Apuntes de feminismo revolucionario

En la era de los medios masivos, y de la “sociedad de la imagen”, es cuando el cuerpo humano, y sobre todo el de la mujer, sufre un proceso de colonización y apropiación por parte de la burguesía consumista.

Rossana Rossanda - Feminismo Marxista

El capitalismo no es sino una de las últimas formas de explotación y dominación de los cuerpos. Esta explotación y dominación se remonta muy atrás en el tiempo. Abarca toda la historia de lo que, de manera muy pomposa, damos en llamar “civilización”. No hay constancia de que en las sociedades prehistóricas y pre-urbanas se diera la explotación y la dominación de los cuerpos. A lo sumo, las sociedades aldeanas practicaron hasta bien entrado el neolítico una primitiva división del trabajo en función del sexo, pero de ella no parece que se pueda deducir una dominación y explotación de los cuerpos etiquetados o marcados en función del sexo.

El inicio de la “civilización”, como ya indica el término, “cives” (como polis, ciudad y estado) es el inicio de una verdadera jerarquía social de dominación entre los seres humanos. El control de las entidades políticas a cargo de una elite aristocrática, guerrera, sacerdotal, o bien por una mezcla o simbiosis de ambas castas, es un control que incluye el etiquetado o el marcaje en función del sexo. De la mera diversidad de los cuerpos, que no atiende únicamente a la anatomía reproductora y sexual, sino también a las diferencias de edad, de raza, de capacidad guerrera, intelectual o laboral, se pasa a una rígida jerarquización en función del sexo ya “marcado” en términos de Poder.

El marcaje se hace de forma transversal, es decir, que la dicotomía socialmente creada de macho-hembra alcanza a todas las clases o castas sociales, si bien se modula según la clase o casta de la que se trata. Por ejemplo, en ciertas sociedades la mujer, aun habiendo resultado subordinada en función de un marcaje “civilizado” sufre una situación menos oprimida si ésta nace en una clase alta. En otras sociedades ocurrirá justamente lo contrario, y una mujer nacida con un estatus elevado sufre una mayor presión de marcaje precisamente por ello, en comparación con las féminas de las clases bajas. Se puede estudiar esta diferente modulación del marcaje sexual, observando la gran desenvoltura de que gozaba la hembra romana de la clase superior, en comparación con la mujer del populacho, por un lado, y el estricto código puritano y opresivo de la fémina de la época victoriana de la alta burguesía europea occidental frente a la mayor desenvoltura e independencia (relativas) de la obrera decimonónica.

El “rearme moral” que la burguesía occidental impulsó a lo largo del siglo XIX, y cuyas consecuencias llegan hasta hoy, se puede interpretar como una intensa campaña de colonización que las clases pudientes ejercieron sobre el proletariado con el fin de sujetar y controlar sus cuerpos y sus actividades corporales, no ya solo en el ámbito sexual y sus aledaños (matrimonio monogámico, crianza de niños, tamaño de los hogares...) sino en otros planos de la “vida civilizada” con el fin de que la obrera fuera un calco casi perfecto de la burguesa en el plano de la “moral”. De hecho, esta idea de la “moral” tal y como los burgueses la difundieron empleándola como consigna de colonización de cuerpos y hábitos de lxs proletarixs, no fue otra cosa que el enmascaramiento de unas relaciones asimétricas que el régimen de producción capitalista imponía.

Que la burguesía dominara al proletariado en el ámbito de la Producción, implicaba necesariamente una subsiguiente dominación de sus cuerpos y hábitos mucho más allá de la mera explotación laboral. Un régimen de producción, como demostró Marx, acaba siendo un régimen de jerarquización social, donde los dominantes se imponen sobre los dominados y cortan todos los vínculos que antaño permitían a éstos escaparse de la “trampa social” que era y es el capitalismo. Un régimen de producción dominante siempre consiste en un sistema que llega a imposibilitar la autosuficiencia de los dominados. Esto fue lo que ocurrió con el proceso de acumulación primitiva y la expulsión de los campesinos de sus granjas, tierras de autoabastecimiento, bienes comunales, redes de solidaridad tradicional, etc.

