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Megapost humor relatos sobre mujeres

Cosas que les hinchan a los hombres de las mujeres

Megapost humor relatos sobre mujeres



1. Que les hablemos de asuntos insignificantes o domésticos como si fuesen temas de vida o muerte.
2. Que les contemos todo lo que hicieron nuestras hermanas, madres, amigas y compañeras de trabajo.
3. Que lloremos por cualquier cosa, de modo terapéutico.
4. Que necesitemos “hablar” los problemas en vez de dejarlos pasar.
5. Que nos anticipemos al drama.
6. Que seamos rencorosas y les echemos en cara cosas que hicieron hace mucho tiempo.
7. Que les repitamos las cosas veinte veces.
8. Que los despertemos de noche porque escuchamos un ruido (que termina siendo una bolsita de nylon sacudida por el viento)
9. Que analicemos cada palabra que dicen buscando significados ocultos, fallidos y mentiras.
10. Que les preguntemos en qué están pensando.
11. Que les contemos todo sobre ellos a nuestras amigas.
12. Que nos enojemos cuando dicen que no están pensando “en nada”.
13. Que les digamos que no nos importan los aniversarios y después nos pongamos a llorar cuando se los olvidan.
14. Que seamos fuertes o débiles de acuerdo a cómo nos convenga.
15. Que no pidamos postre porque estamos a dieta y nos comamos todo el postre que pidieron ellos.
16. Que pasemos de la risa al llanto en cuestión de segundos.
17. Que necesitemos saber todo sobre sus ex novias.
18. Que les hagamos preguntas sin salida (¿Qué vestido me queda mejor? ¿Estaba más flaca antes o ahora?) y que hagamos un escándalo respondan lo que respondan.
19. Que necesitemos hablar por teléfono con ellos varias veces al día sólo para escucharles la voz.
20. Que seamos chusmas.
21. Que nos obsesionemos con pequeñeces.
22. Que digamos que no buscamos un novio y sólo queremos divertirnos y nos enganchemos en la salida número dos.
23. Que hagamos planteos en cualquier momento.
24. Que tengamos reglas diferentes para ellos que para nosotras y que cuando nos cuestionen la hipocresía digamos: “Es que es distinto”.
25. Que seamos incomprensibles y no hagamos ningún esfuerzo para que nos entiendan.












Si es mamá, decile que no estoy




Así como los científicos han encontrado sesenta mil tipos de orquídeas, los médicos aseguran que hay cuatro grupos sanguíneos, y el saber popular acusa seis formas de atarse los cordones de las zapatillas, también se puede clasificar siete tipos específicos de madre de acuerdo a cómo llaman a sus hijas.

La que llama para contarte estupideces, por ejemplo, se comunica entre dos y diez veces por día para compartir toda clase de anécdotas sin remate, chismes de gente que no conocés, discusiones que tuvo con tu hermana y observaciones sobre programas de televisión que no mirás. En general, cuenta siempre las mismas cosas: que se encontró con algún viejo pariente que conociste a los dos años (¡Y justo era Eduardito, el hijo de Eduardo Politti! ¡Yo no lo podía creer!), que se peleo con tu hermana (y que ella le dijo tal cosa y ella le respondió tal otra), o que Mercedes Morán está cada día más joven (¿Pero vos la viste en Socias? ¡Parece una chica, te juro!).

A diferencia de la anterior, la que tira bombas en el contestador es mucho más breve. En vez de divagar durante horas en el teléfono, prefiere mandar mensajes de texto cortitos y con punch para causar un gran impacto en sus hijos: “Tuve un accidente. No se preocupen. Estoy bien”. “Asaltaron a papá. Mañana les cuento”. Y con este mecanismo perverso logra siempre lo que quiere: que la llames a cualquier hora, con el estómago hecho un nudo, para que ella se haga la desentendida y te pregunte para qué llamás si te dijo que no te preocuparas, que no es nada, que en realidad el asalto había sido hace dos años pero se había olvidado de comentártelo.

Igual de insoportable pero menos dramática, es que la vive convencida de que el contestador automático es un pre-atendedor en el que hay que esperar hasta que vos levantes el tubo. Un poco por pereza, otro poco por distracción, a este tipo de mujer le resulta imposible asimilar que en los contestadores modernos no se escucha el mensaje y que vos no estás al lado del teléfono haciendote negar. Para las hijas de estas madres es muy común llegar a casa de noche y encontrar veintiséis mensajes de idéntico tenor: Maríaaaaaaaaaaa es mamá ¿Estás por ahí? ¿Me escuchás? Bueno. Se ve que no ¿María? ¿No? Soy mamá, eh. ¿María? Yo de nuevo. Mamá. ¿Estás por ahí? Si me escuchás atendeme.

Otro tipo insufrible de madre llamadora es la que piensa el teléfono se inventó para corroborar que no estés muerta. Ni bien se entera que hubo un robo en tu barrio, que se descarriló un tren, que chocó un micro que venía de la costa, o que un glaciar del sur amenaza con derretirse, suena tu celular. Muchas veces ni siquiera estás cerca de la desgracia, pero como no contestaste un llamado que te hizo unas horas antes, ella se imagina que estás incendiada y amnésica en un hospital. Esta semana te llamó para ver si tenías dengue, para saber si conocías a alguien en el terremoto de Italia y para asegurarse de que hubieras llegado sana y salva esa noche que saliste con amigas a tomar algo. Por las dudas.

Menos plañidera pero igual de molesta es la que cree que el celular es en realidad un walkie-talkie para que ella perpetúe la sensación de inmediatez y de rutina que tenía cuando vivían juntas. Un llamado no es una conversación, sino un comentario al pasar, un chisme de pasillo, un codazo en la mesa del desayuno. Cuando disca, se imagina que estás sentada al lado de ella tomando mate y que es necesario charlar. Te llama a media mañana a la oficina y te pregunta si estás viendo cómo llueve, al mediodía para contarte lo que acaba de pasar en su cocina, a la noche para preguntarte si se pone el saco verde o el rosa, o simplemente “para hablar”, mientras vos luchás por no herir sus sentimientos y terminar todo el trabajo atrasado que apilás sobre el escritorio desde que ella se compró un celular.

Otro ejemplo típico de madres que llaman es la que no puede superar que te hayas ido y usa el celular para crear nostalgia. Si bien no lo hace por maldad, esta suerte de melancólica llama decidida a arrastrarte a ese tiempo pasado en el que todavía vivías con ella. Sus tareas son avisar que hoy es el cumpleaños de la tía Nelly (a quien no ves hace diez años), que mañana es el aniversario de la muerte del abuelo, o que encontró una foto de cuando eras chiquita en tu primer día de jardín y se puso a llorar. También le gusta contarte anécdotas que te revuelven viejas épocas y conflictos y te dejan hecha una piltrafa, como que se encontró con los padres de tu ex novio y que no pudo evitar quedarse pensando que si no lo hubieras dejado ahora serías una mujer completa.

Por último, está la que aparentemente te llama para ver cómo estás, pero en realidad sólo quiere contarte sus problemas. Con un halo de espontaneidad, este tipo de madre llama por las noches y te hace alguna pregunta fresca e inocente relacionada con la rutina (¿Y vos cómo estás? ¿Qué tal te fue en la fiesta?). Sin embargo, apenas empezás a contarle algo, aprovecha cualquier comentario para enganchar su rosario de quejas bajoneras y repetitivas de tinte laboral, amoroso o familiar, hasta dejarte seca. En general, cuando la llamada termina, ella se desahogó por completo y está liviana como una pluma, pero vos estás llena de fantasmas, y mientras ella duerme como un angelito, vos te estás tomando dos pastillas o haciéndote un té en la cocina , para aguantar hasta la madrugada en vela, pensando qué va a pasar con tu familia.

