Teoría utilitarista del valor
Teoría utilitarista del valor


Un antecedente ominoso.


Una vieja ocurrencia (anterior a los marginalistas) llegó a postular a la utilidad como fundamento del valor de cambio. Se decía que cuanto más útil era una cosa, tanto más valdría; e inversamente, cuanto menos útil fuera una cosa, entonces menos valor tendría. Con tan fina solución a nuestro problema, ¿para qué ahondar más en la cuestión?

Pues bien, lamentablemente algunos tipos medio contreras se interesaron por estos asuntos tan simples, y con igual sencillez formularon la siguiente objeción: “es indudable que la utilidad del agua es muy grande, a pesar de lo cual, su valor de cambio es generalmente nulo. Asimismo, cosas tan inútiles como un diamante tienen un valor de cambio descomunal. Ergo, no puede ser la utilidad la que determine el valor de cambio de las cosas”. Había que rendirse ante lo evidente, y la utilidad quedó relegada al olvido, mientras los economistas exploraban caminos más fructíferos. Desde William Petty hasta Smith y Ricardo, en la economía política burguesa predominó la idea de que las mercancías se intercambian en proporción a la cantidad de trabajo que tienen incorporado. Esta idea en sus formas primarias no parecía representar ninguna amenaza ideológica para la burguesía, que por el contrario la abrazaba para usarla como arma contra los privilegios feudales. Sin embargo, cuando se extendió el descubrimiento de que la ganancia capitalista no era más que trabajo no remunerado, los buenos burgueses y sus economistas huyeron despavoridos al grito de ¡Mandinga!, como si se les hubiera aparecido el diablo en calzoncillos. A mediados del siglo XIX se había vuelto una tarea urgente encontrar una explicación -defensa- alternativa de la ganancia. Y para eso, ¿qué mejor que un abogado?


Utilidad y escasez

preferencias

Nuestro “caballero de la brillante armadura” tomaría cuerpo en el Dr Menger, de la muy imperial ciudad de Viena (sus discípulos fundarían la escuela austríaca de economía), y el blanco corcel sobre el que iría montado iba a ser, gloriosamente… el baqueteado jamelgo de la utilidad. ¡Pero atención! Esta vez sus pobres huesos vienen cubiertos por un brillante manto que quiere encandilarnos. Este adorno es el “cambio de utilidad en el margen” (Dobb) que es la “pérdida o ganancia de utilidad que provenía de “un poco menos” o “un poco más” de cierta mercancía” (Dobb).  Ciertamente aquí estamos ante algo parcialmente nuevo, pues la vieja crítica a la utilidad ya no se aplica. En efecto, si el precio ya no se considera una función “de una suma de utilidad (lo que evidentemente no podía ser) sino del incremento de utilidad, de la utilidad adicional que ofrecía al consumidor la unidad marginal de una oferta dada” (Dobb), entonces sí se podría explicar que el agua no tenga valor de cambio, puesto que podría argumentarse que habiendo tanta abundancia de “unidades” de agua, una unidad más no podría añadir utilidad alguna. Del mismo modo, el elevado valor de cambio de una piedra preciosa podría atribuirse a su “escasez” relativa.

Es evidente que lo nuevo de esta perspectiva es el relacionar a la utilidad con la “escasez”. Una cosa adquiriría más valor cuanto más útil y más escasa fuera.

Otro supuesto fundamental es el de considerar al intercambio capitalista como a un mero trueque entre dos poseedores de mercancías. Un mercado sería una multitud de “agentes” asociales realizando trueques bilaterales, y el dinero no sería algo esencialmente necesario, sino un mero facilitador. De hecho, sólo en el marco de un trueque podían tener tanto peso las preferencias subjetivas de los participantes, y ésta es otra característica insoslayable de la utilidad marginal: al depender de cuestiones psicológicas, abandona todo intento por encontrar un valor objetivo y absoluto, en pos de un valor subjetivo y siempre relativo. Como puede suponerse, esto cambia radicalmente la problemática a la que intentaba responder la economía política científica (nada menos que cómo se crea la riqueza social y cómo se distribuye), puesto que sin costos reales es imposible pensar en un excedente, ya que no se pueden sumar ni restar “sensaciones”. Sin excedente no hay ganancia objetiva, y ahora la ganancia sería simplemente una “satisfacción” que experimentan los agentes del trueque generalizado.


