ESTA ES LA SEGUNDA PARTEE :

CAPÍTULO 5


El lobo me estudió en silencio, con el morro fruncido sobre los puntiagudos colmillos, como olfateándome. Cuidadosamente, dejé a un lado mi cantimplora, sin saber muy bien qué hacer. Si pedía ayuda, el lobo podría asustarse y huir... o por el contrario, atacar. Si me quedaba quieto, podría perder el interés en mí y desaparecer... o podría tomarlo como un signo de debilidad y disponerse a matarme.
Estaba intentando desesperadamente decidir qué hacer, cuando el lobo tensó las patas traseras, bajó la cabeza y saltó, sorteando la corriente de un enorme brinco. Aterrizó en mi pecho, tirándome al suelo. Traté de apartarme a rastras, pero el lobo se había sentado sobre mí y pesaba demasiado para quitármelo de encima. Mis manos buscaron frenéticamente una roca o un palo, algo con lo que golpear al animal, pero no había nada que agarrar, excepto nieve.
El lobo era una visión terrible de cerca, con su cabeza gris oscura y sus oblicuos ojos amarillos, su hocico negro, y los blancos dientes de dos o tres pulgadas de largo al descubierto. Le colgaba la lengua a un lado de la boca, y jadeaba pesadamente. Su aliento olía a sangre y a carne cruda.
No sabía nada de lobos (excepto que los vampiros no podían beber de ellos), así que no tenía ni idea de cómo reaccionar: ¿golpear su cabeza o su cuerpo? ¿Seguir allí tendido y esperar a que se fuera, o gritar y quizá ahuyentarlo? Y mientras me devanaba los sesos, el lobo bajó la cabeza, extendió la lengua larga y húmeda... ¡y me lamió!
Me quedé pasmado, allí tumbado, con los ojos clavados en las mandíbulas del temible animal. El lobo me lamió otra vez, y entonces se apartó de mí, se volvió hacia el arroyo, metió las patas en el agua y bebió a lengüetazos. Me quedé tumbado donde estaba un poco más, y luego me levanté y me senté para verle beber, reparando en que era un macho.
Cuando el lobo hubo bebido suficiente, se incorporó, levantó la cabeza y lanzó un aullido. Desde la arboleda de la orilla opuesta del arroyo surgieron tres lobos más, se acercaron cautelosamente a la ribera y se pusieron a beber. Eran dos hembras y un cachorro, más oscuro y pequeño que los demás.
El macho observó a los otros mientras bebían, y luego se sentó a mi lado, arrimándose a mí como un perro, y antes de que me diera cuenta, me encontraba haciéndole cosquillas detrás de una oreja. El lobo emitió un gañido complacido y ladeó la cabeza para que pudiera rascarle la otra.
Una de las lobas terminó de beber y cruzó el arroyo de un salto. Me olfateó los pies, se sentó al otro lado y me ofreció la cabeza para que se la rascara. El macho le gruñó, celoso, pero ella lo ignoró.
Los otros dos no tardaron en unirse a la pareja en mi lado del arroyo. La hembra era más tímida que sus compañeros y se quedó merodeando a pocos pasos. El cachorro no estaba asustado, y se arrastró hasta mí, olfateando mis piernas y mi estómago como un perro de caza. Levantó una pata para marcarme el muslo izquierdo, pero antes de que lo hiciera, el macho le lanzó un mordisco y lo derribó. Soltó un furioso ladrido, y luego regresó con cautela y volvió a subírseme encima. Esta vez no intentó marcar su territorio, ¡menos mal!
Me quedé allí sentado un buen rato, jugando con el cachorro y acariciando a los dos más grandes. El macho rodó sobre su espalda, y así pude rascarle la barriga. Su pelaje era más claro por debajo, salvo por una larga raya negra que le llegaba hasta la cintura. Streak* me pareció un buen nombre para un lobo, y así lo llamé.
Quería ver si sabían algún truco, así que busqué un palo y lo lancé.
— ¡Tráelo, Streak, tráelo! —grité, pero él no se movió.
Intenté hacer que se sentara.
— ¡Siéntate, Streak! —le ordené.
Él se quedó mirándome.
—Siéntate... así.
Me senté sobre el trasero. Streak retrocedió un poco, como si pensara que me había vuelto loco. El cachorro, que era realmente juguetón, saltó sobre mí. Me hizo reír y dejé de intentar enseñarles trucos.
Después volví al campamento para hablarles a los vampiros de mis nuevos amigos. Los lobos me siguieron, aunque sólo Streak caminaba a mi lado. Los otros nos seguían detrás.
