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diez sombras en la noche.

saludos otra vez taringueros aca les dejo dos historias de terror que saque del libro diez sombras en la noche.
ojala les guste.(para optimizar la experiencia de la lectura se recomienda leerlo solo y de noche)si se animan.

Edición: Bubok Publishing S.L.
Esta obra está protegida por copyright. Cualquier difusión de la
misma (sea parcial o completa), salvo con fines lucrativos, será
permitida siempre que se acredite a su autor original. Número de
registro: V-1692-09

Breve Prólogo: EL MIEDO

El miedo. Lo sientes en los momentos más inesperados... surge
de tu psique, te atrapa, te absorbe, te infecta.
En los momentos de soledad, acechando en la oscuridad, te
acompaña. Figuras de otro mundo que surgen de tu mente sin
motivo aparente. Temores sin fundamento que te inundan el
pensamiento.
El nido de la demencia, la causa de la violencia, te atrapa, te
absorbe, te infecta como un virus que sólo vive dentro de tu
cabeza.
Es el miedo.
Te acompaña.
Te sigue.
Te perturba.
Te inunda.
Te mata.
Iván de los Ángeles Company, 2004 (adaptación)

I – El Individuo

diez sombras en la noche.
simplemente aparecio.

Todavía tiemblo al recordarlo. Fue el hecho que marcó mi
vida, aunque, ¿quién se atrevería a considerar un verdadero
hecho, a algo así? Ni siquiera mi propia mente podía, hasta que
ahora, por fin, me he habituado a mi desgracia. Finalmente, he
asumido que el poco tiempo que me queda de vida está marcado
por el terror y la confusión, y he decidido escribir estas líneas.
Sirvan éstas de fiel testimonio a lo ocurrido en mis últimos tiempos;
dejaré que el papel cuente lo que yo nunca me atreví a contar.
Yo era un buen hombre. Al menos, eso es lo que creo... nunca
tuve problemas serios con nadie. Era soltero, un feliz solterón
disfrutando de su primer trabajo y con el privilegio de poseer la
casa que anteriormente perteneció a mis padres. Unos cien metros
cuadrados para mí solo (dos plantas), lo cual era una maravilla
teniendo en cuenta el alto precio de la vivienda. Mi vida no
podía ir mejor, y lo único que echaba en falta en mi existencia
era encontrar el cariño de una mujer... Ah, ¡qué lejano veo ahora
todo esto!
Más de veinte años bajo los muros de esa casa, y nunca me
había ocurrido algo así. Nunca. De hecho, no había mayor escéptico
que yo en el mundo. Recuerdo que cuando era pequeño y
miraba con mi familia una película de terror, gustaba de gastarle
bromas pesadas a mi madre luego, antes de acostarnos. Nunca
fui un miedoso, y nunca creí en fantasmas así como en seres de
otros mundos, reencarnación, cielo o infierno. Repudiaba tanto
la religión como el tarot, o las ciencias ocultas.
¿Acaso es este horror un escarmiento a mi escepticismo?
¿Una macabra forma que tiene dios de castigarme? ¿Acaso ese...
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ser, me atormenta por pecados que cometí en alguna vida
anterior, o por puro placer? Supongo que nunca lo sabré. Lo
único de lo que tengo certeza es de que aquella fría noche de finales
de noviembre, yendo tarde a la cama después de ver una
buena película de aventuras, ocurrió.
No encendí la luz de las escaleras, como siempre hago. Considero
una pérdida de energía iluminar un camino que ya he realizado
miles de veces en mi vida: subir quince escalones, girar a
la izquierda, subir diez escalones. Es una escalera en la que te
flanquean dos gruesos muros en todo momento, con una pequeña
ventana translúcida en su segundo tramo, y subirla con
seguridad era tan fácil como el andar mismo. Hoy en día, eso sí,
no dejo de preguntarme si algo hubiera cambiado si la sagrada
luminosidad me hubiera arropado en mi camino hacia arriba...
Subí los primeros quince, giré hacia mi izquierda, y mecánicamente
empecé a subir los otros diez. No llevaba ni tres cuando
lo vi: alguien empezaba a abrir la puerta del cuarto de baño de
arriba, situado justo al frente del fin de aquellas oscuras escaleras.
No podría decir muy bien cual fue el primer pensamiento
que me asaltó, pero sí tenía algo muy claro: no había absolutamente
nadie en mi casa. Estaba solo. Mi siguiente pensamiento
fue ¿qué haría un ladrón en un cuarto de baño? Instantes más
tarde, al ver asomar aquella mano, supe que aquello simplemente
no podía ser normal.
