Un espejo de violencia múltiple: La prostitución femenina


La prostitucion femenina


Las mujeres en prostitución históricamente han llevado sobre sus hombros un estigma que las excluye de la posibilidad de contar con una existencia social positiva; se las ha considerado «mujeres de la mala vida», «cualquieras», «callejeras», y la gente se refiere a ellas con muchos otros calificativos que no viene al caso mencionar.

Debido a la forma en que son identificadas, es usual que la sociedad las rechace y haga de ellas el chivo expiatorio de una serie de prejuicios, los que se descargan en múltiples formas de violencia sobre este grupo en particular. Pero, ¿qué lleva a una mujer a involucrarse en la prostitución? Sin embargo, antes de tratar de dar respuesta a este interrogante, se establecerá qué se entiende por prostitución.



I. La prostitución: una forma de violencia

Dos investigadoras costarricenses han elaborado la siguiente definición: la prostitución es una «forma de violencia, explotación y victimización de la mujer; donde a través de la cosificación de su cuerpo y sexualidad, se asumen estas como mercancía, permitiéndose así comprar acceso a ella por parte del cliente prostituyente». (Treguear y Carro, 1994). A ello se agrega también que se trata de una forma de obtención de ingresos.

La violencia a la que hacen referencia estas autoras es de índole estructural. En palabras de Saúl Franco se trata de «violencias que no matan pero que deterioran las condiciones y la calidad de vida de las personas y de los grupos» (Franco, 1993, p. 220). Es decir, consiste en violencia ejercida desde las estructuras sociales hacia ciertos miembros de la comunidad. La mujer en prostitución constituye uno de ellos: la misma forma en que se la denomina usualmente «prostituta» es un claro ejemplo de esto, pues reduce todo su ser a lo que hace:

… Consideramos inapropiado utilizar el término «trabajadoras del sexo» en tanto desde la prostitución estas mujeres no tienen ningún reconocimiento social como trabajadoras y ciudadanas. Llamarlas «prostitutas» es reducir una vez más su identidad a lo que hacen, sin mirar lo que son como personas: mujeres particularizadas y con historia. (Ortiz y otras, 1998, p. 10).


Las autoras recomiendan entonces utilizar los términos «mujeres en prostitución», o «mujeres en relación con la prostitución». Estos términos permiten conceptualizar la prostitución como una práctica institucionalizada socialmente, en donde la mujer en relación con dicha práctica cumple un papel como también lo hacen los clientes y proxenetas.



II. La historia de la mujer en prostitución: una senda de victimización

En numerosos casos la mujer en prostitución proviene de estratos socioeconómicos bajos en la estructura social. Muchas de ellas son a su vez hijas de mujeres relacionadas con la prostitución o hijas de clientes. Desde pequeñas han experimentado una serie de vivencias que las han llevado a convertirse en víctimas. Vienen de familias compuestas por personas de muy escasos recursos económicos y que son incapaces de proteger adecuadamente a sus miembros y brindarles afecto de manera acertada. Esta mujeres han crecido en comunidades peligrosas en las que impera la delincuencia, la indiferencia gubernamental y la carencia generalizada de recursos. No solo han carecido de modelos adultos sanos sino que también tienen escasas posibilidades de permanecer en el sistema educativo formal.

Diversas investigaciones desarrolladas en Costa Rica han permitido determinar que un elevado porcentaje de las mujeres involucradas en prostitución fueron víctimas de abuso sexual desde mucho tiempo antes de su ingreso público a esta actividad. Las cifras oscilan entre 63% y 78% del total de participantes en estas investigaciones (Treguear y Carro, 1994; Ortiz y otras, 1998). Esto, aunado a las condiciones expuestas en el párrafo anterior, permite entender que la mujer que llega a introducirse en la prostitución en realidad se percibe a sí misma como «prostituta» mucho antes de exhibirse públicamente en una calle.