Mr. Crepsley y Gavner estaban durmiendo cuando llegué, cubiertos por las gruesas mantas de piel de ciervo. Gavner roncaba ruidosamente. Sólo se veían sus cabezas, ¡y parecían el par de bebés más feos del mundo! Me habría encantado tener una cámara a mano para poder hacerles una foto a los vampiros, y así conservar aquella imagen.
Me disponía a meterme bajo las mantas cuando se me ocurrió una idea. Los lobos se habían detenido en la arboleda. Los llamé. Streak vino primero y examinó el campamento, comprobando que era un lugar seguro. Cuando quedó satisfecho, emitió un ligero gruñido y los otros lobos se acercaron, manteniéndose a distancia de los vampiros dormidos.
Me tumbé en el lado más alejado del fuego y levanté la manta, invitando a los lobos a que se echaran junto a mí. No quisieron meterse bajo la manta (el cachorro lo intentó, pero su madre tiró de él por el pescuezo), pero una vez que me acosté y me cubrí con ella, se acercaron con cautela y se tumbaron por encima, incluida la loba tímida. Eran pesados, y el olor de sus cuerpos peludos era muy intenso, pero la calidez de los lobos era divina, y a pesar de estar descansando tan cerca de la cueva donde un vampiro había sido asesinado hacía poco, me quedé dormido en el más absoluto confort.

***

Me despertaron unos furiosos gruñidos. Me incorporé bruscamente, y vi a los tres lobos adultos formando un semicírculo en torno a mi cama, con el macho en el medio. El cachorro se mantenía detrás de mí. Ante nosotros estaban las Personitas. Flexionaban sus grises manos a los costados, moviéndose hacia los lobos.
— ¡Alto! —grité, levantándome de un brinco. Al otro lado del fuego (que se había extinguido mientras dormía), Mr. Crepsley y Gavner se habían despertado bruscamente y apartaron sus mantas. Salté delante de Streak y gruñí a las Personitas. Se quedaron mirándome desde el interior de sus capuchas azules. Miré a los enormes ojos verdes del que tenía más cerca.
— ¿Qué está ocurriendo? —exclamó Gavner, parpadeando con rapidez.
La Personita más cercana ignoró a Gavner, señaló a los lobos y luego se frotó el estómago. Con eso quería decir que tenían hambre. Sacudí la cabeza.
— ¡A los lobos, no! —dije—. ¡Son mis amigos!
Volvió a frotarse el estómago.
— ¡No! —grité.
La Personita empezó a avanzar, pero la que estaba detrás (Lefty) le tocó el brazo. La Personita miró fijamente a Lefty, sin moverse, durante un segundo, y después se alejó arrastrando los pies a donde había dejado las ratas que habían cogido mientras cazaban. Lefty se quedó un segundo más, mirándome con sus ocultos ojos verdes, antes de reunirse con su hermano (siempre pensaba en ellos como hermanos).
—Veo que has conocido a algunos de nuestros primos —dijo Mr. Crepsley, acercándose despacio a los restos de la hoguera, con las palmas de las manos hacia arriba, para no alarmar a los lobos. Le gruñeron, pero una vez que percibieron su olor, se relajaron y se sentaron, aunque sin perder de vista a las Personitas que masticaban ruidosamente.
— ¿Primos? —pregunté.
—Los lobos y los vampiros son parientes —explicó—. Las leyendas cuentan que una vez fuimos iguales, como originariamente lo fueron el hombre y el mono. Algunos aprendimos a andar sobre dos patas y nos convertimos en vampiros..., mientras los otros siguieron siendo lobos.
— ¿Eso es cierto? —pregunté.
Mr. Crepsley se encogió de hombros.
—Tratándose de leyendas, ¿quién sabe? —Se agachó ante Streak y lo observó en silencio. Streak se sentó erguido, levantó las orejas y erizó la pelambrera—. Un ejemplar magnífico —dijo Mr. Crepsley, acariciando el largo hocico del lobo—. Un líder nato.
—Yo le llamo Streak, porque tiene una raya negra en la barriga —dije.
—Los lobos no necesitan nombres —me informó el vampiro—. No son perros.
—No seas aguafiestas —dijo Gavner, situándose junto a su amigo—. Deja que les ponga nombres si quiere. No hace ningún daño con eso.
