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Manual del Cabeza de Termo

Manual del Cabeza de Termo




1-

La conchuda de mi ex me dejó porque yo usaba el pijama hasta las seis de la tarde.

–Con tu próxima novia tratá de no mostrarte en pijama a las seis de la tarde, jaja –me sugirió en una conversación posterior a la ruptura, mientras tomábamos unos mates en una plaza y fingíamos escuchar la banda de un amigo que te hacía doler las muelas. Así lo dijo, como quien aconseja no abrir el horno mientras se está haciendo el bizcochuelo.
La banda estaba tocando un tema de Metallica o una mierda por el estilo y el pasto estaba húmedo. Apenas me dijo esa frase, hice como que me lo tomé bien, me reí un poco, pero después de un rato, interpreté lo que ella quería decir y me sentí para el carajo.
En ese momento yo no tenía laburo y ella sí. Eso la hacía sentirse muy bien con ella misma y todo eso. Pero no conmigo. Y cuando uno se siente bien consigo mismo, tiende a prescindir del resto de la humanidad. Jaja.

Yo me había metido a estudiar Periodismo hacía algunos años y también me había anotado en unas materias en Letras porque tenía la fantasía de ser escritor. En Letras había buenos culos y duré menos que un pedo en una canasta.

Me llevó bastante tiempo asumir que las fantasías no te llevan ni a la esquina si no sentás el culo en la silla. Y nunca tuve ganas de sentar el culo en la silla para otra cosa que no fuera hacerme la paja delante del monitor. En pijama, sí.

Ni siquiera me seducía la idea de vivir de mis libros. Calculo que sólo me conformaba con parecerme a un escritor: fumar mucho, andar en sobretodo y tomar cerveza. Pero no fumo, el sobretodo me hace parecer un virgo y bueno, la cerveza sí. Hasta intenté usar una máquina de escribir que era de mi abuelo, como para darle al asunto una vuelta de tuerca retro. Y también probé con ponerme música clásica al palo, pero la inspiración había sido de ellos.

La única verdad es que me daba mucha paja escribir y me resigné hace tiempo. Es probable que la conchuda haya olfateado de antemano que yo me iba a resignar. Por ahí la idea de salir con un tipo escritor la calentó un tiempo, pero si no les das resultados rápidos se buscan a otro tipo que se los dé. Un plomero o un astronauta, es todo lo mismo, nos vamos a morir igual y todo eso.

A las minas al principio les prende la mecha que te hagas el intelectual o el rebelde, pero después de un rato quieren algo más estable. Un tipo que no sobresalga tanto del resto. No quieren que seas un pelotudo pero casi, siempre y cuando las lleves a pasear en auto, no te tires pedos en las reuniones familiares y todo eso.


2
La primera semana después de la ruptura fue una garcha. No porque la extrañara y esas mariconadas, sino porque el cerebro se te sale del cráneo y de un pestañeo te empezás a cuestionar por haber nacido, como si te llegara la factura del gas. Cuando tenés a alguien al lado, todo se soluciona mirando una película bastante de mierda, garchando aunque sea mal y hablando lo menos que puedas.

Por más que parezca una pavada, intenté aprovechar la ruptura para empezar a escribir una novela. No sé de dónde sacaron que cuando estás en una situación de esas, te viene la inspiración para hacer otra cosa que no sea un bife a la criolla.

Arranqué como cinco novelas en los primeros días en los que ya podía sobrevivir sin llorar todo el tiempo como un ganso. En vez de empezar por un cuento corto, una carta y no digo un poema porque los poemas son de puto, arranqué novelas que duraron un párrafo y un click hacia la papelera de reciclaje.
Probé con un adolescente consternado por el maltrato de sus compañeros, un detective falopero, un vendedor ambulante que se convierte en presidente y todas esas cosas que te copiás del cine para embocarle más o menos a alguna fórmula y que alguien te reconozca que sos escritor.
Calculo que lo que más me motivó fue imaginarme ese momento en el que me encontraría con la conchuda un par de años después para tirarle mi best seller arriba de su camisón lleno de migas de pan.

Pero llegó el fin de semana y no tuve otra alternativa que irme de putas, como para sacarme la mufa. Irse de putas triste es suicida. Tuve que elegir entre una paraguaya y un travesti santiagueño. Elegí la paraguaya porque no estaba tan en pedo para ser nacionalista y que me rompieran el orto. Se llamaba Rosalinda, Rosemary o de cualquier forma que dejara en claro que era una puta paraguaya.
Me la chupó mal. Cuando quise acordar escuché los golpes en la puerta que indicaban que se me había terminado el turno. Le sugerí de seguir hasta acabar y me puteó en bilingüe. Pocas cosas te tiran más abajo que el rechazo de una puta, encima paraguaya.


3
–“Peor es nada”, dijo una vieja y se acarició la concha con la cola del gato –me dijo mi amigo Aldo cuando le conté lo de la paraguaya. Me lo dijo sin sacar la vista del televisor. Había encontrado una película doblada al mexicano, pero al menos estaba De Niro o algún duro de esos que nos hacen bien. Es decir que no supe si lo dijo por haber encontrado la película o por lo que le conté de la prostituta.
Aldo tenía treinta años, nunca había tenido novia ni trabajo. Vivía gracias a un error en la computadora del Instituto de Previsión Social que le permitía seguir cobrando la pensión por su padre muerto antes de nacer. Eso le alcanzaba para comer salchichas como el manjar del mes, pero no se quejaba. Y fumaba mucho porro. En resumidas cuentas era un tipo conformista, que es lo más parecido a ser feliz.

Cuando le conté lo que me había pasado con la conchuda, Aldo se tomó unos segundos para poner mute con el control remoto, respiró hondo y se tomó otros segundos para responderme: “tratá de poner la cabeza en otra cosa”. El tipo no servía ni para tapar el viento, pero cuando se tomaba esos instantes para responder te hacía reflexionar.

De todas las boludeces que te recomiendan cuando te deja una mina, la que menos te convence es “tratá de poner la cabeza en otra cosa”. Suena muy lindo y edificante y hasta parece fácil. La primera hora y media.

Lo mismo pasa cuando tus amigos te dicen “cogete a otra, virgo”, como si se tratara de ponerle ajo a la ensalada. Y vos no te querés coger a nadie, sólo querés que la conchuda vuelva y te mienta, que diga que sos lo más maravilloso que puede pasarle a este y a todos los mundos que vengan.

Pero por ese instinto de preservación de la especie que lleva adentro cualquier cabeza de termo y que al fin de cuentas es lo que mantiene a este mundo repleto de bultos con cara que lo único que hacen es entorpecer el paso en las calles de la gente que verdaderamente vale la pena, me dije que un momento como ese había que tratar de poner la cabeza en otra cosa.

–¿Qué tipo de cosas? –le pregunté a Aldo después de un rato de mirar la pantalla buscando sin éxito en mi mente alguna cosa para pensar.

Aldo volvió a poner mute y a tomarse los segundos de solemnidad.

–Lo mejor es ponerse un objetivo inalcanzable, así pasás toda la vida preocupado en cumplir esa meta y te olvidás de toda la otra mierda que te pega todos los días en los tobillos –respondió.
–¿Como qué?
–No sé, boludo, cogerte a la presidenta, qué sé yo.


4
Me había alejado de mis amigos de la secundaria, justamente por pasar buena parte del tiempo con la conchuda. Con alguno que otro de la Facultad me hablaba, pero casi todos me parecían pobres tipos. Básicamente la Facultad de Periodismo tiene baños y pobres tipos. Ahí no hay culos. Hay algunas tetas, pero más que nada de gorda.