Lagrimita


Lagrimita tiene una vocación inclaudicable e infatigable de tristeza que le permite interpretar cualquier comentario, situación o actitud de la peor manera posible. Si su jefe le dice que quiere hablar con ella, es para echarla, si su marido le trae flores, es porque la está engañando, si el supermercado tiene un queso de oferta, debe estar vencido, y si su hijo la llama al trabajo, lo primero que le pregunta es quién se murió.

Tanta es su melancolía y pesimismo, que ni siquiera cuando las cosas le suceden a otro se permite disfrutar. Entre elegir una comedia y un drama, siempre se lleva las películas de huérfanos, dictaduras crueles o melodramas en los que el galán muere de fiebre tifoidea. Entre dormir la siesta con la persiana baja y salir a pasear a una plaza, Lagrimita prefiere dormir a oscuras. Entre quedarse encerrada mirando una telenovela e ir a una fiesta, Lagrimita siempre elige el encierro.

Sus recuerdos personales siempre son sombríos. Atesora, como joyas antiguas, todas las decepciones que vivió desde pequeña. Cada vez que ve un perro se acuerda cuando Bobby, su primer cachorro, murió de moquillo en sus brazos. De la secundaria se acuerda que su mejor amiga le robó el novio y que a su hermana le hicieron fiesta de 15 pero que cuando llegó su turno, su padre ya no tenía trabajo y no había dinero.

Pero a diferencia de la nube negra, Lagrimita no quiere arruinarle la felicidad a nadie. Es sufrida de una forma serena y silenciosa que no afecta a nadie más que a ella misma. Apenas si le inyecta un poco de culpa a quienes la escuchan victimizarse y hacerse la pobrecita.

Para eso, suele expresar con sacrificio fingido cualquier comentario. Mientras que una persona normal cuenta que tuvo que ir al supermercado a hacer una compra grande y que cuando llegó ya no había envío a domicilio, ella relata que le quedaba poquita comida, que tenía hambre, que fue al supermercado más lejano para ahorrarse unos pesos, que por desgracia no había entrega a domicilio, que tuvo que arrastrar las bolsas y ahora tiene dolor de espaldas y que si no fuera por un extraño que la ayudó, ahora estaría muerta.

Otra cosa que le gusta hacer a Lagrimita es regodearse en su soledad. Si le preguntan qué cenó, en vez de comentar su cena, aclara que no tiene sentido cocinar para ella solita y que prefiere tomarse un tecito y acostarse temprano. Si le preguntan a dónde va de vacaciones, en vez de decir que va a Mar de Ajó, cuenta que sus amigas van a Brasil pero que ella no puede pagarlo. Si le cuentan que una conocida se cambió el auto, se alegra y le dice que aproveche mientras pueda. Y si una amiga se casa, la abraza emocionada y dice que también le gustaría conocer al hombre de su vida, pero que el amor no es para ella.

Sin embargo, su deseo es una verdad a medias. A diferencia del resto de las mujeres, a Lagrimita no le gusta enamorarse. Le gusta romper. Adora mirarse al espejo mientras llora, estar deprimida y tirada en la cama, escribir reflexiones amorosas en su diario y leer poesía mediocre de escritores todavía más deprimidos que ella.

Si, por ejemplo, Lagrimita conoció a un chico por chat, salieron dos veces y no funcionó, en vez de mandarlo a la mierda y bloquearle el Messenger, le escribe una carta de despedida llena de sentencias amorosas fatalistas, contrapuntos arjonescos y frases romanticoides. A pesar de que apenas lo conoce, habla como fuera el amor de su vida con sus amigas, que tienen que padecerla durante meses como si, en efecto, esa relación hubiera sido importante en su vida.

Pero eso no es todo. Sus amigas no sólo padecen la crónica de sus melodramas. A veces también los viven en carne propia. Si por error una de ellas olvida llamarla para el cumpleaños o desaparece por algunos días, Lagrimita llora a moco tendido y arma un rosario de escenas tragicómicas hasta transformar ese detalle anecdótico en un problema fatal. No para hasta que su amiga se ve obligada a tener una conversación desgastante, maricona e innecesaria sobre lo que siente cada una al respecto y le pide perdón rogando que ella la absuelva de pecado y culpa.

Previsiblemente, Lagrimita duerme mucho y siempre está enferma. Le gusta arrastrarse, agotada, morir del dolor de cabeza o tambalearse por la presión baja que heredó de su familia. Incluso si es joven fantasea con que tiene cáncer, anticipándose al diagnóstico de un médico y asumiendo una muerte joven que no llega nunca. Si no tiene, igualmente le gusta mencionar que tuvo un tumor o un lunar peligroso y que la incertidumbre la obligó a vivir las horas más desgarradoras de su vida. Tampoco es cuestión de desperdiciar tragedia. Un lunar cancerígeno casi es cáncer. Si podría haberse muerto, que al menos sirva para dar pena.


Somos lo que no comemos
Escrito por Carolina Sección: Mujeres fantásticas

Me niego a compartir el mundo con mujeres que no necesitan hacer dieta. No puedo aceptarlo. Es indignante, inmoral, imposible. Es una cuestión de principios: si tengo que asumir que algunas comen todo lo que quieren sin sufrir las consecuencias, no quiero seguir viviendo.

Supongamos que las mujeres se pueden ordenar de acuerdo a su forma de comer y que en la punta superior están las que apenas prueban bocado (las que se olvidan de almorzar, por ejemplo) y en la otra, la inferior, las golosas insaciables, que como yo, por la noche sueñan con orgías de scones. En el medio quedarían, entonces, las flacas que nunca engordan, las que hacen dieta toda la vida y las gordas resignadas.

Las que a mí me interesan, las que hacen dieta toda la vida, pueden ser gordas o flacas. La silueta es lo de menos. Algunas hacen ayunos, otras se entregan a una fuerza superior, y otras se engañan mientras recuperan los kilos de a poquito. Todas son, a su manera, diferentes; cada una cree en un dios distinto. Sin embargo, hay algo que las une. Bajen o no bajen de peso, están destinadas a una dieta mientras vivan y, a diferencia del resto del mundo, no están definidas por lo que hacen, sino por lo que dejan de hacer, o para ser más clara, por lo que no comen.

La gorda negadora

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Mantra: “Yo prefiero tener unos kilos de más pero disfrutar, no me van esas minas que se la pasan contando calorías todo el día”

La negadora vive mirando el canal Gourmet y probando recetas de Narda Lepes como Plumcake con amapolas o Shepherd´s Pie, creyendo que en vez de una adicta imparable, es una sibarita. Como no considera sus excesos gastronómicos como un problema, cree que cuando quiera bajar de peso, lo hará sin mayor inconveniente. Porque “cuando ella se pone, se pone”.

El problema, sin embargo, es que nunca se pone, que nunca se pesa y que no ve la cantidad que come porque cree que los restaurantes sirven platos pequeños para estirar el presupuesto y que los paquetes que dicen “rinde 4 porciones” en realidad son para uno solo.

La negadora siempre hace dieta sola, en su casa, sin consultar a nadie, midiendo la bajada con el talle de pantalón para no enfrentarse a la amarga realidad de la balanza. Opta por versiones extremas, como la dieta de la luna, o la dieta de Atkins, pero después de dos días, cuando se siente una sirena, siempre la deja.