—Supongo que no —convino Mr. Crepsley. Extendió una mano hacia las lobas y se acercaron a lamerle la palma, incluso la tímida—. Siempre se me han dado bien los lobos —dijo, incapaz de disimular el orgullo en su voz.
— ¿Cómo es que son tan amistosos? —inquirí—. Creía que los lobos se asustaban de la gente.
—De los humanos —dijo Mr. Crepsley—. Los vampiros somos distintos. Nuestro olor es parecido al suyo. Nos reconocen como espíritus afines. No todos los lobos son amistosos (estos deben haber tenido trato antes con los de nuestra especie), pero ninguno atacaría nunca a un vampiro, a menos que esté muriéndose de hambre.
— ¿Has visto más? —preguntó Gavner. Meneé la cabeza—. Es probable que se dirijan también a la Montaña de los Vampiros, a reunirse con otras manadas.
— ¿Por qué habrían de ir a la Montaña de los Vampiros? —pregunté.
—Los lobos vienen siempre que se celebra un Consejo —explicó—. Saben por experiencia que habrá muchas sobras para ellos. Los guardianes de la Montaña de los Vampiros se pasan años abasteciendo al Consejo. Siempre hay sobras de comida, que arrojan fuera para las criaturas silvestres.
—Es un camino muy largo para ir en busca de unas sobras —comenté.
—No van sólo por comida —dijo Mr. Crepsley—. También van a reunirse, a saludar a los viejos amigos, a buscar nuevas parejas y a compartir recuerdos.
— ¿Los lobos pueden comunicarse? —pregunté.
—Pueden transmitirse pensamientos sencillos los unos a los otros. No hablan realmente (los lobos no tienen el don de la palabra), pero pueden compartir imágenes y transmitir mapas de los sitios donde han estado, haciendo saber a los otros dónde abunda o escasea la caza.
—Hablando de eso, sería mejor que nos esfumáramos —dijo Gavner—. El Sol se está poniendo y es hora de marcharnos. Has elegido una ruta larga y llena de rodeos, Larten, y si no apresuramos el paso, llegaremos tarde al Consejo.
— ¿Es que hay otros caminos? —pregunté.
—Pues claro —dijo—. Hay docenas de caminos. Por eso (excepto por los restos de ese muerto) no nos hemos encontrado con otros vampiros. Cada uno viene por una ruta diferente.
Enrollamos las mantas y partimos, Mr. Crepsley y Gavner sin perder de vista el sendero, rastreándolo en busca de alguna señal del asesino del vampiro de la cueva. Los lobos nos siguieron entre los árboles, y corrieron a nuestro lado durante un par de horas, sin acercarse a las Personitas, antes de desvanecerse ante nosotros en la noche.
— ¿A dónde han ido? —pregunté.
—A cazar —repuso Mr. Crepsley.
— ¿Volverán?
—No me extrañaría —dijo, y, al amanecer, mientras estábamos acampando, los cuatro lobos reaparecieron como fantasmas entre la nieve, y se acostaron con nosotros. Durante el transcurso del segundo día con ellos, dormí profundamente, y lo único que me molestó fue la fría nariz del cachorro, cuando se introdujo furtivamente bajo la manta al mediodía para acurrucarse junto a mí.

CAPÍTULO 6


Procedimos con cautela durante las primeras noches que siguieron al hallazgo de la cueva salpicada de sangre. Pero al no encontrar ningún rastro del asesino del vampiro, nuestra inquietud menguó, y disfrutamos de los placeres esenciales del camino lo mejor que pudimos.
Correr con los lobos era increíble. Aprendí mucho observándolos y haciéndole preguntas a Mr. Crepsley; se consideraba a sí mismo algo así como un experto en lobos.
Los lobos no eran muy veloces, pero nunca se cansaban, aunque recorrieran veinte o treinta millas al día. Generalmente cogían animales pequeños cuando iban a cazar, pero a veces perseguían presas mayores, trabajando en equipo. Sus sentidos (vista, oído, olfato) eran poderosos. Cada manada tenía un líder, y compartían equitativamente el alimento. Eran excelentes escaladores y podían sobrevivir en todo tipo de condiciones.
Cazamos mucho con ellos. Era tan maravilloso correr junto a ellos bajo la clara noche estrellada, sobre la nieve reluciente, a la caza de un ciervo o un zorro, y compartir la ardiente y sangrienta matanza... El tiempo pasó más rápido junto a los lobos, y las millas se deslizaban bajo nuestros pies casi sin percatarnos de ello.