En Letras además de culo encontrás algunas tetas de hippie que son las mejores, porque las esconden y eso está bueno. Pero tenés cuatro años de latín o de griego y eso no hay teta hippie que te lo haga soportar.

Por eso me juntaba con Aldo, el único que no se preocupaba si no le mandaba un mensajito en una semana, si me olvidaba de su cumpleaños o si cagaba adentro del microondas. Básicamente no se preocupaba por nada, no es que fuera tan copado.

Aldo me dijo que había quedado con las minas que caíamos a eso de las 11 de la noche. Pero claro, con Aldo, como con la mayoría de los hombres, coincidíamos en que no había que aparecer hasta pasada la medianoche para que ellas no confirmaran de movida que estábamos desesperados por cogerlas.

Yo tenía la teoría de que tampoco había que caer en un horario exacto como 12:30 o 12:15, si no podían percatarse de algo peor: que habíamos calculado el tiempo que nos demoraríamos en llegar para no quedar como unos pajeros. Y ahí sí que no las cogíamos ni durmiéndolas con cloroformo.
La mayoría de las mujeres ni se preocupa por todo esto y sólo gasta todo el tiempo previo al encuentro en arreglarse para no decepcionar. Algunas de ellas recién se ponen a pensar realmente en el tipo y no en el papel que están desempeñando ellas en la salida cuando tienen media pija adentro. Sin embargo, esa noche le conté a Aldo de mi teoría sobre la maldición de caer en las citas en los cuartos de hora y no me acuerdo si me dijo que tenía que ser menos cerebral o si directamente me dijo que yo era un pelotudo.

Lo cierto es que nunca encontré la fórmula para estar tranquilo en esas dos o tres horas previas al encuentro con una chica. Algunos tipos se duermen una siesta hasta cinco minutos antes de salir de sus casas. Otros se bajan un vino entero y otros cabezas de termo se juntan a jugar a los jueguitos hasta el último segundo. Y después van y se les para la pija como quien se tira un pedo.
Pero para mí hasta que la mina se pide el taxi y me guiña un ojo, es una tortura. Sólo los grandes saben aprovechar todo lo anterior.


5
Cuando íbamos caminando hasta lo de las minas, le conté a Aldo que pocos días después de que me dejó la conchuda salí a comprar uno de esos envases de plástico que se usan para contener los sachet de leche o de yogur. En algún programa de cocina de esos que uno mira para lamentarse un poco, escuché que alguien lo había definido como portasachet. En todos los días de mi vida anteriores a ése, jamás me había puesto a pensar en la existencia del portasachet, ni siquiera cuando había tenido uno en mis manos. En cambio, en casi todos, si no todos los días de mi vida posteriores a ése, pensé en el portasachet. Y no porque ese objeto pedorro merezca que uno piense en él más de dos o tres veces en la vida, en alguna mudanza o algo por el estilo. Sino porque ese día, cuando volví del supermercado donde compré el artilugio, tuve ganas de volarme la peluca por primera vez en mi vida. Siempre pensás en el suicidio: en qué manera sería la más efectiva y menos dolorosa; en qué pasaría si quedaras vivo; en cómo podrías intentar suicidarte de nuevo si quedaras cuadripléjico durante tu primer intento de suicidio fallido; en cuánta gente iría a tu funeral y cuánto te llorarían. Pero no siempre que pensás en el suicidio tenés ganas de suicidarte. Ese día, lo que impidió que me suicidara, o al menos eso es lo que creo desde entonces, fue el portasachet. No podía suicidarme después de haber comprado un portasachet, que en definitiva era algo útil. Me daba un poco de miedo pensar en las conclusiones a las que llegaría el forense si es que le dedicaba más de cinco minutos a las razones de mi muerte. Era lo más ridículo que te podías imaginar. Hasta desmotivaría a los futuros suicidas el enterarse que un tipo se había matado después de comprar un portasachet.

–Llegamo –me interrumpió Aldo sin pronunciar la ese final. Ni se inmutó por mis conductas suicidas.
Después de que una de ellas preguntara por el portero eléctrico quiénes éramos, Aldo respondió “nosotros”. Activaron la chicharra y entramos. Cuando esperábamos que llegara el ascensor me pregunté cuántos “nosotros” pasarían por esa puerta por semana, por mes. Y si a ellas les importaría algo más que pajearse con nuestra pija.

Pensé que el hombre puede aguantarse sin garchar, pero sin pajearse no, pero ellas necesitan nuestro amigo de allá abajo. La mujer tiene esa desventaja física que hasta hace que ni la paja la suplemente. Por eso hay guerras y muere gente.

El ascensor no llegó nunca y Aldo puteó porque había que subir ocho pisos por escalera y ya íbamos a entrar todos chivados al campo de juego.

Aproveché las escaleras para preguntarle a Aldo si prefería coger o hacerse la paja.
–Mirá, ninguna mina me pajeó como me pajeo yo –dijo haciendo el gesto con la mano (la izquierda)–. Aparte tu mano no te pide que vayas al cumple del sobrinito un domingo que dan Volver al Futuro 1, 2 y 3.

Con eso último, Aldo se convenció.

–Ahora con las minas tratá de olvidarte de la paja –dijo cuando llegamos al octavo, jadeando–. Si no decimos ninguna boludez por ahí la ponemos esta misma noche –sentenció y yo pensé que lo mejor que le podía pasar a mi autoestima esa noche no era cogerme a una de las minas sino que Aldo no pudiera conseguir ni un pete. Antes de que abrieran la puerta, se me pasó la bronca y me dije que lo más conveniente era que Aldo pudiera garchar. Si gana uno, es más probable que ganen los dos, porque las minas son así de misteriosas.


6
Nos abrió la mina que supuestamente le tocaba a Aldo porque era el que había conseguido que nos invitaran. Y por eso tenía que ser la más linda de las dos o la que cogiera más rápido o cualquier atributo que la hiciera más deseable que la otra que me tocaba a mí. Estaba buena y se llamaba Gianina o tenía algún otro nombre de pendejita putona. Nos hizo pasar, guardó en el freezer la única cerveza caliente que llevó Aldo -yo ni me gasté porque estaba de duelo- y nos dijo que pongámosle María estaba en el baño. En ese momento pensé que la apariencia física de pongámosle María tenía que estar atada a los complejos de Gianina. Si a Gianina, que estaba para darle, le gustaba rodearse de minitas igual de lindas que ella (nunca más, eso no se discute), María podía estar buena. Pero si en cambio Gianina quería destacarse siempre por encima de su acompañante, ser la más deseada en el boliche y esas pajereadas, era muy probable que María estuviera menos entrable que un sánguche de caca.

Lo cierto es que Aldo no se tomó mucho tiempo para teorizar y antes de que María saliera del baño ya estaba rozando a Gianina con lo que pudiera: chocando las rodillas, tocándole un hombro al decir una boludez o alcanzándole un CD de Menudo. Todo le sirve al pajero para desperdigar su testosterona como si fuera un fungicida sobre el campo.

La cosa es que salió María y tenía la cara de Menotti.

Lo primero que pensé fue que no estaba preparado para recibir tal patada en los huevos. Pero cuando pude asumir lo incogible que era, pensé que iba a ser todo más fácil. Todavía no me podía sacar a la conchuda de la cabeza y tener un batracio como ése enfrente no podía hacer otra cosa que aliviar la presión: perder el partido sería ganarlo en realidad.