Ese campesinado expulsado a la periferia de la urbe y dirigido hacia la fábrica es el proletariado atrapado en un sistema productivo “sin escapatoria”, en el que no hay más remedio que producir para otro bajo los resortes, condiciones y medios que proporciona el otro. Pues bien, una vez logrado eso, es decir, una vez creado el proletariado por medio de todo un sistema de poder y violencia (leyes de cierres de terrenos, leyes de pobres, leyes de persecución de “vagabundos y vagos”, orfanatos, asilos, etc.), el paso siguiente fue el de colonizar los hábitos “libertinos” de lxs proletarixs. En realidad, a comienzos de la Revolución Industrial, Europa Occidental se encontró con dos culturas divergentes.

La cultura burguesa y la cultura proletaria. La cultura de lxs proletarixs es muy desconocida históricamente, por aquello de que la Historia siempre la escriben los vencedores. Pero en todo caso sabemos que la burguesía reaccionó violentamente contra la proliferación de la subcultura “libertina” proletaria, pastoreando al proletariado según unas estrategias de control, dominación y sometimiento que arrancan ya de finales de la edad media. Fue así como la alianza entre la clerigalla y el capital emergente “inventó” una serie de instituciones como el matrimonio monogámico, el prostíbulo, etc. Instituciones que existían desde los albores mismos de la vida civilizada, pero que la nueva burguesía moduló para asegurar así un control total de cuerpos y de hábitos sobre el cual consolidar su dominación y sometimiento.

De una situación disociada, en la que la burguesía dominaba al proletariado que se estaba creando (y ello únicamente por medio de la explotación laboral) hubo de pasarse rápidamente a una colonización cultural: la parte burguesa de la sociedad exigía de la proletaria una emulación creciente ante el “escándalo moral” que significan los usos y costumbres espontáneas del proletariado.

El proletariado se colonizó de diversas maneras. Se dieron extensas campañas anti-alcohólicas, proyectos de re-evangelización, como los que luego formaron parte de Acción Católica y diversos sindicatos y asociaciones obreras de tipo cristiano. Se exigió el matrimonio heterosexual monogámico entre la clase obrera, persiguiendo cualquier otro tipo de uniones entre las personas (habituales desde la edad media) llegando incluso a su criminalización. Por lo demás, se extirpó cualquier forma de conducta espontánea de los obreros, tachándose de criminal, viciosa y pecaminosa.

En el origen de esta persecución de la diversidad encontramos todo un sinfín de instituciones (incluyendo las ciencias humanas) modernas, tales como el asilo, el presidio, el prostíbulo, la escuela reglada, el cuartel, el manicomio, etc. , así como una serie de “para-ciencias” que ya no pueden tildarse de humanidades, ni tampoco ser consideradas como ciencias en el sentido estricto, sino más bien como un corpus de técnicas de dominación, sometimiento o, al menos, control, que la sociedad burguesa va incorporando con el fin de lograr una colonización o domesticación del creciente contingente del proletariado.

Los espléndidos análisis de Michel Foucault, acerca de estas cuestiones, a mi juicio, hubieran ganado infinitamente si se les hubiera incorporado siempre una perspectiva de clase (es decir, marxista). Foucault subrayó que tales nuevas ciencias y técnicas de control, dominación y sometimiento no pueden ser meras superestructuras ni “instituciones”, y fue esta una consideración en la que el filósofo francés anduvo plenamente acertado. No son superestructuras sino estrategias, técnicas y procedimientos del propio capital y de sus mismos agentes en orden a consolidar su hegemonía sobre la clase obrera, así como formas aún más perfeccionadas que las tradicionales en orden a obtener plusvalía, con vistas a añadir y a potenciar a las técnicas tradicionales de la explotación de la fuerza de trabajo por cauces puramente económicos y mecánicos.

En efecto, la fuerza de trabajo puede ser crecientemente explotada por medio de una mayor inversión del capitalista en maquinaria, en tecnología que aumente la producción, que mejore el rendimiento. También puede hacerse, sin renunciar a lo primero, a través de una prolongación de la jornada laboral, etc. Pero la sociedad burguesa estaba (y está) absolutamente interesada en contar, además, con una dominación “moral” sobre la fuerza de trabajo a la que explota y a la que le chupa la sangre. La burguesía es, tendencialmente, fascista y esclavista y solo la resistencia de los oprimidos es capaz de romper o, al menos, obstaculizar sus intentos omnímodos de dominación no ya solo en el terreno económico sino también en el cultural y en el “moral”.

Es ahí donde cobra toda su importancia la historia de la explotación de los cuerpos, y su verdadera colonización a cargo de la sociedad burguesa ya en los siglos XX y XXI. Es en esta era de los medios de comunicación de masa, y de la “sociedad de la imagen” en la que el cuerpo humano, y de manera especialmente significativa, el cuerpo de la mujer, sufre un proceso de colonización y apropiación por parte de la burguesía consumista. Esta clase, esencialmente vampírica, se define por la posesión del capital y por ende, controladora de los medios de producción. Pero a su vez es la clase consumista por antonomasia.