***

Una fría y clara noche, llegamos a un espeso zarzal que cubría el suelo de un valle protegido por dos altísimas montañas. Las espinas eran tan largas y puntiagudas que podían atravesar incluso la piel de un vampiro completo. Nos detuvimos en la entrada del valle mientras Mr. Crepsley y Gavner decidían cómo continuar.
—Podríamos trepar por una de las montañas —meditó Mr. Crepsley—, pero Darren no tiene tanta experiencia escalando como nosotros. Podría descalabrarse si se resbalara.
— ¿Y si damos un rodeo? —sugirió Gavner.
—Nos llevaría demasiado tiempo.
— ¿Podríamos excavar un túnel por debajo? —pregunté.
—También eso —dijo Mr. Crepsley— nos llevaría demasiado tiempo. Tendremos que seguir adelante con tanto cuidado como podamos.
Se quitó el jersey, y lo mismo hizo Gavner.
— ¿Por qué se desnudan? —inquirí.
—La ropa nos protegería un poco —explicó Gavner—, pero acabarían hechas jirones. Es mejor que las conservemos en buen estado.
Cuando Gavner se quitó los pantalones, vi que llevaba unos calzoncillos amarillos con elefantes rosa bordados. Mr. Crepsley se quedó mirando aquellos calzoncillos con expresión incrédula.
—Me los regalaron —farfulló Gavner, ruborizándose intensamente.
—Alguna humana con la que hayas tenido algún romance, supongo —dijo Mr. Crepsley, y las comisuras de su boca, de expresión habitualmente adusta, se curvaron hacia arriba, amenazando con abrirla en una rara e incontrolada sonrisa.
—Era una mujer muy hermosa —suspiró Gavner, resiguiendo con un dedo el contorno de uno de los elefantes—. Pero tenía muy mal gusto escogiendo ropa interior.
—Y novios —agregué traviesamente.
Mr. Crepsley estalló en carcajadas y se dobló por la cintura, con las lágrimas corriéndole por el rostro. Nunca había visto al vampiro reírse tanto... ¡Nunca había imaginado que pudiese hacerlo! Hasta Gavner parecía sorprendido.
Mr. Crepsley tardó un rato en recuperarse de su ataque de risa. Cuando se secó las lágrimas y recobró su sombría personalidad, se disculpó (como si reírse fuera un crimen). Luego frotó sobre mi piel una loción con un olor espantoso, que cerraba los poros, haciendo que fuera más difícil herirse. Sin perder más tiempo, avanzamos. El trayecto fue largo y doloroso. Por más cuidado que tuviera, cada pocos pasos pisaba una espina o me hacía un arañazo. Me protegía la cara lo mejor que podía, pero para cuando ya estábamos a medio camino en el valle, superficiales arroyuelos rojos surcaban mis mejillas.
Las Personitas no se habían quitado sus togas azules, aunque se les estuvieran haciendo jirones. Al cabo de un rato, Mr. Crepsley les dijo que caminaran delante, pues así aguantarían las peores espinas mientras nos abrían camino a los demás. Casi me compadecí de aquella silenciosa y resignada pareja.
Los lobos lo tuvieron más fácil. Estaban acostumbrados a este tipo de terreno, y se escurrían velozmente entre las zarzas. Pero no estaban muy contentos. Habían actuado de un modo extraño durante toda la noche, caminando lentamente a nuestro lado, deprimidos, olfateando el aire con desconfianza. Podíamos sentir su ansiedad, pero no sabíamos qué la causaba.
Estaba mirando a mis pies, pasando con mucho cuidado por una hilera de centelleantes espinas, cuando choqué con Mr. Crepsley, que se había detenido repentinamente.
— ¿Qué pasa? —pregunté, atisbando por encima de su hombro.
— ¡Gavner! —exclamó bruscamente, ignorando mi pregunta.
Gavner se adelantó a mí arrastrando los pies, respirando trabajosamente (solíamos burlarnos de su ruidosa respiración). Le escuché lanzar un grito ahogado cuando alcanzó a Mr. Crepsley.
— ¿Qué es? —pregunté—. Déjenme ver...
Los vampiros se separaron y vi un diminuto trocito de tela enganchado en los zarzales. Algunas gotas de sangre seca teñían las puntas de las espinas.
— ¿Cuál es el problema? —pregunté.
Los vampiros no respondieron de inmediato. Miraban alrededor con preocupación, de igual modo en que los lobos lo habían hecho.
— ¿La hueles? —respondió Gavner finalmente, en voz baja.
— ¿El qué?
—La sangre.