Aquella mano, blanca y huesuda, desafiaba los límites de lo
grotesco. Como si de un muerto saliendo de su ataúd se tratara,
quienquiera que fuera su dueño fue arrastrando su brazo hacia
afuera poco a poco, abriendo suavemente el hueco de la puerta a
su paso. En la negrura reinante, apenas nada se hubiera descubierto
bajo la tenue luz de la noche sin luna si no fuera por la
extrema blancura que emanaba aquella extremidad, aquel trozo
de lo que parecía ser carne putrefacta en el umbral de su descomposición.
Conforme fue asomando más el cuerpo del macabro
individuo, pequeñas marcas de lo que parecían ser quemaduras
fueron percibiéndose en aquel pútrido brazo de inframundo,
cuyos repugnantes rasgos sólo se podían intuir en la
débil penumbra contra la que luchaba la pequeña ventana
circular de la escalera. Yo estaba totalmente paralizado, absolutamente
indefenso ante el terrorífico espectáculo que mis inocentes
sentidos estaban captando.
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Y de repente, tras dejar este engendro al descubierto medio
torso sin pausa pero sin prisa, asomó la cabeza. Y lo hizo de la
forma más retorcida que uno pudiera imaginarse... porque
aquello, además de tratarse de un ser de apariencia demoníaca,
se revolvía con movimientos antinaturales, lentos, serpentinos,
inimaginables en un ser humano. Me es imposible relatar con
toda exactitud la forma macabra en que su horrible cráneo se
mostró, casi horizontal, mirándome con una expresión que no
olvidaré jamás. Su cuerpo deforme, torcido en una posición imposible,
bombardeaba mi concepción del mundo a cada instante
que pasaba, y sentía que el corazón me iba a estallar. Aquella
cara malévola, la pura imagen del terror, me miraba fijamente
con el par de vidriosos puntos negros que, supuestamente, eran
los ojos. Su aspecto facial era la máxima expresión de la
inmovilidad, una faz cadavérica y viva al mismo tiempo... viviendo
con el único objetivo de atormentar mi existencia.
Aquel individuo pareció detener al fin su lento y escalofriante
movimiento, clavando en mi su espantosa mirada. No llegaba a
ver sus piernas o su pubis; sólo parte del torso asomaba desde
detrás de la puerta, con el brazo derecho colgando descuidadamente
como si de un péndulo detenido se tratara. Cuando el
tambaleo corporal de aquel ser infernal cesó por completo, y yo
sentí tranquilizarme levemente (todo lo que se podría llegar a
tranquilizar alguien que mira a los ojos a lo paranormal), fue
cuando me sentí consciente, de nuevo, de mi propio organismo.
No me hizo falta pensar nada, sin embargo: mi primera reacción
fue correr, volver como un poseso hacia el primer piso de forma
que incluso me caí por las escaleras y me hice un considerable
esguince en el pie derecho. En su momento ni me di cuenta,
pues bastante trabajo tenía escapando de aquel horror como
para fijarme en una menudencia como aquella.
Aquella noche dormí en el salón. Sin pensarlo dos veces, arrimé
la mesa a un rincón, y usé mis dos sillones con tal de crear
una barricada infranqueable que me protegiera de cualquier peligro,
mientras intentaba conciliar el sueño acurrucado y temblando
de miedo allí debajo. Creo que no fue hasta el amanecer que
logré dormir, pues tras un par de horas de tensión ahí metido,
intentando digerir a duras penas la monstruosidad que acababa
de presenciar, empecé a escucharlo. El sonido que, desde ese
día, me atormentaría en mis pesadillas noche tras noche.
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Era el fuerte sonido de un soplete en funcionamiento. Y también
era alguien gritando. Normalmente uno en el mundo real,
normal, discriminaría entre estos dos sonidos con facilidad. Pero
la calamidad que mis deshechos sentidos captaron aquella noche
desafiaba todos los límites de lo natural: eran dos terribles
sensaciones auditivas captadas como un único sonido. Un único
y enloquecedor sonido.
Y lo peor era, es, que no lo escucho procedente del exterior,
sino de dentro mismo de mi cabeza.
Cuando desperté, quise creer que todo había sido un mal
sueño. Cautelosamente, retiré con algo de esfuerzo uno de los sillones
que servía de pared a mi estrecho e improvisado refugio.
La luz del Sol irrumpió a borbotones en mi oscurecida retina, y
supuse que era ya mediodía. Con pesar, descubrí que hasta el
más mínimo movimiento de mi pie derecho me causaba un
molesto sufrimiento.
