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Carolina Aguirre, "La pèleadora" (Parte 2)

Desayunos a domicilio: una porquería servida en bandeja


Desde la epidemia de fiebre amarilla que no existía una plaga tan vulgar y monstruosa como las empresas familiares de desayunos a domicilio.


Carolina Aguirre, "La pèleadora" (Parte 2)


Desde la epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires, en el año 1871, que no había una plaga tan vulgar, monstruosa y dañina como las empresitas familiares de desayunos a domicilio.

Amparados en la virtualidad de canales de venta como Deremate.com y Mercadolibre, un montón de desempleados fundaron esta suerte de negocios familiares que, por la módica suma de 98 pesos más 15 de envío, llevan a domicilio una bandeja con utensilios e ingredientes para preparar un desayuno completo, adornada con los objetos más siniestros que pueda recibir un ser humano al despertar: globos y celofán.

La idea es simple, y a primera vista incluso podría pasar por cuerda: si se puede pedir un almuerzo o una cena por teléfono ¿Por qué no pedir también un desayuno o una merienda?

Sin embargo, detrás de este razonamiento apurado, la propuesta es bastante estúpida. Porque si bien es verdad que no hay nada nuevo en pedir comida a domicilio, no hay que olvidar que el negocio del delivery nace para cubrir una necesidad moderna: la falta de tiempo y de ganas para cocinar. Y los desayunos a domicilio no cubren ninguna de esas carencias. Simplemente la disimulan y de la peor manera.

A diferencia de una cena, que bien puede ser un vino y unas empanadas, en un delivery de desayuno es necesario aplicar tiempo y voluntad: hay que poner a calentar el agua, hacer el café, armar las tostadas y luego lavar la vajilla. Y en el caso de las empresas nacionales, no sólo hay que hacer el té, sino que hay que tomarlo. Un doble esfuerzo, dada la calidad de los ingredientes que incluyen en la bendita bandeja.

LAS PRUEBAS DEL MAL

Veamos un ejemplo. Este es el desayuno clásico que ofrecen la mayoría de las empresas. A fin de hacer un análisis profundo, transcribo de forma textual una oferta aparecida en internet hace algunos meses (incluidas las comillas y el subrayado)

¡Desayuno clásico Nahuel-Pan! ¡Muy fresco y abundante!
• 1 bandeja de mimbre “decorada a mano”
• Individual de goma Eva con detalle a crochet
• 1 taza de cerámica
• 1 cucharita y 1 untador de acrílico
• 1 servilleta de tela
• Panerita de mimbre
• Café La virginia instantáneo (1), azúcar Ledesma (3), variedades de té “frutal” Taragui, leche en polvo (2), Manteca La serenísima (2), Dulce de leche, (2), blister de mermelada arcor (2), 1 pack de jugo Baggio o Cepita (siempre primera marca), edulcorante Hileret (4), Mate cocido (1).
• Bizcochitos, 2 madalenas, galletitas, pancitos con jamón y queso, 1 arrolladito de dulce de leche, 1 muffin de vainilla, 2 medialunas, 1 alfajor, tostadas de pan francés (¡Muy abundantes!) y bombones de chocolate.
• Envoltorio realizado en papel celofán con decoración de moños, cintas y flores secas.
• 1 globo con expresión
• 1 tarjeta de felicitación “alegórica” para el homenajeado.

Quizás tenga una visión muy conservadora, pero la verdad es que no entiendo cuál es el beneficio concreto de recibir esta clase de desayuno a domicilio. Si igualmente hay que ir a la cocina a calentar el agua y a hacer el té ¿Qué diferencia hay entre agarrar el saquito de la alacena o de una bolsa que te dejan en la puerta? ¿Le estoy pagando cien pesos a alguien para que me traiga envuelto en celofán todo lo que yo ya tengo en la heladera? ¿Cien pesos por el mismo té que venden en el supermercado y unas medialunas horneadas el día anterior? ¿Quince pesos de envío por los mismos ingredientes que cualquier supermercado me trae gratis todos los días?

Pero dejemos volar la imaginación. Supongamos que, por misteriosos motivos, a alguien le resulta más cómodo recibir la mermelada en la puerta de casa en vez de usar la que está en la puerta de su heladera. Que se consiente a sí mismo de esa manera. ¿Por qué todas las empresas de desayuno ofrecen bebidas, mermeladas y pastelería de las marcas que vende el supermercado de acá a la vuelta por menos de un tercio de ese valor? No entiendo qué clase de versión aberrante de agasajo es mandarle a alguien un té Green Hills con palmeritas de una fábrica del conurbano bonaerense. ¿No es eso lo que come la gente de lunes a viernes antes de salir para la oficina?

Pero vuelvo a insistir. Pongamos voluntad y sigamos imaginando. Supongamos que el comprador no sabe que va a recibir todos esos insumos degenerados y vulgares. Que un mal amigo se lo recomendó y este buen hombre hizo un pedido por primera vez, con la esperanza de sorprender a su esposa el día de su cumpleaños. ¿Cómo no advierte el aluvión de cachivaches comestibles que se le van a venir encima cuando lee la meticulosa descripción de los productos? ¿Cómo no se ríe, asqueado, cuando lee que el combo incluye flores secas y cintas, jugo en tetrapack o un paquete de sales de baño de regalo? ¿Cómo no duda al ver que aclaran cincuenta veces que el desayuno es abundante? ¡Abundante! Como si lo único que importara fuera comer mucho, llenarse la panza de masacote genérico con gusto a vainillina berreta y dulce de leche estirado con harina.

Además, subrayan que la servilleta es de tela o que incluye leche de descremada. Por el precio del producto esas cosas deberían ser obvias. Cuando aclaran que se incluye una taza “de cerámica” ¿Qué me quieren decir? ¿Qué por ochenta y cinco pesos los señores podrían haberme enviado un vaso de plástico? ¡Untador de acrílico! ¡Qué glamour! ¡Qué derroche de elegancia!

