sollo y así lo quiero yo, mídele las costillas, estaca.

La estaca se puso a golpear al oficial, que escapó de allí más muerto que vivo.

El zar se asombró de que el oficial no hubiera podido con Emelia y envió a casa del tonto a su más alto dignatario, a quien dijo:

—Trae a palacio al tonto de Emelia o despídete de tu cabeza.

El dignatario compró pasas, ciruelas secas y rosquillas y se dirigió a la aldea. Una vez allí entró en casa de Emelia y preguntó a las cuñadas qué era lo que más le gustaba al tonto.

—Si se le trata con cariño y se le promete un caftán rojo, hace todo lo que se le pide —respondieron las mujeres.

El dignatario agasajó a Emelia con pasas, ciruelas secas y rosquillas y le dijo:

—¿Qué haces tumbado en el horno, Emelia? Vamos a ver al zar.

—Me encuentro muy a gusto aquí…

—Escucha, Emelia, en palacio te tratarán a cuerpo de rey, comerás y beberás lo que quieras. ¡Ea, vamos!…

—No tengo ganas de ir.

—Emelia, el zar te regalará un caftán rojo, un gorro y unas botas nuevas.

Emelia lo pensó y dijo:

—Está bien; ve, que ya te daré alcance.

El dignatario se marchó, y Emelia siguió tumbado y al cabo de un rato dijo:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, vamos, horno, a ver al zar.

Los ángulos de la isba crujieron, el tejado osciló, una de las paredes se vino abajo, y el horno corrió por la calle en dirección al palacio del zar.

El soberano estaba mirando por la ventana y quedó maravillado.

—¿Qué prodigio es este? exclamó.

El dignatario le dijo:

—Es Emelia, que viene a verte montado en su horno.

El zar salió a la puerta de palacio y dijo al tonto:

—Tengo muchas quejas de ti, Emelia. Has atropellado a un montón de gente.

—¿Por qué no se apartaron al ver el trineo?

En aquellos instantes, la princesa María, la hija del zar, estaba mirando por la ventana. Emelia la vio y dijo para su capote:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, que se enamore de mí la hija del zar…

Luego, añadió:

—¡Ea, horno, vámonos a casa!

El horno dio la vuelta, corrió a la casa, se metió en ella y se detuvo donde estaba antes. Emelia seguía tumbado en lo alto.

Mientras, en palacio todo eran gritos y lágrimas. La princesita María echaba de menos a Emelia, no podía vivir sin él y pedía a su padre que la casara con el tonto. El zar, entristecido, dijo a su dignatario:

—Si no traes a Emelia vivo o muerto, puedes despedirte de tu cabeza.

Compró el dignatario vinos dulces y delicados manjares y se fue en busca de Emelia. Entró en la isba y se puso a agasajar al tonto.

Emelia bebió y comió por tres, pero el vino se le subió a la cabeza, y se tendió en el horno. El dignatario aprovechó la ocasión, lo llevó a su carreta y se dirigió con él a palacio.

El zar ordenó inmediatamente que le trajeran un barril con aros de hierro. Metieron en él a Emelia y la princesita María, lo calafatearon y lo arrojaron al mar.

Al cabo de un tiempo, Emelia se despertó y vio que lo rodeaba una oscuridad impenetrable.

—¿Dónde estoy? —preguntó.

Le respondió una voz:

—¡Qué desesperación, Emelia! Nos metieron en un barril y nos arrojaron al mar azul.

—¿Quién eres? —inquirió el tonto.

—Soy la princesita María —dijo la voz.

Emelia musitó:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, sacad el barril a la seca orilla, a la arena amarilla, vientos desatados.

Soplaron con fuerza los vientos. El mar se agitó y arrojó el barril a la seca orilla, a la arena amarilla. Emelia y la princesita María salieron de su prisión.

—¿Dónde vamos a vivir, Emelia? —dijo la princesita—. Haz una choza, por mala que sea.

—No tengo ganas.

Como la princesita insistiera, Emelia dijo:

—Porque así lo manda el sollo y así lo quiero yo, que aparezca un palacio de piedra con el tejado de oro.

Apenas Emelia hubo dicho estas palabras, cuando apareció un palacio de piedra con tejado de oro. En torno se extendía un verde jardín esmaltado de flores, en el que cantaban armoniosos los pajaritos. La princesita María y Emelia entraron en el palacio y se sentaron a la ventana.

—Emelia —dijo la princesita—, ¿no puedes convertirte en un apuesto galán?

Emelia, sin pensarlo más, musitó:

—Porque así lo manda el sollo y porque así lo quiero yo, seré de hoy en adelante un apuesto galán.

Emelia adquirió al instante un aspecto tan arrogante y apuesto, que ni en los cuentos podía encontrarse un mozo tan agraciado.

Quiso el azar que saliera de caza el monarca y viera aquel palacio donde antes no había edificio alguno.

—¿Quién ha osado construir un palacio en mis tierras sin pedirme permiso? —exclamó indignado el zar, y envió a sus criados a enterarse de quién vivía allí.

Los criados llegaron al pie de la ventana y preguntaron.

Emelia respondió:

—Decidle al zar que venga a visitarme y yo mismo se lo diré.