Puntos flacos de la utilidad marginal


Lo primero que se debe destacar es que, a pesar de los parches, se sigue tratando de “utilidad”, y como tal, de algo cualitativo. La relación entre un valor de uso y el sujeto que lo va a consumir es subjetiva, individual e intransferible, y por lo tanto impide la comparación de “satisfacciones”. Pero esto no es todo. Además de que no se puedan comparar las satisfacciones de distintas personas, tampoco un individuo puede ordenar sus preferencias subjetivas. Uno puede tener una preferencia entre dos bienes, uno puede elegir un chocolate en detrimento de una empanada, si seguimos en el mundo del trueque… pero en cuanto nos situamos en el mercado, con un poder de compra dado y miles de mercancías y de combinaciones alternativas de mercancías, alguien debería sospechar que la cosa cambia. En efecto, “para ordenar sin ambigüedad un mundo de miles y miles de mercancías, o los conjuntos que son combinaciones de ellas, es necesario cuantificar, o sea, precisar cuánto más se prefiere tal combinación a tal otra; de manera que cada combinación debe recibir un número” (de aquí en más las citas son de Astarita).

¿Cómo decidir con un poder de compra dado, si prefiero el conjunto A de 300 mercancías, al grupo B o al C, etc., con combinaciones distintas cada uno? Habría que asignarle una cantidad a cada mercancía, para después poder sumarla con otras cantidades representativas de otras mercancías, y así y sólo así podría decidirse si una combinación de mercancías suma más “utilidades” que otra. Sólo si la utilidad marginal de cada mercancía individual pudiera cuantificarse, podría servir de base para un ordenamiento de estas utilidades y para una comparación. Por esto es que a un marginalista como Jevons le preocupaba tanto elaborar una escala cardinal de utilidades. Su fracaso en este respecto debería haber clausurado el nuevo experimento utilitarista, pero la rama austríaca sigue manteniendo que una escala ordinal de las utilidades basta para determinar los precios, porque nunca salen de la lógica del trueque, camino que los obligaría a hacer cuentas. Luego veremos la “salida” neoclásica a este problema.

Ya vimos en posts anteriores que para determinar el precio, el mero cruce de las curvas de oferta y demanda no bastaba. Se necesita de un factor subyacente y los neoclásicos quisieron encontrarlo en la “utilidad”. Pero para que este factor pueda ser lo que cause el nivel de los precios, tiene que ser obligatoriamente independiente de esos mismos precios y de los ingresos de los consumidores. El factor determinante no puede estar determinado por aquello que pretende determinar… y de este modo los ortodoxos se ven empujados a caer en la concepción de una utilidad abstracta, una escala de utilidades previa y ajena a cualquier condicionamiento social que pudiera modificarla: “cada individuo debe ser capaz de ordenar sus preferencias de consumo con independencia de los precios y de sus ingresos”. Entonces estamos ante agentes con una racionalidad absoluta, sin vinculación con factor social alguno, ni pertenencia social ni influencia de la propaganda, etc.

Esta perspectiva asocial también se refleja en la misma definición de Economía, como “la asignación óptima de bienes escasos entre usos alternativos”, donde la relación se plantea entre escasez  y deseo ilimitado de consumo, “ya que los seres humanos somos concupiscentes por naturaleza”. Entonces “Los precios resultan de la interacción de estos dos polos que, planteados de esta manera, se convierten en fenómenos abstractos, esto es, separados de sus condicionamientos reales (…) en lo que respecta al deseo ilimitado de consumo, hay que decir que éste no existe como fenómeno económico, sino como mera posibilidad vacía, o sea, como lo que Hegel llamaba la “posibilidad formal”, la que deja de lado las condiciones efectivas por medio de las cuales algo se puede realizar. Dicho de otra manera, existe como un sueño, como un resultado de la imaginación. Por ejemplo, yo puedo soñar con realizar cualquier deseo de compra, pero esto es precisamente un sueño, una posibilidad abstracta, irrealizable en las condiciones concretas en las que vivo. Por eso, cuando considero las posibilidades reales de compra, no tomo en cuenta los deseos en abstracto sino los ingresos de que dispongo. Y ésta es la relación económicamente significativa; esto es, la relación que existe entre deseos condicionados por el ingreso y bienes producidos. Pero si mis deseos están condicionados por el ingreso, si el deseo en el aire de las ensoñaciones no tiene significado económico, el fundamento de los precios en “lo psicológico abstracto” no es fundamento. Este es un problema que no puede ser eliminado por más que el teórico neoclásico nos hable luego de las “preferencias reveladas” y de la necesidad de partir de los precios para descubrir las funciones de utilidad.”