MISMO PRECIO QUE UN HOTEL 5 ESTRELLAS

Como si fuera poco, hacen hincapié en la marca de edulcorante o de café para dar sensación de lujo. Se les hincha el pecho de orgullo cuando explican que ellos no ponen cualquier cosa, sino endulzante Hileret y café La virginia ¿Y los que no aclaran la marca qué me mandan? ¿Tres pastillas de sacarina adentro de una cajita de CDs? ¡Mandan café en saquito! ¡Azúcar en sobres! ¡Mermeladas Arcor en blíster! ¡Las mismas que hay en los micros y en el desayuno del viaje de egresados a Bariloche! Me hacen acordar a esos hoteles que aclaran que tienen baño privado y televisión color… ¡Como si fuera posible otra cosa! ¡Como si alguien pudiera tener TV blanco y negro en el año 2009! Falta que aclaren que la habitación incluye ventanas y puertas… ¡Y de primera marca, por supuesto!

Y no olvidemos la pastelería: por el precio de un té en un hotel cinco estrellas podemos disfrutar la misma calidad y variedad de snacks que ofrece cualquier quiosco que venda superpanchos en el microcentro: pastafrola industrial, medialunas frías, masitas cubiertas con chocolate falso a base de aceite hidrogenado, galletitas surtidas, sándwiches de miga de estación de servicio, madalenas de supermercado chino. Todas estas delicias envueltas adentro de cucuruchos de celofán fruncido manoseados por hijas desempleadas que jamás escucharon el término “bromatología” porque dejaron de estudiar en tercer año.

¿Esta gente sabe que ir a tomar el té al hotel Alvear cuesta casi lo mismo que su bandeja? ¿Saben que por la misma cantidad de plata (repito: noventa y ocho pesos) en vez de bolas de fraile de crema pastelera bien amarilla hay tortas heladas de mousse de pistacho con crocante de maracuyá? ¿Que en vez de mermelada berreta con sabor a gelatina hay dulces caseros de grosellas negras? ¿Qué en vez de chupar un “té frutal” con gusto a chicle globo Bubaloo hay infusiones con vainilla de Madagascar? ¿Que en vez de tener que calentar el agua en pantuflas, se puede tomar el desayuno debajo de una glorieta, en un jardín de flores exóticas y platos de loza inglesa?

ROTOS Y DESCOSIDOS

Pero esto no es todo. Se sabe que las malas ideas solo pueden empeorar. Las empresas de desayunos a domicilio no sólo aclaran que sus servicios son abundantes y frescos (¿Desde cuándo la frescura de un alimento dejó de ser una condición sine qua non y pasó a ser un valor agregado?), sino que además ofrecen regalitos sorpresa. Las bandejas, además de la pastafrola de batata y el mate cocido, traen moños, globos, tarjetas personalizadas y un montón de grasadas carnavaleras que ponen en evidencia la condición amateur del emprendimiento. Los más arriesgados incluso pintan “a mano” la bandeja. ¡Como si el mundo necesitara más vajilla estilo country con flores pintadas por la mano temblorosa de un ama de casa con demasiado tiempo libre y poco talento!

Muchos dirán que la culpa es del consumidor y no de la empresa. Que cada uno es libre de ofrecer lo que quiera al precio que le plazca. Y es cierto. No lo niego. Pero que los desayunos tengan “globos con expresión” e “individuales de goma eva” y que cuesten lo mismo que tomar el té en un hotel cinco estrellas es la prueba inequívoca de que siempre hay un consumidor inexperto y haragán dispuesto a pagar por un servicio todavía más perezoso que él. Después de todo, para cada roto hay un descosido, y para cada comensal, una pastafrola.


El verso de las mermeladas y los licores artesanales


Hoy cualquier porquería preparada en casa puede ser etiquetada como artesanal y ser vendida en almacenes y sitios web. Así, lo berreta se disfraza de casero.


carolina


Desde hace algunos años que nos invade una plaga de mermeladas y licores artesanal, que en vez de estar elaborados por monjes o abuelas con recetas milenarias, son producidos en masa por familias desempleadas que buscaron la receta en internet. ¿Es culpa de la globalización, o de un grupo de chantas con un árbol de limones en el fondo de su casa? ¿Desde cuándo vender quinotos en un frasco de mayonesa pasó a ser artesanal?

La industria de souvenirs, sales de baño y jabones manufacturados por admiradoras de Utilísima ahora golpea de cerca a la gastronomía. Apremiados por la crisis, luego de años haciendo muñecos de miga de pan, velas con caracoles y tarjetas españolas, los televidentes del morboso canal de artesanías tuvieron que salir a buscar un nicho más rentable para arruinar. En este caso, la cocina artesanal. Sin embargo, la culpa no la tienen las conductoras ni los ejecutivos del canal. La culpa la tienen dos hombres que, paradójicamente, no saben nada de cocina: Fernando de la Rúa y Adrián Suar.

Tras la recesión y el corralito del año 2001 la gente tuvo que encontrar nuevas formas de provisión y comercio. Entre ellas, el trueque. En los barrios, la gente se agrupaba en clubes, con la ilusión de mantener su rasa vida de clase media, y empezaba a ofrecer comida casera o clases de inglés a cambio de trabajos de plomería o arreglo de electrodomésticos. En la revista Viva del diario Clarín salía, al menos una vez por mes, una nota celebrando a estos aguerridos emprendedores que se fotografiaban, desdentados y deprimidos, con las manos llenas de pomelos en almíbar, mermeladas de naranjas amargas y encurtidos varios que hacían sus esposas para cambiar con otros miembros del club del trueque. Hasta había algunas organizaciones famosas por su cantidad de miembros y por la sofisticación en su cúpula organizativa. Sin embargo, este fenómeno que nació como un parche laboral, tuvo un efecto colateral inesperado. Cuando la recesión cedió y se abrieron nuevas fuentes de trabajo, muchos holgazanes no quisieron volver a trabajar en la remisería o el aserradero. Quisieron seguir vendiendo dulces caseros.

