Las mujeres y el sexo

Meredith Chivers podría ser un personaje de Sex & the City . Científica, profesora de Psicología de la Queen´s University, vive a orillas del lago Ontario (Canadá) y es miembro del consejo editorial de Archives of Sexual Behavior, una de las publicaciones líderes en investigación sexual. Chivers -36 años, prestigio y una obsesión- es a la ciencia lo que Carrie Bradshaw (el personaje de la serie que interpreta Sarah Jesica Parker) a la televisión: alguien dispuesto a indagar en el deseo femenino desde adentro, pero con evidencia científica. Hace no mucho tiempo, Chivers realizó una experiencia en el laboratorio del Centro de Adicciones y Salud Mental de la Universidad de Toronto en la que convocó a varones y mujeres a apoltronarse en un sillón para mirar un videoclip centrado en la pornografía y los bonobos.

Los bonobos son simios que dedican muchas horas al sexo y comparten más del 97% del perfil genético con los humanos. Muchos científicos van al Congo a observar a estos monos cuasi hippies. Los bonobos no usan la violencia. Resuelven los problemas con relaciones sexuales. Su performance incluye besos, masajes genitales y sexo oral.

Chivers editó imágenes de bonobos y armó un clip, incluyendo otras imágenes de sexo en humanos, que mostró a mujeres y varones sentados en el sillón.

"Para las mujeres heterosexuales ver a varones desnudos que caminan por la playa es prácticamente tan excitante como ver imágenes del Himalaya", contó la especialista en un documental. El estudio señaló que los varones heterosexuales dijeron sentirse excitados, entre otras, por las imágenes de sexo heterosexual, y el sexo entre mujeres. A ninguno de los varones les movieron un pelo los bonobos. En mediciones sobre la reacción de sus órganos sexuales, se observó que sus genitales y sus mentes vibraron al unísono.

Con las mujeres fue diferente. Más allá de la orientación sexual, sus genitales se encendieron con las imágenes de hombres con mujeres, hombres con hombres y mujeres con mujeres. El flujo sanguíneo se aceleró, en menor medida, ante los bonobos. Las valoraciones subjetivas de su excitación desconcertaron. En las escenas de sexo entre mujeres, las heterosexuales dijeron sentirse mucho menos excitadas que lo que registraban sus genitales. Todas afirmaron que los bonobos no las motivaban. Según los investigadores, parecía difícil creer que los genitales y la mente pertenecieran a la misma persona.

"Cuando me voy a la cama con un hombre quiero placer, diversión y contención. Mis ganas también dependen de cómo me sienta con mi cuerpo, y ahora que estoy bajando de peso, estoy asomándome un poco más. Yo puedo separar perfectamente el sexo de los sentimientos. Y no sé si es mejor o peor estando en pareja", confiesa Susana Varsinichi, arquitecta, de 48 años.

María Luisa Lerer, pionera en temas de sexualidad y género en la Argentina, sonríe al conocer la experiencia de Chivers. "La disociación entre lo que una mujer dice y lo que su aparato genital registra se explica porque persisten las diferencias entre lo que una mujer debe ser y lo que siente. Los varones tienen la sexualidad más acotada a sus genitales. La mujer percibe sensaciones en toda la piel", explica Lerer, psicóloga clínica de la UBA. Y está de acuerdo en una de las hipótesis de Chivers: el deseo femenino es mucho más complejo, multidimensional y abarcativo que el de los varones.

"La sexualidad femenina difiere de la masculina y requiere de un modelo de desarrollo independiente", escribió Chivers. Se siente parte de las posfeministas dispuestas a responder a las preguntas de Freud.

Pero hay que aclarar que "cuando el psicoanálisis se pregunta sobre el deseo femenino, no se refiere a la vida sexual sino a qué desean las mujeres de la vida -advierte desde su consultorio porteño Irene Meler, coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires-. La pregunta es obsoleta, tenía lógica cuando los varones elaboraban el discurso de las ciencias. Hoy tenemos una participación mayor en discursos del saber, no constituimos un enigma. No existe algo que mujeres o varones quieran de forma esencial. Lo que uno quiere depende de la oferta del contexto cultural en el cual nos formamos", señala.
Expertas

"Me gusta cómo cambió la mujer: pide sexo cuando tiene ganas, le fue enseñando al hombre que tiene distintos tiempos, distintas maneras de ser acariciada", dice Alicia López Menossi, de 50 años, contadora y separada.