Observé con una mirada rápida y asustada los alrededores
del iluminadísimo salón de mi casa (con la cocina integrada) y no
pude evitar sentir un gran alivio. No es que creyera que la horrible
experiencia vivida anoche fuera una simple alucinación sugestiva,
o un mal sueño. Pero intentaba hacerlo, y casi lo conseguí.
Casi. Porque, atónito, me fijé en que aquel rostro infernal me
estaba mirando en silencio desde dentro del mismísimo horno de
mi cocina. Estupefacto, permanecí más de cinco minutos aún en
el suelo, con mi temblorosa mirada fija en el cadavérico rostro de
aquel ser a través de la pequeña ventana transparente. Si ya era
imposible que aquello hubiera entrado en mi casa, si ya era
imposible que emitiera aquel desgarrador sonido de ultratumba,
aún lo era más el hecho de meter su cabeza ahí dentro y seguir
mirándome, atento pero inerte, con una tensa inmovilidad que
me congelaba la sangre.
Me debatí entre volver a mi pésimo refugio con el rabo entre
las piernas, intentar escapar a trompicones de mi casa, o enfrentarme
a aquel engendro antinatural de alguna forma. Finalmente,
levemente habituado al horror de aquella mirada, decidí ser
valiente y coger la escoba que siempre mantengo en el pequeño
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armario de los trastos, muy cerca de mi posición. Armado con
ella y con nervios de acero, me acerqué poco a poco a la zona de
la cocina... eran sólo dos metros, pero el terror me hizo percibir
aquella distancia como gigantesca a medida que me iba aproximando
lenta y torpemente, arrastrándome por el suelo. Posteriormente,
no me atreví a acercarme a menos de un metro del
horno. Aquella cosa, antes observada de lejos, horrorizaba incluso
más viéndola desde tan cerca. Evité como pude tener que
dirigir mi vista hacia aquella grotesca cabeza sin cuerpo y,
armado de valor, usé mi escoba para girar el termostato del
pirolítico, y ponerlo a doscientos ochenta grados. Al conseguir
realizar mi hazaña, me levanté como pude y me retiré de allí
cojeando lo más rápido que mi cuerpo me permitía. Pronto me
cuestioné si realmente había hecho lo correcto, pues el tenebroso
sonido híbrido que tanto me atormentó anoche volvió a resonar
en mi cabeza como el traqueteo de un martillo hidráulico.
No dudé un segundo en ir a abrir la puerta de mi casa y huir
de allí. Contra toda expectativa, el atormentador sonido del horrible
grito fusionado con fuego de un soplete era cada vez más
potente en mi cabeza, como si me estuviera acercando a aquel
individuo en vez de alejándome. Creí enloquecer.
Sin acordarme siquiera de mi doloroso esguince, pulsé el
botón de apertura del garaje y me saqué las llaves del coche del
bolsillo de mi pantalón. A los pocos segundos, ya me encontraba
en el asiento del conductor y desafiando los límites de mi maltrecho
cuerpo al apretar el acelerador del vehículo con mi pie herido.
El sonido era cada vez más fuerte, más insoportable, y me
impedía pensar en otra cosa que no fuera en quitármelo de mis
sentidos, extirparlo de mi ser como fuera. Aceleré rápidamente y
salí hacia la carretera nacional tan rápido como pude, sin ni
siquiera cerrar la puerta del garaje tras de mi.
No me atrevería a aventurar la cantidad de kilómetros que
recorrí enloquecido, adelantando temerariamente a todos con mi
flamante Audi gris. El sonido se mantenía constante, eso era la
único que sabía. Al poco rato, mis sentidos me alertaron al notar
cómo un coche de policía me perseguía, pero lo peor fue cuando,
mirando por el retrovisor trasero, volví a verme cara a cara con
mi pesadilla.
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Allí estaba aquel individuo, en el asiento central trasero de
mi propio coche. Tan inmóvil, mortecino, amenazante y terrorífico
como hacía sólo unos minutos, pero con dos detalles que
provocaron que mis esfínteres olvidaran su función allí mismo,
provocando que me orinara en los pantalones como un niño.
Su cara, antes blanca como la pared, ahora estaba abrasada.
Su boca, tan cerrada como siempre, emitía, a pesar de ello, el
chillido que me hacía perder el juicio.
El coche se salió de la carretera. Perdí el conocimiento. Me
desperté por la noche en un hospital, con el cuerpo totalmente
inmovilizado...