Pero las cosas nunca son tan simples. “Ayudame a ponerme las botas”, le dijo una a la otra o alguna incoherencia por el estilo para no disimular que querían estar a solas en la pieza un segundo para pasarse el parte. “¿Y? ¿Qué te parece Aldo?”, seguramente diría Gianina, pidiéndole un veredicto a su amiga sobre un tipo al que había visto no más de 15 segundos en su vida. Son así.

Antes de que yo pudiera aprovechar la tregua para comentarle a Aldo lo incogible que era la mía y eximirme del desafío de levantarla, mi amigo pareció leerme la mente y se anticipó:
–Cogetela, eh, no seas cagón -me dijo y fue lo peor que me pudo haber dicho. Porque lo peor de cogerse a una fea es no cogérsela.

No pude responderle porque las minas volvieron de la pieza. Ninguna tenía botas, por lo que se arriesgaron a que uno de nosotros advirtiera que toda la maniobra la habían hecho para cuchichear. Pero seguramente pensaron que ninguno de nosotros les miraría de la concha para abajo.

Los momentos siguientes fueron tan incómodos como me esperaba. Las minas no querían escabiar, lo que suele ser síntoma de que no se quieren arriesgar siquiera a que les adulteres la bebida. Lo cierto es que la bebida estaba adulterada por sí sola. La Palermo de Aldo era una ofensa. Se la bajó él entera, yo sólo hice que tomaba sorbos. Menotti miraba la tele de reojo y Aldo le metía rodilla, codo y hasta empujón -lo más grasa que puede haber- a su chica.

En un momento me ilusioné con que la situación fuera tan chota que alguien dijera que se quería ir a dormir. Pero Gianina sacó una fiesta de la galera, como buena pendejita putona. Otra vez, mi cerebro se partió en dos: era una buena nueva porque podíamos salir de ese departamento del horror, pero al mismo tiempo el asunto se prolongaba y podía terminar vaya uno a saber cómo.
Fuimos a la fiesta a gamba porque Aldo tenía la esperanza de picotear en el camino. A mí me pasaba lo contrario: quería que Menotti se transformara en una mina más o menos penetrable o al menos en un lomito completo.

Era en una casa que no se iba a parecer nunca a la que podría tener uno de nosotros. El dueño era un millonario triste que estaba disfrazado de algo que lo hacía quedar como un pelotudo y quizás por eso nos clavó cara de ojete cuando advirtió que no sólo no teníamos disfraz, sino que nuestra ropa predeterminada ya era en sí una garcha. Un clasista, el muy puto.


7
–Acá hay tres reglas –nos dijo el millonario disfrazado de pelotudo, aunque me miraba fijamente a mí y me hablaba en segunda persona. La putita y Menotti ya habían entrado a la fiesta, lo que significaba que el millonario no quería impartirle las reglas a ellas porque seguro que tenía la esperanza de ya sabemos qué–. Uno: no te lastimes, porque cortás la onda. Dos: no lastimes a otro y menos que menos a otra, porque llamo a la cana. Tres: por nada del mundo vomites afuera del inodoro, porque te cago a trompadas.

El anfitrión me cayó un poco menos como el orto cuando dijo que había una heladera llena de chupi, un freezer lleno de hielo, y hasta había capaz otras cosas si “sabíamos pedirlas”.
La fiesta era en el parque de atrás de la casa, al que se accedía por un pasillo ancho de enredaderas y enanos de jardín, que son la muestra más acabada de la infelicidad.

El lugar estaba demasiado iluminado y la música que pasaban no era para bailar, sino más bien de Buquebús. No entendía para qué carajo se habían disfrazado todos los culorroto de emperadores, cowboys y prostitutas para quedarse parados escuchando música funcional. Era como depilarse las piernas sólo para ir al cajero automático.

Fui hasta el quincho a buscar la heladera sin saludar. Había que salir rápido de ese estado virginal. No había cerveza, ni vino: eran todas botellitas y petacas de colores que te hacían acordar de dónde venías en realidad.

Le di un sorbo a una que tenía un color que ni siquiera había visto en televisión. La cosa tenía gusto a hierbas y esas boludeces, pero no me iba a levantar ni agregándole alcohol de quemar.

Me hice el boludo, apoyé la botella casi entera en una mesa y miré el parque. Aldo ya estaba rozando de nuevo a la putita al lado de la pileta y Menotti estaba mirando para el quincho. Puta madre.
–Las piletas son para pobres –me dijo un tipo disfrazado de ardilla que me estaba siguiendo la mirada. No le respondí, ni le hice mueca, ni nada. Pero me puse a pensar que toda la vida había creído que las piletas eran para clase media alta. O el hombre ardilla estaba meando más alto de lo que le daba el pitito o era parte de una clase que todavía no habíamos descubierto los cabezas de termo.

Lo cierto es que por más exclusivo que fuera, el tipo se estaba drogando como monstruo.

–¿Querés? –me dijo sacudiendo su frasco de pastillas. El primer impulso fue decirle que no, gracias. Yo sólo había fumando algún porrito que otro con Aldo y no me había hecho efecto en realidad, pero me había servido para el currículum de cosas que hay que hacer para que no piensen que le tenés miedo al infierno y todo eso.

Pero después proyecté cómo sería el resto de la fiesta si no me salía del libreto y dudé. Quería cualquier cosa antes de asumir que me tenía que encarar a Menotti para no sentirme homo, así que le dije al ardilla que bueno, dale. Me tomé una y no me hizo nada.

–Vos esperá –me dijo el tipo. Pero sí tenés aguante tomate otra.

Me tomé otra, sin saber en absoluto si tenía aguante para algo en la vida. En unos segundos empecé a sentir un Koh-i-noor de sensaciones en el culo. El tipo había desaparecido y ya no le podía pedir que me leyera el prospecto.

Me empecé a volver loco por cagar y no encontré baño en el quincho del pelotudo. Tenía katanas, pedazos de barcos y cabezas de animales de los que se comen ahumados, pero no había hecho un puto baño porque los ricos no cagan.

El quincho sólo tenía una pieza con una cama, seguramente para la empleada con la que pronto debutaría el pelotudito hijo. Una cama, una mesa de luz y las piedritas para el gato. Las miré con cariño y me dije es ahora o nunca.


8
Me puse a cagar en las piedritas del gato, inexorablemente.

Siempre que cago lloro, vaya uno a saber por qué. No soy de quebrar y sólo lloré algunos días después de que me dejara la conchuda; pero adelante de ella jamás y con Titanic o una paja de esas ni en pedo, aunque he rasguñado alguna butaca de cine para aguantar. Pero una vez que frunzo el culo, me pongo sensible.

Cuando terminé la chanchada me subí los lienzos sin preocuparme por el contacto que tendrían con la piel cagada. Miré mi obra por unos instantes y no me odié tanto, aunque me dieron ganas de estar en mi cama, bien tapado, con los ruidos de mi vieja lavando los platos en la cocina.

–Esto te va a costar caro –escuché decir a alguien a mis espaldas.

No me di vuelta enseguida, porque no sólo seguía con el mareo de las pastillas que me había inoculado el hombre ardilla, sino que sentía que me estaban apuntando con algo.

Pude distinguir que la voz no era del anfitrión, por lo que la de la trompada en la nuca no era la secuencia más previsible. No era la voz de un hombre y tampoco la de una mujer: era la voz exagerada de un trolo convencido.