A partir del marxismo más clásico, puede señalarse a esta clase como la responsable del desmesurado consumo de recursos energéticos para la producción, el despilfarro energético por su modo de vida, etc., pero normalmente no se ha puesto el acento, de manera suficiente, en la explotación y despilfarro de otros “bienes” que han entrado en un proceso de valorización. Y es que en esto, el capitalismo se muestra voraz, insaciable. Lo que antes parecía un recurso natural, e infinito, por tanto un don (“gratuito”) pasa a convertirse en valor de cambio, y en mercancía consumible. Y, claro, el grado y extensión en que se podrá consumir dicha mercancía estará en función no ya de restricciones morales (pues el capitalismo como tal es siempre muy cínico, no posee nunca moral y por ello se apoya en éticas prestadas, la cristiana, p. ejemplo), sino en función de restricciones del presupuesto del consumidor.

En este orden de cosas, se puede decir que hemos pasado de

(1) una moral puritana (victoriana) a la vieja usanza, basada en la marginalidad de la industria del sexo, con una dicotomía rígida entre matrimonio monógamo con corsé, por un lado, y el prostíbulo, o establecimiento empresarial dedicado a la explotación de cuerpos de mujeres a

(2) una mayor diversidad e intensidad de la industria del sexo, en la que últimamente se van incorporando los cuerpos de varones y niñxs, pero en la que sigue siendo la mujer y la niña la clase de víctima mayoritaria, a través de una serie de “salidas” que, lejos de poder tildarse como salidas laborales, son “salidas” encaminadas directamente a la conversión de la sustancia humana en “cosa” o “mercancía”.

El sistema capitalista ha optado, en el último medio siglo especialmente, por planificar una ampliación del consumo, dejando a un lado las salidas restrictivas propias de la era del matrimonio-burdel, y bajo la fachada de una mayor permisividad, lo que ha potenciado de manera inusitada es la conversión de los cuerpos, y especialmente de los cuerpos de mujer, en un territorio a colonizar y valorizar, en un objeto consumible de mil maneras, no ya solo a través de una fornicación mercantilizada, sino también a través de todas las técnicas de voyeurismo y juegos de dramaturgia sexual que, junto al anonimato del consumidor, se pueden lograr por medio las tecnologías de la imagen, el mercado editorial y de la imagen internet, etc.

Esta explosión de la “libido” que caracteriza el capitalismo senil de nuestros tiempos, en vez de constituir un paso hacia la liberación de las personas, representa más bien una profundización de la colonización sobre los cuerpos. Cabe preguntarse, como hizo Foucault, no ya por qué hay “represión sexual”, sino al contrario, a quién le interesa este caudal de estímulos de la libido y una estimulación mercantilizada tal y como ahora se hace.

Las imágenes poseen sobre la psique del consumidor un poder real, efectivo. La teatralización de posturas humillantes, sadomasoquistas, violentas, etc. , que hoy transmite al público el inmenso negocio de la pornografía y de la prostitución en el sentido amplio (de la cual la pornografía no es sino un apartado), supone para la mujer –principalmente- un efectivo sometimiento, una verdadera dominación. Ésta dominación sobre las mujeres, esta imaginería de cuerpos sometidos, vejados, constreñidos, etc., se traslada a las relaciones humanas efectivas.

Se podría simplificar la cuestión diciendo que cuanto más se escenifique teatralmente -por medio de la pornografía o de la prostitución- una violación, ésta acabará por hacerse más “real” y más frecuente, superponiéndose a las relaciones sexuales igualitarias, y desplazando finalmente a éstas. La sociedad burguesa consigue siempre la meta de exigir al público un pago por lo que, en un mundo tradicional, era “natural” y a la mano. La “perversión” de toda la naturaleza (el agua, el aire, la tierra) que se ha operado dentro del capitalismo tenía que llegar, por fuerza, a la perversión del cuerpo humano, a la conversión de la mujer en esclava y en mercancía, y ello de una forma transversal y genérica.