Y aquel individuo, observándome. Su cuerpo desnudo y esquelético
se inclinaba hacia abajo, hacia mi... mi cara. Fue lo
primero que vi tras abrir los ojos de nuevo. Su rostro, libre ahora
de todo signo de quemaduras, estaba fijo en mi a menos de un
palmo de distancia. Esa fue sólo la primera vez, tras la cual me
desmayé inmediatamente.
Quién iba a imaginar que, durante todo el tiempo que permanecería
en aquel hospital, curándome lentamente de mis heridas,
iba a verlo todos, todos los días. Su cara pegada a la mía me
daba la bienvenida cada vez que despertaba de mis tenebrosos
sueños, y el irritante sonido de ultratumba que me atormentaba
en mi cabeza volvía a mí cada noche, provocándome pesadillas
terribles e impidiendo que pudiera dormir bien una sola vez en
toda mi estancia. Mis incesantes gritos irracionales y delirios
nocturnos les sembraban a los médicos y enfermeras contínuas
dudas acerca de mi estado mental, y yo me sentía impotente.
Impotente porque no quería contarles nada. No quería ser un
loco más entre grilletes, no quería salir en esos hipócritas y
morbosos programas de radio acerca de sucesos paranormales...
quería seguir siendo, simplemente, una persona normal. Pero mi
vida no era normal, eso era algo que cada vez asumía con más
resignación. Fuera lo que fuera lo que me estaba ocurriendo,
tenía que haber una solución, y la encontraría por mí mismo.
Cuando vinieron a visitarme mis viejos padres desde la residencia,
se me partió el corazón... por mucho que intentara mantener
la calma, aquel repugnante individuo se me mostró tras
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ellos todo el tiempo que duró su visita. Como intentando volverme
loco, como si quisiera amargar mi existencia, aquel ser se
apareció inmóvil detrás de la posición de mis ancianos y tan queridos
padres impidiéndome centrar mi atención en aquello que
me estaban contando. Por mucho que lo intentara, la expresión
de mi rostro no podía ocultar ni el terror ni la ansiedad del momento.
El sudor me chorreaba por las mejillas. Mis sonrisas eran
asimétricas, falsas, forzadas, nerviosas. Algo que decía que aquel
engendro no iba a hacerle nada a mis padres, pero aún así nada
pudo evitar que los pobres se fueran a casa confusos y dolidos,
con el disgusto de ver una versión de su hijo que nunca deberían
haber observado. Una versión de su hijo que no les hacía caso
cuando hablaban, que no dejaba de temblar y sudar, desviar la
mirada, y responder todo el tiempo con monosílabos. Me odié a
mi mismo. Pasé llorando las tres horas siguientes a la visita,
libre, por una vez, de la tortura de aquel demonio sobre la tierra.
Tras unos días aprendí, a pesar de todo, a ignorar al individuo.
El tormento diario que sufría era el mismo, pero aprendí a
ocultar mis emociones: detener mis gritos y esforzarme en emplear
todos los recursos que me fueran necesarios con tal de que
aquellos malvados médicos no me tomaran por un loco y me
enviaran a la unidad de psiquiatría. Pareció funcionar. Un buen
día, sin embargo, cuando ya estaba casi recuperado, vinieron
mis padres a visitarme de nuevo. Rechacé la visita: el miedo me
podía.
Finalmente me dieron el alta tras una buena temporada, un
periodo de tiempo que ni yo mismo podría delimitar a ciencia
cierta. Puede que fueran seis semanas, o incluso tres; para mi,
que cada día vivía un infierno, aquello podrían haber sido perfectamente
un par de meses. Fueron los días más largos de mi vida,
los más terribles, los peores momentos de mi patética existencia.
Me desvinculé totalmente de mi familia: siempre rechacé sus
visitas; ni siquiera les escribí o contesté al móvil. No quería que
aquel engendro infernal se acercara a ellos, antes daría mi vida.
Volví a mi casa por mi propio pie para establecerme allí de
nuevo, y pronto me di cuenta de que se trataba de un craso
error. Mis tres noches allí fueron terribles, mucho peor aún de lo
que pasé en el hospital. En mi casa no había médicos que me
visitaran, no tenía pacientes al lado haciéndome compañía. En
mi casa, mi única compañía era la de una entidad más allá de la
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realidad humana, un auténtico demonio destinado a hacerme
perder la cabeza en la soledad de aquellas cuatro paredes que
parecían ir cerrándose minuto a minuto como una apisonadora
sobre mí, llevándome a los brazos de la demencia. El hecho de
que aquello que hasta hace poco consideraba mi hogar hubiera
sido casi totalmente desvalijado por ladrones (maldita puerta del
garaje), no ayudaba en nada a mi permanencia allí.