La gorda dietera

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Mantra: “Sí, mayonesa light se puede”

A diferencia de la anterior, la gorda dietera tiene la sensación de que vive a dieta desde que tiene doce años. Y digo “la sensación” porque si realmente viviera a dieta, sería flaca.

A pesar de que a veces tiene nada más que cinco kilos de sobrepeso crónico, la gorda dietera ya probó de todo: tratamientos, acupuntura, pastillas, actividad física extrema. Cada vez que arranca un nuevo régimen, se entusiasma y dice que está distinta, que no tiene hambre, que no le cuesta hacerlo y que esa es la solución de su vida.

Sin embargo, son solo palabras. A las dos semanas inexplicablemente empieza a faltar, deja de pesarse, agrega un poquito de comida, y otras delicias de la vida dietera. Delicias, que, por otro lado, anticipan un fracaso estrepitoso y un encuentro esperable con las harinas complejas.

Como la anterior, también vive cocinando, pero para sostener una ingeniería dietética de placebos que la ayuden a sostener el régimen de comidas. Realiza toda clase de recetas en versión light, pasando por tortas, merengues y confituras a base de leche en polvo, edulcorante, gelatina sin sabor y esencias, que si bien tienen menos calorías que sus versiones regulares, son sumamente engordantes de todas maneras.

Es la consumidora número uno de todos los disparates light del mercado. Desde crema 0% grasas hasta salame bajas calorías, y aunque sepa que son engaños viles, prefiere creerse que no engordan antes de cerrar el pico.

La obsesiva

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Mantra: “En vez de comer un helado, prefiero comerme 1 barra de cereal + 1 vaso de leche con cacao amargo y edulcorante + 1 banana mediana, que tiene las mismas calorías"

La obsesiva sabe las calorías de todos los alimentos como un fanático religioso que se aprendió la Biblia de memoria. Tiene teorías propias de combinaciones de ingredientes que aceleran el metabolismo, tés diuréticos y otros hechizos (adora la gelatina y las manzanas por ejemplo, pero jamás mezcla pastas con proteínas) y sufre una relación patológica de amor odio con los hidratos de carbono.

Además, vive negociando y calculando el impacto de lo que va a comer como si fuese un corredor de bolsa. Piensa en el gimnasio ya no como una fuente de salud, sino un sistema de reintegro abierto de calorías. Si come un plato de ravioles, por ejemplo, y consume seiscientas calorías en el almuerzo, por la tarde va al gimnasio a quemar otras trescientas para poder hacer una cena más suculenta.

Es previsible, entonces, que suba y baje de peso todo el tiempo. Semejante coordinación y montaje de artimañas dieteras, sólo tiene un final posible: engordar.

La fabuladora




Mantra: “Chicas, chicas, estoy re gorda”

La fabuladora no es flaca, es flaquísima. Su actividad principal es decirle a sus amigas que comió un montón de chanchadas e imitar el tamaño de los alimentos con el contorno de los dedos. Sin embargo, todos los que alguna vez la vieron comer, saben que miente; que cuando jura haberse atracado con un millón de empanadas, en realidad quiere decir que le robó un pedazo de repulgue al novio.

Para probarle a sus desconfiados interlocutores la veracidad de estos supuestos, la fabuladora ejecuta siempre una prueba física: se contorsiona, se agarra la piel de la panza, y, disfrazándola de rollito, pide que todos miren lo gorda que está.

Si además sus amigas hablan de hacer dieta, ella no puede soportar quedarse afuera, y aunque no tenga nada para bajar propone que vayan todas juntas a Figurella o empiecen el mismo día, la dieta Scardale. Si, en cambio, hablan con resignación de lo mucho que comen, ella se muerde el labio inferior y niega con la cabeza mientras repite que no tiene arreglo, que le gustan demasiado los chocolates.

La tramposa

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Mantra: “Un poquito no hace nada” “Mañana todo líquido”

La tramposa vive dibujando y reagrupando lo que come como un contador evasor de impuestos. Cada vez que rompe la dieta, en vez de empezar de nuevo o de imponerse disciplina, piensa “bueno, comer media banana más es como si antes hubiera comido una banana más grande” o “en realidad no es tan grave, porque es fruta, es pura agua”.

Lentamente va estirando y deformando las consignas de la dieta, con tanta destreza, que hasta ella misma se convence de que no baja de peso por un problema metabólico. Si el médico le asigna 100 cc de leche descremada por día, arranca tomando leche entera, después la cambia por yogur, más tarde por queso blanco y después por 100 gramos de queso camembert con galletitas.

Siempre posterga el problema o le atribuye el fracaso de su dieta a otros motivos. Se promete a sí misma rutinas de ejercicio para el día siguiente, jura que ese bombón que tiene en la mano será el último y que volverá sin probar bocado de un banquete romano, pero nunca cumple.

Por último, hay algunas menos interesantes pero igualmente reales: la terrorista (que sólo consume tomates cherry y coca light por miedo a engordar), la oral (que se la pasa hablando de calorías, nutrientes, colesterol, mientras se come una hamburguesa en un fast food) y finalmente, la madre represora (que como fue gorda de joven ahora persigue a su rolliza hija de ocho años para que el lunes arranque la dieta de la luna con ella).






Las españolas por una argentina y las argentinas por un español


Las españolas,

La abuela de mi marido vino de Asturias a los veinte años casada con un soldado que huía de sus enemigos. Hasta el último día de su vida suspiró por España, comió galletas María, fue fanática del Sporting de Gijón, y escondió su dinero celosamente en una valija. La mía, en cambio, vino de Italia y, junto a mi abuelo, despilfarró hasta el último peso en el casino de Mar del Plata. Fue una de las primeras mujeres en agregarse busto y hacerse liposucción. Jamás la vi sin maquillaje, ni siquiera cuando estuvo enferma, y cuando murió de Alzheimer lo único que hizo fue llorar y pedir que alguien le depilara las piernas.

Hace sesenta años la española y la argentina eran la misma mujer. Pero hoy, aquí, me temo que de esas abuelas no queda nada. Los genes italianos han hecho mejores su tarea, porque a nosotras, sus nietas, sólo nos interesa despilfarrar dinero en ropitas, hablar mucho, y engatusar a los hombres mostrando el escote, exagerando, y sacudiendo las pestañas.


Las españolas -o al menos las cosmopolitas- son la policía del feminismo. Viven supervisando la conducta de otras mujeres y los mensajes machistas cifrados en el comportamiento de todos los hombres que conocen. Malinterpretan y deforman todos sus gestos. Cualquier cosa que hagan, son siempre unos cerdos que quieren esclavizarlas para que cocinen y frieguen para sus doce mocosos. A las argentinas que un hombre les pague la cena las hace sentir bonitas. A las españolas, en cambio, las hace sentir un trapo de piso.


Tan obsesionadas están, que cada cinco minutos arrojan una estadística sobre el porcentaje de ejecutivas en las empresas de España, Noruega y Etiopía y proyectan cuantos habrá en 2056 en el marco de un festival sobre la mujer. Y si sugieres que es demasiado, que ya están obsesionadas, te tildan de machista también y te largan un sermón sobre las mujeres en Medio Oriente.


Este feminismo extrème trae además una consecuencia inesperada, porque la mayoría de las españolas apoya su teoría con el cuerpo. Comparadas con las argentinas, las españolas apenas si se acicalan. Acá hay una peluquería cada dos cuadras, allá no es necesario, porque la mayoría se lo deja crecer como si fuesen yuyos en un terreno baldío. Además, consideran que el soutien es una forma de castración medieval y desfilan por la calle con sus pechos caídos debajo de una camiseta. En Argentina es un milagro encontrar un corpiño que no tenga un push up de acetato para agrandar el busto. El escote es lo más importante que una mujer puede tener.