También la escasez neoclásica es una abstracción irreal, separada del poder de compra y de la producción real de bienes: “tomada en su totalidad, la demanda de bienes jamás aumenta arbitrariamente, ya que como totalidad está correlacionada con un poder de compra global. Así, la demanda general de mercancías no puede aumentar si no aumenta el ingreso general. Pero para que éste aumente, debe haber un aumento general de la producción, de la cual salen los ingresos, como el propio neoclásico reconoce. Por lo tanto, frente a un aumento general de la producción no puede haber una escasez en general de los bienes. Esto demuestra que la escasez en abstracto, o sea, separada de las condiciones de la producción, no tiene relevancia alguna para el análisis”. Sólo puede haber escasez particular de algún bien que se puede remediar según sea o no reproducible.

demanda


Este carácter tan elemental de las mercancías de ser reproducibles, al tiempo que es ignorado por la teoría utilitarista (al menos la austríaca), es crucial para rechazar la idea de que la curva de oferta debe ser ascendente (es decir, que los precios deberían subir a medida que aumenta la demanda y se venden más unidades). En efecto, si la oferta es ampliable a mediano o corto plazo (se pueden producir más unidades), a costos constantes o decrecientes, entonces la curva de oferta es horizontal o decreciente, y en este caso el cruce de las curvas de oferta y demanda no puede determinar los precios, sino sólo las cantidades que se van a producir. Ante este problema tuvieron que acudir al galope los neoclásicos con el concepto de “costo de producción”, cosa que veremos en el inciso correspondiente.

Otra consecuencia de tener que postular a la utilidad como independiene de los precios es que no se puede admitir que algunos individuos no puedan encontrar demanda para sus productos, ya que en ese caso tendrían que modificar sus opciones de consumo (debido a la ausencia del ingreso esperado), y en este caso, sería el mercado el que determina las elecciones, en lugar de las “utilidades” o las “preferencias” abstractas. Para esquivar esto, otra vez los neoclásicos tuvieron que manufacturar una escapatoria que veremos en otro inciso: un mercado de equilibrio perfecto en el que no pueda suceder que “haya transacciones por fuera del equilibrio”.

Hemos dicho ya que esta teoría considera al intercambio como a un mero trueque. En otro post vimos la crítica de Marx a esta idea que ignora que en el mercado capitalista los productores venden mercancías que son valores de uso para otros, pero no son valores de uso para ellos mismos. Son solamente valores de cambio y son esos valores los que quiere realizar el vendedor, sin consideración alguna hacia la utilidad concreta basada en la “cosidad” de la mercancía. Mientras que en un trueque sí sucede que los productos tengan un valor de uso para ambos participantes, esto no es lo que pasa en el intercambio desarrollado de mercancías producidas para su venta en el mercado. De hecho se puede demostrar con unos simples cuadros, que el intercambio capitalista no es un trueque generalizado.


cuadro1


Vistos los cuadros, se hace claro que la imposibilidad de que coincidan “los deseos y necesidades de los participantes en el mercado” es justamente lo que puede darnos una explicación de qué es el dinero, ya que se hace indispensable un medio de cambio, un equivalente general, el dinero. Pero para la economía neoclásica el dinero no es algo esencial que forma parte necesariamente del sistema capitalista, sino que sería algo externo, que se añade sólo para facilitar unos intercambios que, después de todo, serían simples trueques, y que por lo tanto no requieren en sí mismos de medio de cambio alguno.

Cuando el dinero es finalmente introducido por los neoclásicos para facilitar el intercambio, de acuerdo a la lógica del trueque que nunca se abandona, tienen que suponer que cuando un “agente” realiza una operación de venta es sólo para comprar algún valor de uso que desee consumir… es decir que el dinero que obtendrá de la venta sólo es considerado por el agente (siempre) como un medio de compra de otra mercancía específica que ya tenía en mente el sujeto al momento de vender su propia mercancía. El dinero sólo sería un intermediario en el camino del trueque.