Es una tendencia ésta que, si una revolución comunista no lo remedia, resulta imparable. El feminismo de verdad es el feminismo marxista y siempre es revolucionario. Este movimiento debería constituir el brazo derecho de todo movimiento comunista empeñado de veras en socavar las actuales relaciones de producción, que también son relaciones de dominación. En este brazo de lucha, las mujeres y los hombres deben trabajar juntos para sustituir el régimen de producción vigente (que propende como ya he escrito cien veces, al fascismo y al esclavismo) por un régimen comunista en el que se acabe definitivamente el proceso de conversión de los seres humanos en cosa.

Del estado insufrible de la mujer en su actual “marcaje” que la sociedad hace de ella, ninguna ventaja puede obtener el varón, pues el supuesto “macho dominante” se aliena en el momento mismo de canalizar sus relaciones con las personas alienadas del sexo opuesto. Los estereotipos del “cuerpo femenino dominado y colonizado” que tanta libido parecen movilizar en la actual sociedad de consumo global, son más que estereotipos, son tendencias finalistas reales, que el capitalismo y la burguesía dominante están insertando en nuestro subconsciente, como parte de su proyecto global de hacernos a todos y a todas esclavxs, cosas.

Guerra al Capital.
La Haine

Rossana Rossanda:

italia

“Ni los movimientos ni la izquierda

institucional han superado la crisis de los ‘70”


Rossana Rossanda (1924), activista, periodista, ex directora del diario comunista Il Manifesto y escritora, es una de las grandes referencias de la izquierda anticapitalista italiana y europea del siglo XX. Alejada de la política activa, Rossana, que sigue colaborando con Il Manifesto, no ha abandonando el debate político y la reflexión sobre el movimiento obrero.
Participa en la resistencia partisana antifascista y al terminar la II Guerra Mundial se apunta al Partido Comunista Italiano (PCI), del que será nombrada responsable de política cultural. En 1963 es elegida por primera vez diputada. Expulsada en 1969 junto a un grupo de militantes, participa en el nacimiento de Il Manifesto, que en sus inicios será tanto una organización política como una revista mensual. En 1971, la publicación se transforma en diario, del que Rossanda será directora durante muchos años–. Tras 37 años de accidentada existencia, el periódico se mantiene como una de las pocas voces críticas de gran difusión –tiene unos 40.000 lectores– y prestigio que quedan hoy en Italia. Aprovechando su participación en el seminario Los Años Salvajes. Del 68 a la autonomía obrera, organizado por el colectivo Traficantes de Sueños, la entrevistamos para DIAGONAL.

pensamiento

DIAGONAL : Has escrito : “¿Cómo aguantar que la mayoría entre los que nacen, no tengan ni la posibilidad de pensar quiénes son, qué harán de sí ? O hay un Dios terrible quien te pone a prueba y compensa en el más allá o no se puede aceptar... por eso no había dejado el PCI en 1948 ni en 1956. Los comunistas eran los únicos en negar la inevitabilidad del no-humano”. ¿Sigues conforme con aquella elección ?

ROSSANA ROSSANDA : La intolerabilidad de la condición humana actual me parece aún mayor. No sé si las elecciones y opciones tomadas para cambiarla fueron las adecuadas. Lo digo por cómo han acabado los comunismos. Ciertamente no. Pero no conozco otras que hayan acabado mejor. Hay una apuesta en el sentido de Pascal, un pari, en el tomar una elección comunista. “Et s’il etait à refaire, je referais ce chemin”. [Y si hubiese que rehacerlo, reharía este camino].

D. : Algunos expulsados del PCI y tú misma habéis sido una referencia de peso. ¿Existe hoy un espacio para el intelectual político, que no sea trabajo cultural precario y de opinión ?

R.R. : Creo que sí : hay que repensar muchas cosas, y hace falta cultura, disposición para interrogarse e investigar. Tenemos que preguntarnos por qué los intentos de revolución del siglo XX han fracasado... La opinión es superficial, manejable, volátil.

D. : Entre las heterodoxias comunistas de los ‘60 está el obrerismo. Muchos intelectuales comunistas participaron en esta corriente : Panzieri, Tronti, Negri, Bologna, Salvati, etc. ¿Cuál fue entonces su posición respecto al obrerismo y a su propuesta teórica ?

R.R. : El obrerismo fue también una corriente interna tolerada por el PCI mientras nos expulsaba. Esto no favorecía un entendimiento. Aún ahora lo encuentro, con la distancia, más interesado en el sujeto antagonista que en el funcionamiento del capital, y para mí ésta es una diferencia fundamental.