Olfateé el aire. Sólo percibí unos vagos efluvios, porque la sangre ya estaba seca.
— ¿Qué pasa con ella? —pregunté.
—Recuerda hace seis años —dijo Mr. Crepsley. Cogió el pedazo de tela del zarzal (los lobos gruñían ahora intensamente), y me lo acercó a la nariz—. Huélelo bien. ¿Te suena de algo?
No lo hice enseguida (mis sentidos no eran tan agudos como los de un vampiro completo), pero luego recordé una lejana noche en la habitación de Debbie Hemlock y el olor de la sangre del demente Murlough mientras yacía moribundo en el suelo. Mi rostro palideció cuando comprendí... ¡que se trataba de la sangre de un vampanez!

CAPÍTULO 7


Atravesamos a buen paso lo que quedaba del zarzal, sin hacer caso de las punzantes espinas. Nos detuvimos al otro lado para vestirnos, y luego continuamos sin pausa. Había cerca una estación de paso a la que Mr. Crepsley estaba decidido a llegar antes del amanecer. A paso normal, nos habría llevado algunas horas llegar hasta allí, pero lo conseguimos en dos. Una vez dentro y a salvo, los vampiros iniciaron una acalorada discusión. Nunca se habían encontrado evidencias de la actividad de los vampanezes en esta parte del mundo. Existía un tratado entre ambos clanes, que prohibía tales incursiones en territorio ajeno.
—Tal vez fuera un vampanez vagabundo —sugirió Gavner.
—Hasta el más chiflado de los vampanezes sabe que es mejor no acercarse por aquí —discrepó Mr. Crepsley.
— ¿Y qué otra explicación hay? —inquirió Gavner.
Mr. Crepsley consideró el problema.
—Podría ser un espía.
— ¿Crees que los vampanezes se arriesgarían a provocar una guerra? —Gavner no parecía muy convencido de ello—. ¿Qué les interesaría saber que justificara tal riesgo?
—Quizá van detrás de nosotros —dije en voz baja. No pretendía interrumpirles, pero sentí que lo había hecho.
— ¿Qué quieres decir? —preguntó Gavner.
—Quizá descubrieron lo de Murlough.
El rostro de Gavner palideció y los ojos de Mr. Crepsley se estrecharon.
— ¿Cómo podrían haberlo hecho? —preguntó bruscamente.
—Mr. Tiny lo sabía —le recordé.
— ¿Mr. Tiny sabe lo de Murlough? —siseó Gavner.
Mr. Crepsley asintió lentamente.
—Pero aunque él se lo hubiera dicho a los vampanezes, ¿cómo podían saber que tomaríamos este camino? Podíamos haber elegido muchas otras rutas. No podrían predecir por cuál iríamos.
—Puede que estén vigilando todos los caminos —dijo Gavner.
—No —repuso Mr. Crepsley con seguridad—. Es poco probable. Cualquiera que sea el motivo que tengan los vampanezes para merodear por aquí, estoy seguro de que no tiene nada que ver con nosotros.
—Espero que tengas razón —gruñó Gavner, poco convencido.
Lo discutimos un rato más, incluyendo el asunto de si el vampanez habría matado al vampiro en la anterior estación de paso, y luego dormimos unas pocas horas, turnándonos para vigilar. Apenas dormí, preocupado por la posibilidad de ser atacados por asesinos de rostros purpúreos.
Al caer la noche, Mr. Crepsley dijo que no deberíamos ir más lejos hasta que estuviéramos seguros de que el camino era seguro.
—No podemos arriesgarnos a tropezar con una pandilla de vampanezes —dijo—. Reconoceremos la zona, nos aseguraremos de que no hay peligro, y entonces seguiremos adelante, como antes.
— ¿Es que tenemos tiempo para reconocimientos? —inquirió Gavner.
—Debemos tenerlo —insistió Mr. Crepsley—. Es mejor perder algunas noches que caer en una trampa.
Me quedé en la cueva mientras ellos salían a explorar. No quería hacerlo (no dejaba de pensar en lo que le había ocurrido al otro vampiro), pero dijeron que sólo estorbaría si los acompañaba: un vampanez podría oírme llegar a cien yardas de distancia.
Las Personitas, las lobas y el cachorro se quedaron conmigo. Streak fue con los vampiros: los lobos presintieron la presencia del vampanez antes que nosotros, así que sería útil tenerlo cerca.