Por otro lado, aunque ya lo he comentado, muchas españolas consideran que la depilación es un castigo de sociedades tercermundistas. Y no es porque tengan unos vellos discretos y no lo necesiten. Sino porque consideran que lo correcto es pasearse por la vida con una peluca en las axilas. Por algún motivo que desconozco, no pueden conciliar la belleza con la inteligencia. Para ellas, son dos carreras y hay que decidirse por una. O eres cirujana o Miss Mundo. Y si eres la primera, no podés ser bonita.


Otra característica de la mujer española que no comprendo es su fascinación por la realeza. ¡Por amor de Dios! ¡Los reyes de España son un invento del presidente para entretener a las amas de casa! ¿Cómo alguien puede soñar con ser ellos? ¡Si son horrendos! ¡La revista Hola! es como el álbum de fotos de una familia muy fea! ¡Y no son sólo las revistas! ¡En España se transmiten bodas reales por televisión! ¡Aunque se esté casando una infanta con cara de hombre con su primo homosexual! En Argentina, nadie en su sano juicio miraría una boda por televisión. La gente fea aquí no sale en la tele, así sean reyes de Kamchatka.


Y por último, las fantasías sexuales de las argentinas son las noches de sábado de una madrileña. Mientras que para nosotras las experiencias homosexuales, el sexo grupal, o ser swinger son proezas de una amiga anónima que todo el mundo invoca pero nadie conoce, para las españolas son actividades de lo más comunes. En ningún país se dice tanto la palabra “vibrador" como en la península ibérica. Ya que les gustan las estadísticas, deben tener, como mínimo, cuatro vibradores per cápita. En Argentina, salvo en algunos círculos, todavía creemos que son sólo para mujeres feas y necesitadas.

Las argentinas, por Nada importa.

La argentina nace con la palabra seducción impresa en las entrañas.
Maldita sea, el termino “coqueta” lo inventaron ellas.
Las argentinas viven obsesionadas con estar “lindas”. ¿A que nunca han visto a una argentina bajar en chándal a comprar el pan?.
Se maquillaban cuando tú solo te dedicabas a ver “Dragon Ball” y quizás por eso ahora juegan contigo como un gato con un peluche.
Esto no siempre es positivo, no crean.
Pasa como con el dulce o el vodka barato. El exceso cansa.
A veces tanto flirteo empalaga.

Intensidad y piel.
Las porteñas son todo piel. Emoción y alegría, tristeza y bronca o miedo.
Gritan, declaman, versan y teatralizan cada minuto de su vida.
Eso se traduce en 2 cosas.
Follan como nadie.
Tocan las pelotas como nadie.
En pocas palabras, unas histéricas.

Egocentrismo y farándula.
No puede haber dos protagonistas en una relación. Sé que es una verdad absoluta que a veces cuesta tiempo y desengaños aprender.
Sin embargo con una argentina es fácil.
Ella es la protagonista.
Siempre.
El puto centro de atención.
Todas las conversaciones girarán en torno a ella y siempre tendrá la última palabra.
Si hay dos argentinas en la mesa, pide un Gin Fizz y disfruta. Habrá guerra.

Superstición y hechizos de barrio.
Las argentinas creen en las reencarnaciones, las estrellas, los abalorios y las cartas astrales.
Lo primero que harán después de cenar contigo es escudriñar el horóscopo y comprobar si vuestros signos del zodiaco presagian un futuro de pasión, complicidad y amor eterno.
Se funden la plata en libros raros y, si es necesario, irán a que una vieja con el pelo blanco y mucho cuento les adivine el futuro en las líneas de la mano.

Ella nunca es.
Es inútil tratar de hacer entender a una argentina de que ha sido culpable de algo.
Primero. Porque ella nunca es culpable de nada. Faltaría más. Probablemente es culpa tuya, “que no te enteras de nada“.
Segundo. No trates de comprenderla. Nunca. Nunca reconocerá que la entiendes así que mejor la boca cerradita.
Ambos serán más felices.

Apunta y calla, querido.
La porteña es ministra, abogada, curandera, puta y novelista.
Ella puede dialogar sobre todos los temas habidos y por haber. Siempre lo ha leído en tal o cual sitio o se lo ha dicho no se quién que es amigo del primo de tal que entiende un huevo.
La cuestión es que ella lo sabe.
Y tú no tienes ni puta idea.
Eso se traduce en que meten la pata cada dos por tres pero claro, como nunca aceptan la cagada nunca pasa nada.
Ni debajo del agua, tienen la boca cerrada.

Estirpe, verbena y compromisos.
Las argentinas viven pendientes de las reuniones sociales.
Tienen una extraña habilidad para estar en todos los saraos y siempre se están quejando porque claro, nunca tienen qué ponerse.
Adoran la familia.
Así que tu vida será una singular tourné de cumpleaños, bodas, bautizos, comidas familiares, bailes de disfraces, cenas de amigos, despedidas, bienvenidas, cafés en Starbucks y asados en el campo.
Colega, si eres introvertido, mejor búscate a una gallega.





La opinadora



Ilustración de Santiago Mansilla para "La opinadora".

Hay sólo dos formas de sobrevivir a una cena con “la opinadora”. La primera es ser sordo, y la segunda, es dejarse conmover por la vergüenza ajena que despiertan sus sentencias. No hay nada más. Si uno es incapaz de sentir pena y no tiene problemas auditivos, lo más posible es que la termine amordazando antes de que traigan el postre.

La opinadora, como su nombre lo anticipa, es una charlatana ignorante que no puede controlar su frenesí parlanchín. Se mete en todas las conversaciones sin pedir permiso, abriéndose paso a los gritos pelados, con el fin de lucir su infinito abanico de apreciaciones. Cualquier tema es bueno para opinar. Cocina, educación, seguridad, nanotecnología. No deja pasar nada. Sobre todos tiene una anécdota sin remate o alguna teoría que mal aprendió de la televisión.

Su educación es haragana y pueblerina, pero piensa que nadie se da cuenta. Todos sus conocimientos los adquirió mirando cirugías y documentales en el Discovery Channel y leyendo las columnas de la revista "Viva" del diario Clarín. Jamás abrió un libro que no esté de la mesa de autoayuda, ni estudió un tema completo, ni se planteó ir a la universidad. Su biblia es el control remoto y el Código Da Vinci.

Además, tiene un gabinete de asesores que siempre está conformado de la misma manera: una amiga abogada (que conoce todos los casos policiales famosos), una que vive en Estados Unidos (y vio de cerca el derrumbe de las torres gemelas), una que tuvo cáncer (y vivió en carne propia mafia de las obras sociales), una de familia adinerada de apellido aristocrático (especialista en etiqueta y farándula) y un sobrino que trabaja en una multinacional de internet o telefonía (que conoce todos los secretos de Google y Echelon).

Amparada por la sabiduría parcial de sus ministros, la opinadora se considera habilitada para exponer, como si fuese una eminencia, la infinita sarta de pavadas que se le viene a la cabeza. Sólo procura utilizar una fórmula sencilla: arranca con la fuente que certifica la idoneidad de su burrada y listo. “Mi amiga, que vive en New York, dice que el derrumbe de las torres fue nada, pero nada que ver como dijeron los noticieros”, “Yo soy amiguísima, de siempre, de toda la familia Pueyrredón, y él sabía muy bien lo que estaba haciendo. Se sabe desde hace años. En San Isidro todos lo sabíamos”.