ADRIAN SUAR TIENE LA CULPA

Al mismo tiempo, en plena crisis, Adrián Suar ponía en el aire su fallida serie “Ilusiones”, una comedia en la que Patricia Palmer interpretaba a la dueña de un restaurante italiano que hacía deliciosa comida de cantina y elaboraba su propio lemoncello casero, que le servía, helado y cremoso, a su amigable cocinero cuando terminaban la jornada.
Así se comenzó esta conjunción impredecible de variables. La moda del lemoncello (un licor muy barato y fácil de hacer en casa) y la legitimación de los emprendedores gastronómicos artesanales de garage nos llevaron al infierno que vivimos hoy: una asoladora, injustificada y cochina plaga de mermelada y licor supuestamente artesanal.

No tengo números reales, pero basándome en mi aguda observación me animo a decir que hoy en día no existe un argentino que no tenga un amigo, una tía segunda o una cuñada que se haya subido al sueño del vago repostero. No hay rincón turístico del país que no tenga su destilería improvisada o su productor de confituras artesanales. Argentina está llena de familias laboriosas que venden Bailey´s casero, falso Tía María o lemoncello envasado, cual vino patero, en botellas de Terma lavaditas, con un corcho robado y un firulete de hilo sisal. Basta con irse un fin de semana al campo, a Mar del Plata, a Tandil, a Córdoba, a Mendoza para verlo de cerca. Son como un virus que se ha metido en todos los comercios.

En Buenos Aires tampoco estamos inmunes. Desde la feria de Mataderos, hasta el almacén orgánico de la esquina, la plaga se expande como una enfermedad fatal. Cada vez que entro a una fiambrería, a una dietética o a una casa de delicatessen, los estantes se bambolean, anémicos, por la cantidad de frascos que antes fueron de mayonesa, llenos de mermeladas, frutas en almíbar, escabeches, encurtidos y otros engendros que desfilan con ridículas cofias de telas cuadrillé y etiquetas de papel madera con la marca que esta manga de caraduras inventó para ponerle nombre a sus sueños.

FALTA DE SERIEDAD

Sin embargo, el problema no tiene que ver con los sueños, sino con la improvisación y la falta de seriedad. Hasta hace un par de años, las confituras y bebidas artesanales eran joyas. Uno se iba hasta Córdoba a comprarle a una abuela una jalea de cítricos especiados, o traía del sur las más deliciosas, húmedas y perfumadas tortas galesas. Recuerdo como magia cuando iba con mis abuelos a comprar frutillas a lo de una japonesa en Escobar que tenía piletas llenas de rosas, miel pura y otras pequeñas maravillas.

Pero desde la aparición del fatídico lemoncello, lo artesanal pasó a ser un nicho de chantas y vagos que con una cacerola de aluminio y dos kilos de batata de oferta pretende falsificar confituras de monasterio. Y ninguno de estos proyectos tiene una pizca de calidad, de originalidad, de novedoso. La palabra artesanal es una mera excusa para justificar la carencia de packaging, de distribución, de controles sanitarios y pago de impuestos. Son artesanales y caseros justamente porque no cuentan con tecnología, ni con infraestructura, ni con buena materia prima. Son artesanales porque vienen en frascos de aceitunas desinfectados con alcohol fino. Son artesanales porque los lleva la hija mayor en colectivo hasta la fiambrería de una prima lejana. Son artesanales porque tienen la tapa chueca, la marca pintada con esmalte de uñas y no pagan impuestos. No son artesanales porque usen recetas milenarias o secretos que una abuela trajo desde Polonia a principios de siglo, ni porque tengan etiquetas pintadas a mano por un artista local, ni porque los hagan con frambuesas de campos vírgenes sin contaminación en el sur de Argentina. A ver si nos ponemos las cosas en claro: tampoco son naturales, ni orgánicos, ni caseros. Por el único motivo de que no tienen aditivos es porque sus dueños no saben lo que es un conservante, ni un saborizante, ni un colorante, y si lo supieran, tampoco podrían pagarlo.

MERCADO LIBERTINAJE

Pero eso no es todo. No hace falta vivir en el campo para ser parte del flagelo. Por su solidaridad con la evasión impositiva, los portales de venta online también son un hervidero de vagos y atrevidos que venden desde tortas hasta salame por metro. Muchos no se conforman con hacerse un par de pesos extras fraguando bebidas importadas. No contentos con vender sus deprimentes frascos llenos con líquidos turbios, los desgraciados se inventan una marca, un logotipo e incluso políticas de venta para comerciar sus pútridos brebajes por internet. ¡Se ponen una empresa gastronómica! Porque cualquier cosa está permitida en nombre de lo artesanal. Panes de membrillo en bolsas de residuos “como los hacía la abuela” (¿la abuela de quién? ¿de Nina Peloso?), licor secreto “La pócima del Druida” (¿lo hace el druida de Mataderos? ¿se habrá lavado las manos en su Stonehenge?), bombones hechos a mano (ni me imagino qué manos) e imitaciones de whiskies, jaleas y mieles que sus analfabetos dueños describen como “caceritos”, “avundantes”, y “para quedar muy bien con las vicitas”.

Y todo con el sello inequívoco de lo artesanal. O más barato. Pero artesanalmente más barato. Listo para que el piojoso que le ofrece café con Bailey`s a sus amistades no sienta culpa ni vergüenza cuando saque la botella que antes tuvo vinagre de alcohol llena del licor genérico y pueda decir con orgullo que prefiere comprarlo así porque es diez mil veces más rico, más casero y más auténtico que el que venden por el triple de dinero en el supermercado. Sí, más auténtico que el original. Más auténticamente barato. Más auténticamente berreta. Más auténticamente ilegal.

CONSULTE POR OTRAS MEDIDAS

Sin embargo, para sorpresa del consumidor alerta, el costado más insólito de estos emprendimientos no tiene que ver con las imitaciones de otros productos ni con que describan su producto como “fino”, porque no hay nada más vulgar que la palabra “fino”. Lo verdaderamente indignante es que esta gente, con actitud seria, con cara de poker, sin mover un sólo músculo de la cara, tiene el tupé de ofrecer tamañas porquerías como regalo empresarial. Lo avisan en serio, como si fuese posible tan extraordinaria inmundicia: “Consulte otras medidas y precios. Ideal regalo empresarial”. Sí, ideal. Como si una empresa que efectivamente existe afuera de Mercadolibre, una empresa con un departamento de recursos humanos, con secretarias de minifalda y clientes internacionales, de verdad pudiera considerar seriamente el envío una botellita de licor de café Tía Mariana a sus clientes.