Me di vuelta y efectivamente me apuntaba, pero no con un chumbo sino con el látigo de su disfraz de Gatúbela. En su otra mano tenía un celular. Apretó un botón y el celular comenzó a reproducir el video. Claro, aparecía yo erguido lanzando un soretito tímido sobre las piedras, aunque gimiendo y llorando como si estuviera cagando un helicóptero.

Gatúbela no estaba solo/a. Tenía al lado a un tipo grandote disfrazado de mono o viceversa, no supe distinguir por el pedo de la pasti y el shock que te da cuando te agarran cagando en el inodoro de una mascota.

–Si no me la sacudís un toque subo el video a Youtube –dijo Gatúbela bajándose el cierre de los pantalones de cuero brilloso. El mono como si nada.

–Vos estás en pedo, putón –le dije, como para sentirme digno.

–El que está en pedo sos vos, mi amor, que andás cagando como una gatita. Sólo yo puedo cagar como una gatita –retrucó el puto y se nalgueó a sí mismo. Luego insistió: Dale, sólo una sacudida, como quien se lava las manos en una gomería.

–Dejame en paz, degenerado –reclamé. Mi vida era una mierda, pero pasaba desapercibida. Con ese video en línea podía convertirse en una mierda comentada con muchos Me Gusta.

–Ya mismo lo estoy subiendo –advirtió el trolo mientras accionaba algunos botones del artefacto.
–Soy macho, no hago esas cosas –espeté con desesperación.

–Pero pensalo al revés, corazón –dijo Gatúbela en el tono que usa la maestra con el chico que está aprendiendo a multiplicar– ¡Qué canto a la heterosexualidad es agarrar una japi que no te llame la atención!

Pensé en irme a las piñas ahí mismo, pero nunca me había agarrado a trompadas y si empezaba una gresca, el mono me iba a reducir, Gatúbela me iba a flagelar con su látigo y el celular con el video de Youtube me lo iban a meter en el culo. Y si pegaba algún grito para pedir auxilio, todos los invitados se iban a poner del lado de ellos. Ni siquiera podía contar con la ayuda de Aldo: nadie te sale a defender cuando cagás en las piedras del gato del dueño de casa.

También pensé que el puto tenía razón y que manotear una chagar sin sentimiento podía provocarme lo mismo que masajear una plancha de sorrentinos antes de mandarla a la olla.


9
La pija de Gatúbela no podía ser tan terrible, si era sólo una cuestión de segundos de contacto. Manosear un bife de cerdo o medio kilo de chinchulines merecería más detergente, pensé por un instante. Esa era la ecuación que me invadía mientras digería la pastiardilla tratando de resolver el enigma de la efigie vestida de trolo.

Calculé que hasta mi vieja podía acceder al video en Youtube que me mostraba cagando como un felino de metro sesenta y pico. Y los tiempos no estaban como para que mi vieja me rajara de casa, afianzada en los consejos de su nueva pareja, un Roberto que no pagaba ganancias pero te invitaba una pata de jamón una Navidad de cada tres.

–¿Cómo querés que te la sacuda? –me resigné y le pregunté a Gatúbela. Supe que jamás podría preguntar algo tan denigrante, al menos ad honorem.

–Como hacen los campeones –respondió el trolo ya con el hinojo a la intemperie.

Me acerqué despacio, con miedo, aunque pareció que estábamos formando parte del set de una erótica de The Film Zone, una de esas películas con las que te pajeabas usando la imaginación, como completando un cuaderno para dibujar con el poco material que te permitían los hijos de puta.

Porque hasta las pajas se volvieron más exigentes con la banda ancha.

Le agarré la chota y estaba tibia. Me dieron ganas de vomitar la secundaria entera, pero me dije que había que aguantar, por el futuro.

–Un toque más, dale, que ya estás en el partido –me dijo Gatúbela, pero no sé si lo escuché o lo imaginé, y dejé mi mano ahí, sin ejercer presión. Pero ahí, todavía. Algo latía, me cago en la puta.

Saqué la mano y me dije que iba a tener que sumar muchos puntos para no tirarme abajo del Roca después de una cosa así. Gatúbela sonreía con los dientes para afuera y me asentía, como si estuviera compitiendo en el Tiempo de Siembra de los pervertidos.

–Buen perro –me dijo el putazo y se fue del quincho. El mono vestido de hombre me miró un poco y también se las tomó. Yo me arrodillé, miré mi serpentina marrón sobre las piedritas del gato y vomité.

Y por supuesto que apareció el anfitrión justo cuando yo estaba anaranjeando el inodoro de Garfield.
–Pelotudo, era tan simple, era tan simple, era TAN simple — repitió el millonario triste medio gritando, medio lamentándose.

Me agarró del cuello de la chomba –porque en aquella época yo dinamitaba mis pocas chances de ponerla y clavaba chomba– y me arrastró por el patio, mientras me miraban como a un exiliado griego la caterva de superhéroes, Nixons, diablitas putas y pajeros mentales que pululaban en el parque escuchando música de postoperatorio.

El pedo y la adrenalina no me impidieron que viera al forro del disfraz de mono saludar a Menotti con la misma confianza de quien comparte placenta. Y en un segundo ya estaba en la calle, con el ojete golpeado por el hormigón, pensando que esa noche no me quedaba otra que caer en lo de la conchuda.


10
Caminé algunas cuadras para cualquier lado en busca de un taxi mientras desarrugaba billetes de dos pesos para ver si me alcanzaba, lo más parecido a ser un vagabundo.

No era de tomarme taxis en esa época porque no laburaba y era un rata, que a veces no son la misma cosa pero en mi caso podía ser. La mensualidad de mamá te alcanzaba para una puta al mes o para llevar a la conchuda a Temaikén pero te deprimía todo el año.

¿Por qué las conchudas quieren ir a Temaikén? Eso tenías que responder, Freud, la puta que te parió.
–No, pará, bajate que estás todo vomitado –me dijo con arrepentimiento el primer tachero que frenó.
Era gordo y de movilidad austera, pero se bajó del auto cuando le pregunté para qué carajo había frenado y le estrellé la puerta. Corrí sin mirar para atrás, porque no hay pastilla que funcione si sos cagón.

Mientras corría pensaba no tanto en los rayos X que me esperaban si me alcanzaba el gordo sino en cuánto más caro me costaría el taxi si seguía alejándome. Aunque como no sabía adónde verga estaba yendo, por ahí me iba a salir más barato y eso me tranquilizó.
Ni el taxi ni el gordo estaban cuando me animé a mirar para atrás. Jadeé un rato y conseguí otro taxi. El tapizado tenía más onda que el del gordo pero el nuevo tachero también, así que no hubo drama con mi chomba vomitada.

El tipo tenía los anteojos de sol puestos pese a la noche y mandibuleaba como un desquiciado. Tomó confianza antes de que cayera la primera ficha del taxímetro. Me decía “rey” cada dos palabras y sacaba la cabeza por la ventanilla. “Un día voy a largar todo y voy a poner mi propio zoológico con animales de la calle, sabelo rey, y me los voy a culear yo solito, sabelo rey”, decía.

En los semáforos frenaba –lo que ya era algo- y hacía como que se cogía al asiento del acompañante. Le daba nalgadas gritando chanchadas en inglés pornográfico: “Oh yeah, fucking shit”, y todos los lugares comunes del pajero exagerado.

Le pedí que me dejara en un kiosco que estaba a una cuadra de lo de la conchuda. Los billetes de dos me alcanzaron o al menos ninguno de los dos nos dimos cuenta.