O para formularlo de manera más precisa, sería algo así:

[vínculo habilitante] + tema + [opinión o secreto a develar] + {gesto de viveza: guiño de ojo con cara de joker, alzado de cejas, revoleo de ojos}

Esta grieta en la veracidad de sus sentencias encuentra su origen en una falla conceptual que arrastra desde la adolescencia: la confusión entre la proximidad sentimental de su asesor y la capacitación del mismo. Ella cree que su confianza en el testigo es lo que lo vuelve confiable. No entiende que su sobrino es otro nerd del montón. Para ella, que sea el que más sabe de internet en su familia lo convierte en un gurú internacional.

Otro método de opinión esterilizada que usa mucho es el certificado invisible. Arranca todas sus oraciones con la palabra “Dicen”, creyendo que la mente del receptor completará esa idea con opiniones calificadas. “Dicen que la próxima guerra será contra Cuba”, “Dicen que el dólar se va a siete pesos después de las elecciones”. “Dicen que Menem mismo mandó a matar a su hijo”.

Sin embargo, si alguien, curioso, le pregunta quiénes son los que “dicen” semejante cosa, se indigna y grita que “los que saben”, o “la gente”, o “todo el mundo”, cuando en realidad, lo único que todo el mundo sabe es que su disparate es obra de la televisión vespertina. “Dicen que hay que comer seis veces por día” “¿Por qué? “Porque es lo mejor, eso dicen los que saben. Se descubrió hace poco. Se hizo un estudio, que salió en el diario, en una Universidad de los Estados Unidos de Norteamérica y se descubrió”.

En internet, la opinadora rebota de página en página, avisando como hay que escribir, qué dice su amiga abogada, qué receta no es original, y como se hace en Estados Unidos. Corrige blogs, artículos del diario, e información general de lo más diversa.

Es la pionera de todas las mitologías berretas que circulan por la calle y transportista fiel de rumores tontos que no le importan a nadie. Desde que “sandía con vino te mata” hasta quien se va a divorciar en la televisión. Cualquier premisa dudosa que ande dando vueltas por ahí se le pega como un bicho al parabrisas de un auto. Cualquier cosa. Total, dicen que el saber no ocupa lugar. ¿Quiénes? Los que saben, por supuesto.



Negocios sucios


En todas las galerías viejas, -especialmente en aquellas que se abren en avenidas secundarias- hay un zapatero, un local que arregla radios y televisores, una receptoría de Clarín clasificados, y una lencería que vende bombachas de vieja y sábanas Pierre Cardin. Sin embargo, en algunas, detrás de todas estas reliquias comerciales, entre una casa de cotillón y una santería umbanda, existen portales a otra dimensión.


Escondidos en un firulete de ese gran laberinto de mármol vencido, hay locales que, además de negocios femeninos, son un viaje a una realidad paralela que no atiende las leyes del mercado; empresas diminutas y absurdas que despiertan en la gente siempre la misma pregunta: ¿De qué viven si nunca hay clientes?

La anciana polillera, por ejemplo, regentea una suerte de feria americana congelada en el tiempo, cuyo nombre siempre arranca con la palabra “Creaciones”. Su vidriera es un desierto que apena incluso al más insensible de los hombres. No tiene surtido de productos; sólo un par de cachivaches sueltos que exploran el delicado límite entre lo viejo y lo usado: pulseras de acrílico de los setenta, aros de plástico dorado, pelucas roídas, maquillaje vencido, monederos de hule, peinetas de carey, bolsos marineros, anteojos de sol enormes, porta-cosméticos a lunares (con olor a bolso de playa húmedo), talco de violetas y cajas de jabones Heno de Pravia.

Todo el local tiene olor a colonia Mary Stuart, a naftalina, a casa de veraneo cerrada, y su ambientación (incluyendo el empapelado y los cuadros) parece la escenografía de algunas viñetas de Isidoro Cañones. Sus únicos clientes son grupos de adolescentes que van a robarse algún adefesio o a probarse sus cachivaches y reírse en los probadores.

Otro negocio con síntomas parecidos es una antigua boutique que vende ropa elegante de vieja a precio de oro. Para ponerle un nombre al estilo, digamos que ofrece el vestuario de una sesentona millonaria que toma whisky y maltrata mucamas en una novela de canal nueve. Allí se visten viejas divas del Festival de Cine de Mar del Plata, mujeres mayores que no pueden pagar ropa de diseñador, y abuelas jóvenes que conciben la elegancia a partir de los conjuntos de blusa y pollera en composé.

Lleva siempre el nombre de su dueña, por ejemplo, “Graciela Bernardini”, y a veces incluye el subtítulo: “prêt-à-porter” o “diseños exclusivos”. Hay mucha ropa de fiesta, palazos de crepe, carteritas importadas con lentejuelas, remerones de hilo de seda estampados en colores tierra, trajecitos pinzados (a veces marineros), vestidos de “soirée” y conjuntos de camisa y pollera haciendo juego.

Los precios –que nunca bajan de los doscientos pesos por prenda- están escritos en cursiva enrulada sobre cartelitos blancos, que dicen muchas veces la palabra “chaqueta”, “de fiesta”, y “degradé”. Hasta hace unos años, cuando se abastecían también en Estados Unidos, agregaban el adjetivo “importado” debajo de cada prenda.

Sus maniquíes tienen peluca, pestañas y maquillaje, y siempre miran, altivos, con las manos en la cintura. Lo atiende siempre una señora paqueta, parecida a Olga Zubarry, que explica dedicadamente si la pollera es “de noche”, si “va con todo”, o si la tela es italiana.

Otro comercio absurdo es el bazar de gnomos de masa, sahumerios y demás cachivaches olorosos consagrados a la industria de la buena onda. Son locales pequeños con estanterías de vidrio atiborradas de chucherías ociosas para atraer energía, llamar ángeles o armonizar el ambiente, que casi siempre se llaman “Artesanías duendes del bosque”, “Siddartha” o “Energiz-arte”.

Estos negocios se abastecen de baratijas en el Once y en el mercado de frutos del Tigre, sin excepción. Las vedettes de la casa son las velas caseras de parafina con incrustación de caracoles o flores secas, las piedritas de vidrio para decorar macetas, las pirámides de vidrio, los candelabros de hierro forjado, las esencias berretas para hornillos, los angelitos de yeso patinado, y los adornos hindúes en cobre repujado.

Por alguna razón insólita estos lugares lograron posicionar tres objetos sin pies ni cabeza: el “fanal” (una vela hueca a la que hay que ponerle otra vela adentro), las fuentes feng shui, (unas charolas con piedras y plantas artificiales que tiran agua todo el día) y las ranas de yeso.

En general, lo atiende una señora muy pintarrajeada que escribe con faltas de ortografía y repite las mismas descripciones para cualquier producto: “artesanal”, “Ideal souvenir” y “de la buena onda/de la suerte/de la abundancia”. También usa mucho el diminutivo (Canastita tejida a mano con piedritas de colores) y si bien no emplea nombres como “centro de mesa” o “arreglo floral” (porque son más bien utilisimescos), sí menciona las técnicas de manualidades (imitación mármol, craquelado o patinado) como si fuesen procedimientos quirúrgicos muy sofisticados.

Por último, existe una suerte de injerto comercial, invasivo como un yuyo, que lentamente se ha metido en todos los rincones de los kioscos, locutorios y mercerías del país: el stand de jabones artesanales y sales de baño.

Este comercio nómade a veces no es más que una estantería, una mesa, o una canasta de mimbre. Todos los productos enfatizan su calidad de artesanal, buscando premeditadamente esconder en esa palabra que son salvajes manufacturas perpetradas por las manos roñosas de un ama de casa que compra materia prima en el supermercado chino.