Y así fue como mi existencia cayó en un pozo sin fondo, así
fue como sucumbió mi persona tal como siempre había sido y
me convertí en un mendigo más de mi ciudad, un sin techo con
techo, un alma en pena caminando perdido sobre la tierra. Dejé
de acudir a mi trabajo. Abandoné mi casa. Reuní todos mis
ahorros en metálico, y me dispuse a buscar cobijo entre la gente
durante las veinticuatro horas del día. En mí latía la seca esperanza
de alejar aquel monstruo de mi ser para siempre; aún creía
en la posibilidad de aburrirle, inhibir sus apariciones, que me
dejara vivir en paz. Si convertirme en un triste vagabundo era lo
que buscaba, si disfrutaba viéndome caer en la más baja miseria
imaginable, ya lo había conseguido.
Por unos días, la dicha me inundó al creer haber logrado mi
objetivo. Procuraba buscar siempre la compañía de la gente:
lugares transitados, aglomeraciones, barullo, muchedumbre,
multitud. Pasaba las noches acompañado de otros mendigos
cerca de la entrada de prostíbulos o clubs nocturnos, cualquier
lugar que me permitiera dormir tranquilo sabiendo que aquel engendro
se presentaría únicamente ante mi soledad. Conocí una
felicidad simple, pura, tan insignificante como la de un perro que
entierra un hueso, pero tan verdadera como lo era el ser consciente
de que mi vida, mi cordura, se encontraba de nuevo en
calma y a salvo. Poco importaba mi pésima situación actual, si
por lo menos me había librado de escuchar aquel terrible sonido
enloquecedor o contemplar el pútrido rostro del infame dueño de
mis pesadillas.
Poco duró mi nueva felicidad. Los aún tiernos planes de vida
que se gestaban en mi cabeza de nuevo, cayeron en coma profundo
al sucumbir otra vez ante el terror más puro que pueda
existir en un ser humano: el terror a lo desconocido, lo incontrolable,
el terror a lo que te atormenta sin razón, sin motivo, sin
sentido... al individuo.
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Me desperté a medianoche, con el fuego y el grito sonando
atronadores, después de tanto tiempo, en mi cabeza. Mi mente,
al borde del colapso, se resistía a asimilar de nuevo aquello que
tan rápido quiso olvidar. Mis ojos se abrieron y lo vieron allí, hieráticamente
agachado, con esa mirada muerta que nunca cambió
ni iba a cambiar nunca. Frente a mi.
Me es imposible intentar determinar la cantidad de tiempo
que pasé así, estupefacto, frente hacia esa criatura del infierno,
mirándola como si de aquella aciaga primera vez en la escalera
se tratara.
No era la primera ocasión en que elegía aquel sitio para dormir,
y hasta ese momento no me había pasado nada. Y es que
aquel prostíbulo a las afueras de la ciudad era de los que más
clientes recibía cada noche... incluso entre semana. No podía
pasar ni media hora sin que alguien pasara por mi lado, me
mirara con expresión de lástima o asco, y tal vez me tirara una
moneda. Pero mi gran error, el que dio de nuevo un giro a mi
pavorosa existencia, fue no darme cuenta de que concretamente
esa noche era fin de año. Y nadie se toma las uvas con una puta.
Así empecé yo el año: ajeno a la felicidad de mi gente, mi ciudad,
mis amigos y conocidos. Muchos sabían ya de mi condición,
pero nunca dejé que se me acercaran. En ese momento, sufriendo
horrores que tal vez nadie más en el planeta podría comprender,
me arrepentí por vez primera de mi elección... de sufrir en
silencio mi desdicha, dejarme degradar lentamente por tormentos
sin sentido. Las fronteras entre el egoísmo y la valentía, lo
correcto y lo incorrecto, se desdibujaban en mi cabeza como retazos
de un cuadro abstracto surrealista.
Entonces fue cuando todo cambió. La inmovilidad de mi horror
se rompió al percibir un grito detrás de mi, uno humano, femenino,
natural, captado por mi sistema auditivo de forma tan
clara como el agua.
De la puerta trasera del club de alterne salió una prostituta
de color. Cuando me giré para verla observé su rostro descompuesto,
lleno de pavor, su boca ampliamente abierta profiriendo
gritos de pánico, su mirada fija en algo frente a mi. Su mirada
fija en el individuo.