No sabía si la conchuda estaba en su casa y si se iba a dignar a abrirme la puerta si estaba. Pero algo me llevó a comprar forros, por más que eso sea mufa. Cuando vas a ver sin aviso a una ex a la madrugada hay que tratar de no embarazarla, si en vez del discurso humillante le pinta la guanacada.

En la puerta de la casa estaba estacionado un Clío con vidrios polarizados o alguno de esos autos que se usan para garchar.

Me acerqué y apoyé la cara y las manos en la ventanilla del acompañante, pero no pude ver nada del lado de adentro. Permanecí por unos segundos así, disfrutando del frío del vidrio en mis pómulos, hasta que se abrió la puerta del lado del conductor.

–¿Qué hacés, enfermo? –me gritó el tipo, que tendría un par de años menos que yo.

Mientras se subía el jean y se ajustaba el cinturón, empezó a pegar la vuelta por el capó, como para ponerse en situación de cagarme a trompadas. Esa noche se me animaba hasta un grillo.

Tenía una remera turquesa de A+, de esas que te marcan las tetas y más te vale que no chives mucho por las axilas porque vas a parecer un oso panda. En el pecho tenía un estampado que decía “Il cannoniere”, “Il capo” o alguna otra manera fácil de comunicar que tenía la pija chica.

Justo cuando me iba a comer el primer manotazo, se abrió la puerta del lado del acompañante. Era la conchuda, toda despeinada y con el lápiz labial corrido. Una de dos: habían estado tomando un Torpedo en pelotas o le había estado tirando la goma.


11
–¿Se puede saber qué hacés acá? –me preguntó la conchuda con un rubor que era mezcla de la indignación y de la vergüenza que le daba que la hubiera agarrado peteando.

El cannoniere no me trompeó. Pero no lo hizo por compasión, sino porque se sorprendió al percatarse de que yo no era un pervertido que andaba espiando petes en Clíos sino que había un vínculo entre ella y yo.

–¿Qué, lo conocés a este? –preguntó el chulo nuevo, con la obviedad que los caracteriza.

–Vos callate, Mariano –respondió ella. Y yo pensé que si hay alguien que te va a cagar la mina, se tiene que llamar Mariano. Nunca un Omar, un Víctor o un Alfredo. Siempre es un Mariano, un Nico o un Martín y la reconcha que los parió.

–¡Qué callate, nena! –se ofendió el pibe, como si por un pete o vaya uno a saber cuántos ya estaba en condiciones de clavar escenita –. Decime ya quién es que lo cago a trompadas.

–Es mi ex, flaco –dijo la conchuda. Escuchar la palabra “ex” de su boca, de esa boca que hacía segundos había alojado una pija de un tipo que se sentía el cannoniere, fue peor que comerme la trompada.

–Tomátela de acá –fue mi primera intervención en la plática. Lo dije apretando los dientes y mirando a los ojos de ella, pero los tres supimos que el destinatario era el chulo.

La furia de mi mirada le aflojó la mandíbula a la conchuda y su cara adquirió una expresión que jamás le había descubierto duranteel noviazgo: su mirada tenía un tanto de sumisión y otro tanto de instinto carnal.

Sentí que en ese momento ella era capaz de comerme la pija con cuchillo y tenedor, en un plato rectangular con papas bravas y colchón de hojas verdes. Por un instante fuimos sólo ella y yo en el restaurante de mi chota.

Pero un solo castañazo del cannoniere bastó para que se me apagara la cámara.

Cuando abrí los ojos no tardé en darme cuenta que estaba acostado en un sillón del living de la conchuda. Ella estaba muy cerca, apoyándome hielo en la cara.

–No te preocupes que mis viejos están de viaje –me dijo la conchuda y usó las mismas palabras y el mismo susurro que solía usar aquellas dos o tres veces por año en que teníamos la casa libre para garchar sin cuidado entre las botellas de whisky del padre o en la bicicleta fija de la madre. Como si la ausencia de la autoridad te obligara a coger en lugares incómodos.

–¿Dónde está? –quise preguntar por el chulo, pero la conchuda me hizo callar con un beso en la boca.
La mina seguía caliente como una chapa al sol y hasta llegué a pensar que me había estado manoteando durante mi desmayo, porque la barra de progreso de mi erección estaba al setenta y cinco por ciento.
Nos dimos unos besos y ella se paró y se sacó toda la ropa. Cuando una mina que te dejó te vuelve a garchar, deja en claro que se quiere sacar el problema rápido de encima para que no pienses que va a haber ballotage.

Se fue para la pieza apretando la bombacha con la mano como si fuera un rosario y yo la seguí. Se puso en cuatro arriba de la cama y se quedó esperando como el perro que te mira al lado del tarro sabiendo que le vas a dar el alimento balanceado.

Mientras me ponía el forro, tuve otra especie de revelación. Si le daba pija era para gozar tres minutos. Le di una patada en la concha para ser feliz toda la vida.


12
Dejé a la conchuda echando alaridos y putéandome en la habitación. Iba a salir rápido a la calle pero me dije que primero había que arreglar un par de cuentas. Al parecer los efectos de la pastilla habían retornado con la euforia, entonces le cagué el baño en suite a los divinos de mis ex suegros. Por primera vez en mucho tiempo no lloré durante el cago, aunque los ojos se me pusieron vidriosos.

No tiré de la cadena por una cuestión de metáforas y fui directo hasta la barra del viejo. No dudé en manotear el Etiqueta Azul y me acordé de las veces en las que el suegro me hablaba de la combinación de cincuenta mil whiskys y todas esas apostillas de borracho snob que me escupía entre las cuatro o cinco veces por cena en las que me acuchillaba con un “¿Vos no pensás trabajar?”. Una vez hasta llegó a decirme que me convidaría una medida el día que consiguiera trabajo.
“Etiquetate el orto ahora”, pensé.

En la vereda le eché un trago al whisky y caminé hasta lo de Aldo para contarle la épica mientras ya se hacía de día. Dejé el dedo apoyado en el timbre hasta que Aldo salió en cuero, con un toallón de Disney cubriéndole las pelotas.

–¿Qué hacés acá, boludo? –me preguntó mientras hacía un esfuerzo para que no se le cayera el taparrabos de Mickey– ¿Y qué carajo pasó en la fiesta que te sacaron a patadas?

–Te vine a contar algo.

–Me contás mañana –dijo mirando para atrás de la puerta, indicando que no estaba solo.

–¿Te arrancaste a Giannina? –intuí.

–No, a la amiga– dijo mirando para abajo y solté una risotada.

–¡Te estás garchando a Menotti!

–Callate pelotudo, que te va a escuchar. Aparte es mejor que no ponerla, como vos.

–La conchuda me quiso coger y le pegué una patada en la argolla –dije sonriendo, esperando su aprobación.

–Estás del orto –dijo y cerró la puerta. Pareció un gesto muy maduro que en otro momento me hubiera hinchado las pelotas, pero esa noche ya era un gol para mí. Y él se estaba cogiendo a Menotti.

Antes de llegar a la casa, como sentía que la suerte me estaba cambiando y me metí en una agencia de quinielas. Le jugué a la cabeza al 017 de la quiniela de Montevideo porque me gustó el nombre. Elegí el número de la desgracia porque me pareció poético o algo por el estilo.

–¿A qué hora se sortea? –le pregunté a la quinielera, una vieja marrón que había hecho toda la operación sin sacar la vista del crucigrama.

–Tres de la tarde –me respondió con un pollo en la garganta y me miró con cara de ojete, porque esas preguntas no se hacen.