Desde esta perspectiva toda venta tendría como fin el consumo (una compra de valores de uso), y se deja absolutamente de lado el comportamiento real de los empresarios productores de mercancías, que venden sus productos para ganar plata, es decir para realizar su valor de cambio y acumularlo y reproducirlo  (adelantando capital, por ejemplo, cosa que no es un trueque) como tal indefinidamente, no porque tengan pensado de antemano el comprar un kilo de pan y un poco de manteca, o un automóvil y un televisor, etc. Como dije en otro post, el presidente de la Fiat no va vendiendo autos a mendida que se le ocurren cosas en qué gastar sus ingresos. No. Un empresario vende y acumula aunque esté podrido de consumir y decida pasar los siguientes cinco años en la más absoluta austeridad. La acumulación de capital es un permanente incremento de poder, específicamente de poder de compra, pero poder de compra abstracto, no específico. De hecho la característica más notable del dinero es que permite comprar cualquier cosa y en cualquier momento, y por lo tanto puede acumularse sin tener un fin concreto en la mente. Pero desde la perspectiva del trueque esto no se puede admitir.

Dicho esto no debería sorprender a nadie que la economía neoclásica no pueda explicar el valor del dinero: “La razón es que en tanto para el conjunto de las mercancías el valor deviene de sus propiedades físicas y naturales -vinculadas al valor de uso-, en el caso del dinero hay que razonar a la inversa: su valor de uso presupone un valor de cambio. Dicho de otro modo, al explicar el valor de las mercancías se recurre
a un principio subjetivo, y la mercancía tiene utilidad antes de tener valor. Pero en el caso del dinero se debe partir del supuesto de que tiene valor. De manera que el dinero tiene valor antes de tener utilidad. Con lo cual, además, el razonamiento es tautológico ¿Porqué tiene valor el dinero? Respuesta: porque tiene utilidad. ¿Porqué tiene utilidad? Respuesta: porque tiene valor.”

También falta un concepto neoclásico de dinero, debido a que es considerado como algo exógeno al intercambio del trueque. Cada vez que se les pide una definición, empiezan a enumerar funciones. Para un neoclásico hablar de dinero requiere un esfuerzo de la memoria porque no pueden construir un concepto que esté integrado al funcionamiento de la economía. Para un marxista explicar qué es el dinero implica en cambio, explicar cómo funciona el capitalismo y cómo éste requiere necesariamente de un equivalente universal.


Correcciones neoclásicas


Habíamos anticipado que la imposibilidad de cuantificar y ordenar las preferencias subjetivas había llevado a los neoclásicos a buscar una salida.

En el conocido manual de Samuelson, en el capítulo en el que explica la utilidad marginal, hay una nota al pie en la que el autor dice que es “agnóstico” respecto a la posibilidad de cuantificar las preferencias subjetivas. Muy bien… pero en seguida agrega que eso no importa, porque de todas maneras podemos suponer que las elecciones empíricas de los agentes nos revelan aquella escala de preferencias que no podíamos cuantificar ni ordenar. Aquí hay una renuncia fáctica a la explicación científica, ya que ahora la utilidad marginal descansa exclusivamente en una suposición. Simplemente se vincula verbalmente a los precios con las preferencias, pero no se puede mostrar relación causal alguna. También hay un grave malentendido, ya que el problema no consiste solamente en que el científico no pueda cuantificar y medir las utilidades marginales. No. Es que por su propia naturaleza subjetiva, el sujeto económico tampoco puede cuantificar sus pretendidas utilidades y por lo tanto, no puede ordenarlas. Del mismo modo que nadie puede cuantificar cuánto más quiere a un amigo respecto a otro, etc.

De este modo, las elecciones de los sujetos no pueden “revelar” un ordenamiento que de por sí no puede existir. Para no hablar del extraño método circular que nos llevaría a querer determinar los precios, en última instancia, por los precios mismos. Entonces la economía neoclásica no puede explicar los precios a partir de la demanda.

Otro retroceso neoclásico devino cuando tuvieron que admitir que la curva de oferta es horizontal (si las mercancías son reproducibles los precios no tienen porqué subir a medida que se producen más unidades). Entonces para encontrar otra determinante de los precios recurrieron a los “costos de los factores”, el capital y el trabajo (precio= rK+wL, donde r es renta, K es capital, w es salario y L es trabajo; se puede leer así: el precio es igual a la renta del capital más el salario del trabajo). Y otra vez intentaron encontrar una curva de oferta ascendente, en este caso postulando que la oferta de los “factores de producción” es inelástica y que por lo tanto cuesta cada vez más emplear más factores. Sin embargo, estos factores son también reproducibles, y los costos no tienen porqué subir. Al contrario, suelen bajar en las economías de escala. Entonces la economía neoclásica no puede explicar los precios a partir de la oferta.