Todos los productos tienen la misma presentación. Su nombre (una degeneración inconsciente de Victoria´s secret como “Lila´s garden” o “Maia´s relax”) está impreso en una etiqueta hogareña en colores pastel. El packaging intenta ser femenino, pero grita “pobreza” y “casero” por todos lados: las sales siempre se envuelven en bolsitas de celofán atadas con una cinta bebé al tono, y los jabones en tul cerrado con el mismo lacito tristón. Las más visionarias hacen también sets en canastitas de junco o cajitas de cartón corrugado que compran en una papelera del centro, a la que le agregan espuma de baño (detergente) y una toallita de mano (marca Carrefour).

Absolutamente todas estas líneas amateur tienen los mismos hedores -ellos las denominan “fragancias”: floral, lavanda, jazmín, opium, y el color azul siempre, pero siempre, se llama “Marina” u “Oceánica” y tiene olor a desodorante de inodoros.

Los jabones son de glicerina (aunque dicen “glicerina y coco” en la etiqueta) y se derriten luego de pasarlos durante dos minutos debajo del agua. Las formas tampoco varían demasiado. Hay estrellas, conchillas marinas, flores, barras, círculos con esponja vegetal adentro, y otras formas maquiavélicas con flores y caracoles en la pasta.

Lo que sí varía son los precios. Están las que creen que están montando el nuevo emporio Martha Stewart y hablan de “materia prima”, “mi política” o “primerísima calidad” y están las que, temiendo que bromatología asalte sus garajes con máscaras antigás, cobran 1,50 los jabones y venden las sales por kilogramo.

Como sea, no pueden ser muy distintas entre sí, porque la única respuesta posible a la eterna pregunta del consumidor asombrado, es que, o bien hostigan a su familia para venderles sus cositas, o las regalan para todos los cumpleaños, o se compran sus cachivaches entre ellas.



Imágenes de mujeres: Algunas profesoras particulares


Está comprobado que en los colegios secundarios, seis de cada diez profesoras de literatura española son viejas solteronas con voz de pito, polleras de lana y brochecitos en forma de roseta.

Se sabe también que dan la misma clase hace cuarenta años, sin ninguna modificación, con la intención de aniquilar cualquier tipo de amor potencial por los libros que puedan desarrollar sus alumnos. Que se las ingenian para hacer del Quijote un mamotreto gris e interminable, que jamás llevan fotocopias (prefieren dictar) y que en todas sus preguntas agregan “justifique” o “explique por qué”.

Alrededor de ellas giran mitos y leyendas que se alimentan desde los primeros días del colegio. Que las dejaron plantadas en el altar o que el novio se murió antes de casarse son dos clásicas del género. Alguna debe ser cierta, pero nadie sabe bien cuál es.

La mitad de las profesoras de inglés tiene el mambo británico (una patología similar a la de esos piraditos que miraron mucho “Dragon Ball Z” en la adolescencia y ahora hacen aikido, estudian japonés, llevan sushi en una luncherita de Hello Kitty, se masturban con Hentai, consumen cine de terror coreano y usan la cara de Sailor Moon como si fuese la foto de su cédula de identidad).

Casi todas se re bautizan como las monjas, pero en vez de ponerse Sor Piedad, las ex Margaritas renacen como Miss Margaret y las Patricias, como Miss Pat. Tienen, además, un desfasaje espacial peligroso: muchas de ellas creen que no están aquí, sino en Inglaterra. Cuando se despiertan leen “The Times”, miran la BBC y en sus diálogos casuales, incluyen expresiones típicamente británicas a la fuerza.




Absolutamente todas leen Harry Potter y trabajan en clase con canciones de Robbie Williams (antes usaban temas de los Beatles). Se alimentan sólo con té y galletitas en las preceptorías de los colegios (de hecho, es imposible pescarlas sin una taza en la mano o calentando agua en el microondas) y viven una década atrasadas: luchan por transformar el saludable acento americano de sus alumnos, graban documentales en VHS, y usan un maletín de lona negra lleno de cassettes que se escuchan mal y que arrancan diciendo “Unit 1” después de una música con trompetas.

Otro grupo de profesoras son las blanditas, que pueden dar cualquier materia y tienen dos exponentes famosos: la primeriza y la debilucha. La primeriza tiene veinte años y es como la casa de paja de “Los tres chanchitos”. Como no puede controlar al malón de vagos y agrandadas que le tocaron como alumnos, se angustia y toma las peores decisiones para sofocar el motín: pega grititos quebradizos, los acusa con la directora, o rompe en llanto en su escritorio.

La debilucha, por el contrario, no les tiene miedo. Cuando sus alumnos molestan, sonríe y sigue dando clases. Es pequeñita, pobre y tiene varios hijos. El marido es remisero y ella hace doscientos cincuenta colegios por día para llegar a fin de mes. Para Mayo los estudiantes se aburren de que los ignore, y la empiezan a querer. En el día del maestro le regalan un televisor y la hacen llorar por única vez en el año.

De todas las profesoras, la más pesada es una vieja charlatana con Alzheimer y olor a polilla, que siempre tiene algún tipo de anomalía bucal: escupe cuando habla, tiene aliento a viejo, o se le quedan mendicrimes en las comisuras. Mientras da clase, exaspera a sus alumnos con su cháchara inconexa y sus digresiones. Se va por las ramas y opina sobre todos los temas, desde videojuegos hasta economía, pero como es una anciana senil, sus alumnos –en vez de odiarla hasta el vudú- le toman cariño sincero. Sin embargo, ese amor tiene fecha de vencimiento: dura sólo hasta el examen final, en el que siempre, pero siempre, la vieja sádica toma todo el programa como si alguna vez hubiera dado clase en serio.

Otra profesora muy arraigada en las universidades y colegios es una suerte de entusiasta negadora, que no quiere enfrentar que su materia es un cachivache de relleno que no le importa a nadie. En general, dicta una materia práctica y cuatrimestral (taller, trabajo de campo, actividades prácticas, por ejemplo), que se promociona haciendo un choricito de plastilina; sin embargo, ella exige clases especiales, lecturas, y monografías, como si su programa fuese la base esencial de la carrera.

Y eso no es todo. Hay más. La mayoría de las profesoras se visten mal, consumen galletitas Express hasta volverse celíacas, leen a Felipe Pigna, le dan señaladores con frases conmovedoras a los alumnos que terminan quinto año (o postercitos con “Desiderata”), organizan colectas de dinero para los regalos de otros profesores (para comprar siempre un saquito) y todas, pero absolutamente todas, regalan un muñequito de goma eva con un caramelo misky abrochado para el día de la primavera.




Imágenes de mujeres: Flora y fauna de los barrios


¿Menos máquina?



Cada región tiene sus propias especies autóctonas: la fauna de la selva, por ejemplo, es distinta a la del ártico y completamente opuesta a la del desierto. Salvo por la humedad, no tienen nada en común: la primera tiene tigres, papagayos y orquídeas, y la segunda tiene ballenas asesinas y un clavelito bastante feo. No comparten ni siquiera los ratones, que son más o menos parecidos en cualquier lugar.

No obstante, la distancia o el clima no siempre es el factor que acentúa esa diversidad. Acá, en Buenos Aires, por ejemplo, con muchos kilómetros menos de diferencia, existe el mismo contrapunto que hay entre el ártico y la selva: las mujeres de barrio, sin ir más lejos, son muy distintas a las de la gran urbe, aun cuando esos dos lugares se encuentran a menos de veinte cuadras.