D. : Las luchas obreras de los ‘60, que aparecieron por primera vez en los sucesos de Piazza Statuto en 1962 –motín protagonizado por jóvenes obreros que culminó con el saqueo de la sede de un sindicato denunciado por amarillo–, se oponían a la actitud conciliadora de los sindicatos. ¿Es el inicio del fin del sindicato ?

R.R. : No es del todo cierto. Plaza Statuto había estallado fuera del sindicato, pero la CGIL [el sindicato mayoritario bajo la influencia del PCI] y parte de la CISL (el sindicato de la metalurgia, FLM), sindicato bajo la influencia socialista, acabó por recoger gran parte de la nueva composición obrera y la retuvo al menos hasta el 1976. Los momentos y las temporalidades, los tiempos del declinar son distintos en la CGIL (la FIOM, federación del metal es todavía muy fuerte) y entre CGIL y PCI. Solamente ahora la crisis de la CGIL puede producirse totalmente. Pero no desde planteamientos de izquierda. Muy al contrario. Es la Liga Norte de Bossi la que se está convirtiendo en el contenedor obrero más importante hoy en día.

D. : Entre las contradicciones abiertas por la cultura del ‘68, está la del partido. Hoy la forma-partido parece definitivamente eclipsarse.

R.R. : Hace falta una organización fuerte para enfrentarse e incidir en el dominio capitalista mundial. Y es desde la investigación sobre este dominio que es preciso volver a empezar. ¿Cuál es hoy el “bloque histórico de los explotados oprimidos” ? ¿Cuáles son los paradigmas de análisis ? No creo en la formación espontánea de las multitudes. Fue uno de mis errores en 1968.

Realmente el problema del PCI, lo que dio lugar a nuestra expulsión, es que no comprendió el ‘68, lo que estaba sucediendo, el nuevo sujeto que estaba emergiendo. El viejo modelo de la teorización gramsciana del bloque social que, de alguna manera, inspiraba al partido, el bloque obrero- campesino-intelectual, no tenía lugar para la avalancha de estos nuevos estratos aculturales estudiantiles con altos niveles de formación intelectual, estos jóvenes obreros. A partir de ahí, se iniciaron una serie de procesos que ni subjetiva ni objetivamente el PCI y otros lograron comprender desde la izquierda.

El ‘68 en general tuvo un componente obrero muy importante, cosa que hoy no se oye por ninguna parte. En Italia, la ocupación de las fábricas no fue cosa de diez días como en Francia, sino fue todo un otoño, el “otoño caliente del ‘69”, y tuvo profundas consecuencias, no sólo por la propia onda de ocupaciones, sino también por las modificaciones que logró introducir. En el ‘73 se firman los convenios colectivos fruto de las correlaciones de fuerzas logradas en el ‘69 y con las ocupaciones que se producen ese mismo año. Se logran aumentos salariales tremendos y cambios en las normativas.

Se logra que no se juegue tanto con la salud en los tajos –por ejemplo, que en vez de que se pagase un plus de peligrosidad, desaparezcan los trabajos peligrosos gracias a cambios tecnológicos–, se consiguen 150 horas anuales para la formación cultural, pagadas por la empresa, de cada trabajador. No una formación profesional, sino lo que los trabajadores pidiesen, lo que dio lugar a toda una enorme serie de seminarios, espacios de autoformación y debates en las empresas.

La incapacidad para comprender el ‘68 y los ‘70, de los partidos comunistas y de la izquierda institucional, esa pérdida paulatina de contacto con la realidad, se prolonga en los ‘80 e incluso más lejos. En 1979 se vuelve a producir una ocupación en la Fiat, y en está ocasión Berlinguer, secretario general del PCI acude a solidarizarse con los obreros, pero llega diez años tarde. En política, como en las citas amorosas, si llegas con diez años de retraso lo normal es que no encuentres a nadie. Otro tanto ocurre con los movimientos de la izquierda radical que desde mediados de los ‘70 viven todo un proceso de fusiones, escisiones, expulsiones y de crisis interna que da lugar a su erosión, debilitamiento y finalmente, desaparición en los ‘80. Yo participé en este proceso. Parte del grupo Il Manifesto se salió e intento volver al PCI tras el asesinato de Moro...

Marxismo y crisis
D. : Has denunciado últimamente que la izquierda está falta de “anticapitalismo”...

R.R. : El movimiento comunista ha sido el cauce más amplio de protesta y de lucha del siglo pasado. Pero ha sido muy poco marxista : muy rápidamente ha dejado de interrogarse sobre como el capitalismo reaccionaba y evolucionaba. Y cuando ha llegado al poder también ha dejado de preguntarse sobre la estructuración no autoritaria del Estado, o sobre el sistema de relaciones que tenía que sustituirle. Ha caído en estos dos puntos.

