Las chicas que se venden por un iPod

Las chicas que se venden por un iPod

Provienen de distintas clases sociales, pero todas intercambian sexo por dinero para poder comprarse accesorios tecnológicos o ropa.

“Todo empezó de una manera súper cool. Ese día, hace más de seis meses, fui con mis amigas a bailar a Puerto Madero. Era una matinée. Al final la fiesta era un embole. Me quería ir, y estaba en eso cuando una amiga me llamó y me contó que sus viejos se habían ido a la quinta. Ella estaba en la casa con otros chicos, y me dijo que fuera para allá. Me di cuenta de que si no me apuraba, la reunión se iba a terminar, y yo quería ver a un chico que estaba ahí. No me quedaba un centavo para el taxi, y justo viene Mariano y me clava: ‘Quiero besarte’. Ni lo pensé, y le dije: ‘Te dejo, pero si me das 20 pesos’. Le acerqué los labios y me apoyó la boca. Fue así de simple: él quería un beso y yo la plata para tomarme un taxi. ¿Qué tiene de malo?”.

Así, de esta forma directa, descarnada y casi aniñada, comienza su relato Martina, hija de profesionales exitosos. Esta chica flaquísima, de piernas kilométricas y una belleza que impacta, es una de las protagonistas del libro Chicas caras (Adolescentes que se prostituyen), escrito por la periodista Teresita Ferrari, y lanzado recientemente por Editorial Atlántida.

Martina, al igual que las otras nueve jóvenes que contaron su historia en el libro, asume la prostitución con naturalidad y habla de eso como si fuera una profesión cualquiera. Ella se mantiene indiferente a los tabúes y asegura que el dinero que consigue vendiendo su cuerpo le permite acceder a esos objetos de deseo que la seducen de pies a cabeza: ropa y calzado de primeras marcas, teléfonos celulares, notebooks, etcétera.

Martina, Andrea, Victoria, Mía, Tamara, Yéssica, Johanna, Josefina, Carolina y Damiana provienen de diferentes clases sociales, pero todas ejercen lo que se ha dado en llamar la “prostitución no convencional”: un fenómeno que crece y que desde hace ya unos años los diarios del mundo comenzaron a reflejar.

Recorridos sin retorno

No cualquier chica intercambia sexo por dinero. Entonces, ¿qué lleva a estas jóvenes, muy diferentes entre sí, a tener un comportamiento como este? “Sienten una profunda soledad, tienen una personalidad extrema (para ellas es ‘todo o nada’), baja autoestima, baja tolerancia a la frustración y una gran anestesia emocional. La acción sexual reemplaza a la palabra, a la comunicación con un otro. El cuerpo no les representa algo preciado, íntimo: lo viven como un objeto. Sin duda, sus valores están alterados. Creen que ‘sos, si tenés’, no importa a cambio de qué”, asegura la psicóloga Sandra Sporn, especialista en terapia sistémica-congnitiva (www.terapiasweb.com.ar).

Andrea, otra de las protagonistas del libro, pertenece a una familia adinerada de una zona rural, y desde hace más de dos años cobra por tener sexo. “Mi primo Juan se fue con sus padres a los Estados Unidos. Se trajeron de todo, y todo era divino. Yo me enamoré del equipo de música de Juan, hiperchiquito y con un sonido maravilloso. Todos los días me iba a su cuarto a escuchar música, y nos tocábamos. Un vez, él estaba re caliente, me abrazó y me dijo muy despacio que metiera la mano debajo de su cama. Saqué una caja, y por la foto supe que era un equipo igual al de él. Ahí me dijo que me lo daba si hacíamos el amor. Sentí miedo, pero quería tenerlo. Mientras él me hablaba, yo pensaba en el equipo. Al final lo hicimos y todo fue increíble. Después vino otro lío, que era llevar el aparato a casa y que mi madre se creyera la mentira que tardamos como una semana en inventar”, cuenta esta chica de cara antigua, pelo largo y rubio, y ojos rasgados y muy verdes.

“El relato de Andrea impone un replanteo sobre los modelos y valores de la sociedad, y sobre el lugar que deben ocupar los padres. ¿Cómo es posible que ninguno de ellos repare en que su hija aparezca con un par de zapatillas, un equipo de música o una notebook nuevos? Juegan al ‘como que’: ‘Como que no me di cuenta’, ‘Como que no me quiero enterar’”, afirma la socióloga Marcela Aszkenazi, docente universitaria e integrante del Programa de Adolescencia del Hospital de Clínicas José de San Martín.

La gran escalada

Lo que para estas chicas comenzó como algo casual y tal vez pasajero, lentamente comenzó a formar parte de sus rutinas diarias. El intercambio de sexo por dinero o por objetos de valor se convirtió en su modo de vida. Martina practica la prostitución entre sus compañeros de estudio y de salidas, y cobra muy bien. Sostiene que si se mantiene la virginidad, como asegura que es su caso, no se trata de prostitución. “Yo quiero plata porque me gusta mucho tener cosas, y a ellos les gusta que yo se las chupe y que nos re matemos tocándonos en el baño. Les gusto, pero ni ellos ni yo queremos nada más. ¿Es tan difícil de entender?”, dice.

“Muchas chicas no consideran que el sexo oral es una relación sexual, y eso es un grave error. Si partimos de ahí, es lógico que algunas digan que no se consideran prostitutas”, asegura Aszkenazi.

“Me gusta la plata, y eso no está mal. Mi padre siempre nos dijo que tener es poder, y a él le va bien con esa teoría. Yo quiero lo mío. Todos me quieren voltear porque parezco inalcanzable. Que paguen”, sostiene Andrea, con una crudeza que asusta. Martina afirma: “No quiero una familia como la de mi vieja y la de mi abuela, un pibe que me ponga los cuernos todo el tiempo, que me embarace y me compre tres boludeces para conformarme. Yo quiero hacer mi propia vida. ¿Te dije que estoy enamorada de una notebook divina, finita y que no pesa nada? La quiero”.

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Sporn explica: “Estas chicas se mueven en un sistema de la inmediatez como estilo de vida, no tienen capacidad de espera y se creen supermujeres: perfectas, todopoderosas. Sienten que tienen todo bajo control. Por lo general, las familias de ellas también tienen patrones distorsionados: son fragmentadas y psicotóxicas. Sus integrantes son personas conflictivas, con un modelo de permisividad, autonomía y libertad equivocado”. Pero no es lo único con lo que deben lidiar. “Además, existe una gran falta de comunicación entre los miembros de la familia. Hay dificultades en la pareja de los padres, quienes desconocen o descreen la realidad que viven sus hijas. Ellas, sin duda, son un síntoma de la crisis familiar que están viviendo. No tienen un modelo a seguir, o desconfían de poder alcanzarlo. Mediante la prostitución ‘están hablando’ de sus problemas, pero sin palabras”, concluye Sporn.