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Aquello destruyó mis esquemas mentales, y creó otros nuevos
a velocidad de vértigo. Ya no era el único que había visto al
individuo... por vez primera, supe con certeza que no estaba
loco. Alguien más había contemplado a aquel monstruo, eso era
seguro. Al fin había otra persona en el mundo que compartiera
mi experiencia, mitigara mi miedo, calmara mi soledad. Al fin
tenía un testigo, al fin podía lograr desahogarme, liberar la pesada
carga que arrastraba sobre mi, alguien con quien apoyarme y
relatar tan oscura realidad al resto del mundo.
Lo que después se sucedió ocurrió tan rápido que apenas
puedo evocar bien los detalles. Mi gozo estalló dentro de mi,
olvidé por completo al individuo y pude ignorar por completo el
sonido en mi cabeza: sólo pensé en aferrarme a aquella mujer, ir
con ella, no perder de vista lo que en aquellos momentos era mi
tesoro más preciado en el mundo, la luz de mi túnel de nauseabunda
desgracia, mi ángel salvador. Corrí hacia ella con un ansia
incontrolable. La pobre chica, asustada, echó a correr hacia
el enorme huerto de naranjos de las cercanías que rodeaba la
ciudad. Mi mente estaba demasiado drogada de emoción como
para ser lúcida, y no era consciente de que probablemente aquella
prostituta empezaba a temerme a mí casi tanto como a la
horrorosa visión paranormal que había tenido la desgracia de
observar. Corrimos, corrimos y corrimos. Mi cuerpo, antes esbelto
y atlético, estaba algo corroído por el hambre, la ausencia de
higiene y las incidencias del clima, pero aún así no tardé mucho
en alcanzar a la mujer. La tumbé violentamente al suelo en carrera
sin querer, y me puse a hablarle impulsivamente sobre
aquello que había visto, preguntando, gritándole como un subnormal,
entre la felicidad y la demencia, preguntas que la mente
de la prostituta tal vez no era capaz aún de entender.
Aquella pobre chica debió estar aterrorizada... y no la culpo.
Antes de que me diera cuenta, se sacó desesperadamente una
navaja del bolso. Antes de que me diera cuenta, me encontraba
forcejeando con ella, y clavándole su propia arma en el cuello por
accidente.
Antes de que me diera cuenta, su proxeneta nos descubrió,
llamó a la policía y fui arrestado por homicidio en primer grado.
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Y aquí me encuentro yo ahora: en prisión preventiva, a la
espera de mi triste juicio. Mi celda temporal es grande y fría, y
pronto se convertirá en mi lecho de muerte. Bendito sea el carcelero
que accedió a permitirme escribir estas líneas, pues en estos
momentos son mi único consuelo. El sonido en mi cabeza resuena
creciente, con más fuerza que nunca, luchando contra la profunda
habituación que he desarrollado con el paso del tiempo.
Ahora ya todo me da igual, y el pequeño pero largo y poderoso
cordón de mis botas de montaña será mi pasaporte a una ansiada
tranquilidad.
Miro, cauteloso, encima de mí. Hay una luz, una triste bombilla
surgiendo del techo desde dentro de una sencilla lámpara
metálica que creo que puede aguantar perfectamente mi raquítico
peso. He de actuar rápido, antes de que mi propio cerebro estalle
en pedazos a causa del insoportable volumen que va cobrando
ese infernal híbrido entre fuego y grito, antes de que me
vea conducido a la locura sin poder hacer nada por evitarlo,
sufriendo una cruel muerte cerebral por sobreestimulación auditiva
que ningún científico podrá explicarse jamás.
Sirvan estas líneas también de depositarias de mi última voluntad:
donar mi cuerpo a la ciencia. Soy consciente de que lo
me ocurrió en mis últimos tiempos de vida va contra cualquier
explicación lógica, es antinatural, irreal. Pero aún conservo la esperanza
de que todo sea una alucinación, un sueño sin salida,
algo que, aunque sea después de mi muerte, podrá purgarse de
mi sufrida carcasa de carne y hueso.
Oh dios... no sé qué diablos pretendo. En estos momentos
hubiera dado lo que fuera por no haber visto nunca a aquella
testigo de mi tormento. Ella fue también la prueba de que eso
es... real, es real de alguna forma, es una entidad existente en
un tiempo y un espacio. Y eso no me ayuda a morir tranquilo.
Oh, dios... tengo miedo. Mucho miedo. Papá, mamá, lo siento, lo
siento mucho.