Me sentía solo sin los vampiros y Streak. Las Personitas seguían siendo tan distantes como siempre (pasaron gran parte del día zurciendo sus togas azules desgarradas), y las lobas dormitaban fuera. Sólo el cachorro me proporcionaba compañía. Jugamos durante horas, en la cueva y entre los árboles de un bosquecillo cercano. Llamé Rudi al cachorro, por Rudolph, el reno de la nariz roja, porque le gustaba frotar su fría nariz contra mi espalda mientras yo dormía.
Atrapé un par de ardillas en el bosque y las guisé, y así las tuve listas para cuando volvieron los vampiros por la mañana. Las serví con bayas y raíces hervidas: Mr. Crepsley me había enseñado qué tipo de alimentos silvestres era seguro comer. Gavner me dio las gracias por la comida, pero Mr. Crepsley estaba distante y no habló mucho. No muy lejos habían descubierto indicios de la presencia de los vampanezes, y eso les preocupaba: un vampanez loco no habría borrado su rastro tan hábilmente. Eso quería decir que nos enfrentábamos con uno (o más) con pleno control de sus facultades.
Gavner quería adelantarse cometeando, para consultarlo con los demás vampiros, pero Mr. Crepsley no se lo permitió: respetar las leyes que prohibían cometear en el camino hacia la Montaña de los Vampiros era más importante que nuestra seguridad, insistió.
Era raro ver cómo Gavner se mostraba de acuerdo en casi todo lo que Mr. Crepsley decía. Como General, nos podría haber ordenado hacer lo que él quisiera. Pero nunca le vi abusar de su rango con Mr. Crepsley. Tal vez porque Mr. Crepsley fue una vez un General de alto rango. Había estado a punto de convertirse en un Príncipe Vampiro cuando renunció. Quizá Gavner aún consideraba a Mr. Crepsley como a su superior.
Después de dormir todo el día, los vampiros se dispusieron a realizar un nuevo reconocimiento de la zona. Si el camino estaba despejado, proseguiríamos nuestro viaje hacia la Montaña de los Vampiros la noche siguiente.
Tomé un ligero desayuno, y luego Rudi y yo fuimos al bosque a jugar. A Rudi le encantaba alejarse de los lobos adultos. Así podía explorar libremente, sin que nadie le arreara un mordisco o le golpeara la cabeza si se portaba mal. Intentaba encaramarse a los árboles, pero la mayoría eran demasiado altos para él. Finalmente encontró uno del que colgaban unas ramas bajas, y trepó hasta la mitad. Una vez allí, miró hacia abajo y emitió un gañido.
—Vamos —reí—. No está tan alto. No tienes nada que temer.
No me hizo caso y continuó quejándose. Luego enseñó los colmillos y gruñó.
Me acerqué más, extrañado por su conducta.
—¿Qué ocurré? —le pregunté—. ¿Te has atascado? ¿Necesitas ayuda?
El cachorro lanzó un ladrido. Sonó genuinamente asustado.
—Está bien, Rudi —dije—. Voy a subir a...
Me interrumpió un rugido que me hizo estremecer hasta los huesos. Al volverme, vi a un enorme oso oscuro que avanzaba bamboleándose desde lo alto de un ventisquero. Aterrizó pesadamente, sacudiendo la cabeza, gruñendo, con los ojos fijos en mí... ¡y entonces arremetió, con los colmillos centelleando y las garras, infernalmente curvadas, extendidas, dispuesto a destrozarme!

CAPÍTULO 8


El oso me habría matado si no hubiera sido por Rudi. El cachorro saltó del árbol, aterrizando en la cabeza del oso, cegándolo momentáneamente. El oso rugió y lanzó un zarpazo al cachorro, que lo esquivó y le mordió una oreja. El oso volvió a rugir y sacudió la cabeza furiosamente de un lado a otro. Rudi se aferró a él durante un par de segundos, antes de salir despedido hacia la espesura.
El oso reanudó su ataque contra mí, pero en el tiempo que el cachorro había ganado, yo ya había rodeado el árbol y estaba corriendo hacia la cueva tan rápido como podía. El oso se bamboleó detrás de mí, pero cuando se dio cuenta de que ya estaba demasiado lejos para poder alcanzarme, rugió rabiosamente, se dio la vuelta y fue a por Rudi.
Me detuve al escuchar un ladrido lastimero. Miré por encima del hombro y vi que el cachorro había vuelto a subir al árbol, cuya corteza el oso estaba ahora arrancando con sus garras. Rudi no corría un peligro inmediato, pero tarde o temprano resbalaría o el oso lo haría caer, y eso sería su fin.
