La popular serie de televisión, además de entretener, deja entrever consejos que ningún directivo debería dejar pasar por alto.

“¿Sabés qué pasaría si de repente decidiera dejar de ir al trabajo?”, le sisea Walter White a su mujer en el punto central del monólogo más citado de Breaking Bad, de AMC. “Una empresa lo suficientemente grande como para estar en el Nasdaq se funde. ¡Desaparece!”

Una referencia al mundo accionario podría parecer fuera de lugar en un programa sobre el rey de los cristales de metanfetamina de Albuquerque, pero Breaking Bad, que comenzó sus últimos ocho capítulos el 11 de agosto, siempre estuvo enfocada en las recompensas financieras por no cumplir con la ley. Durante el curso de la serie, Walt (interpretado por Bryan Cranston), un profesor de química sobrecalificado y tímido que comenzó a cocinar metanfetamina para pagar sus tratamientos de cáncer de pulmón, transformó su operación de tráfico de drogas en un centro neurálgico internacional. Y a través del estilo de management de Walt, cada vez más transtornado, Vince Gilligan, creador y productor ejecutivo de Breaking Bad, ofreció una fascinante crítica del liderazgo profesional.

Las lecciones de management de Breaking Bad

El éxito de Walt es atribuible, mayormente, a la superioridad de su producto. Su “metanfetamina azul” es la mejor del mercado, 99,1 por ciento pura, y es capaz de obtener precios más altos que sus competidores. Sin embargo, para crecer, tuvo que cometer múltiples crímenes, incluyendo un homicido vehicular y el asesinato de su jefe con una bomba en una silla de ruedas -no una trayectoria corporativa estándar. Como estratega, sin embargo, Walt suele proceder de acuerdo a las reglas. En el momento de “lograrlo o no” de su operación, cuando sus socios quieren renunciar y venderle el negocio, realiza un giro salvador de imperio que le ganaría las pleitesías de Michael Porter, el profesor de Harvard Business School que dio origen al modelo clásico de “cinco fuerzas” para analizar a la competencia.

En el argumento de la quinta temporada, Walt y sus socios -su ex estudiante, el empedernido compinche Jesse Pinkman (Aaron Paul) y el ex policía frío Mike Ehrmantraut (Jonathan Banks)- robaron 1000 galones de precursor de cristal de metanfetamina, metilamina. Buscando terminar su relación con Walt, Mike cierra un acuerdo para vender su participación y la de Jesse a Declan (Louis Ferreira), un narcotraficante rival. Pero Declan demanda también la participación de Walt, para sacar completamente del mercado a su producto. La contraoferta de Walt: que Declan distribuya la metanfetamina de Walt. Como explica Porter, “la estrategia se puede ver como construir defensas contra las fuerzas competitivas o encontrar una posición en la industria en la que las fuerzas son débiles”. La oferta es más lucrativa para Declan, quien acepta con desgano. En una jugada maestra, Walt se crea para sí mismo un nuevo rol mimado dentro de la industria como puro fabricante y sin ningún involucramiento en el mercado de la calle.



Sin embargo, el liderazgo es más que estrategia. Como dicen los teóricos del management y los autores de autoayuda libro tras lado, también es cómo uno cultiva las relaciones de negocios. El profesor de Tufts, Jeswald Salacuse, autor de “Leading Leaders: how to manage smart, talented, rich and powerful people”, argumenta que “los buenos líderes sin indefectiblemente negociadores efectivos”. Walter es un negociador impiadoso, pero tiene visión de corto plazo. Cuando se encuentra con Declan, Walt demanda sumisión. “Ahora, decí mi nombre”, gruñe Walt, con su voz cayendo un registro. Su estilo de negociación maximiza las ganancias, por lo menos durante ese momento, pero inflama a los rivales.

En escenas como esta, Gilligan revela los verdaderos y oscuros motivos de Walt. Cuando era un científico joven, Walt co-fundó y luego dejó una compañía que ahora vale miles de millones, y nunca lo superó. Su necesidad de reconocimiento sobrepasa su deseo más empático de que su familia tenga comodidad financiera. Como le dice a Jesse de su acuerdo con Declan: “Me preguntaste si estaba en el negocio de la metanfetamina o en el del dinero. En ninguno. Estoy en el negocio del imperio”. Pero el resentimiento, por supuesto, pocas veces lleva a decisiones sabias de negocios.

Cuando no es homicida, Walt es un empleador educador. En su artículo de Harvard Business Review “Cómo mantener al talento top”, Jean Martin y Conrad Schmidt escriben que “los mejores programas ponen a los líderes emergentes en roles ‘al rojo vivo’, donde sus capacidades nuevas puedan -o, mejor dicho, deban- ser adquiridas”. En su rol como jefe de Jesse, Walt sabe esto de forma instintiva. Jesse era un fracasado en la clase de química de Mr. White, pero Walt le da poder y lo entrena. Según la última Encuesta Trimestral Global del Mercado Laboral de Corporate Executive Board de más de 18.500 empleados, la compensación y el respeto están entre las primeras cinco razones por las que los trabajadores se ven atraídos por una compañía. El noveno factor para los empleados en la encuesta del CEB es el compromiso de la organización con la ética y la integridad. Acá, por supuesto, Walt fracasa espectacularmente. Transforma a Jesse en un asesino para su beneficio propio, deja que la novia de Jesse tenga una sobredosis y envenena al hijo de la siguiente novia de Jesse. Por supuesto, ayuda al desarrollo de la carrera de Jesse, pero tiene cáncer en su alma, lo que sin duda jugará un rol en el fallecimiento casi imposible de evitar de Walt.