Lo siento, lo siento, individuo. Siento todo el mal que pude
hacerte en otra vida, siento lo que sea que te haya hecho perseguirme
hasta el fin de mi existencia, siento el sufrimiento que
probablemente sentiste un lejano día, y siento no poder hacer
nada por mitigarlo. Ahora, totalmente abatido y resignado, poco
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me importa el odio, la rabia, el rencor. Sólo te pido una cosa,
individuo: no le hagas nada a mis seres queridos. Por favor.
Algo me dice que pronto acudirás, que vendrás a mirarme fijamente
a los ojos después de que ate mi cordón hecho soga a la
lámpara, me lo pase a con esfuerzo alrededor del cuello, deje caer
con parsimonia la única silla que aguantará mi peso. Algo me
dice, con absoluta certeza, que querrás estar ahí delante en el
mismo momento de mi muerte, que tu sonido me acompañará a
la tumba causándome dolores más allá de la percepción. Ya que
me he tenido que resignar a una vida cuyo final escapa totalmente
de mi control, sólo le puedo pedir una cosa a la muerte:
que me permita descansar en paz.
Firmado: Julián González Moreno, aquel
que se vio consumido por lo paranormal

II – La Sala de Cine
cuentos
relato ganador del segundo puesto en el concurso de relato fantastico "quimera''.

Todos, seamos más o menos escépticos, lo sabemos, y ciertamente,
no debería pillarnos por sorpresa el hecho de que existan
ciertos lugares… especiales. Lugares siniestros, “malditos”, dirían
algunos; lugares escalofriantes que tienden a ser abandonados
y, más tarde, evitados por la gente. Casi siempre son sitios
en que la muerte ha estado históricamente muy presente, o en
que alguna vez se cometieron terribles atrocidades.
No me iré por las ramas, querido lector. Lo que pretendo es
explicarte la historia de uno de esos lugares, uno sin duda muy
especial. Situado a las afueras de un pequeño pueblo de Madrid,
inicialmente fue un rico caserón donde se alojaba una familia
noble, o eso dicen algunos. El tiempo y la connotación negativa
del horror que allí se vivió hace ya cientos de años, borraron por
completo de la memoria colectiva los sucesos que allí ocurrieron.
Siendo considerada sólo “una casa encantada más”, un avispado
empresario no dudó en adquirir el terreno por módico precio, y
reformar por completo el viejo caserón con tal de convertirlo en
un entrañable y modesto cine, a finales de los años sesenta: tres
salas en que se proyectarían las más exitosas películas unos meses
después de su estreno “en los mejores cines”, así como clásicos
inmortales.
Naturalmente, los escasos mil habitantes de aquel pequeño y
aislado pueblo se volvieron locos con la idea y las primeras semanas
llenaron casi todas las butacas. Pero, poco a poco, la población
comenzó a acostumbrarse, habituarse, en muchos casos
incluso a cansarse… hasta que por primera vez alguien entró a
una sala del cine sin compañía alguna, ya en 1971.
Se trataba de Juan, un universitario que pasaba los fines de
semana en la localidad haciendo compañía a su pobre y solitaria
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madre. Por aquellas fechas eran fiestas del pueblo, y nadie se
acordaba ya del cine excepto él; ya que no conocía a nadie de su
edad por allí, prefería evadirse de todo viendo una buena película.
El chico, una vez en taquilla, sonrió en respuesta a la cara de
asombro que puso el dueño del cine nada más lo vio. Juan ya se
esperaba ser uno de los únicos “locos” que renegaba de la gran
fiesta que se estaba montando esa noche en el pueblo con verbena,
cenas populares y mucho alcohol.
-Deme una entrada para ______.
-Oh, así que ______. una gran película, si señor. ¿Vas solo?
-Así es. De todas formas, aquí no conozco a mucha gente.
-Bueno, aquí tienes muchacho, son ___ pesetas. Disfruta de la
película.
Juan pagó, cogió su entrada y entró al cine. Había tres puertas,
cada una con un número. Entró a la 3. La sala aún estaba
oscura, ya que faltaban como diez minutos para el comienzo de
la proyección. Sin pensárselo mucho, El joven eligió una de las
primeras filas y se acomodó en uno de los asientos. De repente,
escuchó el sonido de la puerta al abrirse. Se giró y comprobó con
sorpresa que estaba totalmente abierta, pese a que él mismo la
cerró después de entrar. Lo encontró muy extraño, pero no le dio
mucha importancia y se volvió hacia la pantalla, que ya comenzaba
a proyectar la película. Mientras pasaban los créditos iniciales,
Juan volvió a oír la puerta de la sala. Se giró y lo que vio
le inquietó profundamente. Alcanzó a distinguir la silueta de una
niña pequeña, como de cinco años, entrando a la sala y cerrando
la puerta tras de sí. Lo que le impactó es que no distinguió ninguno
de los rasgos de la niña, es más, su silueta era incluso más
oscura que las paredes de la sala. Juan, aterrorizado, se volvió
otra vez hacia la pantalla, cerró los ojos, respiró hondo, y se levantó
de su asiento para inspeccionar más detenidamente el lugar.