No dudé más que un segundo, y entonces me volví, cogí una piedra y el palo más grueso que pude encontrar, y regresé a toda velocidad a intentar salvar a Rudi.
El oso se apartó del árbol cuando me vio venir, irguiéndose sobre sus patas traseras, aceptando mi desafío. Era una bestia enorme, de tal vez unos seis pies de altura; su pelaje era negro, tenía una marca blanca en forma de medialuna en el pecho, y un hocico pálido. Sus fauces destilaban espuma y sus ojos salvajes parecían poseídos por una rabiosa locura.
Me detuve ante el oso, y golpeé el suelo con el palo.
— ¡Vamos, grizzly*! —gruñí.
Rugió y sacudió la cabeza. Le eché un vistazo a Rudi, esperando que fuera lo bastante listo para bajar sigilosamente del árbol y echar a correr hacia la cueva, pero se quedó donde estaba, petrificado, incapaz de moverse.
El oso me lanzó un zarpazo, pero me aparté de la trayectoria de su enorme pataza. Se alzó sobre las patas traseras y se dejó caer sobre mí, con la intención de aplastarme con su peso. Volví a esquivarle, pero esta vez por los pelos.
Lanzaba estocadas con la punta del palo al hocico del oso, apuntando a sus ojos, cuando las lobas acudieron precipitadamente. Debieron escuchar el chillido de Rudi. El oso aulló cuando una de las lobas saltó y le clavó profundamente los colmillos en el hombro, mientras la otra se aferraba a sus patas traseras, desgarrándolas con las uñas y los dientes. Se sacudió de encima a la loba que tenía en la espalda, y se agachó sobre la que tenía a los pies, y en ese momento le arrojé el palo, hincándoselo en la oreja izquierda.
Debí hacerle daño, porque perdió todo interés en las lobas y se lanzó contra mí. Me aparté de su camino, pero una de sus macizas patazas me golpeó la cabeza y caí al suelo, aturdido.
El oso se dio la vuelta y fue a por mí, dispersando a las lobas a zarpazos. Retrocedí gateando, pero no fui lo bastante rápido. De repente, el oso estaba sobre mí, erguido, rugiendo triunfalmente... ¡Me tenía exactamente donde quería! Le golpeé en el estómago con el palo, y le tiré la piedra, pero no pareció acusar golpes tan insignificantes. Con una mirada maligna, empezó a descender...
Fue entonces cuando las Personitas cayeron sobre su espalda, haciéndole perder el equilibrio. Su llegada no podía haber sido más oportuna.
El oso debió pensar que el mundo entero conspiraba contra él. Cada vez que me tenía acorralado, alguien más se interponía en su camino. Rugiendo con todas sus fuerzas, sacudiéndose furiosamente de encima a las Personitas. La que cojeaba se apartó de su camino, pero la otra quedó atrapada debajo de él.
La Personita levantó sus cortos brazos y los apoyó contra el torso del oso, intentando empujarlo a un lado. La Personita era fuerte, pero no tenía ninguna oportunidad contra tan pesado enemigo, y el oso cayó sobre ella y la aplastó. Hubo un horrible crujido, y cuando el oso se puso en pie, vi a la Personita yaciendo despedazada, con los huesos destrozados sobresaliendo de su cuerpo, retorcidos en ángulos sangrientos.
El oso alzó la cabeza y lanzó un rugido al cielo, y entonces clavó en mí una mirada hambrienta. Se dejó caer sobre sus cuatro patas, y avanzó. Las lobas saltaron sobre él, pero se las sacudió como si fueran moscas. Yo aún me encontraba aturdido por el golpe, incapaz de levantarme. Empecé a arrastrarme por la nieve.
Mientras el oso se me acercaba para acabar conmigo, la segunda Personita (la que yo llamaba Lefty) se colocó frente a él, cogiéndolo por las orejas, ¡y le propinó un cabezazo! Era la cosa más loca que había visto nunca, pero el resultado fue sorprendentemente efectivo. El oso gruñó y parpadeó, atontado. Lefty le dio otro cabezazo, y estaba echando hacia atrás la cabeza para propinarle un tercer golpe, cuando el oso le asestó un zarpazo con la garra derecha como un boxeador.
Alcanzó a Lefty en el pecho y lo hizo caer. Su capucha había resbalado durante la pelea, y pude ver su rostro gris lleno de suturas y sus redondos ojos verdes. Llevaba una mascarilla sobre la boca, del tipo de las que utilizan los cirujanos. Se quedó mirando al oso, sin temor, esperando el golpe asesino.