Más retrocesos neoclásicos


En el blog de Astarita hay un post que critica la irrealidad de la función de producción neoclásica.
Ahora vamos a ver la crítica a la idea de la productividad marginal, con la que se intenta justificar la ganancia: “para calcular la productividad marginal es necesario que las cantidades de los factores puedan correlacionarse con la producción en términos puramente físicos… Para lo cual los factores de producción deben medirse en unidades técnicas”. Pero esto no puede hacerse con el capital (considerado como medios de producción, para los neoclásicos). Es que “el capital es un agregado de bienes heterogéneos y por lo tanto lo que homogeniza a estos bienes es que tienen precio; así es como se mide, por lo demás, “el capital” en la práctica. Pero el precio de estos bienes no es independiente de las variaciones de la tasa de interés o del salario” (es decir, de la distribución de la renta) “Por ejemplo, si suben los salarios y bajan las ganancias, los bienes más intensivos en mano de obra subirán de precio en relación a los bienes que son menos intensivos en mano de obra. De manera que la unidad física de capital habrá modificado su precio. Por lo tanto el precio del capital se modifica cuando varían la tasa de ganancia y los salarios. Pero la función de producción exige que haya una relación unívoca entre cantidades de capital y cantidades físicas de producto. Sin embargo, si el precio del capital se modifica, se dará el caso de que exista una misma cantidad física de medios de producción con precios distintos”.”Esto implica que con la misma técnica, la misma cantidad de factor trabajo y la misma producción física, tenemos dos cantidadaes de capital. Se ve ahora porqué la relación unívoca entre capital y producto marginal físico no se sostiene. Y si esta relación unívoca no se puede establecer, la función de producción neoclásica, base de todas las teorizaciones macroeconómicas, se cae”.

Como la productividad marginal también se vino abajo, hay que retroceder otra vez en la línea de trincheras, y entonces el neoclásico dice que la ganancia está justificada por las “preferencias intertemporales de consumo”, es decir que la ganancia surgiría de abstenerse de consumir un capital, que en cambio se invierte. El “sacrificio” realizado en el presente debe verse recompensado por el consumo futuro (nótese la mentalidad del trueque que esto supone). La unidad de consumo que se sacrifica hoy debe ser superada en el escenario del mañana, para que la “abstención” sea rentable. La diferencia entre estos dos consumos sería la ganancia…
Es una lástima que la simple espera no genere beneficio, sino sería todo mucho más fácil para todos. En cambio, “algo o alguien debe acrecentarlo [al capital]“. El capital no fermenta como la levadura, sino que “leva” sólo en el proceso de producción. “Ahora bien, si los “factores de producción” son el capital y el trabajo, y hemos visto que la función de producción no puede explicar el interés, ¿de dónde proviene el incremento del dinero?

Por último veremos la contradicción entre la definición del interés como medida de las preferencias intertemporales, y la teoría neoclásica de la utilidad. “Supongamos que la tasa de interés anual es del 3% y que una persona tiene una renta de $500 en 2003 y piensa tener una renta también de $500 en 2004;  sus necesidades no son mayores en 2004 que en 2003. Este individuo decide entonces bajar su consumo en $100 en 2003, con el objetivo de tener $3 de “plus” en 2004. Su consumo en 2003 pasa de $500 a $400, a cambio de elevarlo en 2004 a $603. En total tendrá en dos años $1003 contra $1000 que disponía antes de su decisión de ahorro. Para esto en 2003 debió renunciar al consumo de los pesos que van desde 401 a 500, a cambio de los pesos que van de 501 a 603 en 2004. Pero la utilidad que debe sacrificar por el ahorro del primer grupo de pesos -según la tesis de la utilidad marginal decreciente- es muy superior a la utilidad que obtiene con el segundo grupo. No hay manera de que el plus de $3 en 2004 compense el sacrificio de utilidad en 2003″ (presentación de Astarita del argumento de Harrod).


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Todos estos problemas de la teoría neoclásica son probablemente conocidos por los profesores universitarios de economía, ya que son críticas que datan de hace varias décadas (debate de los dos Cambridge). Pero nunca se las enseñan a sus alumnos. Los estudiantes de economía no las conocen. Los recién egresados tampoco. Salen al mercado laboral, donde tienen una función que cumplir, y allí son lo que deben ser y nada más.
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Por ahora esto es todo, luego tal vez amplíe el post con el mercado walrasiano y alguna otra cosa. El texto citado de Dobb es “Introducción a la Economía”, y el de Astarita es “Valor, mercado mundial y globalización”, y este post no es más que un resumen de su capítulo 1. También es recomendable “Valor: utilidad y trabajo” de Diego Guerrero y el siguiente artículo.




GSI


FUENTE