No, definitivamente no había nadie allí aparte de él mismo.
Ya más aliviado, se concentró en seguir el interesante argumento
de aquel film de aventuras.
Una hora más tarde, Juan ya se había olvidado de la inquietante
niña y disfrutaba con la proyección. Pero, de repente, casi
le da un ataque al corazón: una mano le rozó su brazo izquierdo,
una mano pequeña, sin duda infantil. Había alguien sentado a
su lado. Juan quedó paralizado; sin poder mover ningún músculo
y no atreviéndose a averiguar quién estaba allí, se limitó a mirar
la película pero incapaz de concentrarse en ella. En cierto
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momento cercano al final del film donde no había música ni diálogos,
Juan escuchó una respiración a su lado. Una respiración
fuerte, agitada, casi diabólica, que no se correspondía de ninguna
forma con la de una niña. Sin poder aguantar más, el universitario
giró bruscamente la cabeza hacia su izquierda esperando
ver qué era aquello, aquella presencia que tanto le intrigaba.
Fuera, el taquillero se tomaba una cerveza tranquilamente
mientras escuchaba la radio. De repente, le pareció haber oído
un grito, un alarido horrible, infernal, inhumano, que le puso la
piel de gallina. Alarmado, cogió su linterna y fue corriendo a la
sala 3. Con el potente haz de su foco, inspeccionó cada rincón de
la sala mientras llamaba al que fue su único cliente aquella sesión.
Comenzaron a aparecer los créditos finales de la película, y
el taquillero no logró encontrar nada.
Juan fue buscado por la policía durante dos semanas sin
éxito alguno. El taquillero y propietario del cine, temeroso a quedarse
sin clientes o ser acusado de asesino, declaró que la última
vez que vio al joven fue cuando se marchaba hacia casa. Lo
que ya no pudo explicar tan bien el taquillero fue cuando, unos
cuantos meses más tarde, ocurrió exactamente el mismo suceso
con un anciano que acudió solitario a ver uno de sus western
favoritos... también en la tercera sala.
Casi dos años más tarde de la segunda desaparición, la gota
que colmó el vaso fue cuando, de nuevo durante fiestas del pueblo,
una pareja joven tuvo la ¿suerte? de disponer de la sala 3
del cine para ellos solos. La chica, que salió al baño en mitad de
la película, declaró a la policía que al volver no vio ni rastro de
su novio. Lo que si que observó, fue una misteriosa y siniestra
chiquilla de negro que se le cruzó en la puerta. No llegó a verle la
cara… y gracias a ello pudo conservar la vida.
El noviembre de 1973, el cine de aquel pequeño pueblo de
Madrid fue definitivamente cerrado, pasando a engordar de nuevo
la lista de lugares malditos, abandonados y rechazados que
hay en el mundo. Su propietario, en un injusto acto de la dudosa
justicia franquista, fue calificado como presunto asesino por la
policía y, más tarde, recluido en un manicomnio cuando el
hombre, al fin, se decidió a contar la extravagante verdad de los
hechos que vivió. Desde aquel momento, el taquillero fue atormentado
noche tras noche en sueños delirantes por cada uno de
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los tres inocentes que desaparecieron sin dejar rastro en la sala
3 de su cine… hasta su muerte. Sin ninguna razón en concreto,
sin ningún motivo más allá de ser el inocente morador de un
sitio que no debió pisar jamás.
Un cine que nunca debió haberse establecido en aquel lugar
maldito. Un cine que, más que traer diversión y felicidad de los
vecinos del pueblo, lo que hizo fue revivir y nutrir una maldición,
potenciar el macabro poder sobrenatural que, algún día, de aquí
a un par de cientos de años tal vez, volverá a alimentarse de escépticas
e ingenuas gentes que profanarán, por insensatez o ignorancia,
sus siniestros metros cuadrados de terreno marcado
por la muerte.

eso es todo por ahora,mas adelante voy a postear los demas x q como el nombre lo dice diez sombras en la noche es un libro que contiene diez historias de terror y seria un post bastante extenso.saludos
proximos cuentos:almas sin ley y El Despertar de Duathotep.

0 comentarios - diez sombras en la noche.