El zar entró en el palacio. Emelia le recibió y le hizo sentarse a la mesa. Dio comienzo el festín. El zar comía y bebía y preguntaba maravillado.

—¿Quién eres, galán?

—Te acuerdas del tonto Emelia, que fue a verte montado en su horno y lo hiciste meter, junto con tu hija, en un barril que arrojaron al mar. Pues yo soy ese mismo Emelia. Si me viene en gana, puedo incendiar tu reino y arrasarlo.

El zar se llevó un susto de muerte e imploró perdón, diciendo:

—¡Cásate con mi hija, Emelia, y toma mi reino, pero no me mates!

En fin, dieron un festín fabuloso, y Emelia se casó con la princesita y se puso a gobernar el reino.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Rusia


¿Querés más?




rusos


Fuentes:http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/afanasi/ana.htm
http://www.osiazul.com.mx/seccion/ruso-index.html
http://es.wikipedia.org/wiki/Aleksandr_Afanásiev


Hermosos cuentos rusos


EDIT


Acá van 2 cuentos más que una user4 con la mejor onda que he visto en T! me hizo llegar.Se trata de Shanny_psi, cuyos post recomiendo muy, pero muy especialmente.Una GROSSA!!!

cuentos
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Rusia
rusos
Hermosos cuentos rusos

PEGATE UN COMENTARIOSKY!!!!

43 comentarios - Hermosos cuentos rusos

loly89
a la noche voy a leer alguno!!
buEN aPORTE!! +3
jetraid
Pense que iba a contar el de Caperuciten
atb2007
Buen post.

Saludos
abramov
gro-si-si-mo tincho!!!!
la literatura rusa es sublime, solo que a veces faltan buenos traductores, pero es para volarse la sabiola
salen mi diego para vos
manuel1501
lei "el pajero de fugo"
gachif
PEGATE UN COMENTARIOSKY!!!!


Cualquierosky
Che, hay uno de una niña que tiene que cuidar al hermanito y no me acuerdo que mas pasa, lo lei hace mucho.
En mi cabeza suenan las palabras: manzano, centeno o pan de centeno, horno, bruja (por supuesto) y creo q en algun momento los niños se trasladaban volando creo que en algún tipo de pájaro.
Bueno no son muchos datos pero conservo la esperanza.
La_Mini_Van
a ver si leo alguno, tengo algunos de ciencia ficcion rusos que son buenisimos
karitoo79
TINCHOVSKY alto post t mandaste,
lo guardo en favs y cuando este tranki me los leo todos.

Te dejo mis 10+ d hoy x el laburo.

Bso!
erasethegrey93
lo que también tiene de bueno los rusos son sus páginas web, me bajo todos los cds
excelente laburo !!
blanconegro
karitoo79 dijo:TINCHOVSKY alto post t mandaste, lo guardo en favs y cuando este tranki me los leo todos. Te dejo mis 10+ d hoy x el laburo. Bso!

Y mis + 10 también!
brunomaster
cuentos

El sapo tiene un flechaso en la cabeza o me parece?
king69
yo también volaba con algunos de estos de pendejo, tengo todavía un libro con varios, te dejo puntos por la nostalgia que me trajo
ElhijodeChuckNorris
tinchotuerto1978 dijo:
ElhijodeChuckNorris dijo:Selente lo suyo don tuerto!


Gracias tocayo!!!Tengo que llamarte, he pasado a full, pero en estos días paso saludar.Feliz año vieja!!!



No problem! te dejo los 10 del día acá, no sin antes decirte muy feliz año nuevo! que pases muy bien junto a la familia!

salutes
Shanny_psi
king69 dijo:yo también volaba con algunos de estos de pendejo, tengo todavía un libro con varios, te dejo puntos por la nostalgia que me trajo


Tal cual, mis 10 de hoy son para vos!! Y eso que soy descendiente de rusos ni nada, solo que mi abuela me regalo un librito cuando era chica, y me encantaban esos cuentos!! En especial, el de Basilisa. Y habia uno que creo que no esta, de una chica que hacia rodar la manzana por una bandeja de plata, y veia cosas asi.....

gachif dijo:
PEGATE UN COMENTARIOSKY!!!!
Cualquierosky Che, hay uno de una niña que tiene que cuidar al hermanito y no me acuerdo que mas pasa, lo lei hace mucho. En mi cabeza suenan las palabras: manzano, centeno o pan de centeno, horno, bruja (por supuesto) y creo q en algun momento los niños se trasladaban volando creo que en algún tipo de pájaro. Bueno no son muchos datos pero conservo la esperanza.


Sabes que cuando lei tu comentario, me fui a mi biblio a buscarlo, porque estaba segurisima que lo conocia, y ahi estaba,jaja! Me parece que es este: "La niña y el horno, el manzano y el rio" Fijate!!!Saludos!!!
Shanny_psi
tinchotuerto1978 dijo:Gracias Shanny_psi!!!Esos no los tengo, si me los mandás escaneados juro que los transcribo.Feliz 2010!!


Dale! Despues te mando MP asi los escaneo y vemos como te los mando...feliz 2010 para vos tambien!
Jocas
los voy a leer, gracias.