¿Qué harías si detuvieras el tiempo?


El fin de semana pasado hacíamos una cola interminable para que los boleteros del Village Recoleta nos asaltaran sin descaro: “¡Manos arriba, esto es una boletería de cine!”. La cola interminable daba montones de vueltas y la cartelera de horarios iba poniendo un “completo” detrás de otro, como los “demorado” de los aeropuertos. Era difícil elegir qué ver. Las películas más interesantes ya estaban cómodamente descargadas en mi disco rígido, incluso casi todas las que se estrenarán en semanas o meses venideros. Las otras películas interesantes ya no tenían localidades disponibles o estaban a seis o siete horas de distancia de las coordenadas espaciotemporales que ocupábamos. Había dos opciones firmes, aunque una más firme que otra debido a mi injusta fama de pollerudo. LTx, la chica del momento, propuso Juno, porque había leído que era una comedia inteligente y muy bien hecha. Yo propuse Rambo 4, porque soy un dinosaurio y a mucha honra. Pero iba a ser Juno, claro.

No sé qué problema tenía con ver Juno. Quizás porque -escribió Marcelo Figueras- es una película sobre una adolescente “vivaz, espontánea y un tanto sabelotodo”, y ya estoy cansado de adolescentes vivaces, espontáneos y sabelotodos. Pero esta adolescente, sigue Figueras, “está convencida de que nada bueno ocurrió en el rock desde el punk del 76 y de que Dario Argento es el rey de las películas de horror”. Y yo estoy convencido de que nada bueno pasó en el rock desde el punk del 76 y de que Dario Argento es el rey de las películas de horror. Así que no sé. Un misterio. Sería cuestión de protestar un poco, verla y listo.

Mientras la cola avanzaba a paso de tortuga desmayada, reparé en el afiche de una película argentina de ciencia ficción, Tres minutos, dirigida por Diego Lublinsky. El eslogan decía: “¿Qué harías si el tiempo se detiene?”. Traté de pensar si estaba correctamente escrito (¿es “detiene” o “detuviera”?), pero estaba tan cansado de esa cola que no podía pensar en nada. Quizás ambas estaban bien, no sabía, si me sacan el corrector de Word me quedo sin trabajo.

Con las entradas para Juno en la mano, fuimos a comer pizza con rúcula (mentiras, mi mitad tenía salame, aunque la de LTx tenía alguna saludable verdura medio rara) y esperar a que llegara la función de las 00.30 hs. Tras una acalorada discusión sobre si es más pertinente el Método de Enlace de Valencia o el Método de Orbitales Moleculares, se hizo la hora de la película. Es genial pasar el sábado a la noche discutiendo sandeces.

Al regresar, descubrimos que el Village estaba en penumbras y que una jauría humana se agolpaba contra las boleterías: se había cortado la luz, las masas hambrientas reclamaban la devolución de su dinero. Había gritos, insultos, amontonamientos, empujones y todas esas cosas que suele haber en estas situaciones.

Yo me porté como un señorito inglés, especialmente porque estaba calculando que, habiendo pagado con tarjeta de débito y obteniendo la devolución en efectivo, iba a ganar el 5% de reintegro por el IVA. LTx, por su parte, estaba muy ocupada desarrollando extrañas teorías conspirativas que tenían a mis secuaces saboteando la sala para que zafara de ver Juno. Y mientras los gritos y los epítetos iban subiendo de tono, volví a mirar el afiche de Tres minutos. No pude evitarlo. Pensé en La dimensión desconocida, en un medallón mágico que detiene el tiempo, en evitar los gritos y las colas, en la gran pregunta gran:

¿Qué harías si pudieras detener el tiempo?

velocidad


Esto es ciencia ficción de la buena. “A little peace and quiet” es una de las dos historias del primer episodio de la primera temporada de La nueva dimensión desconocida (The new twilight zone, 1985-1987), una no muy celebrada versión de La dimensión desconocida (The twilight zone, 1959-1964), la serie de televisión creada por Rod Serling a fines de la década de 1950 y venerada desde entonces como un clásico de la ciencia ficción. Escuché en estos días que J. J. Abrams (creador de Lost, Alias y Felicity, productor de Cloverfield, director de Misión Imposible III y de la remake de Star Trek que se estrena el año próximo) es el nuevo Rod Serling. Pssssss… No tienen idea. Serling es un grande en serio, como Sandro.

A pesar de otros capítulos medio flojos, “A little peace and quiet” estuvo a la altura de los mejores momentos del ciclo original. Salió al aire por la cadena CBS el 27 de octubre de 1985 y lo dirigió Wes Craven, por entonces en la cima del género gracias a su notable film del año anterior, Pesadilla en lo profundo de la noche (A nightmare on Elm street, 1984), donde Freddy Krueger destripaba al todavía púber Johnny Deep. El clima del relato se caldeaba con la parábola de apertura: “¿No sería lindo si de vez en cuando todo el mundo hiciera silencio y dejara de molestarte? ¿No sería genial tener tiempo para completar un pensamiento o para soñar despierto? Para pensar en voz alta sin que te pidan que expliques qué quisiste decir exactamente. Si tuvieras el poder, ¿te atreverías a usarlo?”.