No, si yo me lo puedo imaginar. Si hasta puedo ver al director de Google, a Donald Trump, al Sultán de Brunei, a la hija de Cristina Onassis preguntándole a un vendedor en Deremate.com cuánto le cobrarían la damajuana de Narancello si la compran en cantidad y si la porción de quinotos en almíbar es abundante, alcanza para compartir, o es una buena idea para regalar en Navidad.


La mesa navideña: sidra, mayonesa y perversión


Vithel thoné, ensalada rusa, pionono primavera... ¿en Navidad a los argentinos se nos atrofia el paladar?


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En la Argentina conviven pacíficamente toda clase de paladares y consumidores. Hay fundamentalistas de la comida sana, amantes del fast food, militantes macrobióticos, discípulos del Gato Dumas y dieteros compulsivos. No tienen nada en común; ni siquiera las servilletas. Cada tribu gastronómica tiene sus productos, sus recetas, sus formas de cocción. Sin embargo, hay una fecha en el año en el que todos los comensales degustan un mismo menú. Un día fatal en el que todos toman la misma bebida, picotean la misma entrada y cierran la noche con un idéntico postre: la Nochebuena.

Ese día, desde el sibarita más sofisticado y glamoroso hasta el ama de casa más ordinaria disfrutan la misma comida en la casa de su suegra. Por unas pocas horas todos se permiten la transgresión de engullir, sin ningún tipo de pudor o remordimiento, los platos más ordinarios de la cocina local: jamón con melón, ensalada rusa, torre de panqueques, lechón adobado, tomates rellenos, rodajas de matambre, pionono primavera, lengua a la vinagreta, pan dulce helado, ensalada waldorf, turrones con maní y frutas secas, garrapiñadas, confites y unos pútridos espumantes frutados cuyo nombre termina en fizz. Y no hay excepción que valga.

Con más o menos frutas abrillantadas, con mejores o peores bodegas, desde la Tota Santillán hasta Francis Mallman, todos comen pan dulce y vitel thoné. Como una princesa que se transforma en cenicienta, un abogado que viaja al carnaval de Río para ponerse las plumas o una maestra jardinera que se disfraza de vampiresa en Halloween, la Navidad nos permite sacar toda nuestra vulgaridad oculta hacia afuera. Ese día y por unas horas, somos todos Fanacoa, somos todos Utilísima, somos todos Fresita. Hasta el más vegano de los veganos, hasta el más estricto de los dieteros, y hasta el más exigente sibarita ese día es igual de mersa.

PERVERSA MAYONESA

Yo no sé qué clase de perversión tiene el argentino con la mayonesa, pero si tuviera que decir a qué huele la Navidad, diría que a pólvora y a mayonesa. En la cena de fin de año no hay plato que no la cuente entre sus ingredientes. Muchas veces es, incluso, la vedette de la receta. Si no me creen hagan la prueba. Casi todos platos tradicionales que hace la gente para Navidad llevan un sachet de ese pus resbaloso con gusto artificial. Es pesada, grasienta y vulgar pero la gente la usa para unir, para decorar o para bañar todos sus platos como si fuese una plasticola comestible que transforma una bandeja de sobras en un manjar.

He visto amas de casa orgullosas vaciando potes de medio kilo sobre una ensalada y llamando a ese acto degenerado y cochino “aliñar”. He visto cocineras en la televisión haciendo copetes rizados de ese sebo dorado como si estuvieran pintando la capilla Sixtina con un pincel especial. Y he visto niños con el semblante gris mortecino licuar en sus bocas inocentes esa crema amarillenta creyendo que eso los haría sanos y fuertes. Sin embargo, la realidad es que ningún ser humano normal puede darle a su familia un plato con quinientos gramos de mayonesa si no tiene la seria intención de que se mueran. La mayonesa es un empaste para haraganes, el comodín del ama de casa haragana que quiere hacer la cena rapidito para irse a ver la novela.

Otra prueba de comportamiento morboso navideño, es la fascinación por la comida en lata. Ningún día del año hay tanta gente en la góndola de arvejas del supermercado como el veintitrés de diciembre por la tarde. Podría afirmar que la industria del palmito subsiste gracias al menú de Nochebuena. ¿Cómo es posible que en una misma mesa haya platos con ananá en almíbar, arvejas en remojo, atún en aceite, sardinas, anchoas, duraznos al natural, alcaparras, corazones de alcauciles, aceitunas en salmuera, pickles en vinagre y morrones en agua y que todo, pero absolutamente todo haya salido de una lata o un frasco? Yo siempre había creído que las latas eran para salir del paso un martes a la tarde y no para abrirse en una ocasión especial. ¿A quién se le ocurre festejar fin de año con comida que fue plantada, cosechada y cocinada dos años atrás?

HUEVO RELLENO Y OTROS DELITOS

Sin embargo, para ser justa, del maléfico reino de la mayonesa, no todas las asquerosidades son igual de feas. Yo acepto en silencio la utilización moderada de aderezos en un sándwich de jamón y queso, pero no tolero bajo ningún punto de vista ver un animal devorando un huevito relleno.

Los huevos rellenos son una preparación que inaugura una nueva corriente gastronómica: la bulimia culinaria, una técnica inspirada en el estómago de los rumiantes. La receta original dice que se hierven los huevos, se los corta al medio, se les saca la yema, se mezcla con kétchup, mayonesa y mostaza y se vuelve a llenar la clara con esa pasta. Una verdadera porquería que ni siquiera puede existir en un cumpleaños para niños. Y por favor no crean que esta receta fue ideada por algún depravado con problemas de presupuesto. He ido a muchas casas dignas en donde he visto profesionales de traje y corbata porteña deglutir estos curiosos entremeses como si estuvieran en un hotel cinco estrellas.