Llegué a casa y me encontré a Roberto en la cocina. Miró la botella de whisky y después me miró como diciendo qué juventud perdida. Yo lo miré como diciendo no sos mi papá. Después miró mi chomba y me preguntó si había vomitado, en el volumen suficiente para que mi vieja escuchara desde su habitación.

Me metí en mi pieza sin responder y cerré con llave. Puse la alarma a las tres de la tarde. Cuando sonó, en medio del dolor de cabeza de mi vida, prendí el catorce pulgadas y puse Crónica TV.


13
Me tomé un tercio del whisky adentro de la agencia mientras la vieja de la quiniela contaba los billetes.

Con las nueve lucas en una mano y la botella en la otra, paré un taxi y le pedí al tachero que me llevara a Mar del Plata.

–Pe-pero flaco, so-son como qui-quinientos ki-kilómetros, ¿vo-vos estás en pe-pedo? –tartamudeó el tipo que era colorado y tenía unos anteojos del diámetro de una palangana. Sus ojos quedaron rebotando entre la botella de whisky y el fajo de billetes.

Le dí una luca para que lo pensara mejor. El tartamudo rezongó: estaba claro que lo había sumido en el dilema de su vida. Pero pese a las apariencias, no era pelotudo y me pidió otra luca para la vuelta. Arreglamos que le daba luca cien y yo podía elegir la música hasta Chascomús.

Le pedí que antes de subir a la autopista parara en una vinoteca porque el whisky no me iba a alcanzar hasta Mar del Plata ni aunque fuéramos a 180. El tarta volvió a sacudir la cabeza y balbuceó cuando me vio subirme al taxi con una damajuana Cuarta Generación y una jarra pingüino con los colores rastafarios.

Le botella de Etiqueta Azul se convirtió en mi baño después del peaje de Samborombón y antes de que empezara a bajar el sol las alfombras de la parte de atrás del taxi eran una pileta de meo y cabernet.

El tarta me puteó durante casi todo el trayecto sin quitar la vista de la ruta, hasta que le saqué los anteojos y tuvo que clavar los frenos. Hizo la pantomima de que llamaba a la policía por la radio del taxi y le di una luca más para que me perdonara.

Cuando llegamos a Mar del Plata ya era de noche. El tarta me dijo “hasta acá llegué” y en un movimiento natural, como si me hubiera pedido fuego, le di otra luca para que me acompañara por un par de horas más.

Le pedí que manejara hasta el puerto, que me quería comer unas rabas de Chichilo. Pedí dos porciones y cuando estaba por subirme de nuevo al auto, escuché una voz parecida a la de Gatúbela que me electrizó las bolas.

–Hola, calamarote –me dijo el traba que, como buen traba de puerto, tenía más pinta de granadero que de doncella.

–Subite ­–le dije mostrándole el fajo de billetes, aunque el traba le puso más atención a las rabas.

Antes de que el tarta rezongara le di una porción de rabas y le dije que quería ir al Hotel Provincial. Y que no fuera maricón y metiera quinta en la Peralta Ramos que era hora de sentir el viento en la jeta.
Las primeras diez cuadras el traba se hizo llamar Melody. Después de las rabas le hice confesar que su nombre real era Sergio. Y aunque le dejé en claro que no me lo iba a garchar, le dije que no me molestaba que impostara la voz y quedamos en que le diría Sergia para ir de a poco.

Sergia le entraba a la damajuana del pico, como si fuera una tuba y ambos sacamos las cabezas por las ventanillas para gritar en un inglés pésimo cuando pusieron The Shadow Of Your Smile de Sinatra en la radio mientras el tarta se encogía cada vez más en su asiento y ya no se le veía la cabeza.
Los de seguridad la miraron de arriba para abajo a Sergia cuando llegamos al casino del Hotel Provincial, pero se la tuvieron que bancar porque nadie quiere a un traba escandalizado entre las mesas de blackjack.

Fui directo a la ruleta y le jugué las cuatro lucas que me quedaban a color. Mientras giraba la bola y el resto de los jugadores me miraban como a un leproso, pensé que si perdía se me iban a venir los peores días. Pero la bola cayó donde tenía que caer y salí disparando a buscarlo al tarta. Fuimos los tres a la barra del restaruant y pedí un champán de esos que pagás caros sólo para pagarlos caros.
Pedimos tres bifes de chorizo al verdeo con puré y el traba pidió helado antes de que me llegara el plato. Después volvimos a la ruleta y le jugué las siete lucas y pico que me quedaban al 17 negro. A una señora de vestido floreado que tenía al lado se le escapó un “¡Ay!” junto a un pedo.

Cuando la rueda paró de girar, sentí en cámara lenta cómo se prendían y apagaban las luces que iluminaban nuestra mesa y cómo de la nada aparecían dos putas con terciario completo con una corona de flores. Alguien a mi lado dijo “qué ojete” mientras las putas me ponían la corona. Me la saqué y se la puse al traba. Un canoso de smoking me palmeó en la espalda y me encajó uno de esos cheques gigantes de cartón.

Después de la media docena de botellas para festejar las 250 lucas salimos a la calle. Le di diez a Sergia, que me metió un chupón y después corrió un colectivo por la costanera. Le di otras diez al tarta, que se puso aún más colorado, y le pedí que me llevara de vuelta a Buenos Aires para empezar mi vida.

Subimos a la ruta cuando ya estaba amaneciendo. El tarta hacía zigzag en la ruta 2 y hablaba solo. Me puse a contar los billetes y me detuve antes de las diez lucas cuando a un genio de una radio de Camet o de algún otro lugar verga se le ocurrió poner Gonna Fly Now. Me hizo perder la cuenta al imaginarme a Rocky entrenando y subiendo escaleras de piedra en joggins. Después de los violines pude ver que al tarta se le escapaba una lágrima que a través de sus palanganas parecía el mar Caspio y, por primera vez en mi vida, lloré de emoción.


14
Cuando se fue pijamita tuve el impulso de llamarlo al básico de Marian para que lo fuéramos a buscar y lo hiciera sentir otra vez como el hombrecito débil que era. Pero el dolor me hacía ver las estrellas y me avergonzaba al mismo tiempo.

Me tomé un ibu y como no me hizo nada a los dos minutos me tomé un diclo y miré el reloj para que el tiempo corriera más rápido. Una vez que el dolor me permitió caminar al menos como un pistolero del far west, recorrí toda la casa para corroborar que no quedaran huellas de pijamita.

Sólo faltaba ese whisky horrible que le gusta a papá, que se podía enojar mucho si no lo veía a su vuelta. En el baño de mis papás encontré otro comprobante de la inmadurez de pijamita. En vez de tirar la cadena guardé todo en una bolsita Ziploc porque una nunca sabe.

Les mandé un mensaje a las chicas al grupo de Whatsapp contándoles muy por encima que había tenido una escena horrible y que quería que almorzáramos. La única que respondió fue Flor, porque Caro seguro estaba durmiendo al lado de ese bombón.

Nunca entendí cómo se enganchó ese bombón con la celulitis que tiene. Será lindo pero es ciego. Pero bueno, es mi amiga, y se lo merece. O no tanto, porque yo me cuido mucho más que ella y nunca tuve un bombón como ese. Pero bueno.

Flor preguntó si me habían violado y yo le dije que no fuera boluda, que ninguna mujer violada lo anuncia por Whatsapp y que a las doce y media en Burguer porque necesitaba relajarme.