En los barrios, por ejemplo, las viejas andan sueltas. Roban gajos de plantas, toman “la fresca” en la vereda, pasean un perro peliduro de patas cortas, y demoran a la gente en el almacén. En la ciudad, en cambio, lo viejos son invisibles y matan los días encerrados en un dos ambientes cavernoso mirando por la ventana como autistas o esperando que sus hijos los vayan a visitar. La vieja con batón —un vestido amorfo de tela liviana cuya panza está siempre mojada y roñosa— por ejemplo, no prospera cerca del centro de Buenos Aires. El batón, su emblema y uniforme, ni siquiera se consigue en Capital porque lo confeccionan modistas de provincia en sus garajes o ellas mismas. Además, no puede baldear y para las viejas de barrio, baldear a las siete de la mañana, más que un quehacer doméstico es el pilar de la vida social, es una señal aceptada de que una señora está al pedo y quiere charlar con otros vecinos.

Otro personaje típico de los barrios es la camiona, que tampoco tiene su doble cosmopolita, pero si tuviera uno, sería una vedette de los ochentas pasada de pan y facturas. La camiona usa mucha ropa ajustada, baratijas enchapadas en oro, botas de taco alto, uñas larguísimas, y mucho, pero mucho maquillaje turquesa. Vive tomando mate y mirando Gran Hermano mientras habla mal de las vecinas y revisa catálogos de Avon o Tupperware. Aunque el único trabajo que hace es memorizar chimentos, su marido está convencido de que desposó a Brigitte Bardot y la tiene como una reina. Alegre, atiende los pedidos insaciables de ella y las dos nenas, que graznan durante todo el día que quieren otro par de botas con flecos, la nueva Barbie de playa o llevar al novio de la más grande de vacaciones con ellos a Miramar.

Tampoco la peluquera sobrevive en las grandes urbes (de hecho, ahí no hay peluqueras; hay estilistas). Mientras que en el barrio sólo las señoras de pelo amarillo y casaca de farmacéutico tienen peluquería, en las zonas céntricas hay cadenas de salones llenos de repetidores de secundario con la cresta teñida, y gays que sueñan con ser el Roberto
Piazza de la coloración. La peluquera barrial es, ante todo, adicta a los “adornitos”.
En su negocio hay muchos cuencos con agua y piedritas de vidrio, una fuente feng shui y cuadros con cortes de pelo del año 1986. Sus aliados de todos los días son el decolorante
en polvo, la revista Semanario y la rizadora de cabello, un artefacto tan de barrio que su enchufe no encaja en los adaptadores cosmopolitas. Su especialidad son los recogidos
para fiesta de quince con mucho spray y palmera de bucles, aunque también le piden permanentes y reflejos con gorra de goma, dos servicios que fuera de allí no se hacen
desde principios de los noventa.

La almacenera, a diferencia de la anterior, es un estereotipo que se está extinguiendo en todos lados. Las pocas que han sobrevivido a los supermercados chinos son viejas sucias
y religiosas que adoran manosear el fiambre y cortar dulce de batata con las manos envueltas en dos bolsitas de nailon. Todas tienen un almacén diminuto, sin ventilación,
con una heladera exhibidora llena de lácteos podridos y estanterías metálicas en la parte de atrás. Siempre tienen una nieta gorda que les hace compañía mientras traga polvorones
como una boa constrictora, adornada por una órbita de moscas verdes. A pesar de que conocen a los vecinos de toda la vida, las almaceneras son falsas, difíciles, y viven desparramando rumores venenosos que tienen como único objetivo castigar a
la gente que compra en supermercados grandes. Cobran toda su mercadería con sobreprecio y se hacen pis de la emoción cuando pueden avergonzar a un nene reclamándole el
pago de la cuenta corriente delante del resto de la clientela. No tienen variedad de productos, salvo de aceite y de fideos, y viven consagradas a la sucia empresa de hablar
pestes de la mafia china y esparcir el mito de que los chinos apagan las heladeras de noche para ahorrar luz, aunque a ellas se les pudran los lácteos.

Otro personaje que tampoco existe en la gran urbe es la vecinita, una adolescente con un cuerpo infernal que se pone de novia con un vago de veinte años que la va a buscar
al colegio en Chevy. Durante meses, el vago se instala en la casa de ella para comerse todo lo que encuentra en la heladera mientras mira la tele y le acaricia las piernas a la novia en las pausas. Van juntos a todos lados agarrados de la mano, pero se pelean una vez por día, en general, porque ella quiere salir con amigas y él no la deja. La rutina es siempre la misma: él le grita desaforado en una esquina o dentro del auto y ella llora sin parar. Pero el año siguiente, cuando ella empieza la facultad y conoce gente nueva, lo deja por un compañero de curso que le escribe poemas. Durante algún tiempo el vago cae a la madrugada llorando, a tirarle piedras por la ventana y pedirle explicaciones, hasta que el padre sale a la puerta y lo amenaza con un palo.

Por último, hay otras tres especies que están en todos los barrios de Buenos Aires, pero que no son tan conocidas: la loca, la puta y la tarada. La loca no hace nada. Sólo da vueltas por la plaza, vestida y pintada para ir a una fiesta, insultando gente y amenazando a las madres primerizas que caminan con sus hijos. La puta, por el contrario, apenas sale de su casa; se sabe que existe porque a veces abre la puerta en bata o porque la tarde recorta su figura ladina través de la cortina del living. Y la tarada, en cambio, está todo el día a la vista, en la vereda, repitiendo una frase sin sentido o un juego incomprensible (los tarados hacen el avioncito con los brazos, pero las taradas son más versátiles).

Es verdad que las zonas céntricas también tienen sus propias locas, sus propias putas y sus propias taradas. Incluso hay hospitales llenos de chiflados que nadie visita. Pero como sucede con las viejas o las plantas, en el barrio las locas son libres, y en la gran urbe apenas se las ve de lejos, aburridas y curiosas, cuando asoman sus caras grises por las ventanas de un departamento.


Extraña pareja Comedia romántica

de humor


Las mujeres estamos convencidas de que nuestra pareja es algo de otro mundo. Que nuestros problemas y anécdotas son la expresión más particular y sofisticada del amor. Que nuestros recuerdos deberían ser un libro, una comedia romántica, o por lo menos una anécdota curiosa que viaja de sobremesa en sobremesa.

Esta creencia torpe e ingenua a mí me parece encantadora. Como un coleccionista apasionado, cada vez que una mujer me cuenta las primeras citas con su novio, me fascina abrir los ojos bien grandes y decirle que nunca escuché cosa más especial. Nunca falla. Apenas digo que es la mejor historia del mundo, empiezan a soltar la lengua.

La histérica y el boludo son, por ejemplo, el tipo de pareja más común que conozco. Ella es chillona, prepotente y caprichosa, y él es un pancito de Dios. Ella se la pasa cagándolo a pedos delante de todo el mundo, pidiéndole cosas o poniendo mala cara porque trajo las facturas equivocadas, tiró un vaso de agua sobre la alfombra o se olvidó de comprar limones cuando fue al supermercado.

No lo deja hacer nada de nada, principalmente si tiene relación directa con sus amigos de soltero. Si vienen a su casa a comer o a ver un partido, la tolerancia de la histérica dura quince minutos. Pasado ese tiempo, se escucha un graznido que dice: "MAAAAAAAAAAAARCEEEEEEELO VENI POR FAVORRR", se meten en el cuarto y se escuchan susurros ininteligibles. Cuando Marcelo sale, le dice a sus amigos siempre lo mismo: “Chicos, Maru se siente mal y nos tenemos que ir” o “Chicos, Maru tiene razón, no da que vengan si ustedes no pintaron y empapelaron la casa. Le tenemos que pedir perdón”.