Le sigue, cabeza a cabeza, la representante más barroca de la familia primavera: la torre de panqueques, una pira grasienta compuesta por unas capas de masa gruesa que esconden entre una y otra un montón de productos horribles bien “picaditos” como huevos, lechuga, jamón, queso, tomate, aceitunas. O como bien dicen las ecónomas que la preparan todos los diciembres en la televisión, con “todo lo que haya en la heladera” o “tenga usted en su imaginación”. Como si los ingredientes tradicionales de todas las recetas primavera (pionono primavera, arroz primavera, arrollado primavera, salchichón primavera) no fuesen ya suficientemente malos como para que además el ama de casa ociosa decida improvisar con lo que se le cruce por la cabeza.

Tercero sigue el vithel thoné, un plato que muchos ansían comer en silencio aunque no su receta no tenga ni pies ni cabeza. No olvidemos que el vithel thoné es carne con salsa de atún y que equivale a una milanesa con salsa de pollo o a un chorizo con coulis de milanesa. Ya bastante disparatados y caníbales eran los pescados rellenos con mariscos o las pastas con salsa blanca como para que festejemos semejante cachivache veraniego. Si encima sumamos que algunas personas le ponen mayonesa, huevo picado y alcaparras, estamos peor que con la lengua a la vinagreta o el matambre, que no es otra cosa que un rulo grasiento lleno de verdura ordinaria cosido con piolines y medibachas.

Por último, no hay que dejar de mencionar los postres. Hoy en día es casi imposible encontrar una familia que no haya arruinado una ensalada de frutas con gaseosa, jugo sintético o edulcorante líquido. Últimamente lo único que pruebo son un montón de cubos de manzana y pera verde flotando como camalotes a la deriva en un río de jugo Tang. Jamás una cereza, una frutilla o una frambuesa. Y ni hablar de los helados. ¿De dónde viene la fascinación navideña por los postres helados en barra? ¿Cómo puede ser que el almendrado, la cassata y el bombón escocés hayan sobrevivido a los años ochenta?

Y no hay que olvidar tampoco la decoración. Pareciera que en Navidad tenemos una necesidad orgánica de ser vulgares y estridentes. Sin ir más lejos, la mayoría de las mesas argentinas parecen una escena pergeñada por Almodovar o por una comparsa brasilera: flores de rabanito, tiritas de morrón, huevitos de codorniz, rollitos de jamón cocido, abanicos de lechuga criolla, filitas de arvejas, copetes de crema, cúpulas de aceitunas rellenas, bolitas de melón.

LA TRADICION

Y ya sé lo que estarán pensando. Que así es la tradición. Que así como en Estados Unidos comen pavo, salsa agridulce y puré de batata con malvaviscos, aquí comemos ensalada rusa con arvejas y piquitos de mayonesa. Sin embargo, a mí me gustaría saber quién le asignó este menú a la tradición argentina. Quién dijo que íbamos a estar condenados al espectáculo mersa y desagradable del pollo con ananá. Quién estableció que todos los platos llevaran copetes de mayonesa con aceitunas rellenas. Quién dijo que no podíamos comer un cabrito, ceviche peruano o comida oriental.

Después de todo, no veo qué tiene que ver con nuestro clima y nuestra cultura comer mazapán, torta de almendras y stollen después de la cena. Porque yo tolero el choripán en la costanera, que alguien pondere los pastelitos, e incluso que usen grasa animal para hacer empanadas en la provincia. Me banco el colesterol y la vulgaridad porque es lo que nos tocó. Lo que no puedo soportar es que el menú navideño, además de ser una tradición seborreica y de sabor estridente, sea una tradición que no me pertenece. Padeceremos en silencio nuestras propias miserias y decisiones.

Fingiremos que las tortas fritas son ricas y que alguien puede sobrevivir a un locro, pero no me pidan que defienda la ensalada rusa, la garrapiñada y el melón con jamón. No me pidan por favor, que me haga cargo de la grasa ajena.


Narda Lepes tiene la culpa


Desde que Narda se puso de moda, todos los cocineros jóvenes quieren parecerse a ella y abren restaurantes como si fueran quioscos. Estamos hartos: dejen de experimentar con nosotros.

aguirre


Cuando yo era chica, los chefs nacían chefs. Eran hijos de familias acomodadas, con padres polistas, madres de la rubia aristocracia porteña, y tías emparentadas con la duquesa de York. Tenían chacras que cubrían la mitad de Córdoba o Mendoza, niñeras de toda la vida, y en la adolescencia viajaban a pelar papas a Francia para volver, cinco años después, transformados en artistas de la cocina internacional. Se llamaban Francis Mallman o Gato Dumas, y uno los miraba ya no para aprender a cocinar, sino para envidiarlos. Para imaginarse el sabor de las trufas o para ver como lucía una langosta cocida, desnuda como una vedette escandalosa, en un set improvisado a orillas del mar Mediterráneo.

Los chefs eran un poco como las modelos o los actores de los años cuarenta. No reflejaban un modelo real de persona. Por el contrario, nos mostraban un ideal de elegancia, de glamour, un modelo distante de dandy culto y viajado que era inalcanzable para la mayoría de los mortales. Si queríamos aprender a cocinar, podíamos buscar recetas de ecónomas y amas de casa mediáticas discípulas de Doña Petrona, que nos enseñaban a hacer pasteles con sorpresita de salchicha, bombas de crema pastelera, y un arrollado primavera para Navidad.
Hasta hace unos años, no había vuelta que darle. Si te llamabas Omar Alderete o Nelson Pichirili lo mejor era que estudiaras otra carrera, como gasista, chofer de micro de larga distancia, o colocador alfombra por metro. La cocina era para la aristocracia. Si habías nacido como Choly Berreteaga la puerta de la cocina del Hotel Alvear se te cerraba en la cara.

