Por Diego Gualda

Los hombres -sobre todo los de cierto volúmen anatómico- solemos fantasear de manera bastante perversa con la chicas pequeñitas. Y no hablo de la edad, como en el caso de mi amigo Matute, sino puntualmente del tamaño. Lo bueno viene en frasco chico y las damitas de menos 1.60 de estatura suelen hacer las delicias de la tropa de roedores que habitan en los inconmensurables bochos de tipos como nosotros, los osos de más de 1.80 y cercanos a los 100 kilos. ¿Será que nos comimos el cuento de la “hélice”? ¿Será que creemos que, a menor peso / volúmen podremos lograr piruetas y proezas impensadas?

Charlando con una dama particularmente pequeña, me decidí a presentarle mi teoría al respecto. Porque no se trata de cuestiones de tamaño, de posibles proezas en la cama o de acrobacias kamasútricas. Todo este rollo que nosotros los grandotes tenemos con ellas, las petisitas, tiene que ver ni más ni menos que con el poder.

La diferencia de tamaño hace sentir poderoso al que ostenta el número más alto en la balanza. Es como estar manejando un Scania 112 y encontrarse haciéndole frente a un ancianito en bicicleta. La superioridad volumétrica nos hace sentir invulnerables, nos hace creer que el ancianito en bicicleta -o esa morochita de 1.50 y 46 kilos- no nos puede provocar ningún daño.

Lo que olvidamos muchas veces es que las pequeñas, al igual que los pequineses, suelen tener un carácter y una capacidad de autopreservación inversamente proporcional a sus escuetas medidas. Entonces resulta que uno, muy confiado en su Scania, le hace frente a la bici, sólo para descubrir que el ciclista traía escondido un bazooka.

Las mujeres pequeñitas nos seducen, pero son peligrosísimas. Y no sé por qué, sobre todo últimamente, siento que debería seguir más al pie de la letra un consejo que me daba mi padre cuando tenía como diez años:

Metete con uno de tu tamaño....



Fuente: Blog No Entiendo A Las Mujeres