Penny es el ama de casa que responderá la pregunta. Mientras trabaja en su jardín encuentra un medallón que le permite detener el tiempo y dejar todo inmóvil a su alrededor. No tiene mucho que meditar: por supuesto que se atrevería a usarlo. Valiéndose del medallón evita los chillidos de los hijos, las protestas del marido, el ruido de los electrodomésticos, las colas del supermercado; y seguramente hubiera evitado el despiole del Village Recoleta. Incluso se saca de encima a dos molestos activistas anti-nucleares que van a golpear su puerta para fastidiarla con eso de la guerra fría (es 1985, el año de la perestroika y la glasnot, de remeras con la inscripción “stop nuclear power”). Todo marcha bien. La mujer puede completar sus pensamientos, puede soñar despierta. Hasta que al anochecer empiezan a sonar las sirenas de alerta: la Unión Soviética ha disparado sus misiles nucleares. Penny detiene el tiempo, sale a la calle y se encuentra con que los misiles atómicos están a punto de caer sobre la ciudad. Ya no puede dejar que el tiempo vuelva a correr.

Reloj


Es un buen episodio, y hay un curioso detalle hacia el final. La mujer pasa por la puerta de una sala de cine; la marquesina anuncia un doble programa: Fail safe y Dr. Strangelove. Se trata de un guiño para cinéfilos. Las dos películas –ambas son de 1964, la primera dirigida por Sidney Lumet y la segunda por Stanley Kubrick- tratan de ataques con armas nucleares. Por lo demás, “A little peace and quiet” remite a dos capítulos de la versión original de la serie, “Time enough at last” y “A kind of stopwatch”. Los tres comparten la misma línea argumental: oigan, detengan el mundo que quiero bajame. Y luego de que se detuvo: oigan, pónganlo en marcha de nuevo que quiero subirme.

A no asustarse. Los dos episodios fueron parodiados en Los Simpson, así que no se trata sólo de un secreto para nerds solitarios que pasan el sábado a la noche completando los cuestionarios de la Cosmopolitan. “Time enough at last” se estrenó en noviembre de 1959, dirigido por John Brahm y escrito por Rod Serling en base a una historia de Lynn Venable. Debe ser la historia más citada de la serie y aparece con frecuencia en las encuestas de los grandes momentos de la televisión norteamericana. Es sobre un hombre, Henry Bemis –interpretado por Burgess Meredith, quien más tarde sería El Pingüino en la bufonesca serie de televisión Batman y el entrenador de Rocky Balboa en Rocky y sus secuelas-, que nunca encuentra el momento propicio para leer. Su esposa, su jefe, siempre aparece alguien para insistirle con que leer es una pérdida de tiempo. Quizás porque pertenecen a la generación a la que proclama pertenecer la modelo argentina Karina Jelinek: “No pertenezco a la generación de leer libros”, dijo la muchacha. OK.

Un día, mientras Henry Bemis almuerza en la bóveda del banco donde trabaja, explota una bomba de hidrógeno en la ciudad. Es el único sobreviviente y por fin puede leer cuanto se le dé la gana. Va a la biblioteca, toma un libro y en el proceso se le rompen sus anteojos de lectura. Final de antología. Dirigida por John Rich y también escrita por Serling, “A kind of stopwatch” se puso al aire en octubre de 1963. El argumento aparece en decenas de revistas de comics y noveluchas baratas de ciencia ficción: un reloj que detiene el tiempo, el reloj se rompe, el tiempo queda detenido para siempre.

Todas estas historias parecen compartir un interrogante en común: ¿qué harías si pudieses detener el tiempo?

tiempo


La fascinación con detener el tiempo es propia de la ciencia ficción, y la ciencia ficción es hija de la sociedad industrial. “La ciencia ficción –escribió el científico y escritor Isaac Asimov- nació a comienzos del siglo diecinueve como respuesta literaria a una nueva curiosidad que no había existido verdaderamente en toda la historia anterior del hombre”. Esta nueva curiosidad, para Asimov, fue la capacidad del hombre de percibir los cambios en la forma básica de vida en su propio tiempo de existencia. La sociedad había sido profundamente estática, los padres y sus hijos compartían un mismo escenario de vida; todo adelanto tecnológico parecía un eco lejano de “la revolución neolítica” de la que habló el arqueólogo V. Gordon Childe en la década de 1930. Las relaciones sociales, la tecnología, el ambiente, todo estaba marcado por una fuerte inmovilidad. Una persona no veía grandes cambios –estructurales, si se quiere- desde que nacía hasta que moría. La ciencia ficción no tenía razón de ser. No existía una literatura sobre el futuro pues no parecía haber nada acerca del futuro que no pudiera tratarse en los términos del presente. Las cosas serían mañana tal como lo habían sido ayer y siempre.