Sin embargo, desde hace unos años, surgió un fenómeno impensado, que sin querer, desembocó en una catástrofe sin precedentes. De repente, debido a la masificación televisiva y a la proliferación de las escuelas de cocina con matrícula barata, cualquier joven de familia de clase media, llamado Juan Carlos Trossero o María Ayelén Petito, se compra un colador chino, un soplete para gratinar y una minipimer, y puede ser el chef ejecutivo del Hotel Alvear. Y está bien. Brindo por Juan Carlos, por Omar, por María Ayelén, y por Nelson, que cansados de colocar azulejos en baños ajenos, se decidieron por la pastelería. Admiro su iniciativa, en serio. Pero les pido un favor: antes de que yo me siente en su restaurante, avísenme que estudiaron una carrerita de dos años y que jamás pisaron Europa. Díganme la verdad así yo puedo irme corriendo antes de que traigan la cuenta.
Al mismo tiempo, ante esta invasión de plebeyos, para evitar ser arrojados al averno de la impopularidad, muchos cocineros cogotudos que dieron sus primeros pasos en la vieja escuela, intentaron aggiornarse y hablarle al pueblo. Pero no lograron engañarnos, por supuesto: Dolli Irigoyen hace alfajores santafesinos y pastafrola pero con los membrillos de su propia chacra y Martiniano Molina hace un asado con cuero, pero con dos peones que, como las secretarias de los programas de la tele, ofician de asistentes sosteniéndole un disco caliente en sus manos de obrero sacrificado.

LA CULPA ES DE NARDA

La verdad verdadera, es que la primera cocinera que habló sin una papa en la boca, revoleó la comida con las manos y dijo que le gustaba el arroz pasado fue Narda Lepes. Antes de ella, nadie se había atrevido a confesar que le gustaba comer papa hervida con aceite de oliva. Nadie había hablado de hacer tostados con las sobras de la cena navideña. Nadie había dicho que en vez de salmón podían usar merluza, en vez de grosellas, frutillas y que podían suplir el cordero con una bandeja de carne cortada para milanesa. Nadie, pero nadie había cocinado una receta con ingredientes que uno tuviera, efectivamente, en la heladera. Nadie había sido protagonista de semejante invitación a la anarquía y al libertinaje culinario. Y por extensión, nadie tiene la culpa salvo ella, que por primera vez le hizo creer a millones de estudiantes indecisos que podían ser cancheros y vanguardistas revoleando dos cebollas coloradas y poniendo un cedé de Beck.

Y por un lado está bien. Este fenómeno es una conquista social, un síntoma evolutivo en el prejuicio del consumidor y del televidente. El problema es que cuando Narda Lepes le abrió las puertas de la cocina profesional a todos los adolescentes con problemas de orientación vocacional, no dejó pasar sólo a los nuevos talentos… ¡Dejó pasar a todo el mundo! ¡A los repetidores que habían rebotado diez veces en el CBC, a los vagos que no querían trabajar en serio, a los hijos que hacían un bizcochuelo para el día de la madre, a los niños ricos con tristeza que tenían el nombre para un nuevo restaurante en Palermo!

No tengo datos precisos, pero desde que la primera camada de chefs terminó la carrera, deben abrir dos o tres restaurantes por mes en Palermo y Las cañitas. Todos con las mismas mesas baratas pero decoradas con onda. Todos con los mismos mozos vagos y altaneros que estudian teatro o percusión. Todos con la misma carta de cocina de autor que incluye algún lomo en croute con verdes, una pesca del día con polenta crocante, una ensalada con aceite de albahaca, colchones de rúcula o espinaca, postres atiborrados de mascarpone y frutos rojos, y cualquier cantidad de vegetales que pretenden ser confitados cuando en realidad son hortalizas que navegan, naúfragas, en un río de aceite interminable. Y en todos, da la casualidad, que se come igual de mal.

LA RESPONSABILIDAD ES DE TODOS

Pero si bien la culpa es de Narda, la responsabilidad es de todo el mundo. Yo, al menos, me hago cargo. Después de todo, nos quejamos de esta invasión de cocineros burros y pretenciosos, pero nadie les da vuelta la mesa cuando llega la cuenta. Es más, todos pagamos comemos pésimamente mal, nos quejamos, nos indignamos, pero seguimos llamando, resignados, al mismo delivery de un sushiman que estudió por correspondencia.

Hasta el día de hoy, que dejo constancia formal de que estoy harta. Enferma de que un tarado que creció comiendo ravioles con pomarola y patitas de pollo me prometa que me va a deslumbrar; que un cabeza hueca que tuvo que memorizar la diferencia entre un huevo poché y un huevo Mollet para una prueba escrita, esté a cargo de mi cena. Estoy harta de leer “vinagreta de mostaza y miel” o “papas rotas” en todos lados. Estoy harta de los tomates cherry, del maracuyá, del salmón rosado hasta en la sopa, del pesto de rúcula y de esas mentirosas ensaladas tibias que no son otra cosa que una mixta con una lluvia de pechuga descuartizada tirada encima.

Hasta el canal Utilísima que era el último bastión de la cocina barrial, el emporio de la mayonesa y de las flores de rabanito, de repente quiso entrar de contrabando al mundo gourmet. En el mismo día, uno pegado al otro, en un programa hacen una torre de panqueques con paleta sanguchera, una sopa de hinojos glaseados servida en un pan de brioche individual, y hechizos de amor a cargo de una de las chancletas que actuaba en el programa de “Grande Pá!” en la década del noventa.

Y como estoy harta, no quiero seguir apañando ni tolerando las estafas culinarias de Palermo. Me niego a aceptar con cobarde mansedumbre que esta parva de adolescentes me siga cobrando un millón de pesos por sus engendros llenos de hongos babosos y aceite de cebolleta. Me declaro públicamente en contra de las escuelitas de cocina, de los chefs inexperimentados y de los bolichitos golondrina de Palermo Hollywood con nombre divertido como “No le digas a Laura” o “González”.

Hay que volver a la cultura del trabajo. Al concepto de maestro y aprendiz. A que nadie pueda dirigir una cocina si no fue golpeado por un chef déspota y borracho en la cocina de un gran hotel. A que todos tengan que estudiar veinte años, viajar quince veces, y conocer todas las variedades de hortalizas, de cocciones, de especias y de semillas hasta que puedan cobrar doscientos cincuenta pesos por una cena.

Y con esto no les digo que no cocinen, ni que dejen de experimentar, o que ya no improvisen, sino que dejen de cobrarme cuando todavía no saben hacerlo. Las cocineros deberían rendir un examen municipal antes de dirigir una restaurante. Los estudiantes de gastronomía deberían hacer prácticas culinarias en cocinas ajenas como lo hacen los maestros de escuela primaria antes de enseñar. Si tienen urgencia por ofrecer sus platos, que se entretengan haciendo dulce casero o vendiendo colaciones en la feria de Mataderos.