Cuando frecuentan amigos de ella, en cambio, se pone de buen humor y se dedica a hacer chistes despectivos sobre su pareja, ridiculizando sus puntos débiles y contando un montón de intimidades que jamás deberían haber abandonado su habitación. Además, la histérica está obsesionada con que el hermano, el jefe o el socio de su novio lo están cagando y le llena la cabeza de teorías conspirativas para que pida un aumento o se busque un trabajo nuevo.

Si bien nadie la soporta, los amigos nunca le dicen a Marcelo lo que realmente piensan de su novia. Recién el día en el que él toma coraje y la deja, su familia festeja con una suelta de globos y él por fin recibe el aluvión de reproches y anécdotas horribles sobre su ex pareja.

A la inversa, la fanática y el engreído son otro modelo de relación muy común. Por medio de ardides psicópatas, él la convence de que es un héroe griego, y desde ese momento, ella vive para contar anécdotas que ilustren la engreída estampa de semidiós de su pareja. Que sabe todo, que es el más lindo, que siempre tiene razón. Todos los demás viven equivocados a la sombra de este profeta grandilocuente y sabelotodo que nos ilumina con sus anécdotas. Y como si fuera poco, mientras ella relata cómo él se peleo con un amigo, él asiente desde el fondo, como un entrenador de perros orgulloso mirando como su cachorra ataja un huesito de alimento balanceado sin moverse de la mesa.

Cuando sale con sus amigas, la fanática tiene un hábito inmoral y repugnante. Cada vez que alguna relata un defecto de su pareja, ella ofrece un contrapunto fantasioso y edulcorado sobre la suya. Si su amiga se queja de que su novio deja el baño mojado, ella acota que el suyo lo lustra con mirada de rayos laser sin moverse del bidet. Si dice que su novio no cocina, la fanática acota que el suyo la lleva a comer afuera todos los días y a la vuelta la carga en andas y le canta una serenata en la puerta del edificio.

Los siameses, otro estereotipo muy corriente de pareja, borran todos los pronombres, verbos y anécdotas en singular de su vocabulario. Se las ingenian como maestros de la lengua castellana para relatar absolutamente todo en la primera persona del plural: "A nosotros nos encantó esa película", "La zanahoria no nos gusta", "No somos de salir mucho".

Son, además, los creadores del numerito de "cortá vos" (que consiste en llamarse por teléfono y una vez agotada la conversación, exhortar al otro a que corte primero: "Cortá vos" "Nooo, cortá vos", "No, vos", "¡No! ¡Vos" y de "Yo te quiero más", un ritual parecido pero aún más empalagoso, en el que ambos amantes intentan convencer al otro de que ellos aman más: "Yo te amo más", "No, yo más", "No, yo", "¡No! ¡Yo te amo más!".

Previsiblemente, van a todos lados juntos. Él es el boludo que vemos a la salida de una clase esperando a su novia con la campera en la mano, y de ella es la cabecita que se asoma desde el auto cuando él baja para dejar algo en la casa de un amigo.

Otro ejemplo un poco más raro pero frecuente son la boluda y el gritón, que tienen un pacto secreto para mantener viva la relación: él la trata como un trapo de piso y ella lo excusa diciendo que está muy nervioso por el trabajo.

Son, paradójicamente, el matrimonio perfecto. Se complementan de manera vital, necesaria: él precisa a quien pisotear, y ella es una masoquista que encuentra goce en ser pisoteada. Cada vez que él la humilla en público, la increpa por una camisa mal planchada o le dice que es una inútil, ella se autoconvence de que lo soporta porque en el fondo él es bueno y la quiere. Pero la realidad es otra. Debajo de su mansa tolerancia, está segura de que su novio tiene razón: si lo deja se la comen los piojos.

Los presumidos escandalosos, en cambio, se gritan de manera recíproca. Su numerito más famoso es discutir en la calle y que uno se vaya caminando y el otro lo siga y lo agarre del brazo para retenerlo. Son como un espectáculo teatral interactivo, que incluye amigos, transeúntes y policías que no quieren participar de la obra, pero lo terminan haciendo.

Son celosos, posesivos, irracionales y no tienen vergüenza. Hacen cualquier cosa para ser el centro de atención (ya sea para que los miren, los consuelen o los atajen cuando se están por trompear con un tercero). Cuando van a una fiesta, por ejemplo, uno de los dos se emborracha y termina arruinando la velada. A veces ella pone mala cara hasta que él estalla de ira, a veces uno de los dos coquetea con un tercero, y otras veces ella agarra de los pelos a alguna soltera que tuvo la mala idea de mirar de reojo a su novio.

Por teléfono también tienen un show interesante. Mientras ella sale con sus amigas él llama para pelear a su celular. Si ella no lo atiende, insiste al de sus amigas, y si no quieren pasarle con su novia, se va hasta allá y arma un escándalo con botellazos y todo.

Y por último, están el desastre y la salvadora. Antes de conocerla, él era el peor partido del mundo: mujeriego, ludópata, mentiroso, irresponsable. Pegaba los mocos debajo de la mesa, se olía sus medias sucias, se gastaba el sueldo entero en la ruleta. Pero ella ve algo especial en él, lo convierte en su proyecto personal, y luego de un año de convivencia, encuentran una forma de tolerar las mutuas extravagancias.

A pesar de que nadie cree que su relación puede prosperar, se quedan juntos muchísimos años, unidos por un vínculo misterioso y singular, que nadie —ni sus propios hijos— terminan de entender nunca.



Un matrimonio perfecto Comedia romántica

Megapost humor relatos sobre mujeres

La razón y los sentimientos son como un matrimonio de viejos locos que se detestan. Viven en la misma casa y muchas veces duermen juntos, pero se llevan tan mal, que no pueden dialogar ni ponerse de acuerdo. Siempre que hablan terminan peleados, sin dirigirse la palabra durante un tiempo.

Cuando una mujer decide casarse con un hombre por su dinero, por ejemplo, el corazón siempre se mete en el medio. Se frunce cuando el marido le pide un beso, mira con lascivia a otros hombres más lindos, y habla todo el día de culpa y remordimiento. Espera calladito y vengativo que la razón se duerma borracha o se distraiga en un acto fallido para ponerla en evidencia delante de todo el mundo.

Lo mismo sucede en el caso inverso: cuando una mujer se enamora, la razón la tortura con que ese hombre es un mujeriego, con que no deja propina o con tiene un edipo mal resuelto. Y por más que los sentimientos se tapen las orejas o pongan la música bien fuerte para no escuchar, siempre se filtra algún pensamiento.

Pero a pesar de que no entienden las razones del otro, la razón y los sentimientos tienen un pacto tácito que respetan a muerte: ante los demás son un frente unido. Son la misma persona. En casa podrán discutir y revolearse todo lo que encuentren, pero de la boca para afuera, los sentimientos y la razón siempre se muestran como un matrimonio perfecto.





cuentos


ESPERO LES GUSTE AMIGOS TARINGUEROS SI LES GUSTA SE VIENE SEGUNDA PARTE SALUDOS A TODOS

Comentarios Destacados

camilotc +5
Yao ming no lei un carajo en 3... 2... 1...

11 comentarios - Megapost humor relatos sobre mujeres

camilotc +5
Yao ming no lei un carajo en 3... 2... 1...
gvonfuchs +1
camilotc dijo:Yao ming no lei un carajo en 3... 2... 1...

Para desvariar
mejores
otaruargentino2 +1
MAS LARGO EL POST QUE LA MIA, Y COMO DIJERON ARRIBA, NO LEI UN CARAJO !!