Lo que es más importante, a Walt le falta humildad, lo que Jim Collins, autor de “Built to last”, argumenta que es una cualidad esencial, junto con la determinación para un verdadero gran liderazgo. Walt podrá tener una voluntad de hierro, pero es un megalómano. En la temporada 4, Walt corrige a su cuñado de la DEA sobre un punto fino de la fabricación de la metanfetamina, lo que lo pone sobre su pista. Como Mike le reprocha en la temporada 5, “¡Vos, tu orgullo y tu ego! Si te ubicaras, ¡estaríamos bien ahora!”. Es lo último que dice Mike antes de que Walt lo mate.

En una entrevista con Telegraph, dice Gilligan, “Walt es fantástico autoengañándose”. Y una encuesta de los 75 miembros del consejo asesor de la Graduate School of Business de Stanford dijo que el autoconocimiento era la primera cualidad recomendada para que los líderes desarrollen. Sin entender las inclinaciones propias -y cómo son vistas por colegas-, los ejecutivos no evolucionan. A Walt le falta enteramente el autoconocimiento. Durante el curso de la serie, evolucionó como hombre de negocios, pero se transformó en un sociópata tanto en su vida personal como profesional. Le falta la empatía básica y no tiene idea de cuánto sus colegas y su mujer lo desprecian.

Gilligan se inspiró para crear a Walt luego de bromear con otro guionista de TV durante un periodo seco que deberían empezar a hacer metanfetamina. En su libro “Difficult Men”, Brett Martin informa que Gilligan “era conocido como un hombre bueno con el que trabajar -alguien que se las arregló para balancear la visión y el control microscópico del showrunner con la apertura y el espíritu de apoyo del más relajado. Es un firme creyendo en colaboración”. En la sala de escritores de Gilligan, explica Martin, “todos los escritores son iguales”. Como jefe, Gilligan instituyó un estilo de liderazgo muy diferente al de su antihéroe.

Dada la ceguera de Walt ante sus propias faltas, es difícil creer que sobreviva el final de la serie. Si su empresa criminal estuviera en Nasdaq, ahora sería un buen momento para vender. El respeto que, de mala gana, le muestra a Jesse no tiene comparación con la brutalidad que le forzó. Para Walt, ser implacable no es muy inteligente.

Aprenda del abogado más turbio de Breaking Bad. El fracaso siempre es una opción. “¿No planeaste esta contingencia?”, le pregunta Goodman a su cliente luego de enterarse que su laboratorio de metanfetamina casi es descubierto por la DEA. “El Starship Enterprise tenía un botón de autodestrucción. Sólo lo digo”. Cuando haya dudas, queme la evidencia y escóndase.

Tenga una frase pegadiza memorable. Goodman (interpretado por Bob Odenkirk) tiene un eslogan pegadizo -“Mejor llamar a Saul”- que hace ubicuo en un agresivo infocomercial nocturno. Son solo cuatro palabras y no especialmente inteligentes, pero el mensaje llega. La información adicional puede ser redundante (y posiblemente permitida en la corte).

Tenga un nombre que inspire confianza. Saul Goodman puede sonar judío, pero en realidad es un “comedor de papas” con el apellido McGill. Se lo cambió a Goodman para sus clientes. “Querían una especie de miembro de la tribu que tuviera la pipa”, explica. Incluso la fonética del nombre (hombre bueno) es para calmar a la gente.

Cree su propia historia. La única manera de ganar con una buena mentira es creer desde el fondo de su corazón que está diciendo la verdad. “Si uno está lo suficientemente comprometido, puede hacer funcionar cualquier historia”, presume Goodman. “Una vez le dije a una mujer que era Kevin Costner, y funcionó porque yo me lo creía”.

Pero sepa cuándo decir la verdad. El amor duro es necesario, especialmente cuando el cliente está dañando las cuentas. “Ustedes dos son malísimos traficando metanfetamina, punto”, le dice Goodman a Walt y Jesse. Su honestidad brutal los motiva a convertirse en los principales proveedores de la droga de Albuquerque.

No acepte American Express. Cuando llega el momento del pago, Goodman es inflexible. Acepta efectivo o un giro bancario (hágalo a la “Ice Station Zebra Association” por cuestiones impositivas). Acepta Visa y Mastercard. Pero bajo ningún punto de vista AmEx. Trabajará con clientes que amenacen con matarlo, pero nunca pagará ese fee del 5 por ciento a la venta minorista. Del escritorio de Saul Goodman.