Pero basta de jugar conmigo, mis ilusiones y mi billetera. Estoy cansada. Harta. Podrida. Enojada. A mí, por lo menos, no me estafan más. Que se vayan a pelar papas, a arruinar doscientas salsas y a estudiar la cocción del huevo hasta el año dos mil veinte. No es mi culpa que Narda Lepes les haya abierto la puerta a todos los vagonetas. Nosotros, los clientes, necesitamos que venga alguien de manera urgente a cerrarla de vuelta.


Paladares atrofiados: la desgracia de los alimentos instantáneos


Los alimentos para prepar en el acto son el opio de los haraganes que comen basura con tal de no mover un dedo. Estos son los peores


la peleadora


Desde la década del cincuenta, la industria alimenticia se abocó por completo al desarrollo de productos que ayudaran al ama de casa a ahorrar tiempo en la cocina. Alentado por el nuevo rol de la mujer en la sociedad, floreció un nuevo mercado dedicado a alimentos deshidratados, concentrados, instantáneos, pre-cocidos, en conserva, congelados o en polvo que reemplazaran preparaciones caseras que hasta ese momento llevaban horas de trabajo y sacrificio.

Pero con este desarrollo llegaron nuevos problemas: la oferta creció, los almacenes se transformaron en hipermercados, y las marcas tuvieron que iniciar una carrera descontrolada por ofrecer alimentos más fáciles de preparar y a un precio mejor que la competencia. Y para eso tuvieron que abandonar la confección manual y reducir sus costos en materia prima: se dejaron de estacionar los fiambres, se evitaron los productos frescos y se incluyeron saborizantes que supuestamente sustituían el ingrediente original.

Como resultado, hoy en día, la industria nos ofrece un montón de alimentos procesados, de composición dudosa, llenos de harina y saborizantes artificiales, que se disfrazan de productos prácticos y cancheros para no perder tiempo precioso en la cocina. Hay hamburguesas saborizadas, café instantáneo, polenta de 1 minuto, guiso listo en lata, premezcla de ñoquis, pre-pizzas, puré de papas en escamas, flan en polvo, jugo concentrado para diluir, snacks con gusto a pizza y arroz o fideos que por medio de un polvito mágico se convierten en chaw fan o tallarines a los cuatro quesos. Un verdadero disparate.

La lista de inmundicias instantáneas, listas para comer, es enorme. Pero estas son las peores de todas.

1. Prestopronta en lata. Ahora que algunas agencias de turismo ofrecen tours por una villa miseria o un piquete para que los extranjeros vivan la argentina real, Prestopronta ofrece cárcel en lata. Si alguna vez te imaginaste cómo debe ser comer en la cárcel o en la colimba, ahora podés comprarte guiso de arroz, pollo a la portuguesa o lentejas listas Prestopronta para vivirlo a flor de piel. La foto del envase ya es fea y sirve para promocionar el producto, así que imagínense lo que hay adentro. Descarte de pollo, arvejas reventadas y mucha cebolla hervida nadando en un caldo espeso y marrón que roza lo escatológico. El gusto es igual al de todos estos productos: a sopa artificial, pero un poco más feo. Puede funcionar para que un recién divorciado masoquista se deprima el sábado o para castigar a un par de niños malcriados, pero no más que eso.

2. Paty Listo. ¿A quién se le puede ocurrir vender el asado que hizo el domingo para que la gente lo recaliente en su casa un martes al mediodía? A Paty. El Paty Listo es la nueva solución para quienes consideran que cocinar la hamburguesa es un trabajo demasiado arduo para hacer todos los días. Viene cocido y congelado y lo único que hay que hacer es calentarlo en el microondas hasta que esté bien baboso y hervido. ¡Por fin se acabó el sacrificio de sacar el Paty de la caja y ponerlo en la plancha! ¡Basta de esclavitud, de tiranía, de esfuerzos sobrehumanos! Gracias a Paty ahora se puede comer restos de carne procesados y cocidos en fábrica, pero recalentados en tu propio hogar en sólo dos minutos.

3. Giacomo Capelettini. Con la excusa de que tienen todas las vitaminas, los Giacomo Capelettini (unas pastas secas y rellenas en forma de tortellinis que los niños adoran) son los líderes indiscutidos en el changuito de las madres haraganas. Vienen de carne, de verdura y de jamón, y a pesar de que la verdura se pudre en siete días y la carne en tres, el relleno de “acelga fresca” (sic) y “especies” (sic) que declara la marca en su website es tan pero tan resistente que aguanta un año en tu alacena sin siquiera largar olor. Imagínense nomás la clase de sustitutos y conservantes que puede tener adentro del relleno. ¡Si ni siquiera un cuerpo humano embebido en formol puede conservarse durante ese tiempo! ¡Verduras, carne, vitaminas! ¡Pero por favor!

4. Puré Instantáneo. La primera vez que comí puré instantáneo de papas fue en lo de una compañera de colegio. No entendía por qué, pero el puré que hacía su mamá tenía gusto al clip metálico que yo me metía en la boca durante las clases de matemáticas. Así que un día agarré a mi amiga y le pregunté: ¿Juli, por qué el puré de tu casa tiene gusto a metal? ¿No te gusta más el otro, el de verdad? Y Juli me contestó “¿Qué otro? ¿Qué verdad?” Hay una generación entera de jóvenes que nunca probó un puré de papas auténtico. Y no estamos hablando de platos sofisticados. Pu-ré. Dos papas aplastadas con un tenedor. En el futuro, cuando haya niños que jamás hayan visto un árbol, un perro y luego un lago de agua sin contaminar, recuerden que todo empezó acá, con esa pasta pálida y sintética a la que algunas empresas llaman “puré”.

