trapecistas climáticos


Agricultores de Costa Rica se vuelven
José Alberto Chacón quita malezas en el terreno donde cultiva frijol, en su pequeña finca de Pacayas, en las laderas del volcán Irazú, en Costa Rica. El cultivo en terrazas le permite controlar las corrientes de agua que erosionarían el suelo.


José Alberto Chacón recorre el sinuoso camino que cruza su pequeña finca en las faldas del volcán Irazú, en Costa Rica. El avance es lento porque el agricultor diseñó un trillo que serpentea el terreno, para evitar que la lluvia lave los nutrientes del suelo.

Así, este agricultor se asegura la producción de frijol, maíz y zanahoria en su parcela de media hectárea que, como la de otros muchos productores de la zona de Pacayas, se ubica en un área escarpada y de pronunciadas pendientes, que facilita la pérdida de las capas fértiles del suelo.

Ante el desafío, Chacón dijo a IPS que se reinventa constantemente con técnicas como el trazado del camino, las terrazas o los muros de contención con sobrantes de cosechas, y se siente un trapecista que salta de una medida a otra para mantener viva su finca familiar.

“Da lástima ver la tierra que se va lavando hacia el río. Uno va a hacerse anciano y el terreno siempre será el mismo, entonces hay que ir buscando cómo hacerlo plano con las gradas para poder trabajarlo hasta que Dios quiera”, afirmó Chacón, de 51 años, casado y con tres hijos.

Uno de ellos lo ayuda con la venta del excedente de su cosecha. Su mujer, Irma Rosa Loaiza, de 50 años, comparte las faenas agrícolas. “Somos un modelo de agricultura familiar. Ella va al mismo terreno, al mismo lotecito a ayudar”, explicó el marido.

La comunidad de Pacayas, a una hora al este de San José, está ubicada en el extremo oriental del fértil valle central costarricense, entre los volcanes Irazú y Turrialba. Tiene una densidad de población superior al promedio nacional, 2.300 milímetros de lluvias por año y pendientes que llegan a 70 por ciento.

Ahora se suma el cambio climático, que ha incrementado las lluvias y el desgaste de los suelos. El Ministerio de Ambiente y Energía calcula que la erosión redujo el producto interno bruto (PIB) agrícola en 7,7 por ciento entre 1970 y 1989.

El Censo Agrícola de 2014 podría mostrar un agravamiento en este país centroamericano de 4,4 millones de habitantes, cuya agricultura pasó de aportar 10,7 del PIB total en 2000 a 8,67 por ciento en 2012, según cifras oficiales.

Chacón, pertrechado con botas negras de hule y sombrero blanco para protegerse del sol, avanza entre las hileras de cultivos. Su terreno tiene una inclinación de 50 por ciento, y entre una grada y otra de maíz hay hasta 20 centímetros, lo suficiente para que el agua no pase de largo hacia el río Pacayas, al fondo del cañón.

Lo suyo es una agricultura de subsistencia, como la del resto de la zona, con parcelas que promedian las 2,5 hectáreas y arañan sus cosechas a la montaña. Si cultivan poco, no comen; si siembran mucho y el suelo se lava, tampoco consiguen sustento.


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Los agricultores de Pacayas trazan las líneas de cultivo con cierta inclinación, para que las lluvias no laven sus terrenos.


“Hay que buscar un equilibrio entre sostenibilidad y seguridad alimentaria. No puedo decirles: este terreno no es apto para la agricultura, mejor siembren bosque, porque es lo único que tienen”, explicó a IPS la ingeniera agrónoma Beatriz Solano, asignada a la zona desde hace 17 años por el Ministerio de Agricultura y Ganadería.

Un estudio publicado en 2013 por la revista Environmental Science & Policy describió cómo una “combinación de precipitación extrema, topografía empinada y un cuestionable uso de la tierra ha conducido a una erosión fuerte y al deterioro de los servicios de regulación de suelos” en la zona.

Incluso las familias con terrenos de pendientes suaves han debido aplicar nuevas técnicas. La finca orgánica certificada Guisol es un ejemplo. Sus propietarias, María Solano, de 68 años, y Marta Guillén, de 43, labran en pequeñas parcelas usando cercas vivas para contener la erosión, mostraron a IPS.

No todos los productores de la zona son conscientes de la importancia de estas acciones. Un sondeo realizado en 2010 por un investigador del interamericano Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (Catie), con su sede en este país, evidenció que siete de cada 10 agricultores de Pacayas no utilizaban técnicas de protección de suelos.

Además, la fragmentación en pequeñas parcelas impide que puedan beneficiarse del pago por cobertura boscosa, el sistema preferido por Costa Rica para controlar la erosión.

Los expertos aseguran que las nuevas prácticas de conservación de suelos para la agricultura familiar serán indispensables en Pacayas por los cambios en las precipitaciones.

“Antes era pareja la lluvia de octubre a enero o febrero, con fuerte neblina. Ahora es más inestable, y sin agua la papa no crece y el que sale perdiendo es uno, porque cada vez están más caras las semillas y los abonos”, afirmó a IPS el agricultor Guillermo Quirós, de 68 años, que hace dos debió trazar nuevamente los canales de filtración en su finca.

El investigador Carlos Hidalgo, del Instituto Nacional de Transferencia Tecnológica en Agricultura, concluyó en 2011 un trabajo de investigación y acompañamiento a la gestión de suelos en la zona.

“Es un proceso que tiene que incorporar a todos los actores, incluyendo municipios, productores y centros de investigación”, dijo Hidalgo a IPS en su oficina en San José.

Este esfuerzo multidisciplinario avanza. Cada dos meses se reúne en la Municipalidad de Alvarado, el cantón al que pertenece Pacayas, un grupo integrado por diferentes sectores, que conforma el comité de manejo de suelos en la cuenca del río Birrís. Allí planifican el trabajo del siguiente período.

Este mes, el modesto palacio municipal de Alvarado acogió la primera reunión del 2014. La presidió la gestora ambiental cantonal Gabriela Gómez y siete de los ocho participantes eran mujeres. En Pacayas, ellos dominan la faena agrícola, mientras ellas van adueñándose de la planificación y conservación cantonal.

“Vamos a hablar con el TEC (Instituto Tecnológico de Costa Rica) para hacer un estudio de escorrentía, para poder hacer mejor las zanjas, evitar que se inunden las partes bajas del cantón y disminuir la erosión”, apuntó Gómez a IPS. Ella ha liderado iniciativas ambientales reconocidas en el país.

La situación de Pacayas se enmarca en la cuenca del río Birrís, un complejo hidrográfico que nace en las montañas cercanas al pueblo y que alimenta a plantas hidroeléctricas del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE).

El Instituto gasta cerca de cuatro millones de dólares anuales en limpiar de sedimentos sus represas, también afectadas por la erosión.

Entretanto, Chacón y otros pequeños agricultores siguen trazando curvas de nivel en sus parcelas, para evitar que el agua desnude su tierra.

El impacto es visible fácilmente. Al otro lado del río que colinda con su parcela, la ribera opuesta muestra tonos rojizos de tierra y apenas unos parches verdes ladera abajo. “Ese terreno ya se lavó”, aseguró la agrónoma Solano.