Así, en numerosos casos el involucramiento de las jóvenes en la prostitución forma parte de una imbricada red de experiencias subjetivas e intersubjetivas de abuso y desvalorización que ellas han interiorizado desde mucho tiempo atrás. Desde niñas aprendieron que su cuerpo «sirve» para obtener afecto por parte de los hombres, pero también que «es natural» que los mismos hagan uso de él para alcanzar su propio placer. Se trata, en última instancia, de cuerpos-mujeres prostituidos mucho antes de que ingresen formalmente a la actividad. Hablando de manera simbólica, «convertirse en prostituta» representa para ellas únicamente el siguiente paso inevitable en la dirección que ha tomado su vida desde pequeñas. No encuentran alternativa, pues no logran visualizar otras posibilidades de alcanzar ingresos económicos para su supervivencia. Otro factor determinante es que no se consideran a sí mismas seres humanos valiosos, merecedores de algo mejor, pues sus experiencias vitales las han llevado a pensar y sentir lo contrario.

Además, una vez que se encuentran dentro del «ambiente» o «la pulseada» —utilizando su propio lenguaje— cada encuentro con un cliente constituye una nueva experiencia de victimización. Este encuentro las despoja del control sobre sus vidas y las convierte en objetos intercambiables con valor comercial. Son innumerables la experiencias de abuso y violencia de que son objeto por parte de clientes, policías, taxistas y compañeros que viven a sus expensas. A esa lista se suman los dueños de hoteles, bares y agencias de viajes que también forman parte de la cadena de explotación que las utiliza.

De ahí que la gran mayoría afirme que desea «salir», es decir, abandonar la prostitución, «cambiar» su vida. Pero, al mismo tiempo, se sienten incapaces de hacerlo y enfrentan grandes temores acerca de sus verdaderas posibilidades y recursos. También temen la reacción de las demás personas que están acostumbradas a identificarlas como lo que hacen, es decir, como prostitutas.

¿Cuál debe ser entonces nuestra respuesta como comunidad cristiana?



III. El papel de la Iglesia: una renovación integral

A lo largo de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, Dios se manifiesta como un ser justo. Su preocupación y su deseo de bendecir se extienden desde el pueblo de Israel hasta todas las naciones de la tierra (Gn. 12.3). Su misericordia por la humanidad es vasta e integral. La entrega sacrificial de nuestro Señor Jesucristo en la cruz constituye la máxima manifestación de su amor por todos nosotros.

La justicia que el Señor demanda de nuestra parte no es sólo personal, sino también con repercusiones sociales. La voz de los profetas del Antiguo Testamento muchas veces estaba permeada de connotaciones políticas que confrontaban a gobiernos, funcionarios y pueblos enteros con sus injusticias y pecados estructurales. En estos casos, el llamado al arrepentimiento y el retorno sincero a Dios constituía la alternativa que se les presentaba.

Esto representaría el primer reto que la Iglesia del Señor debería asumir ante la prostitución de jóvenes y mayores: levantarse con voz profética para desenmascarar la corrupción de personas, instituciones y estructuras que las utilizan como chivos expiatorios y productos de mercado.

En segundo lugar, son las mismas mujeres en prostitución las que anhelan profundamente liberarse «del ambiente» y empezar de nuevo. En lo profundo de su ser hacen referencia a un proceso de conversión, puesto que un cambio como el que sueñan sólo se alcanza con el toque maravilloso del Espíritu de Dios. Empero, deberá tenerse en cuenta que al presentarles el Evangelio es necesario hacer un énfasis especial en la posibilidad que nos da el Señor de decidir sobre nuestra propia existencia y controlarla, para someterla a Él de manera voluntaria. La conversión no es mágica, ni nuestra transformación tampoco. Nuestros valores van siendo renovados poco a poco, y son puestos a prueba una y otra vez. Es aquí donde es necesario que ellas asuman el control de sus vidas, quizá por primera vez.

Finalmente, la actitud que Jesús manifestó ante la mujer adúltera cuando los demás querían darle muerte por «pecadora» puede enseñarnos mucho acerca de cómo acercarnos a las mujeres en prostitución. No estamos libres de pecado, por lo tanto nuestra aproximación hacia ellas debe ser la de un ser humano a otro; la única diferencia radica en que nosotros hemos tenido la oportunidad de ser alcanzados por la misericordia de Dios y ahora es nuestra responsabilidad compartir este milagro maravilloso con otros que aún no lo conocen.


fuente: http://www.foroekklesia.com/showthread.php?t=23405