5. Calditos saborizadores. Hasta hace un tiempo, los saborizadores se ocultaban. Los ravioles juraban estar rellenos con jamón de verdad aunque fuese obvio que tenían grasa de vaca teñida y pan rallado adentro. Al parecer, ahora la moda es al revés. Lo sintético es furor. Las empresas basan toda su publicidad en que se puede reemplazar la cebolla, el ajo, el aceite, el tomate, la sal, la panceta, el verdeo, la crema, los hongos, el parmesano, los tomates secos, las aceitunas y no sé cuántas cosas más sólo con un cubito de grasa. Sabor en cubos, así le dicen. Quinientos años de tradiciones culinarias, de recetas familiares, de libros de recetas para que ahora estos chantas de paladar averiado digan que para hacer una buena salsa, sólo hay que poner un cubo de grasa con gusto a sopa arriba de un plato de fideos. Y encima tienen el tupé de decir que hay diferentes sabores, cuando claramente hay uno sólo: a lata oxidada y a sopa berreta con mucha sal.

6. Patitas de pollo. ¿No se supone que el producto original sea más caro que el que se obtiene con un reciclado de sus sobras? ¿La carne picada común no es más barata que un peceto entero? ¿Y el cuero reconstituido, el salchichón, el aglomerado de madera? ¿No son todos subproductos marginales de segunda? Pues para algunas empresas es todo lo contrario. Los caraduras tienen una línea entera de productos que ofrecen aglomerado de restos de pollo rebozados y prefritos listos para volver a freír. Medallones, patitas y otros, más cínicos que imitan la forma de una pechuguita. Lo peor del pollo con el doble de grasas y colesterol, al triple de su valor original. Una maravilla para los pequeños.

7. Premezcla de buñuelos de acelga. Para los ravioles de verdura, el relleno de empanadas congeladas, las croquetas rebozadas y otros manjares de la comida pre-cocida la acelga no es otra cosa que engrudo verde. Esta pre-mezcla de buñuelos es incluso peor. Es engrudo verde para freír. ¡Y qué feo que es! Es como tragar tortas fritas saladas y pintadas con témpera. Lo más grave es que lo promocionan como la salvación para que las madres más holgazanas le hagan comer verdura a sus hijos. Y claro, funciona. ¿Cómo no lo van a comer hasta los nenes que no comen verdura si de la verdura sólo tiene el color?

8. Paté, Jamón del diablo, Viandada, Picadillo de carne, Salchichas de Viena y otras maravillas. Mi gata puede distinguir la diferencia entre un jamón barato y uno bueno. Parece difícil de creer, pero cada vez que abro un paquete de jamón Bocatti me salta encima y si, en cambio, le flameo una feta de pernil de cuarta, pega media vuelta y vuelve a su alimento. Mi gata no es tonta. Sabe cuál es el rico y cuál es el feo. Sin embargo, le resulta imposible distinguir entre una lata de alimento para gatos Whiskas y un paté en lata línea premium. Para ella son exactamente el mismo alimento, aunque en el envase uno tenga la foto de un perro atorrante y en el otro haya un champagne y un salmón. Y la verdad es que a mí me pasa lo mismo. No consumo ninguno porque siento un asco idéntico por los dos. Son iguales de salados, iguales de asquerosos e iguales de berretas, y además, tienen exactamente los mismos ingredientes. ¿Se dan cuenta? Desde hace rato que estamos consumiendo comida para animales que ni siquiera recomiendan los veterinarios. Mi gata se da cuenta ¿Y ustedes?


Fuente de los textos
Fuente de la biografia de Carolina Aguirre
Fuente de las fotos

Primera Parte

11 comentarios - Carolina Aguirre, "La pèleadora" (Parte 2)

candombe_de_telmo
gorda pelotuda hace años que no se le cae una idea , por que no habla de los tarados que cse creen chistosos en sus blog y apestan , se las pasa delirando a todos los que tratan de llevar un mango dignamente a su casa (taxistas , vendedores de barrio , los que maltrata aqui)....y ella como si su trabajo fuese tan genial y original ...gorda suela de zapato
patoportnoy
Si lo escribiese un homre seguro seria muy copado
pablo160181
si lo escribiese un hombre seria la misma idiotez. no se puede creer las estupideces q dice esta mujer. lo q le hace falta es un HOMBRE para q se la g... bien g..... y ahi va a cambiar su vision de la vida
tranquilo380w
Como escuche decirle a una persona; si veinte millones de mosca comen CACA no se pueden equivocar, asi que humanos a comer CACA.
iceman50d4
che y porq la boluda esta q habla tantas estupideces no habla de los blogers (curro en el q ella cae inevitablemente) q porq uno tubo una idea, imbesiles con ganas de lucrar como esta monga, copian la idea del blog.... escribiendo pelotudeces..... porq no mira la paja en el ojo ajeno y se deja de criticar?????destruir es facil lo dificil es construir..... cerra el pico carolina aguirre y deja de ser tan mediocre...
iceman50d4
una pregunta... esta pelotuda, conoce el termino de artesanal??????? fax-u carolina aguirre
perrymast
Aguirre: Conchuda imbécil, pedante caradura.
eluss
punto 1 sos ignorante... soy licenciada en tecnología de los alimentos recibida en UNCPBA... si no sabes googlealo... para poder vender alimentos tenes que seguir un importante protocolo y rotulo artesanal no se pone tan alegremente, el alimento tiene que tener ciertas características de manofactura.
2° si tenes ganas date una vuelta por el código alimentario argentino... las salazones aun se estacionan
3° la composicion dudosa es pq no te da para leer el rotulo... por ley todos los alimentos comercializados en argentina deben tener la información nutricional y sus ingredientes
4° sos mas que ignorante... el relleno de los capeletis esta DESHIDRATADO si no conoces el proceso googlealo o te renuevo la invitación para el código alimentario
5° casualmente el pure... es con el mismo proceso
6° infórmate mas antes de escribir... al final sos tan imbécil como los que criticas...
pd: SOY DE TANDIL... y si hay mucha gente que hace productos de ese tipo... y si sos tan pava de no leer si es un producto registrado JODETE si te agarras una ETA
PhoenixFlameX
Q poco criterio y falta de respeto a las amas de casa o mujeres emprendedoras q trabjan en la casa para no desatender el hogar , con dedicacion y ganas de trabajar !!!!!! no salir a robar o hacer piquetes en la calle para conseguir algo sin esfuerzo . Se ve q sos de las personas ingratas q no merecen absolutamnte nada ni valoran nada , seguramente te aborreces a vos misma!!!!!!!