Durante mucho tiempo, también las investigaciones en sexualidad tuvieron el foco en los varones. "Pero hay investigaciones importantes, como la de Shere Hite, que miró el deseo de las mujeres de otra manera", recuerda Diana Resnicoff, vicepresidenta de la Sociedad Argentina de Sexualidad Humana (SASH). Hite entrevistó a 3500 damas, y dijo: "La mujer es la auténtica experta en su propia sexualidad". En sus informes, ellas hablaron de lo que significaba el sexo. Hite habló de "celosías culturales" que habían impedido comprender la sexualidad femenina. También Foucault habló del sexo como una construcción cultural.

"El deseo de las mujeres no interesaba, interesaba su función reproductiva. Recién se estudió en los años 70. En los 80 apareció la epidemia de VIH/sida y las investigaciones se concentraron en ella", cuenta Lerer. Las feministas ya cuestionaban la epistemología tradicional. Lerer lo vivió en 1982. En el Primer Congreso Latinoamericano de Sexología, en Paraguay, expuso su teoría del deseo femenino basado en arquetipos. Habló de Afrodita, diosa de la belleza, libre en el sexo. Habló de Minerva, diosa de la sabiduría, y de Hera, reina del hogar y madre. "Las mujeres no queremos ser una sola diosa disociada, sino integrar sus aspectos. Desarrollar las cualidades del cuerpo y la mente, tener hijos y disfrutar del sexo", expresó.

Ahora, "la industria farmacéutica global busca la pastilla del placer sexual femenino. El sildenafil (Viagra) fue una solución para muchos hombres. Se ha intentado patologizar muchos problemas femeninos para obtener la misma ganancia. El deseo femenino es complejo. No sólo depende de este impulso que nos predispone al encuentro sexual, sino del contexto, la motivación", dice Resnicoff.

¿Cómo se comportan ellas frente a la posibilidad de sentirse bien entre sábanas con la ayuda de un medicamento? "En la consulta no piden la pastilla mágica, sino un cambio en la calidad del encuentro sexual. El 40% de los que acuden al consultorio son parejas que buscan cómo reavivar el deseo. Y el deseo es muy vincular."

En la Argentina, prácticamente no se hacen investigaciones sobre el deseo sexual femenino. Juan Carlos Kusnetzoff, director del Programa de Sexología del Hospital de Clínicas, cuenta que allí se atienden 1500 casos anuales, y que el 35% de ellos son consultas por falta de deseo sexual. "La mayoría no son ni hombres ni mujeres solos, sino parejas", dice Kusnetzoff.

El 98% de las mujeres encuestadas en países desarrollados dicen no disfrutar de la penetración como único estímulo. "El deseo sexual femenino es distinto. Necesitamos cinco veces más de llenado de sangre en la región pélvica, lo que implica un mínimo de 20 minutos", describe Resnicoff. Para ella, "la sexualidad femenina es una experiencia sensorial de todo el cuerpo".

El deseo de las mujeres se enciende con sensaciones táctiles y auditivas. El del varón responde mucho más al estímulo visual. La mujer necesita ambiente, tiempo y ser estimulada de distintas maneras.

Algunas canadienses y norteamericanas no creen que Chivers tenga de género más que la ropa. "Ella no sólo dice que las mujeres deseamos todo, sino que además no sabemos bien lo que queremos", se quejan. Entre ellos también cosechó enojo al sugerir que, tal vez, los hombres estén más constreñidos por los mandatos de la cultura. Algunos pusieron en tela de juicio su método. Otros se preocuparon. Desde que Chivers gritó a los cuatro vientos que a una mujer no sólo la excita un hombre, la competencia masculina entró en una nueva dimensión.

Por María Eugenia Ludueña


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