Hasta que estalló la Revolución industrial. Está bien, lo dice cualquier manual del bachillerato. ¿Pero qué significa la frase “estalló la Revolución industrial”? Es la pregunta retórica que se formuló el historiador Eric Hobsbawm en 1962: “Significa que un día entre 1780 y 1790, y por primera vez en la historia humana, se liberó de sus cadenas al poder productivo de las sociedades humanas, que desde entonces se hicieron capaces de una constante, rápida y hasta el presente ilimitada multiplicación de hombres, bienes y servicios”. El cambio se volvió la norma y no la excepción.

Muchos escritores de diferentes lugares y diferentes épocas acusaron recibo del cambio acelerado que comenzaba a regir la vida social: Baudelaire, Balzac, Marx, Engels, Yeats, Goethe, Biely, Ducpetiaux, Dostoievski, luego Benjamin. Todo comenzó a ir más rápido y el transporte –el conjunto de actividades técnicas, económicas y organizativas que sirven para el traslado de personas y mercancías- se convirtió en un símbolo de la industrialización. Si no incluyen una ilustración de la fachada de alguna fábrica hedionda de Manchester o del telar mecánico de Samuel Arkwright, los manuales del bachillerato no omiten alguna locomotora a vapor. La locomotora Rocket del inventor George Stephenson es una opción cantada.

El velocímetro comenzó a aumentar junto a la demanda de más y mejores velocímetros. Hasta hace menos de dos siglos, la celeridad máxima que podía alcanzar el hombre estaba circunscripta a la naturaleza. Dependía del agua, del viento, de los animales. Y entonces llegó el ferrocarril. Y luego los aviones, las motocicletas, los submarinos, los trasbordadores espaciales. Y también llegó el automóvil, “un equivalente actual bastante exacto de las catedrales góticas”, según una expresión ya célebre de Roland Barthes en Mitologías (se refería al Citroën DS, presentando en el Salón del Automóvil de 1955).

“Ya veo que ha acabado usted quedándose con uno de esos malditos cacharros”, le dice el jefe de la oficina de Correo a Adam Trask al verlo con su flamante Ford T en Al Este del Edén, la monumental novela de 1952 de John Steinbeck. “Hay que seguir la marcha de los tiempos”, le responde Adam. “Predigo que vendrá un día en que no podrá encontrar usted ni un solo caballo, señor Trask”, le retruca el encargado de la estafeta. “Acabarán por cambiar completamente el aspecto del país. Andan metiendo bulla por todas partes. Incluso aquí, nos toca sufrir las consecuencias. Había antes quien solía venir sólo una vez por semana a retirar el correo, y hoy tiene que venir todos los días, y algunos lo hacen dos veces. Son incapaces de esperar tranquilamente que les llegue su maldito catálogo. La cuestión es ir de una parte a otra, corriendo como locos”. Y el Ford T no era precisamente el Mach 5 de Meteoro.

harias


Tiempo y velocidad, la fórmula para el éxito no viene de la física sino de la economía política. El tiempo se convirtió en moneda de cambio y la velocidad en la variable que moldea el uso de esa moneda de cambio: más velocidad significa más producción y más consumo. Pero la física es contundente en otro aspecto: dos cuerpos no pueden ocupar un mismo espacio. La cuestión es ir de aquí para allá, corriendo como locos, pero no todos pueden correr como locos a la vez. Si así fuese, las leyes de la física causarían estragos y los cruces de camino parecerían pruebas de crash test dummies. Mientras unos aumentan su velocidad otros deben detenerse, dejar de correr como locos, reducir el velocímetro a cero.

Nada más paradójico que esos lugares donde el tiempo se detiene: los semáforos, “esos nuevos espacios –escribió el ensayista Aníbal Ford en el prólogo de su libro Navegaciones- donde se cruzan y se enfrentan las clases en América Latina”. Los semáforos no son sólo dispositivos de regulación del movimiento de personas y vehículos en la vía pública. Los semáforos son lugares de choque, encuentro, miseria, lugares de intersección y contraste. Lugares de incongruencias.

Es de noche, hace frío y me siento en la intersección de Emilio Mitre y Eva Perón, una esquina del Parque Chacabuco, a observar qué sucede cuando el tiempo se detiene en el semáforo. Algunos personajes no respetan las reglas de la ciencia ficción, siguen moviéndose alrededor de los automóviles inertes. Unos chicos hacen malabares con pelotas de plástico, una anciana renguea de ventanilla en ventanilla pidiendo monedas, un tipo amaga lavar los vidrios pero los conductores le hacen señas de que se vaya al diablo, unos cartoneros se paran con una pancarta del restaurante de la otra cuadra (recibirán comida caliente por hacerlo), alguien vende flores, otro vocea ejemplares de La Razón, otro anciano pidiendo monedas, de nuevo los malabares y la pancarta.

¿Qué harías si pudieras detener el tiempo?

Mirar para otro lado, subir el volumen de la radio, negar con la cabeza, darle rienda suelta al enfado, hablar por celular, maldecir a estos tipos que no entienden nada de ciencia ficción y se siguen moviendo cuando deberían quedarse quietos.

¿Qué harías si pudieras detener el tiempo?

Esperar que vuelva a correr.