Hoy, ni la izquierda institucional ni los movimientos han superado la crisis de los ‘70 en tanto que falta ese marco analítico, esa capacidad de comprender. Lo que es aprovechado por las clases dominantes, por el capitalismo, que a finales de los ‘70 lanza un proceso de reestructuración increíble que afecta a toda la sociedad. Dicho proceso alteró los modelos de propiedad, la organización del trabajo, las formas de organizarse, la tecnología, dando lugar a una descomposición de la subjetividad que desde todas las declinaciones de la izquierda no se ha logrado superar. Si nos remitimos a los datos objetivos, las agresiones del capital nunca han sido tan fuertes como ahora y no parece que vaya a cesar en su ofensiva. Por ejemplo, que un fascista ocupe la alcaldía de Roma, hace años hubiera sido impensable. Esta desestructuración por parte del capital no ha tenido un correlato por parte de los movimientos ni parece que vaya a haber una respuesta inmediata y fuerte. Habría que preguntarse el porqué. Y por ello no me siento muy feliz con mi trayectoria política.

Pero insisto : los movimientos no han sido derrotados por la represión, esta no hace mella y suele ser inútil en los ellos cuando están fuertes, sino que han sido derrotados por su incapacidad de producir formas de organización estables, de ponerse en contacto, de entenderse. Hoy, como siempre sucede con los derrotados, sospechamos los unos de los otros, somos desconfiados y quisquillosos, sin ganas de juntarnos y de organizarnos. Animo a las experiencias actuales a salirse de esa concepción. No creo que yo vaya a ver ya la transformación radical del mundo, pero me gustaría ver una respuesta a esta ofensiva.

D. : ¿Cómo describiría su trayectoria de periodista en la historia política italiana ?

R.R. : Me he convertido en periodista tarde y sólo para “hacer política”. Desde 1993 no estoy en la dirección del diario. Escribo en él. Me quieren como a una madre algo pesada.

marxismo

“LA DERROTA DE LOS GRUPOS ARMADOS NO SE PRODUCE ÚNICAMENTE POR LA REPRESIÓN”
D. : En el 1976, los movimientos se dividen ásperamente y se van formando los grupos armados. ¿Nos puedes hablar del “álbum de familia”, cuando afirmaste que las Brigadas Rojas (BR) buscaban el espacio dejado desierto por la falta de oposición del PCI a la Democracia Cristiana (DC) ?

R.R. : La del “álbum de familia” ha sido una cita hinchada por los media para acusar el PCI de ser, ocultamente, padre de las BR. Yo escribí, polemizando con quien había exclamado “¡aquí está la herencia del ‘68 !”, que no era así. Era una herencia no del ‘68, sino de la tradición del PCI. Si le añades un error de imprenta –en lugar de “una larga tradición militante” salió “militar”– y tienes la raíz del lío. Me percaté meses después. Una historia ridícula.

Cuando las BR ejecutan a Moro, el 9 de mayo de 1978, no tienen la fuerza política de dejarlo libre, lo que hubiera desencadenado una enorme crisis del régimen. Su ejecución supone el inicio de la crisis del propio proyecto militar de las BR y detrás, al resto de los grupos armados, que fueron unos 480 a mediados de los ‘70, aunque sólo cinco o seis fueran realmente ‘importantes’.

Si tras matar al personaje más importante de la república italiana en ese momento, no se produce ningún tipo de movimiento, crisis o ruptura en la maquinaria estatal, ¿qué espacio te queda ? Parece que la hipótesis política que hay detrás no estaba comprendiendo bien lo que estaba sucediendo. En ese sentido, la crisis de las BR que se inicia en el ‘78 con la muerte de Moro se prolonga ya de forma terminal en los ‘80. Los grupos armados siguen actuando durante los años siguientes, pero está claro que han perdido la brújula estratégica, el contacto con la realidad.

Es importante tener en cuenta que esa derrota de los grupos armados y en general de la movilización radical, de los movimientos, no se produce únicamente por la represión policial, sino por la falta de ligazón con la realidad social en la que están operando. El fenómeno de los arrepentidos de las BR es un signo, no del poder del Estado a través de la infiltración policial, sino de la descomposición interna, de la crisis del proyecto político que anima la lucha armada.

Carlos X. BLanco


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