Por un momento pensé en la secuencia Swiss Medical, ambulancia, Hospital Alemán. Pero papá podía enterarse fácil de todo ese movimiento y me daba pudor contarle cómo había sido la escena, todo el bardo con Marian y la pose en la que recibí la patada de pijamita. Pedí un remis y fui a la guardia del Pirovano.

Después de las primeras curaciones pasé por un Winery y le pedí una botella del whisky al chico que me atendió.

–¿Buscás alguno en particular, genia? –me preguntó. Era flacucho y granuliento y parecía recién sacado de un freidora. Le clavé cara de “no quieras hacer más interesante tu vida”, le dije que me diera el azul y que se apurara porque no quería gastar más de cinco minutos.

Cuando me dijo el precio de la botella calculé que en los siguientes tres meses iba a tener que cancelar el gym o pilates, y que era una buena oportunidad para empezar a hacer footing con Caro y su bombón, que ya me habían invitado varias veces a correr. Ahí iba a ver lo que era un buen culo ese pibe.

En Burguer me pedí una ensalada al final, porque el escenario había cambiado una vez que el granuliento hizo derretir la de crédito por ese whisky de mierda.

Las chicas se asombraron de la misma forma cuando les conté todo, aunque Caro sobreactuó un poco. Me di cuenta de que por dentro estaba disfrutando. La hubiera asesinado ahí mismo, pero es mi amiga y la entendí: si a ella le hubiera pasado lo que me pasó, yo probablemente me hubiera pillado de la alegría.

Caro me propuso que dejara todo atrás, y me recordó que pijamita no tenía ni un sueldo ni un auto como para dedicarle más de dos minutos y algún SMS perdido en una noche que lo ilusionara en vano. Flor, que era más yegua, me dijo que tenía que conseguir un abogado y denunciar a pijamita por violencia de género.

Le hice caso a Flor, obvio. En casa busqué a un abogado por internet, aunque sabía que papá, sólo con irse un rato al club me hubiera conseguido al mejor. Pedí un turno online para la tarde con Carlos María Urdapilleta, doctor en delitos sexuales y contra el honor.

El estudio del doctor Urdapilleta estaba en una galería, al lado de una joyería y de un negocio en el que vendían juegos de Playstation, lo que no era un buen augurio.

Urdapilleta me hizo esperar veinte minutos pese a que no estaba atendiendo a ningún cliente ni había nadie antes que yo en la sala de espera. Lo hacen para parecer importantes. Otros tienen masters internacionales.

Tenía un traje barato y unos zapatos horribles. Me ofreció café y me dije que prefería tomar agua de un charco antes de ingerir algo en ese cuchitril.

Le conté todo el caso, no sin cierta vergüenza letal, y el tipo asintió todo el tiempo con un “ajá, ajá” que me ponía los pelos de punta. Una vez que terminé mi exposición, Urdapilleta se rascó el mentón, se paró y miró su pecera, que tenía unos pececitos hermosos que no tenían nada que ver con ese lugar. En un contexto como ese, la belleza hace más triste todo.

–Discúlpeme, doctor –le dije. ¿Esto vendría a ser un delito sexual o contra el honor?

Me dio una explicación inentendible y después de tamborilear los dedos sobre el escritorio durante un minuto interminable, pidió “ir a los bifes” o usó alguna otra expresión desagradable. Dijo que mi declaración bastaba para iniciar una causa y hasta para hacerlo detener a pijamita. Pero siempre ayudaba a la causa que consiguiera testigos de los momentos anteriores al delito. Pensé en Marian y en el bobo ese de Aldo con el que pijamita andaba todo el día.

–¿El agresor dejó algún rastro que indique que estuvo anoche en su casa? Con eso y el testimonio ya nos alcanza para conseguir una orden de arresto –dijo y se golpeó la palma de una mano con los nudillos de la otra.

Saqué la Ziploc de mi bolso y el doctor pegó un grito.

–¡¿Usted está loca?! –gritó escandalizado–. ¿Cómo me va a traer un sorete a mi estudio?
Me puse colorada como para darle un poco de lástima. “Dios querido, qué loca está la gente”, dijo Urdapilleta mientras se ponía gotas en los ojos. Más calmo, me dijo que mi frialdad podía servir y me pidió que guardara la Ziploc en el frigobar que tenía al lado de su escritorio.

–Quédese tranquila –me dijo y se paró indicándome la salida–. Lo vamos a hacer mierda.


15
Me cubrió la pija muerta con aceite y me la frotó con las dos manos.

La primera sensación fue medio angustiante, porque no parecía que la trabajadora estuviera maniobrando sobre la pistola de un macho con todas las letras sino que estaba revolviendo un frasco de bolitas. Esas cosas te pegan en el orgullo.

La paja salía 200 mangos en Colmegna, siempre y cuando abonaras los 200 iniciales del masaje, o combinaras baño turco y sauna o fueras pariente del dueño. Era la paja más cara de mi vida y por eso la pagué.

La autora era más o menos linda, tenía la tez trigueña y era cantado que al menos uno de sus padres había hecho la primaria en el NOA. Accionaba en silencio y miraba al vacío, como si estuviera manejando una fotocopiadora.

Pero por más que no le pusiera sentimiento, ella sabía manejar el joystick y en menos de dos minutos el barco estaba listo para zarpar. Pensé en frenarla para pedir una cerveza o un Martini para entrar en contexto o cualquier cosa que me hiciera estirar la paja, pero después me dije que mejor iba a ser pagar dos pajas, o cien, o doscientos cincuenta mil pesos de puñetas.

Antes de que el monje pudiera entrar al templo apareció un tipo con la pinta de un mayordomo y se puso al lado de mi camilla. La trabajadora detuvo sus movimientos instantáneamente y fue como si apagara la Ferrari yendo a 240 en bajada, aunque pude frenar el lechazo.

–La policía lo espera en la puerta, señor Gutiérrez –me dijo el tipo con la naturalidad del que ya lo hizo antes.

La chota se me empezó a marchitar, aunque quedó al 65 por ciento y hasta hubiera servido para embarazar.

–La puerta trasera tiene un arancel de 5 mil pesos, señor –me dijo el mayordomo al percatarse de mi cara de consternación.

Me vestí lo más rápido que me dejó mi erección y le tiré un fajo de billetes en la jeta. Me señaló la salida secreta, que seguramente usarían los clientes VIP. En el trayecto no me perdí de ver los culos canosos que entraban y salían del sauna ni a los yuppies con facha de romanos que jugaban al burako en pelotas y me dije que ese era un buen lugar para morir.

La puerta trasera en realidad era lateral, pero me sirvió para rajar de ahí dando pasos cortos y rápidos. La calle era un quilombo y no me habrían atrapado ni aunque hubiera corrido gritando “bomba” con una máscara de Bin Laden. Aunque no daba quedarse quieto.

Me metí en la boca del subte de Diagonal Norte y combiné hasta Bulnes. El subte iba hasta las pelotas y me apoyé hasta a un vendedor de la Guía T.

Todavía seguía medio cachondo cuando entré al Alto Palermo y encaré para el único lugar en el mundo en el que iba a estar a salvo de las fuerzas policiales.

Una vez adentro del Akiabara, tras eludir las cuarenta y cinco preguntas del puto que me quería atender, me puse a espiar los probadores mientras hacía como que buscaba un regalo para mi señora. No vi ni media teta, pero la imaginación y la adrenalina hicieron lo suyo y acabé sobre una Blusa Hortensia o un Sweater Ludmila.