— ¡No! —grité. Tropezando con mis rodillas, le lancé al oso un puñetazo. Me rugió. Volví a golpearle, y luego agarré un puñado de nieve y se lo arrojé a la bestia a los ojos.
Mientras el oso se aclaraba la vista, busqué un arma. Estaba desesperado: cualquier cosa sería mejor que mis manos desnudas. Al principio no vi nada que pudiera utilizar, pero entonces reparé en los huesos que sobresalían del cadáver de la Personita. Actuando por instinto, rodé hasta donde yacía la Personita, cogí uno de los huesos más largos y tiré de él. Estaba cubierto de sangre y se me escurrió entre los dedos. Volví a intentarlo, agarrándolo con más firmeza y removiéndolo de un lado a otro. Tras unos cuantos tirones, se quebró cerca de la base y, de repente, ya no estuve indefenso.
El oso había recuperado la visión y corrió pesadamente hacia mí. Lefty todavía estaba en el suelo. Las lobas ladraban ferozmente, incapaces de detener la carga del oso. El cachorro gañía desde su asidero en el árbol.
Sólo podía contar conmigo mismo. Yo contra el oso. Nadie podía ayudarme ahora.
Me giré, y haciendo uso de todas mi súper desarrolladas habilidades vampíricas, rodé bajo las ávidas garras del oso, me incorporé de un salto, escogí el blanco, y clavé profundamente la punta del hueso en el desprotegido cuello del animal.
El oso se irguió, con los ojos desorbitados. Las patas delanteras cayeron a sus costados. Se quedó así un momento, jadeando penosamente, con el hueso sobresaliendo de su cuello. Entonces se estrelló contra el suelo, se estremeció horriblemente durante unos segundos... y murió.
Caí sobre el oso muerto y allí me quedé. Temblaba y lloraba, más de horror que de dolor. Ya había estado cara a cara con la muerte anteriormente, pero nunca me había visto envuelto en una lucha tan salvaje como ésta.
Finalmente, una de las lobas (la que habitualmente se mostraba más tímida) se me acercó, haciéndome caricias y lamiéndome la cara, asegurándose de que me encontraba bien. Le di unas palmaditas para demostrarle que lo estaba, y hundí el rostro en su cuello, secando en su pelaje mis lágrimas. Cuando me tranquilicé, me puse en pie y miré a mí alrededor.
La otra loba estaba junto al árbol, instando a Rudi a que bajara (el cachorro temblaba incluso más que yo). La Personita muerta yacía no muy lejos, su sangre filtrándose entre la nieve y volviéndola carmesí. Lefty estaba sentado, inspeccionándose en busca de posibles heridas.
Me encaminé hacia Lefty, para darle las gracias por salvarme la vida. Era increíblemente feo sin la capucha: tenía la piel gris, y su rostro era una masa de cicatrices y costuras. No tenía ni orejas ni nariz (que yo viera), y sus redondos ojos verdes se situaban en su frente, no en medio de la cara como la mayoría de la gente. Estaba completamente calvo.
En otros tiempos podría haber tenido miedo de él, pero esta criatura había arriesgado su vida para salvar la mía, y sólo sentía gratitud.
— ¿Estás bien, Lefty? —le pregunté. Me miró y asintió—. Por los pelos —reí a medias. Asintió de nuevo—. Gracias por venir en mi ayuda. Habría muerto si no hubierais venido. —Me dejé caer en el suelo junto a él, y eché un vistazo al oso y luego a la Personita muerta—. Siento lo de tu compañero, Lefty —dije suavemente—. ¿Deberíamos enterrarlo?
La Personita meneó la gran cabeza, se dispuso a levantarse, y se detuvo. Me miró fijamente a los ojos, y yo le devolví la mirada, interrogativamente. Por su expresión, casi esperé que empezara a hablar.
Lefty levantó una mano y tiró suavemente de la mascarilla que cubría la mitad inferior de su rostro. Tenía una boca ancha y llena de agudos dientes amarillos. Sacó la lengua (de un extraño color gris, como su piel) y se lamió los labios. Tras humedecérselos, los frunció y los estiró unas cuantas veces, y entonces hizo algo que yo estaba seguro que las Personitas no hacían jamás. En un tono chirriante, lento y mecánico... habló.
—No... Me llamo... Lefty. Me llamo... Harkat... Harkat Mulds.
Y sus labios se extendieron formando un profundo boquete dentado, que era lo más cercano a una sonrisa que él podía esbozar.