Pude ver mi cara de clímax en el espejo de uno de los probadores. Y también pude ver al puto, que era bisnieto de esclavos, abriendo la boca horrorizado un metro y medio atrás.


16
El primer impulso que tuve cuando el negro marica se puso a gritar escandalizado no fue escaparme del local: me metí en uno de los probadores que estaban ocupados.

La pendeja estaba completamente en bolas y me miró por un segundo con la tanga de sus sueños en la mano. Después gritó más fuerte y agudo que el negro, pero tuve tiempo de manotearle la bombacha que había colgado en uno de los percheros.

Saqué otro fajo de mi mochila y se lo tiré al negro por la jeta, como para reparar los daños. Pero el marica no dejó de gritar como una parturienta y me dije que lo mejor que podía hacer era salir rajando de ahí.

El maorí que me frenó en la puerta tenía más aspecto de furgoneta que de humano. Me agarró por el cuello de la camisa y me levantó por el aire como si fuera un caniche. El negro trolo le contó todo con chillidos y el maorí no dejó de mirarme fijo en ningún momento durante el relato exagerado de la marica.

El gorila me hizo atravesar el shopping colgando de sus brazotes y me metió en una oficinita en la que sólo había un escritorio con un termo y un mate. Me soltó una vez adentro y cerró la puerta. Me señaló un asiento y mientras él pegaba la vuelta al escritorio para sentarse en su sillón, miré el termo fijamente y pude ver que tenía pegado un sticker del Gauchito Gil.

–Mire, oficial –le dije, aunque no estaba seguro si era del Swat o un simple securata del shopping–, me estaba por explotar la pija, usted me entiende.

El tipo se quedó en silencio mirándome con asco por un lapso interminable. Antes de que pudiera responder, abrí la mochila y el maorí se llevó la mano a la cintura para desenfundar el caño.
–No, no, maestro –le dije en tono amigable para que no me zampara un tiro–, tengo algo acá que le puede gustar.

El mono dejó de mirarme fijo y enfocó en la mochila. La vacié en el escritorio: habrían más de doscientas lucas. Agarré un solo fajo y enfile para la puerta, para ver cómo reaccionaba el maorí. Cuando besó el sticker del Gauchito Gil y abrazó el termo como a un bebé supe que era el momento de salir de la oficina con cinco lucas, una bombacha usada y mi libertad.

Una vez afuera del Alto Palermo busqué un bodegón y me senté en una mesa contra el ventanal que daba a la vereda. Me pedí un café con leche y saqué la bombacha usada. La froté varias veces por mi cara y sentí el único olor que puede generar muertes, como la sangre para los tiburones.
Me largué a llorar por ese olor que un día se va a llevar puesto todo a la mierda y la gente que pasaba por la vereda me miró con la jeta apoyada al vidrio. Lloré por la conchuda y por cómo se había aferrado a la bombacha la noche en la que le pegué una patada en la concha.

Pensé en llamarla y pedirle perdón y caí en la cuenta de que no usaba el celular desde aquella noche, porque cuando uno es feliz no necesita el celular. Lo prendí y me empezaron a llegar los mensajes de Whatsapp de a borbotones. Cuarenta y cinco “¿Dónde estás?” de mi vieja, de su chongo, de gente que prácticamente nunca había visto.

Había varios mensajes de Aldo y el último decía: “Perdoname, no fue de garca pero cayó la loca de tu ex con la cana y les tuve que dar el video en el que estás cagando, me lo pasó la flaca que bautizaste Menotti”.

De la conchuda había tres. El primero decía “Qué poco hombre que sos”; el segundo “Ya sos un prófugo de la Justicia, felicitaciones”, y el más nuevo “Poné América Noticias”.
Miré el televisor, que estaba en mudo y en TN. Me acerqué al mozo y le pedí que pusiera América. Apareció mi cara en el noticiero. El zócalo decía “Impactante video de Pijamita Guitérrez, el violador que sigue prófugo”. El mozo me miró de arriba abajo.


17
–Vos sos Pijamita –murmuró el mozo. Los dientes le castañetearon y la bandeja en la que llevaba una Sprite, un submarino y dos medialunas de manteca casi se le fue a la garcha.

Salí corriendo del bodegón con la misma vehemencia con la que Mel Gibson se hizo el escocés en Corazón Valiente pese a haber nacido a unas cuadras del Bronx.

Me subí a un taxi y le pedí que me llevara al Obelisco. El tachero tenía puesta la camiseta de Nueva Chicago y me hablaba de la caída del capitalismo o de otro clásico de esos. Pero yo tenía la vista borrosa y mi mente estaba en otra dimensión alejada de las calles de Buenos Aires.
Le pagué como dos lucas, porque el tema de los ceros ya no importaba, y el tipo salió arando por si acaso yo me arrepentía.

Al lado de la reja del Obelisco estaba un chabón barriendo con la pechera municipal y le dije que tenía ganas de entrar, me dijo estás en pedo, le dije que sí pero que tenía tres lucas para él y la cosa no fue tan difícil: ni siquiera tuve que saltar las rejas como los pibes de la película.
Aparecí por la ventanita del Obelisco y alguien se debió dar cuenta porque al toque ya había una multitud rodeando la pija de cemento por esa manía que tiene la gente de ver un hecho policial entre el lunch y la próxima cagada a pedos del jefe.

El móvil de Crónica llegó antes que la policía y en cinco minutos me empezaron a pegar en la cara las ráfagas de viento que generaban las hélices del helicóptero de C5N y eso me hizo sentir bien.
No tardé en aparecer en la pantalla gigante al lado del McDonald´s como el violador, suicida y loco que se subió al Obelisco. En la pantalla intercalaban planos de mi jeta arrugada por el viento, el tránsito paralizado por la muchedumbre y el video en el que yo aparecía cagando las piedras del gato, como para motivar el salto: nadie quiere que un loco se suba al Obelisco y no se tire.
En un momento hicieron foco sobre una persona del público que apareció con un megáfono. Era la conchuda.

–¡No te tires! –gritó la conchuda– ¡Retiro los cargos, pero no te tires amor!
Me quedé mirando fijamente el helicóptero.

–¡Vayámonos a Miramar a envejecer juntos! –gritó de nuevo la conchuda.

Me imaginé una vida en Miramar y no fue tan bueno. Pensé en las tardecitas yendo a comprar churros y cosas para hacer al horno de barro y la estufa de kerosén en invierno y cómo se rozarían nuestras patas congeladas por debajo de la colcha.

Pero después volví a mirar al helicóptero y me acordé de lo que me había dicho Aldo sobre eso de ponerme un objetivo inalcanzable como el de cogerme a la presidenta. Y no hay nada más alcanzable que irse a vivir con una conchuda a Miramar, eso es lo más fácil de la vida.

Mientras me tiraba de cabeza de ese monumento de negación a la impotencia, que nos recuerda todos los días que se nos tiene que parar la pija, pensé en que si conseguía un paseo en helicóptero con la presidenta, los dos picando unas castañas tibias con Coca Cola en los sillones de cuero marrón claro, en una de esas me podía dar bola.

Fin.

5 comentarios - Manual del Cabeza de Termo

Alcatell
Capo, ni loco leo toda esa mierda.
dariobust1
resumen? le puse onda pero solo llegue hasta el 4.
mario19899
resumen papu, no voy a leer todo eso, y no es que no me guste leer, pero ya tengo muy jodida la vista
maiteh04 -1
me re gustoooo, sos capo
jal_pr
Me gusto de la mitad en adelante, el comienzo maso.